ENSAYO

Por Fernando Andacht

El título del ensayo alude a la idea que sirve de tesis y subtítulo al libro de Hannah Arendt sobre el juicio a Eichmann por crímenes de guerra en 1961. Así describe ella una nueva clase de delito:

El problema con Eichmann era precisamente que tantos eran como él, y que muchos no eran ni perversos ni sádicos, que ellos eran, y todavía son, terrible y aterradoramente normales. Del punto de vista de nuestras instituciones legales y de nuestras normas morales de enjuiciamiento, esta normalidad era mucho más aterradora que todas las atrocidades puestas juntas… (él) comete sus crímenes en circunstancias que vuelven casi imposible para él saber o sentir que él está haciendo el mal (Hannah Arendt, Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil (New York: Viking Press, 1963, p. 276).

En el caso del que me ocupo, la situación que analizo es simétrica e inversa: dos mujeres educadas y sólidamente respaldas por sendos títulos universitarios genuinos que las habilitan a actuar como “médicos veterinarios” se dedican a hacer el mal con plena conciencia y fruición. Sus crímenes son expuestos en un programa televisivo dentro de un espacio que creo justo llamar banal. En Brasil, en la vida cotidiana, se habla con frecuencia del “Procon”, el organismo que se encarga de la “protección y defensa del consumidor”. En Uruguay esto no ocurre, y ese cometido en parte lo cumple el programa Santo y Seña (Canal 4, domingo 20.45) con una sección fija en la que asistimos a denuncias de diversos fraudes. Un periodista presenta el testimonio de sus víctimas, y luego emprende la búsqueda y eventualmente registra el enfrentamiento con el estafador, si éste accede. Pero el día 27 de agosto de 2023, hubo una salida notoria de la exposición rutinaria y tediosa de la fechoría de la clase de delincuente que en inglés se llama “con man”, el hombre de confianza. Son personas que se especializan en abusar de la confianza de su víctima incauta, para cometer su delito con su anuencia, hasta que aquella se da cuenta, pero ya es demasiado tarde y la estafa ocurrió. Se nos muestra también lo arduo que es hacer justicia en estos casos, y más aún el recuperar lo sustraido con engaño, e incluso que el o los responsables terminen sus andanzas ilícitas recluidos en la cárcel.

Pero en esa ocasión, la llamada “Cartelera de Chantas” expuso un caso que no encaja del todo en esa categoría del que lucra con la ingenuidad o la confianza excesiva. Quienes denuncian en esta oportunidad son muchos menos que los habitualmente numerosos estafados por quien busca sacarles todo el dinero posible hasta que caen en la cuenta de que no recibirán nada, o sólo un triste remedo inútil de aquel bien o servicio por el que han entregado su dinero. Son apenas tres los testimonios de las “damnificadas” – así las presenta el programa, aunque se menciona que un total de doce estafados hizo la denuncia penal. El título elegido para ese día de agosto ya prepara al espectador a presenciar algo que está despegado, como dicen los jóvenes: “VETERINARIAS ASESINAS”. Así se nos anuncia que lo que expondrá en esa ocasión Santo y Seña excede en mucho la típica transgresión de quien comete un fraude, para conseguir lucro de modo ilegítimo, y luego desaparecer con lo mal habido, pero sin que haya intervenido la violencia.

El armado del caso tiene todo para golpear fuerte al público y generar emociones potentes: mujeres que aman a sus mascotas – las nombran incluso cuando es una tenencia efímera, previa a ofrecerla en adopción – mujeres que no pueden no ser concebidas como la encarnación del mal en estado casi de pureza, una vidente que puede encontrar animales desaparecidos y sentir la violencia que sufrieron hasta su muerte, y un cementerio clandestino con más que abundante evidencia de la malévola práctica de las dos mascoticidas seriales, que se amparan en la legitimidad del diploma universitario, porque son médicas veterinarias.

A continuación, voy a reproducir algunas frases de las víctimas para entender su sufrimiento, y otras escritas y habladas en mensajes no sólo por las dos malvadas veterinarias, sino incluso por un tercer personaje que es actuado, fingido por una de ellas, como parte del fraude que termina con el asesinato de las mascotas. Por las dudas, me adelanto a aclarar que el uso del verbo “eutanasiar”, como lo hace un informe de Telenoche 4 (1) o uno de los periodistas al final de la nota en Santo y Seña, es totalmente inapropiado. Lo que cometen las veterinarias denunciadas nada en común tiene con la eutanasia: ellas prometen llevar los perros que le entregan a una de ellas, a Victoria Phoyú, a un campo en Cerro Largo, donde una mujer llamada Carmen los albergará por la bondad de su corazón, para que esos animales puedan disfrutar de todo ese espacio en libertad y ser bien cuidados. Si hay una forma alternativa de describir su acto criminal ésta puede ser el horrible tratamiento inhumano que algunas personas sufrieron durante el demencial tiempo protocolizado de la pandemia en Uruguay, y seguramente en muchos otros sitios del mundo. De eso escribo en la parte final del texto.

El mal puro acecha el mascotismo en Santa Lucía

El primer testimonio es el que brinda Mariana Barguete, alguien que practica el mascotismo en todo su alcance. Ya con varios animales en su casa, ella encuentra un pequeño perro abandonado frente a su local comercial, y decide darle albergue, mientras procura su adopción, pues no tiene lugar para tener más mascotas. De acuerdo al régimen indicial del programa, semejante a un documental, se exhibe el muro de Facebook donde Mariana difundió la foto del perro abandonado, que encontró en bastante mal estado. Ella incluso se ofrece a colaborar con el gasto de comida, para apoyar a quien lo adopte. Otra señal de su afecto por las mascotas llega más adelante: ella bautizó al perro que va a entregar como “Tito”. La suerte parece asistirla, porque ella cuenta que no sólo recibió una rápida respuesta positiva, sino que además provenía de una veterinaria, por eso dice que “va a ser ideal” que esa mujer lo adopte. Además Mariana la conoce como clienta de su comercio. Otra de las víctimas acota que esa profesional trabajaba “en una veterinaria muy reconocida de acá de Santa Lucía.” El buen samaritanismo de Victoria Phoyú, pues de ella se trata, no parece ser menoscabado por su pedido de $ 2000 para pagar el combustible necesario para viajar a Cerro Largo, donde su amiga Carmen lo cuidará sin recibir pago alguno. Consigno este dato, porque a diferencia de los chantas típicos, ese monto parece escaso, el pago es hecho sólo una vez por la víctima, y quien comete el engaño vive en la cercanía del engañado. Además, Victoria promete enviar fotos del nuevo hogar de la mascota, algo que nunca se cumple, según los testimonios que vemos y de los otros que se suman en ausencia. Aunque no podemos descartar el lucro, porque ese traslado al campo de la filántropa mascotista arachana nunca ocurre, dado que “Carmen” no existe fuera del relato, el dinero es tan escaso y se lo consigue con un muy alto nivel de riesgo, que descarto el rótulo “chantas”, y elijo el de ‘mascoticidas’ o asesinas de mascotas. El que Victoria y su socia sean veterinarias diplomadas y el uso de un lenguaje muy afectuoso que usan para organizar el secuestro disimulado de las mascotas hace pensar más que en una estafa, en la inédita encarnación mediática del mal. Digo que es “inédita”, porque habitualmente vemos de cerca villanos en la ficción de films y series; los de la vida real llegan en el horario del informativo, pero en general, ellos habitan otro planeta que el de los televidentes. Observar los daños psíquicos causados de modo intencional y planeado por personas de clase media, educadas es una instancia de lo que Freud denominó “das Unheimliche”, que se traduce como “lo Siniestro”, pero que literalmente significa lo no familiar. El creador del psicoanálisis lo define como la inusual y movilizante conjunción de algo conocido que aparece en un contexto del todo ajeno, bizarro. Nada ejemplifica tan bien esa extrañeza radical de lo común como el observar a alguien que se ha dedicado a estudiar cómo sanar animales, y que se ocupa con singular afán de liquidarlos, no sin antes sustraerlos a quienes los tienen mediante un relato falso y reiterado sobre el objetivo de darles mayores y mejores cuidados a esas mascotas.

A Yennifer Arlotto también se la presenta como una “damnificada,” y ella nos cuenta que el diagnóstico que la misma veterinaria Victoria le dio de su perro fue “catastrófico”, y le aseguró que Yennifer no podría costear la ración necesaria para su cura, pues costaba $2000 el kilo. Parece que esa cifra tiene algo mágico para las Veterinarias Asesinas. Coincide con el pago por el viaje al santuario de Cerro Largo, donde reside la amiga filántropa del mascotismo, pues le informa que Carmen “estaba en buena posición y ayudaba a animales enfermos.” El tercer testimonio es de Noemí Álvarez, quien narra algo similar: “me dijo que tenía una conocida en Cerro Largo que podía ampararlos, llevarlos y que estuvieran bien”.

Hay una serie de curiosos y recurrentes detalles en los testimonios que construyen una representación del mal puro, gratuito, no centrado en el lucro, sino en el goce de hacer el mal sin cuidarse demasiado en ser descubiertas. Veamos un par de ejemplos. Quien buscaba la adopción de “Tito” cuenta que ella “había coordinado con alguien para que lo bañara porque tenía mal olor”, pero la bondadosa veterinaria Victoria le dice que eso no es necesario: “no gastes en eso, que yo cuando lo lleve, lo baño.” En lugar de ir a buscarlo a mediodía, ella “se adelantó y llegó a las 9.30”, como si la veterinaria estuviera tan ansiosa por hacer el bien, que no era capaz de esperar ni un minuto más, para realizar esa acción salvífica, benefactora y filantrópica. Cuando le comenta sobre el supuesto e inexistente viaje de Tito a Cerro Largo, la asesina canina le escribe este mensaje a Mariana: “se portó hermoso en el viaje, lo amoooo”. Produce horror saber, como lo sabremos después, que Tito ya había sido exterminado. Los estafadores comunes que regentean esa sección de Santo y Seña no disfrutan de su delito de esa manera. Su idea fija, su única meta, es el lucro, el despojar al incauto de todo el dinero posible y luego evaporarse. En este singular caso, hay un inocultable disfrute del engaño del otro, en hacerlo imaginar un destino idílico para su mascota, y con ese fin simulan empatía, un sólido afecto por esas criaturas no humanas que ellas matan no bien las reciben. La mujer que no tenía espacio en su apartamento para seguir teniendo su perro, se lo llevó a su casa junto con “dos bolsas de ración, y (Victoria Phoyú) me dijo que no, que me las llevara. Donde iba a estar le daban comida como la gente”. Hay un aspecto perverso en esas acciones de generar una expectativa del mejor mundo posible para esas mascotas, para los animales ya sea propios o protegidos, y hacer exactamente lo opuesto. Parece que ellas obtienen así un goce maléfico.

Nada es más simple en la actualidad que acceder al pedido que todas las víctimas le hacen: “le llevé el perro y lo único que le pedí es que cuando llegara a destino me mandara una fotografía, para ver cómo estaba”. La demanda es tan razonable como inquietante es la respuesta ante la insistencia, por no recibir ninguna foto o video de la mascota cuyo bienestar fue encargado a esta médica veterinaria. No imagino una mejor muestra de maldad consumada y contumaz que el simular la identidad de la inexistente amiga arachana, la benefactora de perros, en una llamada desde otro celular, el de la hija de la cómplice de Victoria. El mensaje que recibe Mariana de quien dice ser “Carmen”, pero cuya voz ella reconoce como la de la también veterinaria Alejandra Perdomo, la secuaz de la otra asesina de perros, es incoherente, ilógico, como tildará ella la preocupación por la suerte de Tito. Por eso vale la pena reproducirlo:

“Hablé con Victoria, la veterinaria de Santa Lucía, ella había quedado muy angustiada por la serie de llamadas que había estado recibiendo últimamente con respecto al perrito. Yo te llamé el otro día y te dije con extrema claridad que el perrito estaba en perfectas condiciones, pero que yo prefiero vivir en el anonimato. ¡Yo no tengo por qué derivarte ninguna foto ni ningún video! Y parece que transformaste esa conversación en una especie de persecución de alguien. ¡No, no me parece justo en lo más mínimo!” (énfasis y signos de admiración agregados en base al audio emitido en Santo y Seña)

Otra vez aparece un detalle revelador de la inconfundible presencia del mal. No hay olor a azufre en la pantalla, pero es inaudito y perverso el uso del diminutivo, “perrito”, la marca del afecto para disimular el crimen cometido, la voluntad destructiva y gratuita, con la que simula un cariño no sentido. El actuar como verdugo impide a priori tener ese sentimiento, especialmente si esa ejecución no se sostiene en legislación o mandato alguno. Tras afirmar su condición filantrópica, el impulso a hacer el bien pero de modo discreto, anónimo, tal sería la noble vocación de la inexistente Carmen, emerge un tono duro que la traiciona, que pone de manifiesto la villanía de quien dejó ese mensaje. Parece que la simuladora quisiera delatarse como la real encarnación de lo siniestro: “¡Yo no tengo por qué derivarte ninguna foto ni ningún video!” Además de la nítida dicción de clase media, educada que escuchamos en el audio de Whatsapp, surge ese verbo insólito, que no se usa nunca con ese sentido en la vida cotidiana. Esa palabra la emplean apenas médicos o psicólogos, para referirse al acto en el que un profesional de la salud deriva un paciente a un colega, es decir, se lo recomienda por ser un experto en esa enfermedad, o porque hay motivos éticos que le impiden tratarlo (ej. cercanía familiar). ¿Por qué no dijo ‘enviarte’ o ‘mandarte’ una foto? La duplicidad radical entre el ficticio personaje samaritano y la genuina encarnación del mal puro tuerce el camino de los signos. El describir con enojo el normal interés por conocer la situación de la mascota como una actitud injusta es una provocación: su múltiple acto criminal es un ejemplo de la ausencia total de justicia, una manifestación de aquello que se le opone como la belleza a la fealdad.

En el cierre de ese elocuente audio hay otro elemento siniestro que, como planteo en la última parte de mi ensayo, nos retrotrae a episodios incalificables ocurridos durante el tiempo pandémico por causa del desmesurado poder sanitario. Siempre desde la falsa identidad de la imaginaria mecenas canina “Carmen”, la veterinaria A. Perdomo le propina una lección en la impunidad total que tendría un profesional como Victoria Phoyú: “Por otro lado, te explico que a un veterinario titulado, con título en la mano no le podés hacer absolutamente nada, del punto de vista legal.” El mensaje es cada vez más bizarro: hay un salto mortal desde la acusación absurda del Otro como injusto e ignorante, a la reivindicación del poder y de la completa impunidad. La ficticia filántropa “Carmen” le advierte a la víctima que, aún si la profesional del cuidado animal hubiese cometido un crimen, la anti- o no eutanasia, nada podría hacer ella en su contra. En términos de Goffman (1952), se trata de la estrategia de adaptación de la víctima a su pérdida o estafa (“cooling the mark out”), de convencerla de que debe resignarse y no causar problemas. Pero en este caso, la maniobra es hecha de un modo cruel, sádico, que en nada podría aminorar la pérdida sufrida. Debo señalar que el mostrar en la placa el rostro sonriente, radiante de Alejandra Perdomo, junto con la transcripción de cada frase que oímos en el audio que le envió a Mariana Barguete seguramente tiene el impacto de un puñetazo certero, implacable en el público televisivo. En su voz, hay arrogancia, cinismo, pero más que nada un inocultable disfrute de la total impunidad, a la vez que hace crecer la sospecha en la víctima que escucha su mensaje de que un crimen se cometió, pero que ella nada podrá hacer al respecto. Curiosamente, Carmen/Alejandra remata su despliegue de despiadada jactancia así: “Es ilógico, no?” Lo que no parece lógico o razonable no es la demanda de evidencia de la mujer que le entregó a Tito, sino el entregarse con esa fruición a esos actos destructivos, a esos crímenes contra el mascotismo clásico, tradicional. ¿Para qué le hace esa ominosa advertencia? O mejor aún: ¿para qué las dos veterinarias matan animales que les entregan para cuidar o sanar? No me convence que sea por ese mísero monto de $2000 o $2500; no parece suficiente recompensa para arriesgar su reputación, en un lugar tan chico como Santa Lucía, Canelones, no podrían conseguir un lucro que justifique esos actos mascoticidas. Esa ominosa convicción debe

ir creciendo en quienes se detuvieron en la pantalla de ese canal el domingo 27 de agosto por la noche. No hay aquí el enfrentamiento de bandas de narcotraficantes, ni rapiñas violentas, ni femicidios salvajes. Son sólo dos graduadas universitarias que eligieron como su profesión el suministrar cuidados a seres vivos no humanos, lo que no sería muy diferente de brindarle un trato humano a estos seres.

Despedida del mal en persona: “¡Y correte porque te paso por arriba, negro!”

Podría detenerme en más elementos siniestros, pero quiero señalar que ese día Santo y Seña consiguió algo con lo que sueña hoy casi todo programa en vivo, sea periodístico o de entretenimiento. Quizás sin intentarlo o ser del todo consciente, esa noche ese programa alcanzó un pico de rendimiento, porque ofreció una visión de lo auténtico, a saber, del mal puro y real, verdadero, en el lugar menos esperado. Y lo consiguió por presentar algo fuera de lo convencional, en un espacio banal, que oficialmente expone delitos triviales contra el consumidor.

Las mentiras de las veterinarias asesinas son tan burdas, tan fáciles de descubrir en un pueblo chico, infierno grande, según reza el proverbio, que no hay otra salida que pensar en seres abocados al mal por el mal, a sembrar la muerte disfrazada de bondad, de cariño por el mascotismo.
Voy a describir cómo llega esta vez el final habitual de la sección llamada “Cartelera de Chantas”, que, como espero haber demostrado, no presentó una instancia de esa tipología delictiva, sino algo mucho más oscuro y complejo, casi metafísico, porque nos obliga a pensar sobre dónde reside el mal, cuándo y cómo sale a recorrer el mundo de la vida… En esa especie de epílogo, una más o menos feliz conclusión, el reportero itinerante Bernardo Wolloch habitualmente enfrenta al defraudador de la confianza y trata con mayor o menor fortuna de hacer que el estafador confiese su engaño, que hable de su lucro mal habido. Como ocurre en muchas ocasiones, las perpetradoras de este crimen serial contra mascotas mal habidas se esconden, tratan de no dar la cara. Victoria Phoyú sale apenas un instante de su casa, pero se da vuelta y entra veloz, mientras se niega a hablar con el insistente entrevistador, que permanece de pie al otro lado de la reja. Con paciencia, él espera hasta recibir un mensaje de los damnificados de Santa Lucía que le avisa sobre la llegada de la otra asesina de animales domésticos a la casa de su socia y cómplice en el reiterado delito. Tras una falsa denuncia que convoca a la policía, la tenacidad del periodista Wolloch es recompensada, pero no del modo que esperamos.

Ocurre un nuevo momento inédito de autenticidad en televisión, ese bien mediático escaso y muy procurado. Surge una breve escena violenta, que sirve como signo indicial, como evidencia dura del comportamiento de un asesino de mascotas. La veterinaria que fingió ser Carmen, la filántropa mascotista arachana, sale rauda de la casa de su cómplice y no mira a Wolloch a la cara, cuando él le dice que puede mirarlo “con cualquier cara”. De espaldas, ella le responde que no le interesa hacerlo. Tras esa declaración irritada, la veterinaria Alejandra Perdomo por fin lo encara y le arroja una frase funesta, ominosa como toda amenaza de muerte: “¡Y correte, porque te paso por arriba, negro!” No sólo ella casi atropella al camarógrafo, como lo hace notar el conductor del programa luego, sino que de nuevo, su lenguaje es tan anómalo como su dedicación al mascoticidio. La frase común sería ‘te paso por encima,’ usada como sinónimo de la voluntad de ‘atropellar’ a alguien, lo que aparentemente casi ocurrió. La veterinaria utiliza la lengua cotidiana del mismo modo anómalo en que junto a su colega se separa de la ética habitual, la traiciona con plena conciencia y contumacia. Así, en el epílogo, cuando ellas podrían haber dado algún argumento para justificar su anormal conducta, las que callan por partida doble odian y agreden, más que otorgan o confiesan. Hasta el último minuto ellas exhiben su adhesión al mal que las posee y las guía en sus prácticas reñidas con la deontología básica de la profesión que eligieron. La huida feroz de la mujer podría ser una escena del film El exorcista (1973, William Friedkin): es como si el demonio que posee a la joven Regan huyese ante la llegada del sacerdote que viene a expulsarlo de ese cuerpo inocente. Y al retirase en fuga, ella intenta hacer el mal una vez más.

Antes de ir a un ejemplo literario del mascoticidio como metáfora del autoritarismo liberticida, quiero darle la palabra final a una de las víctimas de Santa Lucía que reflexiona sobre lo incomprensible del comportamiento de estas dos profesionales universitarias: “No puedo entender cómo una persona que estudia para eso pueda llegar a tal grado de maldad.” Debo decir que yo tampoco lo entiendo, es el enigma de este caso de iniquidad rampante, que se escuda en la confianza previa que les otorga el portar un título que consagra el saber legítimo, en todo el territorio.

El mascoticidio como metáfora del mal encarnado por el Estado

En su novela La Despedida (2010, orig. 1972), el escritor checo Milan Kundera utiliza el recurso narrativo de un cuerpo de jubilados encargados de capturar perros en la ciudad aún si llevan puesto su collar, como metáfora de la opresión del Estado totalitario en su país, luego de la breve y reprimida ferozmente “primavera de Praga” (1968). El personaje llamado Jakub, quien ha sufrido persecución del gobierno autoritario, y está a punto de irse al exilio, como el propio autor de esta novela, rescata un perro a punto de ser atrapado por esta brigada de hombres viejos que lucen un brazalete rojo en la manga, animados por el deseo sádico de no dejar escapar ningún perro. Así reflexiona Jakub, luego de haber salvado a duras penas un perro de su seguro exterminio:

“Le rascó el lomo al perro y pensó en la escena que acababa de presenciar. Los viejos de las largas pértigas se le confundían con los guardianes de la cárcel, los interrogadores y los confidentes que trataban de averiguar si el vecino hablaba de política en la tienda. ¿Qué impulsaba a esta gente a desempeñar su triste actividad? ¿La maldad? Seguro, pero también el ansia de orden. Porque el ansia de orden pretende convertir el mundo de los hombres en el reino de lo inorgánico, en el que todo marcha, funciona, sometido a un orden suprapersonal. El ansia de orden es al mismo tiempo ansia de muerte, porque la vida es una permanente alteración del orden. O dicho al revés: el ansia de orden es el virtuoso pretexto con el cual el odio a la gente justifica su actuación devastadora.”

Esta novela satiriza el poder autoritario e irracional, ese que busca someter al ciudadano a sus caprichos y acotar todo lo posible su libertad de acción. El director del spa donde tiene lugar la acción procura ser adoptado por un norteamericano que lo visita, que es más joven que él para poder salir del país. Encuentro reveladora la elección de Kundera de personificar la falta de democracia, de derechos en una ridícula perrera compuesta por jubilados enardecidos por la mísera cuota de poder que han recibido, la de ser exterminadores estatales de la vida canina en una ciudad no nombrada. Algún lector de este ensayo puede pensar que tanto Victoria Phoyú como Alejandra Perdomo, su socia, se entregaron a una tarea higienista, la de limpiar de perros la ciudad de Santa Lucía y aledaños. Eso parece surgir de un mensaje que le envía la inexistente “Carmen” a Mariana B., luego de recriminarle, imagino que experimentando un goce particular, cómo ella puede insistir en molestar a Victoria, a “una persona tan confiable como es ella, y tan responsable”. En lo dicho, se produce otro deslizamiento en su lenguaje, un error difícil de compatibilizar con alguien egresado de la universidad, por su carácter básico. Eso ocurre cuando precisamente Carmen/Alejandra habla de una tarea higienista no muy diferente de la que emprenden con visible crueldad los personajes de la perrera estatal de La Despedida: “Y que hayamos (sic) gente, que habemos (sic) gente, que nos dedicamos a agarrar animales.”

Creo que la confesión de la identidad asesina pugna por salir, el orgullo de ser mascoticidas está en tensión con la falta cometida contra esas víctimas. Por eso, conjuga tan mal un verbo básico como ‘haber’ en su enunciado amedrentador de la que reclama recibir evidencia visual de su perro Tito. Porque qué significa sino esa frase sobre “agarrar animales”… Ya no se cuida en fingir que se trata del buen samaritano canino que busca protegerlos, lo que sí le importa es agarrarlos. Luego parece percatarse de lo dicho, y agrega: “para tenerlos en buenas condiciones, no somos muchos.” Ella quiere decir, que no abundan los cuidadores-benefactores mascotistas como ella. Pero nunca se puede retirar lo dicho. Ya salió al mundo ese feroz deseo exterminador que las impulsa a hacer el daño que hacen una y otra vez, como lo atestigua el cementerio clandestino lleno de osamentas caninas en Pueblo Nuevo, a apenas 250 metros de la casa de la veterinaria A. Perdomo, como lo muestra el programa. En la novela de Kundera, el deseo represor de humanos y animales no necesita disfrazarse, no hay una máscara filantrópica, y la infame perrera que describe el autor disfruta visiblemente de esa persecución. Tal como lo piensa Jakub se trata de la maldad y del siniestro “ansia de orden” que busca asfixiar la vida, ahogar el ansia de libertad a nivel social e individual.

La mujer que dejaron morir como un perro en el oscuro tiempo pandémico

Lo que me impulsó a escribir el texto que cierro con esta sección va mucho más allá de lo que puede ser un caso aislado de la enfermedad psíquica que quizás afecta a sólo dos miembros del cuerpo de veterinarios del Uruguay, nada menos representativo que esta ínfima muestra. Imposible no admitir la falta de evidencia para haceer una generalización. Pero mi argumento es que tal como la feroz perrera de la novela citada de Milan Kundera le sirvió como imagen o alegoría de la real opresión de una nación que intentó liberarse del yugo autoritario, el caso presentado por el programa Santo y Seña me sirve para pensar en un relato real de una violación flagrante del derecho al cuidado de una paciente en el alucinado tiempo pandémico. De nuevo, aunque no tengo datos estadísticos para saber cuántos más sufrieron ese funesto tratamiento de parte del cuerpo sanitario, el siguiente testimonio ilustra con enceguecedora claridad los excesos de quien porta la legitimidad del título, de la certificación oficial para cuidar y sanar, cuando imperan protocolos inhumanos e irracionales, tal como ocurrió desde el 13 de marzo de 2020 en Uruguay.

En su lúcido texto “Respuesta a un pedido de amnistía”, Andrea Grillo explica por qué no es posible perdonar y olvidar los terribles excesos cometidos en nombre de la emergencia sanitaria de la Covid-19. Y ella reproduce un aterrador testimonio de la muerte por desatención e insólito abandono de una joven mujer. Quien cuenta las desventuras que llevaron a la muerte de una mujer embarazada es su hermana mayor. Leemos con incredulidad la cruel ordalía a la que fue sometida, siendo derivada de un hospital a otro, hasta terminar abandonada en el aislamiento del piso 8 del Hospital de Clínicas. Reproduzco un fragmento de ese testimonio:

“A todo esto, los médicos no sabían ni siquiera si mi hermana seguía teniendo covid porque perdieron los tres hisopados que le realizaron estando internada, es decir que quizás ya no tenía más el virus pero de todas formas la dejaron en zona de aislamiento, donde no podíamos verla ni cuidarla. Estamos muy dolidos porque sabemos que los últimos días fueron dolorosos para ella: no la bañaban, no la limpiaban, no le daban de comer ni la dejaban ver a su familia. La vez que pudimos verla, la vimos en un estado de suciedad horrible. El 15 de mayo nos dijeron que no creían poder salvarla y que le quedaban pocas horas de vida. (…) Pero entendemos que faltó humanidad de parte del personal. Para algo estaban las enfermeras: para limpiarla, asistirla, escucharla, acompañarla, ya que sus familiares no podíamos. Sin embargo sabemos que pasó sus últimos días sola, sin comer, sin bañarse, incómoda, sin poder comunicarse con nosotros porque no le cargaban el celular, sin siquiera enterarse de que había sido madre de una niña que luego falleció.”

Antes de que el lector de mi ensayo se escandalice y piense que comparo la muerte injusta de las mascotas en manos de las tituladas veterinarias con la de esta mujer que no debió pasar por esa agonía, separada del cuidado profesional y del afecto de su familia, quiero explicar la relevancia de este horrible caso. Las víctimas de las médicas veterinarias asesinas reiteran que confiaron en ellas, porque eran portadoras de esa garantía oficial no sólo de su saber, sino de su ética, de su compromiso con el cuidado animal, en ese caso. ¿Qué puede explicar el maltrato feroz sufrido por la joven cuyos últimos minutos de vida transcurren en un estado calamitoso físico y psíquico que no es exagerado comparar con el de un internado en un campo de concentración o con el de alguien secuestrado por un criminal indiferente al sufrimiento humano?

El trato inhumano para con esta paciente, que ni siquiera tenemos total o parcial certeza de que estuviera realmente enferma de Covid-19, es una consecuencia directa de la masiva comunicación del Estado, de los medios de comunicación, de la Ciencia Oficial, con respecto al carácter invencible de ese virus, a su supuesto efecto letal en toda la población. Y por supuesto, es el resultado de la hubris, de la suprema arrogancia del cuerpo médico, que hizo caso omiso de lo que más debía proteger: la vida humana. Su misión no era salvaguardar los absurdos protocolos, esos que motivaron la muerte indigna de esa persona. También hubo confianza excesiva y generalizada en la gente. Encuentro una semejanza siniestra entre el efecto de credibilidad fuerte que producía en las víctimas de las veterinarias asesinas su profesión, su diploma universitario, por un lado, y la acrítica aceptación de las medidas decretadas desde lo alto por agencias mundiales, y reproducidas a nivel local, por quienes podrían haber dudado y objetado justamente por su formación profesional, por su juramento de sanar y proteger la vida. Nadie protegió a la mujer que agonizó y murió ante la mirada indiferente de esas personas portadoras de título de enfermería o de medicina, que no consideraron justo y necesario atender como lo exige la humanidad mínima a quien sufría probablemente a causa de los protocolos en vigencia, más que a causa de un supuesto ataque viral. ¿Cómo puede ser admisible que se extinga la vida de un ser humano sin que sus seres queridos estén allí cerca para sostener su final? Nada lo explica ni justifica, sólo el mal en la banalidad, la obediencia indebida a mandatos que debieron ser debatidos, discutidos de forma racional por quienes seguramente albergaban dudas sobre la virulencia de esta dolencia, pero que sintieron miedo por el unánime acatamiento, que no dejó espacio alguno para el pensamiento crítico, ese elemento tan vital como el oxígeno para una democracia.

El exterminio maléfico de mascotas por obra de profesionales universitarias contó con la anuencia de sus víctimas persuadidas por ese diploma, por esa chapa de bronce pegada afuera de la casa de una de las asesinas. La metáfora de la novela del escritor Milan Kundera, el relato sobre los ridículos oficiantes estatales de una perrera sádica sirve como signo icónico y narrativo de la implacable persecución de quienes pensaban diferente de la ideología oficial en esa nación. El suplicio vivido por esa joven mujer llevada de un centro de salud a otro cada vez peor hasta su muerte en soledad, es una evidencia ensordecedora del acto de abandono sanitario institucional a su suerte, como si ella fuera responsable o culpable de una enfermedad que quizás ni siquiera tenía, pero que el Estado se ufanó en sellar burocráticamente, como selló el fin de su vida. La frase común que nos viene a la mente, si somos mínimamente compasivos, es que ella murió como un perro. Conviene tenerla presente hoy, en 2023, porque nada ni nadie nos asegura que esa maquinaria letal que fue activada para que atrocidades como esa ocurrieran, no pueda volver a funcionar. Y hablo en plural de “atrocidades,” porque sabemos poco sobre casos similares, a causa de la abyecta unanimidad de los poderes que son a la hora de informarnos sobre lo que ocurría realmente en la llamada pandemia, y actualmente en el período que le siguió. No podemos dejar que esa legitimidad para sanar actúe en sentido opuesto, y sólo si exigimos que se discuta, que se debata con franqueza sobre lo que está ocurriendo con nuestra salud, con nuestras vidas, podremos oponernos a morir como perros.


Referencias

Goffman, E. (1952). On cooling the mark out. Some aspects of adaptation to failure. Psychiatry. 15(4): 451-63.
Kundera, M. (2010/orig. 1972). La despedida. Madrid: Tusquets.
Santo y Seña (Canal 4, domingo 20.45). “Cartelera de Chantas. Asesinas de Mascotas” Programa del día 27 de agosto de 2023 (https://www.youtube.com/watch?v=QDGapIJBKPA)

Nota

1 “Si las veterinarias declaran que eutanasiaron los perros o se prueba eso, en ese momento, el INBA aplicará sanciones que puede ser multas de hasta 500 Unidades Reajustable” (Telenoche, 03.09.2023 https://www.telenoche.com.uy/nacionales/inba-inspecciono-casa-veterinaria-santa-lucia-n5354510)