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Pocos eventos políticos despiertan más expectativas entre los que no están directamente involucrados como las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Vividas a nivel global como un momento decisivo para lograr descifrar el mundo del futuro, los últimos comicios se realizaron en un marco extremadamente singular y complejo: la pandemia global del Coronavirus.

Por Diego Andrés Díaz

Acusaciones de Fraude y medios de comunicación.

Dentro de estas elecciones especialmente atípicas -realizadas en medio de la pandemia y la polémica que envuelve todo este periplo- destacaron dos sucesos especialmente sintomáticos: la acusación de fraude en las elecciones por parte de Donald Trump, y la seguidilla de censuras a su denuncia de las elecciones. Fue especialmente destacado el hecho que la mayor parte de las grandes cadenas televisivas, simplemente cortaran la emisión de un discurso del presidente de los Estados Unidos, simplemente sosteniendo que lo que decía eran mentiras. La tradición sobre las mentiras en los medios en una sociedad como la norteamericana no nació esa noche -vale recordar que se bombardeó a la población con mentiras en innumerables casos, es parte de la acción propagandística de todo gobierno, y uno de los más resonantes en los últimos tiempos representó el que acusaba a Irak de tener armas de destrucción masiva- , pero, lo que sí es sumamente novedoso, es que en este caso no corrió la suerte de los mensajes anteriores de los distintos gobiernos norteamericanos, y fue lisa y llanamente censurado.

Más allá de esto, la censura en el contexto político es un clásico que se pierde en la noche de los tiempos. Si existe una lógica continua con respecto a ella es que la censura es, básicamente, silencio. Una larga tradición occidental ha machacado sobre la importancia de la condición humana como ser político y dotado de la palabra -en el sentido aristotélico- y el silencio es, en definitiva, una expresión de no existencia política. 

En una sociedad donde en general, el criterio dominante con respecto a todos los discursos se acerca más al caveat emptor que a la “libertad tutelada”, también fue bastante llamativo que, en los días posteriores a la elección, varias redes sociales censurasen los mensajes del presidente, y, además, establecieran un mecanismo automático en las cuentas de sus usuarios por el cual, cuando deseaban compartir contenido sobre las elecciones de los EE.UU. -más aún si esta información cuestionaba la limpieza de los mismos- la aplicación adjuntaba un enlace a la misma con “información alternativa” -casi siempre relacionada a los medios de comunicación dominantes-, con referencias tales como “this claim about election fraud is disputed”, en el mejor de los casos, o la censura simple.

“- ¿Es usted experto en fraudes electorales?
– No lo soy
– ¿Entonces por qué twitter está marcando tuits con advertencias a prácticamente cualquiera que hable acerca de fraude electoral?
– Solo ponemos allí enlaces para que se vea una conversación más amplia y que la gente tenga más información.
– No, no está haciendo eso, está poniendo un enlace a una página que dice “el fraude es algo extremadamente raro en los EE.UU.” Eso no es una conversación más amplia, eso es tomar una opinión en disputa, y eso es actuar como un editor. Tiene derecho a hacerlo políticamente, pero no puede pretender actuar como si usted no fuera un editor, para así seguir obteniendo beneficios especiales”

Esta conversación se dio entre el senador republicano por Texas, Ted Cruz y el CEO de Twitter, Jack Dorsey, en la comisión del Senado para Asuntos Comerciales. Esto sucedió a raíz de las políticas de contenido que están dirigidas para proteger información electoral, y donde es cuestionada la actuación de Dorsey. De hecho, toda la entrevista deja muy mal parada a la empresa de comunicaciones.

En general, las redes sociales de comunicación no suelen advertirnos por información polémica, o la que tenga matices, variedad de puntos de vista u opiniones encontradas. Incluso los temas más polémicos de esta época -como puede ser, por ejemplo, el “terraplanismo”- disfrutan de la mayor libertad de expresión en las redes, sin ninguna advertencia sobre el mismo. Es evidente que no estamos frente a un acto de enriquecimiento del debate, sino a un simple acto político. Más allá de esto, un punto de los que señala Dorsey, y que se dedica a advertir en su red social, es, efectivamente, falso.

La historia de los intentos de fraude y amaño en las elecciones de los EE.UU. pueden rastrearse desde los inicios de su vida independiente. Si analizamos brevemente su historia, las características de la conformación histórica de lo que eran en un principio las XIII colonias, y la posterior “carrera hacia el oeste”, condicionaron fuertemente el proceso de incorporación de nuevos estados a la Unión y los posteriores eventos electorales. Cada nuevo Estado debía tomar una definición sobre temas extremadamente relevantes y que rozaban intereses particulares -con especial preponderancia, el tema de la esclavitud y de la actitud que los nuevos estados tendrían frente al tema- y esta situación cambiaba profundamente la correlación de fuerzas entre los Estados del Norte y del Sur. Este punto, entre otros, va a llevar a numerosos intentos de interceder de forma fraudulenta en las elecciones de los nuevos estados, que podían inclinar la balanza para los promotores de la esclavitud, o no: El “Bleeding Kansas” es uno de tantos ejemplos de enfrentamientos y conflictos civiles relacionados a las elecciones en el siglo XIX.

En 1876, para las elecciones los republicanos nominaron al gobernador de Ohio Rutherford B. Hayes, y los demócratas al gobernador de Nueva York Samuel Tilden. En el día de la elección se produjeron episodios generalizados de intimidación contra los votantes republicanos afroamericanos en el sur. Debido a estas acusaciones de intimidación y fraude, las juntas electorales invalidaron suficientes votos como para cambiar la suerte de la elección en esos estados –y sus votos electorales– a favor de Hayes. Con ellos, Hayes obtendría una mayoría de 185-184 en el Colegio Electoral. Las elección de 1888 estuvieron signadas por acusaciones de fraude, compra de votos y robo, protagonizadas por los candidatos Grover Cleveland y Benjamín Harrison. Han sido señaladas también como sospechosas otras elecciones, como ser la de 1960 y la polémica por la maquina Daley (incluso se asocia la muerte posterior de uno de los candidatos con el fraude), la del 2000 e incluso, la que le dio la victoria a Donald Trump.

No parece ser esa una razón históricamente válida sostener que difícilmente en EE. UU. puede darse un fraude electoral, siendo que esta nación no está entre los sistemas electorales más confiables, dentro de las democracias consolidadas de occidente. Se considera una “democracia imperfecta” por el “Democracy index” de 2018, aunque puntúa de excelente forma en el ítem de “proceso electoral y pluralismo”. En última instancia, la histórica fortaleza de la democracia de los EE.UU. no radica específicamente en comicios limpios y ejemplares, sino más bien en su larga tradición de contrapesos entre los poderes y, además, en el hecho que el poder ejecutivo de la Unión no tiene potestades tan profundas y determinantes que representen un cambio dramático en la vida de los ciudadanos. Este elemento es sustancial a la historia política de los EE.UU. y es, de forma manifiesta, un cambio en lo que respecta a la tradición política europea.

Una de las polémicas más interesantes que surgieron a fines del siglo XVIII es la que se dio entre la concepción del poder que sostenían los revolucionarios franceses y sus diferencias con los padres fundadores de EE.UU. La publicación por parte de John Adams -segundo presidente constitucional de los EE.UU.- de “a Defense of the Constitutions of Government of the United States of America”, es una respuesta encendida a las críticas de Turgot al concepto tripartito del poder, es decir, a que la mayor garantía para las democracias es un sistema de contrapesos, e independencia recíproca de los poderes estatales, en el esquema de Montesquieu. Su concepción federal proyectaba el anhelo de sostener un proyecto político donde se combinase los preceptos del republicanismo clásico y el constitucionalismo inglés para construir un gobierno tripartito equilibrado. A diferencia de la tradición soberanista y centralizada, típica de los ilustrados revolucionarios franceses, la construcción legitima del poder se movía desde la comunidad a la “nación”, y no al revés.

Esta tradición representa una diferencia sustancial con respecto a la idea de cambio, incluso al concepto de revolución, entre estas dos tradiciones.  El origen simbólico del mito revolucionario moderno de raíz jacobina que entroniza la “voluntad popular” y la idea del “pueblo” como representación del “soberano” ha sido la muletilla dominante en muchas de las sociedades occidentales donde se dan procesos de cambio político. Más allá que en general, en occidente el concepto de “revolución” ha tenido siempre “buena prensa” y es ponderada por los intelectuales que sueñan con ser la “vanguardia intelectual” de la misma, que logran anticiparse y decodificar el sentir del pueblo y sus reivindicaciones, su significado es bastante diferentes para las tradiciones norteamericanas con respecto a las francesas.

Las milicias que comando George Washington en la rebelión de los colonos a la corona británica no continuaron su singladura triunfal y conquistaran los territorios de Canadá, aún en manos de los británicos. Con “viento en la camiseta” y a pesar de encendidos discursos patrióticos, no se logró  convencer a los milicianos que pelearon por la libertad de sus comunidades para que se transformarán en revolucionarios y exportaran su «modelo» de vida a otros, a la fuerza. Los milicianos eran población civil armada para defenderse, no un ejército profesional revolucionario de ocupación y expansión, al estilo napoleónico. Este relativo fracaso, ejemplifica claramente la diferencia entre el que pelea por su libertad y el que intenta imponérsela a otros pueblos. Importante elemento de diferenciación histórica, y toda una declaración de principios en política exterior.

Si uno analiza estas diferencias de concepción, la diferencia entre un revolucionario y un rebelde radica en que un revolucionario intenta imponer a la fuerza y violencia sus ideas y sueños a los demás, en cambio quien se rebela intenta sacarse de encima una imposición coactiva externa de alguien que quiere imponerle un orden político a la fuerza. Como bien señala Murray Rothbard, las bases históricas de la democracia de los EE.UU. radicaban en la clara y contundente serie de “limitaciones y restricciones materializadas en constituciones y, sobre todo, en declaraciones de derechos”, que se imponían al Estado Federal.

Toda la discusión sobre el fraude -sea una mentira y manipulación de Trump, sea parcialmente constatable pero no decisivo, sea real- no ha sido zanjada aún, a la espera de lo que transmitan definitivamente las autoridades competentes. Como vimos a nivel histórico, no parece radicar en ese punto el elemento central que hace a EE.UU. una magnifica versión de República democrática liberal moderna. Los cambios de gobierno federal suelen plantear transformaciones menos profundas que en los estados centralizados. La pureza del sufragio es necesariamente crucial en un gobierno centralizado, y más si las potestades del poder ejecutivo son mayores y más profundas que en los sistemas descentralizados. La recepción global de la acusación de fraude electoral es percibida con diferentes niveles de preocupación.

Dos relatos progresistas sobre Donald Trump: un gobierno de “grieta” y “aislacionista”.

Los progresistas norteamericanos han sido, sin lugar a duda, una de las fuerzas políticas globales que con mayor insistencia y éxito han promovido la expansión de los movimientos identitarios que han emergido en el mundo político moderno, y su influencia e impacto en las izquierdas occidentales es creciente y notorio. Esta verdadera ideología dominante a nivel planetario -dogma oficial de todo organismo internacional de gobernanza, principalmente en la ONU y sus agencias satélites- ha logrado instaurar la idea de que en la cancelación del pasado -por eso es progresista- y de las diferencias -por eso es igualitarista- radica el centro de la política y de la agenda global. Esta centralidad intenta hacernos olvidar la razón última de la existencia de la política: la libertad.

“La historia nos enseña que los hombres de las primeras revoluciones —es decir, aquellos que no sólo hicieron una revolución, sino que además la introdujeron en la escena de la política— no fueron en absoluto partidarios de las novedades, de un novus ordo saeclorum, y es que esta falta de disposición por la novedad todavía resuena en la misma palabra «revolución», un término relativamente antiguo que sólo poco a poco fue adquiriendo su nuevo significado”, sostiene Hanna Arendth cuando analiza la inspiración fundacional de buena parte de los primeros revolucionarios modernos. Los revolucionarios, más que representantes de un mundo que se inicia y quiebra con el pasado, se manifestaban -con diáfana claridad en el caso norteamericano- como restauradores de viejas libertades, viejos pactos y contratos que las autoridades nuevas han despreciado e incumplido, de lo que se conoce como las “leyes viejas”. Este elemento tradicional dentro de la concepción revolucionaria no termina de licuar la idea de “movimiento irresistible” que conjuran los procesos revolucionarios, pero ha sido una de las piezas que no encajan con facilidad en el relato progresista del tiempo y de los cambios.

En un número anterior de nuestra revista, hemos realizado un análisis de una de las vertientes históricas que conforman el progresismo norteamericano, sus orígenes, su singularidad, su programa histórico. Uno de los elementos más constantes de las fuerzas progresistas de los EE.UU. en este ciclo electoral ha sido el de señalar negativamente a la administración de Donald Trump por su carácter populista, divisionista y exótico a la tradición política de la potencia del norte. Donald Trump es acusado de forma reiterada de crear y fomentar una “grieta” entre los estadounidenses, cuestión que parece ser aceptada sin mayor análisis ni matiz por la mayor parte del establishment internacional político y mediático. El otro aspecto constantemente señalado, es que ha retirado a EE.UU. de su papel central en las relaciones internacionales, y lo acusan de una política aislacionista, elemento de especial simbolismo a la interna de EE.UU. ya que el aislacionismo representa mucho más que una descripción simple de una actitud en política exterior. Detengámonos pues en estos dos puntos.

La “Grieta americana”

Cuando emergió Donald Trump como candidato del Partido Republicano, y, contra todo pronóstico, se consagró como presidente de los Estados Unidos, la grieta ya estaba instalada en la sociedad norteamericana: como bien señala el economista español Juan Ramon Rallo en este artículo, la polarización no se inicia en la administración republicana de Donald Trump, ni se extingue con un futuro gobierno de Joe Biden. Un estudio del Pew Research Center de 2014, titulado “Political polarization in the american public” ya advertía de una creciente tendencia  a la polarización política en la población norteamericana, sosteniendo que “…Los republicanos y demócratas están más divididos en términos ideológicos, y la antipatía partidista es más profunda y extensa, que en cualquier otro momento de las últimas dos décadas. Estas tendencias se manifiestan de múltiples formas, tanto en la política como en la vida cotidiana. La proporción general de estadounidenses que expresan opiniones consistentemente conservadoras o consistentemente liberales se ha duplicado en las últimas dos décadas del 10% al 21%. Y el pensamiento ideológico está ahora mucho más alineado con el partidismo que en el pasado. Como resultado, la superposición ideológica entre los dos partidos ha disminuido: hoy, el 92% de los republicanos están a la derecha del demócrata medio, y el 94% de los demócratas están a la izquierda del republicano medio…”.

Esta grieta en las concepciones ideológicas a la interna de los partidos políticos norteamericanos incorpora, además, un creciente componente de desprecio y rechazo enfático a las ideas del adversario, y que su sola existencia suponen un riesgo absoluto al régimen político que los contiene y al país. Este proceso -sostenía el estudio en 2014- llevo a que “…la animosidad partidista ha aumentado sustancialmente durante el mismo período. En cada partido, la proporción de personas con una visión muy negativa del partido contrario se ha más que duplicado desde 1994. La mayoría de estos partidarios intensos creen que las políticas del partido contrario «están tan equivocadas que amenazan el bienestar de la nación«. Esta investigación pone a la vista un proceso general de radicalización en el sistema político norteamericano, que se agudizó con las administraciones de Obama, y que, en última instancia, Donald Trump llevó a un nuevo nivel no tanto como causa de la grieta, sino como síntoma de esta. Su estilo absolutamente “outsider” y radical expone en la existencia de una división política preexistente, fuertemente alimentada por los medios de comunicación -abrumadoramente dominados por el progresismo-  y que escondía un proceso social muy complejo que resulta bastante visible a la hora de analizar los datos de la elección: la división del voto urbano-suburbano-rural en EE.UU.

Un informe que aparece en Bloomberg deja en manifiesto que la división política sigue siendo profunda entre los partidos cuando se analiza la territorialidad y geografía de la votación de los mismos. Ante la profundización de la dicotomía “voto urbano demócrata – voto rural republicano”, las zonas suburbanas parecen representar el verdadero campo de batalla donde se dirimen las futuras elecciones. La posible victoria de Biden no esconde que las poblaciones rurales resisten cada vez más a la tendencia de pensar y actuar como las élites urbanas les ordenan, a pesar de que son los urbanitas quienes controlan los medios de comunicación y desprestigian las demandas rurales, con calificativos despectivos y mucha “cancelación”.

Con estos dos factores que marcan un proceso creciente de polarización social (grieta política entre partidos, grieta electoral a nivel territorial) se puede establecer una idea bastante sólida: el Trumpismo no es responsable de la grieta dentro del sistema político de los EE.UU., seguramente sea un síntoma. También surge una hipótesis válida, ya que la polarización política y social son fenómenos crecientes en los sistemas políticos occidentales, del cual EE.UU. es parte. ¿No será acaso el caso norteamericano un componente más del proceso de radicalización y polarización que vive occidente? Europa, América Latina, la región, nuestro país, vienen cruzando un largo y complejo proceso de enfrentamiento político, radicalización y conflicto social, en el cual los componentes ideológicos y territoriales tienen una importancia tanto o más crucial que en caso norteamericano. No parecen ser, en definitiva, fenómenos diferentes.

Trump, el aislacionista.

La política exterior de la administración de Donald Trump ha representado una evidente novedad, y ha causado a la par indignación y admiración. Cualquier interlocutor puede elegir el rubro al cual referirse: el abandono por parte de EE.UU. de buena parte de los tratados y organismos internacionales, los impactantes acuerdos de paz entre países históricamente rivales, el retiro relativo del rol de gendarme global activo de los ejércitos estadounidenses, su guerra comercial con China, su apoyo incondicional a Israel, sus acciones con respecto a Corea del Norte, su relación con Rusia, su actitud frente a Venezuela, y un larguísimo etcétera, despertaron las más iracundas acusaciones y rechazos o las mayores congratulaciones. En todo caso, se ha expandido la idea de que EE.UU. ha vuelto a una política exterior “aislacionista”. Hecho que, necesariamente, ha llevado a varias confusiones.

Sus mayores detractores lo acusan de alejar a los EE.UU. de su rol internacional de policía global, garante de la libertad y la democracia. En este punto, sus críticos demócratas parecen reivindicar las tradiciones -al decir del politólogo Walter Russell Mead- Wilsonianistas en política exterior. Esta tradición, que esta simbolizada en la concepción idealista y mesiánica del presidente Woodrow Wilson y su actuación durante la Primera Guerra Mundial, considera que EE.UU. tiene la obligación moral de intervenir en el mundo para promover los valores fundacionales de la nación del norte, que en su versión secularizada representan la democracia y los derechos humanos.  El origen pietista de estas ideas los lleva a reivindicar un sistema de gobierno mundial (Wilson fue el arquitecto de la malograda “Liga de Naciones”, y apoyan el papel central de la ONU y del centralismo político, o “globalismo”)

Esta crítica es compartida por los que estimulan una perspectiva Hamiltoniana donde EE.UU. apoye la proyección de las actividades y empresas norteamericanas en los mercados extranjeros y la creación de un sistema internacional que tienda al libre mercado. Estas dos concepciones intervencionistas –internacionalistas- han repetido la idea de que Trump es aislacionista, evocando así a la tradición Jeffersoniana que ve a los valores nacionales de Estados Unidos como especiales, pero considera que una postura activa de transmisión de estos encarnaba el peligro de transformar a los Estados Unidos en imperio y de darle demasiado poder al Gobierno Federal.

Un reciente trabajo de Stephen Wertheim (“Tomorrow the World: The Birth of U.S. Global Supremacy”) señala que estas caracterizaciones no dejan de ser bastante antojadizas, ya que en última instancia, EE.UU. siempre tuvo una política exterior activa y, los conceptos de aislacionismo e internacionalismo, representan parte de los discursos dominantes a mediados del siglo XX. La tesis de este trabajo se asienta en la idea de que la política exterior de Estados Unidos nunca fue, necesariamente, aislacionista. Este fue un término estigmatizante utilizado con frecuencia por los defensores de la entrada de EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial para caracterizar a sus adversarios.

¿En qué tradición histórica se puede ubicar a Donald Trump? Difícilmente podría señalarse con contundencia que si su accionar se asienta en alguna tradición histórica de política exterior, esta esté exenta de la excentricidad del presidente norteamericano, pero igualmente algunos rasgos de la misma pueden tener puntos de contacto con la llamada concepción Jacksoniana. Andrew Jackson -considerado en ocasiones como un presidente de tendencia populista- se caracterizó por sostener una concepción de intervencionismo limitado en el exterior y basado en la protección del bienestar económico y físico de los ciudadanos norteamericanos.

Los desafíos a la interna del “Grand Old Party”.

Donald Trump ha logrado -sea o no nuevamente presidente de los EE.UU.- un nivel de votación extremadamente alto, y esto es, inevitablemente, un enorme desafío para el futuro del Partido Republicano y las fuerzas políticas, sociales e ideológicas que convergen a la interna del “GOP”, y de las derechas norteamericanas en general.

Más allá del estilo del presidente Trump, su influencia simbólica ha representado un episodio dentro de lo que se podría denominar un “auge de las derechas políticas” en occidente, de un tono ideológico diverso. A la interna del Partido Republicano, su gobierno representa un importante desafío de cara al futuro. Esta situación no surge necesariamente de estas elecciones, pero necesariamente la pone de manifiesto.

A fines de 2019, The Atlantic publicaba un artículo con un título sumamente sugerente:  “Es un momento extraño para ser joven y conservador”. Este artículo nos puede dar una serie de elementos centrales con respecto a lo que representó el “huracán Trump” a la interna de las derechas norteamericanas: las dificultades que el conservadurismo tradicional norteamericano encuentra a la hora de la comunicación política, que se manifiesta en la dificultad de  “los círculos conservadores de élite” en hacer pie en una agenda política cargada de radicalización, efectismo y activismo. En el artículo, se plantea como los ámbitos universitarios conservadores como Princeton, “…tienden a centrarse en grandes libros y grandes ideas, en el arte de gobernar y en principios elevados. Nada podría estar más lejos de la cultura de la política estadounidense a nivel nacional hoy, impulsada por el tribalismo y sed de sangre de enemigos políticos…”

Hay una frase citada que funciona como termómetro de las sensaciones en el campus norteamericano: “El idealismo está muerto en Princeton”. Las elites conservadoras tradicionales sienten que la dinámica de las comunicaciones y la preponderancia de lo cuantitativo a lo cualitativo es observada como retiro del idealismo. Increíblemente para los jóvenes conservadores, los “trumpistas”, como los altrighters, los “libertarians” o los “patriotas” se caracterizan por ser poderosos comunicadores, habiles en la ironía, el irrespeto absoluto a las ideas progresistas y especialistas en la llamada “guerra memética”. Estos sectores son efectivos, de forma a veces intuitiva, pero rotunda, y los sectores tradicionales del conservadurismo no pueden comprender e incluso desconocen los códigos de la nueva comunicación política en la era de las redes.

Hay una pregunta bastante interesante al respecto de cuáles son los desafíos y si están bien enfocados los diagnósticos: “¿Está la cultura norteamericana tan tomada por el pensamiento progresista, que retirarse de la vida pública masiva es el único camino que tiene sentido hacia el futuro?” La aparición de Trump y su singular estilo parece no dejarles percibir algunos errores o manías de estos sectores conservadores que siempre han sido señalados o que, en estas circunstancias históricas, los han dejado un poco afuera del juego.

 Una de ellas es el desdén siempre presente, fruto quizás del academicismo demasiado pronunciado, de los fenómenos populares -o populistas- que suelen cuestionar por sus características inorgánicas e inmanejables, tanto en forma como en fondo,  pero que no comprenden en su naturaleza original: partiendo de una concepción conservadora -es decir, que considera a las diferencias humanas una condición natural, base de la libertad y uno de los motores del desarrollo civilizatorio- les ha dificultado comprender el lenguaje político articulado sobre numerosísimas “sensibilidades”, opiniones, intereses y capacidades, y que este se manifieste multiforme y tendiente a lo llano, lo efectivo y lo emocional.

Una tradición que ha perdido pie de forma creciente dentro de las derechas norteamericanas -frente al avance del nacionalismo, el libertarianismo y la “alt-right”, es la del neoconservadursimo. Esta tradición, que se hizo especialmente poderosa a partir del gobierno de G. Bush padre, tenía como una de sus fortalezas el lograr consolidar mayor cantidad de puntos de contacto con el Partido Demócrata y su electorado. Esta anterior fortaleza -porque desalienta la “grieta”- tiene como contrapartida un creciente debilitamiento en su prestigio: este tipo de conservadores han estado demasiado mezclados con el gobierno americano, su sistema de promociones y prebendas. En muchas ocasiones no comprenden que buena parte de los valores e ideas que defienden (familia tradicional, religiosidad, agenda provida, valores comunitarios, gobierno limitado, libertad económica) son potentes y necesariamente sólidos en la medida que se construyen desde la sociedad civil.

Los conservadores han apostado por muchos años a ver en el Estado el brazo ejecutor de las ideas y valores que defienden, olvidando dos reglas de oro con respecto al mismo: El Estado -especialmente el llamado “Deep State”- tiene su lógica propia y jamás se ve a sí mismo como medio, como herramienta, sino como fin; y la otra, es que cada agencia, institución o ley que se crean para promover sus ideas, va a ser utilizada con la misma violencia y facultad por el adversario -los progresistas en este caso- para promover las suyas. Los neoconservadores, al promover y promoverse desde el estado, lo que hacen es afilar la navaja con la cual el adversario político iniciará su quirúrgica acción, una vez que cambie el gobierno y pierdan las elecciones. “Los graduados de estos colegios prestigiosos, los egresados de Princeton sirven como burócratas en Washington, diplomáticos”. Esa apuesta a ser una “élite desde el Estado” les ha costado caro, olvidan que sus ideas fueron poderosas y sólidas en la medida que crecieron con independencia del poder estatal. El poder de la “comunidad” compite con el estatal, y si el Estado reduce su importancia y poder, las instituciones de la sociedad civil, largamente suprimidas o secundarias, crecen en importancia y poder.

El devenir de las derechas en EE.UU. no representa un tema menor de cara al futuro: la incidencia de las estrategias y teorías dominantes a la interna de la misma parecen tener los mismos niveles de preponderancia y hegemonía que ostentan las ideas progresistas norteamericanas en el mundo de las izquierdas. Esta influencia y liderazgo creciente del progresismo estadounidense ha impactado dramáticamente en las izquierdas occidentales, y ha transformado a la izquierda occidental tradicional, de raíz europea, que confundida no logra aquilatar los cambios acaecidos por su impronta. No parece ser diferente en las derechas.

Por ello, la consolidación del “trumpismo” y otros discursos emergentes parecen representar un desafío extremadamente difícil de abordar para el staff tradicional del conservadurismo de EE.UU. En este sentido, la idea de un proceso de moderación de las grietas ideológicas parece estar lejos, por ahora, ya que se abona la vieja estrategia imaginada por Murray Rothabard en su famoso ensayo político de 1992, “populismo de derecha”: el camino es el populismo.

“La guerra es la continuación de la política por otros medios”

Un proceso creciente en el mundo político occidental es, como vimos, el de la profundización de las diferencias, la grieta anteriormente mencionada. Pero hay algunos elementos nuevos que en esta elección son visibles y que parecen representar no expresiones coyunturales. La dificultad creciente de aceptar el disenso político parece ser un “espíritu de época” que llegó para quedarse.

Retomando el título de este apartado, se podría tomar en un ángulo inverso la famosa sentencia de Carl von Clausewitz que aparece en su obra “de la Guerra”, e imaginar a la política como la continuación de la guerra, por otros medios. A partir de las guerras napoleónicas se consolida el concepto de “guerra total” en occidente. Ante el fin de la “guerra total” parece reformularse el concepto y continuarse con la “política total”.

La “guerra total” no es necesariamente un fenómeno moderno, pero si está especialmente relacionado con el arribo de las ideas soberanistas y de “identidad política” que se consolidan junto a los estados-nación. Carl Schmitt sostenía en “El concepto de lo político” que el concepto de “guerra total” “…cancela la distinción entre combatientes y no combatientes y conoce, junto a la guerra militar, otra no militar (guerra económica, propagandística, etc.), como emanación de la hostilidad. Pero aquí la cancelación de la distinción entre combatiente y no combatientes es una superación dialéctica. (…) Son las dos partes las que cambian, y la guerra se hace ahora en un plano nuevo, intensificado, como activación ya no sólo militar de la hostilidad. El carácter total consiste aquí en qué ámbitos de la realidad no militares (economía, propaganda, energías psíquicas y morales de los que no combaten) se ven involucrados en la confrontación hostil. El paso más allá de lo puramente militar no representa tan sólo una expansión cuantitativa; es también un incremento cualitativo…”. Las identidades políticas nacionales fueron, durante buena parte de los siglos XIX y XX el motor de los conflictos bélicos, y la existencia del otro como soberano de una identidad política diferente -y enemiga- funcionó como argumento central para la mayor parte de las guerras.

Para el historiador Arnold Toynbee, uno de los factores claves del surgimiento de la guerra total es el impacto del industrialismo. Pero este por sí solo no explica los cambios que vivió la forma en que se daban las guerras en el mundo occidental desde, por lo menos, un siglo antes de la Primera Guerra Mundial. Allí es donde aparecen factores políticos y culturales resultado de las nuevas teorías surgidas de la revolución francesa: la soberanía nacional, el nacionalismo y la democracia. La primera de las guerras modernas son las relacionadas al ciclo revolucionario francés: “…no fue tanto el genio militar de Napoleón como la furia revolucionaria de los ejércitos franceses lo que cortó, como un cuchillo la manteca, la defensa dieciochesca de viejo estilo de las potencias continentales…”. Así, la idea dominante durante el siglo XVIII de la guerra como un “deporte de los reyes” dio paso a la destrucción absoluta del ejército adversario y de su aparato productivo. Las guerras mundiales como enfrentamiento bélico entre Estados muy organizados y con amplios recursos industriales, técnicos y demográficos destinados a la destrucción masiva del enemigo. 

La violencia y capacidad destructiva de los ejércitos no representaron algo novedoso en la historia de las civilizaciones, pero había que remitirse al fanatismo religioso o las guerras entre Roma y Cartago para recordar un deseo de destrucción tan absoluto del enemigo. El fanatismo por la nación dio los elementos teóricos necesarios que consolidaran la idea de que la destrucción del enemigo involucraba a todos los depositarios de su soberanía política. En ese sentido, la guerra total moderna se alimenta de la teoría del poder que sostiene a los estados modernos: si la soberanía jurisdiccional ya no es un elemento patrimonialista -propiedad del monarca- y radica en el pueblo -la nación-, la acción bélica está orientada no a los ejércitos enemigos, los ejércitos del rey, sino al cuerpo «soberano» enemigo: los ciudadanos en su conjunto. La guerra total, jacobina y «nacionalista», se aplica para la guerra entre naciones notoriamente.

Pero la guerra total tuvo, inevitablemente, un límite técnico: la tecnología bélica alcanzó niveles de poder destructivo impensados -los sucesos atómicos de mediados del siglo XX simbolizan este punto de inflexión- y la “guerra total” significó un peligro demasiado inmanejable para las naciones. El temor a una catástrofe bélica de dimensiones globales ha transformado la naturaleza de los ejércitos, a tal punto que, como señala Hanna Arendth, evitar absolutamente todo conflicto bélico se transformó en el “…propósito verdadero o simulado de toda política general, sino que ha llegado a convertirse en el principio que guía la propia preparación militar. En otras palabras, los militares ya no se preparan para una guerra que los estadistas esperan que nunca estalle; su propio objetivo ha llegado a ser el desarrollo de armas que hagan imposible la guerra…”

Es bastante sintomático el hecho que cada vez son más esporádicas las guerras entre estados -ya casi no existen- a la vez que vienen destacándose los conflictos militares a la interna de las naciones, entre facciones. En algún punto, las rebeliones militares, movimientos guerrilleros y el activismo violentista han venido dando paso a una nueva forma de combate, no ya militar, sino más bien político, que conserva en alguna medida el carácter totalizante de la “guerra total”. Volveremos a este punto.

Si la guerra total significó la indiferenciación entre los blancos militares y los civiles, otro de los puntos claves de la lógica de guerra total es que no hay vida posterior para el derrotado. Casi de forma indefectible, los gobiernos nacionales no sobreviven a una derrota militar, y si esta se da de forma concluyente, el orden político que representaba difícilmente sobreviva. Testimonio de esta tendencia moderna fue la completa desaparición histórica de la tradición política de los Habsburgo en Europa Central luego de la Primera Guerra Mundial. La aniquilación total como aniquilación política, la rendición incondicional, los tribunales de guerra y la memoria histórica como laudo definitivo de identidad política representan síntomas inequívocos de que las guerras modernas representaron elementos de vida o muerte de un orden político nacional como pocas veces en la historia de occidente.

Si tomamos estos tres elementos característicos de la guerra moderna (“guerra total”, “aniquilación política” y el peligro de la destrucción total de la era nuclear), se puede advertir, en algún punto, que la nueva política continúa en su campo dos de las características de la guerra moderna. Uno de los peligros que se observan en las etapas previas y post electorales es la idea de que la elección, en última instancia, es una “batalla final” donde se manifiesta una especie de versión aggiornada de guerra total. La idea de extinción del otro, de aniquilación política, se asemeja con especial énfasis a las lógicas de la guerra total moderna, aplicada a la política.

Un ejemplo bastante relevante de este fenómeno se manifestó a pocas horas de la elección en EE.UU. Una de las más publicitadas representantes del “Socialismo Democrático” del PD, Ocasio Cortez, publicó en las redes sociales el siguiente mensaje: “¿Alguien está archivando a estos aduladores de Trump para cuando intenten restar importancia o negar su complicidad en el futuro? Preveo una probabilidad decente de que se eliminen muchos tuits, escritos y fotos en el futuro”. La idea está en sintonía con el “Responsability Trump”, con el que aplicarán la denominada «cultura de la cancelación», ya anteriormente abordada en esta revista. La proyección de esta caza de brujas tiene manifestaciones constantes estos días, mezclado con amenazas de llevar l adversario a la cárcel,  y mucho fuego cruzado, a través de acusaciones recíprocas entre ambos partidos de ser los hacedores de la “grieta” que divide de forma creciente, la sociedad.

La idea de que una elección puede llegar a significar la señal externa que justifique la aniquilación política del adversario, la rendición incondicional. Esta similitud en varios aspectos entre la concepción política de unas elecciones norteamericanas especialmente polarizadas y la idea del rival es significativa, especialmente cuando se intenta imaginar el día después a la misma.

El hombre demonio-providencia.

Se ha depositado en la suerte política de Donald Trump enormes expectativas, sean estas positivas o negativas. Hasta ahora, era difícilmente sostenible que un hombre o un gobierno lograse cambiar drástica y mágicamente las tendencias de larga duración.

Sea como sea, subyace la idea de la política como realidad mesiánica de cambio. Tiendo a creer que no existe un cambio radical que construya la política. Eso es lo que venden, en general, los políticos en campaña. En una perspectiva de larga duración, los cambios en el gobierno de los Estados Unidos suelen presentar procesos menos dramáticos -característica que en general se advierten en la mayor parte de los sistemas democráticos consolidados- pero, necesariamente, en esta elección hay factores fuertemente preocupantes, que incluso no se relacionan con la suerte futura de los partidos y candidatos en cuestión. La incidencia de los medios de comunicación progresistas globales y las redes sociales más populares, su escandalosa diferencia de criterios, su discurso orweliano, su manipulación, la idea de que existe una «verdad a verificar», su cancelación constante de la disidencia al discurso globalista del progresismo occidental, advierten sobre un futuro bastante oscuro para la libertad de expresión.

Los sectores que celebran esta arremetida censuradora, no advierten que estos mecanismos, mañana, los puede tener como victimas.

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