CONTRARRELATO

Un grupo de fanáticos sin experiencia alguna en epidemiología fue responsable de la idea durante, la administración Bush.

Por Jeffrey A. Tucker

Ahora comienza el gran esfuerzo, expuesto en miles de artículos y noticieros diarios, para de alguna manera hacer que se vea normal el encierro y toda su destrucción de los últimos meses. No cerramos casi todo el país en 1968/69, ni en 1957, ni en 1949-1952, ni siquiera durante 1918. Pero en unos aterradores días de marzo de 2020, la idea nos cayó encima a todos, causando una avalancha de destrucción social, cultural y económica que resonará a través de los tiempos.

No hubo nada de normal en todo ello. Estaremos tratando de entender lo que nos pasó durante décadas.

¿Cómo es que un plan temporal para preservar la capacidad de los hospitales se convirtió en meses de arresto domiciliario casi universal que acabó provocando el despido de trabajadores en 256 hospitales, la paralización de los viajes internacionales, la pérdida de un 40% de los puestos de trabajo entre las personas que ganan menos de 40.000 dólares al año, la devastación de todos los sectores económicos, la confusión y la desmoralización masivas, la ignorancia total de todos los derechos y libertades fundamentales, por no mencionar la confiscación masiva de la propiedad privada con el cierre forzoso de millones de empresas?

Cualquiera que sea la respuesta, tiene que ser una historia extraña. Lo que es realmente sorprendente es lo reciente que es la teoría del cierre, encierro, y distanciamiento social forzado. Por lo que se sabe, la maquinaria intelectual que ha dado lugar a este desaguisado fue inventada hace 14 años, y no por epidemiólogos sino por modeladores de simulación informática. Y no fue adoptada por médicos experimentados -que advirtieron ferozmente contra ella- sino por políticos.

Empecemos con la frase distanciamiento social, que ha mutado en separación humana forzada. La primera vez que yo la había escuchado fue en la película Contagio de 2011. La primera vez que apareció en el New York Times fue el 12 de febrero de 2006:

Si la gripe aviar se vuelve pandémica mientras el Tamiflu y las vacunas siguen escaseando, los expertos dicen que la única protección que tendrán la mayoría de los estadounidenses es el «distanciamiento social», que es la nueva forma políticamente correcta de decir «cuarentena».
Pero el distanciamiento también abarca medidas menos drásticas, como llevar mascarillas, no entrar en los ascensores… y el saludo con el codo. Estas estratagemas, dicen los expertos, reescribirán las formas en que nos relacionamos, al menos durante las semanas en que las olas de la gripe nos bañen.

Tal vez usted no recuerde que la gripe aviar de 2006 no llegó a mayores. Es cierto, a pesar de todas las advertencias extremas sobre su letalidad, el H5N1 no fue gran cosa. Sin embargo, lo que sí hizo fue enviar al entonces presidente, George W. Bush, a la biblioteca a leer sobre la gripe de 1918 y sus catastróficos resultados. Pidió a algunos expertos que le presentaran algunos planes sobre lo que habría que hacer cuando se produjera la gripe real.

El New York Times (22 de abril de 2020) cuenta la historia a partir de ahí:

Hace catorce años, dos médicos del gobierno federal, Richard Hatchett y Carter Mecher, se reunieron con un colega en una hamburguesería de los suburbios de Washington para una última revisión de una propuesta que sabían que iba a ser tratada con dureza: decir a los estadounidenses que se quedaran en casa, sin ir al trabajo ni a la escuela, la próxima vez que el país se viera afectado por una pandemia mortal.
Cuando presentaron su plan poco después, fue recibido con escepticismo y cierto grado de ridiculización por parte de los altos funcionarios, que al igual que otros en Estados Unidos se habían acostumbrado a confiar en la industria farmacéutica, con su creciente gama de nuevos tratamientos, para hacer frente a los cambiantes desafíos sanitarios.
Los doctores Hatchett y Mecher proponían, en cambio, que los estadounidenses de algunos lugares tuvieran que volver a un planteamiento, el autoaislamiento, empleado por primera vez en la Edad Media.
La forma en que esa idea -nacida de una petición del presidente George W. Bush para que la nación estuviera mejor preparada para el próximo brote de una enfermedad contagiosa- se convirtió en el núcleo del manual nacional para responder a una pandemia es una de las historias no contadas de la crisis del coronavirus.
Los principales proponentes -el Dr. Mecher, médico del Departamento de Asuntos de los Veteranos, y el Dr. Hatchett, oncólogo convertido en asesor de la Casa Blanca- tuvieron que superar una intensa oposición inicial.
Unieron su trabajo con el de un equipo del Departamento de Defensa al que se le asignó una tarea similar.
Y la idea tuvo algunos desvíos inesperados, como una profunda inmersión en la historia de la gripe española de 1918, y un importante descubrimiento impulsado por un proyecto de investigación de instituto llevado a cabo por la hija de un científico del Sandia National Laboratory.
El concepto de distanciamiento social es ahora íntimamente familiar para casi todo el mundo. Pero cuando se abrió paso a través de la burocracia federal en 2006 y 2007, se consideró poco práctico, innecesario y políticamente inviable.

Obsérvese que en el transcurso de esta planificación no se recurrió a expertos jurídicos ni económicos para consultar y asesorar. En su lugar, se recurrió a Mecher (antiguo médico de cuidados intensivos de Chicago sin experiencia previa en pandemias), y al oncólogo Hatchett.

Pero, ¿qué es esa mención a la hija de 14 años del instituto? Su nombre es Laura M. Glass, y recientemente se negó a ser entrevistada cuando el Albuquerque Journal hizo una inmersión en esta historia.

Laura, con algunas indicaciones de su padre, ideó una simulación por ordenador que mostraba cómo interactúan las personas -miembros de la familia, compañeros de trabajo, estudiantes en las escuelas, personas en situaciones sociales-. Lo que descubrió fue que los escolares entran en contacto con unas 140 personas al día, más que cualquier otro grupo. A partir de este dato, su programa demostró que en una hipotética ciudad de 10.000 habitantes, 5.000 se infectarían durante una pandemia si no se tomaban medidas, pero sólo 500 se infectarían si se cerraban las escuelas.

El nombre de Laura aparece en el documento fundacional que aboga por el cierre y la separación forzosa de las personas. Ese documento es «Targeted Social Distancing Designs for Pandemic Influenza» (2006). Establece un modelo de separación forzosa y lo aplica con buenos resultados hacia atrás en el tiempo hasta 1957. Concluye con un escalofriante llamamiento a lo que equivale a un encierro totalitario, todo ello expresado con gran naturalidad.

La aplicación de estrategias de distanciamiento social es un reto. Es probable que deban imponerse mientras dure la epidemia local y posiblemente hasta que se desarrolle y distribuya una vacuna específica para la cepa. Si el cumplimiento de la estrategia es alto durante este periodo, se puede evitar una epidemia dentro de una comunidad. Sin embargo, si las comunidades vecinas no utilizan también estas intervenciones, los vecinos infectados seguirán introduciendo la gripe y prolongando la epidemia local, aunque a un nivel deprimido más fácil de acomodar por los sistemas sanitarios.

En otras palabras, fue un experimento científico de instituto que acabó convirtiéndose en ley, y a través de una ruta tortuosa impulsada no por la ciencia sino por la política.

El autor principal de este trabajo fue Robert J. Glass, analista de sistemas complejos del Sandia National Laboratory. No tenía formación médica, y mucho menos experiencia en inmunología o epidemiología.

Eso explica por qué el Dr. D.A. Henderson, «que había sido el líder del esfuerzo internacional para erradicar la viruela», rechazó por completo el plan.

Dice el NYT:

El Dr. Henderson estaba convencido de que no tenía sentido obligar a cerrar las escuelas o a suspender las reuniones públicas. Los adolescentes se escaparían de sus casas para pasar el rato en el centro comercial. Los programas de comedores escolares cerrarían y los niños pobres no tendrían suficiente para comer. El personal de los hospitales tendría dificultades para ir a trabajar si sus hijos estuvieran en casa.
Las medidas adoptadas por los doctores Mecher y Hatchett «provocarían una importante alteración del funcionamiento social de las comunidades y darían lugar a posibles problemas económicos graves», escribió el Dr. Henderson en su propio documento académico en respuesta a sus ideas.
La respuesta, insistía, era aguantar: Dejar que la pandemia se extienda, tratar a las personas que enfermen y trabajar rápidamente para desarrollar una vacuna que evite que vuelva a aparecer.

Phil Magness, de la AIER, se puso a trabajar para encontrar la literatura que respondía al documento de 2006 de Robert y Laura M. Glass y descubrió el siguiente manifiesto: «Disease Mitigation Measures in the Control of Pandemic Influenza«. Entre los autores se encuentra D.A. Henderson, junto con tres profesores de Johns Hopkins: el especialista en enfermedades infecciosas Thomas V.Inglesby, la epidemióloga Jennifer B. Nuzzo y la médica Tara O’Toole.

Su documento es una refutación notablemente legible de todo el modelo de encierro.

No hay observaciones históricas ni estudios científicos que apoyen el confinamiento por cuarentena de grupos de personas posiblemente infectadas durante periodos prolongados para frenar la propagación de la gripe. … Es difícil identificar circunstancias en el último medio siglo en las que la cuarentena a gran escala se haya utilizado eficazmente en el control de cualquier enfermedad. Las consecuencias negativas de la cuarentena a gran escala son tan extremas (confinamiento forzoso de las personas enfermas con las sanas; restricción total de la circulación de grandes poblaciones; dificultad para hacer llegar los suministros críticos, las medicinas y los alimentos a las personas que se encuentran dentro de la zona de cuarentena) que esta medida de mitigación debería ser eliminada de toda consideración seria…
La cuarentena domiciliaria también plantea cuestiones éticas. La aplicación de la cuarentena domiciliaria podría hacer que las personas sanas y no infectadas se vieran expuestas al riesgo de contagio por parte de los miembros enfermos del hogar. Se podrían recomendar prácticas para reducir la posibilidad de transmisión (lavarse las manos, mantener una distancia de 1 metro de las personas infectadas, etc.), pero una política que imponga la cuarentena domiciliaria impediría, por ejemplo, enviar a los niños sanos a quedarse con sus parientes cuando un miembro de la familia enferma. Una política de este tipo también sería especialmente dura y peligrosa para las personas que viven en lugares cerrados, donde el riesgo de infección sería mayor….
Las restricciones a los viajes, igual que el cierre de los aeropuertos y el control de los viajeros en las fronteras, han sido históricamente ineficaces. El Grupo de Redacción de la Organización Mundial de la Salud llegó a la conclusión de que «el cribado y la puesta en cuarentena de los viajeros que entran en las fronteras internacionales no retrasó sustancialmente la introducción del virus en las pandemias pasadas… y probablemente será aún menos eficaz en la era moderna»… Es razonable suponer que los costes económicos de cerrar los viajes en avión o en tren serían muy elevados, y los costos sociales que supondría interrumpir todos los viajes en avión o en tren serían extremos.
Durante las epidemias de gripe estacional, a veces se han cancelado o pospuesto eventos públicos con una gran asistencia prevista, con la justificación de disminuir el número de contactos con quienes podrían ser contagiosos. Sin embargo, no hay indicios seguros de que estas acciones hayan tenido un efecto definitivo sobre la gravedad o la duración de una epidemia. Si se considera la posibilidad de hacer esto a mayor escala y durante un período prolongado, surgen inmediatamente preguntas sobre el número de eventos de este tipo que se verían afectados. Hay muchas reuniones sociales que implican contactos estrechos entre las personas, y esta prohibición podría incluir servicios religiosos, eventos deportivos, tal vez todas las reuniones de más de 100 personas. Podría significar el cierre de teatros, restaurantes, centros comerciales, grandes tiendas y bares. La aplicación de tales medidas tendría consecuencias gravemente perturbadoras
Los colegios suelen cerrarse durante 1 ó 2 semanas al principio del desarrollo de los brotes estacionales de gripe en la comunidad, principalmente debido a las altas tasas de absentismo, especialmente en las escuelas primarias, y a las enfermedades de los profesores. Esto parece razonable por razones prácticas. Sin embargo, cerrar las escuelas durante períodos más largos no sólo es impracticable sino que conlleva la posibilidad de un resultado adverso grave….
Por lo tanto, la cancelación o el aplazamiento de grandes reuniones no tendría probablemente ningún efecto significativo en el desarrollo de la epidemia. Si bien las preocupaciones locales pueden dar lugar a la clausura de eventos particulares por razones lógicas, una política que dirija el cierre de eventos públicos en toda la comunidad parece desaconsejable. Cuarentena. Como muestra la experiencia, no hay ninguna base para recomendar la cuarentena de grupos o individuos. Los problemas de aplicación de tales medidas son formidables, y es probable que los efectos secundarios del absentismo y la perturbación de la comunidad, así como las posibles consecuencias adversas, como la pérdida de confianza del público en el gobierno y la estigmatización de las personas y grupos en cuarentena, sean considerables….

Por último, la notable conclusión:

La experiencia ha demostrado que las comunidades que se enfrentan a epidemias u otros acontecimientos adversos responden mejor y con menos ansiedad cuando el funcionamiento social normal de la comunidad se ve menos perturbado. Un fuerte liderazgo político y de salud pública para tranquilizar y garantizar la prestación de los servicios de atención médica necesarios son elementos fundamentales. Si cualquiera de los dos se considera menos que óptimo, una epidemia manejable podría ser convertida en una catástrofe.

Enfrentarse a una epidemia manejable y convertirla en una catástrofe: esa parece ser una buena descripción de todo lo que ha ocurrido en la crisis del COVID-19 de 2020.

Así, algunos de los expertos más formados y experimentados en epidemias advirtieron con una retórica mordaz contra todo lo que proponían los defensores del bloqueo. En primer lugar, ni siquiera era una idea del mundo real y no mostraba ningún conocimiento real sobre los virus y la mitigación de enfermedades. De nuevo, la idea surgió de un experimento científico de instituto que utilizaba técnicas de modelización basadas en agentes y que no tenía nada que ver con la vida real, la ciencia real o la medicina real.

Así que la pregunta es: ¿cómo fue que se impuso la visión extrema?

El New York Times tiene la respuesta:

La administración [de Bush] se puso finalmente del lado de los defensores del distanciamiento social y de los cierres, aunque su victoria se notó poco fuera de los círculos de la salud pública. Su política se convertiría en la base de la planificación gubernamental y se utilizaría ampliamente en los simulacros utilizados para preparar las pandemias, y de forma limitada en 2009 durante un brote de la gripe llamada H1N1. Luego llegó el coronavirus y el plan se puso en práctica por primera vez en todo el país.

[Nota posterior a la publicación: Puede leer el documento de los CDC de 2007 aquí. Es discutible que este documento no estuviera a favor del cierre total. He hablado con el doctor Rajeev Venkayya, que considera el plan de 2007 como más liberal, y me asegura que nunca previeron este nivel de cierre: «Los cierres y los refugios en el lugar no formaban parte de las recomendaciones«. En mi opinión, detallar toda la relación entre este documento de 2007 y la política actual requeriría un artículo aparte].

El Times llamó a uno de los investigadores pro-cierre, el Dr. Howard Markel, y le preguntó qué pensaba de los cierres. Su respuesta: se alegra de que su trabajo haya servido para «salvar vidas«, pero añade: «También es horroroso«. «Siempre supimos que esto se aplicaría en los peores escenarios«, dijo. «Cuando trabajas en conceptos distópicos, esperas que nunca tengan que aplicarse«.

Las ideas tienen consecuencias, como se suele decir. Sueña con la idea de una sociedad totalitaria que controle los virus, sin ningún objetivo final, y evitando cualquier demostración basada en la experiencia de que lograría algún objetivo, y puede que la veas implementada algún día. El bloqueo podrá ser la nueva ortodoxia, pero eso no lo hace médicamente sólido o moralmente correcto. Al menos ahora sabemos que muchos grandes médicos y académicos en 2006 hicieron todo lo posible para evitar que esta pesadilla se desarrollase. Su poderoso alegato debería servir de modelo para hacer frente a la próxima pandemia.

10.1.1.552.1109


Publicado originalmente en https://www.aier.org/article/the-2006-origins-of-the-lockdown-idea/