ENSAYO

Por Diego Andrés Díaz

Si hay algo fácilmente visible, que se va amontonando como resaca en las costas de las sociedades occidentales a partir de la “marea pandémica”, es una especie de paquete ideológico pegajoso y corrosivo, que tiene una condición ubicua y proteica a la vez: impregna todo lo que toca e inocula con su esencia hasta los “contra-venenos” que distintas sociedades y sectores apelan a ponerle como freno. Esta ideología del “despertar” ( o “Wokismo”, o “del reseteo”)  tienen como origen las manifestaciones postmilenaristas de cierto pietismo protestante de los siglos XVIII y XIX, ya abordados en artículos anteriores de nuestra revista. No es mi intención volver a ese tema, sino señalar algunos perfiles sostenidos de la manifestación de ese discurso, y no su origen histórico específico. 

La relación entre el progresismo estadounidense y diferentes expresiones del pietismo religioso es un fenómeno bastante notorio. El florecimiento del progresismo como expresión crecientemente política tuvo lugar entre los mandatos de Roosevelt (1901-1909) y de Wilson (1913-1921). Según Jenkins, este movimiento “progresista”, se constituyó en una fuerza política de gran importancia, aunque no funcionó como un partido político electoral. Su manifestación era mayormente a través de acciones individuales en temas específicos –“Ley seca”, intervencionismo militar en la Primera Guerra Mundial- para operar particularmente o en agrupaciones informales realizando actividades diversas. El sucesor de Roosevelt, William Taft continuó con estas políticas. Fue durante su mandato que se aprobaron dos enmiendas fundamentales y parte sustancial de la propaganda del progresismo: La enmienda dieciséis que permitía la recaudación de impuestos directamente de la deducción de la renta y la enmienda diecisiete que permitía la elección directa de los senadores. 

Más allá de estos aspectos históricos, la intención de este artículo es señalar una serie de factores que representen las distintas vías para entender el fenómeno cultural predominante como política exterior, de los países de tradición anglosajona preferentemente, así como programa oficial de los organismos internacionales y las políticas exteriores de la mayoría de las potencias globales dentro de occidente:

  • La obligatoriedad de la salvación -de la igualdad, del planeta, del paraíso terrenal futuro, de las conciencias- es decir, la concesión de la gracia secularizada- representa la necesidad coactiva de salvarnos de nosotros mismos, aunque no tengamos ganas ni interés de recibir esta gracia secularizada. El “wokismo” representa así la manifestación radical y autoritaria de una especie de cancelación absoluta del principio de secesión, no ya político, sino cultural y de nuestra conciencia. Aunque tengamos otros puntos de vista, análisis y miradas sobre la realidad, necesariamente debemos pensar y sentir como hay que hacerlo. Simplemente, no podemos salirnos de su mundo, de sus reglas, de sus ideas, de sus acciones, de sus cancelaciones. No podemos secesionarnos culturalmente de su proyecto. La conciencia obligatoria es condición indispensable para obtener la gracia progresista, por encima de los actos y nuestros corazones. Lo importante no es lo que hagas, sino como pienses. Neocalvinismo
  • Para lograr la virtud es necesario llevarnos hacia ella. Obligarnos. Por eso el “wokismo”, como relato ideológico, es un tipo de manifestación nueva de un viejo conocido dentro del intervencionismo como herramienta del Centralismo político. Si existe el mal innegable dentro del relato pietista, basado en un supuesto principio de injusticia (ya sea esta social, racial, histórica y hasta climática), esto se debe solucionar mediante la acción interventora de algún tipo de agencia poderosa que encarne un ideal abstracto, pero sin existencia ontológica real (los preferidos por el relato son el Estado y la ONU). Así, las agencias estatales, gubernamentales, y globales de todo tipo y tamaño se presentarán a sí mismos como la voluntad y conciencia justiciera para que los burócratas y funcionarios toman las riendas y decisiones en lugar de los individuos. 
  • El menú de estos burócratas es único, común e inevitable para todos. Por eso se repiten los modelos y soluciones, todas en el sentido de centralizar las decisiones y hacernos dependientes de los “kioskos políticos” de la burocracia. De allí la obsesión por las “rentas básicas universales”, los “impuestos globales” o la persecución a cualquier propuesta descentralizadora. 
  • Junto al intervencionismo estatal creciente basado en la moralización extrema de sus acciones necesariamente liberticidas, esta falsa “justicia” ha logrado parasitar los mecanismos de creación de riqueza de las sociedades y canalizarlos para sus fines. Así, el capitalismo -especialmente el basado en mercados libres y sólidos derechos de propiedad- mientras es atacado y satanizado, financia de forma efectiva todo el intervencionismo cultural que promete desde la refundación o reseteo del propio capitalismo, a la total eliminación del mismo.
  • Es innegable los puntos de contacto que manifiesta esta forma de acción político-moralista con la naturaleza del puritanismo protestante norteamericano. Anne Apellbaum señala en un excelente artículo al respecto que “…aquí mismo en Estados Unidos, ahora mismo, es posible conocer a personas que lo han perdido todo —trabajo, dinero, amigos, colegas— después de no violar ninguna ley y, a veces, tampoco las reglas del lugar de trabajo. En cambio, han roto (o se les acusa de haber roto) códigos sociales relacionados con la raza, el sexo, el comportamiento personal o incluso el humor aceptable, que puede que no existieran hace cinco años o quizás cinco meses atrás…”
  • Las redes sociales, hasta hace unos años presentadas como foros libres de una sociedad entusiasta de la libertad de expresión, se presentan ahora como los tribunales oficiales de la cancelación. Como ya hemos señalado en artículos anteriores, el cambio radical que experimentan las redes sociales y su poder se deben a que ya forman parte del “estado ampliado”, es decir, están asociadas con los gobiernos, trabajan junto y para ellos: les brindan información, actúan políticamente, censuran deliberadamente, bajo el increíble silencio e incluso aplauso de supuestos defensores de la libertad de expresión, que ven como sus principios quedan en segundo orden frente a las ventajas que obtienen de la censura de la disidencia. El caso de muchos liberales -extranjeros y nacionales- es digno de estudio y bochorno histórico.
  • Como todo proceso de conformismo político y cultural, que facilita la represión y la famosa cancelación, este no es resultado de la violencia o la coerción estatal directa, sino de la intensa presión de grupo, una especie de horda justiciera, de tribunal popular.  No es necesario que represente un riesgo real para la vida de la gente, ya que opera en el plano de la destrucción de sus proyectos personales y familiares. Así, las personas se sienten obligadas a claudicar por el bien de su carrera, de sus hijos, familia y amigos. La señal exterior es la repetición absurda de eslóganes, el uso de neo lenguas y neologismos obligatorios, la realización absurda hasta la humillación de actos de reverencia pública a ideas y grupos que desprecian en privado.
  • Es también constatable que, los defensores acérrimos de esta nueva justicia popular manifiesten que los casos de error en la cancelación, o injusticia -ya sea que la aplicación de esta herramienta totalitaria de cancelación se aplique de forma legal o simbólica- son simples daños colaterales, que significan castigos menores, donde las consecuencias no son tan graves. La obsesión por sostener un relato donde el bien a preservar sea la subjetividad emocional de los demás en lugar del derecho a la libertad de expresión o el debido proceso, nos va empujando hacia altísimos niveles de censura y autocensura, donde proliferan además el escarnio de manada, las categorizaciones estigmatizantes –“ultraderecha”, “negacionista”, etc.- que promueven disculpas ritualizadas, sacrificios públicos y pánico moral.
  • Esta cultura de la cancelación está transformando radicalmente los comportamientos sociales de las personas, incluidos los que resultan de las expresiones mas espontaneas y libres de la sociedad civil. El temor a que la usina cultural progresista de la cancelación caiga sobre algún incauto es tan grande que las relaciones entre los individuos- incluidas las más simples y superficiales- se degradan en un sistema de terror basado en la delación del otro. Esto no es extraño en los modelos políticos totalitarios que la historia moderna ha conocido -La Unión soviética, Alemania, todo tipo de dictaduras latinoamericanas, Cuba- pero la novedad es que opera en el plano más privado y rutinario como puede ser tomar un café, compartir una foto, un plato de comida o una canción en las redes sociales. 
  • Este combo ideológico además opera con mayor efectividad cuanto mas se asiente en el plano subjetivo de las interpretaciones: allí, la cancelación tiene como estatuto de aplicación el absolutamente inestable y antojadizo campo de la subjetividad personal del gran héroe de nuestra época: la víctima. Sentirse afectado opera en la subjetividad y por ello es efectiva bajo esta lógica, ya que un acto de cordialidad puede ser señalado como un acto sexista o una microagresión. 
  • Para lograr una efectividad altísima, este modelo totalitario rescata lo peor del determinismo histórico, ya sea al inspirarse en la variante neocalvinista o en las diferentes interpretaciones del marxismo: la mayoría de las veces, el victimario que merece la cancelación simplemente manifiesta su “rol de privilegio” que el reparto antihistórico del determinismo le tiene asignado, sin detenerse en lo que realmente hizo. En ultima instancia, representa la cancelación por algo que no podés evitar ni manejar, está en tu naturaleza, externo a tus decisiones, ya sea porque representas al estereotipo de blanca, heterosexual, hombre, burgués o el sinfín de determinismos que tienen preparados los canceladores. Así, las garantías de cualquier proceso o la presunción de inocencia son destruidos.
  • Este modelo autoritario disfrazado de “buenas intenciones” ha demostrado que es pasible de ser aplicado en cualquier circunstancia y justificado por cualquier evento que represente una crisis, si la misma cuenta con la campaña de propaganda necesaria y altas dosis de terrorismo mediático. Como ha demostrado la Pandemia, las expresiones externas de este modelo se cumplen a la perfección: se verifican la cancelación de los debates, de las voces que relativizan, matizan o cuestionan el relato oficial, el uso de frases amuleto –“nueva normalidad”- la polarización de las posturas, el principio de autoridad usando entes inexistentes –“la ciencia”- o la demonización extrema de cualquiera que ose poner algún reparo o exigir análisis en cualquiera de las faces que hemos vivido.
  • Una de las características mas poderosas de esta cultura dominante es que sintetiza con gran efectividad una serie de características intercambiables: un carácter misional fanático, manifestado en el deseo de transformar la sociedad aunque esta se niegue a los cambios; un nivel de pertenencia al lado “correcto de la historia” altísimo, que blinda al militante y lo colma de superioridad moral autoimpuesta. La base fideísta y subjetiva de las doctrinas e ideas que acompañan el modelo pietista del progresismo woke funciona como protección ante las refutaciones que la epistemología, la Ciencia, y la Historia le plantean: su modelo se sostiene en la identidad autorreferencial, en la “experiencia vivida” que brinda el acceso especial a la verdad, que no se debate.
  • Es interesante que los receptores políticos de esta tradición cultural y política del progresismo norteamericano -de naturaleza puritana y pietista- a nivel occidental son las corrientes socialdemócratas, socioliberales y las izquierdas en general. En este sentido, la replicación casa mimética de los perfiles discursivos, las propuestas y hasta los problemas sociales esgrimidos como urgentes llegan al punto del ridículo, al imponer agendas políticas de temas propiamente primermundistas en sociedades absolutamente diferentes en historia, problemas sociales y económicos, cultura y tradición. En este campo, la izquierda ortodoxa se manifiesta desconcertada.
  • En nuestro país, la necesidad de obtener buenas calificaciones frente a los organismos internacionales -promotores del centralismo político y, en consecuencia, de las ideas fuerza del pietismo- hace que los partidos políticos que las abracen sean mayoritarios frente a los que le manifiestan reparos o rechazo. Además, el desembarco de estas ideas progresistas como condicionamiento para ejecutar recursos financieros y créditos lleva a que de forma entusiasta o a regañadientes, el sistema político exponga diferentes niveles de aceptación. En los grados de esta adecuación de las reglas de juego de la hegemonía pietista radica hasta ahora, los niveles de matiz en el arco político uruguayo, regional e incluso occidental, salvo raras excepciones. 
  • El modelo “woke”, como todo futurismo, se manifiesta refundacional e iconoclasta. Los modelos refundacionales como expresiones de futurismo representan la pretensión de una sociedad a la deriva, de dar un salto “hacia adelante”, promoviéndose como los portadores de la “buena nueva”. Por ello es campo fértil para las expresiones más notoriamente jacobinas –tema que abordamos en un anterior artículo– donde no faltan la manifestación de representar la génesis de una nueva era, los hacedores del “año cero” o los portavoces de reseteos purificadores.
  • Su carácter iconoclasta también se relaciona con la tradición protestante que esta detrás de esta verdadera neorreligión secularizada. La destrucción del pasado y toda figura simbólica de su existencia -personificada en la proliferación de destrucción de estatuas y monumentos que nos recuerdan ese pasado- establece que no existe lugar para otra devoción que la futura sociedad de justicia, igualdad, diversidad y equidad. Para ello, sus fieles deben militarla con pasión incondicional e irracional.
  • Si se analizan los orígenes del “woke”, se puede señalar con claridad el proceso de transformación que ha manifestado buena parte de la sociedad estadounidense con respecto a su tradición religiosa: lejos de perder la influencia religiosa en sus vidas, han visto como ésta se transforma al ámbito de la política desde mediados del siglo XIX -por lo menos-, encauzando esa energía religiosa a expresiones puritanas de acción política. Lo dramáticamente contradictorio es que proyectan el carácter pretendidamente puro e inocente del anhelo de trascendencia metafísica a un ámbito necesariamente terrenal e imperfecto como el de la política.  El señalamiento de los pecadores sociales y su obsesión de exorcizarlos de la comunidad y con ellos sus pecados -racismo, sexismo, discriminación, intolerancia, homofobia, aporafobia- impacta de lleno con un campo como la política, históricamente relacionada con elementos más consensuales, pragmáticos, componedores, incluso sucios e hipócrita de la sociedad. 

El progresismo occidental ha abrazado finalmente esta ortodoxia represiva, bajo la promesa de recrear en la tierra ese paraíso que prometía su padre ideológico -el protestantismo- pero en la tierra. A partir de reformular secularmente este pietismo, su cruzada puritana promete cargos rentados a los héroes burocráticos que lo promuevan, jugosas inversiones y fondos a las agencias que se construyan bajo sus paradigmas, y un nuevo campo de batalla para la vieja izquierda ortodoxa, luego de tantos fracasos, derrotas y sangre. 

El “wokismo”, verdadera expresión de esta pseudo – religión moderna, se nos presenta de la forma más moralista y avasallante a través de los medios de comunicación, las redes sociales, las oenegés y los organismos internacionales, propagando un totalitarismo soft que, en última instancia, justifica la intervención gubernamental y el globalismo. Que no es otra cosa que la última versión de un viejo conocido: el Centralismo político.

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