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El desarrollo territorial de la acción política, y la existencia en el interior de una cultura también resistente y profunda que tiene mayor afinidad con los partidos republicanos, parecen marcarle a la coalición multicolor que el camino de trabajo electoral en la zona Metropolitana no tiene atajos posibles, y que la “militancia electoral” deberá dejar paso a una militancia cultural de largo plazo, más ambiciosa y valiente en sus postulados.

Por Diego Andrés Díaz

Las últimas elecciones departamentales han cerrado definitivamente el ciclo electoral en Uruguay, trayendo consigo algunas confirmaciones con respecto a la realidad política y cultural del país. Dentro del análisis general que se puede realizar de los resultados de estas, un punto poco señalado es que han configurado un escenario bastante novedoso en lo que respecta a los procesos de mediano y largo plazo, y, especialmente, en el impacto de las culturas o “patrias subjetivas” que han operado en esta elección.

Me resulta interesante entrecruzar dos fenómenos importantes que destacaron en los resultados electorales departamentales:

-La consolidación de la coalición multicolor en el interior, venciendo en todos los departamentos (salvo en Salto, aunque los partidos unidos superan cómodamente a la izquierda)

-La confirmación, en el peor escenario electoral en la historia de la izquierda en los últimos 25 años, de su hegemonía en la zona metropolitana de la capital (Montevideo y Costa de Oro)

Ambos datos, relevantes, tienen a su vez un conjunto bastante importante de connotaciones de segundo plano, subyacentes. La coalición multicolor, o republicana -especialmente, el Partido Nacional- logró excelentes resultados electorales en las zonas donde existe aún, de forma resistente y poderosa, una cultura que le es afín, donde una serie de realidades palpables y simbólicas operan fuertemente en este sentido. Las vicisitudes coyunturales que pueden estar detrás del retroceso del Frente Amplio en el interior -se ha insistido como factores determinantes, una política económica de espaldas al interior por parte de los últimos gobiernos que ameritó la aparición de “Un solo Uruguay” en su momento, o un desprecio social que tiene la mirada progresista y montevideana sobre el interior- y que representan aspectos importantes o potencialmente relevantes, no soslayan que si se analiza la historia de los candidatos victoriosos del Frente Amplio en el interior del país, las diferencias con los perfiles de los candidatos de los Partidos tradicionales en esos mismos lugares son bastante tenues, es decir, que los candidatos frentistas experimentaron éxitos en diversos departamentos dentro del “ciclo progresista”, dentro de un perfil familiar para los ciudadanos de esas localidades, y, necesariamente, menos ideologizado y “frenteamplista”.

Esta característica de los candidatos del Frente Amplio en el interior del país, donde lo ideológico tiene menor incidencia con respecto a los candidatos de Montevideo, parece concordar directamente con la naturaleza de los cargos a desempeñar: en una elección departamental, los elementos de gestión son centrales frente a posiciones filosóficas o ideológicas que tienen, a priori, un mayor protagonismo en elecciones nacionales. Pero más allá de este punto, la similitud en los perfiles de los candidatos en el interior también representó una doble constatación: una posible estrategia electoral de una izquierda en el poder que apeló en las intendencias del interior a figuras más tradicionales, en un contexto culturalmente más hostil a sus ideas y al ethos social progresista. Esta posible estrategia parece además sufrir un importante retroceso cuando el ciclo electoral manifiesta un declive en las adhesiones a la izquierda. Parece ser que, a la izquierda, la “imitación” de perfiles tradicionales en el interior no le representó una estrategia exitosa a largo plazo, y en la medida que el Frente Amplio como está en un circunstancial declive, el retroceso se profundiza.

Si miramos en cambio el proceso evidenciado en el espacio metropolitano, la victoria de la izquierda política se consolida, y diversifica. Sosteniendo el gobierno de Montevideo en la que fue quizás la coyuntura histórica más proclive a la derrota electoral, y desarrollando una estrategia territorial de ribetes muy singulares en Canelones, la victoria en estos distritos electorales tiene varias aristas extremadamente interesantes, con confirmaciones y novedades muy importantes. En Montevideo, donde la izquierda ostenta una hegemonía cultural verdaderamente abrumadora, el debate entre los candidatos basculó entre elementos de gestión municipal más específicos a su naturaleza, y cuestiones ideológicas más amplias o conceptuales, de política nacional. Allí, la candidata única de la coalición multicolor intentó construir una plataforma amigable con la sensibilidad centroizquierdista que parece dominar en Montevideo. Volveremos a este punto más adelante.

Un aspecto muy interesante es el éxito que ha demostrado tener el Partido Nacional – y la coalición- en las elecciones a Alcaldías o Municipios. Este nivel de gobierno, cuestionado por su costo y su escasa relevancia ejecutiva, sin embargo, manifiesta la importancia de la territorialidad en la acción política, y más aún a esos niveles de gobierno comunitario. En este sentido, la relación de cercanía de los candidatos y la especificidad practica de las temáticas diluye fuertemente los “ambientes ideológicos” hegemónicos, y con ello, las adhesiones partidarias automáticas que proyectan. Esta importancia de la territorialidad y sus resultados electorales parece confirmarse en el caso del Partido Nacional y sus victorias en bastiones históricos de la izquierda (San Carlos, Bella Unión, El municipio F en Montevideo, por citar algunos sonados casos) como también en el modelo de acción social y cultural que el intendente del MPP Yamandú Orsi desplegó en Canelones, mayormente en la Costa de Oro.

Este fenómeno de acción territorial-social con fuertes componentes culturales, diferente al modelo de acumulación político-cultural de la izquierda en Montevideo, merece un análisis mas detallado -que excede necesariamente el sentido de este artículo- por sus perfiles novedosos. Como quizás en ninguna zona del país, el modelo de acumulación política desarrollado en la costa de Canelones, basado en la territorialidad y el desarrollo de organizaciones sociales y culturales, ha construido un verdadero ambiente hegemónico autónomo, no de la intendencia -su mayor sostén- sino de otros actores institucionales que sí son protagonistas de la construcción de un ambiente consensual a nivel político, por ejemplo, en Montevideo.

Montevideo, o la elección del gusto único

A diferencia de lo que ocurrió en los otros departamentos, la elección de Montevideo sí tuvo componentes de debate más político-ideológicos que técnicos y de gestión especifica. Dentro de los cuatro candidatos en pugna -la candidata de la coalición multicolor y los candidatos de la izquierda política- la competencia pareció remitirse en un momento a quien competía por presentar la mayor cantidad de propuestas “progresistas”, que pueden ser enmarcadas en lo que se describe como la “agenda global de derechos” o dentro de los cambios culturales e ideológicos promovidos por el globalismo y la llamada “corrección política”.

La estrategia adoptada puede quizás entenderse en la lógica de acercarse a un electorado de “izquierdas” dominante en Montevideo, pero las connotaciones de “mimesis” a la serie de propuestas predominantes y visibles en la izquierda global -referidas en varias ocasiones en extramuros- llevó a ciertos cortocircuitos de la candidata multicolor con parte de su electorado menos partidario, pero con sensibilidades mas liberales o conservadoras.

Más allá del caso puntual, hay un predominio importante de las estrategias electorales que apelan a surfear los escenarios coyunturales en búsqueda de victorias seguras, y estas estrategias -que representan algo más que táctica política- han sido en ocasiones la tónica dominante de los sectores no izquierdistas del espectro político. Podrían definirse como un “duranbarbismo” electoral, donde las victorias en las urnas representan la confirmación de su superioridad.

En última instancia, el “duranbarbismo” es la antítesis estratégica de la llamada “batalla cultural”, es la idea de que las “soluciones” se operan utilizando los medios de propaganda masiva para ganar elecciones, apelando a lo coyuntural, y no de cambios culturales significativos, de largo plazo, y estructurales: su estrategia es leer la carta ideológica dominante en la sociedad a través de la agenda de ideas de moda, y subirse a ellas para simplemente tener como fin, ganar elecciones.

Está estrategia es tomada en ocasiones por los partidos que intentan enfrentarse a la hegemonía cultural de la izquierda, a nivel electoral: en lugar de ofrecer una alternativa política que encarne una propuesta diferente a partir de un trabajo cultural de largo plazo, plantea sumarse a la ideología y cultura dominante -que en general responde al adversario- y simplemente utilizar el bombardeo de medios de comunicación para “vencer” electoralmente sin proponer algo sustancialmente diferente a su oponente, salvo pararse como un “buen gestor”.

Cuando algún tipo de entidad humana -civilización, nación, empresa, partido- encuentra alguna técnica o idea superior, en general suele “idolizar” ese aspecto que le ha brindado una posición preponderante frente a los otros. Por la misma naturaleza de los fenómenos culturales, una idea o estrategia superior suele ser más poderosa que una técnica, ya que la tecnología que te ponga por encima de los otros rápidamente es aprendida e imitada, incluso superada, por tus adversarios. Les pasa a las civilizaciones, les pasa a los partidos y sus estrategias. Esta estrategia electoral tiende a su “idolización” porque necesariamente tiene una alta capacidad de ganar elecciones. No así crear gobiernos que construyan acumulación política para cambios importantes.

El “duranbarbismo” eclosionó como modelo de estrategia político electoral a partir de dos elementos: su pericia y dominio técnico con respecto a las nuevas tecnologías aplicadas a lo electoral, y una estrategia ideológica-discursiva -que podemos llamar, cultural- donde básicamente se huye de las posiciones rupturistas, ideológicas o pesimistas y se intenta caminar por lugares consensuales, amigables y “positivos”. En el entorno mediático globalizado en pleno siglo XXI, no es difícil imaginar cual es la agenda a la que adhiere, aunque sin la convicción de sus adherentes filosóficos, sino mas bien al ritmo de proponer esa agenda en un marco tecnocrático, hipermoderno, empresarial, soft.

Un análisis más amplio nos permite advertir que representa una expresión típica del ambiente ideológico y social dominante en la academia de occidente. La hegemonía cultural suele generar, cada tanto, una burbuja autocomplaciente que nos permite observar más claramente las características de esta academia, ya que la misma no advierte de nuevos procesos sociales que cuestionan o perturban sus consensos. En el ambiente donde se manejan las figuras de la “academia”, se terminan convenciendo a sí mismos que sus discursos lanzados como operación cultural son en realidad un termómetro del humor social. En este marco, por alguna razón una elección sobre gestión de una ciudad, movilidad y limpieza derivó a políticas de género y feminismo militante.

Este “duranbarbismo”, -podría denominarse de otras formas, claro está- efectivo en el manejo de las tecnologías, no es en el sentido ideológico más que una manifestación del progresismo de la academia. En este sentido esta propuesta estratégica aplicada en Argentina por el macrismo fue exactamente una lectura inversa de la realidad, y esa lectura equivocada tiene como origen el ambiente progresista que domina en la academia: En su momento, Mauricio Macri y su gobierno tenían un fuerte respaldo social para hacer cambios más profundos en Argentina -una situación ambiental, no ideológica, es decir fruto de un anhelo social de hacer algo diferente sin entrar tanto en detalles de que hacer- y no existían bajo ningún parámetro elementos firmes que demostraran que por la llegada de un “exponente del empresariado argentino” -empresariado prebendario, valdría aclarar- los inversionistas lloverían sobre Argentina, sin una serie de medidas previas de shock, y mucho menos, luego de un endeudamiento colosal que roza lo delictivo.

Las propuestas políticas de “gestión” y el “Déficit de narrativa”

Me parece interesante rescatar un concepto que puede parecer liviano a simple vista, pero representa una sustancial diferencia frente a lo que se conoce como la construcción de “relato” en la narrativa política: la idea de que “Gobernar es explicar”, es decir, crear una narrativa sólida que explique de dónde venimos, las opciones y dificultades que tenemos, y plantear los rumbos que se tomarán. No solo para los ciudadanos, sino para sus seguidores políticos que adquieran insumos para defender cívicamente el camino elegido.

Una de las consecuencias más notorias del modelo “duranbarbista” de acción política, ese que pone en mágicas gestiones y espíritu empresarial la solución a cuestiones tales como el insostenible peso del estado en nuestras vidas, en todos los ámbitos, o que enfrente con valentía el atropello derechos individuales fundamentales, y confunde defender ideas con no ser “pragmático”, promoviendo la total desideologización propia, intentando representar una propuesta camaleónica y moderada que gane elecciones.

En el fondo, la propuesta en estos sectores se traduce en presentarse como un gestor competente y preparado, que en general no conmoverá ni cuestionará mayormente lo heredado, simplemente lo “hará funcionar” a partir de una supuesta superioridad técnica de sus cuadros y de una solvencia gerencial mayor que los “políticos”.

Como el modelo político propuesto por estos sectores hace hincapié en evitar cuestionamientos profundos al modelo anterior por obtener el supuesto “gran botín” del centro político, su posibilidad de éxito está depositado en plantear propuestas concretas y no en explicar y mostrar alguna claridad conceptual sobre hacia donde se quiere ir: tanta “ideología de gestión” además, suele suavizarse con un alineamiento casi ciego a cualquier propuesta cultural dominante, con la idea de estar “actualizado” y representar renovación.

En general estas propuestas “optimistas” tienen profundas dificultades una vez que les toca tomar decisiones y lidiar con la realidad en épocas de crisis: allí además entran en otro problema grave que es la total orfandad de una narrativa que defienda los caminos elegidos. Tantos años de plantearse como unos “sensatos administradores de las ideas del progresismo” los desnudó de los elementos fundamentales que dan firmeza y valentía para enfrentar las dificultades. Allí es donde se manifiesta el “déficit de narrativa”.

La adquisición irresponsable de una narrativa política y cultural perfilada más al machaque discursivo de un “pragmatismo de gestión” sin plantear los necesarios cambios estructurales, los desafíos que llevará ajustar esto, las resistencias que existirán a estos cambios necesarios -que tienen anclajes culturales poderosos-, tiene como consecuencia una orfandad de narrativa ante la primera crisis: ¿si todo lo soluciona simplemente con buena gestión de la herencia, y sucede una crisis, que queda para explicar?

Más allá del coqueteo con el “duranbarbismo” estratégico, los resultados electorales en Montevideo demostraron que la cultura hegemónica de izquierdas es mucho más resistente y poderosa de lo que pensaban los estrategas de la candidatura de Laura Raffo. En ese sentido, el desarrollo territorial de la acción política y la existencia en el interior de una cultura también resistente y profunda que tienen mayor afinidad con los partidos republicanos parecen marcarle a la coalición multicolor que el camino de trabajo electoral en la zona Metropolitana no tiene atajos posibles, y que la “militancia electoral” deberá dejar paso a una militancia cultural de largo plazo, más ambiciosa y valiente en sus postulados.


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