MAURO BAPTISTA VEDIA / “Esta es la fuerza de la Ayahuasca al sonido del Espíritu Santo, de Dios. Trae el cambio a aquel que no tiene miedo de libertarse, trae la esperanza a quien está cansado de luchar, trae la victoria al humilde que supo difundir el amor, trae la certeza para aquel que sigue la intuición, trae amor para todos los seres, pues este es el principio de toda creación.”A inviolável pureza do ser» (Carlos Zubeck)

Para Paula

BRASIL

El día 06 de octubre de 2025 fui a una ceremonia de ayahuasca que conmemoraba los 15 años del grupo Munay, en una hermosa chacra en Campo Largo, región metropolitana de Curitiba. La conmemoración tenía lugar en el Centro Espiritual Céu do Despertar (Cielo del Despertar), que es liderado por el “padrino” Carlos Zubek, que a la vez es el cantante, compositor y líder del grupo Munay. El  grupo se presentó con nueve integrantes —guitarra acústica, mandolín, guitarra eléctrica, bajo, flautas, percusiones varias, acordeón. Abandonemos los datos objetivos, que me hacen acordar, con cariño, al Mauro de cuando trabajaba en la Agencia France Press en la calle Méjico, Centro de Rio de Janeiro y vamos a lo que interesa: el relato subjetivo, emocional y espiritual.
Esta es la crónica de aquel día, tal como lo recuerdo. Algunas evocaciones pueden estar algo más alteradas de lo normal, ya que proceden de una consciencia ampliada por haber ingerido dosis de ayahuasca, en cantidades pequeñas, dado el tono de fiesta y celebración del evento. Fui a esta ceremonia/recital después de dos años de intensas experiencias con enteógenos, fundamentalmente ayahuasca y algo de rapé, con la casi total abstinencia de alcohol y con unos ocasionales habanos semanales.
El grupo Munay hace una música que podría calificarse como Música Popular Brasileña (MPB), a la que yo le agregaría, provocativamente, la A de ayahuasquera: MPBA. Es un tipo de música que está en plena expansión en Brasil en los últimos veinte años, producto de la expansión de los rituales de ayahuasca, que hoy abarcan todas las regiones, todas las edades y todo el territorio brasileño. Hoy la ayahuasca, y los rituales originarios del Sagrado Daime, llegan a todas las clases sociales y a todos los públicos: clases bajas, medias y altas; gente de izquierda, de centro y de derecha; cristianos o agnósticos; gente de todas las edades y tipos.
La cantidad de público sobrepasó la capacidad del hermoso templo de madera circular del Céu do Despertar, que tiene una capacidad máxima de 60 personas. En pocos días hubo más de 150 inscriptos, para un ritual que costaba unos 30 o 40 dólares. Era un ritual que duraría, entre llegar y salir, entre 10 y 12 horas. Yo había pagado en Uruguay por un ritual algo en torno a 80 dólares; donde la la música y la ayahuasca fueron extraordinarias, pero gramática del ritual, y la infraestructura, precaria.

“Om Lakshmi, nutre mi vida, soy un cántaro de luz” Om Lashimi.

Una experiencia única

Lo que pasó en esta ceremonia de la banda Munay fue algo único en mi vida: solar, maravilloso, cósmico, extático, psicodélico. Todavía me cuesta definirlo con palabras y uso esas a falta de otras mejores. Para quien viene de tierras sufridas y de culturas melancólicas, como las uruguayas y rioplatenses, experimentar la felicidad y la espiritualidad brasileña al tope es algo muy fuerte, inesperado, hasta difícil. No fue mi primera experiencia espiritual extraordinaria; he tenido algunas más fuertes en el sentido de cambios y limpieza de karmas. Pero esta sí lo fue desde el punto de vista de una experiencia de celebración: la chacra y su naturaleza, hermosa, más la cantidad de personas y la estructura suelta, libre de una fiesta, de un cumpleaños, el espíritu cristiano y solidario de toda la gente, fueron factores determinantes.

“Yo navegaré en el océano del espíritu”, Eu navegarei.

¿Ritual, ceremonia, fiesta o show?

¿Aquello fue un ritual religioso? Sí lo fue. ¿Aquello fue una ceremonia ayahuasquera? Lo fue. ¿Ahora… fue una fiesta? ¿Un recital con pegada de rock? ¿Un evento neo-hippie? ¿Puede ser, si porque no? Fue una fiesta. La gente estaba feliz, cantaba, bailaba, circulaba por el pasto, se reía, se abrazaba, contemplaba el cielo. También fue un espectaculo: un recital de 15 años de celebración de un grupo con trayectoria sólida, muy buenas canciones, muy buenas letras, que tiene seguidores en todo Brasil y que ha empezado a tocar en el exterior. A su vez, era un evento muy familiar: había muchas parejas, gente con hijos, padres y madres con sus hijos, sobrinos o hasta nietos.

Carlos Zubek creó el grupo Munay con su mujer Patricia hace quince años; él define el grupo como una entidad, un organismo vivo. La banda transmite su experiencia de encuentro con Dios y la trascendencia dentro de una tradición ayahuasquera que remite al origen del Sagrado Daime y al Mestre Irineu, y que se entronca en la figura de Guideon de los Lakotas, una figura central en la expansión contemporánea de la ayahuasca en Brasil. Nacido en Minas Gerais como Emiliano Dias Linhares, adoptó el nombre espiritual de Gideon y construyó, a lo largo de los años, un linaje afectivo y ritual que marcó profundamente a decenas de líderes, músicos y facilitadores de ceremonias. Su trabajo combinaba elementos del Daime, del xamanismo brasileño y de una búsqueda personal intensa, muchas veces radical, que lo llevó a crear espacios de cura, retiros y centros destinados a la recuperación emocional y espiritual. Para muchos —incluido Carlão y el padrino Bruno del Ponto de Luz— Gideon fue un puente: un articulador entre la tradición del Mestre Irineu, la experiencia directa con la fuerza de la bebida y una visión más contemporánea de la espiritualidad.

“Deja al Cristo nacer en ti”, El despertar de Cristo (Munay)

El ritual

Éramos más de 180 participantes. La semana anterior llovió torrencialmente; Zubek y su familia alquilaron una tienda y montaron un escenario con buen sonido. El sábado salió el sol. Llegar a la chacra fue relativamente fácil; estacionar mi auto urbano en caminos de barro no tanto. La chacra tiene varias construcciones de madera hermosas y una boutique donde compré un repelente ecológico maravilloso.
La gente fue llegando a partir de las dos de la tarde: la ceremonia empezó a las cuatro. Carlao fue el conductor de la ceremonia. Hubo los llamados cuatro despachos, las dosis de ayahuasca. Las dosis eran pequeñas: 45 ml iniciales o menos. Cada cual elegía la cantidad que podía tomar. Aun así, casi todo el mundo tomó varias dosis, la mayoría unas tres.
La primera dosis suave me colocó en un estado de sensibilidad muy grande. Yo había pedido cura para algunos problemas físicos, menores pero complicados como todo problema físico, y esa cura sucedió. La primera dosis me puso en un estado de éxtasis y me trajo insights prácticos para aliviar ese mal que me aquejaba, para el cual todavía no tenía diagnóstico, porque básicamente no había ido todavía al médico.
La segunda dosis fue más profunda. En un momento de zozobra un colega me dijo: “ve al cruzeiro”. Fui al cruzeiro; eso me estabilizó. Después subí para hacer una limpieza, en otras palabras, fui al baño. El cruzeiro es la cruz del Daime, también conocida como Cruz de Cuernavaca, que presenta un eje vertical grande, en este caso una viga de madera marrón, bien grande, clavada en el piso, sobre una plataforma de cemento, y dos ejes horizontales. La horizontal representa la materia, los dos verticales la espiritualidad. La intención aquí es reforzar el compromiso con lo espiritual.
Durante la fiesta yo me movía por todas partes: soy inquieto, y la ayahuasca quema dolor, trauma y karma y me da mucha energía. La estructura de la fiesta me permitió circular. Fui a una hoguera: algunos meditaban mirando el fuego, otros estaban acostados en viajes profundos; otros de pie, calentándose. Me puse tan cerca del fuego que algunos pensaron que me iba a quemar.
Las canciones iban cambiando y con ellas el espíritu del ritual. Hubo momentos intimistas, silenciosos, de rock and roll y muchas canciones movidas. Recuerdo un momento particular: frente a la hoguera, me vino un sacudón de energía de rock and roll y movía mis manos al fuego como quien toca una batería de jazz, como si Stan Getz y John Bonham hubieran bajado en mi cuerpo. Trato aquí de transmitir cosas muchas veces incomunicables. Las experiencias místicas religiosas escapan las descripciones plenas.
Carlão mostró humor y explicó su paso del rock al Daime. Patricia, su esposa, líder y consteladora familiar, se emocionó al relatar las dificultades para mantener la continuidad de la banda y el espacio ritual; luego se reveló como gran cantante. La “vovó”, la madre de Carlao, con pelo blanco brillante, recibía a los visitantes con una positividad y alegría que contagiaban a todos en la boutique de la chacra.
Yo ya conocía las canciones de Munay por participar en rituales en el otro templo, el Ponto de Luz de la Madre Maria. Fui con buena expectativa y encontré varios colegas del Ponto de Luz: éramos unos 30, entre ellos el padrino Bruno y la madrina Sonia. El show duró casi cinco o seis horas. El grupo cantaba una hora, hora y media, y hacía un descanso de media hora. Hacia medianoche Carlos Zubeck dijo que necesitaba retirarse porque tenía los dedos completamente duros, tras seis horas de música. Además de Munay, hubo solistas muy interesantes e vimos inclusive un pedido de casamiento, con derecho a anillo y todo.


“Cuando abras tus ojos y despiertes
Conquistes el coraje de ser quien eres
Alejándote de la ilusión
Conocerás el camino de la perfección
Perdido en el mundo caminaste,
aun lejos de mí nada te faltó
Aguardé paciente tu despertar
Y hoy a la casa de tu padre volviste
Y te diste cuenta de todo mi amor
Tú eres como yo, soy tu creador
Por este encuentro eras y esperé
Te amo, mi hijo, y siempre te amaré”
Despertar Divino

Sobre el ego y el control

Un ambiente ritualistico de este tipo es difícil para quien como yo es un controlador y se ha ganado la vida con la escritura y la racionalidad, y ha sido director de cine, de teatro y escritor. En el teatro uno juega a ser Dios: controla tiempos, luces, ritmos. En el cine hay límites presupuestales que generan accidentes inevitables. En el teatro, con buenos presupuestos y elencos afines, la sensación de control puede ser casi total. En un texto escrito, todo es controlable, supuestamente. Soltarse en un ritual, abandonar el ego, sentir y dejar de pensar, los miedos, no es fácil. A veces uno es apoyado por un hermano espiritual mucho más sabio, que tiene un trabajo aparentemente más simple, que no se ha dedicado a construir una “obra”. Toda una lección a nuestro ego.
En el éxtasis a veces emergen recuerdos, de experiencias propias y de la cultura: imágenes de Woodstock, conciertos de Led Zeppelin que uno no vivió, jornadas de carnaval en Bahía en los años 90, tardes de forró en Porto Seguro. El ego y el raciocinio incesante siempre aparecen. Hay una neurosis del control, hay un pequeño Woody Allen o Philip Roth interno que intento combatir, hay un deseo de ser perfecto, correcto, bien intencionado, que me tortura desde muy chico: “¿Podré volver? ¿Podré manejar? ¿Podré ser responsable? ¿No voy a hacer papelones?” “No estoy molestando?” Al mismo tiempo, una energía bestial que este y otros rituales me muestran que no corresponden a mi edad biológica y que me hace acordar a mi padre, a mi abuelo paterno Ariel, a mi tío. Somos así, acéptalo, “sos así Mauro, no jodas más, no te exijas más, no seas tan duro contigo mismo.”

El Jesús interior

Las letras de Munay oscilan entre una visión orientalista y un cristianismo fuerte, místico, cósmico, ayahuasquero. Según la tradición del Santo Daime, creada por Mestre Irineu, se trata de encontrar el Jesús dentro de cada uno. Canciones como «Despertar Divino» o «O Despertar do Cristo» tematizan cómo encontrar ese Jesús interior. Las letras proponen no creer en la culpa ni en el pecado; aceptarse y reconocer que Dios está siempre protegiéndonos; que todos somos seres sagrados, únicos y divinos.

Las canciones tradicionales del Santo Daime son simples, estribillos para cantar en masa, estructuras fáciles. Las de Munay no: incorporan reminiscencias de Mutantes, pop, MPB, Beatles, Led Zeppelin, y a veces el frevo pernambucano; alternan intimidad y euforia; sus letras y músicas son trabajadas y cambiantes en armonía. Lo mismo se puede decir de sus letras, largas, complejas, donde muchas veces se cuenta una historia. Antes de empezar el concierto Carlão advirtió: “cuidado con la maracá”: tocarla sin conocimiento puede perjudicar al de al lado. En una ceremonia tradicional del Daime es más fácil tocar el maracá como amateur; aquí no.
Y sin embargo, lo más inolvidable no ocurrió en el escenario ni frente a la hoguera, sino en el pasto. En un momento en que la luz se inclinaba y el sol caía de costado sobre la chacra, nos pusimos a bailar afuera, treinta o más, todos del Ponto de Luz, en un círculo que no era círculo, un desorden sincronizado, como si la tierra respirara debajo de nuestros pies. Bailábamos mirando el verde, mirando la montaña, mirando al grano, al suelo vivo, a la materia primordial. No había pasos ni indicaciones: era un movimiento que venía de dentro, o de arriba, o de todos a la vez. La felicidad tomó una forma tan palpable que parecía un cuerpo más entre nosotros. En un segundo sentí, con sorpresa infantil, una sacudida de pura alegría y belleza, y la voz de mi consciencia (¿o era de mi ego?) que me decía: esto es real, Mauro, esto está pasando, esto no es una película. Era una felicidad tan grande que daba miedo, como si el alma tuviera límites y estuviera por desbordarse. Bailábamos como si estuviéramos dentro de una oración, dentro de un mantra, dentro de un sueño cuyo dueño no éramos nosotros: era el universo, era Dios.
Esos momentos me hacen recordar hoy mis lecturas adolescentes de Alan Watts, en especial La psicoterapia del Este y del Oeste, cuando el sabio inglés se refiere al éxtasis como experiencia religiosa. Watts decía, en esencia, que un verdadero estado espiritual no era una evasión ni una fantasía, sino una apertura súbita, una descarga que derrite el ego y le recuerda al cuerpo que pertenece al universo. Y mientras bailábamos en el pasto, recordé esa frase suya de que la liberación no se razona: se experimenta. Fue exactamente eso lo que sentí: una psicoterapia sin palabras, un éxtasis sin explicación.
La música tridimensional, el contacto con la tierra, la hoguera que ardía, las casi doscientas personas que bailaban y cantaban… sentí que la palabra “hermandad” no era una metáfora. Que Dios no estaba lejos, sino muy cerca: estaba allí, en la tierra húmeda, en el sudor, en los rostros, en las voces, en el temblor de nuestros pasos. Que no había separación, que estábamos todos unidos.
Si eso fue un ritual, una ceremonia, un show o solo una fiesta, no lo sé; si fue todo eso y mucho más, ya no sé. Fue un recordatorio de que la vida, a veces, puede ser luminosa, extática, maravillosa.


“Aunque tus ojos no puedan verme, tu Gracia me basta.
Si hay sufrimiento o soledad, siempre existirá una canción”

De Saulo a Paulo

El fin y el principio

Al salir de la chacra tuve la sensación nítida de que aquello no había sido apenas un ritual ni un recital: había sido como un cine particular, un renacimiento silencioso que solo uno puede filmar dentro de sí. Entendí, una vez más, que el control es una ilusión frágil, un vidrio que se quiebra en cuanto uno se anima a respirar hondo y entregarse. Que experiencias así no deberían ser excepción sino la regla y un derecho: todo ser humano debería, al menos una vez, animarse a cruzar ese umbral, a desarmarse, a soltar la coraza y mirar quién es realmente detrás de su propio miedo. Porque lo único que uno encuentra no es peligro ni locura: es el propio rostro sagrado de uno mismo. Y cuando uno ve eso —aunque sea por algunos momentos— ya no puede volver a la misma vida neurótica de siempre.


“Descubrí un niño escondido en mí, y él me dijo que, para ser feliz, hay que creer en uno y realizarse, velar por los sueños…”
Criança Estelar

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