ENSAYO

Por Aldo Mazzucchelli

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Me parece bien lo que hizo el juez Recarey de solicitar información. Sabía que el Estado no iba a revelarla, y que iba a destruir la sentencia y azuzar a sus perros mediáticos contra el juez. Todo eso ocurrió.

Pero también me parece bien que se haya restablecido la libertad de vacunación. Prefiero vivir en una sociedad con la más amplia libertad de elección en esa y todas las materias, y si una persona decide no vacunarse, tiene el mismo derecho a no hacerlo que tiene que tener otra de darse, si quiere, tres o cuatro dosis el mismo día. 

En el presente ordenamiento jurídico, es prerrogativa de padres o tutores decidir por la salud de sus hijos lo que consideren mejor, con lo cual, también me parece que esa libertad debe ser protegida. El padre o tutor y todos quienes recomiendan determinado procedimiento deberían, desde luego, responder por las consecuencias de sus acciones sobre terceros.

Cualquier otra discusión al respecto ya fue dada, y muchas veces, igual que todas las demás vinculadas a la bendita “pandemia”.

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En esta revista seguiremos publicando la abundante información que existe sobre los efectos adversos que las vacunas tienen sobre una parte de quienes se inoculan, y también sobre su prácticamente inexistente eficacia, especialmente luego de un período que es cada vez más breve. Evidentemente, los gobiernos y los responsables sanitarios están comprometidos con las decisiones que tomaron en los últimos dos años, y no van a admitir de ninguna forma ningún error grave. Su vida política es lo que está en juego, como mínimo. 

No lo harán ellos, ni muchos de los vacunados que hayan sido afectados. En este segundo caso, es algo como la imposibilidad de reconocer errores catastróficos lo que está en juego.

Mucho menos lo admitirán los que no lo fueron, porque no tienen tampoco ningún incentivo para hacerlo. En cambio, existe un mal entendido amor propio como incentivo al revés. 

En efecto, todo el asunto Covid hace mucho tiempo que se convirtió en una cuestión de camiseteo cargado de tintes políticos y morales completamente irracionales, con lo cual no cabe esperar mucho de una búsqueda de llegar a la verdad en este tema. De todos modos, hay que seguir buscándola.

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En cuanto a las razones por las que desde hace dos años largos criticamos la definición y la respuesta sistémica al Covid, incluidos los efectos negativos de las vacunas, están muchas de ellas publicadas en esta revista. El lector interesado puede usar la lupa que aparece arriba, y las obtendrá todas. 

Además de eso, tenemos información prácticamente todas las semanas de personas vacunadas que pierden misteriosamente la salud. 

No me refiero a que tengan una enfermedad leve solamente, o una grave. Me refiero a un conjunto de fenómenos diferentes, que solo quien esté atento a hacer la conexión con la vacunación verá con sospecha. Y como consecuencia de ellos, algunos fallecen, otros están crónicamente enfermos de distintas cosas, otros tienen súbitos arranques de dolencias que jamás tuvieron, y que no corresponden a lo esperable dada ni su salud previa, ni su edad. 

Un día es el padre añoso de una amiga que es aislado luego de una caída en el baño, y se le decreta “Covid” a su ingreso, es aislado, y a los tres días muere sin que la caída hubiese dejado ninguna herida importante; otro día, un camionero de 53 años, esposo de una persona conocida, tiene un dolor en un brazo, y cuando va al médico se le diagnostica un cáncer fulminante esparcido en todo el cuerpo ya, y muere en semanas; otro día, la madre de una persona cercana, de 65 años, sin enfermedades previas de ninguna clase, se le ponen negros dos dedos de una mano, va al médico y se le diagnostica un problema grave de coagulación; además, se le detecta un coágulo cercano al cerebro; el cirujano que la evalúa para decidir si se la puede operar, le pregunta si se vacunó, y cuando dice que 3 dosis, el cirujano le dice “Hubiéramos empezado por ahí. Estoy harto de ver casos como estos, de gente vacunada con graves problemas de coagulación”.

Otro día es un arquitecto pariente de una amiga cercana que tiene de golpe un cáncer cerebral, que luego de una semana de detectado dispara metástasis incontroladas en todo el cuerpo (literalmente cinco focos distintos más). Es operado y muere en un plazo de tres semanas. 

Una persona amiga, de 66 años, totalmente sana hasta que -sin querer hacerlo ella- se vacuna para cumplir con la voluntad de sus hijas, que trabajan ambas en la salud. Al tiempo -noviembre 2021- comienza con problemas de salud recurrentes, de difícil determinación -pulmonares, mayormente- y termina en una depresión de la que aun no sale. Tampoco sale de recurrentes “gripes” y otras condiciones que nunca antes tuvo en esta dimensión.

Otro caso es el de la esposa de un amigo, también en sus sesenta y algo, que luego de vacunarse entra en un proceso por el cual empieza a notar que está prácticamente sin aire para hacer las tareas más sencillas, debe dejar de atender el jardín de infantes que atendía desde hace décadas, y ninguno de los médicos que la atendió -fueron varios- atinó a dar con la causa. Tampoco dio positivo a Covid. Luego de “curarse” durante un mes o dos, comienza con serios dolores articulares que le impiden trabajar con normalidad.

Otro, el padre de otra persona conocida, empieza a perder la claridad mental, es internado, se le intenta sacar sangre y una de las enfermeras (Círculo Católico) le dice a su hija: “a tu padre es imposible sacarle sangre, porque está tan densificada que no sale”. El señor muere eventualmente a los pocos días. 

Otro caso es el de una empleada joven de la EMAD que el día que se vacunó volvió a su trabajo, y entró en el baño de apuro, donde tuvo un sangrado vaginal asombrosamente grande. Ningún antecedente previo en ese sentido.

Otra persona cercana, relativamente joven y sin antecedentes familiares, pierde repentinamente su memoria y desarrolla algo que podría ser un Alzheimer, “de un día para el otro”. No se ha recuperado.

Otros varios casos han sido personas no conocidas directamente por mí, que mueren de infartos en el último año. O no me lo contaban, o yo no lo registraba, pero nunca vi tantos en tan poco tiempo.

Luego tenemos una notable cantidad de deportistas jóvenes afectados, que deben abandonar el deporte, o caen muertos durante su práctica. Se borronea el asunto, no se le presta atención, y se puede seguir mintiendo que cada caso es simplemente una excepción.

Podría seguir, y seguir, con casos más graves y más leves, o de gente que luego de vacunarse contrajo Covid una, dos veces, y se enferma repetidamente, o tiene una tos crónica, o gripes inexplicables con recaídas constantes durante, literalmente, meses. 

Desde luego, sé de sobra que esto no prueba absolutamente nada respecto de los efectos de la vacunación. También conozco gente que se ha vacunado y no ha tenido ningún cambio en su salud. 

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Pero no es solamente que uno se entere todo el tiempo de este tipo de aparentes consecuencias. Es que existen toda clase de datos internacionales que muestran las alarmantes consecuencias y falta absoluta de eficacia de la vacuna. Frente a eso, el Uruguay se presenta a sí mismo como un caso de excepcionalidad absoluta. Nada ha ocurrido, jamás, aquí. Fernando Andacht recuerda la tendencia “irénica”, la obsesión de imponer una paz perpetua -a veces, la paz de los sepulcros- del sistema uruguayo que tematizaba ya hace mucho Real de Azúa. Es verdad. Todo está protegido por la omertá uruguaya, favorecida por las escasas dimensiones y la inmensa complicidad implícita de este medio, donde los provincianos periodistas de horario central llaman “Daniel” al Ministro de Salud Pública y “Luis” al Presidente, y el país pretende vivir en una armonía hipócrita en la que Covid ha servido para eliminar toda crítica al poder, celebrando que este fenómeno ha ayudado a “cerrar la brecha”. Efectivamente, el poder cerró la brecha para garantizar su autoblindaje, a costa de la vida de unos cuantos ciudadanos, uno de los cuales podría ser mañana su hijo, o el hijo del vecino.

Hace años, en 2008, ante la destrucción de la desconfianza en el poder que el propio poder fomenta, escribí un texto titulado “Presidentes sin apellido” que luego fue publicado en un par de espacios virtuales. Creo que ahora el problema es más uruguayo y mucho más grave que entonces. Así fue preparada y así funciona hoy la “máquina otricida” -la inspirada definición es también de Fernando Andacht- en que, supuestamente, se ha convertido el pacto social según lo representan los medios que sirven de custodia del poder, a cambio de la prebenda de una respetabilidad fraudulenta para alguno de sus periodistas de fachada.

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No pienso -en principio, y hasta tener pruebas sólidas en contrario- que las vacunas sean un mecanismo de exterminio, como piensan otros, sino un experimento que ha salido pésimamente mal y que se ha impulsado con saña y con irresponsabilidad claramente criminal. Experimento con el cual estan comprometidos todos quienes las promovieron, empezando por el personal médico -mejor dicho, por los burócratas sanitarios y políticos de túnica que tuvieron a su cargo la recomendación de las mismas ante la sociedad.

Lo que me preocupa es que es perfectamente claro que las autoridades sanitarias no están buscando activamente conectar la vacunación con efectos secundarios o muertes por aquellas condiciones que la literatura médica -e incluso los ensayos de la misma compañía Pfizer- indica son las más probables consecuencias negativas de la vacunación: problemas de coagulación, problemas cardiovasculares, ADE, problemas de autoinmunidad, y debilitación del propio sistema inmune natural. 

La cantidad de casos y fallecidos en países con alto índice de vacunación, la absoluta falta de voluntad para investigar seriamente la coincidencia entre aumento de la vacunación por grupos de edad y la mortalidad en esos mismos grupos de edad en el año 2021, la supuesta aparición de nuevas “cepas” que, contradiciendo todo lo que la ciencia médica había establecido hasta 2020, se nos dice que serían más y no menos graves que la cepa original, la invención de una nueva “epidemia” de “viruela de mono” exclusivamente a base de tests PCR y síntomas absolutamente vagos (alguna dermatitis más los omnipresentes “dolor de cabeza”, “malestar”, “fiebre”…) que podría estar tapando algunas de las cada vez más inocultables consecuencias de la vacunación… Todo esto es, no ya preocupante, sino directamente muy escandaloso, bordeando el extremo del ridículo.

Los personeros de la ortodoxia Covid en Uruguay y el mundo declaran que no existe absolutamente nada de que preocuparse. Los políticos los siguen, y repiten lo mismo. O sino insultan la inteligencia de la gente jugando al “sentido común” y, cuando se les pregunta, ante lo inocultable, dicen cosas como “todas las vacunas tienen algún efecto secundario negativo”, o “no existe ningún muerto por vacunación en Uruguay”, para lo cual la única prueba real que ofrecen es que nadie en la profesión médica ha indagado seria y sistemáticamente si toda clase de muertes como las descriptas anteriormente podrían o no tener alguna relación con la vacunación. Parecen por el momento conformarse con la convicción previa de que “la vacuna no puede tener ningún efecto de este tipo”, contradiciendo una cantidad importante de literatura médica ya publicada al respecto.

En el mundo, estas cosas se están investigando muy seriamente, aun contra una campaña de terror mediático y de ocultamiento. Es probable que sea primero en Estados Unidos -donde existe la base de oposición a la ortodoxia Covid más grande y organizada de la tierra- en donde, cuando las condiciones políticas así lo permitan, comience realmente a llamarse a responsabilidad a los culpables de este estado de cosas.

Hasta el Washington Post -pilar de la narrativa oficial Covid del Partido Demócrata norteamericano- lo reconoce: la vacuna NO PROTEGE CONTRA LA MUERTE TAMPOCO. En Uruguay, felizmente, nada de eso ha ocurrido

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En el Uruguay no podemos esperar nada, salvo que las autoridades mantengan la libertad relativa, a veces meramente formal, pero libertad al fin, de no vacunarse si uno no quiere hacerlo. No podemos esperar ya que nadie diga la verdad, o muestre siquiera dudas. El coro de indignados que recibió la sentencia de Recarey como una agresión es suficiente prueba de que esta situación está muy lejos de encontrar un camino de transparencia. 

Hemos hecho una solicitud de información pública al MSP que no ha sido respondida dentro de los plazos legales. Veremos si iniciamos una acción judicial para obtener la información a la que tenemos derecho. Pero lo decimos de antemano: no confiamos en absoluto en el manejo de la información que está haciendo el MSP. La apariencia de respuesta que se le dio al juez Recarey cuando citó como testigo al propio Ministro nos ha demostrado que hay una clara intencionalidad política de ocultar la información que no confirme el discurso oficial. 

Lo mismo se está haciendo en otros países. La corrupción de la información, la descarada parcialidad de los políticos y de algunos médicos y algunos científicos me parece un hecho evidente. 

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Es posible, sin embargo, que todo lo que yo percibo sea un error. Que no haya ningún efecto secundario negativo de la vacunación. Que no haya ningún fallecido en Uruguay por esa causa. Que todos los casos que veo o me narran y he comprobado como ciertos sean falsas proyecciones. Que todos hayan muerto de muerte natural, porque les llegó la hora. 

Aun así, tenemos datos genéricos del MSP sobre el exceso de muerte en 2021. Y ese exceso de muerte no se explica por “muertos Covid”. No solo porque los supuestos “muertos Covid” han sido en Uruguay igual que en todas partes todos los fallecidos por cualquier causa con un test PCR positivo, sino porque hay miles de muertos más que no fueron por Covid. ¿Es posible que una parte de los fallecidos por enfermedades cardiovasculares, cánceres, etc., más el estadísticamente escandaloso exceso de un 25 a 30% de muertos “por otras causas” en 2021 tenga algo que ver con la vacunación?

No lo sé. Pero sé positivamente que ninguna autoridad en el Uruguay ha intentado explicar cómo es que Uruguay tiene un exceso de muerte altísimo en 2021, comparable a uno de los peores países de Europa (y de los más vacunados en ese continente) como Portugal. En este mismo número publicamos un informe muy preciso al respecto.

Tampoco veo que a nadie le importe otra cosa que abandonar toda discusión sobre este asunto y relegarlo al pasado, sin el menor reflejo cívico de control de los gobernantes. Quizá porque, en este tema como en ningún otro nunca antes, todo el espectro político uruguayo se ha blindado en el discurso oficial, la “oposición” es más oficialista que el gobierno, y ambos están de acuerdo en abrazar con furia los prospectos de política globalista impulsados por la actual administración en Washington, la Unión Europea, y todas las agencias de burócratas internacionales.

¿Cómo sorprenderse?

De todos esos organismos, más los infamemente conocidos “filántropos”, viene prácticamente todo el dinero internacional que desembarca en Uruguay.

De la prensa uruguaya ya no cabe tampoco hablar. El episodio Recarey, una vez más, dejó en evidencia el tipo de “periodismo” que hacen, que consiste en reproducir verbatim el discurso del poder sistémico.

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Es importante, ante todo esto, recordar que la pandemia hizo evidente lo previsible. Una clase media+ global a la que se acostumbró en las dos o tres últimas décadas a consumo barato y entretenimiento casi gratis, reaccionará con terror a cualquier amenaza de que esa estabilidad podría no ser sustentable. Se convirtieron en los más fanáticos defensores de ese sistema narcótico, y ahora quieren que todo lo que ocurrió en estos dos años quede atrás, para poder seguir como si nada con sus infinitamente vacíos viajes a sacarse selfies en Cancún o en Disneyworld, aunque tengan que pagar los pasajes tres veces más caros. A fin de cuentas, es para eso que se vacunaron: para participar precisamente de ese mundo iterativo y plano como una pantalla, al que evidentemente le encuentran un sentido que para mi es misterioso. 

Pero esa vocación de olvido, previsiblemente, no tendrá éxito. El mundo está en rumbo de colisión, y Occidente enfrenta con crudeza una decadencia obvia que se expresa en tres factores notables: a) corrupción sistémica extendida y desaparición de los mecanismos republicanos de control; b) mentira a niveles asombrosos en los grandes medios sistémicos; c) abandono del principio fundamental del mundo occidental: garantías y libertades individuales. De ahí la cada vez más extensa censura y cultura de cancelación -voluntaria por razones ideológicas, o forzosa por presiones del sistema político sobre el mundo digital. 

Pese a todo, ese mundo decadente que quiere seguir haciendo como si nada está amenazado por un gigantesco “no” del resto del mundo, que ya tomó estado material. De ninguna manera veo viable que los planes de barrer todo esto bajo la alfombra vayan a ser exitosos, pese a que lleve un tiempo que podría ser largo. 

Mientras tanto y mientras haya fuerza, seguiremos informando, cumpliendo así con una autoasignada e inquerida responsabilidad propia, puesto que vemos que los que deberían hacerlo no lo hacen.

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