JOSÉ W. LEGASPI / A partir de un hipotético diálogo a través de un chat entre padre e hijo ocurrido en estos tiempos, lejos de establecerse un conflicto emocional o una falla comunicacional, se exhibe algo más profundo y más político: la liquidación simbólica del padre como figura legítima del vínculo. No se trata de un padre ausente, violento o desentendido. Se trata, precisamente, de lo contrario: un padre presente que es desalojado.


ENSAYO

A continuación, imaginemos el siguiente intercambio entre padre e hijo a través del chat de una app de mensajería.

Padre: Te  dejé un mensaje de voz. Mañana de noche a eso de las 20:30 nos juntamos todos a comer. Si puedes y quieres me gustaría verte. Te extraño y extrañamos mucho.

Hijo: ——————- (no responde).

Padre: Amor, hoy volvemos a casa. Quiero abrazarte y darte un beso, cuando vos puedas. Te amo con toda mi alma.

(Pasan unos días…).

Padre: Hola! Te extraño. Beso enorme. Tengo muchas ganas de saber de vos. Quiero por lo menos escucharte. ¿Te puedo llamar?

(Padre etiqueta al hijo en una foto de la cena en familia, y el hijo la elimina).

Padre: Es absurdo que borres una etiqueta, por favor. Falta que me elimines como contacto en la red social, ¿no te parece un poquito inmaduro lo que haces? Te amo, no me cansaré de decírtelo, como no me canso de llamarte y mandarte mensajes que no me respondes.

Hijo: inmaduro es lo que tu haces papá, ni que me importara una red social, no me interesa lo que se muestre por allí, las realidades son otras; yo que sé, no tengo nada más para decir.

Padre: Sigo sin saber lo que te pasa, no me dijiste nada al respecto, pero está bien, respeto que no quieras hablar, sólo quiero abrazarte, NO QUIERO hablar de lo que no quieras, pero tenemos que vernos. Si no te interesa la red social no borres la etiqueta. Y no soy inmaduro, soy tu padre y te amo, ¿eso te parece inmaduro? Hace más de tres meses que no nos vemos, no puedo creer que no me extrañes. ¿No te importa?.

Hijo: No dije que no te extrañe, me gustaría que las cosas fueran completamente distintas, ¿qué quieres que te diga?.

Padre: Yo no entiendo lo que dices. Pero háblame, dime qué quieres que sea distinto, estoy dispuesto a todo.

Hijo: Va mas allá de que no te hable, son sentimientos que fueron creciendo a lo largo de toda mi vida..

Padre: ¿Qué sentimientos?

Hijo: Los sentimientos de no tener ganas de ir a casa, de verlos, etc., etc.

Padre: ¿Pero por qué?, no entiendo.

Hijo: Yo que sé, no pido que cambies cosas, ya eres grande y supongo que es casi imposible cambiar de cabeza.

Padre: Trata, si algo hago mal puedo cambiarlo. ¿Qué tendría que cambiar para que quieras verme?. Dime, no me enojo. Te amo, no podría enojarme, llámame y hablamos. Quiero entender, no te quiero perder…

Hijo: Ojalá fuera «algo», son actitudes tuyas, tu personalidad, la forma en que haces las cosas; no te voy a decir que cosas deberías cambiar, a mi me gusta sentirme bien con las personas sin tener que cambiarlas, me gusta quererlas así tal cual son, siendo personas autenticas. Yo sé como sos, sé todas tus cosas, tus malhumores y actitudes. Hay cosas que las entiendo, soporté muchas cosas, pero hay otras que no, o simplemente ya no soporto más. Quizá sea muy duro lo que digo pero es verdad, y sé que me estas entendiendo en las cosas que digo.

Padre: ¿Qué cosas tuviste que soportar? Hace meses que no me ves, ¿sabes si tengo malhumores?. No, no te entiendo.

Hijo: Seguro no fui muy comunicativo con las cosas que veía mal, pero si observado…

Padre: Dime porque no entiendo, ¿qué cosas están mal?. ¿Qué observabas y no me dijiste?. Quiero entender. Lo que sí veo es que nunca me hablas de cariño, de que me quieras. Y no creo haber hecho algo para que dejes de quererme. ¿Qué cosa pudo pasar para que no quieras ver más a tu padre?. Ponte en mi lugar un momento, sin saber qué pasa dejo de verte, y eso me pone muy triste.

Hijo: A ver papá. yo entiendo que me extrañes, sé que me quieres pila, yo también te quiero, por mas que no se note lo hago; pero muchas cosas me fueron molestando, actitudes tuyas cuando yo estaba en casa, el ser simpático un rato pero enseguida irte a dormir, una de las últimas veces que fui tu compañera estaba llorando por tus malhumores, yo me fui formando una imagen tuya, que no me gustó; entiendo muchas cosas pero hay otras que nunca las entendí; respecto a vos opino que podrías estar mucho mejor, podrías ver las cosas de otra manera, tratar de encarar las cosas de otra manera; pero es como digo, ya sos grande y es difícil ver algunas cosas, uno cree que esta haciendo las cosas bien y no es verdad. Es larga la lista de cosas, que no quiero hablar, porque después de cierto punto no me interesa más.

Padre: Me levantaba muy temprano a trabajar y no podía evitar dormir siesta, mi trabajo me teñía de malhumor, es verdad, pero ¿tú crees que estás haciendo las cosas bien?¿Te das cuenta lo que me estás diciendo? ¿No te interesa tener relación con tu padre?.

Hijo: Quizá la solución de evitarte no sea la mejor pero no sé que otra cosa hacer, porque no quiero encarar el tema.

Padre: Mi amor, eso seguro que no está bien. ¿Y cuándo vas a encarar el tema?

Hijo: No quiero encarar el tema, qué quieres? ¿qué nos veamos como si nada? No, no.

Padre: Sí, quiero que nos veamos y tratar que compruebes si sigo siendo un malhumorado o no. Ya no tengo ese trabajo, me hacía mucho daño. Todo el mundo me ve distinto, de buen humor.

En este diálogo imaginario el padre insiste, propone encuentros, pide hablar, se ofrece a cambiar, se expone emocionalmente, reconoce límites, revisa su pasado. No ejerce poder: suplica vínculo. El hijo, en cambio, retira el deseo y lo hace sin acusación concreta. No hay hecho, no hay abuso, no hay transgresión identificable. Hay una sentencia difusa, retroactiva y total. Esa vaguedad no es casual: es la condición misma de la condena.

El hijo no dice “hiciste esto”. Dice: “son actitudes”, “tu personalidad”, “la forma en que eres”. El problema ya no es una conducta corregible sino la identidad del padre. Y cuando el ser es el problema, no hay defensa posible. El padre puede cambiar hábitos, trabajos, humores; nada sirve. Porque el juicio no es moral sino ideológico: el padre es un sujeto incorrecto.

Este pasaje —del reproche a la deslegitimación ontológica— es una de las operaciones centrales del feminismo radical contemporáneo. El padre no es sospechoso por lo que hace, sino por lo que representa. En esa matriz, la figura paterna es pensada como residuo del orden patriarcal, y por lo tanto no merece reparación sino superación. No se discute con el padre: se lo deja atrás.

Por eso el hijo puede decir “te quiero” mientras lo evita durante meses, incluso años, sin culpa alguna. El amor se reduce a una declaración abstracta, desligada de toda práctica. El vínculo real se extingue, pero el discurso afectivo permanece como coartada. El padre queda reducido a un emisor unilateral de mensajes que no esperan respuesta. El hijo administra silencios como si fueran derechos políticos.

La escena en la que el hijo afirma que no quiere cambiar a las personas, que le gusta quererlas “tal como son”, condensa la lógica completa. No es una ética del respeto: es una ética de la desvinculación. Porque al padre no se lo acepta tal como es: se lo descarta tal como es. La autenticidad se convierte en un argumento para no hacerse cargo del lazo. No hay conflicto que trabajar, solo personas que dejar de ver.

El padre, acorralado, hace lo que esta cultura le permite: pedir permiso para existir. Pregunta qué cambiar, qué hizo mal, qué observaron de él en silencio durante años. Se somete al tribunal emocional del hijo, acepta la asimetría, renuncia a toda autoridad. Pero nada alcanza, porque el veredicto ya fue dictado antes del juicio: el padre es un obstáculo para el bienestar subjetivo del hijo.

Este fenómeno no es psicológico. Es político-cultural. Es el resultado de décadas de pedagogía que exaltaron la autonomía emocional hasta convertirla en impunidad afectiva, y que redefinieron toda incomodidad relacional como violencia latente. En ese marco, el padre —incluso el padre amoroso— es una figura a neutralizar. No porque haga daño, sino porque encarna una historia que se quiere cancelar.

Conclusión posible

Lo que este diálogo muestra, sin atenuantes, es una victoria ideológica: la del hijo que se siente éticamente autorizado a cancelar al padre sin pruebas, sin hechos y sin responsabilidad. No hay aquí sanación, ni cuidado, ni crecimiento. Hay abandono legitimado, adornado con un lenguaje terapéutico que encubre la cobardía moral de no enfrentar el vínculo.

El padre no es expulsado por violencia ni por abuso. Es expulsado por no haber sido lo suficientemente correcto según estándares que se formularon después. Se lo juzga con categorías anacrónicas y se lo condena sin posibilidad de réplica. El padre siempre llega tarde al juicio porque el juicio nunca fue sobre lo que hizo, sino sobre lo que es.

El feminismo radical ha sido clave en esta operación al instalar que el conflicto con el padre no debe tramitarse, sino abolirse; no resolverse, sino superarse mediante la eliminación del vínculo. El padre deja de ser un otro con el que se discute y pasa a ser un residuo histórico que estorba. Cuando el vínculo incomoda, se corta. Cuando duele, se borra. Y al padre se le exige madurez para aceptar su propia expulsión.

Esto no produce justicia. Produce orfandades inducidas. Padres vivos tratados como muertos simbólicos. Hijos que se proclaman libres mientras reproducen al pie de la letra una moral que les enseña a no hacerse cargo del daño que causan. No es emancipación: es desertificación afectiva.

Una sociedad que normaliza que un padre tenga que rogar por un abrazo y aun así sea descartado, no está corrigiendo abusos del pasado. Está instituyendo una nueva forma de violencia: limpia, discursiva, irreversible. Una violencia que no deja marcas físicas, pero que destruye la transmisión, el perdón y la posibilidad misma del lazo intergeneracional.

Cuando el padre deja de importar —no porque haya fallado gravemente, sino porque ya no se lo considera necesario— lo que se rompe no es solo una relación privada. Se rompe la idea de que los vínculos humanos merecen ser trabajados incluso cuando incomodan. En ese punto, no estamos ante un avance moral. Estamos ante una derrota cultural profunda, celebrada como progreso.