FERNANDO ANDACHT / A partir del brutal ataque ocurrido en la Facultad de Medicina, este ensayo analiza cómo autoridades, especialistas y medios construyeron interpretaciones inmediatas sobre un hecho excepcional. Frente a la imposición de certezas y categorías ideológicas, el ensayo reivindica la razonabilidad, la atención a los hechos y el derecho a investigar antes de convertir una tragedia en confirmación de aquello que cada uno ya creía.
GÉNERO
“De lo que no podemos hablar, mejor callarnos” (L. Wittgenstein, 1921)
“Nunca es solo la mera fuerza bruta, la acción diádica, tal como creen los pensadores superficiales. Porque ella está gobernada por la ley, y para quien acerca su oído a esa ley, ésta brinda claramente su testimonio, aunque en un susurro, sobre el poder existencial de la razonabilidad.” (Peirce, CP 6.239, 1908)
Esta reflexión se ocupa de dilucidar, de tratar de comprender las primeras reacciones de autoridades, de figuras públicas y políticas, tras un sanguinario ataque que sufrió una joven estudiante en la Facultad de Medicina, de la Udelar, el 01 de setiembre de 2026 y que casi terminó en homicidio. También me interesa analizar otras respuestas rápidas, estentóreas y en su mayoría necias, dogmáticas, que fueron dadas por expertos a los medios, entre el 01 y 07 de setiembre, porque todas ellas revelan el estado de opinión sobre algo tan fundamental como la salud mental, la definición de la violencia, y sobre todo el dominio creciente y tóxico de la perspectiva/ideología de género, en Uruguay hoy. Muy lejos de querer disminuir o negar el horror y la brutalidad de lo ocurrido en ese ámbito universitario, el texto que sigue es un esfuerzo por buscar la verdad en relación con ese acontecimiento nefasto, porque ese es el único camino que tiene la humanidad si quiere sobrevivir. No es otra la función de los signos de cualquier comunidad, cuando ésta funciona racionalmente: hacer todo lo que esté a su alcance para que la razonabilidad crezca, y nos acerque progresiva y faliblemente a la verdad sobre los hechos.
Ante la desconcertante ausencia de opiniones basadas en los hechos y en la búsqueda de la verdad, voy a repasar algunas de las declaraciones que se hicieron tras el incidente que pudo haber terminado en tragedia. Como lo señala el cómico radial Darwin Desbocatti en su columna del día 07.09.2026, a cuya oportuna intervención le dedico una parte de mi texto, hubo dos voces o intervenciones racionales a cargo de las autoridades tras ese episodio, cuyo objetivo evidente era traer un poco de calma a una realidad hondamente sacudida. Estos dos intentos de restablecer la serenidad del ánimo colectivo fueron la intervención del mismo día del ataque, 01.09.2026, a cargo del decano de la Facultad de Medicina, el Dr. Arturo Briva, y la de dos días después en boca del presidente Yamandú Orsi. El primero describió ese funesto hecho como algo “excepcional” a los medios de comunicación, el otro afirmó que se trata de “casos muy aislados.” Vale la pena observar que el uso del plural por parte del segundo personaje revela una excesiva cautela: cabría pensar que son varios entonces los episodios, aún si no son muchos, en los que algo tan violento ocurre u ocurrió en el pasado reciente, en el ámbito de la Universidad de la República. Por supuesto, sabemos que no es así. Ambos personajes vivirán para arrepentirse amargamente de sus dichos difundidos ampliamente, y de inmediato masivamente condenados, como si ellos hubieran dicho que lo sucedido en ese espacio universitario careciera de importancia, que lo terrible que le ocurrió a la joven estudiante en el anexo de esa facultad no fuese un suceso gravísimo.
No obstante, los razonables y tempranos comentarios de las dos figuras públicas investidas de poder institucional remitieron a algo tan innegable como las profundas heridas de cuchillo que el estudiante le infligió a su compañera de clase ese día, en el corredor del edificio, ante la vista de todos los allí presentes. Me refiero, naturalmente, a la bajísima o nula frecuencia de esa clase de crimen dentro de ese ámbito. La prueba más contundente de que ambos el decano y el presidente tenían y tienen razón, de que fueron del todo justificadas sus declaraciones iniciales es el descomunal impacto que ese episodio de violencia provocó en todos los medios de comunicación, el modo en que lo trataron día tras día esa semana, y también la siguiente, por sus notorias repercusiones sociales e institucionales.
Cuando ocurre tamaña convulsión en la esfera comunicacional pública, nos encontramos ante lo que se denomina “un caso mediático conmocionante” (Fernández Pedemonte, 2010). Para que algo de esa magnitud comunicacional suceda, debe haber unainterrupción violenta del flujo de sucesos considerados normales, cotidianos, corrientes. Por supuesto, nada hay de normal en la ocurrencia de los numerosos, casi cotidianos homicidios que presentan a lo largo de la semana todos los programas informativos de televisión, radio y también los portales de internet de Uruguay. Ellos coinciden en llamarlos “ajustes de cuentas,” “enfrentamientos entre grupos criminales,” que tienen lugar casi invariablemente en las zonas periféricas, de bajos ingresos de Montevideo. Sin embargo, ese alud imparable de violencia máxima y letal no suscita en absoluto la clase de sacudida sísmica que provocó un torrente ininterrumpido de noticias sobre un único acto violento – aunque esa información no agregó mucho o casi nada para poder comprender cabalmente lo acaecido en la escena del crimen – junto a las infaltables declaraciones de personas que ocupan lugares de importancia en el ámbito del poder y del saber local.
¿Quién podría dudar siquiera un instante de que la causa de esa tumultuosa y colectiva conmoción informativa y mediática fue precisamente la excepcionalidad, la absoluta rareza, el carácter totalmente insólito de un crimen de esa naturaleza cometido en el lugar del saber superior, de la universidad estatal? Nada podría ser más diferente de la publicitada movilización estudiantil, política y docente que la escasa y menguante atención o interés que produce actualmente en la opinión pública el recibir información detallada a diario sobre un nuevo brote de violencia homicida, en zonas apartadas de la capital, que no pocas veces incluye considerables daños colaterales, como la muerte de mujeres y niños.
Sólo las más que inauditas circunstancias – el lugar, el momento y la actividad desarrollada en la escena del crimen – que rodeó ese intento de asesinato pueden explicar el enorme revuelo que la feroz agresión de un estudiante a otra estudiante provocó durante más de una semana, a partir de ese infortunio. Sin embargo, cuando me ocupe de los signos interpretantes, a saber, del significado público los dichos autorizados que ese incidente generó, los que fueron profusamente reproducidos por todos los medios con el supuesto fin de entender cabalmente la naturaleza de lo sucedido en la Facultad de Medicina, veremos que en todos ellos, tristemente la prudencia y la razonabilidad brillan por su ausencia. Como explica el lógico Peirce (1839-1914) en uno de los epígrafes de esta sección, la fuerza bruta actúa siempre acompañada por una ley, por una tendencia o generalidad, es decir, posee razonabilidad, aún si es la de una enfermedad mental cuyo efecto es nublar la razón, pero como tal, es diagnosticable. El desafío entonces es poder descubrir con rigor desprovisto de sesgos ideológicos o personales cuál es en verdad esa regularidad, la que determinó el ataque que pudo terminar en un homicidio, si no hubiera habido la providencial y valiente intervención de algunos compañeros en esa facultad. Su acto de singular coraje fue uno de los varios elementos curiosamente silenciados, en el alud desinformativo de esa larga y agitada semana.
Ante la probable objeción de que estos notorios no-prudentes cuyas declaraciones mediáticas analizo a continuación intervinieron en la esfera pública en un momento muy próximo de lo ocurrido, voy a evocar una sabia frase del filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein que es el otro epígrafe de esta sección: de lo que no podemos hablar, mejor callarnos.
Algunos beneficios colaterales de dar la espalda a la verdad
Propongo una explicación para las nada razonables intervenciones de las que ahora me ocupo. Ellas provienen de varias personas consultadas por los medios luego del ataque, que, según se nos informa, son especialistas – psicólogo, médica/burócrata encargada del bienestar femenino, abogada. Así como un acto criminal violento a menudo provoca daños colaterales, el lamentable ataque a la joven estudiante de medicina no sorprendentemente logró producir abundantes ‘beneficios colaterales’ para estos expertos. Mediante ese neologismo me refiero al designio evidente de obtener un provecho personal o corporativo, pero ante nada de naturaleza ideológica, a partir de lo opinado sobre ese real y grave infortunio. Para quien los recibe, lo característico de estos ‘beneficios colaterales’ es el pasar a ser considerado alguien muy virtuoso en la mirada social, o al menos imaginar serlo. Esa actitud incluso permite a quien la ejerce pensar en alcanzar de ese modo cierto grado de heroicidad, la de ser un paladín de la justicia social y, por supuesto, un aguerrido guerrero en la interminable batalla de género.
Ese es el beneficio colateral de quienes vuelcan insensatez en el agitado mar de la opinión pública, en esos primeros momentos. Dada la conmoción reinante, que inescrupulosamente los medios de comunicación alimentaron al máximo y sin tregua, desde el elevado podio que estos especialistas ocupan, sus palabras e imágenes se derramaron hacia las redes sociales. Cabe pensar que esos testimonios inaugurales llegan a una escena caótica, donde aún reina la confusión, y por ese motivo, la flagrante falta de razonabilidad de sus dichos – recuerden que ellos nos hablan desde el respetable lugar del supuesto saber experto – no es percibida, y se los considera prudentes ejemplares. Me refiero a la figura social admirable que en su Ética a Nicómaco describe Aristóteles. El phrónimos es la persona que aporta sabiduría práctica guiada por la moral a la vida en común: “La virtud hace que el objetivo sea correcto y la sabiduría práctica (phronésis) hace que lo que conduce a él sea correcto.”
En contraste con la legítima duda sobre si el atacante universitario es o no es imputable, me atrevo a aseverar que los especialistas que aquí considero son todos responsables. Con plena conciencia, ellos defienden un dogma, una creencia inamovible basada, en términos de Peirce (1877), en el método de la autoridad – que les aporta la perspectiva de género – y en el de la tenacidad, que requiere ignorar obstinadamente los duros datos de la realidad, que se conocen desde el inicio, cuando se pronuncian en los medios, con aires de absoluta certeza o indignación. A modo de ejemplo, menciono el dato de que el estudiante que apuñaló a su compañera procedió luego, según el testimonio ocular de varios estudiantes, a lamer su sangre del suelo. Parece inexplicable que se pase por alto obstinada y rígidamente tanto la naturaleza extraordinaria de este crimen – su carácter extremadamente inusual – como el hecho sin precedentes y fuera de lo común de que este intento de homicidio haya ocurrido frente a tantos testigos. Tampoco se menciona que ese crimen haya culminado en ese acto aberrante, del todo ajeno al tan proclamado femicidio o su tentativa, con el evidente fin de imponer esa tipificación criminal, la que se adjudicó de inmediato al agresor.
1. Signos interpretantes burocráticos y desatinados
La intervención mediática de Mónica Xavier, directora del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), organismo que depende del Ministerio de Desarrollo Social, es ejemplar por el muy alto grado de oposición que despliega con respecto la razonabilidad, al empuje lógico basado en hechos que preconiza Peirce como el único camino confiable hacia la verdad. De alguien que está a cargo de un organismo burocrático cuya misión, según se lee la página web de Inmujeres, es “Diseña(r) y aplica(r) políticas públicas para promover la igualdad de derechos y oportunidades entre varones y mujeres,” no esperamos declaraciones desatinadas como las que siguen:

“Hay que tener claro que éste [se refiere al ataque en la Fac. de Medicina] es un tema estructural, un tema de desigualdad de poder en la sociedad, que está construida sobre esa desigualdad, y por tanto acá no hay soluciones que sean mágicas, acá hay soluciones persistentes y que transformen de base las relaciones de poder. ¡Hay que ser conscientes de que esto, en algún caso podrá haber alguna situación psiquiátrica, pero esto no se puede patologizar! Esto es un intento de femicidio, porque ese joven pretendía ser el dueño de la vida de esta chica. Y no se puede minimizar, no se puede naturalizar las formas de control, porque son formas de ejercicios de violencia que luego pueden derivar en situaciones más graves. (Canal 5, informativo, 03.09.2026)
“Existe la violencia de género, y la respuesta es muchas veces patologizar la violencia. Más allá de que pueda haber en algunos casos enfermedades mentales, ni todas las enfermedades mentales terminan cometiendo este tipo de atrocidades. Lo primero es reconocer las cosas por su nombre. […] ¡La distribución del poder, está eso subyacente! ¡Porque la violencia de género ocurre en todos los ámbitos! Pero también tenemos que reconocer que vivimos en esta sociedad patriarcal, desigual. Acá no podemos patologizar la violencia. La existencia de situaciones de salud mental, sin duda, que pueden existir, pero esto tiene nombre y esto se llama intento de femicidio y no es por situaciones de salud mental, es por una desigualdad de poder, donde el varón cree que puede terminar la vida, incluso, de esa mujer. Pero tratar de patologizar la violencia de género, a lo único que lleva es a tratar de minimizarla, tratar de justificarla, y no a decir, bueno, acá hay un hombre que sintió que tenía todo el poder sobre una mujer, en este caso dos jóvenes, y esta es una de las cosas en que insistimos, la desigualdad viene de raíz. Por lo tanto la desigualdad hay que tratarla a lo largo de la vida de las personas. Hoy vemos una tentativa de femicidio en personas jóvenes. Esto es innegable, es tapar el sol con un dedo, si decimos que sólo por patologías mentales estas cosas pueden ocurrir. Significaría un enorme retroceso que, en definitiva, no va a ayudar a la sociedad uruguaya.” (En Perspectiva, programa radial, 03.09.2026)
Del punto de vista científico-empírico, sería un ejercicio interesante hacerle oír o leer estas declaraciones a alguien que no sepa absolutamente nada sobre el intento de asesinato del estudiante en esa facultad, y luego preguntarle qué cree que está diciendo esta funcionaria del gobierno, cuando se expresa de ese modo ante los medios de comunicación. Dudo mucho que esa persona pudiera llegar a imaginar o concebir siquiera que ella se está refiriendo al feroz crimen ocurrido en un centro de estudio de la Universidad de la República. Podría pensar, por ejemplo, en que se descubrió una red poderosa, integrada por muchos miembros masculinos, que actúa de modo organizado desde las profundidades de internet, y que está planeando una incursión violenta contra mujeres, o discurriendo sobre formas de oprimirlas, de humillarlas, aprovechando su mayor poder (físico, económico, político, etc.). Otra conjetura posible es que la funcionaria está hablando a la prensa sobre una ponencia que ella hizo o que hará en alguno de los organismos que menciona en su intervención (ONU Mujeres, Cepal, etc.).
Me resulta del todo improbable, diría inverosímil, que en base a lo que llama M. Xavier “una tentativa de homicidio” y que asocia causalmente a la “desigualdad estructural de la sociedad” como explicación del ataque sobre el que la consultan en esa fecha, nuestro imaginario escucha o lector de sus declaraciones consiguiera visualizar o concebir algo remotamente similar a lo que realmente pasó en ese ámbito universitario frente a los que estaban estudiando allí. Basta pensar en el tremendo contraste entre una posible filmación de lo que ocurrió en un corredor de la Facultad de Medicina que podríamos exhibir luego como evidencia, y el discurso que enuncia con máxima calma y convicción Xavier, y la información que este sujeto experimental que imaginé recibe de la funcionaria.
Así de incongruente o tangencial es su “recitado,” como bien describe el cómico radial Darwin Desbocatti la clase de discurso que esta burócrata sintió que debía proclamar, como un acto de fe en la perspectiva de género. Ese es justamente el que no usaron ni el decano de esa facultad, ni el presidente de la república en el inicio, y por esa herejía del punto de vista woke fueron estigmatizados. Tan abrumador es el deseo, la necesidad imperiosa de recitar esas consignas del feminismo, que la directora de Inmujeres no se da cuenta de que este caso de violencia extrema claramente no encaja en esa clasificación penal, ya que presenta elementos que no concuerdan con la narrativa típica y normativa del femicidio. Quizás por eso resulte reconfortante para ella recurrir a lugares comunes, apoyar su declaración en expresiones trilladas. También aprovecha para ofrecer las supuestas soluciones o diagnósticos que el organismo que ella preside tiene como principal cometido elaborar, independientemente de los resultados que efectivamente se consigan. Prueba de lo que afirmo es que recién cuando ya han transcurrido más de 11 minutos de comenzada la entrevista – que duró casi 22 minutos – en el programa radial En Perspectiva, la periodista consigue que la directora de Inmujeres hable de la situación concreta del ataque en la Facultad de Medicina.
2. Signos interpretantes desorientadores de un especialista
Veremos ahora qué ocurre cuando la psicología extravía el camino, y se subordina al dominio ascendiente de la perspectiva de género. Tan fuerte es el deseo de unirse a la bonanza de beneficios colaterales, que un conocido psicólogo, invitado frecuente de los medios, grabó un airado video que se encargó de distribuir generosamente en sus redes sociales. Voy a citar a continuación la intervención de Alejandro De Barbieri del día 02.09.2026, como otro ejemplo de un quiebre innegable de la razonabilidad, de un personaje cuya formación profesional debería conducirlo a contribuir a esa búsqueda colectiva de la verdad. Su comportamiento es influyente, ya que él es convocado a opinar como un phrónimos, es decir, como un ser humano que detenta la prudencia en tal grado que puede y debe hacerlo en público. Por ese motivo, transcribo la totalidad de lo que el psicólogo dijo en su video de poco más de dos minutos y medio:

“¡Estoy harto, harto de que se siga diciendo y minimizando y analizando! ¡No es la testosterona, es lo que aprendimos! Se llama cultura de la violación, se llama patriarcado. Si te molesta el nombre, poné otro, no pasa nada. ¡Pero es como crecimos todos! Esta tentativa de femicidio, y en seguida lo que más salió en las redes es que es esquizofrénico, con todo lo que estamos hablando de salud mental. Más allá de si tiene ese diagnóstico, no se usa un diagnóstico clínico para justificar la violencia. Una enfermedad si tiene buen trato, si tiene buen acompañamiento, y buena medicación no tiene por qué agredir, sobre todo meter en el mote de trastorno mental a un montón de chiquilines, que tienen trastorno mental y no le hacen daño a nadie es injusto. La violencia machista no sale de una enfermedad, sale de lo que aprendimos. Porque no es un desconocido, era un compañero de clase obsesionado [ese término él lo pone entre comillas aéreas] con ella desde principio de año, con denuncias previas en el liceo, por lo que leí en las redes. ¡O sea que las señales estaban ahí claritas! ¡Está obsesionado, no la puede olvidar! [al decirlo, él adopta un tono comprensivo, como si quien hablara fuera un amigo del agresor] ¡No, no, eso no es amor, eso es control! ¡Eso es creerse dueño de alguien! ¡Es no poder tolerar un no, un límite! Esto fue violencia mucho antes de que aparezca el cuchillo. ¡Por eso tenemos que educar en las escuelas, en los liceos urgente! Hanna Arendt lo llamó la banalidad del mal, lo recuerda, cuando planteó lo de Eichmann en Jerusalén, dijeron, es un monstruo! ¡No, no, no es un monstruo, es una persona! Esto es lo mismo. Es una persona que obedeció un mandato, lo que Rita Segato llama la cofradía de masculinidad. El varón se prueba, se hace hombre confirmando su masculinidad con otros hombres. Así nosotros nos hacemos hombres, no? Validando de [sic] que soy hombre, porque soy macho, porque tengo muchas chicas, por el autor, por la moto, por la potencia sexual. Ese es el mandato de la cofradía que paga el precio la mujer para nosotros ser varones. Harto de que las mujeres sigan sufriendo violencia física y sexual, y de que la lista de cuidados siempre sea de ella, no vayas sola, no salgas de noche. Nunca le pedimos nada al que agrede. Tenemos que trabajar mucho nosotros los varones para poder frenar… a este chico lo frenaron los compañeros, en el aula por lo que vi. Ojalá lo hubiéramos frenado antes, ¿a cuántos más tenemos que frenar? Ahora, en el chiste, en el celular, en la amenaza, el no es para tanto, es un caso aislado… No son todos los hombres, todo el mundo va a salir diciendo. Pero siempre es un hombre el que agrede. ¡Si soy parte del problema, soy parte de la solución! ¡Harto!”
De esta suerte de manifiesto o exabrupto anti-analítico, sea cual fuere la escuela psicológica involucrada, quiero destacar que este especialista – quien además fue consultado por los medios sobre este caso – comienza su intervención audiovisual con una fuerte expresión de hartazgo. De nuevo, el suyo es un aporte opuesto diametralmente a la razonabilidad, a su crecimiento saludable en dirección de la verdad. Para hastiarse con justicia, como él exclama, debería ser éste el enésimo caso de homicidio o de tentativa de ese crimen en una dependencia universitaria uruguaya. Pero no lo es, reitero que se trata de un caso excepcional. Quizás entendería su sentimiento, si el psicólogo hablase de los copiosos y cotidianos asesinatos en algunos barrios, y de sus tremendos daños colaterales: los niños y las mujeres inocentes heridos o ultimados. Su intervención resulta ser un perfecto complemento emotivo de la burocrática disertación feminista de la directora de Inmujeres, cuyos signos son absolutamente distantes de lo ocurrido.
Los signos interpretantes del alegato de De Barbieri oscilan entre lo tautológico – si estuviera bien mentalmente, el estudiante victimario no hubiera intentado asesinar a su compañera – y lo francamente enemistado con lo razonable: no se puede apelar a una noción vacía como ‘cultura de la violación’ (al respecto recomiendo leer el ensayo de M. Michel en la revista) tal como hablamos de la cultura del mate en Uruguay, o del arreglo del interior de la casa para que se lo vea por las ventanas, en Escandinavia. Utilizar esa frase no explica nada en general, y mucho menos en un caso donde quien ataca con la mayor violencia imaginable lo hace a la vista de todos los que están en su entorno, en el lugar de estudio.
Para consumar su funesto acto, un violador elige un lugar apartado de miradas y oídos que podrían intervenir y detenerlo. Encuentro difícil elegir un elemento en la intervención filmada por De Barbieri que sea el punto más bajo de la alocución del psicólogo en cuanto a su tentativa de esclarecer el episodio. Pero hay dos momentos que pienso compiten por ese dudoso lauro: a) la mención de baluartes de la batalla feminista (“patriarcado”, “cultura de la violación”) como razón necesaria y suficiente del acto funesto cometido en esa facultad; una conducta que se subsanaría con más y mejor educación anti-patriarcal; b) el haber emulado con su voz a un imaginario – e inexistente – amigo o amiga del atacante que sentiría empatía hacia él a causa de su fogosa pasión por la joven que casi ultimó. En otra intervención mediática hecha ese mismo día (02.09.2026), sobre la “obsesión” del atacante, el psicólogo afirmó: “No comparto la romantización de la violencia. Sostengo que una enfermedad mental no puede utilizarse como justificación para hechos aberrantes, violentos como éste.” Creer que la sociedad podría percibir como un acto o gesto romántico esa desmesurada violencia es un flagrante atentado contra el sentido común. Precisamente, el carácter “aberrante” de ese crimen impide esa interpretación positiva, incluso admirativa por completo. No consigo imaginar que alguien desquiciado podría evocar la comprensión de otro ser humano a causa de su tenaz enamoramiento no correspondido.
Por otra parte, en este caso particular, apelar a las virtudes de la educación en igualdad de género es como pretender convencer a un bonzo que se prendió fuego de que hubiera sido mejor que él usara sus redes para manifestar su protesta, en lugar de incinerarse. Pero vuelvo a su intervención de casi 3 minutos hecha desde el hartazgo, y encuentro un tercer contendiente por el trofeo al absurdo en ella: su alusión a la filósofa H. Arendt, a su célebre dictamen sobre los actos inhumanos del criminal nazi Adolf Eichmann juzgado y condenado a muerte en 1961. “La banalidad del mal” describe el cumplimiento ordenado, racional de mandatos que servían al exterminio sistemático de personas a cargo de un poderoso burócrata que dijo haberse limitado a cumplir con su deber, y que su motivación no fue el odio, sino la obediencia, durante esa guerra. Difícil imaginar algo menos afín, menos análogo a la erupción descontrolada de violencia máxima ejercida por alguien cuyo ciego impulso no le permitió siquiera buscar el momento y el lugar propicio para cometer el crimen sin ser detenido. Y por fin, si hay algo que no es “banal” en absoluto es un acontecimiento estremecedor que fue capaz de determinar la producción de un caso mediático conmocionante, según ya observé. En verdad, me cuesta no entender este otro aporte como una manifestación más de los beneficios colaterales asociados a esta tentativa de homicidio. Sus enfáticos dichos colocan al experto en el lugar del salvador de alguien que no parece poder ser salvado, al menos no con las medidas que el psicólogo describe en su video. No es creíble que puedan aplicarse en esa instancia de total descontrol, delirio o como sea que lo diagnostique un especialista en esa clase de patología mental.
Lo que une a estos interpretantes públicos y tempranos tan enemistados con la razonabilidad es el ansia de rotular la agresión del estudiante como ‘femicidio,’ o como su intento frustrado por la acción de algunos compañeros en el lugar del hecho. Que un especialista en trastornos de la mente afirme sin pestañear “Porque no es un desconocido, era un compañero de clase,” en alusión al agresor de la Facultad de Medicina, pasa por alto el hecho de que el atacante se desconoce a sí mismo, por definición él es un individuo alienado, un enajenado. Estos términos describen una distancia o quiebre radical de la propia consciencia, de las inhibiciones humanas que deberían haber impedido que se consume ese acto. Si hubiera que catalogarlo en base a lo ya conocido, el crimen del estudiante de medicina se asemejaría en parte al de un terrorista suicida: se trata de alguien que está dispuesto a morir, a sacrificarse – o a ser encarcelado por muchos años – para poder llevar a cabo su impulso homicida. No tomo en cuenta la ideología ni la fe religiosa, que son un factor clave en el caso de quien decide inmolarse para matar a otros, sino el hecho innegable de haber cometido ese crimen frente a tantas otras personas, sin otra barrera protectora que su propio cuerpo.
Cuando se informó que el joven detenido había confesado su crimen, nada podía ser menos informativo para la sociedad, ya que había muchísimos testigos de su feroz ataque a la joven. Diría que su acto fue una salida extrema o un abandono completo del régimen simbólico – de la palabra, de la comunicación – pero que fue mucho más lejos que el “acting out.” Ese es el término psicoanalítico que se emplea para describir un comportamiento impulsivo que reemplaza la palabra, durante un tratamiento, por ejempo. No obstante, lo que hizo el estudiante Federico Lamaita se asimila más al “pasaje al acto,” según lo describe el teórico del psicoanálisis Jacques Lacan: “El paso al acto implica una salida definitiva de la escena. La exteriorización es un mensaje simbólico dirigido al Otro, mientras que el paso al acto implica una huida del Otro hacia la dimensión de lo real. El paso al acto es, por lo tanto, una salida de la red simbólica, una disolución del vínculo social” (Lippi et al. 2016, cit. en Iffli et al., 2019). El término técnico ‘Otro’ escrito con mayúscula se refiere al universo de las normas, de la palabra, de todo lo que la sociedad elaboró para hacer viable la convivencia.
Aunque no pertenezco a la profesión ‘psi,’ me parece muy difícil no evaluar o entender esta clase de ataque excepcional, aislado del día 01.02.2026 en un espacio universitario, como habiéndose originado en un ser desquiciado, en alguien que saltó hace tiempo por encima de las barreras que nos mantienen dentro del ámbito de lo real, y que mantienen a raya la inmersión en lo alucinatorio. La capacidad humana de diferenciar lo real de la fantasía es un factor clave para nuestra permanencia admisible en el espacio social. ¿Cómo educar con perspectiva de género a alguien que se encuentra más allá de lo simbólico, del entendimiento que damos por sentado en el prójimo, sin importar su género, edad, ocupación o condición social? No es lícito afirmar, como lo hace el psicólogo en su intervención filmada, que el motivo del bárbaro ataque fue el “no poder tolerar un no, un límite,” cuando todo señala que esa violencia provino de alguien cuya afección supone el desconocimiento de todo límite. Si no fuera así ¿cómo se explicaría su acto liceal de masturbarse en medio de su clase, delante de sus compañeros? Recuerdo una lejana visita a la jaula de los gorilas en el zoológico de Londres. Allí el macho estaba acariciando con delicadeza a la hembra, mientras la besaba. Pero, cuando él reparó en que varios visitantes lo mirábamos con gran atención, no dudó en cubrir su demostración de afecto con la tapa de un tacho, para preservar de ese modo su intimidad de los intrusos.
El discurso entero del psicólogo De Barbieri sobre el crimen en la Facultad de Medicina está determinado e impregnado por ese tentador beneficio colateral, lo que conlleva dos cosas: en primer lugar, pasar por alto lo real, omitir evidencia inocultable, y, en segundo lugar, centrarse exclusivamente en la variable del género de la víctima – y en ninguna otra cosa. Sólo así, puede asegurarse que su declararse “harto,” como él exclama al inicio y al fin de su video generosamente compartido, será muy bien recibido, incluso aplaudido por la ideología woke-feminista, dado que forma parte del “recitado” (Darwin D.) ritual, protocolar para una ocasión susceptible de ser ubicada bajo el poderoso régimen de esa bandera. Pero, lo que importa destacar es que lejos de contribuir a evitar o disminuir la alarma social, esta clase de intervención experta la amplifica, la propaga, pues vuelve imperioso el miedo, y presenta como la mejor medida terapéutica el ingreso salvador y sanador a la ideología de género.
3. Una emisión escrita de signos interpretantes ajenos a lo real
En una extensa columna publicada por La Diaria, “Facultad de Medicina: ¿cómo seguir?” (09.09.2026), la abogada Laura Fernández recorre un camino muy similar al de los dos expertos comentados antes. Sus signos también chocan de frente contra la razonabilidad, como espero demostrar mediante algunas citas de su publicación. Al inicio de esta nota periodística, encontramos la consabida declaración de que es un crimen frecuente, incluso normal, si usamos ese término en su alcance estadístico: “Un intento de femicidio, lesiones graves a una mujer en un espacio de comunidad, es todo lo contrario a un episodio aislado. Este hecho se inscribe en un flagelo social grave que lo precede.” No es verosímil “incribir” el apuñalamiento de una estudiante seguido del acto de ingerir la sangre derramada de su víctima, y hacerlo frente a un gran número de otros estudiantes como un hecho no “aislado.” Hay algo ambiguo en mencionar la escena del crimen como “un espacio de comunidad,” esa descripción incluye tanto un apartamento en un edificio como un parque desierto en la noche: todos los lugares habitados son espacios de comunidad. El que eligió o no pudo no evitar en su delirio el atacante universitario era absolutamente inusual, inédito como ya mencioné. Si por “flagelo social” la autora remite al cuidado de la salud mental, entonces es imposible no estar de acuerdo, pero pronto el lector cae en la cuenta de que no es ese el asunto central para ella. Casi como si se hubiera puesto de acuerdo con los dos emisores de signos interpretantes antes discutidos, la autora arremete contra la evidencia, para poder plantar el pabellón equivocado, y procede a alertarnos sobre el grave riesgo de usar la “coartada” de la enfermedad mental:

Ese es el cometido principal de su contribución escrita: catalogar, ubicar el intento de homicidio en la taxonomía jurídica ‘femicidio,’ y por supuesto no dejar de mencionar la “violencia de género,” aunque provenga de un acto cuyas peculiares circunstancias están reñidas con esa clase de crimen. Tras dar cifras oficiales de agresiones masculinas a mujeres, la autora vuelve a la carga, es decir, ella niega el uso del rótulo de ‘hecho aislado o excepcional’ para dar cuenta de ese ataque: “Más que una isla, es un archipiélago. Es imposible seguir eludiendo la lectura estructural.” El término técnico que usa para dictaminar la naturaleza del ataque – “estructural” – no casualmente es el mismo que ocupa un lugar importante en la disertación de M. Xavier de Inmujeres, en su intervención temprana: “Es evidente que hay algo muy hondo, estructural, en los cimientos mismos de la sociedad: ese es el patriarcado.” Estamos siempe dentro del “recitado,” porque ese discurso es la garantía de que quien lo repite, se vuelve acreedor a beneficios colaterales. Por eso, el contenido de la siguiente frase aunque sólo la leí, me permite imaginar su vocalización: es una proclama altisonante, enunciada a todo volumen:
“Comencemos entonces por el primer acto político: nombrar. Llamemos a las cosas por su nombre. Tentativa de femicidio. Violencia basada en género. Empiezo por el lenguaje porque es central para poder pensar.”
Quién puede dudar de algo tan obvio, a saber, que sólo pensamos con signos, no sólo verbales, claro. Pero el cometido de este texto no es afirmar esa tautología, sino una estrategia política, mejor dicho, ideológica, que consiste en “nombrar,” es decir, en rotular de ‘femicidio’ ese intento de homicidio de un estudiante. Para hacerlo alcanza con ignorar los hechos, esos que apuntan con tenacidad a un episodio inaudito, exorbitante en muchos sentidos, pues fue llevado a cabo del modo más chocante, como lo atestigua el estudiante llamado Martín, que intervino para detener al criminal, e impedir que se consumara el homicidio.
Para sustentar su argumento y la acusación de femicida contra agresor, Fernández afirma: “Es curioso cómo hablar de violencia, atravesar el fenómeno con el lenguaje, genera más incomodidad que el acto mismo de violencia.” Lo que “genera más incomodidad” no es referirse a un acto de extrema violencia cometido ante tanta gente, porque no hay otra forma de pensarlo o concebirlo. Lo que sí creo que desacomoda y mucho es la irrupción del pasaje al acto, de esa ruptura radical del tejido social para la que no nos prepara la sociedad, porque es algo que sale por completo de esa escena, y por ese motivo nadie puede estar preparado, como si se tratara de la caída de un meteorito.
Una evidencia de que eso es así la encontramos en el testimonio de los antiguos compañeros de liceo del atacante. Cuando ellos hicieron la denuncia a las autoridades de esa institución educativa, algo que la prensa curiosamente no mencionó, pero que se puede escuchar claramente en la grabación difundida por ellos en las redes sociales, es el fuerte desacomodo de la funcionaria, de quien debería al menos haber intentado darles contención. Por el contrario, el tono y volumen de su respuesta son intimidantes, propios de alguien al borde de un ataque de nervios. Ella trata a los estudiantes que fueron en busca de una respuesta, de razonabilidad para ese problema de convivencia como si ellos fueran culpables de la anomalía que relatan en relación a ese compañero de clase. Puedo entender que esa funcionaria no quisiera excluir al joven, a pesar de su conducta del todo ajena a la convivencia básica, pero que lo comunique de ese modo descontrolado, colérico, eso es incomprensible, salvo que lo consideremos como otro ejemplo de “lo que genera más incomodidad,” a saber, el desasosiego que todos experimentamos ante una acción que escapa a la razón.
Cuando la columnista vuelve a abordar el tema de la perturbadora salida de la normalidad que exhibió el joven que atacó a su compañera en la Facultad de Medicina, lo hace con un marcado descenso del decoro. Quizás sea otro síntoma de esa “incomodidad” que ella menciona, pero que, reitero, no es causada por el hecho de hablar sobre la violencia o el femicidio. El motivo más plausible es nuestra incapacidad para lidiar con lo que no tiene nombre, con una forma de actuar que se encuentra más allá de todas las normas. Anomia es el término que, a fines del s. 19, el sociólogo E. Durkheim acuñó para explicar la ausencia absouta de reglas sociales – una condición que puede incluso llevar a un individuo al suicidio. De un modo inusual por la seriedad del tema, escribe sobre la alienación, en su columna L. Fernández:
“[T]ambién es un atajo diluir la responsabilidad en un imaginario social escurridizo. Ni es un loquito suelto y aislado, ni somos todos responsables por igual. La repetición cotidiana y variada de violencia produce un efecto de normalización del paisaje de la crueldad. Por eso la respuesta debe ser orgánica e inequívoca. Empieza por nombrar; participar sin titubeos en un mismo diagnóstico político que no fracture y no exculpe.”
Si hay un episodio violento que resiste al máximo ser normalizado, como si solo fuera una falta en el uso de la corrección política, por ejemplo, es el que protagonizó el estudiante de medicina el martes 01 de setiembre de 2026. No deja de sorprenderme que esta columna se refiera al agresor como “un loquito suelto y aislado,” aún si es para negar luego tal condición. Claro que hace falta un diagnóstico, en lugar de propiciar un clima de linchamiento antes del proceso jurídico y legal, pero esa valoración no es de naturaleza política, ni tampoco tiene el fin de exculpar a quien cometió un crimen, sino de evaluar qué fue exactamente lo que ocurrió en ese ámbito universitario. Mencionar “la repetición cotidiana y variada de la violencia” como parte de la argumentación de este caso atenta contra la razonabilidad, al igual que lo hacen los otros signos interpretantes considerados previamente.
4. Sobre omisiones canceladoras de lo real
Quiero mencionar una llamativa omisión o mención mínima y apresurada en las declaraciones a los medios, para terminar con la reflexión sobre los efectos de sentido que generó en los medios el intento de asesinato en la Universidad de la República, antes de ocuparme brevemente de una voz solitaria que intervino con lucidez en esa batalla mediática por imponer la perspectiva de género. Como intenté demostrar, para usufructuar los beneficios colaterales, estas intervenciones debieron negar lo inaudito del caso, y apresurarse a aseverar de forma dogmática la condición de femicida de alguien que no es difícil imaginar extravió alucinado su condición humana al emprender ese terrible y sanguinario ataque público.
Lo que casi no fue dicho, un dato que fue parcialmente cancelado en los medios es que fueron compañeros varones, fueron hombres los que acudieron a brindarle una ayuda providencial que, seguramente, salvó la vida de la estudiante atacada en el corredor del anexo de la Facultad de Medicina. Con alguna salvedad – ej. el texto “ ‘Estaba decidido a matarla’: desgarrador relato del joven que redujo a Lamaita en Medicina,” en Montevideo Portal (02.09.2026) – la casi totalidad de información televisiva de los primeros días omitió hablar de esa intervención valiente, que pudo detener lo que hubiera sido un homicidio, a riesgo de la integridad de esos compañeros. No puedo no preguntarme si el silencio que pesó sobre esa información nada irrelevante tuvo que ver con el género de quienes se atrevieron a intervenir para evitar que ocurriese lo peor, a raíz de ese ataque de intención homicida. Si fuera así, estaríamos ante una estrategia ideológica que tiene su complemento en la omisión de comentarios sobre la actitud descontrolada de la funcionaria que no supo o no pudo dar una respuesta válida al justo reclamo de los compañeros de liceo del agresor. Por el contrario, con un tono exasperado y estridente, ella los puso en el lugar de los transgresores, de ser los culpables de la no integración de quien inequívocamente estaba más allá de ese tratamiento normal, si no se sometía antes a un tratamiento psicológico o psiquiátrico. Tan grande es el poder de la perspectiva de género que consigue cancelar, suprimir lo real, cuando los hechos no encajan bien en sus principios o mandatos.
Signos Interpretantes lúcidos en pos de la razonabilidad salen de la boca de un bufón
“La experiencia de la vida me ha enseñado que lo único que es realmente deseable sin una razón para serlo es hacer que las ideas y las cosas sean razonables. No se puede exigir una razón para la razonabilidad en sí misma.” (Peirce, 1900, cit. en Nubiola 2007)
“Más vale ser un payaso ingenioso que un intelectual insensato.” (Noche de Reyes, Shakespeare)
Tan reparador es el efecto de oír en un medio masivo una reflexión sensata, signos interpretantes que van en busca del aumento de razonabilidad, y por eso se acercan a la verdad, aún si lo hacen en clave paródica, que yo debería dedicarle todo un ensayo a la columna radial que muy brevemente comentaré ahora.
En verdad, devuelve la fe en la capacidad humana de observar con cuidado hechos, y a partir de esa evidencia inferir conclusiones que, a pesar de ser falibles y estar destinadas primordialmente a hacer reír a los oyentes, como lo es la columna “No es un hecho aislado. Darwin tuvo que salir en defensa de Orsi, ‘el primer opinador del país’,” del comentarista Darwin Desbocatti del día 07.09.2026 son de gran valor. Los dichos de este personaje logran generar con lucidez, sin sobreactuación, ni interferencia ideológica alguna una plausible interpretación no sólo del incidente sangriento ocurrido en la Facultad de Medicina, sino también de los efectos de sentido irracionales que aquel causó en el espacio de la comunicación mediática. En vez de surgir como ondas concéntricas cuando se arroja una piedra en aguas tranquilas, este caso produjo un torbellino caótico y turbulento en las aguas de la opinión pública, que, en buena medida, fue causado por la clase de juicios lanzados por los expertos, como los que comenté arriba.
Lo fundamental que quiero destacar de los casi 40 minutos que Carlos Tanco mediante su creación humorística Darwin Desbocatti dedicó ese día a reflexionar sobre el ataque en la Universidad de la República aparece en el título que eligió para su columna. Me refiero a la negación de que fuese un “hecho aislado,” un curioso acto de retractación al que se vio obligado el presidente de la república por haber afirmado antes lo contrario, cuando se lo consultó sobre ese episodio por primera vez. Aunque no conté la cantidad de veces que Darwin D., el veterano de lengua afilada y cáustica que protagoniza esa columna en FM del Sol de lunes a viernes, reitera con creciente vigor didáctico y admirable convicción que sí, que sin lugar a dudas, como dijo Orsi la primera vez, ese horrible episodio fue un hecho aislado, les puedo asegurar que son muchas. Ese es el leit motiv de quien anuncia con la habitual ironía que su objetivo es salir en defensa del primer mandatario, quien respondió a la primer consulta de la prensa sobre el intento de homicidio en la Facultad de Medicina que “era un caso muy aislado,” explica Darwin. Y el bufón hará algo parecido, pero de mucha menor entidad con respecto a la otra autoridad denostada tras el funesto episodio, el Dr. A. Briva, decano de esa facultad, quien en su primer declaración habló de un episodio “excepcional” al referirse al intento homicida del estudiante.
Encuentro inmejorable la analogía que elige este agudo bufón/comentarista de la realidad, para señalar lo que se cuidaron tanto en no decir los informativos con el evidente objetivo de alimentar todo lo posible el hecho mediático conmocionante, y como también lo hicieron, desde su peculiar y tóxica perspectiva de género, los tres expertos que analicé:

“¡El tema acá es que lo que dijo [Orsi la primera vez] es estadísticamente cierto, no tiene discusión! Puede haber pasado en el liceo alguna vez, ¡pero en la facultad no! ¡Es un hecho aislado, nunca se dio que un estudiante [lo dice con tono serio, casi fuera del rol de payaso] agrediera a otro estudiante de esa manera. ¡En la facultad imposible, señor! [le replica a su interlocutor serio]. Tanto es un hecho aislado, que el reclamo más escuchado es que el trastornadito este debió haber sido aislado antes, para que no fuera un hecho. La Universidad es uno de los lugares más seguros del país para los jóvenes, después del shopping es uno de los lugares más seguros de país. ¿Qué es lo que no hizo Orsi? No hizo el recitado, lo que le exige la tribuna feminista. [De haberlo hecho] debería haber dicho, ¡Sí, la universidad es un lugar peligrosísimo! ¡Los estudiantes no deberían ir sin armas! ¡Deberíamos poner un militar en cada facultad! [las tres afirmaciones las hace en tono paródico] Le digo que, hasta este hecho aislado, venían segundos en el ranking de lugares seguros para los jóvenes. El shopping primero, que es de más fácil acceso, mucho menos elitista, y la universidad, que es ya para unos pocos elegidos, ¿verdad? Es como la sala VIP de la seguridad. Ahora bajó, capaz que algún puesto bajó. ¡Pero el hecho en sí, el acontecimiento es algo tremendamente inusual! ¡Eso es lo que está diciendo [en su primer declaración] el presidente!”
Además del saludable énfasis y la didáctica reiteración del carácter absolutamente aislado, del todo inusual, inédito de ese crimen violento en ese ámbito particular, un segundo acierto de la columna de Darwin es describir en qué radica la supuesta falta de la primera declaración presidencial. Esa falla habría ocurrido, nos dice el bufón, porque Orsi omitió “el recitado”, ya que “él responde con perspectiva institucional, no de género.” Lo contrario a ese abordaje fue lo que aportaron los tres signos interpretantes que presenté arriba. No es casual el hecho de que esos tres expertos hayan recurrido a esa suerte de protocolo pre-cocinado, listo para ser empleado en toda ocasión propicia, como lo fue el ataque en la Facultad de Medicina.
Como dije antes, ellos lo hacen porque hay allí un gran potencial para generar beneficios colaterales. Las tres versiones del “recitado” – la de la burócrata de Inmujeres, la del psicólogo y la de la abogada columnista – son sendas versiones de lo mismo, con una mínima variación, pues apenas cambia el énfasis, pero todas culminan en la única y obstinada denominación de lo acaecido: fue un intento de femicidio. Cuando por fin, en su segunda intervención, Orsi acata y hace el “recitado,” Darwin D. comenta que “las feministas no dejan de putearlo por su retroceso, porque su recitado es tardío e insuficiente de las palabras mágicas, no las dijo en el momento en que tenía que decirlas.” La jura de lealtad al pabellón woke/perspectiva de género debe ser automática, fervorosa, y no admite la menor vacilación. ¿Cómo no estar de acuerdo con el cómico, cuando Darwin dice que “es una barbaridad que no lo dejen decir que es un hecho aislado, porque si vamos a todas las características es un hecho inaudito, que nunca había pasado”? Su intervención pone al descubierto la fuerza incontenible del enorme pabellón ideológico que se planta por encima de lo fáctico, que lo oculta, y que dictamina autoritariamente cómo se debe interpretar los hechos, aún si esa lectura ideológica woke-feminista desnaturaliza por completo la verdad sobre lo allí ocurrido.
Con encomiable felicidad verbal, el payaso radial elige un modo sarcástico para describir la sobreactuación ideológica que estos especialistas presentaron como su vehemente demostración de solidaridad con la víctima del cruento ataque en la Facultad de Medicina:
“Nos tiramos todos arriba de la desgracia. Una forma de hacer empatia [sic] un poco arrasadora, es un problema también cuando todos nos ponemos en el lugar del otro al mismo tiempo, lo asfixiamos, ¡[Es] un tsunami de empatia [sic]! A la pobre chiquilina no le bastaba con esta barbaridad que sufrió, sino que además vamos nosotros. Estamos todos empatizando al mismo tiempo. Empatia [sic] es poner al otro en mi lugar, dentro de mi cabeza. ¡Dejen un poco de oxígeno, no hagan tanta empatia [sic]!”
Nada ni nadie puede ni debe detener la maquinaria social y cultural auspiciada por la perspectiva de género, cuando pronuncia solemne su dogmático diagnóstico, que se acerca peligrosamente al sentimiento de una horda con ansias de linchar al agresor. En esos términos burlones, presenta Darwin D. esta imposición ideológica tan a contramano de la razonabilidad, y muy a favor del clamor popular promovido a un ritmo constante por la producción del caso mediático conmocionante. La sumisa adopción de ese credo por el presidente, Darwin D. la describe como “la teoría popular, no te hagas el loco, que fue uno de los más exitosos en este hecho aislado.” Eso ocurre así porque
“¡En este caso se juntan las feministas y el viejo facho! Incluso van un paso más allá, ¡no lo romanticen decían! Están romantizando al muchacho, diciendo que estaba patológicamente obsesionado con la muchacha desgraciada. No hay nada menos romantizador que eso. […] ¿Qué es lo que dice la gente? La gente dice dos cosas: ¡no te hagas el loco y al volcán! Y acá es donde los viejos fachos quedamos abrazados a las feministas, para vergüenza de las feministas, porque opinamos lo mismo. ¡Vamos a colgarlo! Es lo que todos opinamos, habría que sacarlo de ambiente, bien, de manera definitiva, como se curan todas las enfermedades de manera definitiva. ¡Le soluciono un problema de salud, le soluciono un problema a la familia, y a él mismo, que tiene la enfermedad incurable, porque mal o bien lo estamos curando de una enfermedad!”
Para describir el clima malsano que produce en la opinión pública el tratamiento mediático de este intento de homicidio, Darwin se ubica en un límite de lo decible: él sugiere que la mejor solución para lidiar con el agresor universitario sería similar a aquella “solución final” decretada por el siniestro dictador alemán. Recomienda entonces una mezcla de eutanasia, eugenesia y pena de muerte para atender a lo que expresa el clamor popular alentado los medios y declaraciones como las de estos tres expertos. Por supuesto, todos los responsables negarían hasta el fin de los días que eso es lo que consideran un modo civilizado de resolver esta irrupción de lo irracional en la ciudadela misma de la racionalidad, en un ámbito de la educación superior. El personaje lo dice para empujar al extremo la racionalidad, y de ese modo exponer la magnitud del poder que hoy detenta la perspectiva de género, esa exitosa sección de la ideología woke.
Quiero hacer un comentario final sobre los acertados dichos de Darwin Desbocatti sobre el insólito e inaudito crimen de la Facultad de Medicina, porque resume bien el propósito de mi ensayo. Él hace notar “cómo cada uno está aprovechando para imponer sus prejuicios sobre un caso espantoso.” En términos de la lógica que desarrolló el estudioso más importante de la semiótica moderna, Charles S. Peirce, el ávido aprovechamiento colectivo e ideologizado que designé aquí como los ‘beneficios colaterales’ atenta directamente contra la razonabilidad. Lo hace porque difunde a lo largo y ancho de la sociedad la ofuscación sobre lo ocurrido, porque auspicia el victimismo desmedido, y busca justificar de modo ilegítimo el estéril y tóxico dualismo entre hombres y mujeres. Así en la ideología woke, como en la perspectiva de género.
¡Qué ganas de encontrarte, qué falta que nos hacés!
“Estamos destinados a llegar a la verdad en el sentido de que la experiencia y el razonamiento, esperamos, nos llevarían a una creencia que no podría ser refutada.” (Misak, 2004 sobre la fuerza de la experiencia en la semiótica de Peirce)
Si pudiera parafrasear un tango inoxidable, ya en el final de mi ensayo, diría con ganas‘¡Razonabilidad, qué ganas de encontrarte después de tantos disparates! ¡Qué ganas de abrazarte! ¡Qué falta que me hacés!” Me limitaré ahora a mencionar un último efecto de sentido contrario a esa tendencia humana que nos conduce de modo falible pero seguro hacia la verdad.
El “tsunami de empatia [sic]” que describió Darwin D. llegó hasta los márgenes de la cultura feminista de menor calado. Cito sólo un ejemplo más, porque pone en evidencia la inagotable apetencia de aprovechar como si fuera una irresistible promo, los beneficios colaterales. En un video hecho especialmente para hablar sobre el incidente en la Facultad de Medicina, la rapera Eli Almic une su testimonio e imagen en redes sociales al pelotón de voces que exigen castigo ya para el victimario de la estudiante, que prescinda de prestar atención a un posible e inútil diagnóstico. Ella señala como evidencia condenatoria indudable que el agresor llevó ese día a clase “dobles guantes de látex.” Pero lo más revelador de su intervención anti-razonable es su forma de pensar, según ella misma la describe:
“Voy a parar a pensar, porque femicidios ocurren todos los días, adentro de una universidad no es tan común. Debería ser un espacio seguro y no lo es.”
Alcanza con este fragmento, para darnos cuenta de cuál es la estrategia presente en casi todos los efectos de sentido predominantes en los medios de los que me ocupé antes. Si hay entre “18 y 30 femicidios al años,” según los datos que cita la columna de L. Fernández en La Diaria, no son 365, como lo serían si ocurriesen “todos los días,” sino menos de la décima parte. Pero lo peor no es esa exageración, sino la que le sigue en el video de la cantante: la frecuencia de femicidios, ella comenta con visible preocupación, en el ámbito universitario “no es tan común.” Si aceptamos su afirmación, eso significaría que el femicidio en el espacio universitario ocurre en un porcentaje menor al de los femicidios diarios, digamos la tercera parte, más de 100, o la cuarta parte, más de 80, o la quinta, lo que daría 70 ataques letales anuales a mujeres en virtud de su género. Mejor me detengo, porque obviamente la verdadera respuesta porcentual o estadística del femicidio en la universidad es nunca, hasta que tuvo lugar el horrible ataque del 01 de setiembre de 2026, en esa facultad.
No es habitual esa clase de crimen violento en ese ámbito, tal como lo expresó reiterada y admirablemente el bufón Darwin Desbocatti en su columna radial. Por mi parte, traté de hacer otro tanto en este ensayo: argumenté que se trató de un hecho aislado, excepcional, exorbitante, y por ende la causa evidente de un enorme revuelto mediático, social, político e institucional – ocasionó un paro de muchos días en toda la Universidad de la República. De nuevo, pienso en la caída de un avión o de un meteorito en ese lugar. Claro que sería algo terrible, funesto por su gran destrucción de vidas, pero también un suceso del todo inesperado, casi imposible de prever.
Soy consciente de que estoy dejando de lado la muy compleja trama burocrática que podría eventualmente haber alertado a los responsables de admitir al victimario a la educación superior en base a lo sucedido en su pasaje por la educación media. Lo hice a propósito. En este ensayo, preferí comparar esta solitaria y exorbitante irrupción de violencia donde nunca ocurre con la muy elevada frecuencia criminal de la ola homicida expansiva en los barrios periféricos de Montevideo. La segunda es comunicada como las bajas del conflicto letal entre bandas criminales que se disputan el territorio. Esa noticia ya no causa conmoción alguna en la opinión pública, aunque incluye grandes y terribles daños colaterales. Importa destacar que esa clase de violencia es incomparable con la cantidad de crímenes sangrientos que suceden en las facultades públicas (o privadas).
La contribución final de la cantante de rap Eli Almic al coro de enemigos de la razonabilidad sobre este caso concluye en perfecta sintonía con los otros aportes ya discutidos. Ella se pregunta “cuál es el problema más grave,” y de modo nada original pero completamente afín al “recitado,” se responde a sí misma: “que hay mucha gente, sobre todo hombres aunque no sólo, que creen que la violencia de género no existe.” Para respaldar su tesis, esta artista comenta que, como se ve en televisión, “es muy poco probable que una mujer apuñale a un hombre.” Sólo cabe agregar que es muchísimo menos probable que un hecho de esta naturaleza suceda en una facultad.
Ya en el final, quiero traer la palabra de un equipo de psicoanalistas que se dedicó a entrevistar en la cárcel a un criminal con severos disturbios mentales:
“Al principio, los actos criminales pueden parecer insoportables o incluso imposibles de imaginar o de abordar teóricamente, porque tienen un aspecto espantoso que entra en conflicto con nuestro sentido de decencia y moralidad.”
¿Quién dudaría que ese inconcebible ataque a una estudiante, ejecutado brutalmente, en el lugar más seguro para los jóvenes, es insoportable? Todo en esa agresión del estudiante contra su compañera está en conflicto con lo decente, con la moral que queremos creer rige el mundo. Pero cuando se derrumban las barreras que impiden esa clase de temible pasaje al acto, de ruptura de la trama simbólica, de la normativa que nos vuelve prójimos, entonces sobreviene el horror. Lo último que necesitamos en esos momentos es que una enorme bandera ideológica, la de género o cualquier otra obstruya la razonabilidad. Por eso importa señalar esos signos interpretantes de los primeros días como una forma pública de duro ataque contra “la primer regla de la razón,” que Peirce sostuvo debía regir todo ámbito que se preocupe y ocupe de buscar la verdad: “No debes bloquear el camino de la investigación” (CP 1.135, 1899).
Referencias
Fernández Pedemonte, D. (2010). Conmoción pública. Los casos mediáticos y sus públicos. Buenos Aires: La Crujía.
Iffli, S.; Andraud, C. & Petit, L. (2019). The Lacanian act and passage à l’acte: a case history of the subjective effects of crime on the criminal. Ágora XXII (1), 134-143
Misak, C. (2004). C. S. Peirce on Vital Matters. En C. Misak (ed.) The Cambridge Companion to Peirce (pp. 150-174), Cambridge University Press: Cambridge, UK.
Nubiola, J. (2009). What Reasonableness Really Is. Transactions of the Charles S. Peirce Society 45(2), 125-134.
Peirce, C. S. (1931-1958). The Collected Papers of C. S. Peirce. I-VIII. C. Hartshorne, P. Weiss & A. Burks (eds.). Cambridge Mass.: Harvard University Press. [la edición se cita del modo habitual: x.xxx remite al Volumen.Párrafo]


