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No debería sorprendernos que el pluralismo y la libertad de expresión, tan alabados en los países que se proclaman democráticos, sean diariamente desautorizados por la censura y la intolerancia hacia las opiniones no alineadas con la narrativa oficial. Manipulaciones de este tipo se han convertido en la norma durante la llamada pandemia, en detrimento de médicos, científicos y periodistas disidentes, que han sido desacreditados y condenados al ostracismo por el mero hecho de atreverse a cuestionar la eficacia de los sueros experimentales. Dos años después, la verdad sobre los efectos adversos y la desafortunada gestión de la emergencia sanitaria les ha dado la razón, pero la verdad se ignora obstinadamente porque no se corresponde con lo que el sistema quería y sigue queriendo hoy.”

Por Aldo Mazzucchelli

La cita anterior es parte de una declaración pública del ex Nuncio Apostólico de los Estados Unidos, el arzobispo Carlo María Viganò -de quien publicamos un par de cosas más en este número. Fue emitida en marzo de este año 2022.

El hecho de que el emisor sea un católico notorio no disminuye -para mi- en nada su veracidad. Al contrario: lo cito a propósito, para que usted ponga el grito en el cielo y se ofenda de que todavía haya alguien que -sin ser un católico practicante- cite a un católico en un escrito público no confesional.

Estoy seguro que el mismo hecho de que Viganò sea católico alcanza para que unos cuantos lectores descarten su opinión, porque para esos lectores pesan más sus prejuicios ideológicos y una visión parcializada de la historia, que los hechos. Si usted es uno de esos lectores, además de negarse a ver los hechos que tiene adelante de su cara, hechos notorios a que se refiere Viganò, usted tiene un problema adicional. Ese problema adicional es que nadie, o casi nadie de su círculo cercano le va a hablar con la franqueza con la que le hablaré hoy. 

En efecto, usted se ha rodeado cuidadosamente de una burbuja de gente que no lo desafía. Que no se atreve a decir nada distinto de lo que usted espera que digan.
Y si alguno dice algo muy distinto, usted silenciosamente lo va apartando de su burbuja. O se va apartando usted. Porque para usted nada es más importante que mantener a salvo su mundo, el mundo en el cual vivió hasta hace poco tiempo, y en el cual quiere seguir viviendo. Si usted es uno de esos, usted es un miembro del Partido de la Vacuna. Permítame que le describa en qué consiste su partido, como se fue conformando en la última década, qué ofrece, y qué no podrá nunca ofrecer. 

En el mundo en que usted se crió había unas cuantas certezas inamovibles. Era un mundo de bienestar relativamente alto, o muy alto, o al menos tendiendo a mejorar, en Uruguay. Era un mundo donde su partido político -no importa cual ni de qué lado del espectro- tenía buenos argumentos, o argumentos razonablemente buenos, para que usted pudiese seguirle creyendo. Era un mundo en el cual el sistema democrático y republicano del Uruguay en el cual usted probablemente se haya criado, funcionaba razonablemente bien. No perfectamente. Siempre hubo algo de corrupción, pero la corrupción se combatía. El sistema estaba bastante sano.
Era un mundo donde el sistema de salud funcionaba relativamente bien. No perfectamente, desde luego. Siempre hubo errores médicos. Pero, en general, el sistema hacía lo que podía con una eficacia razonable.
Era un mundo, en fin, donde los medios funcionaban bien. O por lo menos, se publicaba información confiable, y se ventilaban varias opiniones distintas sobre temas relevantes, y cada tanto había una polémica sobre asuntos realmente importantes, de los que definen orientaciones de largo plazo, es decir temas filosóficos -que mueven la mente y el corazón-, o temas de poder -que mueven la propia seguridad vital-. 

Si usted está por debajo de los 40 años de edad, usted no se acuerda del tiempo de los semanarios que se publicaban a la salida de la dictadura. Pero quizá sabe que hubo una tradición en el país de un puñado de medios escritos razonablemente críticos, razonablemente independientes. Criticaban de veras al gobierno, y a veces incluso se metían con el poder. Contribuían a que se investigase y eventualmente se metiese presos a algunos funcionarios corruptos. Pasó bajo el primer gobierno del Dr. Sanguinetti. Pasó bajo el gobierno del Dr. Lacalle Herrera. Pasó bajo el gobierno de Jorge Batlle. Los editoriales eran a veces discrepantes en cosas sustanciales -no en si un funcionario de tercera había falsificado un pasaporte, digamos- y la política internacional se cubría ya bastante mal, pero no como ahora, en que la única cobertura consiste en reproducir la letra única enlatada que dictan las agencias Reuters, AP o AFP, invariablemente obsecuente con una única línea central de poder que viene de Washington y Londres.

Aquel mundo de cierta dialéctica, de partidos de oposición y de gobierno, de partidos que controlaban y partidos que eran controlados aunque sea en parte, comenzó a terminar aceleradamente en la segunda década de este siglo. Usted puede elegir en qué año comenzó a sentirlo. Para mi se sintió ya desde la primera década, cuando se fue perdiendo el interés en las discusiones políticas de fondo y comenzó a cundir una especie de realismo cínico en donde la frase “es plata o mierda” -repetida e impuesta a la izquierda, me acuerdo bastante bien, por ejemplo, por gente del MPP- se volvió no una expresión de asqueroso cinismo, que es lo que realmente es, sino algo que la gente que “entendía de las realidades del poder” aceptó empezar a usar. Así es como se resumió el mundo de la discusión cívica cuando la otrora oposición “principista” y “de izquierda” tomó las riendas del poder. A esa altura el cansancio del poder y el desencanto que consigo trae, que hacía muchos años había destruido la capacidad creativa de los liberales -en sentido clásico- y de la derecha, empezó a conquistar también a la izquierda. 

Si esto se empezó a expresar por entonces, yo diría que con la llegada de Vázquez por segunda vez al gobierno la cuestión tomó un nivel de aceleración asombroso. No por Vázquez, cuya figura cansada, ausente y sin ninguna idea resultaba casi una fotocopia de pésima calidad de sus primeras apariciones públicas allá en los lejanísimos años 90. Lo que estaba cambiando era algo a nivel del mundo, algo a nivel de donde se deciden de veras todas las cosas que importan. Este cambio era, en parte, la descreencia final en la democracia republicana, que ya era una antigüedad para todos los que se mueven en el poder real -financiero, informativo y tecnológico- desde hacía mucho. Y era, también, el despertar de mucha gente común a informaciones y puntos de vista extra-sistémicos que, hasta entonces, habían estado cuidadosamente dejados fuera de cualquier consideración seria en la prensa grande. Hasta 2005 aproximadamente, se podía criticar al gobierno norteamericano, pero no se podía informar sobre los múltiples detalles -de ingeniería, de aviación, de política exterior- que hacen sospechar severamente que lo de setiembre de 2001 fue una falsa bandera para empezar a aumentar el control interno de la población, e implementar una nueva ola de intervenciones militares norteamericanas. A partir de esa misma época todo el mundo llevaba una cámara fotográfica en la mano y se convertía en un reportero espontáneo. Los hechos siempre aparecían, y para que el poder pudiese mantener el control tendría que inventar narrativas más poderosas y controlarlas mejor. Periodistas profesionales, hasta ese momento, podían tener un momento de audaz locura. Pero hasta ese momento nunca había habido un Julian Assange que montase una organización de hackers y expusiese al mundo entero los repulsivos entretelones del poder real en sus propios emails y comunicaciones privadas.

En Uruguay, todavía a fines de la segunda década -2019- tuvimos una elección presidencial que tenía ciertos visos de realidad, de que algo se decidía en ella, pero la verdad es que cualquiera que estuviese mirando lo que pasaba en el mundo ya sabía bien que, no solo en el Uruguay no se decide nada que importe a los uruguayos -salvo a los que están directamente implicados en los negocios y negociados de poder y Estado-, sino que en las elecciones no se decide nada, punto. Que había ya una sola ideología, que esa ideología global era la que dicta el dinero que llega al país por múltiples vías, y que esa ideología -la ideología del cambio climático, el género, y el globalismo, tres formas de la venta de superioridad moral al costo de un ramito de perejil- era lo que se iba a llevar, ganase quien ganase las elecciones.

Todo lo anterior es cosmético. Lo importante, lo que me importa a mi, es cómo lo vivió usted, que hoy es ferviente catecúmeno del Partido de la Vacuna. Usted se sintió desengañado muchas veces, pero con el advenimiento de dinero fácil que llegaba al país de muchas formas en la última década y pico, su nivel de vida material mejoró, igual que el de muchísimos, de la gran mayoría. Algunos lo interpretaron como un mérito de los gobiernos de izquierda. Otros, como una consecuencia inevitable de coyunturas internacionales que no dependen en absoluto de los gobiernos locales. La respuesta real a esta disyuntiva no importa en absoluto, porque a cambio de ese dinero fácil sumado a un desdén relativista por la realidad y la verdad, lo que se le abrió en bandeja al ciudadano es la posibilidad de dejar de lado cualquier preocupación que no fuese material y de status. El status, como pasa a menudo, se volvió la brújula que empezó a orientar la vida de la gran mayoría. Especialmente de los jóvenes que se criaron bajo aquel tiempo, nunca tan bien anticipado como en aquella campaña de un canal cable que hablaba del “Nuevo Uruguayo”. El “Nuevo Uruguayo” es el antecedente inmediato del “Partido de la Vacuna”. Solo que el primero era una idiotez esperanzada, y el segundo es una idiotez cobarde. Pero sigamos viendo el proceso que lleva de uno al otro.

La vida del uruguayo pasó a centrarse exclusivamente en la guita, y el status. Ese es el cambio decisivo que nos trajeron los gobiernos del siglo veintiuno, con énfasis en la segunda década del mismo. Perdida la ilusión de que existiesen ideales, o política pura; liquidado todo ánimo de justicia real o de pensar en un rumbo para el país decidido en el país, al uruguayo le quedaba simplemente acomodarse a las circunstancias y entretenerse, cambiar el coche, cambiar los electrodomésticos, y elegir lugares más raros para veranear y subir las correspondientes fotos al instagram. El que veraneaba en un lugar más barato o más obvio, era peor. 
Todo el mundo “accedió a la educación superior”, que es el modo canalla en el cual se dice que se amplió la cantidad de títulos universitarios a cambio de bajar la calidad de cada uno de ellos a nivel del zócalo. Yo trabajo adentro de eso y lo sé de primera mano: nunca hubo una democratización del conocimiento: lo que hubo fue un abaratamiento espiritual de los títulos. Hoy es facilísimo obtener un título terciario que permita sumarse al mundo de una inmensa burocracia, de un inmenso espacio de obediencia. La nueva política instalada en los años dosmil no precisa técnicos ni gente formada: precisa cómplices, programadores obedientes de lo que se les pida que programen, médicos que apliquen protocolos, ingenieros que no pregunten por los costos sociales reales de sus proyectos, y pasapapeles de toda laya que obedezcan y digan que sí a lo que sea, a cambio de una carrera en ese servilismo donde la obediencia ignorante se paga bastante bien. Esa actitud, la ignorancia o cerrar el ojo ante la verdadera naturaleza y fines de lo que uno hace, que plaga casi todas las carreras donde se puede obtener un trabajo, también contribuyó a que se instalase el cinismo respecto de la discusión de ideas. 

Es un mundo que ha quedado reducido a una especie de “narcisismo principista” -tremendo oxímoron. Un mundo donde se abandonó casi toda lucha no contaminada por el interés mentiroso de terceros financiadores. Un mundo donde lo que se proclama es que se lucha por “mi derecho a ser yo mismo”. Pero se sabe que ese derecho está garantizado de arranque, pues desde hace mucho no hay en el mundo occidental ni la más remota sombra de represión a ninguno de los caprichos del ego, sino que al contrario, el poder real no hace otra cosa que estimularlos 24/7. Pelear contra un fantasma que no existe yendo a una marcha pacífica cada tanto y posteando cosas radicales a cada rato, es facilísimo. Si encima me pagan por ello, es doblemente fácil. 

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Aquel mundo que se instaló, resumamos, llevó a que el materialismo más craso -algo que siempre existió en cierto equilibrio con otras dimensiones más ideales o espirituales de la existencia-, se volviese casi lo único que había. Usted comenzase a sentir que lo único que importaba era el dinero, lo material, el ser mejor que el otro a fuerza de exhibir superioridad en fotografías de cosas, de posesiones, de cuerpos. Tener un cuerpo superior al de los demás es uno de los diosecillos de esta época de gimnasios y spa, operaciones e implantes. Tener el cuerpo “que yo quiero tener” es el premio final, amenazado por el paso del tiempo a una velocidad inevitablemente mayor que la de todas las intervenciones externas que sobre él se puedan intentar. Esa es una de las tantas fuentes de la desesperación constante que es marca de la época. 

Hay fenómenos más complejos que este, pero a la mayoría no le interesa siquiera pensarlos. En un mundo de creciente concentración del poder a nivel global, unas tecnologías de comunicación que fragmentan el tiempo en miríadas de sucesiones inconexas paralelas le vienen bien a ese poder de algunos modos, mal de otros. 

Los modos en los que le viene bien tienen que ver con la pérdida de sentido histórico y coherencia lógica de la mayoría, lo que favorece mucho el control masivo por parte de pocos. En un mundo en que la percepción de la realidad queda fragmentada en millares de narrativas especializadas, nada tiene que ver con nada. Al “profesional” le interesa solo lo que ocurre en su burbuja de saber, y para lo demás existen AP y AFP y el Guardian y el NYT, que venden virtud a precio de descuento. Hago lo que sea para ganar siempre más dinero y obtener más status, y mi conciencia queda resguardada porque además declaro que estoy a favor de las minorías, y adorno mi perfil de instagram con la banderita conveniente, el sabor moral de este mes. La política “me importa un bledo” porque “todos los políticos son iguales”. Los políticos, esos empleados locales del poder distante, se reclutan cada vez más entre lo más bajo, ambicioso e ignorante de una sociedad, y cumplen sin problema su papel de punching ball. Se les pega en público y en privado, ellos entran a gusto en ese juego obsceno y responden por twitter, pues obtienen conocimiento y recordación del público por ello. 

La política ha quedado reducida a una pelea de insultos más o menos anónimos en el barro de twitter, y la “opinión pública” así constituida reemplaza a la discusión más responsable y razonable de argumentos que se daba, antes, en el único medio en el que se puede dar, que es el medio escrito de largo aliento. Casi nadie más escribe la política ni escribe sus ideas, porque la nueva situación no requiere de ideas ni de interlocutores. Se trata de gritar todos en paralelo, cada uno durante segundos, manteniendo así cada uno su puesto en la gritería, y obtener éxitos tácticos para la renovación mutua de los cargos. Lo demás pasa en otro lado y jamás va a aparecer al público, al que tampoco le interesa, siempre que lo dejen seguir ganando su dinero y haciendo su vida y construyendo más y más status visualizable en instagram. 

Ese es el nuevo pacto, la nueva alianza política de los años dosmil. El poder real, cada vez más concentrado y con menos barreras, lejos. El poder local, sirviente del anterior, que acepta ser visto como un payaso, porque la paga y el poder intermedio que obtiene así, lo justifica. Y el resto, el otrora “pueblo”, y la clase media alta, media, y media baja -es decir todos los que antes garantizaban cierta decencia de pensamiento a la política y la sociedad- jugando el juego del acomodo, el dinero y el estatus.
La clase baja baja no se cuida de nada de esto, y sabe desde mucho antes que todo es una farsa salvo que logre dar el saltito que le permita entrar en la ruta del ascenso material.

El modo en el cual la tecnología informativa fragmentada en infinitas fuentes alternativas no  le sirve a este esquema de poder, es que todavía quedan en la sociedad -y siempre va a haberlos- personas que, por la razón que sea valoran, más que lo material y el estatus, otras cosas. En el mejor de los casos, esas personas valoran la verdad y los hechos reales más que a su propia vida. Y no hay como comprarlos. 

Esas personas nunca aceptaron los versos posmodernos de que “no hay hechos sino interpretaciones” -lo cual es en sí una interpretación escolar e ignorante de Nietzsche- y tampoco creen que la vida se vive mejor cuanto más tenga uno. Dado que los medios de comunicación son algo prácticamente gratuito en el nuevo esquema tecnológico, esas personas pueden hablar. Y desde 2005 crecientemente han venido haciéndolo, sobre todo en YouTube y en sus blogs o medios de comunicación alternativos. Este es el único elemento importante en el nuevo esquema global que no es controlable por el resto del sistema. Julian Assange, una vez más, es el gran modelo global de este tipo de disidencia incontrolada e incontrolable. Pero tras su estela virtuosa hay miles de personas inteligentes y valientes en el mundo entero que no han parado de ofrecer investigaciones valiosas y hechos alternativos. 

El sistema criminal que ha venido a regir en Occidente odia más que a nada a este tipo de personas y actitudes. La cultura de la cancelación es la forma institucional y generalizada en la cual el sistema criminal que ha venido a regir en Occidente pretende reclutar vasallos que peleen por él contra la información alternativa, y contra todo uso virtuoso de las nuevas tecnologías. Pretenden mantener el control a través del uso controlador de estas nuevas tecnologías. Pero cuidado, porque la tecnología de creación de realidades virtuales, con sus “verdades” virtuales y sus superioridades morales también virtuales, se les escapará siempre un pelito de las manos. A la larga lo real siempre pasa a cobrar sus cuentas. 

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Llegamos así, con esa preparación global y local, al año del señor 2020. Todos sabemos lo que pasó y cada uno tiene su interpretación. No me interesa tanto eso ahora. Me interesa sí describir cómo es que creo que usted pasó a afiliarse al Partido de la Vacuna, es decir, el Partido del Miedo. Qué pasó en su interior para que usted se afiliase a ese partido. Qué beneficios sociales se obtienen con la afiliación, y qué es -como dije al comienzo- lo que ese partido puede dar y no dar.

Desde luego, aclaración fundamental: no toda persona vacunada se afilió al Partido de la Vacuna. Lo que aquí se dice, a quien dirijo estas palabras, es a un porcentaje realmente menor de la población: es a los militantes del silencio y la negación, que lo hacen o a sabiendas, o por ignorancia ya indisculpable e inaceptable. ¿Cuántos serían?

En Uruguay según nos dice el Monitor de Datos del Plan de Vacunación hay 3.001.473 personas con Dosis 1. Esa es la base máxima de los afiliados potenciales al Partido de la Vacuna. Hay algo más de 500.000 que nunca nos vacunamos. Pero de esos 3 millones, ni a palo son todos afiliados. Para empezar, unos 107.000 más se perdieron entre primera y segunda dosis. Esos no se afiliaron seguro. Probaron con una, y su experiencia no fue grata, y nunca se dieron la segunda. Para seguir, un millón se perdió entre las dos primeras dosis y la tercera. O sea, un millón de gentes aceptó la primera versión de la narrativa, pero cuando se le pidió que refrendase su afiliación, dijo “paso”. Solamente unos 780.000 son los afiliados férreos del Partido de la Vacuna, los que se metieron hasta la Cuarta inclusive. Estos son casi seguro todos miembros, incluso muchos de ellos vitalicios. Si se les pide que se vacunen cada quince días, lo harán. 

Perfecto. Ese es el grupo duro, ese 22% de uruguayos que militan fanáticamente en el Partido de la Vacuna, que “ponen el brazo” por el país -o, mejor dicho, por su miedo y su tranquilidad moral, adquiridos ambos en el informativo de las 8. 

Pero no son solo ellos. En el otro grupo hay gente que, aunque no milite ni trabaje por el Partido de la Vacuna, aunque no “ponga el brazo” ya, sigue usando el haberlo puesto para obtener beneficios interiores y exteriores. Esos también nos interesan. Quizá usted sea uno de ellos.

Lo simple es esto: en una sociedad en la que se vuelve notable, casi absoluta, la ausencia total de cualquier valor distinto al dinero y el status, cualquier estrategia que use el miedo y la recompensa en seguridad será exitosa. Lo único que puede enfrentar al miedo y resistir a la tentación de una recompensa material indebida es la fe en cuestiones superiores -generalmente inmateriales-, y el conocimiento real, que solo se obtiene en un esfuerzo sostenido y a largo plazo.

La política global, por intermedio de varios de sus extorsionados y extorsivos politicuelos locales, hizo una movida muy simple al lanzar a nivel global el Partido de la Vacuna. Lo que hizo fue lo de siempre: proponer un pago concreto -usted conservará su trabajo en el peor de los casos; usted mejorará, y quizá mejorará mucho, si se une activamente a nosotros; y usted obtendrá cantidades inconmensurables de superioridad moral y autoconvencimiento por revistar en el lado de los Buenos-, a cambio de que el ciudadano simplemente acepte algunas premisas, más o menos abstractas. “Defender la Ciencia contra los negacionistas antivacuna”, o “contribuir a defender la salud de Todos contra los irresponsables trumpbolsonaristas”, o algo por el estilo. Y hacer la vista gorda ante el autoritarismo, la arbitrariedad y la censura, o incluso colaborar con ella.

Pero todo lo anterior no es lo principal. Lo principal es que el Partido de la Vacuna es el mecanismo por el cual el sistema ofreció el reingreso a la fé sistémica a una inmensa población descreída, a una población que estaba perdiendo. El Partido de la Vacuna es la nueva alianza sistémica, in extremis y ya en la última fase de la decadencia, ofrecida a los desalentados.

Los que propusieron esa nueva alianza -hoy bajo el patrocinio materialista y anti espiritual del “transhumanismo”, lo hicieron de manera rápida y decisiva, contando para ello con los afiliados iniciales en cada país del Partido de la Vacuna: algunos médicos asustados que por primera vez se creyeron masivamente en la situación de tener que poner en riesgo su propia vida -y que luego sintieron además que su estatus social de semidioses y sus ingresos y privilegios de todo tipo podrían ponerse en cuestión si se discutía alguno de los dogmáticos protocolos que adoptaron e impusieron a la sociedad entera-; empresarios médicos, laboratorios, y administradores de salud que vieron una oportunidad maravillosa de ganar cantidades exorbitantes de dinero imponiéndole a la población que pagase un test mayormente inútil, al que se le dio estatus de sustituto de la labor del médico y la práctica clínica; políticos y burócratas de todo nivel, que supieron en las tripas e instantáneamente que o se plegaban a la gran línea e imposición global, o no tendrían futuro político alguno. Si se plegaban, tendrían préstamos y quizá -esta ilusión a veces termina lamentablemente frustrada, como el Ministro Daniel Salinas nos podría contar- algún cargo internacional de más relevancia. Y la cuarta pata fundamental en esta mesa chica inicial del Partido de la Vacuna: los grandes medios de comunicación. 

A la gente honesta que queda en esos medios, se le hizo aceptar que las imposiciones de 2020 eran un mal necesario, fundado en La Ciencia. Si hubieran abundado los sabuesos, desprolijos en el afuera pero principistas por dentro que antes había en las redacciones, estas cosas no habrían ocurrido, o por lo menos habría habido oposición visible. Pero ese tipo viejo de periodistas ya no se lleva. Los salarios patéticos -o, mejor dicho, la inexistencia de salarios- los llevó a emigrar a otros lugares, y de todos modos la mayoría son de generaciones ya pasadas de moda. Los periodistas de hoy se visten más lindo, pero no muchos están acostumbrados a investigar más allá de lo que su comodidad diaria les dicta, y además no tienen la menor intención de cuestionar ningún sistema real vigente. Cuestionarán lo que sus patrones ideológicos les indiquen -la religiosidad o creencias tradicionales de cualquier clase, por ejemplo; o, en general, a la gente que se desvía del acatamiento a las autoridades sistémicas. Lo que ellos quieren es ser aceptados, y ganar más. Hacer carrera diciendo hábilmente que sí al tiempo que parece que dicen que no.

A estos periodistas actuales, muchas veces más jóvenes -porque es más facil hacer marcar el paso a quien tiene aun mucho que ganar-, la idea misma de buscar la verdad de un asunto, aun si lo que encuentren va contra la moda ideológica y el poder económico, les es completamente ajena. Su barrera fundamental es la de la pertenencia: sólo están dispuestos a ir hasta donde los límites implícitos de su burbuja de amigos y “referentes” se lo permita. No son malos: son obscenamente cómodos. Son intrínsecamente grupales, sociales en un sentido no de pueblo, sino de “colectivo”, es decir, de la burbuja de los que piensan como uno y reciben la financiación -y la línea- de la misma fuente. 

Nadie les enseñó otra cosa que lo contrario a buscar la verdad. Se les enseñó y convenció “teóricamente” que la verdad es absolutamente relativa, y en general no existe, y que por tanto lo único que queda es la eficacia y el éxito. Es decir, olfatear de dónde viene el viento, obrar en consecuencia -siempre a favor del viento-, y obtener los beneficios de la palmada en la espalda del que les puede dar algo. Después de todo, ellos sienten que tienen toda una carrera por delante y tienen que cuidarla. Quieren salir, viajar, y llegar a barrer el piso con una pasantía en el Guardian, para poderle mostrar selfies en Londres a sus amigos del colegio.  
Para tranquilizar la conciencia de estos ignorantes, el poder inventó un mecanismo: los fact-checkers. Estos grupos, todos ellos militantes el Nuevo Orden Mundial, pero pseudo independientes, financiados siempre por las mismas fundaciones y emprendimientos ideológicos globales que tienen como paradigma a la Open Society Foundation, hacen un trabajo que solo alguien completamente recién llegado de Saturno podría considerar independiente. Esos grupos reciben su dinero directamente de las fundaciones mayores comprometidas con el sistema político de ideología única que es hegemónico a nivel global, lo que propicia que otras fundaciones similares pero más pequeñas los financien también. Se forma así una red mundial de cooperación cuyo objetivo es mantener la línea oficial, tranquilizando conciencias, eliminando cualquier oposición real, y llenando algunos bolsillos a la vez. El horizonte de gloria de cualquier “periodista” repetidor de lo que sea que el poder y la moda ideológica dicten, y los límites de su grupo de pertenencia admitan, es ser admitido en alguna de esas organizaciones de sanitización de la posverdad. Convertirse en un superperiodista que está en situación de determinar cuál es la verdad de un asunto, a cambio de una paga. O sea, son miembros de una nueva Inquisición. Pero ahora, dado que estos superperiodistas no creen en ninguna verdad, han convertido a la verdad en una arbitrariedad monológica, movida a plata. Nada más coherente.

***

Ese es el marco. Llegamos ahora a usted. Usted, que en los años dosmil y dosmildiez anduvo dudando y dejando caer todas sus certezas, porque cada una de ellas podría ser un obstáculo en el camino de bajar la cabeza y repetir el menú que se le dicta a cambio de seguir cobrando su sueldo o seguir siendo aceptado como empresario en el “concierto global” occidental, usted que no es pelotudo y que entiende que hay que cumplir públicamente con todas las falsedades del calentamiento global antropogénico y la ideología de género que se le venían exigiendo, y con los software y los agentes de “cumplimiento”. Y, desde luego, incluir todas esas mentiras al servicio de un proyecto determinado de control en sus propios y modestos materiales corporativos y de difusión, porque sino usted empezaría a desafinar, y eso al final es muy malo para su bolsillo. Lo digo de otro modo, usted, que aceptó que tiene que pagar una tasa leonina de sus beneficios al Estado Global y sus lacayos locales para que lo dejen trabajar, y que a cambio de eso se ha convencido a regañadientes de que eso se hace por la causa superior de “combatir el lavado” y ser un ciudadano obediente y perfumado del gran esquema global de centralización monopólica del poder y el control… aunque usted sabe que todo está corrupto hasta los huesos, y que los mismos que le exigen cumplimiento a usted son los que lavan a piacere en Delaware o en las Islas Vírgenes o donde sea, y los que lavan plata del narco al mismo tiempo que a usted lo mantienen 10 horas en la oficina, y le venden la coca que le permite luego de eso mantenerse en pie para la fiestita de la noche, y lejos de sus hijos, para que estos se conviertan también en clientes de los mismos narcoaliados oficiales que imponen el “cumplimiento”… usted, digo, estaba un poco cansado de todo el esquema. Porque el esquema está tan corrupto y es tan hueco que no daba más.

Ni siquiera usted -que no tiene un fondo espiritual o de convicciones demasiado admirable, convengamos- estaba conforme con las cosas como eran. Usted estaba incómodo porque su ideología estaba deshilachada y ya no cerraba. Si usted había sido de izquierda, extrañaba un poco las verdades absolutas y los dogmas seguros, y le dolía tener que admitir que sus héroes, llegados al poder, habían resultado una manga de acomodados o entreguistas, igual que los de la odiada “derecha”. Si usted había sido liberal de centro, le incomodaba que los Estados Unidos e Inglaterra pareciesen cada vez más un camblache sin fineza alguna, lleno de “populistas” -el término politológico que le vendieron para tranquilizarlo y separarlo a usted de la mersa tipo Trump. Usted añoraba algún gesto que lo volviese a despegar a usted y su tradición del tembladeral contemporáneo. Y si usted había sido de derecha, usted ya no sabía a que punto cardinal aullar su desprecio por el mundo contemporáneo y su caos ininteligible.

Sea cual fuese su orientación anterior, lector cobarde, acomodado y sistémico a la vez, hacía falta un empujoncito más para hacerlo entrar a usted del todo de nuevo en el corral sistémico. Ese empujoncito fue covid. Covid fue una gran herramienta de control. Y la politización de covid se hizo de modo que reuniese en el corral de lo aceptable a todo el espectro político, salvo los locos aparentes, y los disidentes de verdad. ¿Cuál fue la politización del covid? Muy simple. A la derecha le prometió orden y responsabilidad social si acataba, y que serían admitidos dentro de un sistema controlado obviamente a nivel global por la “nueva izquierda”. A los liberales les prometió que un movimiento encabezado globalmente por el partido Demócrata norteamericano tenía que ser algo bueno y bastante chic; y, por las dudas, se los amenazó con que, si no aceptaban las limitaciones evidentes a la libertad que el esquema impondría, se los mandaría al grupo de los negacionistas irresponsables. Al final, nuestros liberales son gente profundamente sistémica. No quieren desafinar, ni les queda rebeldía alguna. Miran el mundo desde una teoría política actualizada por última vez en los tiempos de Felipe González. Más allá de eso, no ha ocurrido nada nuevo. La mayoría no solo acató, sino que hizo la vista gorda a todas las obvias violaciones a la libertad. 
En cuanto a la “nueva izquierda”, no hacía falta conquistarla: estaba sentada en el mando de la locomotora. Para ella se dijo que covid iba a impulsar la agenda verde y la protección de los recursos naturales, y que la enfermedad perjudicaba más a las mujeres y a los queer que a todo el resto. Era una nueva oportiunidad de experimentar con ingeniería social de última tecnología, y ganar más guita. En resumen: tecnología sin control, transhumanismo, y sustitución de dios un escalón más ¿Qué podría salir mal? 

A la vieja izquierda, por su parte, se le prometió más centralización -renta básica universal, dinero virtual controlado centralmente…- más Estado y más progresismo. Se le hizo creer que criticar cualquier aspecto de las imposiciones covid era, básicamente, hacerle el juego a Trump y Bolsonaro. La vieja izquierda precisaba argumentos simples para poder subirse al tren.

A todos se les prometió que el sistema los arroparía en sus trabajos, en sus cargos burocráticos o electivos. ¿El precio? Denunciar a los disidentes, y destruir toda búsqueda independiente de la verdad. 

***

La verdad, desde el covid, es solo la verdad oficial. Lo que los periodistas de la cultura de fact-checking ya habían entendido, ahora lo entendió la masa sistémica. No hay verdad, el que la busca es un loco. La única verdad es la de los organismos oficiales, la verdad “científica única” de los políticos de túnica, de las “Sociedades Científicas” hechas de eminencias profesionales políticas, y no de científicos de investigación. La verdad es las hipermegas corruptas OMS, FDA, o la Agencia Europea del Medicamento. Digo mal, en realidad, la verdad es la verdad dura de la ganancia. La verdad-verdad (consecuencia natural de la citada doctrina filosófica plata o mierda), es Pfizer, y su campaña ecuménica de imposición de su vacuna experimental, sin control posterior de efectos. Los gobiernos no se tomaron en serio jamás el control de lo que ocurría con los vacunados. A año y medio de su administración, en Uruguay, no tenemos un solo estudio serio, con grupo de control serio, y llevado adelante por un grupo independiente y sin conflicto de intereses, sobre las muertes y sus causas, entre vacunados y no vacunados. Nada. Niente. Si le dicen que hay, mienten. Sépalo, al menos. Los expertos uruguayos que se citan en los medios se limitan, en el mejor de los casos, a repetir lo que sea que haya dicho la FDA y el CDC. A los demás, si existen, nunca se los cita en los medios grandes. Y debo decir que, si otros expertos uruguayos existen, y si saben más, están bien callados la boca, salvo un puñado que se ha atrevido a hablar anónimamente. Mientras que en el mundo está lleno de ellos, no hay un solo científico notorio uruguayo que haya desafiado la narrativa y firmado abajo. Si hay alguno, estoy encantado de abrirle las puertas de esta revista.

Pfizer prohibió, al momento que vendía su brebaje, los juicios en su contra. Tomó garantías delirantes de sus compradores. Y dijo: la verdad no existe más, salvo lo que decimos nosotros. Escuche y repita: la vacuna que le vendemos es segura, y es eficaz. ¿Cómo se sabe? Porque nosotros, el vendedor, lo aseguramos. Cualquiera que vaya contra esto es un enemigo de las Cosas Tal Como Son. Y las Cosas Tal Como Son es lo que le permitirá a usted seguir viviendo como vivía, o más o menos peor que eso. No pida mucho. Eso si usted no se muere. Un porcentaje, menor, (*) se morirá. Mala suerte. Es el precio a pagar para que obtengamos un mercado cautivo para una tecnología nueva que aun no funciona bien, y que no ha sido usada antes jamás en seres humanos. Si no lo hacíamos así, no lo hacíamos nunca, porque las tradiciones de regulación no son salvables con esta tecnología, aun.  

Si hay científicos que dicen lo contrario y lo demuestran con experimentos, debemos odiarlos, y cancelarlos. Acosarlos y hacerlos renunciar. 

¿Qué se le tuvo que decir a usted para que usted aceptase el chantaje? Que lo contrario era el ostracismo social, y posiblemente la “muerte por covid”. 

Usted olfateó que los políticos estaban siendo extorsionados para imponerle a la población medidas destructivas de todo, y probablemente olfateó que a usted también lo estaban extorsionando. Pero muy en lo hondo de su alma usted tomó una decisión que usted no se confiesa a sí mismo, porque si se la confesase su entera dignidad humana queda en el precipicio. Usted aceptó y bajó la cabeza. Dijo sí, y puso el brazo. Y encima de eso, para no estar mal con su conciencia, usted se encargó de adoptar para sí la ideología de su chantajista, su nuevo dueño. Usted acosó a compañeras de trabajo por no vacunarse como usted. Usted dejó de ver a parientes buenos, que nunca le hicieron nada, porque no quisieron vacunarse. Usted aplaudió al GACH con sus errores y su labor diaria de correa de transmisión de esos intereses corporativos y distantes. El Partido de la Vacuna hizo el milagro de la unión de “todos los orientales” -no son todos, ni mucho menos- bajo el estandarte del miedo, que tiene una calavera cruzada con dos jeringas.

Muchos lo hicieron de buena fe, al principio. Pero ahora, después de que es público que hubo un 24% de exceso de muerte en el Uruguay en el año 2021 no explicable por covid, ya no hay buena fe. Y ahora que sabemos -tengo los datos oficiales que pedí a MSP- que tuvimos un exceso de muerte de 40% en el primer trimestre de este año 2022, cuando los “muertos covid” -siempre parcialmente exagerados- no llegaban a una fracción de los de mayo de 2021, ya no hay tanto espacio para la buena fe, y hay más de voluntad de no saber, y de olvidar, y de censurar. Y esos tres meses citados de 2022, son meses de pleno verano, cuando el promedio de muertes es menor que en otros períodos del año… 

Cuando todo esto se sabe, usted sigue empujando para que nadie diga nada, para que el episodio quede atrás, para que no se hable más del asunto. Le estamos informando: hay un exceso de muerte escandaloso. En 2021 murieron casi 8000 personas de más respecto al promedio de los últimos 10 años (41000 y pico en lugar de 33200, que era el promedio de los últimos 10 años normales). De las cuales solo 5000 fueron “covid”, y en realidad no sabemos ni si la mitad de ellas lo fueron, porque “muerto covid” es cualquier muerto por cualquier causa -de cáncer a accidente de tráfico- con un pcr positivo. Y la pcr, tal como se la aplica para este fin, da falsos positivos a granel. ¿De qué murieron los 3000 uruguayos restantes? ¿De qué están muriendo este 2022 miles y miles de ciudadanos en todo el mundo, tal como lo revelan todos los sistemas de reporte de fallecimientos, puesto que no mueren por covid? ¿Cuál cree usted que es la causa de la epidemia de infartos y problemas de coagulación y cánceres masivos fulminantes que se están viendo?

Usted no lo sabe. Lo único que implora es que sus jefes en el Partido de la Vacuna, es decir, las cuatro patas más responsables -científicos empresarios y tecnócratas de alto vuelo, políticos y administradores, médicos y personal sanitario, y prensa alcahueta de todos los anteriores- no hablen. Que no vayan a abrir la boca.

Y no lo harán. Hay un pacto de silencio que recorre a la sociedad de arriba abajo. Nadie quiere que se toque el tema. Y no se tocará. Se seguirá enterrando a la gente. Usted seguirá enterándose todas las semanas de que alguien que se vacunó “con la Pfizer” tiene “niebla mental”, o que su salud se deterioró inexplicablemente de la noche a la mañana, o que otro joven sano se cayó redondo con un infarto masivo, o que el abuelo ya veterano que la llevaba bien tuvo un bajón repentino y sigue sin salir de él. Son todas cosas casuales. Cosas que pasan. No se atan los cabos, ni se atarán. 

El Partido de la Vacuna hizo el milagro de la unidad en la complicidad. Los políticos que usted despreciaba ahora precisan de usted para mantener sus cargos, y usted necesita de ellos para que el error colectivo no salga a luz, para que usted no tenga que admitir ante aquel pariente rompepelotas y negacionista que usted se equivocó. Que la Ciencia no era tal.  El programa único sintético del Partido de la Vacuna se reduce a un solo objetivo común: Silencio.

Sepa que usted no tenía razón. Usted fue engañado. En marzo de 2021 le vendieron que la vacuna era 94% eficaz para prevenir el contagio, y 100% eficaz para prevenir la muerte. He aquí el gráfico de muertos vacunados en el período marzo 2021 hasta marzo de 2022. Datos oficiales MSP solicitados por nuestra revista eXtramuros, pedido 001.3.4323.2022:

Dígame usted donde está la prevención del 100% de “internación y muerte” que la vacuna ofrece. No está. Tampoco se apure a sacar la conclusión de que “con un 84% de la población total vacunada, que muera la mitad de vacunados es un testimonio a favor de la vacuna”. No lo es, porque lo que usted está viendo es una fotografía del momento final, pero los que iban falleciendo lo hacían al mismo tiempo que se iba cubriendo a la población durante un tiempo largo, y cuando moría buena parte de estos que salen en la foto, los vacunados eran muchos menos que el 84%. Tampoco los grupos etáreos tienen el mismo peso en el total, con lo que las proyecciones ligeras no son válidas. Lo que es válido es: casi la mitad de los muertos por covid19 estaban vacunados con una vacuna que prometía protegerlos de “la enfermedad grave y la muerte”. Cuénteselo a todos esos fallecidos vacunados. 

Pero además, en el mundo entero la eficacia de la vacuna es irrisoria, y solo tiende a disminuir con cada dosis. La eficacia no es del “94%” como le dijeron sus referentes de Pfizer y la FDA. Es negativa. Vea.

Pero además, pese a los altos porcentajes de vacunados, la muerte sigue subiendo, no solo en Uruguay, sino también especialmente en los países más vacunados del mundo. Vea lo que pasa en Europa, con altísimas dosis de vacunados en todos los países, según el sistema europeo de seguimiento de muerte al que están afiliados todos los países de la UE, Euromomo:

Exceso de muerte acumulada por semana, Europa, todas las edades

¿Usted cree que los fallecidos son solo los viejos? Vea lo que pasa en el grupo de 0 a 14 años:

y en el de 15 a 44 años:

¿Para qué seguir? Usted no se convencerá, pero siga usted este hilo twitero macabro e inconveniente (antes que lo censuren) que le muestra el exceso de muerte que están sufriendo muchos países, hoy;


¿De qué mueren?

¿Cree usted que un exceso de muerte grosero, NO covid, está provocado por no haber ido a tiempo a hacerse análisis de rutina? ¿Cuál cree usted que es el porcentaje de población total que se hacía esos exámenes preventivos cada año?

Vea por fin a dónde lleva la vacunación en países con datos públicos más actualizados que el nuestro. Este es el porcentaje de casos, hospitalización y muerte de vacunados versus no vacunados en Inglaterra, una semana del último invierno boreal. 

¿Dónde está la protección que ofrece la vacuna?

Le pongo adelante de la cara estadisticas del país que usted admira por encima de todos los demás, para que no me diga que son malas estadísticas.

A estar por las declaraciones de nuestras autoridades de salud pública y nuestros expertos, todos ellos referentes naturales del Partido de la Vacuna, las mismas vacunas que en Inglaterra funcionaron horriblemente mal, en Uruguay funcionaron fantásticamente bien.

Usted puede reaccionar a lo anterior de muchas formas. Negarlo es la más probable, con cualquier excusa que se le ocurra. O puede pensar que los servicios de salud británicos mienten en su propia contra, mientras que las autoridades locales -que además, sin haber estudiado seriamente un solo caso, salen a decir “no existe ni un solo muerto por la vacuna en Uruguay”- dicen la verdad en su propio favor.

***

Sé que ningún dato lo convencerá, porque su resistencia a los datos se ha vuelto inversamente proporcional a la resistencia de su sistema inmune a cualquier porquería vulgar. 

Pero es peor. Ahora usted le tomó el gustito a estar en el partido de los ganadores, es decir, estar en el lado de aquellos a los que la tele, El Observador y La Diaria, al unísono, le dan la razón. Usted no cree ya en las diferencias políticas entre izquierda y derecha. Usted sabe que sus amigos de izquierda y de derecha han reemplazado ya en su corazón las viejas ideologías, por la ideología universal del Partido de la Vacuna. Ser del Partido de la Vacuna, le han vendido, le garantiza estar del lado de la Mayoría, del lado de la Tecnología, del lado del Transhumanismo, del lado del Futuro Moderno.

¿Le parece mucho lo que digo? Siempre se puede seguir tapando lo intapable, y agachando el lomo. Con el tiempo usted probablemente tenga razón y de alguna manera, catástrofe humanitaria más, catástrofe humanitaria menos, toda la canallada del test PCR, del Covid “peor pandemia de la historia”, del “alto riesgo de muerte de los jóvenes y los niños y las embarazadas”, de “vacúnese usted para prevenir la enfermedad en otro”, de “nos buchoneamos entre todos”, pasará desapercibido como un período curioso de locura colectiva que quedó en nada. Los que perdieron su trabajo ni se dan cuenta que es por las medidas, que no previnieron nada ni eran necesarias. Y si se dan cuenta, no tienen la fuerza ni cohesión suficiente como para reclamar. Y sobre todo los que siguen perdiendo su vida, como consecuencia de la locura maligna que usted apoyó por acción u omisión, no se van a levantar de sus tumbas a acusarlo. 

De todo este episodio usted sacará un día algunas conclusiones duras, que no le confesará a nadie. Le adelanto algunas. Usted tuvo miedo y, con tal de que el Estado y un grupo de técnicos lo salvasen de una amenaza supuesta, estuvo dispuesto a negar cualquier hecho incómodo, cualquier voz no autorizada por sus amos. Usted tuvo miedo a buscar audazmente explicaciones a hechos públicos anómalos y gravísimos. A transferencias de dineros públicos groseras y sin ningún control a manos privadas. Usted vio como se imponía al país una revolución tecnocrática autoritaria desde arriba, y se hizo el sota. Usted aplaudió aliviado cuando el poder político aplastó al único miembro del poder Judicial con los huevos en su sitio como para observar que un contrato secreto impuesto a un país representa una grosera violación del ordenamiento jurídico. ¿No se dio cuenta que estaba aplaudiendo un nuevo retroceso de un mecanismo fundamental del control republicano? Usted estuvo y está dispuesto a escurrir la responsabilidad por todo lo que pasó, y a no pedir cuentas a nadie de los responsables.
Usted, que está pronto a reclamar por cualquier injusticia imaginaria contra una minoría, se niega a reclamar contra una injusticia real contra la mayoría, incluido usted mismo. 

Usted se ha vuelto un experto en desviar los temas que no prueban su verdad. Usted es un mago en el encogimiento de hombros. Negar ya es no solo una nueva capacidad que usted tiene, sino que además usted ahora es experto en proyectar todo lo que tiene adentro usted, sobre otros, llamándoles negacionistas, inventando que son “antivacunas”.

Y la frutilla arriba de la torta: usted se hizo parte deliberada o no del Partido de la Censura. Ya le agarró el gustito a que nadie moleste su burbuja, la verdad ínfima y falsa de su burbujita, dentro de la cual “todavía puede viajar”, todavía conserva su trabajito, y todavía puede hacerse la ilusión de que vive en una democracia decente, cuya máxima expresión global son Biden, Harris, Blinken, Nuland, y su maravilloso y para nada homicida Partido Demócrata. El Partido de la Vacuna es el Partido Demócrata del Mundo, el Partido del Miedo, el Partido de la Censura, y el Partido del Acomodo. Usted es uno más de ese porcentaje, menor quizá, de uruguayos que prefirió afiliarse a eso, antes que ser un ciudadano al menos digno en su silencio. En resumen, usted es miembro de una minoría canalla pero empoderada, que le está imponiendo -y quién sabe por cuánto tiempo más le impondrá- al resto de la sociedad, a la gran mayoría, la cobardía y el delirio aterrorizado de negar los hechos, caiga quien caiga, para mantener el sistema homicida en que vivimos funcionando como si nada.

Lo que el Partido de la Vacuna, el Miedo, el Acomodo y la Censura nunca podrá darle, es la decencia de saber que usted no se ocultó nada a sí mismo. Nunca. Aun está usted a tiempo de desafiliarse.


(*) Quienes piensan que somos delirantes que creemos que “todos los vacunados morirán”, o alguna idiotez por el estilo, les respondemos que jamás lo creímos, ni lo dijimos, ni lo insinuamos. Lo que decimos es que hay una cantidad significativa de gente cuya salud se ha venido abajo, después de vacunarse, ante la mirada silenciosa y el “no entendemos lo que está pasando” del sistema de salud entero. 
Lo que nosotros observamos, apoyados en especialistas respetables, es que la relación riesgo-beneficio de estas vacunas en particular, es indefendible. Respondemos, además, con la siguiente cuenta sencilla.
En Uruguay, según el MSP, 3.001.473 personas recibieron la vacuna al día de hoy, 2 de octubre 2022. Digamos que el 99% no tiene el más mínimo efecto secundario negativo. Pues el restante 1% son 30.000 personas. Para que usted tenga la magnitud de esto, sepa que en el Uruguay fallecen, anualmente, 33.200 personas en promedio.
Pero está bien, digamos que un 99.5% de los vacunados salen perfecto de la experiencia, y sólo un 0.5% se daña. Ese 0.5% son 15.000 personas: tres veces más que los “muertos Covid” de todo 2021.
¿Le parece mucho 0.5%? Está bien, entonces digamos que sólo un 0.1% de los vacunados tiene efectos secundarios graves. Pues si un 99.9% de los vacunados no tienen ningún efecto secundario, pero el 0.1% muere, son 3.000 personas. Es decir, más de la mitad de los “muertos Covid” de 2021. Y el exceso de muerte “no Covid” de todo 2021.
Ese es el riesgo de vacunar a toda la población con un líquido experimental. Si usted cree que la ecuación riesgo-beneficio está asegurada, usted no está suficientemente informado. Lo que digo está probado repetidamente AQUI Y AQUI Y AQUI -y en muchos otros estudios que ni vale la pena ya citar. El riesgo beneficio es malísimo: es mucho más probable ser perjudicado por la vacuna, que salvarse de morir por covid gracias a la vacuna.

Imagen principal: video de la actriz canadiense Jennifer Gibson, con parálisis de Bell a consecuencia de su vacunación, que puede ser visto aquí

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