ENSAYO

Por Fernando De Lucca

Lo primero es lo primero: ¡respiramos! Por lo tanto estamos vivos. Mientras estemos vivos, cumplimos con nuestra arquitectura biológica y es así como los procesos organísmicos nos conducen naturalmente a la maduración. Estamos irremediablemente ligados al medio que nos rodea. Desde que nacemos creamos algo fantásticamente personal: el ego, que sirve para conectarnos con este afuera. Tenemos un “adentro” que necesita de aquello de “afuera”. Nuestro organismo, al igual que cualquier otro, “es” un constante intercambio con el ambiente. El ego es como dijimos una construcción defensivo-adaptativa inseparable e inevitable de nuestra creatividad intrínseca para contactar con nosotros mismos y con el mundo. Si algo nos aleja de esto o lo hace difícil enfermamos. Hace más o menos 7 u 8 meses que esto está pasando y parece que a nadie le importa demasiado. Solo un puñado de humanos extravagantes parece ponderar la idea de que lo normal y natural es altamente significativo para la vida. Algunos psicólogos, sociólogos y locos afines levantan su voz alertando a la sociedad mundial de la posible angustia que acarea la separabilidad del humano en relación a su necesaria libertad –y derecho- de accionar en el mundo. El sentido de la vida que no es otra cosa que vivirla, se ha detenido. Esperamos por algo que no llega nunca, que se posterga cada mes por un mes más, llegue a su fin.

¿Qué fin?

El fin es desconocido. Si aguardamos por un final que nos haga pensar –imaginar- en la vuelta a una realidad muy parecida a la que había antes de la pandemia, creo que estaríamos equivocados. Considero que el mundo en su condición socio-económica va a quedar golpeado, cosa que no es contradictoria con lo que se conoce al finalizar una guerra. A su vez tendremos noticias un tiempo después –no menos de 3 o 4 años- de haber sido manipulados por un sinnúmero de falsedades en escala superlativa. Y esto tampoco sería demasiado novedoso ya que vemos como aún hoy están saliendo a luz aspectos ocultos, falacias y traiciones de situaciones tales como guerras o períodos de gobiernos de turno en diferentes países del mundo de por lo menos 50 a 60 años atrás.

¿De qué estoy hablando?

Estoy refiriéndome a una seria pandemia que azota el planeta. 

El SARS-CoV-2 es algo serio. Serio porque existe este virus y esto no está en discusión. Serio porque puede facilitar un proceso de deterioro en la salud general de individuos que poseen ya una disminución en su sistema inmunológico o trastornos varios de su salud general que puedan aumentar su vulnerabilidad al virus. Por lo tanto hemos de cuidarnos. La población mundial ha de cuidarse para no ser contagiados ni contagiar. Esto está muy claro. 

Sin embargo, como ya sabemos, se ha puesto difícil el mundo pues los seres humanos carecemos de disciplina para enfrentar problemas personales y aún más los que son colectivos. 

Entonces ocurre lo que siempre ocurre: tenemos una oportunidad. Y el gran tema es lo que hacemos con ella.

Pondré algunos ejemplos. En esta pandemia, los adictos consideran que hay una justificación muy clara para seguir consumiendo y tal vez aumentar las dosis de sus sustancias psicoactivas. Sin esto no sabrían cómo llevar adelante sus vidas. Y todos somos un poco así. Los obsesivos encuentran una justificación para aumentar sus rituales de limpieza y acumulación. 

Los paranoicos están de fiesta pues todo lo que ocurre justifica su sentido de alerta compulsivo.

Los histéricos se justifican a través de ser los más osados en abrazar acaloradamente a aquellos que no se animan ni a pasar de los dos metros de distancia. Ellos siempre acortando distancias para justificar su dificultad de entrar en real contacto. Los esquizofrénicos se “alegran” de dividirlo todo y estar en su loca intimidad delirante por causas ahora justificadas. Los psicópatas se sirven de la situación para justificar sus actos manipulativos y sus juegos de poder por sobre sus pares. Ah, y los depresivos se encuentran en una inusitada celebración en sentir que no podrán nunca más sentirse vivos pues la vida ya no es ni siquiera justificable. Y todo esto parece muy claro.

¿Y el poder político?

¿Y el poder económico en este mundo?

Bueno, estos poderes responden a otro orden…je, je, je. Por supuesto que nunca jamás estos poderes pensarían en el más mínimo justificativo para hacer el menor movimiento con esta situación global mundial que pudiera ser beneficioso para sus fines personales. El poder político no tiene estas patologías, no posee ningún tipo de trastorno que lo haga considerarse vulnerable a fines que no sean transparentes y beneficiosos para todos aquellos que están bajo su intervención. La pureza casi divina en su accionar y sus fines loables para cada ser que está bajo su supervisión es indiscutible e independiente de cualquier ideología que no sea para generar amor y bienestar, es decir alegría. Ningún líder político posee el más mínimo parecido a ninguno de estos trastornos que solo los integrantes del pueblo pueden alcanzar. Las personas poderosas y las ideologías que los acompañan e inspiran son siempre sanas y bien intencionados por sobre toda sospecha y a su vez el propio hecho de sospechar ya es absurdo. Bueno, no solo absurdo, merece ser castigado de diversas formas. Poseer tales pensamientos es una ofensa. Los castigos van desde la indiferencia al infinito, según lo que cada gobierno considere como medida ejemplarizante. 

Tal vez el que llegó hasta aquí, deslice una sonrisita de malicia ante todas estas falsedades bien conocidas. La estafa está hecha, el reino de la insensatez se ha instaurado. El justificativo de toda esta atrocidad está alcanzado.

¿Y cuál es entonces el camino?

La respuesta es: la impermanencia. La impermanencia de todas las cosas que existen en este mundo es para la filosofía y psicología oriental, un pilar fundamental. Todo va a terminar algún día. Todos los que estamos vivos ahora ya no lo estaremos en 100 años. Es obvio que las ideologías viven bastante más pero aun así se convierten en datos históricos tales como vemos hoy a los egipcios o los mayas o los romanos. La humanidad evoluciona muy lentamente a través de los años y es así como algún día seremos seres que consideremos que la mentira lleva a la infelicidad personal y colectiva. El tema es que de todas formas se ha de lograr una sociedad con la libertad incluso para aceptar la mentira y el daño como aspecto humano factible de hacerse vivible en la conducta. O sea que posibilitar y estimular una cultura del libre pensamiento y elección de la vida ha de ser el gran canalizador de la cordura. Impermanencia como actitud ante la vida junto a una educación que estimule la benevolencia y la alegría parecen estar aguardando a ser exploradas por seres que no piensen solo en beneficiarse egoístamente. El SARS-CoV-2 es un virus. El cuidado ha de tenerse en lo personal y en lo colectivo. ¿Podremos dejar que la vida siga teniendo estos cuidados sin hacernos vivir pensando en morir? Cuidémonos, simplemente eso y confiemos en los cuidados del prójimo sin culparlo de ser un asesino serial. El prójimo somos todos.

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