Periodistas contra Bielsa, Casal contra Lugano, y un nuevo cisma (imposible) se insinúa entre los grandes

A diferencia de lo que ocurrió en 1922, hoy los hinchas de Peñarol apuestan a Bielsa y la Selección Uruguaya, mientras que su dirigencia va en dirección contraria. Los de Nacional, por su lado, miran de reojo la selección de Bielsa, mientras su dirigencia objetivamente apoya la renovación ¿Cómo terminará esta paradoja?

INFORME ESPECIAL

En el caos actual que se ha desatado en el fútbol uruguayo plantea a la vez, y entrelazados, tres asuntos de importancia: quién se quedará con el poder y el dinero del fútbol, si se renovará o no el estilo futbolístico de la selección (proyecto Bielsa exitoso o fracasado), y un enfrentamiento de bloques que tiene a cada uno de los grandes de un lado: uno con mayor apoyo de otros clubes tradicionales, y el otro instalado entre quienes controlan la legalidad y las afiliaciones internacionales a Conmebol y FIFA.
Los tres asuntos tienen antecedentes de larga data que ayudan a entender algo fundamental: el fútbol es un fenómeno social opaco pues de ese modo se ha organizado la administración del dinero que genera; y la lucha por dirigir ese dinero a los clubes o a la selección ha generado ya en el pasado varios “cismas” y rupturas graves, curiosamente involucrando a viejos actores en posiciones similares. ¿Volveremos a tener una ya entrado el siglo XXI?
El fútbol uruguayo no será viable si los dos grandes no encuentran un modo de negociar sus diferencias de modo que ninguno de los dos aparezca como perdedor absoluto.

Por Aldo Mazzucchelli

¿Por qué me atrevo a intentar este artículo sobre un tema que es mayormente ajeno a esta revista?

Hace cuatro años publiqué un ensayo de historia centrado en el fenómeno del nacimiento y desarrollo del fútbol en Uruguay. El libro se llama Del Ferrocarril al Tango: el estilo del fútbol uruguayo, 1891-1930 (Taurus, Montevideo, 2019 – 595 pág.). El mundo del fútbol como tal me queda un poco lejos por mi formación e intereses, pero en la historia del Uruguay y su cultura, el fútbol es un fenómeno de tal importancia que es difícil evitarlo. Por consecuencia, lo mejor para mi fue encararlo y profundizar en sus orígenes.

Mis objetivos al escribir aquel libro fueron sobre todo dos.

El primero, rescatar el modo como el poder político y público en Uruguay usó al fútbol -con total anuencia de aquellos antiguos dirigentes del mismo, que a menudo eran también políticos- para al menos tres cosas: para promover la movilidad social y la integración de una población mezclada, criolla e inmigrante, aun sin mayor arraigo en otros símbolos locales; para promover políticas positivistas de cultura física y orgullo nacional y criollo, a modo de emulación con el modelo inglés, dominante en el poder, la economía y la ideología del país durante ese período; y en tercer lugar para autopromoverse como políticos y líderes, apoyándose en la popularidad del deporte a todo nivel social.

El segundo objetivo que busqué fue mostrar cómo el imaginario futbolístico uruguayo de los últimos 50 años equivocó severamente el camino al promover una serie de supuestos valores -la “garra”, el “cinco raspador”, los equipos basados en un “capitán fuerte al estilo Negro Jefe”, la “no tenencia de pelota”, la oposición a cualquiera que promoviese “jugar bien” o “jugar lindo” (que en su versión más extremadamente idiota se formula muchas veces como “yo prefiero ganar antes que jugar bien”, como si fuesen dos opuestos), y cosas por el estilo.

El resumen de este tipo de mentalidad, que ha operado como un freno al desarrollo de un mejor fútbol interno y externo, se podría resumir en el siguiente credo, que aun muchos repiten: “Siempre que ganamos, nuestros estilo fue el contragolpe, jugándonos a balones largos y lucha por la segunda pelota, algunos jugadores hábiles y veloces respaldados por marca aguerrida y dura, y la pelota quieta”.

Esta es una síntesis del supuesto “estilo de siempre del fútbol uruguayo” que se da de cara con la realidad de lo que ocurrió en las victorias uruguayas a nivel más alto. Sin embargo, mucha gente la cree cierta, instruida por periodistas histórica y futbolísticamente equivocados, o que obraron interesados por circunstancias de la lucha entre ambos grandes entre 1960 y 1990.

De hecho, nunca Uruguay salió campeón del mundo jugando como estos periodistas insisten en decir. De 1924 a 1950, todos los equipos de Uruguay ganaron con un juego técnica y tácticamente muy superior al de sus rivales, y nada de ello fue ningún milagro, ni el fruto de ninguna pelota quieta, ni el fruto de nada más que una clara y neta superioridad futbolística. Esto vale también para las grandes selecciones de 1954, 1966, 1970, y 2010, y para las copas América de, por lo menos, 1983, 1987, 1995 y 2011 -ni qué hablar de las ganadas entre 1916 y 1926-. Remito a los interesados en los detalles de esto al citado volumen, en donde lo dicho se prueba con abundancia de testimonios directos, la mayoría de ellos de expertos no uruguayos.

El conflicto actual como bisagra de lo viejo y lo nuevo

En todo caso, todo aquello tiene que ver con lo que está pasando en este peculiar momento del fútbol uruguayo, porque se está dando un nuevo encontronazo entre esa tradición, ese modo “viejo” de ver el fútbol, y un intento serio de renovación, que llega de la mano de Marcelo Bielsa, un técnico extranjero contratado para dirigir la selección en medio de un durísimo enfrentamiento político en la Asociación Uruguaya de Fútbol.

Se conectan, así, el problema del cambio de estilo futbolístico aventurado, con la resolución de cuestiones de poder y dinero de largo aliento. Como pasa siempre en fútbol, lo que ocurra en la cancha tendrá incidencia en lo que ocurra en los escritorios, porque como veremos luego, la legitimidad dirigencial para apropiarse y manejar el dinero del deporte siempre ha estado conectada con los resultados deprtivos. La discusión y resolución de este nudo no es, por tanto, nada fácil.

Para empezar por la ideología, en el conflicto se está poniendo en tensión esa forma de revisar la historia que se impuso en los años 70, que formateó la cabeza del ambiente futbolístico uruguayo contra quienes pretendan renovarlo -los casos más claros son Juan R. Carrasco y Bielsa, pero hay muchos otros menos obvios, como el mismo Tabárez, que fue el más pragmático y logró cosas muy importantes, si bien no en materia de títulos-.

Contra esa forma “vieja” de ver se levanta ya, intuitivamente acaso, una gran parte de la afición que está literalmente harta de ver a la selección jugar feo y mal, y lo mismo los equipos locales, especialmente los dos grandes. Han sido varios de los equipos “menores” en distintos momentos -especialmente Defensor, Liverpool, Danubio, River Plate, Fénix o Wanderers- quienes han logrado plasmar un fútbol más actualizado a nivel de torneos no solo locales sino internacionales en las últimas décadas. Los dos grandes, en cambio, están mucho más presionados por hinchadas conquistadas por el inmediatismo exitista, las que no les permiten perseverar en ninguna mejora futbolística que no sea confirmada instantáneamente -me refiero a una histeria resultadista que opera sobre ambos cada fin de semana-. Algo similar a lo que pasa a los grandes, pasa con la selección.

Es, por tanto, muy importante que el grupo que pretende renovarlo todo, con Diego Lugano y -más circunstancialmente quizá- Ignacio Alonso a la cabeza, haya apostado a Bielsa (¿está de acuerdo Lugano hoy con lo que está haciendo Bielsa, y con la conducción de Alonso? Este es otro tema…).

Parece haberse contratado a Bielsa para impulsar un producto -la selección uruguaya- que resulte atractivo comercialmente a nivel local y global en los próximos años. Del otro lado, por supuesto, los principales sostenedores periodísticos de la mentalidad “vieja” han aprontado todas sus baterías para caer encima de Bielsa y su intento de cambio de estilo futbolístico, apenas los resultados los habiliten para ello. Lo que buscan es que Bielsa fracase y se vaya, para reafirmar su prédica de que en el Uruguay del fútbol nada, nunca, se podrá cambiar. Lo mismo hicieron -con total éxito- cuando Carrasco intentó, aun con posibles errores, intentar otro estilo de juego.

Bielsa y la renovación del estilo se mezcla hoy con la lucha por los derechos económicos

Pero este debate en los medios “sobre Bielsa y el estilo” no ocurre solo porque esos periodistas defiendan una ideología futbolística determinada, sino que hoy responde, además, al conflicto económico y de poder que subyace a todo este nudo del fútbol uruguayo.

Consciente o inconscientemente, lo que se enfrenta a veces bajo el disfraz de una lucha del supuesto “estilo tradicional uruguayo” -ya vimos que no es tal- contra “el estilo Bielsa”, es la lucha de “Casal contra Lugano”. O sea, la lucha de quienes dominaron poder y dinero del fútbol uruguayo desde fines de los años 90, contra quienes quieren proponer un cambio en esto y organizar de modo distinto poder y dinero en el balompié uruguayo. Esa lucha, como todo el mundo sabe, hoy se concentra en el deseo de “la Empresa” de renovar una vez más sus derechos sobre el fútbol uruguayo por un largo período, y la negativa del grupo de jugadores liderado por Lugano, con el apoyo de algunos clubes, a que eso ocurra.

Una guerra que se va extendiendo. La intervención y reforma de la AUF, y la respuesta de una “Liga Profesional”

No puedo hacer aquí la historia de cómo se llegó a esto. Lo sustancial a recordar es que con el crecimiento de la “generación Tabárez” en la selección, sus líderes comenzaron a proponer un nuevo tiempo para el fútbol uruguayo, buscando no solo defender a los jugadores locales ante la explotación de algunos de sus derechos (y los de otros actores como los jueces) por parte de Empresa y dirigentes, sino además administrar de modo diferente los dineros colectivos del fútbol, y los clubistas.

Según lo concebido por ese grupo, sería posible obtener recursos sustancialmente mayores para los clubes y la AUF si, en lugar de permitir que una gran parte se la lleve “la Empresa” y los dirigentes que esta protege y promueve en los clubes, se abriese la competencia a otros operadores televisivos y se negociasen los derechos de imagen y otros de mejor manera.

Este enfrentamiento tiene una historia que incluye, en los últimos años, cosas como la superior oferta de Nike para la vestimenta de Uruguay respecto de lo que pagaba Puma (con la intermediación de Tenfield), oferta acercada por los jugadores y finalmente rechazada por la dirigencia clubista afín a Tenfield, que no obstante obligó a que Puma aumentase sus pagos hasta igualar lo propuesto por Nike. Otro episodio notorio del enfrentamiento fue la intervención del fútbol uruguayo por la Conmebol -propiciada también por el grupo de los jugadores- que desembocó en una nueva estructura de la Asamblea de AUF con participación de muchos nuevos actores, incluidos allí para cambiar la correlación de fuerzas ante los clubes profesionales -muchos de cuyos dirigentes tienen interés en que siga Tenfield.

Ante esta nueva realidad institucional de AUF -respaldada desde Conmebol- los clubes cuya dirigencia ha optado por permanecer fiel a Casal y a los múltiples factores de “la Empresa” -entre ellos el nada menor de los muchos contratistas de jugadores que responden a ella y vienen asegurando a esos dirigentes sus negocios- decidieron una estrategia nueva: comenzaron a argumentar que había que crear una así llamada “Liga Profesional” que estuviese compuesta solo por los clubes profesionales (A y B), cuya asamblea fuese la encargada de decidir, entre otras cosas… los contratos de televisión.

De este modo, lo que se proponen es hacer un bypass a toda la nueva estructura AUF-Conmebol, y recrear un espacio institucional legítimo que remeda al de la vieja AUF. En él, ese grupo confía en tener los votos suficientes -de hecho, los tienen hoy- para hacer su voluntad, e imponer de nuevo el poder de “la Empresa” hasta 2030 o más. Los clubes que empujan esta estrategia se vienen reuniendo desde entonces, actuando como grupo monolítico, y se llaman a sí mismos “La Unión de Clubes”.

Hoy, pues, ante la inminencia de una no-renovación de tal poder de “la Empresa” por parte de esta nueva AUF ahora controlada por el “grupo” Lugano, ambas partes saben que lo que está planteado es una lucha a todo o nada. Todos los actores del fútbol, especialmente los clubes profesionales, se ven tensionados a elegir, pero ¿cómo determinar qué es lo mejor?

¿Es real el propósito de modernizar el fútbol uruguayo?

Si alguien escucha hoy a los líderes de ambas facciones enfrentadas, lo que escucha es que ambas quieren renovar el fútbol uruguayo, cambiarlo, “profesionalizarlo”. Lo quieren -y ha sido su principal bandera- Lugano y sus seguidores. Pero también dicen quererlo los dirigentes de la Unión de Clubes. Estos argumentan “hay que crear la Liga Profesional para profesionalizar el fútbol, mejorar el espectáculo, obtener más ingresos….” Los que dicen eso son dirigentes que han estado a la cabeza de sus instituciones, o al menos en las directivas, durante los últimos 5, 10 o más años en algunos casos, y también a la cabeza del fútbol uruguayo. La pregunta inmediata que surge es: si su deseo es modernizar y profesionalizar el fútbol, ¿por qué no lo hicieron durante todo este tiempo, y ahora es imprescindible crear una “liga profesional” muy parecida a la antigua AUF para hacerlo?

En todo caso, hasta ahora la elección entre el “modelo Tenfield” y otro alternativo no había sido nunca tan general y explícita. A fines de los años 90, la dirigencia de los clubes se inclinó de hecho por “la Empresa” -pese a algunas voces disidentes entre clubes y periodismo-, y consolidó una estructura que hoy cruje.

Desde entonces Tenfield ha hecho intentos por profesionalizar y mejorar el producto “fútbol uruguayo”. Pero para consolidar y mantener su poder en el esquema dirigencial AUF, Tenfield -igual que cualquiera- precisa votos. Con lo cual, se generó una presión hacia ambos lados. La Empresa quería presionar a los clubes para mejorar el producto que vendía a los anunciantes, pero los clubes tenían también su modo de cambiar un poco, pero no tanto como para comprometer su propia viabilidad, condicionada por su pobreza estructural. A clubes demasiado chicos en masa social es difícil pedirles infraestructura y fútbol demasiado lujosos.

La opción que decantó en el último cuarto de siglo, como consecuencia de ese esquema tensionado, fue la de mantener en el sistema a un conjunto de clubes pequeños que de hecho quizá no sean viables porque no venden entradas ni atraen el resto de los ingresos del fútbol moderno, pero mantenerlos en respirador artificial, pasándoles la Empresa un absoluto mínimo de los ingresos de la televisión, y garantizándose así el voto correspondiente.

Este modelo ha mantenido la estructura tradicional de 30 clubes “profesionales” en la A y la B, y un fútbol capitalino pobre, que deja afuera casi todos los actores del interior -pese a excepciones y reiterados intentos de integración-, pero no ha demostrado un dinamismo que haya permitido a ninguno de los clubes mejorar sustancialmente, ni siquiera a la par de otras ligas del continente.

Los dirigentes de estos equipos más chicos, mantenidos de ese modo a flote, saben perfectamente que esto es así, y que el esfuerzo de profesionalizar en serio sus clubes es realmente difícil en un mercado tan exigüo. En la disyuntiva entre potenciar una liga realmente profesional -quizá con menos equipos-, o mantener los 16 de Primera y los 14 actuales de Segunda Profesional, se optó siempre por lo segundo.

El resultado ha sido un constante descenso en el interés de los espectáculos locales, canchas y vestuarios impresentables demasiadas veces, un manejo político tóxico de los reglamentos, seguridad, tribunales y demás, y un nulo resultado deportivo para los equipos, que nunca consiguieron ganar ningún torneo importante a nivel continental -cosa que hasta que entraron los años 90 habían logrado repetidamente.

Por supuesto, no es culpa solo de la estructura del fútbol bajo el control de “la Empresa” que esto haya sido así. Pero el hecho concreto es que la calidad del fútbol local no aumentó, y la realidad económica de los clubes, incluso de los grandes, parece ser, con este sistema, cada vez menos competitiva a nivel continental y mundial. Los dirigentes de algunos clubes pueden haberse enriquecido con ventas a cifras antes impensables, y los dos grandes se endeudaron enormemente para construir sus estadios, pero los resultados deportivos brillan por su ausencia.

Sólo ha demostrado su viabilidad deportiva la selección uruguaya, bajo el mandato de Tabárez, haciendo uso de jugadores uruguayos terminados y probados en el exterior.

¿Cómo sigue, pues, la historia?

La huelga y un choque hoy insoluble

Como se sabe, hace unas semanas la Mutual de jugadores profesionales -bajo el liderazgo del grupo de jugadores que viene encabezando la renovación- exigió determinado aumento para los jugadores de la Segunda Profesional. La movida fue exigir que se incluyese esto en el nuevo Estatuto de jugadores -que ya se venía discutiendo hacía muchos meses y sobre el que aparentemente había un acuerdo general. Los miembros de la “Unión de Clubes” vieron el asunto como una oportunidad de ejercer presión y, al no votar el estatuto en el plazo que los jugadores exigieron, obtuvieron el previsible resultado de la huelga. De modo que se llega a la huelga por movidas de ambas partes, cada una de ellas consciente quizá de que un enfrentamiento profundo se iba haciendo inevitable.

En una huelga, es sabido que todos pierden algo. ¿Quién pierde más en la medida en que la huelga se estire? De la respuesta correcta a esta pregunta puede uno orientarse respecto del futuro más o menos cercano. En cuanto al tema de fondo, no se vislumbra por ahora que esta huelga -termine como termine- lo vaya a solucionar. Su dilucidación ocurrirá probablemente el año próximo.

Evidentemente, planteada la huelga, las estrategias de ambas partes parecen muy claras, especialmente la de la Unión de Clubes. Éstos dicen “el tema no es el aumento de sueldos: el tema es que nos aprueben la Liga Profesional. Y no negociamos nada hasta que la Mutual no levante unilateralmente la huelga”. En los hechos, están planteando una estrategia de 100%, pues aprobar la Liga Profesional es lo mismo que garantirle a Tenfield un alargamiento indefinido de su reinado, que es exactamente lo que la otra parte Alonso-Lugano no quiere, y su razón misma de ser.

En cuanto a la situación en sí, creo que la masa de jugadores profesionales es el punto más débil en todo el esquema. Por más que haya un indudable liderazgo de Lugano, Scotti y demás sobre los afiliados a la Mutual, y por más que incluso el sostén económico de los jugadores en huelga pudiese garantirse con aportes económicos que lleguen de Conmebol o de los jugadores o de donde sea, hay algo que es de muy difícil control, que es el deseo de los jugadores de competir. Esto -que es intangible e, incluso, separable del dinero- es un factor de presión que -junto al deseo de la afición de que vuelva el fútbol- juega a favor de la Unión de Clubes. Sus dirigentes pueden, además, encontrar apoyo jurídico para hacer significativas quitas en los pagos a los jugadores, lo cual hace aun más insostenible a la larga la situación. ¿Perderán dinero los clubes? Sin torneos internacionales a la vista, la mayor parte de su “caja” para el año ya la hicieron, y cada uno de los bloques puede contar con algún dinero ofrecido tanto por la AUF en un caso, como con un apoyo quizá informal, o bajo el formato de adelantos contra distintas contraprestaciones, por parte de “la Empresa”, en favor de los dirigentes y clubes que la apoyan. Por tanto, el tiempo y la no competencia parece apremiar más probablemente a la Mutual que a los dirigentes.

Confieso claramente que, si de parte de los jugadores existen otros factores que les dan seguridad de que pueden prolongar la huelga sin pérdida sustancial, no los conozco ni los vislumbro desde mi posición.

El intento de partidizar el choque como una especie de “final clásica”

En este contexto explosivo y partidizado, en los últimos días en redes sociales empezó a verse un tipo de comentarios que sugieren la posibilidad de que Peñarol busque patear el tablero definitivamente.
Peñarol, bajo la conducción de Ignacio Ruglio, ha venido siendo el líder más o menos visible de la “Unión de Clubes”. La propuesta de un candidato a presidente de la AUF inaceptable -un socio e hincha confeso del club- pareció hace unos meses una maniobra deliberada, destinada a “romper con esta AUF” y operar en una oposición cerrada, y desde fuera.

Luego Peñarol confirmó esta línea cuando se negó a aceptar cualquier cargo en el Ejecutivo -lo que trabaja en el mismo sentido, de librarse de compromisos para poder ser oposición total.

Por si fuera poco, la avalancha de jugadores que reforzaron al equipo en el último período de pases, cuando el club no tiene competencia alguna de exigencia -salvo terminar una ronda del Uruguayo, estando de todos modos ya clasificado a las finales- parece indicar que algunos contratistas han decidido asegurarse de que seguirán contando con Ruglio -que debe enfrentar elecciones este fin de año- como punta de lanza.

La estrategia en este caso parece ser partidizar (“Peñarol=Tenfield contra Nacional=Auf”) el asunto. Una partidización en la que solo puede perder el fútbol uruguayo en general, y que supongo que los principales dirigentes de los grandes querrán evitar, porque a la larga puede ser catastrófica para ambos.

Mientras tanto los clásicos periodistas comprados y malintencionados dan manija a la chusma de las redes, que cree que defendiendo a Casal defiende los intereses de un club, o yendo contra él defiende los intereses de otro. La partidización basada en el ocultamiento de los reales intereses siempre fue el negocio de tales “periodistas”.

La paradoja grandes-Bielsa-selección como amortiguador

Un factor que ayuda a que esa radicalización insoluble no se concrete del todo, es el curioso fenómeno que se está dando con la selección de Bielsa.

Gracias al muy superior trabajo en formativas de Peñarol en la última década respecto de Nacional, hoy por hoy tenemos una renovación de la selección que cuenta con una abrumadora mayoría de jóvenes valores de origen aurinegro. Valverde, Darwin Núñez, Pellistri, Brian Rodríguez, Torres, Bueno, y varios otros, contra solo un par de jugadores identificados con Nacional y claramente suplentes en el equipo, es el resultado.

La paradoja es que la selección de Bielsa (es decir, del DT contratado y promovido por Alonso con el presunto respaldo de la dirigencia de Nacional) tiene el apoyo natural y entusiasta de la hinchada de Peñarol. La no citación de Suárez -innecesariamente agrandada y deformada por periodistas que buscan polémica, que fabricaron una enemistad Suárez-Núñez que no existe ni conviene crear- hizo el resto. Al momento de debutar Uruguay en las Eliminatorias contra Chile, los periodistas declaradamente anti-Bielsa estaban agazapados, esperando un papelón para caerle al DT, pero la hinchada de Peñarol estaba más bien embelesada de ver una gran mayoría de aurinegros iniciando en la cancha un proceso que promete calidad y títulos.

Esta paradoja es un ingrediente muy interesante, porque en el contexto de la huelga y su consiguiente malhumor por la falta de partidos de fútbol, si además Uruguay hubiese sido un fiasco, la presión sobre el par Alonso-Bielsa hubiese sido mucho mayor. Sin embargo, Uruguay salvó con nota el debut, y un muy flojo partido en Ecuador no alcanzó a destruir del todo el entusiasmo que generó el partido con Chile. Todo está abierto en ese terreno. Si a Bielsa le va muy bien, a la Unión de Clubes puede irle peor de lo que vislumbra.

¿Un nuevo cisma? Una pésima idea

En ese contexto, y a la vista de que el enfrentamiento se plantea declarativamente como muy duro, comienzan a aparecer voces que plantean que la “grieta” se institucionalice. Unos, en medio de lo que pareciera ser un estado de delirio total, sugieren que los grandes se vayan a competir a la liga argentina, o algo similar. Otros sugieren la creación de una liga paralela contraria a la AUF, liderada por Peñarol y los miembros de la “unión de clubes”.

Desde luego, no creo que ningún dirigente serio del fútbol actual en ningún club sueñe con semejante disparate, pero para recordar a estos opinadores en redes como fueron los hechos de hace un siglo, los repasaremos aquí.

La ignorancia histórica es una característica central de este tiempo. Cualquiera dice cualquier cosa sobre el pasado, y basta que “suene” conveniente para que sea repetido. Algunos hinchas de Peñarol que sufren de este tipo de ignorancia -por cierto que los de Nacional de las mismas generaciones muestran un problema similar- han comenzado a comentar cosas como “Ya a Peñarol lo echaron de la AUF en 1922, y lo tuvieron que ir a buscar con el Laudo Serrato. La AUF no puede existir sin Peñarol”, pensando quizá que una estrategia “de pesado” de los aurinegros pueda resolver hoy el conflicto.

La realidad histórica es muy distinta. Primero, a Peñarol en 1922 no lo echaron, sino que se fue en una maniobra totalmente deliberada, documentada además -ya había firmado junto a Central un acuerdo en Buenos Aires para crear una Confederación Sudamericana alternativa con River Plate argentino, Racing, y la perspectiva de sumar otros equipos argentinos y sudamericanos de Chile, Brasil y Paraguay, varios días antes de que se votase en AUF la expulsión-.

Además de ello, la consecuencia de la salida de Peñarol en 1922 fue que sus jugadores quedaron fuera de la Selección de 1923, que salió bicampeona sudamericana en el 23 y 24, y campeona del Mundo en París en 1924, pagando grandes consecuencias deportivas por ello.

Lo que decidió el fin del cisma fueron otros dos factores.

El primero es que el proyecto deportivo y económico de la Federación Uruguaya de Fútbol que crearon Peñarol y Central fue un fiasco. Solo Defensor (recreado), Cerro (fundado) y Sud América (ascendido de apuro) tomaron impulso en ella para seguir luego adelante con fuerza. Otros clubes simplemente fueron pragmáticos y crearon dos divisiones internas, una compitiendo en AUF y la otra en FUF (Wanderers, Lito, y alguno más).

Aparte de esos pocos clubes, el novedoso engendro se nutrió de una cantidad de clubes ignotos, algunos inventados con fines publicitarios (¿quién recuerda hoy que el Firestone o el Triumph Junior fueron rivales de Peñarol?), otros que eran meras sucursales aurinegras para hacer número (Roland Moore, Peñarol del Plata, Roberto Chery…), y otros que fueron clubes creados o ascendidos de la noche a la mañana, de los cuales algunos pudieron sobrevivir luego fusionados, o mayormente subsistirían en divisiones inferiores (Misiones, Miramar, Colón). Los demás miembros del experimento (Olimpia, Treinta y Tres, Miguelete, San Carlos, Las Piedras, Sayago, Uruguayo, Rosarino Central, Solferino, Reformers, San Carlos Taurino, Belvedere, Sportivo Aguada, Uruguay Siempre, y un efímero intento de resurrección del viejo River Plate F. C.), desaparecieron sin dejar rastro, porque no llevaban a nadie a la cancha. El torneo de 1923 de la FUF fue clasificatorio, y comenzó con bombos y platillos, contando con la friolera de 30 equipos. El problema es que varios de ellos eran tan débiles que ni siquiera llegaron a juntar a veces 11 jugadores, por lo que varios encuentros terminaron en walk-over…

El segundo factor que terminó con la FUF, quizá aún más importante, es que antes de la victoria en Colombes, debido a que la selección no tenía jugadores aurinegros, al comienzo la mitad de la gente esperaba una derrota de Uruguay, como lo reflejaban los medios periodísticos de la época. El periódico dirigido por Julio María Sosa (líder principal de la estrategia cismática de Peñarol), por ejemplo, hacía aproximadamente el mismo tipo de argumentos que se hacen hoy Julio Ríos o “Pillo” Larrea contra la selección de Bielsa. Primero, decían que el cuadro de Nasazzi, Andrade, Scarone, Petrone, Cea y Romano era un desastre, que no tenía ninguna chance, y que iba a durar un partido solo (recuérdese que el campeonato de Colombes era eliminatorio, sistema inglés de copa). Luego del debut en que Uruguay le hizo 7 a Yugoslavia, y del segundo partido en que se le ganó a Estados Unidos por 3-0, hubo un rápido reacomodamiento, y el discurso comenzó a ser que “Uruguay jugaba contra nadie, y por eso ganaba”. Pero cuando en el siguiente partido se le ganó 5-1 al local Francia, una selección considerada una de las más fuertes de Europa, ambos discursos fracasaron, y el pueblo futbolero -y sobre todo el no fanático, ese “hincha de la selección” a quien, igual que al de hoy, le importan poco los conventillos y tejemanejes clubistas o periodísticos- le caminó por arriba al fanatismo anti-selección de la dirigencia de Peñarol y sus aliados anti-AUF, y terminó con cualquier viabilidad de la “FUF”.

En efecto, fue tan grande el impacto de Uruguay campeón en París, que cuando llegó la selección de vuelta a Uruguay, en julio de 1924, había literalmente centenares de miles de personas rodeando el puerto -la multitud que intentaba sin éxito arrimarse al muelle llegaba hasta las calles Paraguay y Galicia-. Esta demostración popular de apoyo, que incluyó a hinchas uniendo las banderas de Nacional y Peñarol bajo la celeste, fue el fin del proyecto peñarolense de una “liga alternativa”, tanto a nivel local como sudamericano. Los vencedores habían, además, garantizado que nunca más habría un proyecto por fuera de la FIFA, puesto que solo reconociendo a la FIFA y formando parte de ella -cosa que exclusivamente podía hacerse siendo miembro de AUF y Confederación Sudamericana- podía disfrutarse de la legitimidad de ese logro parisino. De hecho, formalmente si Uruguay se saliese hoy de la Conmebol-FIFA, perdería todo derecho a reivindicar sus triunfos pasados, pues la nueva selección y clubes serían parte de otro universo legal-deportivo -y no nos imaginamos cuál, pues no existe.

El Laudo Serrato fue impuesto así en las condiciones que Nacional -líder de la AUF en ese momento- impuso, con muy escasas concesiones a la posición alternativa -pese a a menudo se lo quiera leer para justificar lo contrario de lo que dice. Peñarol no solamente pagó así la deserción de la AUF, sino que además tuvo un rol totalmente secundario en Amsterdam en 1928 -y aun bastante secundario en Montevideo en 1930. A partir de allí, con la excepción de algún año mejor que otro, a Peñarol -pese a su inmensa hinchada y popularidad desde sus mismos comienzos- le costó décadas recuperar el protagonismo en la Asociación, el cual sólo puede decirse que comenzó a ejercer de nuevo poco antes de 1960.
Ese es el balance realista del “cisma” de 1922, que fue pésimo para quienes lo impulsaron en Peñarol.

La situación de hoy hace de la idea de crear un nuevo cisma algo totalmente descaminado. Una vez más, sería catastrófico para los equipos que abandonen la AUF, pues al hacerlo abandonarían la afiliación a la Conmebol y a FIFA, quedarían automáticamente fuera de todos los torneos oficiales, y del dinero que viene con ellos. Obviamente, el bloque “Alonsista” hoy en el conflicto, junto a los jugadores de la Mutual, tiene los vínculos fundamentales con la Conmebol y la FIFA en sus manos -y las conexiones con las cadenas televisivas rivales de Casal a nivel americano, lo que es más importante aun-, y hombres clave de este grupo controlan esta carta fundamental. Para poder cambiar esto, sería preciso sacar de sus cargos en el sistema AUF-Conmebol a todos los miembros de ese grupo, y sobre todo destruir las conexiones y prestigio que Diego Lugano, Godín y demás del grupo de jugadores tienen en el mundo. Todo esto parece, hoy, bastante remoto. Un nuevo cisma arrojaría a los clubes que lo intentasen en un camino sin salida.

Una salida que no destruya la “cantera inagotable” que es todo el fútbol uruguayo

En un esquema de todo o nada, en donde la legalidad Conmebol-FIFA quede de un lado, y la mayoría de clubes tradicionales con Peñarol quede del otro, el panorama es oscurísimo.

Unos, por más que representen a una mayoría clubista indiscutible, no pueden irse a ninguna parte fuera del esquema de legalidad que está bajo el control de los otros.

De modo que para que haya una solución, ambos clubes grandes deberán encabezarla. No hay ninguna salida para el fútbol uruguayo en la que uno de los dos grandes sea un derrotado completo. Esto -creo- lo saben los dirigentes de ambos grandes, cuyo objetivo primordial con seguridad debería ser obtener las mejores condiciones para los dos. Junto a ello, otros clubes “chicos” pero con gran calidad de producción de jugadores como Liverpool, Defensor o Danubio, entre otros, seguramente encontrarían un espacio de acuerdo si se les asegurase que van a ser factores importantes en el orden futuro del fútbol, además de asegurárseles una porción apreciable del dinero. Para ello, no necesariamente tiene que entrar Tenfield en el esquema futuro. Basta que el mecanismo que se encuentre sea garantiblemente satisfactorio para los clubes principales.

Pero además, existe un conjunto de instituciones profesionales -y otras que aspiran a serlo- que están en un sitio intermedio, y de difícil pronóstico. En un nuevo esquema, algunas pueden crecer mucho, y otras pueden desaparecer. Esto es un problema para ese orden futuro que no debería desdeñarse. Si bien algunos elementos de modernización -mejor retención de jugadores, mejores dineros para los sueldos locales, y mejores escenarios- son imprescindibles y deseables, “modernizarlo todo” a costa de la destrucción del tejido de clubes tradicionales del Uruguay en todas las divisiones puede representar un problema. Pues es esa forma tradicional de captación y formación de jugadores, que ha sobrevivido hasta hoy, incluyendo por cierto a muchos clubes del interior de gran tradición que ni siquiera están siendo tenidos en cuenta en todo este asunto, la que ha causado que Uruguay produzca una cantidad anormal de jugadores de calidad en relación a su población.

Sea cual sea la “modernización” que finalmente se haga, es muy importante entender que ella no debería arrollar esa “base social tradicional” del fútbol uruguayo.

El desafío para Lugano y su gente, pues, no sería solo triunfar en la difícil lucha contra el poder establecido hace un cuarto de siglo: es demostrar que pueden organizar un fútbol uruguayo más profesional y presentable ante el mundo sin perder las formas de captación y formación casi universal de talentos que la miríada de clubes y clubcitos hoy parte del sistema han garantido hasta aquí. Al mismo tiempo, tendrán si triunfan la tarea de sanear el dinero del fútbol y administrar los recursos de modo más transparente.

¿Cuánto es y de quién es, finalmente, el dinero del fútbol?

No quiero ser pesimista sobre esto último, pero si simultáneamente no se sincera cuál es la forma real del negocio del fútbol, y no se termina con la ficción pseudodemocrática de los “clubes propiedad de los hinchas”, donde el mero voto cada 3 o 4 años hace creer a una gran masa social que realmente están controlando lo que hacen los dirigentes, esto va a ser muy difícil.

Desde que empezó el fútbol competitivo organizado -en el Uruguay, desde la primera década del siglo veinte- se montó un mecanismo formal -los “clubes” con “dirigentes electos”- cuyo objetivo evidente fue separar a la “dirigencia” de los “jugadores”, y a ambos de los “hinchas”, dándole un lugar específico a cada uno, y garantiendo la opacidad financiera del sistema entero.

En efecto, el fin primordial de este mecanismo fue que se hiciese lo más opaco posible el dinero del fútbol.

Cuánto, y cómo se administra, es la realidad que queda casi totalmente oculta a la mayoría, pese a la supuesta auditación de genéricos y maquillados balances. El bizantino sistema legal -“sociedades deportivas sin fines de lucro” (???!!!)- y dirigencial ha cumplido perfectamente su función de ocultamiento, transformando lo que es un legítimo negocio entre privados, en una mitológica construcción donde los hinchas y socios creen que son dueños, y saben y manejan algo.

Los dirigentes siempre dividieron a los jugadores por su pago, entre los cracks, y los demás -por razones obviamente justificadas de excelencia, agrego-. Ángel Romano fue “esponsorizado” por la tienda Gath & Chávez para poder ir a jugar a Boca Juniors ya en 1912, mientras la gran mayoría de sus colegas jugaban por un viático mínimo, o por nada. No en vano la agremiación de futbolistas, un conjunto de talentos dispares en competencia continua, ha sido un largo y accidentado camino.

Lo que mantiene funcionando esta opaca estructura son los triunfos deportivos que justifican, a ojos del hincha, “lo que sea que se haga” para lograrlos. La legitimidad dirigencial viene de los triunfos deportivos, y solo de ellos. Como bien dijo el Cr. Damiani, nadie “festeja balances”.

No se trata pues de algo nuevo. En tal estructura, sólo puede surgir un conflicto cuando dos elementos de la estructura que están a distinto nivel de competencia reclaman, a la vez, legitimidad por sus triunfos -y, por tanto, legitimidad para hacerse con el dinero del fútbol.

Eso es, en último término, lo que está pasando hoy: la AUF y los clubes están compitiendo para ver de quién es la legitimidad del dinero del fútbol uruguayo -selección y clubes-, es decir, quién tiene la legitimidad para manejarlo. Los clubes dicen “el dinero es nuestro porque nosotros somos los que hacemos a los jugadores”. La AUF dice “La selección uruguaya, con jugadores terminados en el exterior, es la única que tiene el nivel real de espectáculo como para atraer el dinero grande. El mundo paga por ver a la Celeste, pero no paga mucho por ver a los grandes, y mucho menos aun por ver a los demás”.

Nadie debería sorprenderse por la existencia de este conflicto, pues es tan viejo como la existencia de las selecciones nacionales. En efecto, el cisma de la Asociación Argentina, que maduró y estalló hacia la segunda mitad de la segunda década del siglo XX -del cual el cisma uruguayo de 1922 es, en parte, consecuencia- surgió exactamente por esta misma razón: algunos dirigentes de la Asociación Argentina comenzaron a llevar adelante una política “de selección” que derivaba dinero para ésta. Los dirigentes de varios clubes se opusieron, alegando que ese dinero era de los clubes. La Asociación Argentina contó con el liderazgo entonces de Boca Juniors -club históricamente amigo de Nacional ya desde entonces, y por coincidir en esa política precisamente, pues en Uruguay Nacional resultó el pilar de la AUF en los años 20, apoyado por una política gubernamental del batllismo-, mientras que otros clubes poderosos como Racing -el club líder de ese tiempo en Argentina- River Plate, Independiente y otros optaron por fortalecer el modelo clubista del fútbol. El cisma resultante trajo como consecuencia que Argentina no participase de Colombes, y muchas otras consecuencias de división interna que se extendieron al menos hasta la derrota argentina en Montevideo en 1930.

Hoy, cien años más tarde, parece ciertamente extraño que otra vez se repita un esquema interno en el que Nacional parece estar jugado a la estrategia AUF, y Peñarol junto a otros clubes, al otro polo. Solo cabe esperar que se encuentre alguna forma de sinceramiento, y alguna forma de negocios y organización que, preservando la legitimidad, garantice a la vez a los dos grandes y a los principales entre los demás un buen porvenir -más dinero que ahora, y menos dependencia de un factor externo, sea Tenfield o cualquier otro-, al tiempo que se crea un espacio por el cual deberán competir los demás, en la medida que no tengan realmente una hinchada que los respalde.

Si eso no se encuentra en un plazo razonable, todo está dispuesto para un choque de trenes del que nadie saldrá sano.