ENSAYO

En nuestra vida cognitiva tanto como en nuestra vida activa somos creativos. Nosotros agregamos, tanto a la parte sujeto como a la parte predicado de la realidad. El mundo es realmente maleable, a la espera de recibir sus toques finales de nuestras manos. Como el reino de los cielos, sufre la violencia de buen grado. El ser humano engendra verdades en aquel. (William James, 1907, p. 99 – énfasis en el original)

Por Fernando Andacht / Fotografía: Martín Atme

Una década más tarde, luego de una colaboración cuya vitalidad aún disfruto (Atme & Andacht, 2011), nos reencontramos el artífice de la imagen quieta y quien esto signa para repensar, rever esa veta iconográfica aparentemente inextinguible en todo el territorio firme e imaginario uru-oriental, en fin, la patria artiguizada densa y uniformemente. El epígrafe con la cita de William James me pareció apropiado. ¿Cómo negar que lo real se la banca, que sufre nuestros actos antojadizos para modificarlo y hacerlo decir lo que no estaba pronto para decir o nunca quiso decir? Así se deja alterar el orden del mundo por nuestras más o menos arbitrarias y a menudo poco fiables intervenciones. Somos incansables grafiteros de la vida; tenemos una incurable adicción a la adición de signos a todo lo que nos rodea. Comulgo con la semiótica realista de Charles S. Peirce, buen amigo y contemporáneo de James. Lo real es aquello que es como es más allá de lo que piense cada uno de nosotros; ese es el principio que está en la base misma del vasto edificio teórico peirceano. ¿Y entonces cómo se puede compatibilizar el viaje incierto, falible pero necesario de los signos hacia la verdad y lo real propuesto por Peirce con la facultad relativista y construccionista de “engendrar verdades” en el mundo, según su amigo James? Elegí ese texto para enmarcar esta revisión y reflexión sobre algunas imágenes de La Inmensa Iconografía Artiguista esparcida por doquier, porque el acto de volver a contemplar las fotografías del multitudinario culto espacial al prócer me lleva a evocar las frases artiguistas que todo uruguayo tiene clavadas en la memoria. Por eso, no puedo sino intentar, con mayor o menor suerte, traducirlas al ahora mismo. No es otra la función de toda tradición viva: una permanente traducción de ideas e imágenes más o menos lejanas en el tiempo pero familiares a los signos de nuestras circunstancias actuales, a lo que nos apesadumbra y a lo que nos alegra. En ese espíritu, fue escrito lo que encontrarán abajo, al pie de cada una de las diez imágenes que elegí para esta primer entrega.  

Para este regreso a las travesía interpretativa, Martín Atme me propuso revisitar 30 imágenes extraídas del profuso catálogo que él realizó durante diez años (2009-2019). Algunas son viejas conocidas nuestras; en ese nosotros incluyo a los espectadores & lectores del libro visual y verbal El Padre Nuestro Artigas (2011). No puedo no pensar en el ingenioso hidalgo Borges de los Signos, cuando nos cuenta el experimento de un tal Pierre Menard ocupado en (re)inventar palabra por palabra el festín de maravillas ya escritas, pero siempre releídas con fruición del Don Quijote de Cervantes. Ese es precisamente el nombre del desafío: ¿cómo no (re)escribirnos al revisitar las viejas y las nuevas capturas icónicas del siempre fértil héroe para todo uso don José Gervasio Artigas, de ese infinito abono visual de los rincones menos pensados de la patria que él no imaginó, y que quizás, para completar la obra que recopiló Martín, debería llamarse la República Indeseada del Padre Nuestro Artigas. 

A esa incierta tarea me entrego ahora, para actualizar y ejercitar la mirada interpretativa en el contexto acogedor y rebelde de eXtramuros. En este invierno de nuestro descontento de 2021, no puedo imaginar un mejor marco para reencontrarme con ese soñador de colectivos federativos que este espacio escrito y visual de signos indómitos flotando en la inmensidad aún promisoria de la www, de la telaraña o trama de amplitud mundial que nos sostiene. Desde el universo pandemizado – reclamo autoría provisoria del neologismo – parece una sensata opción afincar estos signos de ver y de leer salteado o de corrido, en este lugar tan fuera de lugar, tan notablemente desubicado, como desubicado fue el que tuvo que salir de acá para pasar buena parte de su vida retirada allá, con los guaraníes. No tengo cómo saber qué posición tendría don J. G. Artigas sobre vacunas covilleras, tests PCRs y encierros interminables e inútiles o contraproducentes. Pero sí puedo hacerme esas preguntas. Sé bien que en vida, su preocupación fue por la salud política del colectivo. Sin embargo, cómo no plantearse lo que él ya no está en condiciones de preguntarse o responder, cuando tantos signos suyos han quedado incrustados en esa inmensa nube de pensar, soñar y hablar que es el imaginario social, una comarca tan real como la suave penillanura que llamamos Uruguay. 

Ya no más organizadas en dípticos, como lo estuvieron las fotografías en la edición del libro de una década atrás, debo enfrentarme ahora al ser singular de cada imagen, de cada fotografía de Martín Atme, que fue cuidadosamente elegida por él, extraída de un inventario frondoso para ser (ad)mirada y entendida por mí y por ustedes, siempre de modo parcial, falible, inestable. Me gustaría pensar que la conjunción de “artiguemas” – las unidades mínimas de devoción procerístico-artiguense – que definí en aquella ocasión así: “forma básica de rendir culto válida en todo el territorio nacional” (2011, p. 46) –  nos habla de algo absolutamente relevante en un tiempo de emergencia planetaria. Esta vez, cada  artiguema llega solo al mundo de la lectura visionada; debe valerse por sí mismo, sin el diálogo instalado en aquella ocasión, frente a un congénere icónico, contrapuesto a una imagen semejante pero siempre muy diferente. 

El propósito no ha cambiado en estos más de 4000 días: seguimos intentando con Martín Atme sacar de quicio este lugar del mundo tapizado homogénea y profusamente de artiguemas. De lograr nuestra auto-asignada misión – que como todas las que importan podría no existir, lo que la vuelve para nosotros mucho más valiosa –  pondríamos en módica crisis el horror vacui edición oriental, la ansiedad de no soportar un metro cuadrado territorial que no esté rellenado de irregular iconografía artiguense. Allá vamos pues, incansable Padre Patrio Artigas, el de los mil rostros, texturas y anatomías. En un mundo que se proclama diverso, el proteico prócer nos sale al encuentro en muchas formas y sabores: desde lo plácido a la vista y al tacto, hasta el de una amargura áspera que inspira rechazo y distancia asocial. Todas y cada una de las representaciones recibe un aletargador tapizado de olvido, de acumulada y fácil distracción o amnesia colectiva, por su extenuante cantidad e irregular calidad. ¡A despertarlas entonces!

¿Qué nos puede decir este Informes Artigas revisitado hoy, a fines de julio de Nuestro Insensato Año II de Pandemia? Desde su broncínea seriedad aguileña, en esta puesta en escena oficial y edilicia, parece estar pronto para aclarar una catarata turbia de dudas – noticias falsas, falsación de noticias verdaderas – las infames narrativas que nos extravían en laberintos de más dudas sin respuesta.  El Pater Noster Artigas (PNA de aquí en más) ha sido representado en su función de Google-te-responde en versión artesanal, más venerable que eficaz. 

¡Qué bueno que estás ahí PNA, tan inmóvil, tan pozo de sabiduría oriental inmarcesible – un signo rebuscado y cursi para ‘imperecedero’ – que nos va a acompañar tanto tiempo como su oscuro e indeseado mausoleo. Lo bueno es que al modo de una esfinge, lo que saldría de sus labios quietos podría ser tanto ‘arrodíllense ante la deidad pandémica’, ‘ignórenla’ o ‘háganla morder el polvo’ de la tierra que sirvió para poner en escena la épica que lo lanzó al estrellato de bronce, mármol y una variedad de otros materiales deleznables. Una interrogante seria y urgente es entender por qué don José Gervasio (a) PNA continua ocupando el podio del Héroe, de la heroicidad indiscutida y alabada en todo lugar y tiempo. Por eso, preguntarse y preguntarnos qué diría él, cómo reaccionaría nuestro PNA frente a esta situación llamada “de emergencia”, ante la interminable y enigmática guerra contra el enemigo invisible en sus diferentes avatares no es tarea inútil. Su respuesta la encontrará cada uno en ese diálogo que normalmente no mantenemos con su figura, con su legado histórico; entre otras cosas a causa de la artiguización icónica de todo lo que no se mueve en el territorio uruguayo. Pero hacerlo dista mucho de ser un ejercicio en futilidad. Si su imagen fue expropiada por derecha e izquierda, por civiles y militares, por doctos y no letrados, bien podemos traerla a este presente convulsionado y bélico, sobre el cual cuelga ominosa la amenaza de la opresión liberticida que auspician medios y políticos, militantes y tecnócratas. 

Este titán Charles Artigas Atlas se ganó con creces su primer lugar en el codiciado podio de tanta imagen del hombre que se nos ausentó para siempre tempranamente. Fue un acto justo y necesario. De niño veía siempre impreso en la tapa de atrás de las historietas, la publicidad para pasar del estadio alfeñique de 44 kilos sin remedio a ser un ejemplar poderoso y temible de la especie. ¡Sea un vencedor anatómico! Esa metamorfosis hace justicia al olvidado, al tantas veces reciclado don Pater Noster Artiguensis, porque lo representa como un Hércules nada modesto, que acometió hazañas dignas de su epígono griego y mítico. 

Me gusta verlo así, jactancioso, sin un atisbo de la pegajosa y triste falsa modestia que recubre todo el territorio nacional como un moho melancólico. Que tenga atrás las franjas azules patrias pintadas contra la chapa cruda y corroída del portón de lata sobre el que un artista urbano descerrajó este acierto visual completa la mejor iconización del interminable PNA. Veo aquí representado el lazo irrompible que une en nuestra cabeza colectiva, tanto en días feriados como nublados, su figura épica con la nunca del todo clara noción de nación ¿uruguaya? ¿oriental? ¿frontera entre gigantes geopolíticos? Para esclarecer esa urticante duda, qué mejor que un titán en el ring de la historia? ¿Qué más apropiado que tener de nuestro lado a un Atlas musculado, prepotente en su pose invencible y tan distante de aquel que termina mateando resignado bajo el amplio ibirapitá como lo está la leyenda épica del apacible stand up mesocrático. 

El rostro exportado desde el Blanes enhiesto en la Puerta de la Ciudadela se ha incrustado a la perfección en esa postura halterofílica. Parece que don José G. nos dijera con fiereza: te levanto 1000 K y una banda oriental sin problema. No sé si le preguntaría sobre los signos inciertos del mal pandémico que asedia su tierra y muchas otras; esta versión no viene con más información que la que podemos observar en su propio cuerpo descomunal. Todo está allí, a la vista, pero no lo veo como confiable fuente de noticias que pueda asegurar a sus protegidos sobre vacunas, distancias asociales o enmascaramiento de por vida. Sólo percibo en él el valor de salirle al frente a la adversidad que exhibe su fiera musculatura. La innegable reciedumbre de esta imagen puede sernos útil ante esta tentativa mundial de meternos miedo y sacarnos del medio. ¡Salve Charles Artigas Atlas, inspirador de coraje siempre necesario para no vivir de rodillas ante el invasor, sea éste viral o extranjero! 

La patria te dijeron, o mejor al Padre de la Patria buscaste, ¿y a qué nunca imaginaste que lo ibas a encontrar en este húmedo y recóndito lugar de cuyo nombre prefiero no acordarme? Todos los signos que apuntan a este artefacto suenan raro: ‘retrete’, ‘water’, ‘inodoro’; salvo el del medio, que es un colado anglófilo algo insólito, los otros producen cierto rechazo, que considero justo. Y que nos salga al encuentro – en verdad al de Martín Atme, que tuvo a bien trasladarse a este baño universitario público, laico y gratuito, para retratarlo – desde ahí abajo, desde ahí tan cerca del desecho, del detritus, es el mayor acto de homenaje y agravio al mismo tiempo. Marcel Gauchet (1985) explica en una obra espléndida sobre el desencantamiento del mundo, cómo la religiosidad primitiva, antes del surgimiento de las grandes religiones organizadas jerárquica y burocráticamente, se rendía culto a lo sagrado en cualquier lugar, pues no había una separación entre lo trascendente y lo terreno. Todo era sacro; nada era impuro, nada ajeno a rendirle culto como un antepasado. ¿Qué mejor ilustración que un esténcil con perfil blanesiano del Pater Noster Artigas instalado ahí abajo, en lo más humilde imaginable del trayecto humano? 

Desacralizar y resacralizar pueden darse la mano, y eso precisamente ocurre gracias a esta imagen inesperada y feliz del hombre que subió para siempre al caballo de la Plaza Independencia, por obra y gracias del escultor italiano Ángel Zanelli. El que ocupa las alturas epopéyicas y las bajezas intestinales y urinarias no es otro que el héroe de los mil rostros, El Ubicuo e Invencible ha sido iconografiado hasta lo imposible. Fácil reírse o espantarse ante la geolocalización cloacal de don J. G. Artigas; pero ¿y el esfuerzo venerador y venerable de llevarlo hasta ese último y definitivo rincón, hasta donde no llegan las palabras – ni normalmente las imágenes, fuera del orgulloso signo de identidad de la marca – no debe ser menospreciado. Del poderoso Atlas-todo-músculo a este salpicado habitante del mundo subterráneo, escondido y bajo hay una perfecta continuidad del sentido. ¡Pater Noster Artigas que estás en las alturas y en las bajezas, a ti nos encomendamos!

Otro viejo conocido de hace diez años es este ícono artiguista completa y asfixiantemente encelofanado. Hay algo siniestro, que lejos de evocar al famoso artista búlgaro envolvedor Christo, que empaquetaba obras arquitectónicas para invitar al paseante a reverlas, redescubrirlas, el lente de Martín A. consigue ajenizar con máxima violencia su Presencia Paterna. Este artiguema envuelto nos priva casi totalmente de la magna imagen tridimensional; apenas se aprecia el perfil archiconocido del busto patrio, ese homenaje tan aburrido y previsible que se invisibiliza rauda e indefectiblemente. La gruesa membrana de nylon que lo separa de nuestra visión directa, inmediata lo transporta de modo irremediable al galpón de las cosas innominadas, poseídas por el abandono absoluto de una sociedad; una figura oscurecida de un tiempo que ya no es recuperable. Esta fotografía encarna el olvido paradójico que carcome la proliferación insólita de artiguemas en tierra uruguaya. La no-visión de tantas multiformes reproducciones desparramadas por doquier del PNA produce el efecto de encelofanar los sentidos, de amortiguarlos al punto de ya no percibir más a este prócer tan sobre-iconografiado.

La reproducción del ecuestre glorificado jinete de la Plaza céntrica montevideana ha sido trasladada, secuestrada a interiores, y con esa inoportuna mudanza su magnitud épica se desvaneció como por arte de prócer. Todo ocurre como si quisiéramos llevar una eufórica fiesta campestre al ámbito de una claustrofóbica sala de estar, como si emparedásemos una playa ancha y barrida con libertad por el viento y las olas dentro de un estrecho comedor burgués o en una pensión grasienta como la que describe Balzac en el Padre Goriot. ¿Qué hace exactamente este ser de a caballo ahí adentro, entre cuatro paredes? No puede no evocar este artiguema cabalgador e inmóvil el fútil y patético intento de apocar al héroe de otrora en los mezquinos espacios urbanos del presente, en la triste geometría de innumerables interiores. Logramos así contar con un tótem de interiores para que nos proteja de todo robo, asalto, asedio, y de otros males domésticos. 

Wikisabelotodo – aún si muy sesgadamente – me ayuda a bautizar esta imagen que aparece en otra perspectiva que su imagen fotográfica antecesora y libresca: Nuestro Pater Noster Artigas  notafílico. Imagino que un artiguema numismático sonaría más importante y serio, como corresponde a un señor prócer. Pero como se trata de billetes y no hay moneda alguna en lo que capturó Martín A. con su cámara, supongo durante un domingo Tristán-navajero, un artiguema notafílico será. ¡Qué forma deleznable de adorar al sobrerepresentado héroe de la patria en el material más sucio, más manoseado y devaluado sin cesar le propinamos a su iconizada memoria! Si Uds. creían que ubicar su signo icónico en la húmeda y sórdida pared de loza de un water (a) retrete era lo más bajo que se podía caer en la omnívora iconización artiguense, bueno, creo que se equivocaron. Estos signos emblemáticos de la usura del tiempo, desgastados pedazos de papel moneda ostentan – o sobrellevan sería mejor decir – en el centro de su espacio de billetes inválidos y anacrónicos, el semblante solemne del PNA, de frente y perfil, del héroe tan rotundamente traicionado por la valía descendiente del medio material donde mal pervive. 

La fotografía de Martín captó coloridos abanicos de billetes coleccionables, como las figuritas de álbumes infantiles; un surtido de plata sin curso legal que sólo puede terminar sus días dentro de un álbum adulto, inútil, hecho para acumular polvo y ser eventualmente heredado por la próxima generación. Así va pasando este Pater Noster Artigas, de mano en mano, de una época a la otra, sin que se detenga demasiado nuestra atención para intentar comprender en qué radica su fascinación, por qué se insiste tan tenazmente en republicar al republicano donde sea, para que no se lo mire con cuidado en ninguna parte, ni nadie llegue a entender esa atracción fatalmente oriental.  

Al contemplar este artiguema notafílico, no es posible no pensar sobre el vínculo inquietante, siniestro entre el inmenso, casi inimaginable lucro que les produce a quienes nos ofrecen con ruidosa vehemencia la imaginaria cura pandémica. La frase tan mentada como su rostro pictórico y su humanidad esculpida total o parcialmente viene a la mente irresistible: No venderé el rico patrimonio… En 2021, el enunciado legendario se convierte en este otro enunciado: No arriesgaremos el impagable bienestar de la gente, para embarcarnos en una ruta de riesgo incierto, de necesidad inflada hasta lo imposible por medios y organismos internacionales desde hace un año y medio. Esa clase de diálogo real y fantástico con ese que aún representa solitariamente la casi totalidad del panteón heroico  – aunque no olvidemos a don Obdulio J. V.  y a algún otro miembro vitalicio del Olimpo deportivo – es todavía relevante para esta sociedad angustiada. Ver la efigie del PNA incrustada en tantos billetes de tantos colores y de tan poco valor me hace pensar en esa desafortunada asociación entre traer un supuesto remedio y lucrar salvajemente, al alto precio de la incertidumbre: ¿vale la pena hipotecar nuestra salud para asegurar nuestra salud, y al mismo tiempo enriquecer a estos traficantes de esperanza? No lo dijo ni lo pensó el PNA, pero su memoria iconizada hasta el hartazgo me permite lanzar estas conjeturas como un derecho ciudadano. 

Ignoro qué tuvo que movilizar de su saber-hacer fotovisual mi compañero de ruta Martín Atme, para conseguir esa  cualidad de frescura enverdecida que inunda este artiguema vegetal. Su Majestad el Prócer vuelve a verse enclaustrado, pero aquí hay un elemento anestesiador de esa prisión: las dos plantas que lo flanquean. Ellas también viven sustraídas a su medio natural; son compañeras de presidio. Pero vemos que no pueden no clorofilar esa cabeza maciza subida al podio del olvido homenajeador. El fragmento corporal esculpido en su integridad anatómica por Zorrilla de San Martín parece disfrutar mesuradamente, de acuerdo a su encierro embustificado, de esa compañía vegetal, y del aire fruitivamente enverdecido que le confiere un aura negadora de su rigidez post-ritual(em). Nos entran fuertes ganas de ser intensamente religiosos, a imagen y semejanza de otras comunidades de estas Américas anchas y ajenas al escepticismo post-batllista de Mesocracia la agnóstica. Armados de una fe básica en este tótem reluciente de verdor, tal vez podríamos interrumpir periódicamente las tareas oficinescas que supongo ocurren en ese lugar, para ponernos de hinojos y dirigir plegarias al Pater Noster Artigas Clorofilado. Esta refrescante imagen evoca la religiosidad perdida, pero siempre anhelada y sugerida por el culto nacional apenas disimulado a la deidad representada. 

Un artiguema descarado, descascarado deja expuesta la herida de este nuevo pedazo de estatua zorrillasanmartiniana. Veo en esta foto implacable un anticipo forense de Martín, de la caída de piel, de carne, de vida postrera del que estaba destinado a ser inmarcesible, a ser inoxidable. Como el artiguema notafílico – el que reina desgastado en los billetes ya sin poder de compra, sólo para guardar y mirar cada mucho tiempo – y a diferencia del artiguema clorofílico, esta bizarra representación perfilada en la foto deja mucho que añorar. ¿Dónde quedó ese militar tan bien parado de la Puerta de la Ciudadela por arte pincelado de don Blanes? Nada es más ajeno a ese admirable paisano de poncho y sobrio sombrero en su diestra que este despojo hecho con algún material nada noble. Apenas lo rescata de la ruina completa el enhiesto y bien dimensionado pabellón nacional de sol muy sonriente que enmarca esta reproducción grosera e imposible de venerar. No quiero permanecer más tiempo del necesario contemplando este signo astillado del Pater Noster A. pero antes de abandonarlo a su (mala) suerte, lo tengo que bautizar, para que no se sienta tan mal, a pesar de su pésima factura, que deja expuesta la mejilla y la comisura destrozadas. ¡Hasta nunca ícono artiguense en avanzado estado de descomposición, adiós artiguema autoaniquilado!

Artigas en reparación. La decadencia material que vuelve visible este artiguema es fiel reflejo del desgaste impresionante que sufre el recuerdo materializado hasta la náusea del héroe de más longevo exilio que residencia en el terruño oriental, hoy (más bien) uruguayo. La refacción de su sublime imagen, la más orgullosamente citada, llena de color y epopeya, aparece recortada, apenas se ve un fragmento del escenario imaginado por el pintor patrio para estampar la gestualidad severa, uniformada y de botas lustrosas. Algo raro le ocurrió a sus ojos; de la mirada concentrada, por la pose tan adusta, aquí pasamos a ojos cerrados, dañados. La orientalidad orgullosa se exhibe aquí en forma indecente, en bastidores. Significa la contradicción entre algo que no está bien mantenido y que no nos ayuda a pensarnos en el presente pandémico, por ejemplo, y el inoxidable PNA, ese ser que habita en el cielo patrio. y que pervive a prueba de retoques muy mal hechos de chapa y pintura. 

¿Qué nos dice este artiguema atrapado en pesados trámites sin nombre? Semioculto detrás de la abrumadora rutina visual y anímica, separado de todo contacto e interacción humana en el tiempo presente – lo opuesto al vital culto de los antepasados – nos encontramos con este boceto blanesiano de su perfil. Caen displicentes sobre su icónica majestad lánguidas cuerdas de cortinas; la roza levemente la vegetación domesticada de la planta. Se interponen entre este trozo de iconografía olvidada para siempre y nosotros el grueso y oscuro bibliorato vertical en apretada complicidad con una colina de biblioratos horizontales ahítos de papeles anillados e inútiles. En su conjunto convierten al prócer, al PNA en un mero trámite; lo distancian todo lo posible de su función auspiciadora del coraje y del impulso libertador. Este es un artiguema servicial rayano en la servidumbre. ¿Lo podremos invocar en este momento de máxima incertidumbre: ¿vacunas? ¿una, dos, tres o incontables dosis? ¿libertad para circular sin esa opresora intervención estatal? Creo escuchar una ráfaga poderosa de viento que dice bajito: ¡Con libertad no contagio ni temo!

Referencias

– Atme, M. y Andacht, F. (2011). El Padre Nuestro Artigas. Montevideo: Estuario Editora

– Gauchet, M. (1985). Le désenchantement du monde. Une histoire politique de la religion. Paris: Gallimard.

– James, W. (1907/1975). Pragmatism: A New Name for Some Old Ways of Thinking, Cambridge: Harvard University Press.

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