FERNANDO ANDACHT / ¿Qué dirían los espectadores embrutecidos o anonadados por el interminable y sangriento carrusel de crímenes, en especial homicidios que, desde su muy nutrida Crónica Roja y Cruenta irradian los informativos locales a diario, si yo les dijera que la causa de la enorme mayoría de asesinatos no tienen como móvil, ni aquí ni en el resto del mundo, el lucro, el beneficio material, sino un propósito moral, moralizador? Black (1983) afirma que gran parte de los crímenes son cometidos como una forma de “control social”; esa actividad ilícita posee como su finalidad primordial el lavar una afrenta, el reparar un agravio, muy a menudo mediante la muerte de quien se entiende que ofendió o ultrajó a quien lo ultima. Así, el agresor no piensa que ha obrado mal en absoluto, sino que está convencido de que ha enmendado un entuerto, que reparó un mal mayor causado por su víctima.
“La violencia suele estar provocada por un excesivo sentido de la moral y la justicia, al menos tal y como los conciben los propios agresores.” (Pinker, 2011)
“Al igual que en las sociedades tribales y otras sociedades tradicionales, la mayoría de los homicidios intencionales en la vida moderna son una respuesta a una comportamiento que el asesino considera aberrante.” (Black, 1983)
“¡Matador, matador! /¿Dónde estás matador?/¡Matador, matador! No te vayas, matador/ Viento de libertad, sangre combativa” (Matador, canción de Los Fabulosos Cadillac, 1993)
ENSAYO
Se trata también a menudo de generar disuasión, de desalentar, por ejemplo, a un grupo rival, puede ser una pandilla, de invadir el territorio propio. Aunque haya ganancia económica como un efecto secundario, lo distintivo en el 90% de los homicidios, según Black (1983) y Pinker (2011), es la defensa del honor, el hacer justicia por mano propia sin sentirse culpable por ello. Cito un ejemplo de un asesinato que menciona Black (1983), cuya característica seguramente suene familiar a muchos de los lectores uruguayos de este ensayo:
“El homicidio suele ser una respuesta al adulterio u otros asuntos relacionados con el sexo, el amor o la lealtad; a disputas sobre asuntos domésticos (asuntos financieros, consumo de alcohol, tareas del hogar); a afrentas al honor; a conflictos relacionados con deudas, propiedades y la custodia de los hijos; y a otras cuestiones de lo que está bien y lo que está mal. Entre los casos mencionados en el estudio de Houston se incluye uno en el que un joven mató a su hermano durante una acalorada discusión sobre el asedio sexual de este último hacia sus hermanas menores.” (Black, 1983, p. 36 – énfasis agregado, FA)
Entre el 23 de marzo y el 26 de abril, observé con detenimiento una serie de programas televisivos de tipo periodístico, más columnas de la prensa local y extranjera que se ocuparon con denuedo del llamado“caso Moisés”. Se trata del parricidio cometido por Moisés Martínez el 25 de mayo de 2025, cuyo juicio tuvo lugar en abril de 2026. A raíz del veredicto emitido el 8 de abril, se multiplicó la presencia mediática de sus familiares, pero en esa serie de testimonios hubo un indiscutible protagonismo que no dudo en llamar ‘estelar’, pues quien tomó la palabra fue mucho más que la portavoz de la familia del acusado y sentenciado. Su hermana menor, Sara, deslumbró a quienes la entrevistaron con su testimonio, con su palabra y su profusa gestualidad. Hubo una performance inédita de acuerdo a los tres tipos de representaciones o signos con los que experimentamos y expresamos el mundo: lo icónico – que incluye además de lo visual, el sonido y la coreografía gestual exhibida con maestría singular por Sara – lo indicial, los sórdidos hechos que relató ella con naturalidad como reales, y que la unieron y unen al parricida, a su hermano, y lo simbólico, el muy elocuente manejo retórico y argumentativo, las palabras con las que expuso la necesidad de indultar a quien ejecutó al padre de ambos a causa del terrible sufrimiento que él les infligió durante su infancia y adolescencia. Incluso, en su discurso que no dudaría en describir como didáctico, Sara intentó demostrar una y otra vez que esa violenta y terminal solución era la única viable para aliviar el sufrimiento de esa familia: “Moisés pudo romper el ciclo de violencia que papá venía reproduciendo.” Lo que quiero destacar en este ensayo es que el efecto de los signos que dramatizó con extrema eficacia en todos los que la entrevistaron fue impactante, casi diría hipnótico. La forma en que Sara puso en escena su relato y su argumentación consiguió la adhesión unánime, incluso entusiasta, de los periodistas a planteos como el que ahora cité. Su multiplicada presencia mediática puso al descubierto la vulnerabilidad del sistema de medios, su inclinación a respaldar sin titubeos un planteo inédito y tan inquietante como el que hizo esta joven.




Confieso que en el ya largo tiempo en el que me dedico a observar y analizar programas de diversa índole que se ocupan de representar lo real, de elaborar crónicas de lo cotidiano para consumo masivo, nunca había visto un despliegue sígnico tan contundente de alguien involucrado en un episodio más que violento del que ella habla sin pausa ni el menor error o vacilación. Aparentemente, Sara no posee la formación profesional necesaria para esa clase de performance mediática. Ella no es abogada ni perito en crímenes como los que describe con incansable energía en cada aparición mediática durante más de un mes. Su estudio es el de Educadora Social, según cuenta en uno de sus testimonios; para serlo debió estudiar 4 años, y dicha formación está “Enfocada en la inclusión social, pedagogía social, trabajo con familias y comunidades en diversos contextos (INAU, ANEP, ONG, CAIF.” Esa clase de formación no incluye la adquisición de un manejo competente del lenguaje jurídico, como el que ella emplea con soltura y elegancia natural en cada entrevista. Es plausible, en cambio, que en esa formación ella sí haya aprendido los rudimentos al menos del tipo de discurso que oímos de los responsables de ONGs cuya orientación es la perspectiva de género, como por ejemplo El Paso. Su dirigente, Andrea Tuana, acompaña a Sara en una de sus salidas televisivas, y habla con entusiasmo sobre el apoyo anímico y jurídico que le brinda.
De todos modos, no es menor hazaña el enfrentarse de golpe a cámaras y micrófonos y salir tan airosa en ese desafío como lo hace en cada ocasión Sara. Alcanza con observar cómo se comporta Ana, su hermana mayor (32 años), en el único programa en que la vi responder a una entrevista y otro tanto ocurre con su madre, en esa misma emisión televisiva. Ambas mujeres se comportan del modo en que imaginamos que alguien lo haría, en el muy duro trance de tener que hacer público su prolongado y durísimo sufrimiento, en un ámbito por completo ajeno a su vida cotidiana. Si tuviera que buscar una función o rol profesional para la hermana menor de Moisés, diría que ella actúa como un experto profesional que se contrata para comunicar a la sociedad del modo más persuasivo posible una situación muy grave. Así de notoria es la diferencia de expresividad y naturalidad expresiva entre Sara y el resto de su familia, a la hora de concurrir a los medios masivos dar su dolido testimonio.
El propósito de este ensayo no es dirimir la polémica que seguramente encontró a ciudadanos a favor de que Moisés Martínez sea eximido de la pena por ultimar a su padre, en razón de los malos tratos recibidos por él y por otros miembros de la familia, y a otras personas que entienden que nada justifica el tomar la ley en sus manos y asesinar al padre, a pesar del prolongado y exorbitante maltrato al que sometió a sus hijos y a su esposa. Mi objetivo es analizar cómo los medios masivos reaccionan ante el caso, tratar de entender cómo ellos se vuelcan unánimes, con bríos a apoyar una política punitiva que no dudaría en llamar más-que-bukeliana, en alusión al difundido implacable régimen de encierro y castigo impuesto por el presidente salvadoreño Nayib Bukele a quienes priva de libertad en su vasta prisión. Otro modo de manifestar mi asombro, sentimiento que acompaña el inicio de toda investigación, es contemplar cómo algunos periodistas expresan de modo inequívoco una clara propensión a favor de la práctica de una suerte de eugenesia social: la eliminación de alguien que, opinan, no estaría a la altura del ser humano normal. Tras oír el persuasivo testimonio de Sara Martínez y su pedido de clemencia, la hermana menor de Moisés, todos sus entrevistadores oscilan entre una muestra de solidaridad conmovida por su pedido de perdón para Moisés, y el explícito apoyo al asesinato de su padre. Esto último ocurre en horario matutino, en un programa llamado 8AM (Canal 4, 08.04.2026), donde también, se le pide a la joven “algunos tips”, después de que ella dio su testimonio. No queda claro, si el inusual pedido se refiere a cómo últimar al progenitor sin sufrir el castigo de la Ley, cuando su conducta es perversa, o si esa consulta remite al deslumbrante estilo del alegato que ella brindó ese día, y en todos los demás programas en los que fue entrevistada y oída por muy largo tiempo, si se piensa en la estricta economía televisual.
Propongo como hipótesis que por su memorable performance en cada ocasión en la que fue convocada – no incluyo los muchos minutos durante los cuales los periodistas de calle solicitaron su palabra al salir ella del juzgado – Sara consiguió mediante el estudio o la preparación el encarnar en el sistema mediático local como nadie lo había hecho hasta ahora la perspectiva de género en su fase de venganza o desquite máximo. Lo más destacable de esta figura que asume el rol de una Erinia o Furia, la diosa de la venganza en las mitologías griega y romana, es que Sara interviene con un despliegue escénico que, de ser yo el director de un futuro docudrama o serie sobre este caso, lo pensaría dos veces antes de contratar a una actriz profesional para que haga su papel, en vez de emplear a la propia protagonista de los siniestros hechos narrados por ella en todos los medios a los que concurrió infatigablemente. Recomiendo a los lectores que utilicen los enlaces que coloqué a lo largo del texto para comprobar por sí mismos algo que una mera descripción verbal, como la que ofrezco aquí, nunca podría reemplazar. Sólo la experiencia directa de observar y escuchar el elocuente despliegue sígnico que acompaña cada intervención mediática de Sara puede darles una cabal idea de lo que ocurrió con sus entrevistadores en los programas a los que ella fue invitada.
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La impactante presencia de la joven que denunció pero luego calló para siempre
“Hay una faceta de Moi, que nadie conoce, es un amor de hermano, un amor como papá. Pudo romper con todo ese ciclo de violencia que era nuestro padre.” (Sara describe así a su hermano Moisés, en uno de los programas en que fue entrevistada)
Aunque cuenta con 27 años, su rostro infantil, aniñado, enmarcado por una abundante cabellera lacia, nos dice que Sara podría apenas haber salido de la adolescencia. Su voz es suave, melódica, y su manejo de los tiempos, entonaciones, pausas, y énfasis contribuyen a producir un relato inmejorable, el que ella se propuso animar y dirigir al público mediático uruguayo entre marzo y abril de 2026. Tan notable es la expresividad de la voz cantante que asume Sara Martínez en cada aparición televisiva que esa expresión es más adecuada que el frío y burocrático término ‘portavoz’ del grupo familiar, para quien despliega un histrionismo y elocuencia fuera de lo común.
En relación al crimen como control social o justicia de autoayuda, según la teoría de Black (1983), lo que ocasiona la mayor indignación de la joven por el veredicto que recibió Moisés, su hermano, por el parricidio, es que tanto la fiscal como la jueza del caso se basaron en la completa ausencia de denuncias de malos tratos recibidos en los últimos 15 años, luego de que por la denuncia de Sara, con 12 años, en 2010, su padre Carlos fuera condenado a 3 años de carcel, acusado de “atentado violento al pudor”. En aquel momento, la tipificación de ese delito – Art. 273 del Código Penal, 2010) – era la siguiente: “Se aplicaba a todos los tocamientos, frotamientos o actos libidinosos que no implicaran penetración carnal, realizados también mediante violencia, amenazas o aprovechándose de la incapacidad de resistencia de la víctima.” En una extensa entrevista que Sara le da a un corresponsal local de la BBC Mundo, ella cuenta cómo su padre la obligaba a lavarle los pies y aprovechaba para tocarla en una zona genital, cuando la madre no miraba o no estaba en la casa. El otro crimen sexual del código penal en el año 2010 era la violación. Cuando Sara responde o explica por iniciativa propia que la enfurece el argumento de la fiscal sobre ese muy prolongado silencio, es decir, la total falta de denuncias durante 15 años, ella relata con lujo de detalles la ignominia que siendo una niña de 12 años la hizo sufrir el perito, en ocasión de su denuncia en aquella ocasión. Aún si se admite que fue así, que tal como ella lo describe en detalle, hubo una pésima e inhumana conducta de quien debería haber tratado con el cuidado necesario a quien fue víctima de ese abuso, la queja indignada que hace Sara sobre el pedido de denuncias por parte de la justicia parece insostenible:
“¡Por eso mi lucha de que el Estado no fue eficaz!; A nosotros nos caen porque no hubo más denuncias. Eso no es entender cómo es con un agresor que es tu propio padre. ¡Es como si te entrenara para el silencio! ¡Salió de la cárcel y lo primero que hizo fue irme a buscar al liceo. Y la Fiscalía me pregunta por qué no lo volví a denunciar, obviamente que no iba a volverlo a denunciar, mucho menos después del proceso que me hicieron pasar. No hubo una contención ni una reparación. Porque si no hay un papel que diga lo denunciaste, no te creen.” (Bichos de Ciudad, Canal 4, 26.04.26)
“¡Quedan invisibilizados todos esos años de violencia porque no hay un papel!” (Lado B, 13.04.2026)
“¡A las personas que denuncian les caemos con un speech de no hubo más denuncias!” (8AM, Canal 4, 13.04.2026)
“¡La víctima habla cuando puede y no cuando el sistema quiere!” (Esta boca es mía, Canal 12, 09.04.2026)
Expresiones semejantes, y el mismo sentimiento de rabia exhibe Sara en todos los programas y notas de prensa que observé y leí. Su actitud llama aún más la atención, porque ella cuenta con amargura cómo al salir de la cárcel, su padre volvió a asediarla y hasta intentó abusar sexualmente de ella : “Y ahí empezó todo de nuevo” (Lado B, 13.04.2026); “Realmente papá es una sombra! ¡Todos los años!” (Bichos de Ciudad, 26.04.2026); “Se dio una situación muy compleja despúes de que mi padre salió de prisión” (8AM, 13.04.2026). Los ejemplos podrían multiplicarse al resto de los programas en que participó Sara. Pero lo que la joven reclama del Estado con tanta energía e indignación sólo puede concebirse en un aterrador mundo de ciencia ficción como el fabulado por Philip K. Dick en su relato “The Minority Report” (1956, Sentencia Previa en español). Su protagonista es un hombre llamado John Anderton, quien inventó el ‘Precrimen,’ un método penal que se vale de tres seres mutantes (precogs) para detener a asesinos antes de que ellos lleven a cabo su crimen.
En ausencia de denuncias de Sara o de su familia, que es el único modo legítimo para que ocurra la intervención del sistema de justicia estatal, que es falible como todo lo humano, ¿cómo podría haber intervenido la ley en contra de su padre? Eso sería posible, sólo si creemos en un Estado clarividente, es decir, capaz de actuar como un “precog”, tal como ocurre en el cuento de P. K. Dick. No imagino otro modo de reemplazar la dura evidencia de la denuncia que la imposible omnisciencia de la justicia. En consecuencia, ¿cómo justificar entonces la invocación a que se aplique la norma que solicitan los abogados de Moisés, esa por la que clama su hermana, a saber, el Artículo 36 del Código penal? Uno de los requisitos legales para eximir a quien asesinó a su propio padre de la pena establecida para el parricidio es la existencia de denuncias recientes, de reclamos hechos ante la ley que dejen constancia de “violencia sostenida o abusos prolongados por parte de la víctima”, en este caso del padre. Esa clase de documentación o registro no existió desde 2010 hasta la fecha de la muerte del hombre, en mayo de 2025.
Como al pasar, en el programa Lado B (13.04.26), Sara afirma sentir gran pena por el hondo sentimiento de culpa que debe estar sintiendo su madre: “porque mamá declaró que era un buen padre.” Salvo que imaginemos un mundo en el que se pueda anticipar el crimen, no necesariamente para castigarlo, pero sí para conocerlo, la furia exhibida por Sara a causa de esa exigencia de la ley notoriamente no constituye un argumento válido. Por ese motivo, lo más llamativo es la reacción de los periodistas que la entrevistan: ninguno le dice que su pretensión de que el Estado hubiese actuado de oficio, digamos, sin que hubiese un motivo – una denuncia por violencia física o sexual – en todos esos años en que, según el propio testimonio de Sara, su padre reincidió al menos en su voluntad criminal contra ella – no es viable, no es factible porque falta algo esencial, lo fáctico. Pero ese detalle no parece afectar en lo más mínimo el ánimo y el enfático juicio de apoyo expresado por todos los medios en los que despliega su inusual talento para la comunicación verbal y no verbal la joven Sara Martínez.
No obstante, como procuro mostrar a continuación, en los testimonios que da Sara hay lo que un investigador brasileño (Sarmento, 2026, comunicación personal) llamó “la estilización de la sinceridad”, en referencia a los videos confesionales en diversas plataformas de internet: “Aunque no exista la falsificación en un sentido estricto, hay una escena que se construye para ser percibida como ‘real’ y, al mismo tiempo, para que dé buenos resultados en el feed.” Su estrategia consigue con creces su cometido público, es decir, un efecto espectacular que se puede observar en la persona de cada periodista o conductor televisivo, radial o de prensa que habla con Sara. Gracias a poder situarse en un muy visible y elevado lugar discursivo, Sara logra instalar en la opinión pública la demanda por lo que cabe describir como una ideología punitiva más-que-bukeliana y/o la eugenesia social. Esa visión extrema del castigo al que viola la ley absolvería al que asesine a quien transgreda, por ejemplo, el deber paterno o conyugal, ya que el padre de Sara también castigaba salvajemente a su esposa, según ella testimonia en algunos de esos programas emitidos en marzo y abril de 2026. Puede entenderse la convicción de inocencia y el airado reclamo de justicia de Sara en contra de lo argumentado por la fiscal y por la jueza, si aceptamos la tesis de Black (1983) sobre el motivo de la mayoría de los homicidios:
“Un tipo de control social se conoce como ‘autoayuda’ (self-help): la expresión de un agravio mediante una agresión unilateral, como la violencia física o la destrucción de bienes. En cierto sentido, la conducta considerada criminal suele ser todo lo contrario. Lejos de ser una violación intencional de una prohibición, gran parte del crimen es moralista e implica la búsqueda de justicia. Es un modo de gestión de conflictos, posiblemente una forma de castigo, incluso la pena capital. Visto en relación con la ley, es autoayuda.”
Pero lo central de mi planteo es que tanto o incluso más que lo que Sara expone en cada oportunidad mediática que le ofrecen, importa lo que ella pone en escena mediante su voz, sus gestos, su mirada; son sus signos corporales los que cautivan a todos sus interlocutores mediáticos. Este resultado pone de manifiesto una notable vulnerabilidad de esa institución a la seducción para apoyar y difundir una perturbadora ideología: la pena de muerte por mano propia. La performance de la joven lleva a su más alta expresión un fenómeno que postula un estudioso del orden de interacción, el ámbito donde nos comunicamos con otros cara a cara, o, actualmente, a través de internet:
“Y lo que los oyentes están obligados a hacer, ante todo, es mostrar algún tipo de aprecio en tanto audiencia. Se los anima no a actuar, sino a exhibir signos de que han sido conmovidos. Por lo tanto, una retransmisión [replaying] será, de hecho, algo en lo que los oyentes podrán involucrarse empáticamente, reviviendo de manera vicaria lo que ocurrió. A menudo, lo que los que hablan se proponen hacer no es proporcionar información a un destinatario, sino presentar dramatizaciones a una audiencia. En efecto, parece que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo no dedicados a dar información, sino a ofrecer espectáculos.” (Goffman, 1986, pp. 503-508 – énfasis agregado, F.A.)
Eso es exactamente lo que ocurre en cada presentación mediática de Sara. El modo en que ella brinda una y otra vez su relato del sufrimiento vivido a sus interlocutores televisivos o de prensa los cautiva. Sin excepción, ellos quedan literalmente cautivos – o al menos lo escenifican para su público – en esa reiteración narrativa realizada con una gracia única, excepcional. Es un impacto que los lleva a pronunciarse, sin decirlo del todo o casi, a favor de la justicia por mano propia, de la ley del talión, del antiguo principio de ojo por ojo. Y además, apoyan de modo unánime la exigencia de que ahora actúe por fin la justicia, no la divina ni la estatal, sino la moral, que deja fijos para siempre el rol de victimario unido o fusionado al padre sádico, y el rol de víctima eternamente unido a los sufridos integrantes de su familia, sin considerar el acto homicida que cometió uno de ellos.
En los medios de comunicación, hay apenas un par de excepciones a la casi explícita apología del asesinato y de la perspectiva de género relacionadas con el caso Moisés en los medios tradicionales, lo segundo ocurre mediante la reivindicación de la víctima, de sus argumentos, por inconsistentes o contradictorios que parezcan. Sin embargo, la postura crítica sobre el caso ocurre de modo marginal, en escritos que no cuentan con el impacto masivo de la televisión o de la radio. Ambos textos se publican sólo en internet: una columna de H. Sarthou, “Moisés y el FMF” (23.04.2026) y otra de S. Giachero “Andrea Tuana, el caso Moisés y la fábrica del relato” (2.05.2026). Jay un tercer caso del enfoque crítico del caso Moisés que no podría describirse como marginal, a causa de la notable dimensión de público en su canal de YouTube: cuando escribo este ensayo, la emisión de Todo se sabe (30.04.2026) titulada “Lo que no se sabe del caso Moisés” registra 306.000 vistas, ese es el número de personas que al menos entraron allí para ver y oír una parte o la totalidad de un trabajo mejor o peor, cada uno lo podrá juzgar, de investigación periodística. Para entender esa magnitud a nivel de público local, basta con pensar que el programa con mayor rating de la televisión nacional, Subrayado, el informativo central de Canal 10, tiene 15 puntos de rating, es decir, entre 180.000 y 200.000 televidentes. En esa edición de Todo se Sabe, Ignacio Álvarez y su equipo se dedicaron a estudiar el caso Moisés mediante una veintena de testimonios de vecinos, de una expareja del muerto y de un miembro de la familia de la víctima. Los datos que aporta esa emisión oscurecen de modo considerable la imagen casi angelical del joven parricida, e incluso suscitan dudas sobre su motivación para el crimen, y también aporta información sobre el duradero vínculo afectivo que unía a la hija mayor, Ana, con su padre, si nos atenemos a los textos y llamadas que ella envió antes de su muerte. Considero sintomático que los medios de comunicación con mayor poder institucional se vuelquen de modo fervoroso hacia la defensa de la “justicia de autoayuda” (Black 1983), es decir, del crimen moralizador como forma de control social, y también su apoyo enfático y unánime de la perspectiva de género, incluso si implica recurrir al homicidio del ofensor.
La emisión del programa radial En Perspectiva del día 13 de abril de 2026 se ubica en un terreno que ni es crítico del caso, como los tres antes mencionados, ni tampoco apologético, como los que analizo a continuación. Un dicho de la entrevistada ese día, la fiscal Sabrina Flores, sirve de título para el registro que el programa sube a YouTube: “Aunque la víctima fue una mala persona, no es justo cómo terminó su vida.” En la entrevista, también oficia de argumento jurídico sustancial contrario a los dichos y gestos que lleva Sara a todos los programas adonde fue invitada a exponer el caso. De nuevo, no pretendo en absoluto zanjar algo tan oscuro como las circunstancias verdaderas del crimen cometido el 25 de mayo de 2025 por Moisés Martínez contra su propio padre. Pero creo útil extraer lo más sustancial de las razones jurídicas que sustentan el veredicto emitido por la jueza M. N. Odriozola – 12 años de condena – antes de exponer lo expresado con singular y persuasiva vehemencia por la principal defensora mediática de quien cometió parricidio, su hermana menor.
En la entrevista, la fiscal del caso afirmó que “pasaron 15 años en los que no convivieron y no hubo una sola denuncia contra la víctima. Tampoco en el juicio se relataron hechos de violencia en estos 15 años.” De ser verdaderos estos dichos, no hay otra forma de interpretar el asesinato del padre de Moisés que como un acto de retaliación, una venganza por lo que podemos presumir que fue el real y terrible sufrimiento ocasionado por ese hombre durante la infancia y adolescencia de sus hijos, y de su entonces esposa. Se emite un audio de la declaración de Sara sobre cómo su vida fue trastocada por la crueldad paterna: “es como si te entrenara para el silencio, vivimos a la sombra de papá.” Alude así Sara a la notoria y problemática ausencia de denuncias mencionada por la fiscal. La Dra. Flores acepta sin más que “el sistema de 2010 nunca fue amigable con las víctimas” y agrega que era “muy perverso y duro con las víctimas, más cuando son niños.” Su comentario corrobora la denuncia de Sara sobre el indecente trato que le propinó el perito cuando, a los 12 años, ella denunció el abuso sexual al que la sometía su padre. A pesar de ello, y de la obvia presión de la opinión pública en este caso, sumada a la perspectiva de género que lo rodea, la fiscal Flores no se amilana y respalda la dimensión legal de la justicia que fue impartida: “Pasaron 15 años sin que haya denuncia y un buen día lo mataron de 14 disparos por la espalda. Esto no puede quedar impune. La víctima puede ser buena o mala, pero tenía derecho a vivir.” Su postura resume la posición de la justicia, no la de autoayuda, que estudia Black (1983), esa que procura vengar moralmente una afrenta o agravio, sino la que procede del sistema estatal. Eso no implica, por supuesto, que el sistema judicial sea hoy infalible, pero la alternativa es ominosa, conlleva el acto de tomar la ley en mano propia, de actuar como juez y verdugo ante quien nos agravia.
A continuación presento una serie de las frases más representativas de lo que Sara dice y expresa con su cuerpo en algunos de sus largos y numerosos encuentros con la televisión y la prensa.
Periodistas al borde de un ataque de empatía afín al crimen
En el programa matinal 8AM de Canal 4 (13.04.2026), hacia el final de la extensa entrevista a Sara, una periodista de los tres allí presentes le pregunta: “¿Tu padre era violento para el afuera?” Ella le explica que quiere saber si él se portaba tan mal, si podría haberlo denunciado alguien de ese entorno, es decir, si había más “vecinos que pueden acreditar.” Y con voz serena, como quien dice algo muy razonable, la periodista le dice a Sara: “¡Porque esa persona era un horror, horrible lo que hacía, esta persona no merecía vivir!” Y acota, al darse cuenta de la gravedad de lo que acaba de afirmar: “Me hago cargo de lo que digo.”

No es común que desde un medio masivo cuyo público objetivo es todo aquel que de mañana aún se encuentre en su casa, digamos niños, jóvenes y adultos que no han ido a trabajar o estudiar, se nos diga con firmeza que es algo lícito, incluso una buena idea, asesinar a quien tiene un comportamiento aberrante como el que tenía el padre de Sara. Aparentemente, a los conductores de esa emisión no les pareció suficiente poner de manifiesto una actitud de empatía solidaria con la víctima que fue la joven, y según ella también su hermana mayor y su hermano, como la exhiben todos los programas que pude observar.
Para enaltecer aún más la figura testimonial y escénicamente excepcional de Sara, otro de los periodistas de 8AM, le hace una pregunta por demás insólita pero cuyo cometido es claro, busca convertir a la joven en lo que Aristóteles describe como el phrónimos, alguien que encarna la prudencia, la sensatez en sus juicios. Con ternura él hombre le dice “¿Qué podés transmitir? ¿Qué consejo podés decir a cantidad de gente que seguramente está pasando por lo mismo? No te digo tips, porque queda horrible, qué les transmitís a esas personas?” Pero el periodista ya lo dijo, nunca se puede retirar lo dicho: le pidió a quien exige al Estado dejar de importunarlos con su desubicado pedido de evidencia del crimen cometido por su padre a lo largo del tiempo, es decir, las denuncias ausentes por una década y media, que como si fuera una eficaz influencer le proporcione “tips” a la amable audiencia.

Sin dudarlo un instante, cómoda y visiblemente instalada en el prestigioso rol de la prudencia, Sara responde con una amplia y satisfecha sonrisa:
“Primero, que a raíz de esta situación me han escrito muchísimas personas, que se han animado a denunciar, a raíz de esto que pasó. Pero siento que esto tiene que marcar un precedente y un parate, porque tenemos un Estado que está siendo omiso, y no el gobierno de turno.”
Sin la presencia angelical de Sara, sin su convincente alocución de estilo evangélico, tendríamos que aceptar, como lo hacen alegremente los conductores del matinal programa 8AM, que ese “parate” en la respuesta de la joven es un eufemismo para hablar del asesinato de su padre. Se trata de una idea que ella reitera sin prurito alguno en sus entrevistas: “Hay una faceta de Moi que nadie conoce y es que es un amor como hermano, como papá. Pudo romper ese círculo de violencia que era nuestro padre” (El País, 09.04.2026); “Moisés pudo romper el ciclo de violencia que papá venía reproduciendo.” (VTV Noticias, 13.04.2026). Cuando ella hace esta afirmación, sus interlocutores no reaccionan como si entendieran lo que Sara ésta diciendo, es decir, que para terminar con la crueldad paterna el modo elegido y sino apoyado sí aceptado por ella fue el parricidio, “la justicia de autoayuda” (Black, 1983), un crimen moralizador cuyo perpetrador concibe su acto de extrema violencia como justificado, inclusive como necesario para reparar un terrible agravio.
Como si de pronto, ella cayese en la cuenta de algo que los periodistas de 8AM no percibieron, Sara se apresura a agregar, siempre con gran dulzura, como si estuviese recomendanado un producto cosmético en TikTok:
“Porque yo aliento a denunciar, yo siempre digo, matar no está bien, pero hay que entender todo el contexto y por qué hubo ese desenlace, también que haya un respaldo, una protección a las personas que denuncian.”
Suena extraño ese aliento a quienes denuncian cuando proviene de alguien que reclama todo el tiempo el consentimiento jurídico de la total falta de denuncias de parte de su familia durante 15 años. Dicha ausencia es aún más difícil de comprender, cuando Sara cuenta, en otros programas, que su padre, tras su temprana liberación, intentó abusar de ella y también de la hermana mayor, Ana. Por otra parte, lo que atestiguan Mercedes, la madre de Sara, y Ana es que un aspecto central del motivo del acto homicida de Moisés fue el gran temor confesado por su madre el día previo al asesinato, a causa de un inminente viaje del padre al lugar donde ella reside, en el interior del país, para reclamar la tenencia de su hijo menor. Esa sería, sin duda, otra razón valedera para que la madre denunciara al padre de sus hijos.
Para cerrar el encuentro en 8AM, quien poco antes respaldó el asesinato del hombre que infringió su deber paterno, le pregunta a Sara, para que ella pueda anunciarlo, si “habrá una marcha”: “¿van a hacer algo para poder visualizar más, más allá de que valoramos un montón que vengas al programa, hay posibilidad de que la sociedad apoye a Moisés para que salga de la cárcel?” Su interrogante es obviamente retórica, pues tiene como fin el permitir no sólo que Sara la publicite allí, pero también sirve para que desde ese programa se justifique el parricidio, que, en tanto crimen moralizador, según la tesis de Black (1983), es un claro ejemplo de “justicia de autoayuda”, sea que se lo planifique o no, se lo cometa fríamente o en un arrebato de furia; siempre es un acto moralizador. Esos signos públicos y poderosos de la televisión sacralizan el crimen cometido como una forma válida de venganza, de justicia por mano propia.
Tan poderosa es esta noción del crimen como “control social” que en el programa de TV Ciudad Lado B, la directora de la ONG El paso, Tuana, quien acompañó a Sara en esa oportunidad, afirmó algo sobre el caso Moisés que contradice de modo flagrante el principio mismo que debería sustentar esa asociación civil, según ella misma la describe: “Yo creo que esto movilizó mucho y es importante que las organizaciones que defendemos derechos humanos estemos cerca para las distintas cosas, movilizaciones…” No hay duda de que lo defendido por su organización es selectivo, pues deja afuera de su esfera de aplicación el derecho a la vida del padre de Sara, por muy despreciable que haya sido su conducta como padre y esposo. Debería entonces esta ONG dejar en claro en sus principios que defiende derechos humanos, pero aboga por la pena de muerte para quien los viole, en especial si eso tiene lugar mediante la justicia de autoayuda, tal como ocurrió en el caso Moisés.

Uno de los apoyos emocionales más encendidos de la carencia de otra denuncia en los 15 años posteriores a la primera que hizo Sara cuando tenía 12 años, lo recibe ella de Victoria Rodríguez, la conductora del programa Esta Boca es mía (Canal 12, 09.04.2026): “¡Por qué no hubo varias!” exclama con fervorosa indignación sobre lo que considera un improcedente pedido de la fiscal y la jueza de más denuncias, algo que explicó ese día con gran desenvoltura Sara. Como si tuviera algún tipo de formación jurídica, la periodista marcó de ese modo la posición oficial, en un género televisual, cabe destacar, en el que la regla es el desacuerdo, aún si cuidadosamente medido y controlado, para no sobresaltar a la audiencia de la tarde.

No creo exagerar si afirmo que en esa emisión, Sara dio una clase casi sin interrupción alguna de los cuatro integrantes de ese panel cotidiano, cuya misión es criticar, debatir y en especial oponerse al invitado, pero siempre intervenir con bríos todo lo posible. Eso no ocurre ese día, a pesar de que una de esas personas es abogada. Las intervenciones de los panelistas son mínimas, en algún caso inexistente. Parece que todo el tiempo dedicado a la exposición didáctica que hace la joven fuera insuficiente. Y la conductora Victoria Rodríguez es quien lidera esa postura: “¡La autocrítica tiene que existir, y no está presente!” dice con furia en el rol de fiscal de fiscales, más que de animadora de ese programa, al lanzar una nueva acusación contra el sistema que imparte justicia en el país. La casi totalidad de furiosos comentarios en contra de la justicia del país en ese canal de YouTube demuestra que así lo comprendieron los que vieron esa emisión.
La actitud de militancia ferviente de ese programa de la tarde en Canal 12 es sólo igualada, o quizás superada por otro ubicado en el mismo horario, pero que emite TV Ciudad. La conductora de Ciudad Viva (23.03.2026), Tania Tabárez, la toma de la mano, y al final de la larga entrevista, le dice a Sara, quien acudió con su madre esa vez, pero nuevamente ella fue la voz cantante: “Como canal estamos muy agradecidos de la presencia valiente de ustedes acá, y les deseamos lo mejor, que haya un poco de justicia, sobre todo con vos, Sara. ¡Creo que te dejamos sola, y en algún momento ojalá el país te acompañe!”

Lo que sucedió antes de la emotiva despedida fue otra clase magistral de la joven Sara. Cito ahora algunas de las expresiones que motivaron ese adiós conmovido, además de haber recibido el enfático apoyo durante toda la entrevista de la conductora de Ciudad Viva ese día. Un punto alto de su exposición ocurrió cuando Sara reivindicó el homicidio cometido por su hermano como un acto imprescindible para que ella por fin pudiese disfrutar de paz en su vida. Se debe prestar mucha atención a la conjunción adversativa que ella emplea, el ‘pero’ que sigue a su mención positiva de la prohibición de matar:
“A mí, si bien yo digo matar no está bien, pero necesitamos un estado que nos respalde, que hoy [solloza] ¡puedo caminar por la calle tranquila gracias a él! ¡Y es horrible decirlo así, porque tendría que haber sido el Estado que nos proteja, y no nos protegió! ¡Y que te amamos un montón [emocionada]!”
Tal como lo hizo en otras entrevistas, en la de Ciudad Viva, Sara aprovecha para fortificar de modo explícito, además de lo que ya manifiesta su presencia en ese canal, el valor social del medio en el cual fue a dar su testimonio:
“Lo último que quiero decir es que en la cárcel hay tele, así que Moisés estás viendo esto, decirte que te amamos mucho, que vos sos un sobreviviente y que la pericia explica lo que pasó, no sos un criminal.”
Si él no es un criminal, como aseguró Sara, entonces Moisés encarnaría al ‘matador’ de la canción, es la persona a la que la familia entera le encomendó ese crimen, para liberarla para siempre de la presencia funesta del padre. El mensaje de Sara aporta además un ingrediente importante al debate sobre la vigencia decreciente de los medios de comunicación tradicionales. Quizás, con gran tino, Sara se dio cuenta de que su objetivo ideológico, el de promover la justicia de autoayuda, el homicidio moralizador, encuentra en un medio masivo, generalista como la televisión un dispositivo por demás adecuado. Programas como Ciudad Viva de TV Ciudad, con varios y diversos espacios de información, desde el entretenimiento hasta la crónica roja, más aún cuando flamea la perspectiva de género, son vehículos ideales para instalar esa funesta idea en la sociedad. Muy diferente resultado obtendría, creo, un político que lanzara una campaña para legislar la pena de muerte para casos como el del padre de Sara. Lo que su testimonio consigue es una visión unánime y enfervorizada de adhesión a la justicia por mano propia, si está involucrado un crimen como el acoso sexual o la violencia de género, o ambos.
El anuncio del conductor de Bichos de Ciudad (Canal 4, 26.04.2026) presenta el caso Moisés como si fuera el estreno de un nuevo film de suspenso, o de terror doméstico en una plataforma de streaming: “¡Una de ellas sufrió al menos 60 violaciones de su padre!” Y por si el televidente aún no entendió lo espeluznante que verá y oirá ese día, agrega: “¡Testimonios desgarradores que explican esta historia de película.” Aunque entrevista a las dos hermanas, al hijo menor, Ezequiel, y a la madre, como era de esperar quien aporta la performance más potente es Sara.

Tras contarle al conductor cómo ella fue sometida a una gran humillación por parte del perito, por su denuncia de 2010, Sara afirma: “Por eso mi lucha de que el Estado no fue eficaz!” Ella se presenta como una luchadora y es mirada como tal en ese ámbito. Luego evoca el momento en el que le preguntó a la madre por qué sólo fue condenado a tres años de cárcel, y ella le dijo “porque la jueza vio que él estaba arrepentido, porque lloraba”. Así llega un momento de gran histrionismo en ese programa, cuando Sara protesta: “¡Pero cada vez que abusaba de mí lloraba! ¡Entonces las lágrimas de él sí valieron pero las mías no!”

Lo que sigue es su recurrente amarga queja por lo que ella considera un injusto pedido de denuncias de fiscalía tras la hecha por ella en 2010, para poder eximir al hermano de su crimen parricida:
“De hecho, la jueza en la sentencia dijo que no hubo más denuncias que la de 2010, y Fiscalía entiende que él ya pagó esa deuda que tenía. Fue la palabra que utilizó, y como no hubo más denuncias, estamos hablando de hechos aislados.”
Junto a esa declaración llega otro momento histriónico notable, que impide ver la mezcla de argumentos de la entrevistada, a saber, el hecho irrefutable de ese extenso silencio de toda la familia, con el comentario sobre la pena ya cumplida por el padre, algo también imposible de negar:

La cultura de la muerte que construye la máquina mediática
Quien leyó hasta aquí mi ensayo, quizás se pregunte por qué dejé tantos elementos fuera de la reflexión sobre “el caso Moisés”. Por ejemplo, los detalles de naturaleza forense sobre el modo en que fue ultimado el padre, algo que fue rebatido con energía por Sara, la conducta problemática del hijo hacia su padre, según lo investigado por el programa Todo se Sabe, y mucho más que no forma parte de este abordaje.
Mi interés, como lo dije al inicio, no es llegar a un veredicto de culpabilidad o de inocencia de quien ultimó a su padre, según su propia confesión. Tampoco me ocupo de si debe o no aplicarse la norma jurídica que, de modo excepcional, suprime la pena cuando se cumplen ciertas condiciones que vuelven al victimario una víctima en el momento del homicidio. El objetivo de estas páginas fue detenerme a observar el significado del testimonio mediático literalmente espectacular de la muy seductora hermana menor, de Sara, quien como niña fue víctima del comportamiento perverso de su padre. La semiótica postula que el significado de todo signo debe buscarse en las consecuencias posibles y reales que su existencia genera, lo que designa con el término de ‘interpretante’, a saber, el signo que genera la palabra, la gestualidad, la mirada, en fin todo lo que pone en escena, a través de esa “estilización de la sinceridad” (Sarmiento, 2026) que despliega la joven Sara Martínez en los muchos espacios televisivos que ocupa de modo protagónico y memorable en los meses de marzo y abril de 2026. En cada aparición televisiva, Sara logra una adhesión sorprendente de sus interlocutores, y en algún caso, como vimos, esa reacción es la explícita adhesión al asesinato del padre, por su pésima conducta.
Freud propone el término de ‘siniestro’, en alemán ‘das Unheimliche’, en 1919, para describir algo desacomodador o extraño que se manifiesta en lo que es más familiar, más conocido. Un ejemplo espléndido lo encontramos en el cuento de Horacio Quiroga “El almohadón de plumas” (1907). La muerte que asedia a la protagonista se ubica en un implemento tan inofensivo y destinado al buen descanso como la almohada de la infeliz Alicia. Tras su inexplicable muerte, su esposo horrorizado descubre allí un ser monstruoso, hinchado con la sangre de la mujer. Imposible no sentir algo inquietante ante el surgimiento en algo tan inofensivo de nuestra existencia cotidiana como lo es la televisión de algo enemigo de la vida.
Encuentro en la firme y unánime adhesión al acto de justicia de autoayuda cometido por Moisés Martínez de parte de todos los periodistas que entrevistan a su hermana Sara, un síntoma inequívoco del fortalecimiento mediático siniestro de una cultura de la muerte. Además del fantasma amenazante de una próxima pandemia, que volvería supuestamente a diezmar la población del planeta, de la “Ley del buen morir” o eutanasia, de una propuesta reciente de una legisladora del proyecto de “suicidio femicida” como nueva figura delictiva, irrumpe ahora el caso Moisés en las pantallas televisivas.
Lo siniestro es la generación de esos signos interpretantes, el significado que es sancionado, legitimado y transmitido por esos periodistas o conductores a partir del discurso seductor y persuasivo de Sara. Entonces, según esta lógica, el Estado ya no debería exigir denuncias de abuso sexual o de violencia física en el ámbito doméstico, cuando puede amparar o autorizar la justicia por mano propia o “justicia de autoayuda”. Esa es la conclusión inevitable que como una estela brillante deja atrás la presencia angelical y a la vez sabia, diestra en su argumentación de la joven hermana de Moisés. Si se organiza una marcha, si se accede a la presidencia del país, si hay un relato de horrible sufrimiento, para qué pedir más evidencias de ese maltrato funesto. Aceptar esa clase de pensamiento es ahondar la tenebrosa cultura de la muerte. Adherir a la negación del derecho humano a la vida de alguien capaz de las peores bajezas y abyectas prácticas en su casa, al abrigo de sus paredes, es no sólo aceptar la pena de muerte, sino además habilitar a quien se sienta justamente agraviado, ultrajado, a juzgar y ejecutar a quien lo ha victimizado de ese modo infame. Eso fue el espectáculo que vi desarrollarse en todos esos programas televisivos, sin que en ellos se expresara la menor duda sobre lo acertado de luchar por que se exima la pena, se absuelva de culpa a quien mató a su padre. En eso consiste la inquietante sensación de lo siniestro que, como el monstruo fantástico creado por Horario Quiroga en su relato, mata con sigilo, y en este caso, destruye el fundamento mismo de la justicia como entidad igualitaria capaz de juzgar lo que es lícito y lo que no lo es en nuestra humana existencia.
Referencias
Black, (1983). Crime as social control. American Sociological Review 48: 34-45.
Giachero, S. (2026). Andrea Tuana, el caso Moisés y la fábrica del relato. Contraviento (02.05.2026) https://contraviento.uy/2026/05/02/andrea-tuana-el-caso-moises-y-la-fabrica-del-relato/
Goffman, E. (1986). Frame Analysis. An Essay on the Organization of Experience. Boston: Northeastern University Press.
Oropeza, V. (2026). “Mi padre me pedía perdón y me daba un alfajor después de abusar de mí»: el testimonio de Sara Martínez, la hermana del joven uruguayo condenado por matar a su padre.” BBC Mundo. (29.04.2026) https://www.bbc.com/mundo/articles/czx2lldz18xo
Pinker, S. (2011). The better angels of our nature. Why violence has declined. New York: Viking.
Programas de television y radio en los que apareció o se habló del caso Moisés:
8AM. “La historia de Sara Martínez, la hermana de Moisés” (título elegido para YouTube) Canal 4, 13.04.2026 (4616 vistas) https://www.youtube.com/watch?v=RUW3P4HduOc&t=143s
Bichos de la Ciudad “Caso Moisés. La historia de la familia” (título elegido para YouTube) Canal 4, 26.04.2026 (5100 vistas) https://www.youtube.com/watch?v=2eP2fuqpmIE
Ciudad Viva TV Ciudad, 23.03.2026 (1500 vistas)https://www.youtube.com/watch?v=mq-5yTgU30w
En Perspectiva Entrevista a la fiscal Dra Sabrina Flores. “Caso de Moisés: ‘Aunque la víctima fue una mala persona, no es justo cómo terminó su vida’ (título elegido para YouTube) (10.135 vistas) https://www.youtube.com/watch?v=s9-jKc6OKKA
Esta Boca es Mía. “Sara Martínez: ‘Un padre que abusa deja de ser tu padre para convertirse en tu agresor’” (título elegido para YouTube) Canal 12. 09.04.2026 (44.873 vistas): https://www.youtube.com/watch?v=0bcnJ24s3Y4
Lado B. “Hermana de Moisés Martínez: ‘Me violentaron de forma tremenda; la cara del perito me quedó grabada’” TV Ciudad, 13.04.2026 (7.945 vistas) https://www.youtube.com/watch?v=osjN5twoh8E
Todo se Sabe. “Lo que no se sabe del caso Moisés” 30.04.2026 (306.109 vistas) https://www.youtube.com/live/WzjAB_9MvFI?t=3514s
VTV Noticias Edición Central, “Sara Martínez, entrevista completa: ‘La fiscal miente’ (título elegido para YouTube) VTV, 13/04/2026 (9800 vistas) https://www.youtube.com/watch?v=3oz6ZynD2hI
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Giachero, S. (2026). Andrea Tuana, el caso Moisés y la fábrica del relato. Contraviento (02.05.2026) https://contraviento.uy/2026/05/02/andrea-tuana-el-caso-moises-y-la-fabrica-del-relato/
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En Perspectiva Entrevista a la fiscal Dra Sabrina Flores. “Caso de Moisés: ‘Aunque la víctima fue una mala persona, no es justo cómo terminó su vida’ (título elegido para YouTube) (10.135 vistas) https://www.youtube.com/watch?v=s9-jKc6OKKA
Esta Boca es Mía. “Sara Martínez: ‘Un padre que abusa deja de ser tu padre para convertirse en tu agresor’” (título elegido para YouTube) Canal 12. 09.04.2026 (44.873 vistas): https://www.youtube.com/watch?v=0bcnJ24s3Y4
Lado B. “Hermana de Moisés Martínez: ‘Me violentaron de forma tremenda; la cara del perito me quedó grabada’” TV Ciudad, 13.04.2026 (7.945 vistas) https://www.youtube.com/watch?v=osjN5twoh8E
Todo se Sabe. “Lo que no se sabe del caso Moisés” 30.04.2026 (306.109 vistas) https://www.youtube.com/live/WzjAB_9MvFI?t=3514s
VTV Noticias Edición Central, “Sara Martínez, entrevista completa: ‘La fiscal miente’ (título elegido para YouTube) VTV, 13/04/2026 (9800 vistas) https://www.youtube.com/watch?v=3oz6ZynD2hI

