ENSAYO

Por Fernando Andacht

Hubo una vez un himno litúrgico & padrenuestroartiguizado

¿Qué cara tiene Uruguay? ¿La de su escudo patrio, la del Padre Nuestro Artigas? La del magno Sobretodo Estatal batllista? ¿La de los Varela (José Pedro/Obdulio, tanto da)? ¿O la del Maestro Tabárez?

Hay un interpretante, un signo que encarna o materializa la comprensión de la uruguayez religiosamente laica, furiosamente estatista-artiguense, y es la versión que ya tiene más de 20 años de circulación modesta y tan nuestra por los vericuetos de YouTube: el Himno a Artigas (O. Fernández Ríos, 1910)en la voz y guitarra de Martín Buscaglia. Su límpida balada tiene mucho más de liturgia que de épica, nada de Tiranos puestos a Temblar, ni de sombra buscada al morir (en batalla, y no de prosaica y triste vejez, claro). La melodía es cautivante, y vienen ganas de hacerse fiel de esa religión artiguista tan bucólica, tan sin estruendo castrense, sin batallas pedregosas ni derrame de sangres. Todo culmina en un paroxismo místico. En esos pocos minutos musicalizados no se puede no creer en la conversión de Artigas en “el verbo de la gloria”, en alguien que es /para la historia un genio/para la patria un Dios.” ¡Qué dilema tan exclusiva y tenazmente uruguayo el que surge! ¿Cómo escribimos el nombre de la deidad occidental suprema, con minúscula josébatlleyordoñesca o con mayúscula devocional? Un dilema insalvable que poco o nada importa, cuando escuchamos esa versión de Martín B., que más que canto patrio es una suave letanía, surge el deseo de dejarse llevar por las ganas de rezarle a esa figura sacra y tabú en toda la república que don José G. nunca soñó ni luchó por crear. ¡Qué ganas de volverse fiel de la Iglesia Artiguiana! 

Algo de eso hace ya un buen tiempo, lo conversamos con fotografías y pensamientos escritos Martín Atme y yo en el libro ilustrado y glosado El Padre Nuestro Artigas (Estuario, Montevideo, 2011 – https://www.youtube.com/watch?v=cUNf1oqQckE). Sin esa visión de un Artigas exorbitante, desmesurado y ubicuo, algo faltaría en la profusa iconografía con que se cubre su memoria. Ese volumen, tiempo después, contribuyó en alguna medida a que naciera otra criatura fuerte e independiente como el Dios Artigas manda: la saga de comics Prócer Zombie, de los Silva Bros, que ya va en su tercer entrega (2020 –ilustraciones en: https://silvabros.uy/procerzombie/). 

Quizás el Zombie sea un buen puente con el argumento central del presente ensayo, que empezó aludiendo a esa leve balada en la voz y guitarra de Martín Buscaglia, una música que nos empuja a venerar a don José G. más como se le rinde culto una deidad de los bosques que a un recio militar de botas embarradas y sangrientas. Dejamos esa calma visión sonora para observar una imagen antitética, la del muerto viviente, la de una criatura que no piensa. El Zombie sólo parece responder a un impulso ciego y violento de alimentación antropofágica. No lo detienen razones ni argumentos, tan solo lo para en seco un acto de suprema contra-violencia que, según su extensa y exitosa trayectoria fílmica y en streaming, debe volarle los escasos o nada funcionales sesos. 

Mucho de lo que se espera hoy de la población local y mundial bien comportada es asimilable a una conducta Zombie, al ciego y automático deambular bajo el poder hipnótico y tirano de protocolos, en pos del codiciado cáliz vacunaticio. No importa que no se sepa los efectos o el accionar real, a mediano y largo plazo de las marcas que bailan imparables con elegante coreografía de marketing en las pantallas: Moderna, Pfizer, Sinovac, AstraZeneca… esos nombres operan como las estrellas de la galaxia hollywoodense: todos estos signos son buenos para soñar y acceder a una módica inmortalidad, a la vida que vale la pena vivirse, en la pantalla o con esas sustancias inyectadas en el torrente sanguíneo, pase lo que pase. ¡Qué entusiasmo pasional Zombie el de quienes no se hartan de portar con orgullo y celo vigilante su máscara reglamentaria, y si son dos y van acompañadas de escafandra mucho mejor! ¡Y qué ansia creciente de saltarle al cuello insolidario de ese Otro insoportable que surca la ciudad sin portar esos maravillosos y venerados adminículos!

Y se hizo la voz Instagramada

Por suerte, en ese lúgubre páramo zombificado, los medios colaboran de modo altruista para silenciar toda duda, para hacernos zambullir y nadar torpe y alegremente en el lago artificial y bautismal de la Nueva Normalidad. ¿Quién podría ser tan irresponsable y anti-solidario como para pedir o peor para clamar por debates entre seres que se ocupan de pensar sobre el mejor modo de enfrentar la pandemia? Eso es sólo para quien no forma parte de la siempre creciente población Zombie, de la multitud que acata satisfecha, a veces un poquito resignada, pero siempre comprensiva, toda comunicación que baja directo de la Montaña de la Ciencia, con una voz tonitronante y avasalladora que no tolera discusión alguna. Si la voz proclama que hay un modo único, como el dios monoteísta, de testear el mal pandémico, eso se vuelve la Ley; si no se habla de los efectos secundarios de las vacunas, para ninguna edad o estado grávido o ingrávido, esa es la Respuesta. Veo y escucho incrédulo a una alta autoridad en inmunología de la universidad mayor, que responde ufano, con alegría sobria a varias preguntas televisadas en vivo sobre las vacunas, con este curioso adverbio: “Bueno, teóricamente…” (Esta boca es mía, Canal 12, 19.05.2021). Y observo fascinado a la conductora, que afirma ser la portavoz de “doña María”, un modo simpático para designar al ignorante candidato fast track a zombificarse,  a aceptar con aire satisfecho y dócil esa serie de no o anti-explicaciones a dudas grandes como una grieta en la tierra tenebrosa de Pandemia. Así se celebra y distribuye la ofrenda de la eucaristía científica a toda hora desde la Torre Mediática.

Yo no canto (más), acuso (mucho)

Y de pronto, en esta tierra superpoblada por Zombies y dominada por la voz del Amo telegénico-científico, irrumpió aquella presencia litúrgica y artiguizada de hace un cuarto de siglo, pero ahora vino en una prosa seca, y en un modo cuestionador e Instagramado. El mismo compositor/cantor Martín Buscaglia creó un brevísimo video que orondo y veloz ya ingresó en la Sala Vip de esos artefactos: su filmación casera ya ocupa el sitial de honor del virus benigno admirado por su veloz y amplia difusión. Cuando escribo estas líneas, han visto y oído esas imágenes y palabras de Instagram casi 140.000 personas, nada mal para signos desangelados, desmusicalizados, secos, que son emitidos mientras el músico acusa, y camina desprovisto de guitarra y de dulce melodía. 

Vale la pena detenerse en ese Yo acuso y no canto –  ni siquiera puedo pasar música de otros, como se verá – que consiguió no sólo viralizarse, sino entrar en algunos informativos televisivos de horario central, y en la prensa mayor. Ese ámbito tan protegido de los enemigos máximos del mundo Zombie, los temidos negacio-conspira-unicornoicos, le abrió sus amplias puertas a estos 2 minutos de queja-denuncia-acusación contra los poderes que son. No quiero pensar lo generosos que habrían sido estos medios de comunicación inexpugnables para quienes procuramos un espacio de reflexión, debate o discusión desde hace más de un año, si Martín Buscaglia hubiese realizado su Yo Acuso con alguna de las músicas regocijantes que él ha creado para sus frescas composiciones en estos últimos 20 años. 

A causa del encuadre mediático desde el que procede a acusar, la cara del artista llena casi todo el campo visual: sin maquillaje, sin peinarse, sin afeitarse, sin portar ropaje rutilante, y sin dejar de caminar, Martín B.,  con un tapabocas colorido caído en torno al cuello, nos cuenta algo frustrante y terminante que le acababa de ocurrir en su vida laboral, o mejor dicho en su existencia desocupada, forzadamente deslaboralizada, ese sábado 15 de mayo de 2021.

I. Un inicio cortés y bien amplio: “Buenas… ¿cómo estás Carolina Cosse, como estás Cuquito?” En el principio fue la función fática, hablo de las expresiones rituales, banales pero infaltables en todo encuentro, o monólogo mediatizado, como es éste. Quedan identificados los dos destinatarios, o como los designa un especialista de mi campo, la semiótica, los contra-destinatarios, sus adversarios, aquellos a los que él procederá a acusar y responsabilizar de lo malo que le ocurrió y que le sigue ocurriendo a muchos expulsados del espacio de trabajo por los protocolos vigentes en la irreal y a veces surrealista tierra de Pandemia. 

Parece existir cierto sesgo, una preferencia, o quién sabe, tal vez sea el efecto de la poderosa perspectiva de género, lo que induce a Martín a tratar un poco mejor, en la designación de sus interlocutores, a la intendenta – aunque intendente cumple perfectamente con la ansiada ‘e’ de inclusividad cueste lo que cueste. A la figura principal del Poder Ejecutivo le tocó en suerte un diminutivo algo peyorativo. Lo pone en línea genealógica con otro presidente, nada menos que su padre, pero el diminutivo lo minimiza, lo rebaja en su rango político a una versión empequeñecida del otro. A la cabeza de la Intendencia de Montevideo, en cambio, la llamó por su nombre. Pero ambos son acusados por igual del abuso que presentará en su alegato audiovisual. Para orientar (o no) al lector, podríamos describir el acto denunciado como Violencia de Voluntad Laboral.

II. Ut pictura poesis en el Cordón: la frase latina se atribuye al poeta Horacio (s. I AC) y se refiere a la capacidad mimética de pintar un lugar con palabras como si éstas fueran pinceles. Y eso es precisamente a lo que se dedica con gestos expresivos, enfáticos y palabras precisas Martín B. para recrear el bar montevideano donde ocurrió lo que narra: “Estoy acá en un boliche, está divino, al aire libre, gente, protocolos a full, día precioso, suena una música divina … no la estoy pasando yo”.

En esa micropausa que se instala incómoda entre el lugar encantado – el llamado locus amoenus, en la tradición literaria – y la violenta expulsión del artista de su arte, de su oficio, vemos emerger el incidente, el prólogo y la razón del Yo acuso y no canto (ni musicalizo) que ya se viene. 

III. Bienvenidos al mundo Zombie: Procede el caminante ya no cantante ni musicante a contarnos cómo es ahora su vínculo con su vocación, con el hacer música. “Suena una música divina. No la estoy pasando yo. Bueno, la estoy pasando yo desde la barra (gesto, de frustración)”. Y llega la denuncia: “Estaba en mis planes poner unos discos divinos mientras la gente comía, bebía, charlaba y hacía una vida saludable para el cuerpo, para el espíritu”. 

Haciendo eco a la angustiada pregunta de Julieta a Romeo podríamos decir: ¿Qué hay en un disco? ¡Una canción de Spotify o de cualquier otro medio sonaría igual de bien! Pero justamente no, la diferencia aquí está en la escena, en el disfrutar de un humano haciendo algo humanamente admirable como es seleccionar música ante otros humanos, y en dejar que ese sonido conmueva su cuerpo, que esa vibración se expanda en lo que se transforma en un tiempo sublime gracias al arte. Iba a agregar que las palabras del video llegan sin música del artista, pero me corrijo: sí hay una (casi) audible banda sonora. Es una música poco identificable, porque llega mezclada con una nutrida y robusta conversación callejera, con esa respiración agradable que produce una ciudad siendo disfrutada a muchas voces, charlada como al descuido, sin drama. La trama sonora de fondo que crea la unión de música que compite con muchas voces cuyos dueños no vemos reconforta tanto como el día luminoso en que filmó Martín B. su Yo-Acuso audiovisual  y lo puso en red. Sin querer, quizás, él creó un fragmento del espectáculo tan agraviante y desacatado para la árida vida en Pandemia que sus autoridades lo tuvieron que prohibir. 

IV. Los zombies no perdonan o cómo aprendí a odiar el Control: y ahora se aproxima el triste desenlace de un atentado contra el desánimo. “Pero acaba de venir la Intendencia, Carolina, y me dicen, nos dicen, que no puedo estar musicalizando la vida, al aire libre” Insiste Martín B. y explica para que no quede duda alguna que él “no puede estar en un lugar al aire libre, justamente”, para llevar adelante ese cometido musical tan dañino y alarmante para la norma o estándar del bienestar Zombie que opera en todo el territorio nacional.

V. Los nuevos y viscosos significados nuevo-normales: Pero no crean, aún cuando hayan triunfado rotundamente las leyes Zombie, todo en la vida tiene arreglo. Viene el clímax del mini-relato de Martín B.: “Sólo puedo, si estoy detrás de la barra. O sea, vino Espectáculos Públicos y nos cortó. Tenía unos discos preciosos, de música uruguaya muchísimos de ellos, y dijo que no, que es un espectáculo. Que haya alguien eligiendo la música que va a sonar, es un espectáculo.”  

El artista hace otra pausa significativa, que acompaña con un gesto de total incredulidad. Procede a razonar, otra actividad que no está nada bien considerada en Zombieland. “Entonces si hay un dueño o un mozo detrás de la barra, poniendo temas en Spotify – pagándole plata a Spotify – eso no es un espectáculo. Entonces me voy a transformar en mozo de bar, aparentemente es lo que estás queriendo Carolina, lo que estás queriendo Cuquito. Y desde ahí voy a servir unos tragos  y voy a poner los temas de Spotify y eso me va a ser no estar fuera de vuestra legalidad”. Un rumor creciente que llega desde el mundo Zombie dice con indignación que el músico no tiene nada de lo que quejarse, porque él acaba de describir una nueva y productiva ocupación. Nada se pierde, murmuran conformes multitudes de Zombies, todo se transforma.  

VI. Quien mal anda (a veces) bien termina y mejor comprende: “¡Tremendo, bo! ¡Qué vergüenza!” Quizás sea yo, tal vez sea mi imaginación alucinada, pero ante esta claudicación amarga, veo largas hileras de Zombies sonriendo bajo su barbijo inmóvil, tan opaco y ocultador como el manejo oficial de los datos sobre el real alcance de los males que acechan y sitian la triste tierra de Pandemia. Y así llega la reflexión en prosa con que clausura estos poco más de 120 segundos subidos a Instagram hace una semana (15.05.21): “Claro Cuquito y Carolina que yo sabía que tengo absolutamente prohibido trabajar. Como todos mis colegas, se nos prohíbe. Lo que no estaba tan claro para mí es que por ser artista, tengo absolutamente prohibido realizar cualquier actividad (pausa) A menos que deje de ser artista, cosa que … lamentablemente para mí es imposible”. 

En otro lugar, cuando el Mercosur era aún muy joven, escribí un artículo (“Integración/desintegración: nuevos signos de identidad en el Mercosur” http://biblioteca.clacso.edu.ar/gsdl/collect/clacso/index/assoc/D2872.dir/13andacht.pdf) en el que analicé la frase entonces en boga propulsada por el gobierno nacional: “el Uruguay país de servicios”. Y afirmé allí que había una fantasía atemorizadora para los jóvenes en relación a ese ideal gubernamental, que consistiría en transformarlos a todos en mozos. La visión apocalíptica de un país desbordante de mozos que corren a brindar servicios de un lugar a otro a los socios mercosuriales, retorna en el final amargo del Yo Acuso sin Música creado y difundido por el músico Martín Buscaglia veinte años después.  

¿Por qué detenerse en algo tan individual, tan trivial como una performance musical de un único artista, cuando son tantos los que llenan las largas filas de desocupados de larga data? ¿Habré cometido el pecado del individualismo, de ocuparme de un ser humano que es conocido, incluso puede decirse que es famoso en este pequeño mundo uruguayo, donde el término ‘celebridad’ sufre un justo y permanente exilio? Si me atengo a los casi 600 comentarios en Instagram, y los muchos más que ya leí en otras redes, la irrupción del Yo Acuso martínbuscagliano no debería ser ignorada o menospreciada por un criterio numérico apenas. Velozmente veo nacer, grieta pandémica mediante, dos bandos aguerridos: i) los que celebran y acompañan la acusación que pone en evidencia la neonormal vida Zombie a la que algunos no se resignan, pese a los millares de signos enviados desde lo alto para quebrar toda resistencia; ii) los que con igual celo atacan con ferocidad antropofágica y Zombie al que se atrevió a hablar y denunciar la neonormalidad vigente y triunfante. ¿Por qué él no lo hizo antes? ¿Por qué los otros músicos se callan? ¿Qué se cree que es este artista, si su don musical no lo salvará del funesto enemigo invisible y de su mordida indolora y letal? 

Fin de la crónica de un virus video-denuncia sin la música deseada

Del creador que nos trajo la canción menos laica y más devocional a esta tierra tan profusamente artiguizada, ahora llegó un caballito troyano tan brioso que pudo entrar a la tierra prohibida de la tele y de la prensa dominatrix uruguaya. ¡No es poca hazaña!

¿Qué es lo que merece ser recordado y discutido de la incursión Instagrameada de Martín Buscaglia en un mundo de la vida inundado de macabros signos covilleanos, palabra compuesta de Covid19 y villanos? Desde el universo multitudinario de las redes, donde grieta mediante se baten a duelo quienes argumentan sin pausa sobre la verdad y su Otro con respecto al bizarro planeta neonormal, y quienes se declaran fieles inamovibles de la Ortodoxia Covid, aterrizó en la atmósfera extraredes este eficaz llamado al raciocinio. Esa es su imparable fortaleza: el haber descrito con seca anti-poesía caminante que no hay vida para quienes no apuestan al mendrugo estatal, para quienes insisten en seguir con su arte por este páramo Zombie. 

Y merece toda mi atención, y la de mis eventuales lectores, el llegar a entender qué conmovió a la catatónica opinión pública lo suficiente para levantar la cabeza llena de apabullantes cifras vacunatorias, de muertes virales, y de amenazas constantes de-que-lo-peor-está-por-llegar. Parece difícil prestar atención a un Yo Acuso no cantado ni recitado, tan solo dicho ciudadanamente, cuando la tentación es grande de escuchar por milésima vez una pregunta digna de ser proferida en el Templo del Zombie: “¿Le dolió mucho (=la vacuna)?” La frase recuerda la embrutecedora repetición durante el día electoral de que “Todo muy tranquilo por aquí” por todos los noteros de la tele, desde cada centro de votación. 

Ahora se vota con el brazo: uruguayo/uruguaya no puedes dejar de votar/vacunar(te). El cuerpo social ahora no sólo exige el voto-que-el-alma-pronuncia, sino también la vacuna-que-al-cuerpo-se-impone. Y en medio de esa bruma asfixiante aparece un video de poco más de dos minutos en un ámbito menos esclerosado que Facebook y menos politizado que Twitter. Desde ese ámbito, se esparce un buen día (soleado) la palabra caminante de un músico en exilio laboral. Su destinatario es bifronte: derecha/izquierda, izquierda/derecha. Esa estrategia perturba el apacible ritmo mental Zombie: no se puede acusar a los dos, tiene que ser uno u otro. Viva el dualismo, grita furioso el rebaño Zombie, hirviendo de indignación por este Yo-Acuso generalizado, que no distingue entre tribus ideológicas, como tampoco lo haría la Covid19, según los protocolos feroces. 

Y así los signos de Martín Buscaglia consiguieron hacerse ver. Por un tiempo muy breve pero potente se pudo oír y sentir el repudio espontáneo, la carga indicial-documental del músico que comprendió hace más de dos décadas la condición litúrgico-santoral del Padre Nuestro Artigas.  Ahora, asistimos a una nueva epifanía de Martín B. Él se dio cuenta de que las personas en su condición de persona poco y nada importan en Pandemia: sólo hay brazos tendidos en espera del pinchazo tan incierto, pero tan salvador. Sólo hay lugar para una población zombificada que no quiere saber más nada que si-dolió-mucho, y que aguarda nuevas órdenes, en el Nuevo Orden Mundial, camuflado amablemente con la capa de La Nueva Normalidad. 

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