Lo que viene ocurriendo en la facultad de Humanidades de la Universidad de la República no es un fenómeno de cancelación, como lo quiso presentar el informativo de las 8 y el sistema político

LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Por Aldo Mazzucchelli

1 La Universidad sin condición



En abril de 1998 el filósofo Jacques Derrida dio un discurso en la Universidad de Stanford. En ese discurso, titulado “La universidad sin condición”, Derrida sostuvo la siguiente tesis: que a la universidad moderna en los estados de tipo democrático, “se le debería reconocer en principio, además de lo que se denomina la libertad académica, una libertad incondicional de cuestionamiento y de proposición, e incluso, más aún si cabe, el derecho de decir públicamente todo lo que exigen una investigación, un saber y un pensamiento de la verdad.”

Libertad incondicional de cuestionamiento y de proposición. El énfasis es del filósofo. Esto, dicho de otra manera, implica que dentro de la universidad debe poder exponerse todo. Todo lo que, por las razones que sea, de institucionalidad, de cortedad, de pudor, de interés o de conveniencia, no es posible admitir en otros ámbitos de la sociedad, debe ser posible que se exponga en la universidad.

Dicho en otro fraseo: si vamos a vivir en una sociedad con libertad de expresión, tiene que haber al menos un espacio en donde la adultez absoluta sea permitida. Y ese espacio es la universidad. Cuando digo adultez digo, simplemente, que alguien sea capaz de escuchar de todo, entendiendo que escuchar no compromete a quien escucha, sino que a lo sumo lo desafía a hacerse cargo de su posición, de su decisión, luego de escuchar. Según creía el proyecto moderno al que responden -ya en sus últimos estertores- todas nuestras instituciones, en esa asunción de responsabilidad individual consiste ser un ciudadano adulto. 



2 No hacerse cargo como esencia de la cultura de cancelación

En esta revista se dedicó a la crítica de la cultura de cancelación lo mejor de sus primeros cinco números. El primero apareció hace cuatro años casi exactos, el 23 de mayo de 2020, y el número 5 la puso como tal en portada. Antes de eso, quien escribe había hecho numerosas alusiones o intervenciones en ensayos y en redes sociales observando cómo la cultura de cancelación se venía imponiendo, y por qué venía contribuyendo a la infantilización de la sociedad -tema sobre el que versó nuestra última portada, número 89. 



El espíritu de la cultura de cancelación es exactamente lo opuesto al espíritu de Derrida en su intervención de 1998. La cultura de cancelación no solamente está dispuesta a impedir que en la universidad se exponga cualquier opinión, sino que está dispuesta a mucho más: está dispuesta a que se introduzcan “advertencias gatillo” (trigger warnings) en los programas de cada curso universitario, que adviertan a los estudiantes de antemano que en el programa está incluida una novela o un texto histórico o filosófico que podría exponerlos a ideas que ellos, de antemano, no quieren oír ni considerar. Esas cláusulas permiten formalmente a los estudiantes no tener por qué leer o rendir en pruebas o exámenes, digamos, La cabaña del Tío Tom, porque su sensibilidad ‘racial’ podría verse afectada por una novela del siglo xix donde una mujer blanca anti-esclavista, Harriet Beecher Towe, tiene el atrevimiento de defender a los afrodescendientes -lo que como todos sabemos, es un acto de racismo porque Beecher no era negra, sino una señora blanca de Boston.


En este peculiar mecanismo antieducativo, los estudiantes -y los docentes que los siguen- entienden que la universidad, en lugar de ser el lugar a donde van a conocer todo el abanico posible de ideas para decidir entre ellas, madurando así su conocimiento y haciendo más compleja y responsable su posición social, es una institución que simplemente debe confirmarlos en sus prejuicios, su ideología previa, y sus fobias antipensamiento. Hago notar, además, que la cultura de cancelación es un fenómeno originalmente ‘académico’, como dicen.

Instalada la cultura de cancelación, instantáneamente se instala en la “academia”, como dicen, una cerrazón a toda idea que no sea la ortodoxia de turno. “Se puede discutir”, pero solo dentro de los límites que marque esa ortodoxia. Fuera de esos límites -y los límites de la ortodoxia siempre son patéticos- hay que cancelar. Hay que reivindicar el derecho a no escuchar. Porque escuchar podría implicar tener que integrar argumentos y puntos de vista sobre los que no habíamos pensado, y por ende tener que hacernos cargo de que nuestra visión anterior, nuestro prejuicio y nuestra ortodoxia previa, eran una porquería que hay que abandonar.

Lo dicho: imponer la cultura de cancelación es imponer un mecanismo para no tener que hacerse cargo, sino para poder verse confirmado en el pensamiento ortodoxo grupal. Y por ende, es un mecanismo que en lugar de ayudar a que el individuo de la así llamada “sociedad democrática” madure, éste se infantilice cada vez más, y se entregue cada vez más a la autoridad externa, en lugar de reclamar la propia autoridad interna de cada individuo. 



A todas las ortodoxias les encanta la autoridad externa, de la que no tienen que hacerse cargo, y detestan como a la peste la idea de que cada sujeto tiene una autoridad interior que es a la única a la que se debe.

El resumen de los dos puntos anteriores, que pone la cuestión donde me interesa, es el siguiente: en la universidad como lugar donde todo debe poderse discutir, exponer y someter a consideración, ese ejercicio debe estar abierto tanto a docentes como a estudiantes. La universidad debe ser el lugar adulto donde los estudiantes pueden discutirlo todo. Pueden, incluso, tener el atrevimiento de discutir si un profesor X debe ser contratado o no. Aquí surge un obvio problema, al que me referiré luego, que es que, por mucha discusión que haya, hay un momento en el cual la institución debe tomar una decisión: contrato, o no, a tal profesor. Es en ese momento donde la máxima libertad de discusión debe existir.

3 Los estudiantes discuten la contratación de Alberto Spektorowski, y al hacerlo llaman la atención sobre algunas de sus ideas

Lo que viene ocurriendo en la facultad de Humanidades de la Udelar no es un fenómeno de cancelación, como lo quiso presentar el informativo de las 8 y el sistema político -a eso me refiero luego. Es un bienvenido fenómeno de discusión, donde -en el marco de un conjunto de conflictivos sucesos entre una agrupación estudiantil y el decanato de la facultad que arrancan, en este episodio concreto, en octubre de 2023- los estudiantes están llamando la atención sobre la situación política en Gaza, y el rol de Israel en la masacre en curso allí. Genocidio, más técnicamente, es la palabra de Naciones Unidas y no está citada aquí con fines sensibleros ni proselitistas, sino siguiendo la fundamentación que da para ello la Dra. Francisca Albanese; conviene leerla-.

Quienes están incómodos con una discusión abierta sobre el fondo del asunto -lo que pasa en Gaza- prefieren llevar el asunto a otros terrenos, y en lugar de saber lo que los estudiantes dicen, prefieren hacer como que no pasa nada, que lo de Gaza no tiene nada que ver con la universidad, la facultad, Spektorowski o la “laicidad”, y que simplemente se trata de un nuevo episodio de la Guerra Fría -en la cual, cada día con más dificultad, siguen viviendo. Según esta pretensión, lo que ocurre es que unos estudiantes, presentados al público como un especie de comunistas soviéticos fuera de fecha, pretenden “cancelar” a Spektorowski, autoritarios y antisemitas.


4 El tratamiento mediático hegemónico: el laico Spektorowski contra los revoltosos gremialistas



En esta turbulenta simulación de argumento, que es estrictamente la que expusieron los canales en el informativo de las 20 horas, Spektorowski aparece como un defensor de la democracia laica liberal contra los autoritarios de las “sociedades cerradas”. Israel es una “sociedad abierta” que -por eso mismo- tiene derecho a defenderse contra la “sociedad cerrada” del fanatismo terrorista islámico a la que reducen -como siempre- a la sociedad palestina y a cualquier sociedad musulmana en general, salvo a los musulmanes aliados, y mientras lo sigan siendo. De modo que la cuestión de cuántos muertos y cuántas bombas pasa a segundo plano, y no debe ser considerada importante.


Ahora bien: ¿entiende el lector que toda esa argumentación rutinaria es basura en descomposición avanzada, y que no debería merecer ni un segundo de su tiempo? Aparentemente, los figurones más notorios de nuestra sociedad actual, los ‘líderes de opinión’ no entienden que esa argumentación sea la basura revenida que es, puesto que siguen usando los mismos argumentos que en 1968, cambiando alguna palabra para aggiornarse. Ahora han incorporado la palabra “cancelación” y están intentando usarla de formas creativas, ignorando la real cultura de cancelación y de donde viene, e intentando atribuírsela a un grupo de estudiantes que están haciendo su cíclico, inevitable y necesario ejercicio de interesarse por lo que pasa en el mundo exterior.

Los “liberales” en su desmejorada versión contemporánea, dicen seguir teniendo como uno de los pilares de su filosofía la libertad de expresión, y se sienten cómodos haciendo como que están preocupados con la “cultura de cancelación”. Eso, siempre que la puedan atribuir a cualquiera que piense raro, reconstruyéndolos como sus enemigos de la Guerra Fría -que en su terminal incapacidad de generar nuevas ideas, estos ciudadanos pretenden que siga igual de viva y operativa-.

De modo que según ellos, la postura autoritaria de “no dejar hablar a…” es la de los estudiantes de Humanidades, que están planteando una discusión válida antes de una contratación. Pero cuando desde 2020 los políticos liberales -de ‘izquierda’, ‘centro’ y ‘derecha’– habrían tenido que dejar hablar a los científicos críticos, o a los jueces de la República que cuestionaban la gestión de la así llamada “pandemia” y las vacunas, la cadena nacional con el Gach y algún empresario de software invitado promovieron el pensamiento único, y después financiaron con dinero público la vacunación urbi et orbi con líquido experimental -en la mejor hipótesis-, y luego salió Alvaro Delgado a eliminar con asco la separación de poderes en cadena de televisión en nombre de la ‘Ciencia’, y la Suprema Corte fue dura con los posibles defectos formales de la sentencia del Dr. Alejandro Recarey, y todos miraron antes y después para otro lado, mientras las redes sociales clausuraban los posteos, videos y publicaciones que exhibían información científica distinta a la ortodoxa. Entre ellas, claro, esta publicación. Esta publicación tiene prohibido por la empresa Meta promoverse en las redes que esa empresa controla, y YouTube bajó de un plumazo un tercio de las columnas radiales de un servidor, luego de repetidas denuncias de un conjunto de personas uruguayas que tienen oficina en la Plaza Independencia y trabajan para una “agencia de noticias”, por así llamarle.

A ninguno de los ‘liberales’ que conozco le importó nada. 



Lo que hagan las compañías de redes sociales, se argumentará, no depende del estado uruguayo. Sin embargo, tampoco depende del estado uruguayo lo que hace RT, y esa señal fue oficialmente cancelada por un actual candidato presidencial, por hacer propaganda rusa y apología de la guerra. Como todos sabemos, en cambio, CNN jamás ha hecho apología de ninguna guerra -aparte de transmitirlas en vivo- y no contiene un ápice de propaganda norteamericana o israelí, con lo que no hay de qué preocuparse.

El gobierno ni sus Ministros ni el Presidente del Servicio de Comunicación Audiovisual Nacional hicieron otra cosa que aplaudir cuando se “cancelaba” a los no ortodoxos en “pandemia”, o cuando bajaron RT, porque la cancelación -igual que la “Universidad sin condición” les importa un bledo. Lo que les importa es que su poder e ideología siga arriba, y en aras de ese objetivo, usan la retórica como les va pareciendo en cada caso. 

Lo cual nos lleva a los mecanismos institucionales de decisión, para ir terminando por hoy.

5 La universidad puede contratar a quien se le antoje

Las instituciones son animales complicados. Los mecanismos de la Udelar para decidir la contratación de sus docentes pueden ser del agrado o no de las autoridades de gobierno y de los canales de televisión, pero es claro que el hecho que un grupo de estudiantes y algunos docentes opinen que no es conveniente u oportuna la contratación de Spektorowski no constituye ninguna cancelación: es meramente la opinión de algunos miembros de la universidad, dentro del legítimo juego de opiniones, el cual -en lugar de presentarlo como un atrevimiento y una anomalía, que es lo que ha hecho el discurso de los informativos de las 20 horas- debería ser bienvenido. 



En breve: la gente fue llevada a pensar que un grupo de autoritarios estaba imponiendo la no contratación de Spektorowski. Nada más lejos de la verdad. Lo único que ocurre es que un grupo de miembros de la facultad ha estado protestando por la masacre o genocidio en curso en Gaza, y ha llamado la atención, más puntualmente, sobre las opiniones de negación y a la vez convalidación de tales acciones por parte de alguien a quien el Consejo de la Facultad debe votar -como se hace en todos los casos- si contrata o no.
Spektorowski, en su comparecencia televisiva en calidad de víctima, dijo algo como esto -cito fielmente el concepto, no las palabras, pues no lo grabé-: que el problema era que los palestinos, si pudieran, arrasarían a Israel. De modo que estaba justificado lo que el ejército israelí estuviera haciendo. 



Es la primera vez que veo una masacre justificada en un contrafáctico.

Algunos piensan que las opiniones de Spektorowski son tan aberrantes que no debería contratárselo, porque hacerlo iría contra el espíritu del artículo 2 -como lo explica mi querida Alma Bolón en este mismo número de eXtramuros.

Personalmente, deploro que el Artículo 2 de la Carta Orgánica entre en especificaciones. Pienso que el único espíritu universitario digno de tal nombre es la más libérrima expresión de todas las ideas, incluso las de Spektorowski, incluso las de los nazis y los sionistas, los comunistas, los palestinos, los religiosos, los demócratas liberales anticlericales, y cualquier otra. Es solo exponiendo a la luz del debate todas las ideas, sin condición, que una sociedad podría proceder a su consideración adulta. Entiendo bien que estamos lejos de esa situación, pero eso no cambia la discusión acerca de como las cosas deberían ser. Entiendo también que ninguna institución de la Modernidad logra ser, en este punto, más que una utopía declarativa. Que todas defienden unos poderes específicos que pretenden controlar al resto. Y que, por ende, solo será posible una consideración completa de todas las opiniones en una sociedad en la que esa consideración y sus resultados no se pretenda universalmente vinculante. Acaso nos encaminamos hacia eso, y quizá sea para bien. Quizá sea mejor que cada uno alcance su adultez en senderos de información, debate y experiencia, que no tengan obligación de cruzarse con todos los demás en algún punto.


Pero volvamos a lo concreto.

Naturalmente, la universidad, y en este caso la Udelar, es una institución con sus limitaciones -presupuestales, y de todo tipo- y no puede contratar a todo el mundo. Por tanto, reciba el lector la siguiente sorpresa: la Udelar, igual que el Ministerio de Economía, la Universidad Católica, el Liceo Jubilar, o el CASMU, no tiene obligación de contratar al primer nazi, sionista, comunista o liberal que pase por la puerta. Puede elegir. A la luz del modo como los canales presentaron los hechos, esto le parecerá extrañísimo al televidente medio, que debe haber quedado convencido de que la Udelar comete un pecado mayor contra la Democracia y la Libertad si decidiese no contratar a Spektorowski. Pero no. La Udelar tiene todo el derecho del mundo a, siguiendo sus mecanismos institucionales definidos, contratar a quien se le antoje. Incluyendo contratar o no contratar a Spektorowski. La propuesta eventualmente llegará al Consejo, modificada o como sea, y el Consejo discutirá y votará, y Spektorowski será contratado o no. ¿Cuál es, finalmente, el problema, la “cancelación”, el autoritarismo, o lo que sea?



Que todo esto haya dado lugar a una nueva cobertura masiva en donde los canales volvieron a estructurar el relato de la única manera que saben, esto es, como un cuento de la Guerra Fría en donde en la Universidad los autoritarios revoltosos de los gremios prosoviéticos quieren impedirle a un ‘demócrata’ (podrá ser hasta pro-genocida, pero es ‘de los nuestros’) que hable, es solamente un nuevo testimonio -¿cuántos más hacen falta?- del estado de nuestro debate público.

De veras, creo que lo mejor sería que Spektorowski dé su clase en la Facultad, y que en función de ello sus ideas sobre Gaza, la laicidad y los daños colaterales alcancen la mayor difusión pública concebible.

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