ENSAYO

Por Aldo Mazzucchelli

En el último año y medio largo, estimuladas por los aumentos de rating obtenidos a fuerza de sembrar el miedo con un discurso falso repetido unánimemente en todos los grandes medios de comunicación, muchas empresas se dedicaron a producir piezas publicitarias que pretenden unir la falsa pandemia con lo que la gente vagamente conoce por «valores»: solidaridad; confianza en las autoridades y en el prójimo; sentido de grupo; amor y cuidado a los mayores; protección; esperanza de que «pronto nos reuniremos de nuevo».

No tengo nada en contra de los «valores» proclamados. Si acaso, pienso que la versión de ellos que se ofrece es plana, adocenada, vulgar en el sentido que se formatean apelando exclusivamente a una zona infantil de la emocionalidad colectiva, que exige muy poco al receptor y simula ofrecerle mucho. En realidad, lo que ofrece es aun menos que lo que pide. A cambio de cumplir con un conjunto de normas completamente absurdas desde el punto de vista sanitario, parece ofrecer un reaseguro para los estremecidos egos de la teleaudiencia: «este es el pasaporte para que puedas seguir viviendo ‘como antes’ aun en medio de todos estos sacrificios que te estamos pidiendo que hagas».

Es decir, se pide un gesto de asentimiento y sumisión, entregando una declaración de valores y exigiendo un cumplimiento determinado. Es el esqueleto de un nuevo contrato social: el contrato del Nuevo Orden Mundial, podría llamarle alguno que equipare clishé de un lado (los «valores de la solidaridad pandémica») con clishé del otro (los esquemas sobre el «dominio del mundo por parte de un pequeño grupo de conspiradores»).

Sé que hay muchos que, viendo el engaño de la «pandemia», creen que la alternativa es creer en la existencia del «Nuevo Orden Mundial». Exhiben como prueba que muchos políticos lo han anunciado y lo siguen anunciando. Que lo usan en sus discursos.

Pero lo que dicen los políticos es precisamente aquello de lo que hay que descreer. Por supuesto que existe el concepto de NOM. Es como un puñado de arena que le tiran en los ojos a alguien en lugar de darle un argumento sólido. El deseo de poder genera este tipo de megalomanía en los poderosos. Pueden tener algo como un NOM en sus conferencias y, durante un tiempo limitado, en ciertas zonas de la sociedad que controlan. Pero pretender que el mundo va a responder a un orden -y a un orden controlador y dictatorial como ese- es pasar por alto demasiadas cosas.

En todo caso, ese contrato que ahora proponen implica una credulidad completamente acrítica a las decadentes y exhaustas estructuras oficiales del orden mundial y local: los políticos y sus partidos, las instituciones globales y locales dedicadas a las múltiples formas de la «gobernanza», y los medios oficiales -es decir, masivos y pilares de la narrativa única del tal «Nuevo Orden Mundial». Debe creerse en el calentamiento global, en los puntos de vista político ideológicos del materialismo tecnocientífico, y en cualquier agenda que los grandes medios propalen. A cambio se ofrece cantidades crecientes de entretenimiento barato, algo de mala comida ropa y baratijas también de bajo costo, y una educación general de pésima calidad -y hundiéndose aun más cada año-.

Ese contrato social está basado en premisas falsas, y nos presenta el curioso caso -aunque quizá no tan novedoso- que genera esta pregunta: ¿es posible, o beneficioso, pasar «valores» aceptables si el fundamento de la comunicación es fraudulento? ¿Podemos aprender, como sociedad, a ser realmente mejores basándonos en una gran mentira? Creo que no, porque a todos nos hace cada vez más ruido la disonancia entre lo proclamado y lo vivido.

¿Solidaridad, pero los jerarcas del discurso Covid cobran millones por su asesoramiento -o bien obtienen premios globales y prebendas para sus proyectos «científicos»? ¿Cuidarse entre todos, pero los políticos se ponen el sucio tapabocas que exigen a todo el mundo un minuto antes de aparecer en público?

Todo el discurso de la pandemia es falso de principio a fin. No hubo nunca ninguna pandemia en términos de números e incidencia real. Los declarados «muertos Covid» son como un río mugriento que incluye toda clase de impurezas ocultas en su turbulencia exhibida con pánico por los canallas y cobardes que funcionan de periodistas. Sobre esa basura se apoya todo lo demás: el silencio de los médicos ante la avalancha de efectos secundarios y muertes de la vacunación (casi seis mil «muertos Covid» en Uruguay en cuatro meses, sólo desde que se empezó a vacunar; unos 500 «muertos Covid» en los 11 meses anteriores a las vacunas. Los médicos juran que no existe ninguna relación posible entre una cosa y otra, al tiempo que jamás se preocupan por investigar si pudiera haberla o no).

El miedo y el interés financiero no se frena ante nada y está dispuesto a usar la legitimidad profesional para propiciar un genocidio. Sobre esta base fraudulenta, se pretende convencer a la teleaudiencia de que podemos aprovechar para hacer un giro de mejora colectiva, propiciar un renacimiento de unos supuestos valores comunes.

***

Una observación básica a todo lo anterior es la que sigue: todo esto no es nada más que un gran engaño, y su único destino es la autodestrucción. Nada positivo saldrá de esas predicaciones televisivas de horario central hechas de interés comercial, hipocresía y «valores» preformateados, retóricamente hablando.

La pandemia no terminó, como algunos piensan: está endureciendo su aspecto dictatorial e irracional. Ya retornarán también sobre Uruguay -quizá felizmente con menos fuerza que en otros países más relevantes- las exigencias de pasar leyes discriminatorias. Ya vendrán otros aspectos de la estrategia general: los apagones digitales con su caos y aislamiento consiguiente; los problemas de abastecimiento de alimentos y combustibles; la quiebra finalmente realizada de los que sufrieron la pandemia y la pasaron volviéndose inevitablemente más dependientes del Estado, o de la Narrativa (aceptar para comer).

En Israel, una de las naciones con mayor cobertura de vacunación -una mayoría de la población vacunable tiene al menos dos dosis de Pfizer-, los casos se han disparado a un pico antes desconocido. Los «muertos Covid» -supongo que a esta altura muertos por la vacuna y sus efectos de corto y mediano plazo- también están en un nuevo pico. La respuesta de Pfizer y las autoridades es exigir uns tercera dosis de lo mismo que ya no protegió a nadie, y vacunar a los niños.

Los «casos Covid» en Israel al 9 de octubre 2021. Fuente: Ministerio de Salud de Israel
Los «muertos Covid» en Israel al 9 de octubre 2021. Fuente: Ministerio de Salud de Israel

Es decir, se exigió la vacunación masiva, se presionó con «pase verde» y estrategias semejantes, y todo fue un fracaso de proporciones notables, con un nuevo pico de casos y muertos, mayoritariamente vacunados con dos dosis por supuesto. Y la percepción clara de las consecuencias letales de todo esto recién empieza. 

¿La explicación oficial? «Israel nos ha enseñado que la protección de la vacuna Pfizer se debilita o desaparece rápidamente». Otro milagro científico, de los tantos que esta maniobra criminal ha prodigado.

Así es todo en la «pandemia». No es solo una estafa de proporciones globales para permitir a las farmacéuticas hacer cifras inconcebibles de ganancia (Pfizer declaró ya 33 mil millones de dólares de ingresos solo en vacunas Covid, superando los 20 a 26 mil previstos; y ahora promociona e impone su «refuerzo» a las corruptas agencias legitimadoras, que responden estructural y directamente al dinero de las farmacéuticas). Es también y sobre todo una maniobra reaccionaria disfrazada de una maniobra futurista. Se vende progreso materialista, control sobre el cuerpo y la vida, y se le echa encima el mencionado espolvoreo de «valores». Se estimula la ambición de la gente al mismo tiempo que se fogonea su miedo. La muerte es la amenaza, pero un futuro de control humano y desaparición de cualquier dimensión espiritual -es decir, jerárquicamente incontrolable para la mente numerizada y calculadora del materialismo- es lo que se promete. 

Nada de eso podrá ocurrir, porque la realidad de lo espiritual humano es infinitamente más fuerte que todas estas manipulaciones. Lo único que cabe hacer es mantenerse fiel a los propios principios reales -no los que vende la tele-, repetir con firmeza lo que uno considere verdadero y de ayuda a otros, y sentarse a esperar y observar cómo toda esta maldad se destruye a sí misma. 

Como decíamos, a la gente se la está obligando a doblegarse a cambio de seguir aceptando vivir bajo unas normas inaceptables. He ahí uno de los aspectos peores de toda esta agresión contra la gente más indefensa. Se está aplastando el espíritu de las personas al obligarlas a aceptar y bajar la cabeza para poder mantener la ilusión de que aun controlan su mundo, y pueden «seguir con su vida».

Pero esa vida está vacía de sentido, ese mundo está muerto. Las instituciones están vacías. La justicia es un brazo desvergonzado de la política. Las leyes (por ejemplo, en Uruguay, la Ley de Transparencia respecto de la información) no se cumplen. En la cara de quienes pedimos que se cumplan, se ríen e invocan principios cantiflescos («el Ministerio de Salud Pública no puede desviar su atención del heroico combate a la pandemia»).

Payasos falsos, huecos, ocupan puestos decisorios. El poder del dinero y del miedo controla todo. Y las empresas de usura tienen el desparpajo de usar valores como la «solidaridad» para estimular su robo a los más pobres, más necesitados en un tiempo como este en que debido a la criminal imposición de la «lógica PCR» han perdido horas de trabajo, o han perdido el trabajo.

Pero quizá sea necesario que todo esto pase y que empeore aun mucho más, para que más y más gente abra los ojos a este mundo viejo que se cae a pedazos. 

Compartir

Comments are closed, but trackbacks and pingbacks are open.