PORTADA

Por Alma Bolón

1 El aire

En el principio fue el miedo. Un mundo en el que las personas manifestaban en las calles contra gobiernos y empresas (suponiendo que sean entidades diferenciables), en un santiamén, cedió su lugar a un mundo ocupado por un mal que, instalado en las calles y en los lugares públicos, nos confinaba puertas adentro. Sucedió en un periquete, a la velocidad a la que vuelan las noticias.

Moriríamos boqueando, disputándonos las últimas bocanadas de los respiradores, sobre todo los mayores de 65 años, los que habíamos fumado durante decenios como cacatúas sin freno, los que normalmente respiramos con dificultad. Así, me encontré preguntándome a cuánto ascendería en Uruguay el stock de opio, si habría morfina para todos, si para el beberaje que llevara para el otro lado también habría triaje, o si modestamente daríamos respingos contra algún colchόn, tratando de atrapar un poco de aire postrero, como los peces que viven sus últimos sobresaltos en el granito rosado de la rambla sur.

2 El silencio

Desde el comienzo mismo, salí todos los días; caminé kilómetros y kilómetros a través de un silencio colosal. Silencio prodigioso, solo interrumpido a veces por el comadreo inamistoso de gaviotas, palomas y cotorras; silencio acongojado en el que persistía el silencio de seres queridos. Silencio fantástico, en el que oía el repique de mis palabras y de los zuecos contra el granito rosado. La masa de silencio se prolongaba en el edificio en donde vivo, sin voces y sin motores: silencio sin afuera ni adentro.  

Ya sobre el final, hace poco, cuando ya habían vuelto los motores y las vociferaciones, algo de ese silencio había quedado embolsado en la rambla, entre las canteras del Parque Rodó y el club de golf, y un mediodía desierto vi veinte o treinta cardenales, entreverados con muchos tordos lustrosos, picoteando en el césped de los pescadores. Hasta entonces había visto, cerca del Neptuno recostado, en el Parque, no más de un casalito; ese silencio fue milagroso.

El silencio pandémico fue, en algo, comparable al del invierno de 2018, cuando se jugaban partidos del mundial de fútbol, y también se oía el vuelo de las moscas y el corazón palpitaba por algo. En ambos casos, se trató de silencios inalámbricos, es decir, del silencio que producen los ojos contra una pantalla.

3 La pantalla

Porque, una vez puestos nosotros a buen recaudo, la alimentación fue vía inalámbrica: millones de imágenes y de palabras que, transfundidas, nos llegaban y nos rellenaban el cerebro y el corazón. El verbo “compartir” (noticias, fotos, chistes, videos, pensamientos, opiniones, etc.) estuvo a punto de colapsar, justo cuando el mundo estaba dando ya no un paso sino bruta zancada hacia una concentración mucho mayor de la riqueza. (Y, claramente, “concentración de la riqueza” es el exacto opuesto del cuasi colapsado “compartir” y del muy abnegado “comunidad”.)

Entonces mientras se “compartían” millones de fotos de cadáveres ecuatorianos lanzados por las ventanas, o de damas de tetaje respetable, o de pacientes entubados hasta las uñas, o de paisajes de los castillos del Loira, o de pensamientos de Borges o de Galeano o de Lao Tseu, las fortunas del mundo crecían a expensas de los que compartían el silencioso alimento inalámbrico.

Entre los haiku de Benedetti, los chistes de Jaimito y las miserias de Tik Tok, una idea inalámbrica insistía: quedarse en casa era cuidarse y cuidar a los otros. Esta guerra, puesto que estábamos en guerra, la ganábamos en casa, sin salir, sin asomar la nariz, solo dejando entrar a la realidad en flujo continuo, silencioso e incontaminado. Cada casa pasó a ser una trinchera patriótica, ya que se trataba de una guerra en la que alcanzaba con sacarle el cuerpo al enemigo. En Uruguay, en donde el confinamiento fue voluntario, nunca se conocerán las proporciones en las que se conjugaron el verdadero miedo pánico a la muerte, el secreto jolgorio de unas vacaciones fuera de programa, el goce de sumarse al estremecimiento planetario, el azoramiento de la rutina rota y hecha trizas, la sospecha de invulnerabilidad. 

En la enseñanza, la nutrición inalámbrica fue un llamado patriótico y autoritario; el alma mater, la madre nutricia, se puso remota.      

4 La remotísima

Quien haya seguido, inclusive desde lejos, algo de lo que pasa en la enseñanza desde hace más de treinta años se habrá enterado de que sociología, psicología y ciencias de la educación trajeron novedades. Por ejemplo, la acusación al jacobinismo monolingüe de Varela; o la denuncia de la violencia que significaba enseñar filosofía (o literatura o historia o, finalmente, cualquier disciplina) a niños cuyo deseo y acorde destino era ir a trabajar lo antes posible; o el descubrimiento de los insalvables daños simbólicos producidos por la corrección de los errores de sintaxis y de ortografía. Estos puntos de vista llegaron a resumirse en eslóganes como “poner al alumno en el centro” o “enseñar a enseñar”, de cuya inflación vivían cátedras, departamentos, institutos, facultades y universidades (o aspirantes a serlo). 

La suspensión de clases resuelta por Anep y Udelar y la apelación inmediata a los cursos a distancia inevitablemente dieron al traste con la prédica pedagógica sobre “la centralidad del educando”, “educando” entretanto devenido apéndice de una pantalla conectada a alguna plataforma a través de la cual un profesor peroraba. (Y esto, en el mejor de los casos, es decir, en la hipótesis de que el “educando” tuviera un celular propio con conexión estable.) El asunto era demasiado grosero: decenios de investigaciones, proyectos, maestrías, doctorados y cuernos de la luna que versaban sobre las “buenas prácticas en el aula” se hacían añicos ante esta pedagogía radiofónica: un tipo que habla a otros que tal vez puedan oírlo, que tal vez quieran escucharlo. Como la grosería era mucha, la implementación remota de la enseñanza se hizo bajo los auspicios del deber patriótico, que impedía que los docentes abandonaran en estas circunstancias a los estudiantes. Claro que inmediatamente se agregaba que de ninguna manera la enseñanza remota podía sustituir a la presencial, de insustituible naturaleza y divina esencia, aunque igual había que ir viendo cómo se organizaban los parciales y las pruebas. Por los estudiannnntééésss, vissstééésss. Como en otras oportunidades en Uruguay, algo se impuso bajo la modalidad de una aversión que ni siquiera se asumía como tal; también, como en otras oportunidades, la patria hizo de espónsor.      

De esos días de enseñanza remotizada a paso redoblado, recordaré algo asombroso: colegas que me obligaron a hacer lo que yo había fundamentado que no debía hacer (y que ellos suelen no hacer, aunque por otros motivos). Pero sucedía que en esos meses estaba jugándose algo decisivo para la universidad pública: demostrar las bondades y los beneficios de la enseñanza a distancia que, si bien en lo inmediato exigía grandes sumas pagas a las empresas proveedoras de conexión, a la larga ahorra en infraestructura edilicia e, inclusive, en docentes, ya que sus cursos en línea, comprados por la universidad, evitarán su contratación como profesores efectivos, estables. (Esto ya sucede.) Negocio redondo: ganan las grandes plataformas proveedoras de servicios, ganan las autoridades que exhiben democráticos índices de conexiones y de aprobados en pruebas de múltiple opción, ganan los estudiantes que acumulan “créditos” a bajo costo, ganan los docentes en pantuflas que colocan sus productos (clases youtubizadas, proyectos, etc.). 

Poco importará entonces la opinión de quienes sostenemos que la enseñanza a distancia, amén de satisfacer las ilusiones de “aggiornamento” tecnológico, disfraza un ahorro presupuestal y un anhelo viejo (la desaparición del estudiantado como grupo político) con los trapos de la democratización (los estudiantes del interior no tienen que venir a Montevideo, ni los de Montevideo dejar de hacer lo que están haciendo para ir a clase) y de la modernidad más flexible (oigo “la clase” cuando quiero, como quiero, como cualquier tutorial de youtube). O tal vez me equivoque; tal vez los docentes que no fueron capturados por las pantuflas que conducen a la democracia inclusiva, junto con los estudiantes que saben que ser estudiante es, sobre todo, ir a otro lugar a encontrar a otras personas con las que uno llegará a parajes intelectualmente insospechados, reaccionen y pongan un límite a la volatilización de la universidad.

5 Tapaboca

En estos meses, en otro santiamén se impuso el tapaboca, sostenido en la autoridad médica y en la autoridad, mucho más despótica aún, de la moda. ¿De qué es síntoma el tapaboca? Otrora atributo del personal de la salud, como el rayo lo es de Zeus y el caduceo de Hermes, hoy el tapaboca democrático no termina de decir qué nos atribuye, si no es, justamente, un estado democrático en el que todos nos cuidamos. 

Alcanzará con haber visto a una madre joven que en el palier de un edificio, antes de salir a la calle, se inclina para colocar a su hijito un tapaboca, con una destreza solo comparable a la que poseen las azafatas (las reales o sus dibujitos) que vuelo a vuelo instruyen sobre cómo colocarse la máscara que ayuda a respirar, en caso de alteración de la presión del aire en la cabina del avión. En silencio, sin mediar palabra, con un movimiento único, rápido, seco y limpio, sin titubeos ni orejas tironeadas, el niño quedó con su tapaboca puesto, madre e hijo listos para salir a la calle.  

Funcionalmente, el tapaboca es el complemento de la venda y se opone radicalmente al antifaz. En esas vecindades encuentra, supongo, buena parte de su atractivo erótico, a pesar o tal vez gracias a ese hocico levemente chanchuno que otorga a algunos rostros. (Le supongo alguna fuerza de atracción eróticamente mágica, para explicarme la velocidad de su éxito.)

Solo que si el antifaz  -el de Maldoror, el de Fantômas, el del Zorro, el del Llanero Solitario, el de Batman, Robin, Gatúbela- permite ver sin ser visto y así obrar para lo que cada uno considera que es el Bien, el tapaboca logra la anti hazaña de impedir hablar pero obligar a escuchar; de este modo se emparienta estrechamente con la mordaza, emblema privilegiado de la censura. (Aunque a veces, el camino sea el inverso: a fines de 2015, emigrantes que huían de la guerra en Medio Oriente y estaban atrapados en la frontera entre Macedonia y Grecia, se cosieron los labios, para ser oídos.)    

Desde que se declaró la pandemia, el tapaboca dio lugar a opiniones encontradas acerca de sus efectos benéficos. Fuera de las situaciones obvias (contacto con personas enfermas), su uso se extendió para las personas sanas, para los jóvenes, para los niños, y para las situaciones más variadas, incluida la circulación al aire libre, o el circular en el vehículo propio, solo y con tapaboca. Desde hace semanas, la prensa francesa insiste en el aumento del número de contagiados y el descenso de hospitalizados y de muertos. Esto no obsta para que el régimen regulatorio del uso del tapaboca sea cada vez más estricto y complejo, al multiplicar la casuística reglamentaria, sin omitir estatuir ni un solo milímetro de la existencia. Algunos políticos sostienen que el tapaboca debe pasar a ser un adminículo como cualquier otro, incorporado al atuendo: salir con tapaboca como se sale calzado, con lentes, con la llave.  

6 Asintomático 

Si en nuestro otoño, la pantalla nos traía su río de cadáveres y de entubados, hoy el protagonista tiene nombre pero no tiene cuerpo: el asintomático. Como figura fantasmal es perfecta: lleva el mal por doquier, sin quererlo ni saberlo. El asintomático está en condiciones de cometer el crimen perfecto, a saber el crimen carente de móvil, de beneficio, de razón o de conciencia. El asintomático mata porque no sabe que es un asesino en serie, mata por ser pura inconsciencia del mal que es portador, y del que está exonerado. De ahí que “los jóvenes” constituyan la materialización ideal de este pilar fundamental del confinamiento actual. 

Porque una vez que el virus dejó de matar, y esto surge de los datos de la prensa, también sucede que se multiplica la cantidad de personas testeadas, con lo que se identifica un creciente porcentaje de personas que tienen el virus (“dan positivo” al test) pero no tienen síntoma alguno, es decir, están sanos, al menos de ese virus. 

La existencia de esta población pasa a ser la amenaza que permite mantener el estado de emergencia y el disciplinamiento de la vida de las personas, puesto que la posibilidad del contagio, a veces, se la percibe como su realización ya efectuada o a punto siempre de efectuarse. Este es el caso, creo yo, de Uruguay, país en donde el virus tuvo escasa circulación, pero en el que la posibilidad de que estuviera depositado y esperando a sus víctimas en alguna superficie de algún lugar en algún momento es percibida, independientemente de cualquier cálculo probabilístico, como si ese contagio ya hubiera sucedido, o siempre estuviera a punto de suceder, en caso de no ponerse a salvo, en la casa, o tras un tapaboca. El fantasmal asintomático -todos podemos ser asintomáticos, para eso basta con estar sano, es decir sin síntomas- se combina con la efectuación constante de la posibilidad: si todos podemos ser asintomáticos, entonces todos lo somos.    

La publicidad de presidencia de la república uruguaya que intentó disuadir a las personas de que salieran a festear el 24 de agosto pasado, aunque su tono era claramente exhortativo, apostaba a la asimilación entre la posibilidad y su realización segura: si salir el 24 de agosto suponía una posibilidad de contagiarse el virus, ese contagio ya había sido, y bajo su forma más letal, porque acarreaba la muerte (la publicidad justamente llamaba a no “jugarse todo” en un momento). Aunque de signo contrario, se trata de un mecanismo semejante al que apela a jugar a la lotería, o a la ruleta: puesto que uno puede ganar, juegue porque ya ganó.

7 Número

Bajo transfusión inalámbrica, durante meses, estuvimos recibiendo de la pantalla números y más números, en una necrológica planetaria, en una danza de muertos por día, por país, por mil habitantes, por millón de habitantes, por covid, de covid, con covid, etc. Desde las previsiones catastróficas iniciales, la prensa dominante usó los números para infundir miedo, confundiendo en sus presentaciones casos ya contabilizados con casos nuevos o personas contagiadas con enfermedad declarada, sin atender circunstancias sociales, sanitarias, poblacionales.

En Uruguay, las cifras eran parsimoniosas, por la escasa difusión del virus; sin embargo, el conteo nunca se preocupó, hasta donde sé, de determinar el nivel general del confinamiento más allá de las zonas costeras, con sus habitantes encerrados y alimentándose vía pantalla y vía delivery. Pero en el corazón de los días de silencio macizo, muchas personas siguieron yendo a trabajar, o siguieron juntando su ocio con amigos y conocidos, en las casas o en la esquina, como siempre, sin distanciamiento ni gestos barrera ni mímica alguna. Pronto, el Sunca consiguió volver a las obras, en particular a la construcción de UPM2. ¿Cuántos fueron los efectivamente confinados, y durante cuánto tiempo, y cuántos no pudieron o no quisieron vivir confinados?

En Uruguay, Aldo Mazzucchelli en primerísimo lugar, y luego eXtramuros, se dedicaron a estudiar el revés de los números, que la prensa agitaba ante los ojos infundiendo miedo y obediencia. 

En la enseñanza, en particular en la universidad, en la salud y en los espectáculos públicos perdura un régimen restringido que pretende mantener en alto la guardia. Entre los asombrosos cálculos numéricos que presidieron nuestra vida en estos meses, recordaré dos. Uno de estos se propuso medir la vida del virus en las diferentes materias sobre las que se posaba esperando a sus víctimas. Conocimos así la longevidad del virus en los metales, en el papel, en la tela, en la cáscara de las naranjas, en la madera, en las espinacas, en el plástico, en el mimbre, en la lana ovina, en la lana de cabra y de yak. Potencialmente, nuestra casa y sin ir más lejos el mundo eran como un gran moridero de virus, el lugar de su agonía, siempre y cuando nos mantuviéramos a distancia. Se trataba de que los coronavirus vivieran su tenaz vida posados en el papel o en el mimbre, lejos de nosotros. Sí, pero y ¿cuán lejos? Esto también era motivo de cálculos sofisticados. 

El otro asombroso cálculo tuvo que ver con el vuelo del virus, ya que éste no solo existía posado en las superficies, sino volando por el aire, o suspendido en el aire, hipόtesis todavía más inquietante. Surgieron así las regulaciones de las distancias entre las personas, según estuvieran caminando, o sentadas, o corriendo, o de pie, o en bicicleta, o recostadas. Para cada estado, correspondía (¡corresponde!) una distancia, determinada por el vuelo de las gotitas de estornudo, o de transpiración, o de salivación. En tardes soleadas y repletas de paseanderos, un auto de la IMM recorría la rambla recitando las distancias: dos metros, un metro y medio, medio metro, un metro, tres metros.

Hoy, son estos cálculos quinieleros sobre el vuelo de las partículas lo que está determinando esta vida controlada, restringida, casi asfixiante para tantas actividades, entre ellas, la enseñanza pública universitaria. El ubicuo asintomático expeliendo a larga, mediana y corta distancia sus gotitas rellenas del virus que justo dará con nuestra mucosa y nos matará explica que la universidad funcione a distancia y los médicos atiendan de igual modo.

Por fuera del alimento inalámbrico recibido sin moderación, hemos tenido nuestra propia experiencia del confinamiento: hemos viajado en ómnibus atiborrados, hemos seguido comprando en la estrechez del puesto de la feria, hemos seguido encontrando a amigos, estudiantes, vecinos y familiares, hemos manifestado en la calle.

Por suerte entonces, siguen siendo tan veraces como metafόricas las palabras de Felisberto Hernández: “En este país siento como una falta de aire; pero apenas tomo vino respiro mejor”.

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