ENSAYO

Por Fernando Andacht

Y llegó la segunda confesión 

Quiso el destino de los signos que en esta misma revista, se publicó hace cinco meses un ensayo en el que quien ahora escribe analizó un discurso confesional impactante del autor de una nueva confesión muy reciente. Voy a comparar estos dos actos discursivos, porque son semejantes en su género pero muy diferentes en los efectos que causaron en la opinión pública. En “Sobre canallas, censores y el ruidoso silencio indebido en Pandemia” (06/06/2021) o en un programa informativo matinal de Radio Sarandí emitido el día 26 de mayo, de 2021. Voy a limitarme a citar algunas de las frases que pronunció en ese espacio radial Gabriel Pereyra, el autor del texto confesional escrito y publicado por el semanario Búsqueda (11.11.2021). Lo considero un paso necesario, porque al escribir ese ensayo, decidí no identificar a Pereyra, ni a los periodistas que compartieron ese espacio con él. No obstante, como pueden verificar, sí aporté los datos necesarios para acceder a la grabación del programa radial, así los interesados podían averiguar quienes se expresaban de ese modo, y en el caso de Pereyra eso ocurría de un modo radicalmente censurador. Con estas palabras se confesaba Gabriel Pereyra en modo radiofónico entonces, cuando se atribuyó sin falsa modestia el rol de vigilante depurador de la opinión discordante sobre la pandemia: 

He reflexionado mucho sobre el papel que hemos cumplido en esto.  Ser conscientes de que hemos transgredido algunas barreras que normalmente no lo hacemos. No solo aconsejar a la gente, sino también juzgar a la gente sobre el comportamiento que toman, algo que el periodismo no suele hacer, juzgar a la gente por lo que hace o deja de hacer. Yo lo que he hecho en este proceso es incurrir en la censura. Gente que le hace daño a la sociedad, mentirosos, delincuentes, violadores de los derechos humanos, [a] las cosas más abyectas, más horribles [le] hemos dado micrófono. Yo puedo hacer una lista enorme de gente [pausa teatral] despreciable [énfasis], que defiende intereses despreciables, a la que le hemos dado micrófono.

Esa intervención de Pereyra motivó el título que elegí para ese ensayo en la revista, porque me impactó su enumeración de los peores canallas, esos a quienes este periodista admite haberle permitido expresarse, imagino, con libertad, en los muchos espacios que él ocupa en el sistema mediático. Indudablemente, Pereyra consideró que quienes pensamos y hablamos en forma crítica sobre la forma en que se respondió a la decretada “emergencia sanitaria” éramos personas de aún peor calaña que esos otros seres ignominiosos, que según él no lo serían tanto como “los antivacunas”. Lo cierto es que surgió en esa ocasión radial una confesión suya junto con una enfática reivindicación de la falta confesada. Sin embargo, salvo algún comentario que pude leer en las redes sociales de lectores de eXtramuros, esa reivindicación y admisión jactanciosa suya de haber censurado pasó sin pena ni gloria en la opinión pública. Aventuro como hipótesis que podría explicar esa aparente indiferencia la triste resignación, el malsano acostumbramiento generalizado a creer que así es la vida, a aceptar que ese es el modo nuestro pandémico de recibir la información que nos llega cada día. Por eso, no generó rechazo lo expresado por esos periodistas a fines de mayor de 2021, en Radio Sarandí, con Gabriel Pereyra a la cabeza, en el rol de voz cantante y defensora de reprimir, de excluir y censurar a como diera lugar, como él lo dijo entonces sin ambigüedad alguna: 

Temimos darle micrófono a los anti-vacunas por una posición alocada. (…) Creíamos que esas ideas estaban mal, y creíamos que le iban a hacer mal a la gente en desalentarla a vacunar. (…) Por un lado, nos dimos cuenta de que nuestra prédica no se metía, pero a la hora de entrevistar a esta gente. Soy consciente de que incurrí en un acto de censura.

¿Por qué el arrepentimiento del mismo Pereyra-periodista de unos meses después agitó tanto las aguas comunicacionales? Una primer explicación es el estilo usado, y que se manifiesta ya en el título que eligió para su columna de Búsqueda: “Confesión de un periodista avergonzado”. La frase sale de la mano de quien, hace casi una década, tituló una nota sobre las miserias incambiadas sufridas por los habitantes de un barrio periférico publicada en El Observador (19.10.2012) así: “Marconi: 40 años entre la mierda”. En el cuerpo del texto, Pereyra usa dos veces la frase “entre la mierda y el orín”, para que no quede la menor duda sobre su apuesta a un estilo de choque contra las buenas maneras. Me pregunto si su confesión hubiese tenido el mismo impacto si el título elegido hubiera sido ‘Reflexión sobre los límites del periodismo’. Entiendo que no, que en modo alguno la columna habría generado reacciones tan extremas – a favor y en contra – como las que produjo, pero de analizar ese efecto tan potente me encargo en la siguiente sección. 

Quiero detenerme ahora a estudiar la naturaleza de esta segunda confesión de Gabriel Pereyra, porque desde la perspectiva semiótica lo que vale y cambia el mundo, para bien o para mal, son los signos y no las inasibles intenciones o deseos de quien emite esos pequeños pero muy poderosos vehículos con los que actuamos en el mundo, lo entendemos y nos entendemos, siempre de modo falible e incompleto. Una vez que alguien las lanza al mayor ruedo de la interacción, como lo hace un periodista o un novelista, las palabras utilizadas dejan de ser suyas y pasan a ser patrimonio público. No hablo del copyright de esos signos, sino de la interpretación y de la evaluación ética o práctica de lo escrito y publicado. 

El acto semiótico acometido por Pereyra en su columna periodística de Búsqueda es un claro ejemplo de parresia. Se trata del género del decir verdadero, ese que estudió Foucault (2010; 2011) hacia el fin de su vida. Quien se expresa de ese modo, el parresiasta, incurre por ese hecho en un grave riesgo, incluso en un peligro para su vida, como lo muestra el ejemplo que da Foucault sobre el encuentro entre Platón y Dionisio, tirano de Siracusa. Lo que el filósofo griego le dice sobre su gobierno autoritario produce como consecuencia una amenaza real para su vida. En la parresia, explica Foucault (2010: 61), la enunciación tiene este formato: “‘Yo soy el que piensa esto y por eso lo digo ahora pese a quien le pese’”. A partir de ese acto comunicacional, nace un “compromiso” de alto riesgo ocasionado por la actividad semiótica del parresiasta. Precisamente, lo que caracteriza la parresia es su “conexión dinámica” con quien la enuncia. Una analogía posible es la práctica de la marca corporal, y más claro aún el acto de tatuarse algo en una zona visible del cuerpo, en la cara, por ejemplo. El hacerse esa marca imposible de ignorar produce una situación semejante a la de quien incurre en el acto parresiasta. Ostentar esa huella corporal equivale a una afirmación rotunda: se la porta como un signo elocuente de algo que se cree importante exhibir y anunciar sobre sí mismo al mundo. En la parresia, alguien se planta ante el Otro y le propina esos signos discursivos, que no corresponden a la ‘verdad’ concebida como creencia o conclusión que resulta de aplicar el cuarto método, el único que Peirce llama ‘científico’ en “La fijación de la creencia” (1877). Parresia es lo que alguien piensa y que está convencido de que es verdad, y que no se quiere guardar, por eso elige decirlo en su totalidad. Esa es la etimología de ‘parresia’.

Para justificar la clasificación del texto confesional que Pereyra como un acto de parresia, voy a citar un par de ejemplos extraídos de ese semanario:

Cometí uno de esos pecados que los periodistas no deberíamos cometer. Ejercí una censura despiadada en torno a información altamente delicada que involucra a toda la población (…) No es que la censura deje de ser censura si se aplica en torno a un tema considerado menor, pero el hecho de que la haya cometido sobre un asunto que tuvo y tiene al mundo en vilo la hace más elocuente, vergonzante, cobarde. Hoy me pregunto si los habré vetado [= a los antivacunas] para no caer en la lista en la que, de la noche a la mañana, cayeron personalidades públicas y respetadas (…) Y yo asentía como un cordero, aunque desde un comienzo me quemaba en las tripas la sombra de la duda. Ahora es tarde para decir yo lo pensé. Teniendo, como tengo, un programa periodístico donde hago lo que quiero, nunca llevé a uno de estos antivacunas”

En esta segunda confesión, también pública y mediática, pero ahora escrita en un medio de prensa y generadora de una intensa polémica, lo que constituye la parresia es la relación existencial, el vínculo carnal entre lo dicho y quien lo dice. El uso de la primera persona ata de modo indisoluble al enunciador a sus signos, y ese es el modo en que se presenta a sus interlocutores. Su autor no reproduce apenas otras voces, aunque en el texto incluye las de sus colegas, aquellos que le aconsejaron no incluir en ningún medio “la voz de los antivacunas”. Lo decisivo aquí es que él mismo, Pereyra, se confiesa como un arrepentido agente de implacable censura. No importa si aún hoy él tiene a su alrededor la muy nutrida compañía de un ejército de periodistas que continúan ejerciendo con convicción esa ignominiosa tarea en todos los medios. 

Hay elementos en el texto de Pereyra como para dejar descontentos a todos; ese es un rasgo que es característico del acto parresiasta, que se enfrenta al poder, y lo hace sin medir las consecuencias de asumirlo para quien lo ejerce. No sólo habla el periodista con menosprecio ninguneador de “estos antivacunas”, sino que además demuestra varias formas de la completa ignorancia sobre el fenómeno biológico de la pandemia y sus protocolos, como bien lo destaca Aldo Mazzucchelli, en “El mea culpa de Gabriel Pereyra”, su atinada respuesta a esa columna, sino que Pereyra remata su texto con una demostración de su inamovible fe en las vacunas contra la Covid-19. Él explica que es una medida que, naturalmente, cuenta con el total apoyo “del admirable GACH”, como este periodista describe al cuerpo científico asesor del gobierno:

“Repito: me vacuné y seguramente vacunaré a mis hijos. Pero nada de esto justifica el silencio ignominioso al que condené a personas que parecen representar el sentir de uno cada siete uruguayos.”

Considero que la actitud pertinente con respecto a esta columna no es adherir a todo o a una parte de lo que su autor afirma, ni tampoco oponerse obstinadamente a cada una de sus expresiones, por venir de quien viene, o por el hecho de que fue publicada en un medio de comunicación tradicional, que encarna una ideología con la que no se está de acuerdo, etc. Lo que sí pienso que es relevante en base al análisis del texto es destacar el coraje que supone, por definición, el acto parresiasta, que se opone a la palabra complaciente, al discurso que busca la fácil y rápida aceptación de un grupo de la sociedad, o eventualmente, cuando en su construcción interviene el experto sofista, el consultor de marketing político o publicitario, puede incluso ser la entusiasta adhesión de la inmensa mayoría de quienes lo reciben. El propio autor reconoce y acepta el probable agrio resultado de esa confesión, cuando él se mira a si mismo en el espejo de su texto, y afirma que no hay excusa ni pretexto fácil para hablar recién ahora, para arrepentirse y avergonzarse del triste papel antidemocrático desempeñado por él en los medios, a 20 meses de iniciada la decretada emergencia sanitaria. Poco importa que su actitud personal fue sólo un engranaje en la implacable maquinaria mediática nacional ocupada en llevar adelante y mantener el cercenamiento informativo. Rescato y destaco la conexión existencial imposible de negar entre esas palabras de arrepentimiento y quien las hizo públicas e irreversibles. 

Una ley de la semiótica es que no es posible retirar lo dicho, como reza el popular y falaz proverbio: una vez lanzados los signos al exterior, ya no hay vuelta, ellos quedan allí para siempre, como inamovibles monumentos para evocar lo proferido. ¿Por qué produjo este gran impacto esta segunda confesión del mismo agente censurador, dejando lado el hecho de que antes él ratificó y de que ahora Pereyra se muestra arrepentido, contrario a la represión de las voces críticas al tratamiento de la pandemia que él puso en práctica? Parte de la respuesta, creo, puede encontrarse en el acertado diagnóstico y evaluación del tristemente unánime campo periodístico que hace Aldo Mazzucchelli en el texto de eXtramuros antes citado. Otro factor relevante es que, según reza el dicho latino, Verba volant, scripta manent; aún en la era digital, las palabras dichas vuelan, se evaporan, mientras que las palabras escritas permanecen. También contribuyó al alto impacto emocional el estilo chocante, revulsivo típico de este periodista en particular, como puede apreciarse en el título de su nota sobre el barrio Marconi que ya mencioné. En todo caso, celebro la parresia acometida, porque ese acto semiótico no dejó a nadie indiferente. 

El ensordecedor silencio de sus colegas periodistas en todos los medios sobre esta columna – radio, televisión, prensa escrita o portales de internet – no hace más que servir de contundente evidencia del terror que sienten a ser juzgados como “antivacunas”, o “negacionistas”. Incurrir en esa falta sería, para evocar una vez más la primera confesión radial de Pereyra, pasar a ocupar el peor lugar en la lista de canallas, de seres miserables que no merecen trabajar en ningún medio respetable. Sólo esa gran cobardía colectiva ante la parresia de su colega, nos permite entender la falta de reacción pública que su columna en Búsqueda sin duda merecía. Ese silencio fue el que me impulsó y que ahora me anima a escribir este texto, porque como intento explicar abajo, el dedicarse a  especular sobre la supuesta intencionalidad, el imaginar cuáles fueron los oscuros y ocultos propósitos del periodista Gabriel Pereyra cuando escribió lo que publicó no son senderos que se bifurcan, sino caminos que no conducen a ninguna parte. Quiero evocar ahora la voz de un poeta, León Felipe, porque su poema “Como un pulgón” tiene un inconfundible aroma a parresia, como lo expresa su verso áspero: “Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie, ni a los niños, ni a los hombres, ni a los dioses”; el poeta nos dice que va a seguir “maldiciendo, blasfemando”. De ese modo funciona la parresia, que incomoda a todos y no complace a nadie. 

Un mar agitado de interpretantes

Un poco de teoría no hace mal, y nos va a permitir navegar sin zozobrar en las muy agitadas aguas de opinión pública que produjo ese huracán confesional y parresiasta firmado por Gabriel Pereyra. Prometo ser breve y no demasiado abstracto.  Desde la mirada semiótica, el sentido nunca es algo estático, no funciona como una de las dos caras de una moneda, cuya otra cara sería el signo perceptible. Por el contrario, el significado de lo dicho, ilustrado o hecho se produce a lo largo de cierto tiempo, y lo hace siempre mediante la generación de otro signo más complejo, gracias al cual se puede acceder a la porción de realidad que fue representada. Cito ahora una de las definiciones de ese signo más desarrollado que Peirce llamó el ‘interpretante’ del signo, siendo este último captado por uno o más de los cinco sentidos: “el Interpretante, que es determinado por el signo y que es, en un sentido, su efecto; y que el signo representa como algo que fluye en tanto una influencia, del Objeto” (Peirce, 1907). Cada uno de los cientos, tal vez miles, de comentarios en las redes sociales en torno a la columna “Confesión de un periodista avergonzado”, y del texto que analizaré abajo de un alto funcionario público a cargo nada más ni nada menos que de los Medios Públicos del Estado uruguayo constituye un interpretante de la publicación en el semanario. En tanto signo interpretante, cada mensaje anónimo o con una firma poderosa, es el único modo en que es posible comprender lo que los signos del periodista formularon.

Para esta reflexión sobre esa marea de apasionadas contribuciones en tantos muros de Facebook, tuits e intercambios en Whatsapp y en Telegram, creo necesario señalar en ese voluminoso conjunto una notoria tendencia que observé en buena parte de esos enunciados. Casi todos los textos que leí – incluyo los emoticones de indignación, furia y otros sentimientos negativos con respecto a la confesión y vergüenza del periodista arrepentido – aludían o especulaban sobre algo tan opaco e inaccesible como la verdadera intención, el real propósito o el deseo oculto que estaría por detrás del acto público y, a mi entender, de carácter parresiasta de la columna firmada por Gabriel Pereyra. El popular poeta inglés del período victoriano Robert Browning una vez fue consultado por un admirador de su poesía sobre el significado de un poema que éste encontraba oscuro, nada fácil de comprender. Browning le respondió: “Cuando lo escribí, sólo Dios y yo sabíamos; ahora solo Dios sabe.” Me hago eco de esta sabia respuesta, porque estoy convencido de que sería imposible para el propio periodista reconstruir, saber a ciencia cierta qué fue exactamente lo que él pensó, sintió y deseó que ocurriera mediante ese texto en Búsqueda. Sí podría estar casi seguro del impacto de lo que propuse definir como un acto de parresia. Pereyra debía tener alguna noción del mar embravecido de críticas, suspicacias, sospechas y variados ataques que desataría su confesión y su arrepentimiento avergonzado. No estoy tan convencido de que él imaginara el estruendoso silencio de todos sus colegas en ejercicio, de quienes optaron por hacer oídos sordos, por no mirar hacia allí en forma colectiva, para poder ignorar prolija y concienzudamente esa confesión que tan directa y obviamente les atañe a ellos también.  

No es productivo, desde la mirada que procuro ejercer aquí, preguntarse por esa intencionalidad recóndita, por lo que pasó por la mente de este periodista cuando escribió, primero, y decidió luego seguir adelante con ese deseo de hacer pública su nueva posición o postura ideológica y ética hacia el ejercicio implacable de la censura de los que se expresaron en ámbitos comunicacionales recónditos – como los que él mismo menciona – sus discrepancias razonadas y razonables, aún si falibles como todo lo humano, sobre el modo más adecuado de lidiar con la pandemia. Esa clase de ejercicio merece el nombre de especulación psicologista, no psicológica, por cierto. La psicología es un campo legítimo del saber, de la búsqueda de la verdad como cualquier otro, como la semiótica, por ejemplo. Pero el hacer un diagnóstico en ausencia del paciente, sin el menor conocimiento de su psiquis a partir de un texto cuyo destino evidente es ser público, es ser compartido por una comunidad lectora, no puede producir otro resultado que un gran equívoco. Esa enorme cantidad de “me parece que con su texto G. Pereyra”:  a) quería realmente ; b) buscó en verdad ; c) no quiso no ; d) trató de ocultar ; e) no pudo querer de veras, y muchas más variantes especulativas sobre su inasible conciencia no puede más que servir para producir en quien así especula la plena certeza de que es un profundo conocedor del alma humana, en general, y de la de este periodista, en particular. Nada es más estéril, a la hora de ir en busca de la verdad, que entregarse con indulgencia a ese juego de espejos, que produce la ilusión de detentar un saber extraordinario sobre la condición humana en quien lo practica alegremente. 

En vez de dedicarse a esa forma de indagación autocomplaciente e inútil, lo que propongo es una vez más ir a revisar la noción de parresia, que estudió Foucault, para analizar el interpretante de la columna de Pereyra en el que sí me voy a detener, a causa de su carácter institucional, y de constituir un hecho público, algo a lo que todos tenemos acceso, si nos dirigimos a la página de internet donde fue colocado, a disposición de toda la sociedad uruguaya, como el sentido o lectura oficial de aquel texto periodístico. Antes de hacerlo, repaso otra característica de la parresia. Para entender lo distintivo del discurso parresiasta, Foucault (2011:16) contrasta la palabra del profeta con aquel, pues el primero “no deja nada librado a la interpretación, deja  a la persona a quien se dirige la dura tarea de tener la valentía de aceptar esa verdad, de reconocerla, y volverla un principio de conducta. Él deja esa tarea moral, pero, a diferencia del profeta, él no deja el difícil deber de la interpretación”.

 

Su análisis nos permite entender la multitud de respuestas vehementes, apasionadas, ya que la parresia le asigna sólo un deber al Otro, a su interlocutor: aceptar o – yo agrego – repudiar el discurso que le es lanzado con vigor como verdadero. En ambos casos, se produce una reacción explosiva. Cabe preguntarse qué puede estar más unido a la existencia de alguien que  el (casi) indeleble tatuaje:

La parresia entonces [incluye] la afirmación de la verdad, y además de esta afirmación, un elemento implícito que podría llamarse el pacto parresiástico del sujeto consigo mismo, mediante el cual él se ata a sí mismo tanto al contenido de la afirmación como al acto de hacerla: yo soy la persona que habrá dicho esto (Foucault 2010:65). 

Foucault habla de un “pacto doble”, ya que la parresia supone no sólo que alguien diga que está enunciando la verdad, sino que cuando lo hace se señale a sí mismo como alguien que queda definido por ese acto semiótico: “El  parresiasta da su opinión, dice lo que piensa, personalmente firma (…) la verdad que afirma (Foucault 2011, p. 11). Ya está todo pronto para ir al encuentro del interpretante debaticida. 

El debaticida que amaba las grandes e inservibles palabras

Una imagen puede servir para ilustrar con fuerza el efecto que produjo la confesión de un periodista arrepentido de su prédica censuradora durante toda la era pandémica. La columna del parresiasta Gabriel Pereyra fue la brasa arrojada a un bosque árido, completamente seco que encendió un gran fuego. Tanto las centenas de reacciones pasionales en las redes, en contra y a favor de su avergonzado arrepentimiento, como el silencio culpable de todos sus colegas en los medios de comunicación exhiben el paso imparable del incendio provocado por su confesión escrita. Esos signos fogosos fueron de hecho el inicio del debate tan temido, del fin de la unanimidad que protegió a gobierno y oposición de quedar expuestos en sus decisiones equivocadas y temerosas de ofender al gran poder mundial. 

El interpretante del que me ocupo ahora es de naturaleza oficial y no periodística, ni anónima pasional. El texto de Gerardo Sotelo, presidente de Medios Públicos, busca apagar ese incendio, dicho no metafóricamente su editorial institucional fue ideado para matar el debate en su inicio mismo, por eso lo describo como un signo debaticida. De nuevo, en mi análisis prescindo de conjeturadas intenciones o deseos ocultos, conscientes o inconscientes del autor de “El periodismo y los negacionistas”. Sólo me ocupo de lo que es público, como los medios de comunicación que, en principio, este funcionario debería cuidar, debería proteger como ámbitos de libre expresión en democracia.  Analizo entonces los signos que elaboró Sotelo para asegurarse de que ese debate naciera muerto, para suprimir todo conato de arrepentimiento en los colegas de Pereyra, y para detener el desarrollo del tan necesario intercambio de ideas diferentes sobre la naturaleza misma y forma de tratar adecuadamente la pandemia. 

Vale la pena recordar cómo funciona el sentido que surge para sustentar toda comunicación interpersonal o pública: “cuando un signo determina la interpretación de si mismo en otro signo, produce un efecto externo a si mismo, un efecto físico” (Peirce, CP 8.191). Nada más tangible, externo y físico que el editorial que encontramos al visitar al portal de Medios Públicos, la institución del Estado uruguayo encargada de gestionar radios y canal oficial con alcance nacional, que pagamos todos los ciudadanos con los impuestos. Si uno acude a ese rincón de internet, se encuentra no sin asombro con un contundente y nefasto interpretante textual de “Confesión de un periodista avergonzado”, cuyo autor no es otro que el presidente de ese organismo público. Su título no es nada ambiguo y nos prepara para lo peor: “El periodismo y los negacionistas”. Aquellos “antivacunas” que menciona G. Pereyra en su columna han mutado en su avatar más canallesco e infame, ese que fue elegido por los periodistas locales, porque evoca una actitud ética condenada por la humanidad en el siglo 20.  

A la parresia del periodista Pereyra, este alto funcionario, que, reitero, está encargado oficialmente de velar por la libertad de expresión, de salvaguardar un rasgo identitario de la democracia saludable, respondió con un lenguaje afectado que no logra disimular la proclama enfática del fin de todo debate sobre cuál sería el mejor modo de tratar la pandemia en el mundo de la vida. El recurrir a términos altisonantes como ‘deontología’ o ‘axiología’ no consigue amortiguar el propósito evidente de su texto: un ferviente clamor por más censura, un manifiesto a favor de la expulsión de las voces críticas o disidentes sobre la pandemia. Quizás sería más correcto decir que el texto de Sotelo fue escrito para que continúe ese régimen autoritario y enemigo acérrimo de la libertad de pensamiento, en todo el territorio uruguayo, y para que se ignore como una flatulencia inoportuna la confesión de “un periodista avergonzado”. Me ocupo ahora de reflexionar sobre algunos elementos clave de este signo interpretante del todo antagónico al esbozo de una nueva y diferente actitud de los medios de comunicación hacia “los lunáticos” hasta ahora expulsados de ese espacio comunicacional tan poderoso en toda sociedad. 

El texto del funcionario Gerardo Sotelo comienza a hablar con tono engañoso y benévolo sobre la columna de G. Pereyra: declara compasivo y empático su comprensión del momento confesional del periodista de Búsqueda: “ambos tenemos, en algún punto, que tomar decisiones deontológicas con respecto a la información que procesan.” En seguida, trae el otro signo sonoro y de aspecto erudito en aparente apoyo de su postura: “El arsenal axiológico del periodismo nos dice varias cosas al respecto”. Hasta aquí el lector podría pensar, si pudiese olvidar el título elegido por Sotelo, que está a punto de leer una discusión equilibrada y dispuesta a redimir la libre expresión exiliada durante tanto tiempo en este país. Pero es sólo una ilusión pasajera; en lo que resta del editorial, su autor gubernamental procede a argumentar con fervor a favor del debaticidio. Sotelo justifica e incluso celebra el no acceso a los medios de quienes ejercen una actitud crítica sobre el manejo pandémico. Con aire de experimentado conocedor, él procede a describir la trastienda de la información mediática; Sotelo nos revela lo que ocurre en “nuestras salas de prensa (…) con relación a los temas de la pandemia, incluyendo a sus negadores; o mejor aún, tomando a los negadores como parte de una presunta controversia de la que debemos hacernos cargo.” Supongo que debería tranquilizarnos el enterarnos que este avezado explorador de ese campo profesional sabe cabalmente que no existe controversia alguna, como pretenderían los “negadores” pandémicos aludidos en el título de su texto oficial. Simple y claro: muerto el debate, muerta la necesidad de confesar la censura. ¡Larga vida al debaticida gubernamental!

A continuación, adoptando una voz magistral y magisterial, procede Sotelo  a explicar al visitante de ese rincón institucional de Medios Públicos el motivo por el cual se debe negar acceso al ‘negacionista’ del título, con un criterio que él considera más que respetable. Y lo hace enfatizando con vehemente seguridad su rol de guardián y de guerrero aguerrido en el combate sin tregua contra la falsedad: 

“Los periodistas no debemos ser ecuánimes entre lo falso y lo verdadero. Debemos consignar las contradicciones e incongruencias entre quienes sostienen puntos de vista razonables, constatables y responsables, pero no equiparar la verdad con la mentira, la incertidumbre con el caos y la crítica racional con el mesianismo irracional.”

Sotelo propuso una lista que evoca la enumeración de canallas de la primera confesión de Pereyra, en Radio Sarandí: ¿cómo no combatir contra gente que a) se contradice, b) es incongruente, c) busca sembrar el caos que no permite distinguir la mentira de la verdad, y lo peor de todo, d) encarna una misión mesiánica y enemistada con la racionalidad? Su editorial ha sido enunciado desde la altura del poder gubernamental y nos prepara para ir al encuentro de los “lunáticos”; se trata de una innovación verbal, debo reconocerlo, que se suma a los otros epítetos demonizadores con que el periodismo local reemplazó su tarea de investigación por la de tenaz persecución de todo aquel que piensa fuera del dogma covillero. Siempre haciendo caso omiso de lo que pudo haber pasado por la mente de este funcionario de la represión oficial del pensamiento crítico, paso a consignar la receta que con generosidad Sotelo nos ofrece para no caer en las garras de gente que perdió por completo la razón:

“En todo caso, debemos volver cada tanto a la refutación de las mentiras (aquello que ahora llamamos, con afectación pasteurizadora, “fake”), a la advertencia sobre las consecuencias de las prácticas acientíficas (cuando estas sean significativas) y a echar una mirada, entre periodística y antropológica, a las conductas y las elucubraciones bizarras, sobre todo si con su validación se compromete la salud o la vida humanas.”

¡Qué bueno tener un jerarca que no sólo vigila el estado sanitario de la comunicación, sino que actúa en varias ciencias de lo humano! Contamos con un experto no apenas en distinguir lo verdadero de lo falso, sin que la menor duda le haga temblar el pulso censor, sino que puede observar el mundo de lo humano como un antropólogo. Gracias a ese don de un saber casi sobrenatural, Sotelo pudo juzgar que el discurso crítico se compone de “conductas y elucubraciones bizarras”. Ya podríamos irnos en paz, como anuncia el sacerdote al final de la misa: estamos en muy buenas manos, para qué seguir leyendo si el presidente de Medios Públicos ya nos informó de lo sustancial. Por fin, nos quedó muy claro que la censura es el único camino hacia la libertad vigilada, como anotó con aguda ironía José Pablo González, en un comentario sobre el manifiesto admirable de Sotelo-censor, en el que rinde justo homenaje a George Orwell. Pero no, no se vayan que hay más signos relevantes en este interpretante que declara írrito y nulo todo acto de discrepancia discursiva con el relato oficial pandémico. Según el manifiesto soteliano, los periodistas en Ciudad Pandemia no deben admitir en modo alguno que se cuele ninguna opinión contraria a la única creencia legítima, el resto es silencio, o mejor debe ser silenciado, como lo ha sido hasta hoy. Se enfrentan así parresiasta y debaticida en un duelo semiótico cuyo violento desenlace ya se avecina.

Cuando escribí arriba que el funcionario de Medios Públicos es dueño de un saber excepcional no exageré un ápice; vean el modo en que él describe su vasto conocimiento de todo lo que el campo del pensamiento crítico esgrime sobre el manejo pandémico: 

“Fuera de la experiencia personal de Gabriel, cuya autocrítica lo honra, no parece que exista un tratamiento genérico de censura contra los antivacunas, ni mucho menos parece que las singularidades de las coberturas en torno a la pandemia de Covid-19, presenten dudas o novedades al respecto de las prácticas periodísticas.”

Me saco el sombrero o me pongo entre signos de admiración ante quien es capaz de exhibir una mirada digna de un inquilino estable del Olimpo del saber máximo, alguien capaz de afirmar que con la excepción de esta rara o extraña situación de un único periodista que se confesó avergonzado por haber sistemáticamente censurado las voces críticas en torno al universo pandémico oficial, no existe tal censura, en todo el territorio que este funcionario gestiona. Podríamos quizás disculparlo, un poco pero no mucho, porque cuando Sotelo hizo público este alegato oficial a favor de la total censura del pensamiento crítico, sólo habían pasado algunas horas de la publicación del texto confesional de Pereyra. Luego, a medida que pasaron los días, y que hubo una demostración palmaria de la completa auto-censura de todos sus colegas, una situación a la que es plausible afirmar contribuyó el editorial de Sotelo, éste podría haber hecho algún agregado a su texto original en lo que atañe al inexistente, según este funcionario, “tratamiento genérico de censura contra los antivacunas”. Y que no haya nada nuevo o diferente o relevante en la información que maneja esta bizarra tribu, es algo a admirar en el ojo infalible del antropólogo Sotelo, o a lamentar como un exceso irracional de vanidad, de la ceguera de quien no piensa en las consecuencias reales de los signos que usa tan gallardamente, en su rol de presidencial mediopúblicouruguayo.  Ya es tiempo de ir al clímax o paroxismo debaticida en que incurre el funcionario desde las alturas de su cargo, algo que pudo haber contribuido a marearlo.

Todo texto creado para llegar a muchos, y no a quedar en la intimidad de una charla virtual o en una conversación presencial posee una estructura en la que hay tres momentos decisivos: la captación de la atención lectora – Sotelo lo consigue ninguneando a la tribu crítica del covillerismo oficial, al que él se adhiere con orgullo; el centro de su argumentación a favor de censurar sin escrúpulos a todo el que se aparte del relato pandémico; el cierre o desenlace dramático, la lección que los lectores deberían llevarse como valiosa moraleja ofrecida por este avezado experto en periodismo, antropología y las otras dos palabrejas difíciles que él menciona, pero que no usa en absoluto. Aquí viene, prepárense mis lectores, el paroxismo de la corrección dogmática y sanitaria de un funcionario apasionado por la censura:

En todo caso, la oportunidad es propicia para reafirmar el compromiso del periodismo con la búsqueda de la verdad y con el público. Es para ellos que relevamos hechos y cotejamos datos; no para quedar bien con las autoridades sanitarias ni con la academia. Tampoco para practicar la indulgencia con los lunáticos, cuyo aparente desinterés y su autoproclamado altruismo pueden esconder las motivaciones más mezquinas, los procedimientos más retorcidos y las peores consecuencias. (énfasis agregado, F.A.)

Hay un tono magistral, severo pero noble, propio de quien afirma poner su ilimitado e infalible saber al servicio de la más noble causa, a saber, buscar la verdad para la audiencia que confiada la espera, y cabe preguntarse, ¿qué mejor fuente que este ser presidencial y mediopubliquista? Tras esa proclama abnegada, llega el esperado gran golpe de timbales discursivos, la crispación debaticida que debería justificar todos los disparates afirmados antes como si fueran el resultado de una cuidadosa investigación sobre terapias, máscaras, confinamientos y otros aspectos reales de la pandemia, como los pueden encontrar en varios de los textos publicados en eXtramuros, durante todo este tiempo de unanimidad monolítica de medios y partidos políticos. 

El tono duro y bélico que emplea Sotelo para lanzar su ataque furibundo contra los ya no más “negacionistas”, a los que él alude en el título, sino contra los “lunáticos”, gente que ha perdido la razón, que ha extraviado el camino a la realidad, ese que él tan bien conoce, desde todos los ángulos posibles. Y es entonces cuando su editorial mediopubliquero se desploma, y cae a la más baja de las ciénagas, alcanza un nivel de infamia que nada tiene que envidiar a los cientos de mensajes en las redes que proceden a psicologizar la columna de Pereyra para odiarlo mejor: “cuyo aparente desinterés y su autoproclamado altruismo pueden esconder las motivaciones más mezquinas, los procedimientos más retorcidos y las peores consecuencias”. Calma, este funcionario puede ver a través de los impenetrables muros de la mente humana, y por eso sabe, como todos esos internautas que opinaron sobre los motivos ocultos de Gabriel Pereyra, en base a su publicación, cuáles son las secretas pésimas intenciones que albergan los “lunáticos”. 

Su llamativo y melodramático empleo abundante del superlativo – “las más mezquinas”, “los más retorcidos”, “las peores” – es para describir a quienes disimulan su ser canallesco bajo la apariencia de un desinteresado altruismo, de un falso y publicitado deseo de buscar la verdad sobre un fenómeno tan complejo y de proporciones gigantescas como lo es la sindemia actual. Debo confesar, ya que estamos en un plano confesional y público, que me cuesta imaginar un gesto debaticida más infame, menos digno de una institución que debería velar por el buen estado de los medios del Estado. Un modo seguro de no cumplir con esa función es entregarse a especular sin evidencia alguna sobre la imaginaria existencia de una intencionalidad malvada, funesta de una parte de la población uruguaya que se preocupa por las medidas arbitrarias que han desterrado la normalidad, y también por las poco confiables e interesadas negociaciones de empresas farmacéuticas vendedoras de panaceas salvíficas cuya eficacia contra la Covid-19. Se trata de dudas no gratuitas, sino profusamente informadas. Lo que sí me parece un procedimiento retorcido capaz de generar“las peores consecuencias” es el que eligió para encarnar el espíritu de los medios públicos su autoridad más alta, a través de su texto debaticida. 

El demonio dualista y el psicologismo en red

A modo de epílogo de esta reflexión sobre la inesperada irrupción de signos parresiastas, esos que son capaces de antagonizar a buena parte de la sociedad que sólo consume la información sobre la Covid-19 en los medios masivos, y sobre el surgimiento de un interpretante oficial y debaticida, cuyo fin evidente es aplastar el conato de debate público provocado por la parresia de un arrepentido censor, voy a comentar un sabor amargo que me deja este momento pandémico.

El fundador de la semiótica, C. S. Peirce, nos legó una útil advertencia sobre el modo en que funciona el camino que no es válido para abordar analíticamente un problema. Esta forma equivocada es “el dualismo, que en su más amplio y legítimo sentido (es) la filosofía que realiza sus análisis con un hacha, y deja como elementos finales, trozos no relacionados del ser” (CP 7.570). Dicha forma de entender el mundo, explica Peirce, es la más antagónica al principio de continuidad en la que se basa su teoría lógica de la generación del sentido. No sólo percibo dualismo en la multitud de mensajes enardecidos en contra de la columna parresiasta de Pereyra, algo del todo previsible, sino también en otros textos más curiosos que atacaron con furia a quienes han tenido una mirada crítica sobre la ortodoxia Covid temprana y consistentemente. Su supuesta culpa o grave falta habría sido el celebrar de modo público, en esta revista por ejemplo, la insólita y bienvenida aparición de signos que por fin fisuraron la muralla monolítica de silencio mediático para las voces ruidosamente ausentes de la inmensa y unánime cobertura  de la emergencia sanitaria. 

Así funciona el demonio del dualismo a la hora de entender la realidad: abre  una grieta dentro de la grieta pandémica que los medios, gobierno y oposición no han dejado de ahondar. Y lo lamentable es que esa división funesta ocurre justo ahora, cuando las fuerzas mediáticas conjuntas han lanzado el grito siniestro de ¡Vacunar o Muerte Infantil! En lugar de naufragar en esa división que nada explica y que sólo consigue distanciarnos, aceptemos el principio de continuidad peirceano: no hay un corte absoluto entre las dos confesiones de un periodista arrepentido, ni entre su reciente columna y esa especie de epitafio involuntario publicado por un censor irredento y negador de la realidad que rompe los sentidos. Entre esos signos públicos y la multitud  de expresiones encendidas que llena las redes sociales con emociones encontradas, y posturas extremas hay también continuidad lógica; ya pasó demasiado tiempo, desde que se inició el exilio de la palabra crítica en todos los medios masivos. 

Esa es la consecuencia del mal que hace más de un siglo describió Peirce, un investigador que se ocupó de construir el enorme diseño arquitectónico para entender el camino de los signos como sendero válido y valioso para entender la mente humana y sus creaciones, así en la vida como en la ciencia y la cultura. 


Referencias

Andacht, Fernando. (2021). Sobre canallas, censores y el ruidoso silencio indebido en Pandemia. (https://extramurosrevista.com/sobre-canallas-censores-y-el-ruidoso-silencio -indebido-en-pandemia/)

Foucault, Michel. 2010. The Government of Self and Others. Lectures at the Collège de France 1982–1983.  F. Gros (Ed.).  (G. Burchell, Trad.) London: Palgrave/ Macmillan. 

Foucault, Michel. 2011. The Courage of the Truth (The Government of Self and Others II) Lectures at the Collège de France 1983–1984. F. Gros (Ed.). (G. Burchell, Trad.) London: Palgrave/Macmillan.

Mazzucchelli, Aldo. (2021). El mea culpa de Gabriel Pereyra (https://extramurosrevista.com/el-mea-culpa-de-gabriel-pereyra/)

Peirce, Charles S. (1931-1958). The Collected Papers of Charles Sanders Peirce. C. Hartshorne, P. Weiss, A. Burks (eds.). Cambridge, MA: Harvard University Press.

Pereyra, Gabriel. (2021). Confesión de un periodista avergonzado. Búsqueda (11.11.2021) (https://www.busqueda.com.uy/Secciones/Confesion-de-un-periodista-avergonzado-uc50152)

Sotelo, Gerardo (2021). El periodismo y los negacionistas. Institucional. Medios Públicos.uy (https://mediospublicos.uy/institucional/)

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