Una respuesta a «China 2026-2030: ni planificación rígida ni libre mercado, la señal de largo plazo que América Latina debe leer»
DIEGO ANDRÉS DÍAZ / Hay una forma de contar la historia y el proceso de China que se ha vuelto moneda corriente en cierto ambiente latinoamericano, fascinado por Beijing: la del país que decidió, hace setenta años, seguir un plan, y que ese plan -sabio, continuo, autocorregido- lo llevó del atraso a la frontera tecnológica sin pasar por ninguno de los sobresaltos que tanto le costaron a Occidente. El reciente artículo publicado en estas páginas sobre el 15º Plan Quinquenal (2026-2030) merece algunas reflexiones que exceden incluso a lo que plantea legítimamente abordar, y que quiero puntualizar respetuosamente.
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Antes de entrar en el desarrollo de esta sección, vale señalar una cuestión no menor: el modelo económico chino no es un exitoso plan quinquenal, en absoluto. Si algo entendió el gobierno chino desde fines de la década de 1970, fue que la producción de riqueza en su país debía darse de la forma más descentralizada posible, y que ese mercado debía operar bajo un control político estricto «por arriba». No es la síntesis armoniosa entre planificación y mercado que el artículo describe, es mercado real en la base productiva, sometido a un techo político de perfil hiper centralizado.
Una línea de tiempo con un agujero del tamaño de cuarenta millones de personas
El artículo organiza la historia china en tres preguntas sucesivas que el país se habría hecho a sí mismo: «1953-1980 (1º al 5º Plan): ¿Tenemos fábricas?», con «prioridad a la industria pesada, defensa nacional y un sistema industrial propio», para luego, «al final del período, los primeros tanteos hacia la apertura». De ahí se salta directamente a 1981 y la «transición al mercado».
Entre esas dos frases hay un Gran Salto Adelante (1958) y una Revolución Cultural (1966-1976). Es decir, hay entre 30 y 45 millones de muertos por hambruna provocada por decisiones de planificación estatal, y una década adicional de destrucción económica deliberada. No es un matiz que se pueda omitir por economía de espacio, es el período exacto que el artículo describe como la construcción de «un sistema industrial propio». Cuando se cuenta la industrialización maoísta .que resultó de una utilidad residual- sin contar su costo, no se está simplificando una historia compleja, se está contando otra historia.
Conviene además recordar que el «sistema industrial propio» de 1953-1980 nació del modelo soviético de posguerra, adoptado en un contexto de aislamiento internacional y, después de 1960, de ruptura abierta con la propia Unión Soviética. China no llegó a 1949 como una tabula rasa premoderna, ya tenía enclaves industriales en Shanghái y Manchuria desde el siglo XIX, desarrollados bajo presencia occidental y japonesa. Lo que el maoísmo hizo no fue «crear desde cero», sino reorganizar bajo control estatal absoluto una base productiva preexistente, y hacerlo replicando los rasgos más rígidos del estalinismo: colectivización forzosa, culto al líder, eliminación de la propiedad privada, control omnipresente sobre la vida cotidiana.
¿Qué pasó realmente en ese período que el artículo resume en una pregunta amable? Lo que se intentó entre 1958 y 1961 no fue una política industrial agresiva con efectos colaterales lamentables. Fue un intento deliberado de igualar a los individuos en todos los planos de la vida social mediante el control político absoluto de la economía, hasta el punto de disolver la célula básica de la organización social china que era la familia.
El Gran Salto Adelante se organizó en torno a «comunas populares» donde el principio rector era la colectivización total de los bienes -incluidos cosas como utensilios de cocina- y la eliminación de la unidad doméstica como espacio de vida, donde se prohibió que las familias comieran en sus casas, obligándolas a alimentarse en comedores colectivos (Bailey, 2002, p. 130). No es un detalle menor ni anecdótico: es la aplicación literal de una convicción que la propia revista teórica del Partido formularía sin matices pocos años después: «…la política es el alma, es el mando…», de modo que, llevando “…el trabajo político hasta la primera línea de la producción…”, sería posible imponer “…altos estándares de calidad…” sin necesidad de pericia técnica alguna…” (*Hongqi*, Número 1, enero de 1966, p. 29). Esa primacía no se quedaba en la fábrica ni en el discurso, se extendía hasta el último rincón de la vida cotidiana, incluida la mesa familiar.
Sobre esa base se montó además la campaña de producción doméstica de acero, que obligaba a campesinos sin ninguna formación técnica a fundir metal en hornos en el fondo de su casa. El resultado fue un desastre sin matices, con millones en bienes y horas de trabajo dilapidados en metal inservible -se llegó a fundir herramientas y como señalé antes, elementos de cocina para cumplir cuotas-, mientras las «metas de planificación» generaban una competencia artificial entre comunas que los cuadros del Partido imponían por la fuerza. Cuando las metas no se cumplían -porque el sistema había destruido cualquier incentivo real a producir- se requisaba a la fuerza la producción agrícola disponible para enviarla a las ciudades. El resultado fue una hambruna generalizada que las estimaciones historiográficas cifran entre 30 y 36 millones de muertos entre 1959 y 1961 -Yang Jisheng, periodista chino con acceso privilegiado a archivos oficiales provinciales, documentó el proceso completo en Tombstone, su investigación de veinte años sobre la tragedia, donde atribuye la responsabilidad de las muertes al sistema totalitario y a la negativa de los funcionarios, en todos los niveles, de valorar la vida humana por encima de la ideología-, lo que convierte a esta hambruna en la más devastadora registrada en la historia humana. El derrumbe productivo fue parejo a la magnitud de la tragedia: en Sichuan, la provincia más poblada de China, la producción de cereales cayó de 22,5 millones de toneladas en 1958 a 13 millones en 1960.
Frank Dikötter documenta exhaustivamente esta misma secuencia: comunas gigantescas, movilización permanente de la población rural hacia proyectos hidráulicos, industriales y agrícolas, y una caída catastrófica de la producción agrícola e industrial que llevó a la economía al borde del colapso total. Los «hornos de traspatio» fueron el símbolo de un experimento que no buscaba simplemente industrializar, sino reorganizar por completo la vida social bajo un principio de igualación absoluta, y que en el camino no construyó industria consolidada, además de intentar barrer con la estructura familiar que durante siglos había sido el núcleo de la organización social china.
La crisis fue tan severa que debilitó políticamente al propio Mao. Dirigentes como Liu Shaoqi y Deng Xiaoping impulsaron entre 1962 y mediados de los sesenta una política de ajuste pragmático: menos ideología, más eficiencia técnica, tolerancia parcial a parcelas privadas y mercados rurales. Fue en ese contexto que Deng pronunció su célebre frase sobre el gato que caza ratones, sin importar su color. Ese giro pragmático fue lo que empezó a recomponer la economía china. Y ese mismo giro fue, después, exactamente lo que Mao decidió aplastar.
La Revolución Cultural como purga económica
Aquí es donde el artículo necesita más matización aún, porque presenta la planificación china como un proceso de «auto revisión» continua, sin «rupturas traumáticas». La Revolución Cultural fue, antes que nada, una ofensiva política para impedir que los criterios técnicos de gestión consolidados durante el ajuste post-Gran Salto se afianzaran como parámetro legítimo de evaluación. Permitir que esos criterios se consolidaran equivalía a evidenciar que el fracaso del Gran Salto pudiera ser nombrado, medido y adjudicado a alguien. Por eso la ofensiva ideológica de 1966 no fue solo un ajuste de cuentas generacional o cultural, fue una operación para clausurar cualquier rendición de cuentas sobre quién había llevado a China al borde del colapso. Cualquier analista medianamente honesto que lea las páginas de la revista oficial del Partido Comunista Chino (*Hongqi* [红旗, Bandera Roja], revista teórica del Comité Central del Partido Comunista Chino, Beijing, 1958-1976.), y del maoísmo, llegará inevitablemente a esta conclusión. Tengo toda la colección en digital,a disposición por si alguien quiere sacarse la duda.
El caso del economista Sun Yefang -subdirector de la Oficina Estatal de Estadísticas, director del Instituto de Economía de la Academia China de Ciencias- ilustra esto con precisión quirúrgica, y vale la pena detenerse en él con el detalle que merece, porque revela algo que va mucho más allá de una disputa técnica entre economistas. Sun no proponía restaurar el capitalismo, operaba enteramente dentro del marco marxista. Su tesis, desarrollada con rigor en escritos que circularon como «materiales de crítica” durante la Revolución Cultural y que solo años después fueron rehabilitados, era que el socialismo no podía ignorar las leyes económicas objetivas -la ley del valor, los costos, los precios, el beneficio como instrumento de asignación racional de recursos-, y que la hiper centralización administrativa generaba «beneficios ficticios» mientras las fábricas se deterioraban por falta de mantenimiento, porque el Estado había absorbido decisiones -cuándo reparar una máquina, cuándo renovar un equipo- que solo podían tomarse sensatamente desde adentro de cada empresa.
La respuesta del aparato maoísta a esa propuesta técnica no fue un debate. Fue una sentencia. En el número 10 de “Bandera Roja”, publicado el 10 de agosto de 1966, un artículo firmado por Meng Kui y Xiao Lin transformó una discusión sobre eficiencia económica, planificación, precios y autonomía empresarial en una acusación política total. Sun Yefang no apareció ahí como un economista que proponía corregir fallas del sistema planificado, es presentado como un traidor, un infiltrado, un portador interno de una «línea negra» burguesa y revisionista. El artículo lo describió textualmente como “…representante extremadamente reaccionario y obstinado de la burguesía…», «revisionista contrarrevolucionario de pies a cabeza», «derechista que escapó a las redes», resumiendo su pensamiento económico en una fórmula de cinco puntos -«el beneficio al mando, autonomía empresarial, mercado libre, producción por hogar, la ley del valor primero»— presentada como un programa integral de «restauración capitalista». Sus artículos fueron calificados de «hierbas venenosas»; sus ideas, de «veneno» que había que «extirpar»; su actividad, de «difundir veneno», donde no se discutían sus argumentos, se los declaraba contaminantes.
Ese vocabulario no es un exceso retórico de época ni un arrebato propagandístico aislado. Es, como puede verse al leer la colección completa de la revista número por número, una técnica deliberada de construcción del enemigo interno, una operación que desplaza al adversario del lugar de economista heterodoxo al lugar del criminal, de modo que sus ideas dejan de poder discutirse -porque ya fueron declaradas falacias por definición- y su persona deja de poder defenderse -porque ya fue constituida como amenaza-, donde la oposición cromática que organiza todo el discurso es elocuente por sí sola: rojo es revolución, Mao, pureza; negro es reacción, infiltración, restauración capitalista. No hay matices posibles entre esas dos categorías, y esa es, precisamente, la función del dispositivo, el de clausurar de antemano cualquier posibilidad de debate intelectual.
Sun pasó más de siete años en prisión. Cuando fue rehabilitado tras la caída de la Banda de los Cuatro, las mismas ideas que en 1966 se habían declarado «restauración capitalista» se convirtieron, quince años después y de la mano de Deng Xiaoping, en política oficial del Estado chino. Lo que el régimen condenó como traición resultó ser, leído en perspectiva, la victoria póstuma del condenado.
La lección no es anecdótica. Un sistema que persigue penalmente a quien propone medir resultados con criterios independientes de la voluntad del liderazgo no era un sistema «predecible» en el sentido que el artículo elogia, es un sistema donde la predictibilidad depende de que nadie pueda cuestionar al poder con datos. La represión a Sun Yefang no fue, además, un episodio secundario de la lucha ideológica de los sesenta, fue uno de sus núcleos más reveladores, porque eliminar la voz de quienes podían demostrar con argumentos técnicos que las políticas maoístas habían fallado era condición necesaria para que Mao pudiera relanzar su liderazgo sin que nadie pudiera nombrar, medir o adjudicar el fracaso del Gran Salto Adelante. Vale preguntarse, setenta años después, si ese rasgo estructural -la imposibilidad de que exista una evaluación autónoma de la gestión del Partido- desapareció con Mao o simplemente cambió de forma.
El costo material de ese período, además, fue medible y enorme. Solo en la provincia de Guangdong, unos 20.000 trabajadores artesanales perdieron su actividad de un día para otro por purgas contra la «cultura feudal», y apenas un tercio fue reubicado, casi siempre con salarios reducidos a la mitad. En Shanghái hubo que rediseñar cerca de 6.000 productos industriales para eliminar cualquier referencia al pasado. La producción de jabón se recortó 15% para liberar insumos destinados a imprimir el Libro Rojo. El sistema ferroviario quedó paralizado por luchas entre facciones; Shanghái llegó a tener reservas de grano para menos de una semana. En el invierno de 1968-1969, campesinos quemaron sus propios muebles y los techos de paja de sus casas porque el suministro de carbón se había cortado en un tercio. Y, en un dato que el relato de la planificación virtuosa no puede digerir, fue el propio colapso del control estatal el que permitió que millones de campesinos, silenciosamente, repartieran tierras, armaran mercados negros y operaran fábricas clandestinas antes incluso de la muerte de Mao en 1976. El «plan» no se ejecutó con disciplina ejemplar hasta su reemplazo ordenado, se desintegró desde abajo porque ya no funcionaba, y esa desintegración -no la planificación- fue lo que abrió la puerta a Deng.
El sustrato que la épica no menciona.
Hay todavía una dimensión de este episodio que rara vez se nombra y que conviene traer aquí, porque ayuda a entender por qué esa violencia no fue un exceso anómalo sino algo más hondo. La Revolución Cultural no se sostuvo únicamente en la maquinaria del Partido, se alimentó también de un resentimiento real, profundo y sedimentado durante siglos contra una figura central de la cultura china, la del funcionario letrado. El mandarinato -el sistema de selección de funcionarios por examen- había sido durante siglos simultáneamente un ideal meritocrático y una fuente de privilegio y distancia social respecto de la población común. El maoísmo no inventó esa hostilidad: la heredó, la reencuadró en el lenguaje de la lucha de clases y la desató deliberadamente. Los Guardias Rojos -jóvenes frecuentemente de origen rural o urbano marginal, sin mucha instrucción- no necesitaban ser convencidos de que el intelectual, el técnico, el funcionario representaban una clase privilegiada; lo sentían así, y la Revolución Cultural les dio un marco ideológico para actuar en consecuencia, con la legitimidad que otorgaba el pensamiento de Mao y la violencia que habilita cualquier retórica que convierte al adversario en enemigo de clase. Sun Yefang era, en ese sentido, el blanco perfecto: economista, académico, director de instituto, hombre de instituciones y de argumentos técnicos, formado en Moscú. Encarnaba exactamente la figura que esa retórica había construido como símbolo de todo lo que debía ser destruido.
Esto importa para la lectura del artículo original porque su error no es solo de omisión cronológica, es de género. Lo que cuenta como una sucesión ordenada de «preguntas que el país se fue haciendo a sí mismo» fue, en los hechos, una guerra civil interna de clasificación política total -izquierda, centro, derecha; aliado, dudoso, enemigo- donde no había matices ni posiciones intermedias, y donde el costo de quedar del lado equivocado de esa clasificación era la cárcel, la humillación pública o la muerte. Eso no se «auto revisó» con elegancia tecnocrática, se aplastó con movilización de masas, y después se abandonó -no se superó- cuando ya no quedaba nada que aplastar.
El «milagro» empieza, precisamente, cuando China deja de hacer lo que el artículo elogia.
Este es el punto que cualquier defensa de la «planificación de largo plazo» china tiene que poder explicar y nunca explica, ya que el despegue real -el que multiplicó el ingreso per cápita, construyó Shenzhen y Pudong, integró a China en el comercio mundial- no ocurrió por intensificación del modelo planificado previamente, sino por su abandono y la apertura al mercado, la inversión extranjera y tecnología occidental. El propio artículo lo admite, sin notar la contradicción, cuando narra el caso del tren de alta velocidad: «en 2004, China compró tecnología japonesa y alemana»; es decir, resultado de la transferencia tecnológica desde economías capitalistas avanzadas, aceptada precisamente porque China había decidido dejar de tratarlas como enemigo ideológico.
Shenzhen no creció por planificación quinquenal abstracta, creció porque el gobierno central le dio «carta blanca para recibir inversión extranjera» -palabras del propio artículo- y autonomía para operar fuera de la lógica de mando central que hasta entonces regía toda la economía. Es decir: creció en la medida exacta en que lo permitió el mercado.
Occidente como espantapájaros, EE.UU. como excusa.
Más allá de lo interesante que puede resultar el debate de ideas sobre estos temas, vuelvo a una cuestión que excede los artículos. Hay un movimiento retórico que atraviesa esta época, que permea en los debates, sin filtro, y que merece nombrarse con precisión. Y esto es resultado de la realidad multipolar que existe a nivel global, y que tiene reformulandose a medio mundo en la inevitable tendencia de “tomar partido”, donde parece, que “Occidente” es un manojo de desperdicios y males sin solución: «lo que a Occidente le llevó dos siglos», «un malentendido que Occidente no termina de procesar», una nueva internacionalización china que ya no busca «vender a» sino «construir con» —en contraste implícito con una supuesta lógica mercantil de Occidente.
Esa situación hace dos cosas a la vez. Primero, mete en una sola bolsa indiferenciada las tradiciones morales y culturales, las instituciones de mercado, el Estado de derecho y la descentralización política -es decir, «Occidente» como tradición civilizatoria- junto con la política comercial puntual de uno o varios gobiernos -especialmente el estadounidense- en momentos específicos. Así, cualquier objeción legítima a una administración norteamericana se contagia automáticamente a todo occidente, como si rechazar lo primero obligara a rechazar lo segundo.
Segundo, invierte el lugar real de la asimetría. El artículo le imputa a «Occidente» una lógica transaccional y mercantil -«vender a»- frente a una China que ahora «construye con» sus socios «en igualdad de condiciones». Pero el comercio occidental, con todos sus defectos históricos, no ha venido más atado ni menos a la adopción de la estrategia nacional de una potencia extranjera, que es en última instancia el factor clave de análisis, y, por más enojo que cause -especialmente a las viudas del socialismo que han encontrado en China su nuevo modelo- se repiten las prácticas de predominio de las potencias dominantes, como el financiamiento estatal direccionado, infraestructura con cláusulas de opacidad reiteradamente documentadas, dependencia tecnológica creciente, todos elementos presentes en la “acción china”. El artículo le reprocha a Occidente el pecado del mercantilismo desnudo y le regala a China la virtud de la cooperación entre pares, cuando en los hechos el régimen que más fusiona Estado, partido único y capital exterior en una sola estrategia geopolítica es precisamente China.
Este movimiento tiene, además, un antecedente histórico exacto dentro de la propia tradición discursiva china que el artículo no menciona. Durante los años sesenta, “Bandera Roja” construyó sistemáticamente la imagen de una Unión Soviética post-estalinista que, bajo la «coexistencia pacífica» con Occidente, habría traicionado la revolución y restaurado el capitalismo por la puerta de atrás: la nueva dirección soviética, decía un artículo de 1965, hacía avanzar al país «por el camino de la degeneración hacia el capitalismo» mientras destruía «la base económica del socialismo». Esa construcción de un Occidente -en este caso, la U.R.S.S.- monolítico y corruptor no buscaba describir la realidad, buscaba legitimar la pureza ideológica propia como alternativa moralmente superior, sin tener que rendir cuentas de sus propios costos. El discurso actual del «Sur Global» liderado por Beijing es heredero directo de esa misma operación retórica, basada en definir a Occidente como bloque decadente y uniforme para poder presentarse como la alternativa virtuosa, sin que nadie pregunte demasiado por Xinjiang, por Hong Kong, por la censura, o por la ausencia de cualquier mecanismo -como el que pagó Sun Yefang con siete años de cárcel- para cuestionar desde adentro las decisiones del poder. Todavía resuenan en mi oído la amarga y sincera aceptación de dos historiadores uruguayos becados por el gobierno chino para realizar estudios en ese país, en la cual diferenciaban las bondades materiales y financiación que acompañaron su estadía académica en aquel país, pero admitían que la condición clave para sostener las mismas era que bajo ningún concepto podían referirse a decisiones del poder central en el pasado, y menos aún en clave revisionista o crítica.
La trampa de la armonía.
El artículo describe la formulación de cada Plan Quinquenal como un proceso donde «participan ministerios, gobiernos locales, centros de investigación, gremios empresariales y, mediante consultas públicas, la propia ciudadanía», y cierra la idea con una frase feliz: «la pelota no la patea uno solo». Es la misma estética que recorre todo el texto, una especie de orquesta donde el Estado «marca el tempo y corrige el ritmo cuando la melodía se desafina», 1.200 millones de personas organizadas, coordinadas, conformes.
Esa estética requiere borrar exactamente lo que la historia de Sun Yefang -y la de tantos otros- muestra con crudeza, donde en el sistema que se está elogiando, la diferencia técnica se convierte en amenaza política, y la amenaza política se resuelve con cárcel, no con debate. La «auto revisión» que el artículo presenta como virtud institucional china no es deliberación pública, es gestión interna de una élite de partido único, sin contraloría externa real, que decide qué corregir y cuándo, sin que la ciudadanía pueda jamás nombrar, medir o adjudicar un fracaso si el Partido decide que no es momento de nombrarlo. Es la misma estructura de poder que aplastó a un economista por proponer que las fábricas no mintieran sobre sus costos, solo que hoy no necesita Guardias Rojos en la calle para imponerse.
China hizo, en efecto, algo extraordinario en cuarenta años. Pero lo hizo cuando dejó de intentar que la política sustituyera a la economía, no cuando perfeccionó esa sustitución. Contar la historia al revés -como si el éxito fuera la planificación y el costo humano un detalle prescindible- no es una lectura ingenua del proceso chino. Es, como toda esa tradición discursiva enseña desde “Bandera Roja” hasta hoy, una forma de blindar al poder de cualquier pregunta incómoda.
La fascinación selectiva y sus motivos.
Queda, sin embargo, una última capa por desarmar, quizás la más incómoda de todas porque no habla tanto de China como de quienes escriben sobre ella desde acá. El artículo original presenta hoy a China como un modelo casi sin fisuras: predecible, coordinado, exitoso. China enfrenta, y es notorio y conocido, en este mismo momento, una crisis inmobiliaria que arrastra años, una deuda local que los propios gobiernos provinciales no logran sanear, una caída demográfica sostenida que va a presionar su sistema productivo durante décadas, y una desaceleración del crecimiento que el propio 15º Plan, leído con cuidado, intenta administrar más que resolver. ¿Problemas tenemos todos?, es así. El problema no es en sí advertir que China, con transformaciones -de las cuáles la política exterior de EE.UU. en la década de 1970 y 1980 fueron claves- se transformó en lo que históricamente fue durante siglos -una potencia-, sino cómo se va erigiendo en modelo para la misma barra de totalitarios que hasta hace poco andaban subiendo a cuanto tren del socialismo les llevará a sus sueños de centralismo y planificacion e ingenieria social (y que descarrilara a poco de avanzar).
Vuelvo a mi preocupación por la creciente endofobia. Aunque creciente, el odio a la tradición propia no es el único mecanismo visible de este síntoma, ya que se acompaña con la idealización de lo exótico. La fascinación por el «modelo chino» entre ciertos sectores latinoamericanos opera con el mismo mecanismo que cualquier otra forma de endofobia, una indulgencia moral asimétrica que perdona en la civilización exótica exactamente lo que jamás se perdonaría en la propia. Donde la propia tradición es sometida a sospecha permanente -sus instituciones, su tradición moral y religiosa, su mercado, su historia-, el poder concentrado de un partido único en Beijing se reformula como «coordinación», la censura como «estabilidad», la ausencia de oposición real como «consenso».
Y aquí aparece la contradicción más reveladora de todas. Quienes en América Latina se entusiasman con la «planificación de largo plazo» y el mundo de seres felices en una especie de panal de la eficiencia china suelen imaginarse, casi sin excepción, los primeros en no tolerar en su propio país la más mínima transformación y cambio en sus tan defenestradas “Libertades occidentales”: una regulación o prohibición de más, un impuesto de más, una restricción burocrática de más, y la reacción es inmediata, y en general justificada. Viven, con razón, defendiendo las libertades relativas que sus propias sociedades -imperfectas, en constante contradicción y lucha por mantenerse- les permiten ejercer todos los días. Pero admiran, en el papel, a un sistema que históricamente definió qué cultivo siembra cada provincia, qué ciudad concentra qué industria, qué economista puede publicar y cuál debe ser silenciado, porque imaginan ese mecanismo desde afuera, como una abstracción elegante de eficiencia, sin imaginarse jamás como un engranaje dentro de él. Es fácil admirar la «política al mando» cuando uno está seguro de que nunca será el campesino al que le requisan el grano, ni el economista al que le requisan la voz. Si China tiene una realidad diferente hoy -o medianamente diferente- es resultado del abandono de su modelo, y es un abandono parcial.
La relación a mi entender, nuevamente, hay que ponerla en el foco de qué hacen los poderes centrales y cómo venden los éxitos de las sociedades como propios. Eso le pasa a China, a EE.UU., y a cada poder centralizado en expansión, que quiere venderle a la población que su modelo de control es el que causa que mejore materialmente su vida, cuando esto sucede a pesar de esos poderes. Como los empresarios occidentales que invierten y hacen negocios con China, los miembros de la diplomacia de occidente repiten la maravilla que ven allí al poder tomar decisiones centralizadas sin tanta reacción social. El soft power se disfraza de diferentes formas.
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