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Por Diego Andrés Díaz

Los sucesos políticos de Europa de los últimos tiempos han inundado las polémicas mediáticas, a partir del temblor que vivió el “sistema” bicéfalo que han construido la socialdemocracia y el neoconservadurismo en las últimas décadas y que parecía, hasta hace poco, incuestionable: el avance de partidos políticos críticos con el modelo de centralismo político europeo -categorizados rápidamente por las élites europeas y medios hegemónicos como de “ultraderecha” para regimentar a los europeos a través del uso del miedo- ha representado una señal bastante sólida donde se manifiesta que los tiempos han cambiado, definitivamente. Y no es una coyuntura electoral lo que parece estar detrás de los cambios políticos, sino más bien la emergencia desesperada de una Europa que manifiesta señales de estar más muerta que otra cosa.

La pregunta es pertinente ya que, en última instancia, ha sido Europa la cuna de esto que se le llama “occidente”: la tendencia de las elites progresistas del viejo mundo ha sido la de continuar apostando a “saltos hacia adelante” cuando las señales de hundimiento y cambio se acumulan, afincados en su modelo global de “universalismo”, su continente museo y sus masas de inmigrantes vistos por estas élites como la salvación de una sociedad con notorios rasgos de decrepitud.

En general los “centros de civilización”, con el tiempo, tienden a dejar atrás las sociedades que les dieron origen para mudarse a las periferias, a las “marcas” -las fronteras- del proceso civilizatorio, más dinámicas, más vitales, más decididas. Pero el ejemplo de Europa también puede transmitirnos algunos elementos valiosos a la hora de sopesar la verdadera naturaleza de la etapa que vive: a pesar de que sigue manifestando altísimos niveles de desarrollo económico, es notorio que su papel de rector político y cultural del mundo viene desangrándose a pasos agigantados, así como el sentido último de lo que los hace ser algo diferenciado a esa masa amorfa y sin vida que representa una especie de “lugar sin alma y sin rostro”, ese “modelo occidental cosmopolita” que han abrazado desde hace por lo menos, medio siglo.

Acusar de “ultraderechista” a toda manifestación de malestar es parte de un análisis viejo, mohoso y cobarde, que la vieja Europa de los burócratas y funcionarios del “estado de bienestar” progresista han salido a blandir como asustaviejas. El efecto disuasorio es cada vez menos efectivo. Incluso, la estrategia del estigma ultraderechista, utilizada en diferentes lugares del mundo ante cualquier expresión de sensatez y reivindicación de libertad, parece ser en este momento un factor contraproducente. Incluso, la vieja izquierda radical europea, jacobina en espíritu e infantil en la praxis, no encuentra otro análisis sobre una realidad nueva que esconderse en los esquemas patéticos resaca del “sesenta y ocho” o directamente, meter la cabeza en la arena (lo que no sería una novedad).

La fatal arrogancia

Una de las máximas económicas y políticas más importantes y olvidadas de la historia es aquella que señala, con absoluta certeza, es la que sostiene que hay que observar lo que hace una sociedad cuando se transforma de pobre a rica, y no observar en tono imitativo a una sociedad cuando ya es rica y próspera. Este principio es claramente aplicable a la vieja Europa.

Niall Ferguson plantea que, “…Por alguna razón, a partir de finales del siglo XV, los pequeños estados de Europa occidental, con sus corruptos préstamos lingüísticos del latín (y algo del griego), su religión derivada de las enseñanzas de un judío de Nazaret,y su deuda intelectual con las matemáticas, la astronomía y la tecnología orientales…” produjeron una civilización dominante y extendida que marcó el medio milenio siguiente de forma definitiva. Esa “razón” original ha significado debates y controversias, y se han realizado varios análisis que plantean hipótesis válidas sobre los resortes desde donde se afianzó la llamada “gran convergencia” -el propio Ferguson plantea que esa razón es la acción simultánea de una serie de transformaciones en la forma de concebir la competencia, la ciencia, los derechos de propiedad, la medicina, la sociedad de consumo y la ética del trabajo- pero no es la idea de este ensayo realizar un análisis exhaustivo de estos análisis. Me interesa sí señalar una característica que conjugó por siglos la naturaleza de la civilización occidental, y está allí en la génesis de lo que se conoce como la “Europa moderna” o “la Europa como tal”, y es la de ser un ámbito políticamente descentralizado y desunido, en un contexto de relativa unidad espiritual y cultural.

“Unidad cultural, fragmentación política”, parece haber sido en gran medida una característica advertible, en el lado occidental del supercontinente Euroasiático. Esta idea no es nueva en absoluto, estaba en las mentes de los teóricos políticos europeos, y en el campo académico ha sido expuesta por numerosos autores. El impacto de las “épocas convulsionadas” que representó el derrumbe de Roma en su dimensión occidental vino acompañada por una hiper fragmentación política, que significó un ajuste colosal en las formas de concebir el poder, la ley y la jurisdiccionalidad del mismo. En este contexto, los poderes locales se suman a una enorme cantidad de poderes en competencia, que ninguno lograba imponerse a los otros. Como señala Arnold Toynbee, entre la “anarquía feudal”, la “Respublica Christiana” y la “tendencia imperial” se configuró un ámbito descentralizado donde se establecen las bases de esa “Europa como la conocemos”.

A esta descentralización general, le sobrevoló una unidad espiritual relativamente poderosa pero poco efectiva para sobrepasar hacia los límites temporales del poder: “…conquistaron para la Roma papal un imperio que tuvo un poder mayor sobre el corazón humano que el imperio de los Antoninos, y que en el mero plano material abarcó vastos espacios…” señala Toynbee en su obra “Estudio de la Historia”, “más allá del Rin y el Danubio donde nunca habían marchado las legiones de Augusto y Marco Aurelio. Estas conquistas papales se debieron en parte a la Constitución de la República cristiana cuya frontera ampliaban los papas; pues era una constitución que inspiraba confianza en vez de despertar hostilidad. Se basaba en una combinación de centralismo y uniformidad eclesiásticos con diversidad y autonomías políticas, y puesto que la superioridad del poder espiritual sobre el temporal constituía un punto cardinal en su doctrina constitucional, esta combinación hizo predominar a la nota de unidad sin privar a la sociedad occidental adolescente de aquellos elementos de libertad y elasticidad que son condiciones indispensables del crecimiento. Aún en aquellos territorios de la Italia central sobre los cuales pretendía el papado una autoridad tanto secular como eclesiástica, los papás fomentaron el movimiento hacia la autonomía del Estado-Ciudad…”.

Ésta obra Hildebrandina representará las bases de una fragmentación política que tendrá como inicio de su predominio, la aparición de los reyes absolutos y sus estados nacionales, pero que no lograran – hasta pasada la mitad del siglo XX- consolidar ningún proyecto de unidad política en Europa, más allá de los intentos modernos de Napoleón o Hitler. La novedad del fenómeno poliárquico es que representó una tendencia de larga duración no solo en la estructura institucional occidental -y en perspectiva, se proyectó a América a través del federalismo- sino en las mentes y almas de los Europeos.

La tendencia fragmentaria del poder político europeo tuvo, como todo fenómeno histórico, varias facetas y aristas, que pueden en el largo plazo obtener valoraciones contrarias. Pero manifestó un mecanismo poderoso de competencia-cooperación entre las unidades jurisdiccionales relativamente pequeñas, así como la conformación de un espíritu de defensa de derechos -o privilegios, o fueros, o prerrogativas- que lograban desvincularse de la lógica centralista. Todos los intentos por revivir cualquier lógica de imperio centralizado -imperio caído en el siglo V y que en sí no representaba un poder centralizado como el poder estatal moderno- cayeron en el fracaso relativo, y, aunque se hicieron muchos esfuerzos por revivirlo, no existieron en occidente ni imperio, ni estado, ni autoridad pública que lograra unificar políticamente en una lógica unitaria. El estado, como lo conocemos en sus prerrogativas esenciales del tipo moderno, desapareció, pero la sociedad continuó, continuó la vida religiosa, económica y jurídica.

Las consecuencias a largo plazo de esta constatación plantearon un proceso vivencial bastante claro: el estado -como poder centralizado- y la sociedad – como realidad descentralizada- no eran la misma cosa, y en definitiva, la entidad básica de la sociedad es ese conjunto de entidades organizacionales de naturaleza espontánea de la cuál el estado es un componente más, no esencial. Esta experiencia, surgida de la constatación vivencial -sin enfrentar constantes riesgos y amenazas- descubrió que la vida económica, la vida religiosa, la ley y la propiedad privada pueden existir y funcionar eficazmente sin un estado centralizado.

La competencia constante entre entidades políticas fragmentadas -que van de la inmensa cantidad de organizaciones políticas de diferente naturaleza y dimensión, pasando por los reinos tradicionales multiétnicos e incluso en parte los estados nacionales del siglo XIX- tuvieron a mi entender una incidencia central en la configuración de la naciente Europa, que supera en última instancia coyunturales épocas de intentos centralizadores e ideologías universalistas.

Si analizamos el proceso histórico, incluso la teoría “contractualista” del poder va haciendo pie de forma gradual pero sostenida en la medida que los gobiernos centralizados de los monarcas modernos van alcanzando el monopolio de la fuerza. A medida que el poder real de los señores en sus feudos y villas, en sus castillos y ciudades libres, va perdiendo su condición patrimonialista, de cercanía y va desapareciendo su condición de legitimidad “de facto” -es decir, la legitimidad de su notoria ilegitimidad-, crece la necesidad de la consolidación de una teoría del poder alternativa que pueda ponerlo en un espacio no tangible, abstracto, atemporal y no visible. Los intentos de elaborar orígenes divinos del poder -tarea en la que se enfrascó Bossuet, por ejemplo- resultan menos efectivas que las del “contrato”.

Este “contrato social”, que tenía antecedentes medievales pero de naturaleza local y acotada, fue extendiendo su simbolismo a territorios más extensos, “reinos”, y luego, “naciones”, para regocijo de absolutistas y jacobinos. El proceso de consolidación del mito del contrato va de la mano del proceso del monopolio de la fuerza del poder centralizado. En este sentido, las armas de fuego aceleraron el proceso, al poner a disposición del rey de enormes contingentes de soldados poco adiestrados pero prestos a “gatillar” un fusil. El campesino-soldado fue la herramienta del poder centralizado para llevar su dominio por ese mar poliárquico que era la Europa feudal y temprano-moderna.

Aquí llegamos a un punto importante en este análisis: iniciada como un mecanismo de libertad económica intra-europeo, la “Unión Europea”, organización política en algún punto tutelada por EE.UU. no significó en sus inicios un factor de unidad política. En última instancia, después de medio siglo de destruirse mutuamente en una verdadera “Guerra Civil Europea” al decir de Ernest Nolte, la perspectiva de una paz duradera afincada en una prosperidad económica sostenida basada en mayor libertad en ese campo representó un proyecto posible para una Europa devastada. Pero el proceso de abandono de la naturaleza original de la unión dando paso a un proceso de centralismo político notorio significó un abandono de las estructuras históricas donde Europa había asentado su “divergencia” para dar paso al “gobierno desde arriba”. Y este gobierno “desde arriba”, que centraliza la vida política y cultural de Europa bajo las consignas del ecumenismo progresista de la troika europea, está crujiendo de forma colosal a puntos de quiebre.

Cuando uno repasa el plantel de burócratas y figuras impopulares e ilegítimas que dirigen la suerte de millones de europeos -sintetizados en la figura de Úrsula Von der Leyen- lo que destaca es su obsesión por el control social y político, el centralismo disciplinador a nivel cultural, la insistencia por hacer de Europa un “no lugar” neutro sin alma ni personalidad, el endofobia y la militancia en la auto culposidad y el rechazo de las bases culturales europeas; así como el dirigismo económico, la reivindicación de agendas empobrecedoras que promueven el decrecimiento, la desindustrialización y destrucción de la agricultura bajo la coartada del ecologismo rojo, así como el gasto, la deuda pública, y la estatización y dependencia de los ciudadanos al famoso “estado de bienestar”.

Van der Leyen, como otras figuras de la política europea -y sudamericana también- han consolidado una tendencia delirante, cuasi utopista, sobre su poder y su legitimidad: sus agendas están absolutamente divorciadas de las preocupaciones de los ciudadanos, y sus candidaturas -sean como gobernantes electos, sean como funcionarios a cargo- dependen mucho más de ostentar un cargo político, que de la gestión efectiva y virtuosa en ese cargo, alimentando así la ya estructural “crisis de representatividad”. Seguramente resultado de poder utilizar para sus agendas el enorme poder político y económico de las administraciones estatales que dirigen, su éxito o fracaso en las mismas ya no representa ninguna medida a la hora de promocionar o condenar sus carreras políticas individuales, sino el simple hecho de llegar al ejercicio del puesto ejecutivo. A su vez, la constante obsesión por abrazar agendas impopulares, autodestructivas y empobrecedoras, resultado de alinearse a las agendas de grupos menores pero bien organizados con sus propias agendas y fines.

La tendencia política occidental de incorporar como “prioridad” a sus programas cualquier consigna promovida y defendida por minorías bien organizadas y ruidosas, en detrimento de cualquier otra agenda de corto y mediano plazo, es parte del proceso de crisis europea, e incluso occidental. El poder económico y político que representa el control del aparato estatal moderno es tan enorme que los partidos buscan atajos para llegar al poder, a su control, que la tendencia a incorporar las ideas de los activistas organizados, con poderosos incentivos y una alta conciencia de sus objetivos en detrimento de los intereses y agendas de la sociedad, que siempre son heterogéneos, diversos, desorganizados, y basados en aspectos generales.

La fragmentación política que históricamente representó una pulsión europea -y que hoy los líderes no elegidos de Europa se obstinan a poner en jaque- significó para el ciudadano europeo una variada caracterización que por siglos, lo marcó de forma ostensible: Para un orden político fragmentado y descentralizado, el pequeño el ciudadano es más importante que en los órdenes centralizados, donde se está más expuesto a los abusos.

El entramado de regulaciones, incluso absurdas y liberticidas de los ciudadanos -marca en el orillo de la troika europea- no tiene mayor beneficio ni capacidad de ser operadas cuando no son centralizadas. Los efectos del centralismo, históricamente, se ven en ámbitos tan disímiles como la escala de las guerras y la posibilidad de ser conquistado -un imperio se conquista descabezando al emperador y su poder central-, del impacto en florecimiento cultural -la descentralización política estimula el florecimiento cultural diversificado- e incluso permite mayor libertad de expresión ya que garantiza la posibilidad de huir de la persecución porque las entidades políticas son pequeñas, así como la creación de inventos y la expansión de ideas en poderes fragmentados son difícil de prohibir o perseguir.

Otra característica del poder fragmentado y sus consecuencias es que en estos órdenes políticos, las decisiones equivocadas de un poder centralizado tienen menor posibilidad de escapar. En una realidad poliárquica las malas decisiones se pueden evitar, las prácticas de gobierno buenas se copian por otros poderes, las malas se evitan, las innovaciones se copian. un estado único que no tolera las innovaciones amplifica y expande el error. La pandemia debió enseñarles algo de esto. Sin embargo, la soberbia de los burócratas del centralismo político europeo y su auto celebrada capacidad de ser una “superpotencia regulatoria” tienen otros planes, planes que han recibido últimamente una trompada fenomenal.

Hayek, pensador maldito para los cultores del “alcahuetismo al estado moderno”, caracterizaba como “fatal arrogancia” al centralismo político y económico, argumentando que la concentración del poder decisional en manos de unos pocos planificadores o líderes políticos no solo es ineficiente, sino que también es inherentemente riesgoso y propenso a generar resultados adversos, y abogaba por un orden espontáneo emergente de la interacción descentralizada.
El caso europeo y su actualidad, mezcla de vaticinios apocalípticos y dilemas civilizatorios, debería llevar, por lo menos, a la reflexión sobre las consecuencias del predominio del centralismo político en su orden social actual. Las burocracias centralistas han advertido el golpe que las últimas elecciones les significaron, pero el dilema es tan amplio que incluso las reacciones -de diferente tono y estilo, y manifestando diferentes malestares- quizás sean solo un ejemplo de tímidas señales de un cuerpo ya destinado a morir. O quizás no.

En última instancia, poco deberían esperar los europeos de algún tipo de reflexión y autocrítica de las autoridades europeas y sus políticos afines. Como acertadamente diría ‪Nicolás Gómez Dávila ‪“…Las decisiones utópicas y despóticas del estado moderno son finalmente tomadas por un burócrata anónimo, subalterno, pusilánime y, probablemente, cornudo…”‬

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