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El paquete de “ideas prestigiosas” que están detrás del globalismo parecen necesitar ser vendidas como una voz unánime y homogénea, avalada por la “Ciencia” y los organismos internacionales, y, a la vez, reclama un alto nivel de censura de las ideas divergentes. En todos los casos, sus “temas fetiche” son llevados por la prensa globalista a la dualidad más absurda y extrema, donde de cuestiones complejas que merecen un abordaje cauteloso y serio – el ejemplo del clima es ilustrativo- se construyen eslóganes simplistas y maniqueos,  a partir de un bombardeo retórico plasmado por un conjunto bastante reconocible de medios de comunicación, redes sociales y organismos supra-gubernamentales. Estas «ideas prestigiosas» son el nuevo mecanismo de validación e identificación social de clase de las elites de los países centrales en Occidente. Este mayor protagonismo de las “creencias” en lugar de los “bienes” conjugan una serie de ideas y creencias “amigables” socialmente que dividen a los individuos de “buena conciencia” de los “indeseables”, que deben ser cancelados por la mala conciencia. La lista de procesos de censura es notoria, amplia y constante.

Por Diego Andrés Díaz

Hace unos días, se publicó en el diario El País una nota referida al derrumbe de un edificio en EE.UU. En un principio, existen por lo menos tres elementos que a simple vista que llaman la atención de cualquier lector: su título – Derrumbe en Miami, ¿la primera gran tragedia producto del cambio climático?– el origen de la misma – la GDA- y la liviandad con la cual sostiene cosas como esta: “…según expertos entrevistados por GDA y la prensa local, la causa puede haber sido una trágica combinación de terrenos movedizos, construcciones inadecuadas para la costa y leyes fallidas para atender los efectos del cambio climático…”

La relación causal planteada ya en el título de la nota parece extremadamente artificial, pero tiene la necesaria carga de terrorismo que caracteriza el perfil del “club del miedo” del Globalismo y de la ideología del centralismo político -tema central de esta época ya referido en numerosas ocasiones en la revista- que ha encontrado desde hace varias décadas en el sensacionalismo informativo un poderoso medio de introducir una serie de temáticas –agendas- donde el proceso deriva en una “unanimidad de opinión por saturación” al mejor estilo de un bombardeo militar. 

En una mimesis absoluta con otros “temas de agenda”, este modelo de propaganda se repite en métodos y perfiles: se instala un problema grave y apocalíptico, se plantea un consenso unánime sin fisuras sobre la naturaleza y origen del mismo, sus soluciones,  que emanan de la voz de alguna agencia global especializada o de instituciones sin la más mínima existencia ontológica -la “Ciencia”, el más utilizado-, y se vincula el problema a todos y cada uno de los aspectos existenciales de los ciudadanos. Se plantea, además, que cualquier persona que ose plantear el más mínimo reparo al respecto de tanta claridad y unanimidad en el diagnóstico y la cura del drama, es llevado al último de los círculos del infierno, vilipendiado y anatematizado, además de censurado por las redes del paraíso pietista en busca de su muerte civil.

Hay dos factores que parecen ser claves en todas estas campañas: su carácter global y la unanimidad absoluta que reclaman. En general, la enorme cantidad de voces -muchas divergentes entre sí- preocupadas con respecto a, en este caso, los problemas ambientales y climáticos, son presentadas como un bloque compacto, homogéneo, sin matices, donde todos deben repetir y aceptar el dogma completo ante el peligro de caer en el bloque de los “indeseables”, que son los que en última instancia no acatan el catecismo político que viene junto a la coartada ecológica. Pero no es interés de este artículo referirse a este punto -el debate sobre el cambio climático-, sino enfocarse en el modelo comunicacional y propagandístico que subyace a este tema y como se replica hasta el hartazgo en otras temáticas. 

La GDA -promotora de esta nota- es una organización de diarios de América Latina, que suele funcionar como replicador de un perfil editorial sumamente similar al que ostentan los grandes medios de comunicación del primer mundo, entre los que pueden citarse el New York Times, El WP, The Guardian, la BBC, Reuters, CNN, etc. En general, sus publicaciones son de una liviandad asombrosa, basados en una serie de eslóganes sin referencias documentales sólidas, ni análisis medianamente serios o profundos, donde se machaca insistentemente con el meta-mensaje y no con la información específica y sus elementos probatorios. En este ejemplo, la relación directa entre el derrumbe del edificio -del cual pesan investigaciones importantes sobre las causas de la tragedia, que son soslayadas- y el calentamiento global no es explicado en ningún punto, simplemente se blande como otro ejemplo probatorio de lo que vienen detrás de ese discurso: el origen del problema -el calentamiento global- y el programa político que lo utiliza de coartada: el modelo globalista, su centralismo político y la promoción de una burocracia global de perfil estatista-mercantilista. 

Más allá de estos elementos, no deja de ser interesante un análisis histórico-documental sobre el enfoque de los grandes medios globales con respecto a este tema: en el mismo, el problema -en este caso, los problemas ambientales y su impacto climático- tienen un rol absolutamente secundario. Lo central del enfoque radica es la sintonía con una praxis, un método de acción estratégica, y la pertenencia a distinto grado de lo que ya hemos referido antes en extramuros: ser parte del movimiento pietista progresista en sus diversas manifestaciones, con la idea mesiánica de construir el paraíso terrenal a través del Gran Gobierno.

El elemento central  del análisis que trataré de realizar no radica en los temas de fondo -aunque los mismos son relevantes en la medida que deben ostentar una potencialidad apocalíptica poderosa y urgente- sino en el estilo comunicacional que se desarrolla en la última mitad de siglo con respecto a los mismos. A principios de la década de 1970 la prensa influyente y los medios de comunicación afines al movimiento pietista empezaron a referirse muy insistentemente en una problemática ambiental, pero con un enfoque especialmente singular: existía un peligro latente de ribetes apocalípticos, pero el mismo estaba relacionado con la inminencia de la llegada de una nueva “Era del Hielo”.  En un artículo publicado en el Washington Post el 11 de enero de 1970, David Bolt señalaba la creciente problemática relacionada con el clima en estos términos: “…en una previsión meteorológica a largo plazo que dan los «climatólogos», la gente que estudia las tendencias meteorológicas a muy largo plazo (…) algunos de ellos dicen que el mundo está en una «ola de frío» que comenzó en 1950 y que podría durar cientos de años, incluso provocando el inicio de otra edad de hielo. (…) significaría más nieve, y más heladas árticas, como la que ahora está sufriendo Washington…”. 

El enfoque de preocupación por los efectos de esta supuesta nueva “Era del Hielo” va tomando lentamente causas antropológicas: el periódico The Day, tomando como fuente la agencia AP (Associated Press), en un artículo del 1° de noviembre de 1971 señalaba que “…la contaminación del aire puede causar otra edad de hielo, advierte un meteorólogo japonés, el Dr. Tadashi Yano. Dice que en los últimos 30 años las partículas de desecho en la atmósfera ya han bloqueado la luz solar lo suficiente como para que la temperatura media mundial baje casi un grado…”. Esta tónica informativa era bastante común a principios de los 70´s, y eran citados con frecuencia a “científicos” que corroboraban el fenómeno en ciernes, aun mezcla de inevitabilidad geológica y deliberada acción humana. El periódico The Free Lance-Star cita al profesor Hubert Lamb, director de investigación climática de la Universidad de East Anglia, que manifestaba que “…los últimos 20 años de este siglo serán progresivamente más fríos…”, en un perfil informativo cada vez más insistente en que este elemento significaría en breve tiempo un gran problema global. 

En un largo artículo publicado en el the Saturday Review sobre el tema en marzo de 1974, surgen lentamente las futuras consecuencias de esta nueva era del hielo, y la importancia de su abordaje global para enfrentarla. En un pasaje, su autor sostiene que “…el continuo crecimiento de la población puede poner a prueba nuestros recursos alimentarios incluso sin una marcada modificación del clima, pero un acortamiento de la temporada de cultivo en las latitudes templadas podría agravar fácilmente esta situación…”.  La revista Time, en junio del mismo año también se refería al tema señalando que este fenómeno climático tenía entre sus causas la acción humana: “…el hombre también puede ser responsable de la tendencia al enfriamiento. Reid A. Bryson de la Universidad de Wisconsin y otros climatólogos sugieren que el polvo y otras partículas liberadas a la atmósfera como resultado de la agricultura y la quema de combustible pueden estar bloqueando cada vez más la luz solar para que no llegue y caliente la superficie de la tierra…”, y que los efectos de este proceso “…podrían ser extremadamente graves, si no catastróficos…”. La cantidad de publicaciones en este sentido se extiende considerablemente a mediados de la década de 1970 en la prensa de Estados Unidos y Reino Unido, en una tónica similar. El “corresponsal científico” de The Guardian, Anthony Tucker, publicaba en enero de 1974 un artículo titulado Los satélites espaciales muestran la llegada de una nueva edad de hielo rápidamente, así como otros medios que señalaban que la evidencia científica era abrumadora y que no existía ya duda del advenimiento de una etapa de enfriamiento global general. Newsweek sostenía a mediados de la década que era evidente que la humanidad se enfrentaba a un desafío mayúsculo y que no se estaba haciendo lo necesario para enfrentarlo. En otro artículo reciente se cita la anterior publicación como un error que no amerita ni justifica su uso para cuestionar los peligros climáticos actuales. Este punto sería atendible si no buscara soslayar que el problema central del abordaje periodístico de estos temas -como en tantos otros- se encuentra en el uso político, no el enfoque científico de análisis preliminares de una realidad no del todo definida. 

A finales de la década la conclusión general con respecto al peligro de una nueva “era del hielo”, fruto de procesos climáticos naturales y la acción humana era presentada como absolutamente demostrada y unánime, y dentro de los peligros que se señalaban como más inminentes estaban la crisis alimentaria, energética,  y especialmente, la “sobrepoblación mundial” -un eterno invitado de los pietistas neomalthusianos para causar terror- y  la necesidad de acciones globales para enfrentarla. En este período, las voces que planteaban algún tipo de peligro con respecto a un posible aumento

de la temperatura global por acción humana eran generalmente poco publicitadas por estos medios. 

No están en absoluto claras las causas de fondo que llevaron a un drástico cambio en el manejo y enfoque de estos temas a nivel de la prensa a principios de la década de 1980. Un análisis del ambiente científico de la época no explica cabalmente el brusco cambio de enfoque en el tono general utilizado con respecto a los temas ambientales. Una de las primeras referencias al calentamiento global puede rastrearse en un artículo publicado el 22 de agosto de 1981 en el New York Times donde se habla de un proceso de calentamiento “sin precedentes”. El nuevo proceso climático advertido parecía tener ribetes avasallantes, como lo manifiesta este artículo que cita a Reuters y las Naciones Unidas como fuente y se advierte que, si no se toman medidas, «a finales de siglo se producirá una catástrofe medioambiental que supondrá una devastación tan completa e irreversible como cualquier holocausto nuclear». La prensa señalaba con bastante insistencia que los efectos devastadores se empezarían a observar en las siguientes décadas. Un ejemplo era la predicción que vaticinaba que para 2018 las Islas Maldivas simplemente desaparecerían en el Océano Índico resultado de la catástrofe climática. Como veremos, este tipo de vaticinio concluyente y apocalíptico será una tónica de la prensa y numerosos burócratas globales y políticos sin mayor evidencia científica que las respaldase con ese nivel de contundencia. 

Los “puntos de inflexión”

Uno de los procesos donde se evidencia con mayor nitidez el divorcio absoluto entre el debate científico sobre los desafíos climáticos y la narrativa política que manipula una parte de ellos y los utiliza como justificación programática, es la constante apelación a la existencia de “puntos de inflexión”, es decir, fechas especificas donde las consecuencias apocalípticas del cambio climático se harían presentes si no se aplicaba un paquete de acciones políticas concretas. Estos “puntos de inflexión”, verdadera gimnasia propagandística a partir de la última década del siglo XX, son constantes, innumerables y repetitivos en su estilística y tono alarmista. Es interesante repasar alguno de ellos. 

En general los puntos de inflexión plantean una serie de consecuencias catastróficas -sequías, falta de alimentos, hambrunas, y especialmente, crecida dramática del nivel del mar- y una batería de medidas para solucionarlo en donde siempre se hacen presente el indispensable cambio en la matriz energética, la necesidad de un mayor centralismo político y control social y económico, y el aumento constante de impuestos para financiar esto. En junio de 1989, AP compartía una nota de Peter Spielmann donde señalaba que “…un funcionario ambiental de la ONU dice que naciones enteras podrían desaparecer de la faz de la Tierra por el aumento del nivel del mar si la tendencia al calentamiento global no se revierte para el año 2000…”.  La lista de catástrofes profetizadas el fin del milenio eran lo suficientemente tangibles para desechar una advertencia de ese nivel: “…A medida que el calentamiento derrite los casquetes polares, los niveles del océano aumentarán hasta un metro, lo suficiente para cubrir las Maldivas y otras naciones insulares planas, dijo Brown a The Associated Press en una entrevista el miércoles. Las regiones costeras se inundarán; una sexta parte de Bangladesh podría inundarse, desplazando a una cuarta parte de sus 90 millones de habitantes. Una quinta parte de la tierra cultivable de Egipto en el delta del Nilo se inundaría, cortando su suministro de alimentos, según un estudio conjunto del PNUMA y la Agencia de Protección Ambiental de EE. UU…”

Para frenar el proceso, “…los gobiernos tienen una ventana de oportunidad de 10 años para resolver el efecto invernadero antes de que salga del control humano…”, y estos cambios debían realizarse “ahora o nunca”. Uno de los más entusiastas promotores de los discursos políticos sobre “puntos de inflexión” y fechas perentorias donde se desataría el apocalipsis fue el vicepresidente de los EE.UU., Al Gore. En una nota que escribió para el New York Timesen julio de 2007, señalaba que “…muchos científicos consideran que nos estamos acercando a varios «puntos de inflexión» que podrían -dentro de 10 años- hacer imposible que evitemos un daño irrecuperable a la habitabilidad del planeta para la civilización humana…”.

Gore recibiría en 2007 el Premio Nobel de la Paz por su activismo frente al cambio climático, premio globalista que parece representar la cucarda máxima para cualquier agente propagandístico del proyecto político del centralismo político. En 2018 plantearía que este “punto de inflexión” tenía una nueva fecha límite -en los siguientes 12 años- y que para cambiar esta nueva singladura de colisión global era necesario un billonario paquete de medidas gubernamentales. Es una constante sin fisuras que la solución estriba en que la burocracia global y  las empresas del “estado ampliado” -ya referidas en extramuros en un artículo anterior– tomen el timón del planeta y nos lleven a buen puerto.  El paralelismo entre el discurso apocalíptico y las soluciones centralizadas del globalismo que presentan por un lado el el uso político del calentamiento global, y la crisis sanitaria del Covid 19 son demasiado evidentes. Ya se están acoplando hace rato en un monocorde problema. 

Los “puntos de inflexión” como discurso político han variado en las fechas sugeridas considerablemente, dependiendo del momento propagandístico a analizar: The Guardian cita en 2007 a un “prestigioso panel de especialistas de la ONU” -los organismos de centralismo político global nunca faltan- para sostener “que quedan ocho años para evitar los peores efectos”. Este mismo medio de prensa se pregunta si será Bill Gates el que encabezará la lucha contra el cambio climático en un sugerente y jugosísimo artículo de 2015 donde se pondera su participación en la lucha contra la poliomielitis en la India a través de la promoción de vacunas, entre otros temas.

Según la “ciencia del clima” -una especie de ente utilizado como argumento por parte de esta prensa- el punto de inflexión era en 2014, 2019 para el burócrata global Ban Ki Moon en sus predicciones en el New York Times, o los 50 días que vaticinaba Gordon Brown en 2009, tiempo límite para frenar lo que sería la“…»catástrofe» de inundaciones, sequías y olas de calor asesinas si los líderes mundiales no llegan a un acuerdo…”. La lista de referencias en cierta prensa del primer mundo donde se citan a burócratas globales plantear fechas finales donde ya no existiría un mañana, es tan amplia y variada, que podría ocupar todo un artículo aparte, pero en los últimos años la tendencia ha sido a cierta divergencia entre el debate sobre el clima de los diferentes científicos dedicados al tema, y los mensajes de la burocracia global a través de ciertos medios de comunicación. En este sentido existe una mayor presencia del tema como “causa” de fondo relacionada a otras problemáticas presentes que se quieren referir, que van desde su impacto en la “desigualdad de género”,  el consumo de carnes y lácteos, hasta cuestiones tales como el uso de Bitcoin como causante de hasta el aumento de 2°C de la temperatura global o representar una de las causas del aumento del “extremismo político”.

En uno de los capítulos quizás más decadentes y patéticos de este manejo mediático y propagandístico por parte de los organismos globales y la prensa afín, surgió como líder mediática la activista Greta Thunberg: el intento de apalancamiento como interlocutor válido frente a estos temas junto a la promoción como candidata al Premio Nobel de la Paz,  chocan con su insistencia discursiva a plantearse como una especie de “moral universal” y pontificar sobre cada tema que emerge en el horizonte de la burocracia global. La ONU no ha dejado de promocionarla, cosechando exactamente lo contrario: un creciente desprestigio de la joven activista.

La élite global y un relato expansivo

El paquete de “ideas prestigiosas” que están detrás del globalismo parecen necesitar ser vendidas como una voz unánime y homogénea, avalada por la “Ciencia” y los organismos internacionales, y, a la vez, reclama un alto nivel de censura de las ideas divergentes. En todos los casos, sus “temas fetiche” son llevados por la prensa globalista a la dualidad más absurda y extrema, donde de cuestiones complejas que merecen un abordaje cauteloso y serio – el ejemplo del clima es ilustrativo- se construyen eslóganes simplistas y maniqueos,  a partir de un bombardeo retórico plasmado por un conjunto bastante reconocible de medios de comunicación, redes sociales y organismos supra-gubernamentales. 

Estas “ideas prestigiosas” son el nuevo mecanismo de validación e identificación social de clase de las elites de los países centrales en Occidente. Este mayor protagonismo de las “creencias” en lugar de los “bienes” conjugan una serie de ideas y creencias “amigables” socialmente que dividen a los individuos de “buena conciencia” de los “indeseables”, que deben ser cancelados por la mala conciencia. La lista de procesos de censura es notoria, amplia y constante.

Las últimas décadas han representado un excelente campo fértil para la expansión de estas prácticas de propaganda: la pandemia, así como otros temas -el calentamiento global- representan vehículos de promoción de un proyecto político donde éste se oculta detrás de la realidad e impacto de los fenómenos, para pasar gato por liebre. 


Referencias

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