ENSAYO

Por Mariela Michel

En una reunión inicial de un grupo de personas que nos propusimos el objetivo de resistir los intentos de imponer en nuestro país la consigna de la ‘nueva normalidad’, una de las preguntas recurrentes era ¿por qué somos tan pocos los que nos sentíamos incómodos frente a una propuesta repentina que amenazaba con avasallarnos en nuestra condición básica de seres humanos sociales por naturaleza? ¿Cómo es posible que de un día para el otro se ponga en riesgo nuestra habitual forma de convivir, de compartir momentos juntos, de respirar y de soñar un futuro colectivo con libertad y alegría? Frente a la dimensión de esa amenaza, la presencia de un virus no nos parecía convincente desde ningún punto de vista. Una de las hipótesis que recuerdo fue la que proponía con insistencia Marcelo Marchese: “Creo que no se le está dando la suficiente importancia al rol que la culpa tiene en todo esto, incluso mayor que el miedo”. Luego de descubrir que muy pocas personas chequean las cifras de enfermedad y de fallecimientos a partir de la vacunación y, no obstante, se entregan de brazos descubiertos, con los ojos cerrados a un procedimiento incierto en cuanto, nada más ni nada menos, que a la “seguridad a mediano y largo plazo”, la hipótesis del miedo a la muerte pierde cada vez más fuerza. Quizás sea hora de recoger el guante y retomar aquella vieja pregunta: ¿qué rol ocupa la culpa en esta nuevanormalidad tan anormal?

Antecedentes de un sentimiento bien arraigado 

Hace unos días, en una charla por Whatsapp con un grupo de ex compañeros de escuela, rememoramos viejos tiempos. En determinado momento, nos sorprendimos al descubrir que muchos de nosotros, luego de aquella primera comunión que tomamos juntos, habíamos adoptado la secreta costumbre de inventar pecados en el momento de la confesión.  Fue una sorpresa grata el descubrir que compartíamos una mentira que tenía el objetivo de lograr que el sacerdote no pensase que estábamos mintiendo. Pero, en verdad todos llegábamos al confesionario libres de pecados veniales, para pecar por primera vez frente a la ventanilla, al oído de un cura benévolo que sabíamos bien murmuraría con voz suave, ‘reza un Padre Nuestro y tres Ave Marías’.

Todos sabíamos, es cierto, que aquel cura misericordioso nos iba a absolver. La confesión era justamente para eso, para que recibiéramos el perdón. Y todos volvíamos a nuestra casa aliviados por habernos confesado, y por sentirnos perdonados por aquellos pecados que no habíamos cometido. A esa edad, no podíamos darnos cuenta de que la confesión funcionaba en sentido inverso. Lo que ocurría no era que nos sentíamos liberados de una culpa que no experimentábamos, sino que nos convencíamos de que alguna culpa debíamos tener. Seguramente, había muchos pecados cometidos que habíamos olvidado, por habernos distraído camino a la iglesia jugando a saltar baldosas en las veredas.  No era la culpa la que daba lugar al perdón, sino el perdón el que daba lugar a la culpa. 

En aquella época, muchos conocimos tempranamente el significado del término ‘pecado original’. No importa a qué edad, todos estábamos pre-aprobados para ir al confesionario, porque todos sabíamos que de un modo u otro éramos siempre pecadores.  La educación basada en recompensa y castigo también ha contribuido a minar la confianza del niño en si mismo. Varios años más tarde, en mi ejercicio profesional, pude comprobar que aún quienes no han tenido formación religiosa se han encontrado alguna vez con una versión laica de ese mismo concepto de ‘pecado original’. Varias veces fui testigo de la importancia del sentimiento de culpa que los adultos seguimos generando en los niños a través de nuestro generoso perdón. Varias anécdotas y algunos encuentros con niños puestos en un rincón, agregaron evidencia de que aquel lugar marginal del salón o de un cuarto cualquiera estaba diseñado “para pensar”, y de algún modo también ‘inventar’ qué mal comportamiento debían confesar.  Los niños a quienes les pregunté no iban mucho más allá del clásico cliché: ‘me porté mal’. Por supuesto, ellos nunca conocían el significado concreto o real de esa expresión. Al igual que yo misma de niña, ellos trataban de decir algo para salir del paso y ser perdonados: “nos peleamos, pero él empezó” o “dije una palabrota’. Esas frases están a la orden del niño, quien intenta encontrar su culpa, para poder así ser perdonado.   Por fin pueden preguntar, ¿me puedo ir?  

Estas anécdotas son todas extraídas de un tiempo pretérito, en el que nuestra vida era relativamente normal. Estas reflexiones en torno a la culpa forman parte de lo que hasta hoy considerábamos nuestra normalidad a secas. El convivir con cierta medida ‘justa’ de culpa era tolerable. En la educación, se ha instalado de modo imperceptible la culpa por la confusión entre el ‘poner límites’ y aplicar formas de castigo no corporales. El saber poner límites evita que el niño sienta culpa, porque el límite impide que actúe de modo que consideramos riesgoso. Sin embargo, el ‘sentarse a pensar” luego de que ha cometido la falta es una forma segura de generar una culpa que el niño no sentía.  El castigo es la prueba irrefutable de que fallamos en nuestra tarea de poner límites protectores claros y viables. Quienes deberíamos ir al rincón somos los adultos. La diferencia entre poner en penitencia y poner límites radica justamente en la generación de ese sentimiento.  Damos por sentado la existencia de la culpa, que siempre debe estar allí, porque nos acompaña desde que Adán y Eva decidieron morder aquel jugoso fruto. Entonces, ¿qué tiene todo esto que ver con nuestra más limitada y ardua vida hoy, en plena ‘nuevanormalidad?

La tentación tiene cara de ‘negacionista interno’

Si preguntase cuál es el elemento más representativo de la nuevanormalidad, creo que muchos diríamos o pensaríamos en el tapabocas. Sin duda, es el más visible y el que más durabilidad en el tiempo ha tenido. A pesar de eso, el razonamiento que sustenta su uso es uno de los más débiles. Las personas que lo llevan definitivamente no adoptan una lógica clara. Es común observar que se lo quitan para hablar o estornudar, algo que los demás no parecen notar siempre y cuando el adminículo vuelva a ser colocado cuidadosamente por encima de la nariz, después del acto locutorio o fisiológico. Otras personas lo mantienen en su lugar cuidadosamente, salvo en los extensos momentos dedicados a fumar.  Parece imperioso usarlo de pie en un espacio interior desierto, pero es posible quitárselo una vez que llegamos a un lugar con mesas, aún si estamos sentados muy cerca de la mesa contigua. Otras personas lo usan al aire libre, pero se lo quitan al entrar a un lugar cerrado. Si observamos a todos aquellos que lo utilizan de modo cuidadoso, notamos que su presencia obedecería más al objetivo de la visibilidad que al de la protección. De cualquier forma, además de la función que se le atribuye, claramente es también posible leer en el tapabocas bien colocado la siguiente tranquilizadora negación: “¡yo no soy un negacionista!”.

Un año y medio después de instalada nuestra difícil convivencia en este nuevo entorno, entre los miedos atmosféricos surge uno que es muy perceptible, a pesar de ser pocas veces confesado. Digo ‘pocas veces’, porque unas semanas atrás una persona que me atiende en un negocio al que acudo con cierta frecuencia, se atrevió a confesarlo, luego de una conversación bastante breve: “muchas veces pienso que ustedes tienen razón, pero no sé si me animaría a ser negacionista, es lo peor … peor que lo peor, mucho peor que ser ladrón, peor que cualquier otra cosa”. Para dar ese paso, para arriesgarse a ser tildado de “negacionista”, es necesario primero aceptar esa identidad en nosotros mismos, y luego animarse a mostrarla ante los demás. Y para eso, tenemos que sobrepasar, nada más ni nada menos, que aquel antiguo sentimiento de la infancia, la mismísima culpa que habíamos dejado en aquel confesionario luego de rezar el ‘Padre Nuestro’ con tanta concentración. 

No me compete como psicóloga hacer interpretaciones fuera del contexto clínico, pero sí como persona receptora de la cólera con la que se dirigen a nosotros, a los llamados “negacionistas”, apenas emitimos un juicio crítico. No puedo dejar de asombrarme frente a la desproporción de la cólera que acompaña los epítetos hirientes y ofensivos que sustituyen los argumentos que siempre brillan por su ausencia. ¿A quién está dirigida esa bronca tan grande? Solo como ejemplo cito algunos de los calificativos emitidos para profundizar la ya considerable ‘grieta pandémica’, de menor a mayor nivel de agresividad: “negacionista, conspiranoico, antivacuna, ultra derechista extremo, banco de virus, carente de empatía, covidiota, infectante, asesino….”.  Por supuesto, no se refieren a la persona con la que están discutiendo, porque evidentemente no están discutiendo con nadie. Se

trata de una descarga emocional pura, algo dedicado a apartar de sí ese discurso “infectante”. La furia desproporcionada intenta acallar de raíz cualquier esbozo de discrepancia. No podemos ni siquiera abrir la boca. Ese sentimiento intenso impide que ninguno de nuestros argumentos los contamine, tiene la finalidad de mantener bajo control un incipiente “negacionista interno”, para que a ese personaje ni se le ocurra aparecer en ellos, en el caso de que nuestros argumentos fueran de peso. Si algún pensamiento negacionista cruzara su mente, sería necesario soportar y sobreponerse al elevado monto de culpa de ser para sus congéneres esa persona tan despreciable, un ser “peor que lo peor” 

No parece casual que la enorme censura de todo posible atisbo de duda genere una limitación del diálogo interno que puede bien estar asociada al “declive del debate público” que esta revista justamente busca abordar. En otras palabras, mi argumento es que lo que sucede en el ámbito público tiene un correlato en el ámbito psicológico que también es necesario entender.

La tan nuevonormal sinergia entre el miedo y la culpa

Todo aquel que haya trabajado con niños sabe cuál es el peor de los miedos para ellos. Indudablemente, no es el miedo a la muerte en sí misma, sino el miedo a la separación, que puede tener entre sus formas el temor a la muerte de la persona a la que un niño está apegado. Estamos biológicamente diseñados para el apego, y en esa enorme capacidad de amar que trae todo niño cuando llega al mundo, radica toda su fortaleza, le garantiza su supervivencia en la etapa en la que necesita la mayor protección y cuidados. Pero también lo vuelve extremadamente vulnerable, si sus cuidadores tuvieran algún trastorno que lo exponga al maltrato, abandono o abuso en cualquiera de sus formas. En los albores del psicoanálisis, Ronald Fairbairn propuso una iluminadora imagen para explicar que cuando un niño es maltratado, antes que pensar que es un ángel en un mundo de demonios –  algo no ajeno a la realidad –  siempre va a preferir pensar que es un demonio en un mundo de ángeles. Si él es portador de maldad, evita la pérdida de sus figuras amadas. El sentimiento de ser malo y la culpa correspondiente son, para todo niño maltratado, el precio justo a pagar por conservar su valioso tesoro. 

Apenas se instala la nuevanormalidad, desaparece la diferencia entre los niños que sufren abuso familiar y aquellos que tuvieron más suerte en sus hogares. El abuso entró en todos los hogares a través de los medios de comunicación con el hábil disfraz de la necesidad de proteger a sus “abuelos” de ellos mismos. Hoy, todos los niños aceptaron la condición de ser portadores de un mal, para salvar a sus figuras de apego. Ellos recibieron la invalorable ayuda de los medios para controlar su maldad asintomática. En un santiamén, los ángeles se transformaron en demonios y viceversa. Los nuevos ‘ángeles’ de la nuevanormalidad les dieron el veredicto: se decretó que eran destructivos sus deseos de correr hacia sus abuelos con los brazos abiertos. Ahora en lugar de ser cuidados, abrazados, tomados a upa, para cuidarlos, ellos deben renunciar a todos sus deseos para cuidar a los adultos. En todo abuso, está invertida la relación de protección;  siempre es el niño quien cuida al adulto, ya sea satisfaciendo sus necesidades sexuales o de otro tipo. Todo niño abusado renuncia a sus derechos más básicos, para considerar lo poco que recibe de los adultos como una generosa dádiva.

Con la llegada de la nuevanormalidad, los medios de comunicación lograron legitimar y generalizar esa inversión de la relación de cuidado, la inversión que es característica del abuso infantil. Desde el punto de vista psicológico, esa distorsión no es una nueva normalidad, sino una anormalidad legitimada. La pregunta que queda pendiente es: ¿por qué los padres, abuelos y los adultos en general apoyamos esa legitimación tan poco compasiva? ¿Cómo no nos hemos colocado en el lugar de los niños que reciben tal mensaje? Es fácil darse cuenta de que el mensaje de que pueden matar a sus abuelos destruye su identidad como seres buenos, para colocarles en plena frente o en pleno tapabocas la marca de una identidad deteriorada que está destinada a ser perdonada por los siglos de los siglos. La hipótesis que propongo aquí es que, en la nuevanormalidad, los adultos también estamos siendo víctimas de una abuso similar, que se apoya en una vulnerabilidad que tiene larga data. La culpa de ser portadores asintomáticos de un mal (pecado original) encuentra aquella antigua semilla que se instaló en nuestra infancia cada vez que ‘pensábamos’ que algo deberíamos de haber hecho mal, algo que para nuestra inocencia infantil había sido un pecado asintomático. 

Pasos para entender el abuso nuevonormal psicológico de niños y adultos 

Intentaré hacer un resumen de las etapas de un proceso similar al abuso infantil al que fuimos expuestos todos por igual fundamentalmente a través de los medios de comunicación: 

  1. Estrés inicial: Imágenes fúnebres asociadas a una criatura de aspecto cinematográfico casi fantástica. Mensajes desencadenantes del sistema de alarma cerebral por estimulación de las áreas del cerebro que producen respuestas reflejas que toman preponderancia sobre el neocórtex y las áreas relacionadas con el razonamiento. 
  2. Infantilización: Mensajes como “quedate en casa”, “lavate las manos”, ”serás protegido por el Estado”, “restringe el movimiento”, “reduce al mínimo tu actividad laboral”. Se propicia así un estado regresivo que se apoya en la predisposición generada por los mensajes alarmante previos.
  3. Desvalorización: Desalojo del rol adulto y ocupación de éste por figuras grandiosas, omnisapientes, encarnadas por científicos asesores, médicos mediáticos, políticos protectores, que desvalorizan nuestra capacidad. No se trata de evaluar capacidades específicas sino de una desvalorización general del si mismo. 
  4. Agradecimiento: La persona común en rol infantil es incitada a demostrar su admiración por las figuras heroicas a quienes debe agradecer el derecho a la salud. El agradecimiento por recibir aquello a lo que tiene derecho es una característica central del abuso infantil.  
  5. Confusión: La desvalorización de nuestras capacidades lleva a interpretar los discursos confusos e incoherentes como falta de destreza interpretativa de nuestra parte. Eso nos lleva a seguir las indicaciones de los ‘expertos’ (los grandes) sin aspirar a entender las razones por las cuales son beneficiosas para nosotros.
  6. Estrés toxico: La prolongación del tiempo de la alarma inicial “solamente por dos semanas”, para tomar nuestro futuro a través del término nuevanormalidad favorece una disociación indentitaria. En la normalidad, toda alarma interrumpe la vida cotidiana para atenderla. La nuevanormalidad se caracteriza por la superposición total y permanente de la alarma con la vida cotidiana. Esto genera desgaste del organismo y estados disociativos característicos del abuso infantil. 
  7. La culpa tóxica: El mensaje “eres portador de un mal capaz de matar a tu prójimo” no solo llega a los niños, nos llega a todos por igual, porque las personas sanas estamos ahora clasificadas como “pacientes asintomáticos”. Esa culpa encuentra terreno fértil lleno de las semillas plantadas por una educación que desfavorece la confianza en uno mismo. 
  8. Chivo expiatorio: El sentimiento de culpa y, peor aún, el de ser un ser fallido, portador del mal, es insoportable. Justo a tiempo, se nos ofrece aquel personaje estereotipado destinado a ser inmolado, el tan odiado pero imprescindible ‘negacionista’.
  9. Estereotipia: La riqueza de nuestro mundo interno consiste en que éste es un escenario poblado de personajes en diálogo y discusión permanentes. El rechazo al surgimiento de un ‘negacionista’ en nosotros nos vuelve rígidos, siempre con temor a pisar un terreno minado.  
  10. Déficit identitario: Para ser aceptables frente a nosotros mismos, se vuelve imprescindible aferrarnos a una sola identidad, la de cuidador/cuidado. Esta se manifiesta a través de adminículos como tapabocas, selfies de vacunación, el uso frecuente de la palabra “cuídense”. Un paso fuera de los límites de ese rol nos pone en riesgo. El peligro no es de contagiarnos de un virus, sino de contagiarnos de ‘negacionismo’. 

Es cierto, en este mundo nuevoanormal, los adultos hemos dejado que lleguen a los niños mensajes dañinos y elementos que impiden su respiración y desarrollo pleno. No obstante, no lo hacemos por descuido ni por desamor, sino porque aún conservamos vestigios de aquella inocencia infantil.  Ya es hora de que dejemos de inventar pecados para poder ser absueltos del pecado original que no cometimos. Sólo podremos rendirle cuentas a aquel poder superior que creó nuestra naturaleza con una sabiduría inigualable. Llegó el momento de clamar a los cuatro vientos, no apenas nuestra inocencia, sino también nuestra innata belleza interior. 

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