ANIVERSARIO

Por Diego Andrés Díaz

Este artículo que comparto con los lectores son reflexiones relacionadas a temáticas ya anteriormente abordadas en la revista, y que han sido en general, aspectos que suelen merecer el análisis de otros integrantes de extramuros: (https://extramurosrevista.com/tres-reflexiones-sobre-el-malestar-civilizatorio/
https://extramurosrevista.com/el-descreimiento/
https://extramurosrevista.com/por-que-es-importante-reflexionar-sobre-el-estado-de-la-civilizacion-occidental/



No representa una novedad en la historia del pensamiento occidental la reflexión sobre el malestar civilizatorio, tanto sea a nivel filosófico como en el ensayo historiográfico, pero en ciertas ocasiones parece tomar vigor en las reflexiones actuales dos ideas concatenadas: occidente está viviendo un proceso de cambios, donde los mismos representan un retroceso en su predominio y, por otro lado, occidente vive una decadencia estructural que tiene como consecuencia su colapso, esto último en el sentido no superficial del término, sino en el aspecto profundo y estructural, es decir, en la manifestación de una declinación, una pérdida del poder creador de sus élites, un deterioro creciente de la mimesis y en el amplio rechazo de las mayorías que componen esa civilización a la misma, una pérdida de la unidad, la tendencia creciente al descreimiento con respecto a las bases que conforman el ethos civilizatorio, y un creciente y firme proceso de endofobia, que se manifiesta mayormente a través de la proliferación de discursos masoquistas sobre las sociedades occidentales, la culpa y condena de sus acciones en el pasado, y una especie de exotismo con respecto a la naturaleza de las otras culturas, donde se las idealiza y proyecta como “soluciones externas” a lo que es el malestar local.

Existen también varias cuestiones previas a la reflexiones anteriores, que merecen, por lo menos, ser señaladas: me interesa marcar por lo menos tres: la primera se relaciona a un tema apriorístico de importancia crucial, que es el de delimitar con mayor exactitud a qué llamamos realmente como “occidente”, teniendo allí varios problemas, no solo en el campo del análisis filosófico e ideológico, sino también en la delimitación histórica y cronológica. La segunda cuestión deriva de la anterior y se centra en descifrar cuáles son exactamente las señales de decrepitud y falta de respuesta a los desafíos. Finalmente, la tercera cuestión se plantea qué dilemas, salidas u opciones se traducen en superaciones de la crisis, si es que existen esas señales.

Buena parte de las reflexiones que emergen de estos tres aspectos preliminares, se empiezan a medir cuando uno apunta la mirada a las manifestaciones más predominantes: que hablemos mayormente de occidente nos habla de que este concepto pasó de ser un adjetivo -en referencia a la civilización cristiana– y no como lo es hoy, un sustantivo; por lo que las señales de colapso, están fuertemente emparentadas con el abandono civilizatorio de la estructura filosófica y religiosa que articuló su existencia desde hace más de un milenio.

No parece ser ninguna casualidad que en general, vemos que occidente recibe una fuerte impugnación en varios planos, y que estos planos se dan tanto en el campo del espacio como en el tiempo: no solo en el enfoque político – presente, es decir, en lo que manifiesta como acción específica de la actualidad, en las decisiones políticas de lo que pueden ser sus élites, en los errores del momento, en el descreimiento de sus sociedades, sino que observamos una verdadera impugnación histórica, donde la mayor parte de su accionar pretérito es presentado como despreciable, repugnante, criminal. En este sentido, no deja de ser llamativo que el territorio conceptual desde se degrada la historia de occidente opera en un plano “abstracto” hasta ser un “no lugar”, donde, despojándose de lo humano, su naturaleza y sobretodo, su Historia, se conmina a occidente a auto declararse culpable de todos los males y de proclamar todas sus acciones simples expresiones de su naturaleza criminal, pedido realizado desde un tribunal ideológico futurista, donde a través del anacronismo se interpretan las acciones pretéritas como hechos descontextualizados y se le exige el no haber actuado de cierta forma, aunque ninguna otra civilización actuó así jamás, en ningún escenario, en ninguna época. Es decir, a partir de analizar el pasado desde una perspectiva abstracta, se crea un pastiche de críticas donde se mezcla el futurismo, el progresismo filosófico, la superioridad moral autoproclamada por parte de los críticos, y la promoción del odio a sí mismo por parte de los occidentales. En ese sentido, los cultores de las tristemente célebres “leyendas negras” apuestan a señalar con el dedo a la civilización de la cual son parte colocándose en un “no lugar” histórico que le brinda el conjunto de ideologías futuristas conocidas como “revolucionarias”.

Esta crítica de “movilidad temporal” – impugnación de su pasado, combate a los disparates de su presente, deseo de desaparición a futuro- también tiene una dinámica espacial: no es mayor el cuestionamiento por parte de las civilizaciones que no son parte de occidente -y que tienen, le guste o no a la civilización occidental, fundadísimas y validísimas causas- que el que surge a su interna. En este sentido, la crítica interna, tiene un perfil bastante diferente, ya que no representa la competencia por el timón occidental para definir hacia dónde irá, o un espíritu crítico en constante autoalimentación para mantener en guardia una élite evidentemente agotada, sino que se manifiesta mayormente en la proliferación de una filosofía que promueve el odio a sí mismo, observable en los extrañas y delirantes alineamientos y apoyos que se observan en los distintos países centrales de occidente, en las causas que sus élites promueven, cargadas de auto flagelación, culpa y desintegración social.

Más allá de esto, me interesa reflexionar hoy no tanto en la naturaleza de este malestar. Supongamos que esta debacle civilizatoria es real, tangible, incluso que es ya un colapso, es decir, que las fuerzas desatadas de su derrumbe no tienen ya mecanismos de evitar su desaparición, y que no existe forma de revitalizar la mimesis creadora. Podríamos señalar que, cuando se da un verdadero cisma social, existe siempre la posibilidad de que la propia sociedad que vive este fenómeno tome, de ese ambiente de desintegración, fuerzas que transforman el control -manifestación típica de decadencia de una élite- en inspiración para la palingenésia, el miedo y odio en creación en inspiración; pero me interesa en este ensayo referirme a las manifestaciones que se observan en el campo de la conducta humana, en los sentimientos predominantes, y en las formas de vida que se manifiestan, cuando una sociedad parece entrar en el proceso de colapso y desintegración.

¿Estamos ante el colapso? Algunas manifestaciones y conductas ante el posible quiebre civilizatorio.

Las críticas a las élites occidentales no están exentas en absoluto de cuestionamientos acertados, ya que pocas veces se ha visto tal confluencia entre élites corruptas, malestar social, cuestionamientos externos e internos, descreimiento de los marcos institucionales y morales de la civilización, y un sinsentido existencial tan extendido en los ciudadanos.

Esta percepción puede ser rechazada, o matizada, incluso cuestionada como “tremendismo”,y es válido que así sea. De las coartadas que intentan explicar que los temores o análisis sobre la debacle no son acertados, no representan un cuestionamiento consistente los que están afincados en los aspectos técnicos y tecnológicos del mundo, ya que, como hemos señalado en otros artículos, la técnica se aprende, y es absolutamente ridículo depositar allí solamente las bases de la pujanza y desarrollo de una civilización. Estamos observando con claridad que la brecha tecnológica -resultado, mal que les pese a los materialistas, de la aplicación de una serie de ideas– que solía tener occidente, en el proceso dinámico, va diluyéndose, cuestión que ha sido una constante en la Historia: todas las etapas de predominio técnico no representan algo estático y definitivo, y las civilizaciones que así lo entendieron se han dormido en los laureles, sembrando así la semilla de su deterioro posterior.

Este error parece ser, a mi entender, una de las manifestaciones más evidentes del problema que vive occidente: la fascinación por una técnica efímera, a tal punto de proyectarse en el campo social como modelo de moral, de articulador social y de legitimidad política. La naturaleza de la autoridad científica, manifestada dramáticamente en el período 2020 – 2023 a partir de la “pandemia”, intentó atrapar bajo su fascinación como técnica -falsa fascinación, corrupta, además- una serie de potestades simbólicas, que en última instancia, buscan erigirse como un ethos colectivo. En este proceso que desgraciadamente vivimos, y que se proyecta a otros campos -como lo son el clima o la actividad científica en general- se intenta pasar de contrabando una supuesta autoridad científica en el campo descriptivo, al valorativo. Así, es moneda corriente que los “científicos” se crean en la legitimidad -ideológica- de transmitirnos su observación de la realidad (como “son las cosas”) y además, de imponer su valoración de las cosas (“como deben ser las cosas”), mezclando los campos para que se tome su labor como una especie de modelo político y social a seguir “basado en evidencia científica”.

Es interesante advertir el menoscabo que viven las herramientas de reflexión con respecto a valoraciones y análisis sobre lo deseable, lo bueno y lo bello, como es la filosofía, la ética, la historia, frente a lo que representan supuestas valoraciones “objetivas” resultado de la magia que hace la “ciencia oficial”. El predominio de esta trampa se atestigua en la proliferación de los “políticos con túnica” tan comunes en el proceso “pandémico”, y representan un síntoma inequívoco del rol tramposo que quieren darle al conocimiento científico. La insistencia del uso de “comunidad científica” como coartada política no solo habla de la trampa de intentar pasar lo subjetivo y específico de un grupo, en una manifestación objetiva de un todo, sino que además nos habla del rol que le quieren adjudicar a la “técnica” como “ideología”, qué, como señalamos, es efímera en su posición predominante.
Otras manifestaciones de conductas frente al declive suelen estar relacionadas al deterioro de la facultad creadora de una civilización. Una de ellas es la que se manifiesta a través del auto abandono, apelando a una suerte de “vuelta a la naturaleza”, y su contraparte es la tendencia al autocontrol extremo, es decir, en entender que esa vuelta a una especie de “estado de naturaleza” es la causante del derrumbe. Estas dos tendencias representan a mi entender señales claras de que el malestar se ha profundizado hasta el nivel de descreimiento.

La tendencia a la deserción de este mundo se asimila a la del soldado que abandona el campo de batalla, ya que verdaderamente considera que esa no es ya su batalla, y que en última instancia, no existen aspectos ni de idealismo, ni autodisciplina, ni de identidad que puedan convencerlo de su decisión. En contrapartida, la tendencia al martirio también puede ser una señal de decadencia, y radica en la idea que solo un acto desesperado de autoinmolación, de salto “hacia adelante” y “hacia el vacío” significa el único revulsivo potente para cambiar el proceso. En ambos casos, no nos referimos a actitudes de “cobardía” o “heroísmo”, típicas de cualquier época, sino a que en ambos casos las acciones son formas que liberan la existencia de la pesada carga del sinsentido existencial que representa la idea -real o imaginada- de que “nuestro mundo de derrumba”, representando dos formas de escapismo, si se quiere, al malestar civilizatorio.

Estas conductas tienen también manifestaciones más relacionadas al sentimiento, es decir, a “estados del alma” colectivos, que se traducen en una estructura espiritual y una herramienta analítica de los sucesos que se manifiestan frente a nosotros: la sensación de estar a la deriva, como el cuento de Horacio Quiroga, exterioriza la sensación de la derrota y del sinsentido, así como la culpa constante representa, en última instancia, la derrota moral que no tiene solución, que es determinista e inevitable. Esta sensación civilizatoria suele ser caldo de cultivo para el determinismo, es decir, a la concepción por la cual “nuestro ethos” -o nuestro Dios, o nuestras instituciones y valores– han estado equivocados y el proceso de desilusión se sublima a través de convencerse que solo somos “piezas en un juego de ajedrez” del que nada se puede hacer más que ver el juego de los dioses. Lo increíblemente paradójico con respecto al espíritu determinista es que opera como una verdadera “droga dura” en el cuerpo social, ya que, por un lado, si se hace predominante en períodos de decadencia suele socavar la moral de una sociedad; si su predominio se manifiesta en etapas de prosperidad, insufla a la misma de un estímulo que roza lo mesiánico y lleva a la exaltación dramática del momento que se vive.

La sensación de decadencia también ha manifestado, en otras etapas de la Historia, comportamientos relacionados a profetizar “edades doradas”, o “saltos hacia adelante”, proyectando la imitación de un “cómo fuimos” o una profecía del “cómo seremos”, como salida deseable ante un aquí y ahora de desasosiego. Estas formas de sentimiento en el campo temporal se parecen a la evasión como actitud existencial, es decir, una tendencia a proyectar el ser en otro mundo, no necesariamente diferenciado a un imaginario pasado o futuro, sino a la tendencia a buscar un ámbito de contemplación, serenidad o morar en una “ciudad de Dios” mental.

En el intento de descifrar las manifestaciones en el comportamiento y el sentimiento de una etapa de real o aparente crisis civilizatoria puede brindarnos información sumamente valiosa para sopesar el peso del malestar, su real validez y existencia, su origen y naturaleza, y además advertir reacciones que surgen en el proceso temporal donde se manifiesta ese malestar. A modo preliminar, intenté incorporar algunas de las exteriorizaciones y actitudes en el cuerpo social.

Las manifestaciones del malestar civilizatorio pueden afincarse en aspectos objetivos y reales, o representar meras interpretaciones antojadizas o especulaciones inútiles. Más allá de esto, el malestar como sensación supone una realidad social tangible que, tenga justificación o no, actúa y articula la realidad humana, presentándonos a diario ejemplos de ese malestar. Es verdad que las etapas de crisis no suponen necesariamente un quiebre, y tampoco una novedad para los pueblos de tradición cultural cristiana occidental, pero sí sería una novedad no reflexionar sobre este malestar, e incluso plantear hipótesis sobre su grado de flexibilidad ante los desafíos que se manifiestan, incluso sobre el grado de sentido trascendental de su existencia.

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