ENSAYO

A pesar de toneladas y toneladas ingentes de pseudo-ciencia, ideología y gramscismo académico, la verdad siempre triunfa. La verdad no se construye, es algo que se expresa per se y a lo cual nos aproximamos al salir de la caverna de Platón, con el riesgo de que destelle ante nuestros ojos. El constructivismo y otras corrientes no son otra cosa que un intento desesperado de volver corriendo a la caverna de Platón, para vivir resguardados en sus sombras, aunque inermes en el frío del oscurantismo.

Por Andrés Irasuste

Este artículo constituye una suerte de reflexión sobre mi último libro, el cual se titula “¿Soy…? Ambiente, crianza, cerebro y Género.” (2021) No se trata de una mera síntesis, sino además de valoraciones que exceden el marco formal de la producción anteriormente citada. (1)

En Occidente, desde Aristóteles hasta hace no muchas décadas atrás, “género” siempre ha sido un concepto lógico y categórico cuya utilidad es ordenar en el pensamiento humano los entes que pueblan el mundo, agrupados y subagrupados acorde a sus características y propiedades. Por ejemplo, si hablamos de seres vivos de naturaleza animal, el género se coloca delante de la especie: el ser humano pertenece al género “homo”, y a la especie “sapiens”. El género, así pues, puede englobar un subconjunto como la especie, por lo que sirve para supra-limitar un conjunto de entes con características propias (su naturaleza). No se puede afirmar que el ser humano sea “del género equinodermo y de la especie sapiens”, pues sería un desaseado error taxonómico. Tal como el concepto (y herramienta cognitiva) del género es útil y necesario en biología, cumple similares funciones en las matemáticas hasta la lingüística. Así fue desde Aristóteles hasta Gottlob Frege, el lógico matemático más importante desde aquel, uno heleno, el otro un germano.

Pero a mediados del siglo XX algo cambió: a un conjunto de sexólogos, médicos y psiquiatras (gente curiosamente formada en ciencias naturales), se les vino en mente una curiosa idea: “género” ahora iba a comenzar a denotar las características atípicas y roles sexuales no demasiado aceptados culturalmente de un individuo humano. ¿El motivo? Simplemente porque se les ocurrió que esto debía ser así; ahora habría una especie de sub-género, un género dentro de la especie, la cual ya pertenece a un género (homo). Algunos nombres de estas figuras son John Money o Robert Stoller. Epicentros académicos donde esto comenzó a germinar lentamente fueron la Universidad John Hopkins y la Universidad de California. Hubo una vez, en donde el apreciado pensador Murray Rothbard (refiriéndose a Berkeley, pero bien podríamos extender la metáfora a todo el estado de California), afirmó que se trataba “del soviet de los Estados Unidos” …

A propósito de Berkeley, allí han impartido e imparten cátedra otras muy relevantes figuras en toda esta historia: Michel Foucault (fallecido), Jacques Derrida (fallecido) o Judith Butler (viva). Pero no solo eso, sino que tengamos en cuenta que este es el lugar en torno al cual gira la producción de “entretenimiento” mundial: Hollywood, con todo lo que eso implica en tanto diseño de opinión, tendencias y percepciones públicas. Recuérdese algo que ya dijo Gustave Le Bon: las masas no se guían a sí mismas con sistemas argumentativos híper elaborados, sino mediante impresiones parciales y emocionales, repetición de ideas y mímesis de conductas colectivas que alguna mano colocó sobre la mesa, o como diría Foucault, “en el orden del discurso”.

Entonces, este curioso giro lingüístico, este nuevo uso (tan propio de una tradición que responde a Wittgenstein) del término “género”, se entrecruza con algunas otras cuestiones que estaban sucediendo en el mundo intelectual en particular y sociológico en general.

Tras la segunda mitad del siglo XX, a la hora de tener que explicar la ontogénesis, es decir, el desarrollo del individuo y sus características, adquieren una gran efervescencia 2 grandes paradigmas: el modelo “socio-ambientalista” y el “constructivismo”, ambos transversales a las ciencias humanas. Ambos difieren en algunos detalles, pero poseen un presupuesto en común: que el ser humano al nacer, su mente, viene dada como una tabula rasa. Una tabula rasa es una metáfora introducida por el empirismo primigenio del siglo XVII de la mano de John Locke, en donde la mente al nacer sería una suerte de lienzo en blanco, o como dirían los filósofos postestructuralistas del siglo XX del estilo de Gilles Deleuze: “una superficie de inscripción”. Nada se hallaría en la mente que primero no haya estado en los sentidos. Esto sería luego fuertemente cuestionado: de Immanuel Kant a Steven Pinker, la idea de tabula rasa ha sido refutada múltiples veces, pero sigue siendo muy popular y empuñada. A Locke le damos las gracias por sus ideas en filosofía civil y de libertad, pero sus ideas gnoseológicas (plasmadas en “An Essay Concerning Human Understanding”) estarían destinadas a alimentar una idea monstruosa que hoy está deviniendo en el transhumanismo. Naturalmente, no podemos culpar a Locke de semejante desventura del decurso histórico.

            Para explicarlo lo más sencillo posible para lectores que no tienen por qué dedicarse a la psicología: el socioambientalismo es básicamente una matriz conceptual para concebir al sujeto, en donde la formación de la personalidad, la sexualidad, etc., sería el resultado de la internalización de las relaciones sociales y variables ambientales condicionantes. Esto, ya de paso, es plenamente compatible con la tesis número 6 de Marx y Engels contra Feuerbach, donde se afirma que no hay nada inherente al individuo, sino el conjunto de las relaciones sociales. El psicólogo soviético Lev Vygotski (quien citaba a Marx cada 3 o 4 párrafos) lo dirá sin tapujos: la formación de los sistemas psicológicos en el sujeto no es otra cosa que una copia internalizada de las relaciones sociales. No sabemos si Vygotski era un psicólogo político o acaso un psicólogo politizado; no sabemos si realmente escribía lo que pensaba o si lo hacía con una pistola en la nuca en Moscú.

Esto no es muy diferente en los neo conductistas norteamericanos como Skinner o Watson (independientemente de su ideología, pues Watson era de derechas, y Skinner un ególatra simpatizante de los Demócratas con ínfulas de ingeniería social), para quienes la palabra “mente” o “consciencia” era una especie de cuestión metafísica de la que una ciencia psicológica nada tendría que decir; una suerte de “caja negra”. Podemos encontrar una excepción en los conductistas Edward Tolman, Orval Mowrer o Joseph Wolpe.

Es necesario mencionar a 2 figuras altamente relevantes también en esto: Richard Lewontin (curiosamente un biólogo) y Stephen Jay Gould (curiosamente biólogo y paleontólogo). Lewontin y colaboradores, en los 80s, reaccionaron con furia frente a todo intento científico con hipótesis biológicas sobre algo, advirtiendo que la biología puede devenir en ideología y ser usada por la “derecha fascista” y reaccionaria. De hecho, quizás su principal obra se titula “Not in our genes…” (“No en nuestros genes…”); el afuera de lo social, luego internalizado, lo es todo y lo explica todo. Lewontin se declara, al igual que Vygotski en su prosa científica, un marxista. Jay Gould -también un marxista y reconocido como de los más importantes en su área- reaccionará con furia ante el mismo fenómeno, y afirmará que no hay nada de innato en el hombre que le predisponga, sino que este se encuentra predispuesto a “todo”. Son afirmaciones altamente llamativas de la mano de personas especializadas en ciencias naturales, pues pareciera que desde Darwin, Watson y Crick hasta Tinbergen nada hubo para ellos. La pregunta aquí es: ¿estamos frente a una advertencia de la ciencia como ideología, o ante una ciencia ideologizada…?

Para el constructivismo (específicamente el filosófico postestructuralista, pues hay varios constructivismos, algunos muy serios como el de Jean Piaget), tal como afirmará Judith Butler, el sujeto es un juego de símbolos, maleable, que se construye y deconstruye. El género se hace y se deshace. Y las “construcciones hegemónicas” (es decir, todo lo que a Butler no le gusta, desde la familia tradicional, la biología, la Iglesia, el falo y el capitalismo) no serían otra cosa que frutos de un “sistema dominante” patriarcal, capitalista y cristiano (Butler es una neomarxista) que habría que “deconstruir”. La idea de deconstrucción es de autoría de Jacques Derrida, filósofo argelino y neomarxista -quien nunca renunció a la idea de revolución cultural-, (y quien supo pasar por francés), quien luego emigró al centro de todo lo que él odiaba, los Estados Unidos, para sembrar allí sus semillas intelectuales de contracultura, provocando un auténtico boom implosivo, primeramente, en la hermenéutica de la literatura y luego en muchas disciplinas en ciencias humanas. Derrida estaba convencido de que con este instrumento conceptual él estaba luchando contra 2.500 años de “imperialismo logocéntrico”, siendo la deconstrucción un intento de romper el marco usualmente binario en el que se da el lenguaje para el individuo que lo experimenta cotidianamente, la relación entre significante y significado estudiada por Ferdinand de Saussure. Butler, fiel acólita, afirmará escribir “desde las ruinas del logos” (ya es una derrideana auto percibida como tal). Además, se ha declarado una “mala materialista”, quien al intentar hablar sobre el cuerpo siempre culmina hablando sobre el lenguaje. Wittgenstein estaría orgulloso. También se ha declarado como “una lesbiana de bar” que en su juventud durante el día leía a Hegel, y de noche pululaba en bares LGBT. Y qué decir de Michel Foucault, apasionado constructivista erudito que declaró “la muerte del Hombre” moderno, y de quien hemos sabido – recientemente de la mano de su compañero Guy Sorman – que cometía actos de pederastia con niños en el norte de Argelia en su juventud; también respetado y afamado profesor en Berkeley. O qué decir de Vattimo, filósofo y otrora eurodiputado LGBT, quien le dice “Adiós a la Verdad” en una de sus obras, así titulada, al mismo tiempo que se declara partidario de un “comunismo blando” como el de Venezuela (¡!), simpatizante de Francisco y un “cato-comunista” (católico comunista).


Todo esto fue una auténtica bomba de Hiroshima sobre el estudio científico del individuo (nótese el sesgo narrativo de estos autores de no hablar siquiera sobre “individuo” -pues posee mucho hedor biológico al parecer- sino de “sujeto”). Pero si la bomba de Hiroshima no bastaba, a semejante devastación epistemológica se la cubrió con el influjo mortífero de Chernóbil, asegurándose de que no florezcan siquiera las bacterias, provocando -y parafraseando a Zizek, aunque irónicamente en otro sentido- un auténtico “bienvenidos al desierto de lo real”. O, mejor dicho: lo real transformado en desierto. Se le sobrepone a todo este oropel radioactivo el pensamiento neomarxista de la Escuela de Frankfurt, específicamente con la figura de Herbert Marcuse sobre sexualidad en “Eros y civilización”, proclamado como “padre de la nueva izquierda” nada menos que por el New York Times.

Constructivismo y socioambientalismo, tenebroso cóctel epistémico, harían florecer ya hacia fines de los 80s una curiosa tendencia dentro de la antropología cultural, específicamente en las áreas de estudio identitarias y de la sexualidad humana: la antropología transcultural. Destacamos aquí a Marvin Harris, Gilbert Herdt y Jared Diamond, todos ellos con sonrisas de lady enamorada hacia el marxismo, o explícitamente marxistas como Harris. En esencia, esta corriente consiste en que algún antropólogo con espíritu aventurero y de boy scout -financiado por alguna onerosa universidad- se adentre en los oscuros vericuetos de etnias ágrafas en algún lugar exótico y remoto para observar sus rituales, y de ese modo, apelando a la idea de diversidad cultural, relativizar la sexualidad occidental “tradicional” como constructo arbitrario y opresor, sin mayor sentido que la aleatoriedad de prácticas posibles. Mencionemos solo un ejemplo: Herdt se adentra en Nueva Guinea y observa cómo los adultos organizan en grupo a los niños no mayores de 11 años, sometiéndolos a felaciones grupales, dado que, en la cosmovisión animista y mágica de esta etnia ágrafa, el semen transmite cualidades guerreras de iniciación. El propio Herdt afirma en sus prólogos haber renovado su subjetividad al participar de tales solemnes rituales…

            En definitiva, estos tres “paradigmas”, modelos, consensos o como se les desee llamar, si bien poseen elementos particulares, son dialectos hermanos, y son compatibles con dos grandes confluencias: la concepción de la tabula rasa y el marxismo y sus múltiples revisionismos. Ergo, responden muy bien a la izquierda académica y cultural. ¿Por qué tras los años 50s emerge esta matriz epistemológica que es transversal a tantas disciplinas, desde la biología a la psicología? Porque permite eludir “con clase académica” viejos fantasmas problemáticos que a los consensos hegemónicos no les agradan demasiado: el temor a todo innatismo, el cual es una ventana por donde rezuma el aliento infausto de grandes traumas históricos: el degeneracionismo, el gobinismo, el darwinismo social, la eugenesia demográfica, y finalmente una eventual voluntad de poder de la estirpe nacionalmente organizada; elementos que despiertan grandes ansiedades existenciales e ideológicas, además de problemas bioéticos y morales.

Sin embargo, amén de estos traumas históricos, ¿existirá alguna posibilidad de un estudio no ideologizado y científico de la mente humana y de la ontogénesis del individuo? Sí.

El estudio de la mente, y más en concreto del cerebro humano, hoy no puede concebirse sin las neurociencias y sus técnicas de imagenología, las cuales permiten estudiar el cerebro vivo y en tiempo real, por ejemplo, la resonancia magnética funcional y los escáneres computarizados. La psicología científica, hoy, es una inter-ciencia, en permanente diálogo con las neurociencias, la genética, etc.

De la mano de Allan Schore, este ha demostrado que incluso ya en el desarrollo intrauterino, la madre trasmite experiencias afectivas y sensaciones desde su hemisferio cerebral derecho al hemisferio cerebral derecho del embrión. El hemisferio derecho se desarrolla antes en el útero, y a diferencia del izquierdo no es analítico ni verbal, sino témporo-espacial, maneja imágenes mentales y es secuencial, socializante y emocional. Ya desde el útero, nuestra mente está encriptada. Otro tanto puede decirse de las investigaciones de Richard Lippa, Steven Pinker o Simon Baron-Cohen. Particularmente este último, en investigaciones de décadas en el Reino Unido, ha demostrado que existe amplia evidencia de que tanto los estrógenos como los andrógenos poseen efecto directo en el desarrollo del cerebro fetal. Por ejemplo, los varones (normalmente expuestos a mucha más testosterona que las niñas), desarrollan más tardíamente el lenguaje y se prestan a un contacto ocular con el semejante más acotado que las niñas, por lo que la capacidad para la empatía – en promedio- es menor en el sexo masculino, debido a que los varones procesan de un modo distinto la información visual del semejante. Esto, a su vez, implica formas diferentes respecto a la manera de desarrollar las relaciones interpersonales y las habilidades sociales. Ya al momento de nacer, en el día cero, mientras que las niñas tienden a mirar al otro, los varones visualizan con mucha más atracción el movimiento de objetos mecánicos. Ya en 1991, el neurocientífico y psicobiólogo Simon Le Vay se dedicó a estudiar numerosos cerebros de varones homosexuales muertos por SIDA, y constató diferencias respecto a los cerebros de individuos heterosexuales: una pequeña zona anterior del hipotálamo (el núcleo intersticial INAH3) era el doble de grande en los cerebros de heterosexuales. Numerosos estudios (citados en mi trabajo) constatan que este circuito está implicado, no solo en lo descubierto por Le Vay, sino en la vivencia de la disforia de género y la sexualidad transgénero. Otros investigadores que podemos mencionar son Carlo Trombetta, Thomas Bevan, Aron Janssen o Melissa Hines. El influjo hormonal de la testosterona producirá in uterus lo que Hines denomina “sexuación cerebral”. Ya se había constatado, históricamente antes en ratas, que, a mayor testosterona, mayor el tamaño de las áreas preópticas del hipotálamo y sus núcleos intersticiales. El neurocientífico Antonio Damasio postula que los sentimientos y emociones primarias se asientan en una especie de «mapa cerebral del cuerpo». A veces este mapa puede estar literalmente distorsionado. Esto es observable por ejemplo en ciertas patologías que involucran una distorsión corporal: el cerebro puede “alucinar” una “falsa cartografía” (sic) que no se corresponde con los estados orgánicos reales.

Esto nos lleva a una interesante pregunta: ¿existen géneros o existen sexuaciones cerebrales…? ¿Es que acaso eso que llamamos “género”, no es más que un intento de aprehensión mediante el lenguaje de significar aquello que no comprendemos…? Juegos de lenguaje, diría Wittgenstein.

A pesar de toneladas y toneladas ingentes de pseudo-ciencia, ideología y gramscismo académico, la verdad siempre triunfa. La verdad no se construye, es algo que se expresa per se y a lo cual nos aproximamos al salir de la caverna de Platón, con el riesgo de que destelle ante nuestros ojos. El constructivismo y otras corrientes no son otra cosa que un intento desesperado de volver corriendo a la caverna de Platón, para vivir resguardados en sus sombras, aunque inermes en el frío del oscurantismo.

[1] Las fuentes específicas se encuentran detalladas en dicha obra.
https://www.amazon.com/-/es/Andres-Irasuste-ebook/dp/B092LHJWWS


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