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La invitación de eXtramuros para reflexionar sobre las perspectivas políticas del Partido Colorado (que tanto me honra y que agradezco especialmente) nos encuentra inmersos en una coyuntura que tiene ribetes noticiosos impactantes y que incendian las redes al mismo tiempo que escribo estas líneas: la renuncia de Ernesto Talvi a la política activa, por medio de una carta pública conocida hace algunos días.

Por Leonardo Martín

Si bien la intención de mis reflexiones pretende trascender la tormentosa situación política de Talvi en los últimos meses para centrarme en cuestiones que valoro y entiendo de mayor importancia y profundidad, lo impactante de su último capítulo me obligan a dedicar algunas palabras a este episodio. La esplendorosa (y cortísima) carrera política de Talvi se asemeja a lo que un gran amigo define coloquialmente como el efecto “cañita voladora”: un rápido ascenso, un fulgurante momento de esplendor y un rápido final que nos deja pendientes del siguiente destello luminoso. Esto multiplicado por la sobredosis informativa y lo efímero de los acontecimientos tanto nacionales como globales que se superponen y aturden nuestros sentidos y nuestra capacidad de entendimiento.

Sin embargo, y sin pretensión de erigirme en gran lector del “diario del lunes”, los pasos políticos de Talvi estuvieron marcados por errores estratégicos que muy bien fueron marcados por Francisco Faig recientemente en su columna de El País, vinculados a su rol como candidato del Partido Colorado, y luego como socio e integrante de la coalición que hoy gobierna. No obstante, estos errores comienzan al inicio mismo de su actividad política, cuando se dan los primeros desacuerdos con el doctor Sanguinetti que fuerzan a éste a asumir una candidatura interna que, en principio, no deseaba. 

Sanguinetti estaba para apoyar desde el inicio a Talvi, pero éste, por razones a las que me referiré más adelante, prefirió encarar una competencia inútil y convertirse en el gran triunfador de una elección interna que no debió ser y que hizo perder energías a un Partido que más que nada lucha por subsistir y que, a pesar de su participación en el gobierno actual, sigue en esa lucha, en la que estos acontecimientos protagonizados por Talvi son un nuevo problema a resolver.

Dos últimas consideraciones con respecto a la actitud de Talvi, que en su carta pública y en varias de sus apariciones podrían dejarse ver entrelíneas: la primera es que hay en la explicación de su retiro una insinuación a que la actividad política en algún sentido lo “expulsa” por no entender y/o no estar dispuesto a actuar bajo sus reglas de lo cual, paso seguido se desprende que esa indisposición tiene que ver con reglas y juegos políticos nocivos, poco claros, etc. 

Esta es, ni más ni menos, que una enésima versión de: “los políticos son todos iguales”. Esa afirmación es tan, pero tan falsa e irritante, que hace falta negarla enfáticamente.

Decir que los políticos son todos iguales porque juegan con sus reglas y buscan obtener y mantener el poder es de Perogrullo. Es como decir que los futbolistas son todos iguales porque quieren ganar el campeonato. ¿Que harían sino, cuando ese es el objetivo del juego al que dedican su vida y su esfuerzo? Podrían decir que los sistemas de entrenamiento son injustos y demasiado exigentes, que no entienden las reglas y que “no es lo de ellos”, que hay prácticas y actores que violan las reglas y un largo etcétera. Sin embargo no decimos en sentido condenatorio: los futbolistas son todos iguales porque quieren ganar el campeonato, o los artistas son todos iguales porque quieren tener éxito y reconocimiento. Claro no todos lo logran y es una pésima actitud echarle la culpa al sistema para justificar su propio fracaso. Se puede hacer, pero es más una autojustificación que una explicación.

La segunda consideración es que la renuncia traiciona de manera definitiva a todos y cada uno de sus votantes. La mayoría de ellos no lo fueron a buscar, no le pidieron que se presentara, no saben las reglas de la política, ni las cosas que hay que hacer para triunfar o para cambiar la política, o lo que sea que a Talvi no le gustó. Solo confiaron en él porque prometió luchar por los sueños y esperanzas que decía tener y que fueron compartidas por sus votantes que tendrán que esperar ahora más de cuatro años para volver a elegir a un nuevo representante, confiando, que esta vez sí, sea un político dispuesto a luchar con convicción y coraje y que no diga ante las primeras de cambio: “no es lo mío”. Un adolescente puede darse el lujo de tener esas derivas cuando busca su destino, pero alguien que se presenta voluntariamente para ayudar a mejorar el destino de los demás, es, por lo menos, irresponsable.

Dicho todo esto obligado por la coyuntura, diré también que por espectacular que parezca, esta no es ni de cerca, el principal problema que tiene el Partido Colorado en la actualidad y cuyas explicaciones son varias, complejas y de larga data.

Me referiré hoy a algunas de ellas, las que considero más importantes, como un aporte para la reflexión. Antes de eso, aclaro que dediqué gran parte de mi vida a la militancia política activa dentro del Partido Colorado. Además, estudié y reflexiono de manera permanente, a partir de las clases que imparto, acerca de la historia política de Uruguay en el ámbito universitario, y sobre mi interés y pasión por la actividad política, a la que considero una de las más nobles actividades humanas. 

Trastornos de personalidad.

Primero. El Partido Colorado tiene una característica única en el sistema político uruguayo que, más allá de la coyuntura (entendida ésta desde 2005 hasta la actualidad), lo diferencia en el largo proceso histórico de Uruguay del resto de las organizaciones y partidos políticos que existen y existieron en el país: es el Partido del poder. Esto, que parece ser poco más que una constancia empírica de poco valor explicativo de la crisis actual partidaria, tiene una importancia sustantiva en la misma. Ser el partido del poder hizo, hace y sigue haciendo que todos aquellos que lo integran sientan desde que cruzan la puerta de su casa, la responsabilidad de gobernar. Sienten salir de las paredes, de los cuadros que los rodean, de los libros que leen y de los discursos que una y otra vez se dicen en la sala de la convención, que están en un lugar “destinado” a construir, cambiar, gobernar, en fin, a tener el poder para manejar los destinos del país. 

Ese sentimiento está presente de manera permanente e inconsciente en toda la dirigencia del partido de todas las generaciones y, por supuesto, en quienes lideran y lideraron al partido en las últimas cuatro o cinco décadas. Esto se transmite también de manera consciente o inconsciente a los nuevos militantes. 

Sostengo que esta característica se convierte y, a medida que pasa el tiempo es cada vez más evidente, en un problema estructural del partido y de su capacidad de reclutar militancia y dirigentes. Me explico. La actividad política, sobretodo a nivel de la participación inicial, la militancia, la pertenencia partidaria, la convocatoria a los más jóvenes, está cargada de componentes emotivos. De cierta épica, elaborada de mil maneras diferentes y apelando a un sinnúmero de circunstancias históricas, ideológicas, etc. Así, el Partido Nacional sostiene su lucha y su militancia a partir de instancias épicas de sus grandes caudillos históricos que han, casi siempre, desafiado al poder. Los blancos resistieron a la dictadura y Wilson fue proscripto y detenido hasta el último día. Los colorados articularon la salida de la dictadura y sus dirigentes fueron protagonistas del Pacto del Club Naval por poner solo un ejemplo de relato épico versus relato de responsabilidad.

Lo mismo el Frente Amplio, que nace cómo un desafío al “statu quo” de los partidos tradicionales y convoca a partir de un discurso popular y emocional a su militancia de base y también a sus cuadros políticos. 

El Partido Colorado, sin embargo, está o se siente obligado a convocar a partir de la responsabilidad, de la gestión de gobierno, del ejercicio del poder y eso tiene, por lo menos, dos problemas: no es necesariamente contagioso o emotivo, y convoca con un sentido que implica que, si se no tiene el poder, no se tiene nada. 

Los dos últimos liderazgos colorados son una prueba de ello. Tanto Pedro Bordaberry como Ernesto Talvi vinieron a la política a ser presidentes y no serlos les implicó un fracaso para ellos y sus círculos más cercanos, cosa que se transmite en la militancia y la convocatoria a la misma. Una vara muy alta para sostener desde el llano, cuando el fin de ese desierto no se divisa en el horizonte.

Podríamos quizá pensar que haber sido protagonista principal de la construcción de la coalición multicolor y ser parte de la misma en el gobierno es una bocanada de aire fresco para el viejo partido de la Defensa (uno de los pocos hechos heroicos que se invocan y que tiene, por cierto, varias explicaciones). Y puede ser. Pienso, sin embargo, que tanto la necesidad que están sintiendo los colorados de dejar en claro que el gobierno no es un gobierno del Partido Nacional sino de algo mayor que ellos integran, como las dificultades del propio Talvi para comprender su rol subordinado al Presidente en su puesto de Canciller, son advertencias al razonamiento anterior.

Dicho más claro, el Partido Colorado no gobierna, es un socio de una coalición gobernante, un socio importante, como hay otros. No entenderlo así podría comprometer nuevamente su posicionamiento de mediano y largo plazo y prolongar la dificultad de dejar de verse como un partido del poder, que creo condición necesaria y suficiente para su supervivencia y resurgimiento.

Segundo. Desde la elección de 1966 (precedido de la muerte de Luis Batlle Berres en 1964) en adelante y más profundamente desde la consolidación de Pacheco como líder de aquel tiempo, el Batllismo dejó de ser la mayoría significativa del Partido Colorado hasta la actualidad. El Batllismo, sin entrar en el análisis del mismo que no es el tema de esta columna, es sin duda alguna la construcción política más exitosa de la historia uruguaya y significa hasta hoy un escenario de disputa por su apropiación ideológica, simbólica y política y que atraviesa a todo el sistema político. Como decía Carlos Maggi, en Uruguay todos son Batllistas, serán de Nacional, Peñarol, Blancos, Colorados, Socialistas, Comunistas, pero todos son al final, Batllistas.

Ese legado simbólico y difuso fue perdiendo peso político en el Partido Colorado y eso no ha cambiado con el paso de los años desde aquel 1967. Desde Jorge Batlle (que no era Batllista desde el punto de vista simbólico y del imaginario colectivo), hasta Julio María Sanguinetti que siempre fue mucho más socialdemócrata que Jorge Batlle, pero siempre tuvo que articular con los demás sectores del Partido, y por lo tanto se terminaba desdibujando ese simbolismo. 

Desde Pedro Bordaberry, decididamente perteneciente a una familia antibatllista, hasta Ernesto Talvi con su prédica y formación liberal y muy cercano a Jorge Batlle, en oposición explícita a otros sectores más Batllistas, muestran que el Batllismo no es mayoría en el Partido Colorado. Insisto, el Batllismo entendido este como dimensión simbólica, no como conjunto de políticas públicas.

Por distintas razones, los liderazgos partidarios no han podido o no han sabido o algunos no han querido representar a cabalidad ese carácter simbólico del Batllismo y eso es un problema de enorme trascendencia para el resurgimiento del partido. 

La Pos dictadura

No es mi intención abusar de la paciencia de los lectores pero es imprescindible mencionar otras dos dimensiones de más corto plazo que considero también explicaciones centrales de la situación actual del Partido Colorado.

En primer lugar, el tema de la transición a la democracia y de las violaciones de los derechos humanos. Sin entrar en el fondo del asunto ni emitir mi opinión al respecto, parece evidente que gran parte de la sociedad uruguaya ha visto por muchos años a sectores del Partido Colorado con gran antipatía por su actuación en la salida negociada con los militares, y la posterior condena y castigo de las violaciones de los DDHH ocurridas en dictadura. Hay algunas razones objetivas para esa antipatía. Son ejemplos de ello que Pacheco apoyó el SI en el plebiscito de 1980, y la presencia de ex consejeros de Estado en las listas y en cuadros dirigentes colorados de la pos dictadura. Pero la mayoría de las razones suelen ser construcciones y relatos políticos muy bien manejados por los demás actores que han sabido o han podido desmarcarse de esa responsabilidad, al tiempo que señalar responsables concretos. El “cambio en paz” liderado por Sanguinetti en 1985 no logró, en años posteriores, el reconocimiento esperado, y el concepto de impunidad terminó ganando gran parte del imaginario colectivo.

En segundo lugar, la lucha de liderazgo que desde 1989 en adelante mantuvieron Jorge Batlle y Julio María Sanguinetti. Ellos dos fueron los protagonistas del Partido Colorado desde la muerte de Luis Batlle, y siguen siendo (a pesar de la desaparición física de uno de ellos) los principales protagonistas de una larga película, más allá de los liderazgos coyunturales de Pedro Bordaberry y Ernesto Talvi, o de otros anteriores como el de Enrique Tarigo, Luis Hierro, Ricardo Lombardo, Hugo Fernández Faingold, Alejandro Atchugarry o José Amorín Batlle, por nombrar sólo algunos de los más destacados en las últimas tres décadas.

Todos ellos estuvieron mediados por la omnipresencia de Batlle y Sanguinetti, que siendo candidatos o no, disputaron palmo a palmo el poder dentro del Partido desde la interna de 1989, donde Jorge Batlle se sintió traicionado por Sanguinetti, hasta el último enfrentamiento en donde el propio Sanguinetti se enfrentó con el último hijo político de Jorge Batlle.

Este planteo, que es polémico y lo reconozco, es, para mí, de enorme importancia en la explicación de la situación del Partido Colorado. Esto se ha traducido en sucesivos bloqueos que han impedido arribar a las mejores soluciones políticas en momentos de crisis. Desde la elección de Guillermo Stirling como candidato “impuesto” por Batlle para bloquear la candidatura de Sanguinetti en 2004, que parecía un hecho, hasta el liderazgo de Bordaberry, resistido por dirigentes Sanguinettistas al principio, o el último affaire de Talvi. 

El futuro.

Hoy el Partido Colorado está nuevamente en busca de un liderazgo que renueve las esperanzas de resurgir. Algunos vuelven a apostar a Bordaberry luego del fiasco de Talvi. Otros imaginan soluciones más colectivas, con liderazgos menos potentes en la opinión pública, pero más sólidos políticamente. Algunos otros, seguramente, intentarán seducir a Manini Ríos para que ocupe el lugar histórico que su abuelo dejó vacante en épocas de Batlle y Ordóñez, y que luego Pacheco supo recomponer y hacer fuerte. También hay quienes esperarán que Sanguinetti, viejo gladiador de mil batallas y sostén inmortal del Partido, emule la gesta de Konrad Adenauer y logre a los 89 años llevar al Partido a alcanzar las siempre claras y luminosas cumbres que depara el porvenir.

Creo, sin embargo, que todas estas cuestiones son más bien coyunturales, y que un análisis más cuidadoso de los factores que mencioné, y otros que probablemente escapen a mi análisis, son los que determinarán las verdaderas posibilidades de la colectividad colorada, que necesita más que nunca una nueva “fuerza joven y vibrante” para volver a caminar victorioso.


(*) Leonardo Martín es Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad ORT Uruguay) y Profesor en la Facultad de Comunicación y Diseño y en la Facultad de Administración y Ciencias Sociales de la Universidad ORT Uruguay. Director de Programas de CESCOS (Center for the Study of Contemporary Open Societies, www.cescos.org). Co autor del Libro Peronismo a la Uruguaya. Fue electo Edil Departamental de Montevideo (2010-2015).  Convencional Nacional y Departamental del Partido Colorado (2010-2015).

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