ENSAYO

Por Aldo Mazzucchelli

Leí la columna de opinión de Gabriel Pereyra en Búsqueda de hoy, jueves 11 de noviembre de 2021. 

Lo conozco a Gabriel desde los años ’90. Compartimos muchas horas de redacción en Posdata, un intento de periodismo independiente que sobrevivió seis años. En 1998, cuando a Manuel Flores Silva el director de Posdata una acusación falsa lo puso preso durante un mes, Gabriel decidió aceptar otra oferta y seguir su carrera en otro medio. Hasta ahí mi experiencia personal con él, luego de eso lo habré visto dos o tres veces en las más de dos décadas que siguieron. 

Hace unos días me había invitado a participar en uno de sus programas para conocer mi posición sobre las vacunas contra Covid 19. Lamentablemente, estando enfermo yo mismo y bastante inmovilizado por entonces, no podía aceptar la invitación, por lo que la agradecí. 

Entonces intercambiamos unas líneas con Gabriel. De la nada, después que le había alcanzado la nota de Newsweek a la que Pereira alude ahora en su columna (ya traducida y publicada en eXtramuros por entonces), me escribe, sin aviso: “Me siento muy mal por haber formado parte de la censura. Voy a hacer un mea culpa en la columna de Búsqueda el jueves“. 

La afirmación me sorprendió, y me dispuse a ver lo que ampliaría Pereyra. No creo estar cometiendo una infidencia al contar esto ahora, puesto que el mismo Pereyra ya publicó lo que me había anunciado, y lo que me dijo a mí es solo un pequeño concepto nuclear de lo que desarrolla en su pieza. Lo que importa aquí es lo que implica, y discutir lo que me parece debería ser una actitud a asumir ante esta postura pública de Gabriel. 

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Gabriel Pereyra arranca con lo fundamental: “ejercí una censura despiadada en torno a información altamente delicada que involucra a toda la población“, dice. Él es un periodista a esta altura de mucha experiencia, y sabe bien lo que pesa cada una de esas palabras. Se cuida bien de no invocar circunstancias atenuantes. “Las empresas para las cuales trabajo nunca me bajaron una línea“, especifica. En estos dos conceptos está lo fundamental: un periodista que maneja espacios relativamente importantes en más de un medio de comunicación de este país está confesando nítidamente lo que venimos denunciando hace más de un año y medio: que ha existido una actitud deliberada de ocultar la información que no repitiese la línea oficial -es decir, la emanada por las autoridades sanitarias y políticas locales, que repiten en ello a las internacionales. Y que esa actitud deliberada llevó a que buena parte de la población recibiese una información distorsionada respecto de un asunto -la supuesta pandemia y los medios para su combate, especialmente las vacunas-. Como efecto secundario de esa actitud de censura respecto de puntos de vista alternativos, se contribuyó a sembrar en la población una serie de conceptos -“antivacunas”, “conspiranoico” y “negacionista”, por ejemplo-, aplicados a quien firma y a otros colegas con algún tipo de presencia pública en distintos ámbitos de la vida del Uruguay, debido a que nunca aceptamos ese discurso oficial, ni la mayor parte de sus afirmaciones y conceptos fundamentales. Tan naturalizada quedó toda esa aplicación de motes descalificadores al que piensa distinto, que Gabriel Pereyra sigue usando el concepto “antivacunas” en su columna de hoy sin, quizá, preguntarse por la pertinencia y los efectos de la palabra -sigue sin entender que cuestionar las vacunas contra Covid-19 y estar contra todas las vacunas son dos cosas distintas. 

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El conjunto de los contenidos de la columna de Pereyra me llama la atención de varias formas. Lo primero es la respuesta humana elemental: hay que aplaudir y apoyar a Pereyra, por haber tenido la valentía de reconocer un error importante personal y profesional, y publicarlo sin buscar excusas. 

En la vida de cada uno de nosotros todos nos hemos equivocado muchas veces. Es más importante que el error, la corrección, y en mi opinión siempre se debe dar prioridad a esta. Hay que saludar y abrazar, pues, al primer periodista mainstream que reconoce que el rey está desnudo, y que lo que se viene llevando como política informativa por parte de los grandes medios da asco, tanto profesional como humanamente. 

Dicho lo anterior, el contenido de la columna de Gabriel revela que, en materia de información elemental respecto de la “pandemia” y su lógica discursiva, tendríamos muchísimo que conversar. 

Me llama mucho la atención que Gabriel Pereyra parezca ignorar lo fundamental, que es lo siguiente: toda la lógica discursiva de la “pandemia” está basada en una herramienta: el test PCR. El test PCR es fraudulento, lo ha sido siempre, y esto está demostrado científicamente más allá de cualquier duda. El PCR como herramienta universal de diagnóstico fue impuesto en febrero de 2020 como pilar de la estrategia de construcción social e informativa de la “pandemia” por parte de la OMS y los gobiernos de países centrales (Alemania, Inglaterra, Estados Unidos…), y luego copiado por la mayoría de países de la tierra.

El segundo concepto que se apoya en el anterior, es la modificación de la forma de registrar las causas de muerte, impuesta por la OMS y ocurrida en marzo-abril de 2020. 

Una vez que uno entiende que el test PCR se ha impuesto y mantenido como pilar de toda la construcción social e informativa de la “pandemia”, y que de ese test PCR dependió también la declaración de “muerto Covid” (¿qué ha sido desde aquel entonces un muerto covid? Ha sido cualquier muerto por cualquier causa con un PCR positivo), uno entiende que todas las cifras dadas sobre la pandemia son absolutamente falsas, puesto que se basan en métodos falsos. 

Esos métodos y esas cifras han sido respaldadas por el establishment sanitario en cada país, que simplemente adoptó los protocolos que se le hizo adoptar. El dinero fluyó para mantener esto, además de la presión ejercida por personajes vinculados al negocio de los tests PCR, y vinculados a su vez a ese establishment sanitario global que estuvo llevando adelante los pilares discursivos de esta farsa global-. 

El objetivo desde el primer día fue, además de imponer las vacunas, acelerar una serie de cambios en el funcionamiento del control global en áreas clave: tecnológica, financiera, comercial, administrativa. Esos cambios han avanzado, y seguirán haciéndolo, aprovechando la “pandemia”.

En lugar de ser cierto, como ingenuamente afirma aun Pereyra, que las vacunas son las que disminuyeron las muertes, el verdadero y único exceso de muerte en Uruguay se produjo -igual que en centenares de países del mundo- a partir de que se empezó a vacunar. Ese es el elefante rosado y violeta en el centro del cuarto de baños de los periodistas locales, que ni siquiera pueden hacerse la siguiente pregunta: “¿por qué si hasta febrero de 2021 no habíamos llegado a las 600 “muertes Covid”, entre esa fecha y julio llegamos a 6000?”

El único factor diferencial es la vacuna. Y la noción de que “no fueron muertos por vacuna fueron muertos por covid” depende del simple hecho de que a un vacunado con una -o más- dosis el test PCR le de positivo, y luego fallezca. Esta es la pregunta y la estadística que el Uruguay le viene ocultando a su población, si es que la tiene. El dogma global ha sido: las vacunas son seguras y eficaces, no se puede discutir nada de ellas, y mucho menos asociarlas a la muerte de personas vacunadas. 

Los periodistas hasta ahora siguen repitiendo eso. No hacen las preguntas incisivas correctas, no investigan por su cuenta cuántos realmente de los “muertos covid” de marzo a julio tenían al menos una dosis de alguna vacuna. Se quedan con una estadística parcial de parte interesada, emitida por el MSP exclusivamente al diario El País, y luego negada incluso ante el poder Judicial, que no consiguió que el MSP informe abiertamente a la población sobre las cifras que sospechamos tiene respecto de fallecidos y vacunados. 

Tampoco nadie se pregunta por qué tanta gente vacunada se agarró Covid en diverso nivel de gravedad. Y lo que Gabriel Pereyra tampoco ve ahora, es que hay un uso del PCR para impulsar la vacunación entre los niños. Sorpresivamente, desde hace más de un mes, “los niños tienen covid” en Uruguay. En realidad no tienen nada: tienen nada más que un PCR positivo, que es amplificado por los periodistas que, como Tomer Urwicz, vienen desde hace mucho trabajando para la agenda “vacunar a los niños”. 

Esta campaña culminará con la autorización de vacunación hasta 6 años, y el mandato quizá de que los no vacunados ya no podrán comenzar las clases en 2022. 

Vacunar a gente que no sufre de Covid, con una vacuna que no protege contra el Covid. ¿Qué podría estar mal en todo el razonamiento?

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En resumen, estamos frente a una confesión de parte respecto de la política informativa en espacios importantes del Uruguay. 

Salvo Gabriel Pereyra -y Fito Garcé en El Observador, y Martín Aguirre en El País y algunas investigaciones de un equipo de Del Sol-, hasta ahora a ninguno de los periodistas de los grandes medios se le ha caído un sólo reflejo de dignidad periodística, respeto por la verdad, o intento de ecuanimidad: todos se plegaron desde el primer día a la más obsecuente y servil de las actitudes, en lo que hace a la “pandemia”. Mientras que desde eXtramuros desde el 1 de abril de 2020 denunciábamos el tratamiento de cero profesionalismo que los medios estaban haciendo del problema, tuvo que pasar un año y medio para que existiese un primer periodista mainstream que permitiese que sus reflejos lo ayudaran a sospechar que quizá no todo respecto de la pandemia fuese tan claro como nos lo afirmaron con psicótica nitidez día tras día todos los medios. Ese es el nivel del periodismo uruguayo, del que nos enteramos la primera vez que un problema importante lo puso a prueba. 

Pero además, mientras que desde el número 1 de eXtramuros comenzamos denunciando la censura, el conjunto (me refiero aquí al 100% de los que se llaman demócratas y liberales en este país y que tienen algún tipo de voz pública, como políticos, periodistas o “intelectuales” de algún tipo) no tuvieron una puta palabra que decir respecto de la censura a que nos veíamos sometidos, en YouTube, en Facebook, Twitter, y demás, quienes no pensábamos como el rebaño. 

Luego de un año y medio, estamos en condiciones de informar: no existe en el Uruguay (salvo las honrosas excepciones de César Vega, y lo nombro a él por ser Representante Nacional, más el conjunto de autores alrededor de eXtramuros, más el programa Bajo la Lupa de Esteban Queimada y Maxi Pérez, más los otros grupos de colegas de esta lucha organizados en redes sociales -ej.: “No a la Nueva Normalidad”; “Despertando conciencia”, etc.- que han mantenido la denuncia contra la desinformación), nadie que merezca decirse defensor de la libertad y los derechos a la libre expresión del pensamiento. Si lo fueron en otros momentos de la vida del país, ahora les llegó el tema que les mostró cuál es la horma de su zapato

Ni las instituciones académicas ni los periodistas ni los parlamentarios ni los incesantes mentirosos declarativos de la política tienen derecho a invocar ninguna defensa de la libertad de ahora en más: cuando se comenzó a censurar efectivamente la opinión ajena por el medio directo que Gabriel Pereyra reconoce hoy (el ninguneo), y por el medio indirecto de dejarlo en manos de Mark Zuckerberg o cualquier otro pendejo informatizado semejante, se callaron la boca, y siguieron hablando de temas perfectamente irrelevantes a todos los efectos importantes, como “la derogación de la LUC” o cosas parecidas. La democracia les importa un bledo, y la libertad les importa menos que un bledo.

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Las conclusiones del episodio son: los periodistas uruguayos no tienen, primero, el impulso más elemental para informarse acerca de lo que les pasa delante de la nariz; perdieron de vista no solo el mandato profesional elemental de no quedarse con la primera información oficial que obtienen sino cuestionarla e investigar más allá; además de eso, no tienen la menor intención de poner en cuestión los asuntos que atañen a la salud de la población. 

No saben siquiera leer; la información sobre todo lo que hay que saber alternativamente respecto de la “pandemia” circula, traducida en eXtramuros y en otros medios colegas, desde el principio. Si alguno de estos “periodistas” tuviese en algún momento la inquietud de informarse, se sorprenderían de todo lo que ya sabíamos y habíamos publicado mucho antes de la primavera del año pasado quienes estábamos buscando informarnos.

Pero todo lo anterior no es lo importante, porque un defecto técnico, la falla en la búsqueda de la información, son males comunes a todos nosotros en alguna medida u otra. Ahí no es donde está el problema.- Podrán tener todos estos defectos técnicos, pero lo que los caracteriza es la cobardía y la obsecuencia, el miedo y la más arrastrada mediocridad. Pues si al menos tuviesen dignidad para anteponer la verdad a su miedo a perder algo, habría alguna esperanza. Lo que hicieron, en cambio, fue esconderse en la manada, aceptar el relato oficial, tapar con barro todas las salidas hacia la luz, por minúsculas que fuesen, y seguir así un año y medio.

Ya tienen, sospecho, una carga que podría llegar al nivel penal -si la justicia existiese en el Uruguay- por no haber advertido los potenciales efectos letales de la vacuna para un porcentaje de los vacunados.

Ahora seguirán, contribuyendo a la campaña para vacunar a los niños.

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