PORTADA

Por Marcelo Marchese

El fútbol es el deporte rey por ser el deporte que mejor simboliza la lucha entre la vida y la muerte. Es curioso que logre esto a partir de una prohibición crucial, no tocar la pelota con las manos, aunque a esta virtud de la prohibición (un límite también libera) debemos sumar la virtud del reencuentro, reelaborado, con una antigua función de nuestros pies. El hombre olvida, hasta que se mira esa rareza que son sus pies, que tiempo atrás se prendía con ellos de las ramas.

El tema es que la cuarentena afectó tanto a la economía como a nuestra psique y no podía dejar de afectar al deporte por excelencia. Sus efectos no son sólo un muy probable aumento de lesiones en la vuelta al juego, sino también una notoria falta de fútbol de los jugadores. Si bajó el nivel, la cuarentena igualó hacia abajo, de igual manera que si juego con un balón de piedra, igualo hacia abajo.

Hasta aquí todo bien, ahora, más compleja de analizar es la desigual repercusión de la cuarentena en cada psique y en cada región. No tengo absoluta certeza con respecto a esta apreciación, pero presumo que la cuarentena fue más severa en Italia y España que en Alemania, y acaso que en Francia. En todo caso, en Alemania el fútbol volvió antes y los alemanes enfrentaron con más decisión la cuarentena, y la multitudinaria marcha de Berlín es una prueba contundente.

La Argentina campeona del mundo, a la que se sumaba un Maradona desequilibrante, tuvo un pasaje funesto en el mundial 82, precisamente cuando sufría la guerra de las Malvinas, así como el pujante Uruguay de la década del veinte obtuvo al hilo tres campeonatos mundiales. Son interesantes antecedentes, y debe haber otros similares que muestren cómo ciertas circunstancias históricas inciden en el juego.

Lo cierto es que en la edición de la cuarentena no hubo cuadros españoles e italianos en las semifinales de la Champions. No sólo la cuarentena incide, pero la cuarentena incide, y entre sus efectos, acaso, debamos considerar la goleada del Bayern al Barcelona, y ahora, el affaire Messi.

Precisamente por ser el deporte rey, el fútbol mueve multitudes y toca aspectos profundos del hombre, lo que significa que mueve fortunas y se presta a usos políticos y psicológicos. En la crisis del Barcelona tras la plausible salida de Messi, uno percibe una combinación explosiva de independentismo catalán, guerra política y económica entre sus directivos, miles de millones de dólares que van y vienen, y antes que nada y sobre todo, un periodismo que nunca se anima a hablar nada, que no habla de lo que realmente está en juego y acepta una omertá que niega la función periodística. Los enjuagues, arreglos, y servicios prestados por esos omisos periodistas a estas máquinas disciplinantes de hacer dinero que son los grandes cuadros europeos y la FIFA, colocan a estos periodistas en la categoría de esclavos bien pagos. Aquel que se animara a decir algo será inmediatamente despedido. Esos son los hechos en el mundo de la censura que vivimos.

Aquí entramos de lleno a esta entidad globalizadora y globalizante por excelencia llamada FIFA, que ficha entre las primeras trasnacionales del planeta y que ha logrado crear una burbuja jurídica impenetrable para los Estados, pobres Estados que deben arrodillarse ante la FIFA.

Esta burbuja jurídica es todo un signo de los tiempos, y ahí tenemos el candente ejemplo del Contrato ROU UPM, y ahí tenemos el futuro en todo su esplendor: las leyes que nos afectan a todos no afectarán a futuro a las grandes trasnacionales, como la FIFA, y vaya a saber uno si no serán las grandes trasnacionales, como la FIFA, quienes harán las leyes y se dedicarán a hacerlas cumplir.

Falta aún, y para lograrlo, primero hay que disciplinar y ahí tenemos los efectos disciplinantes de la cuarentena, y ahí tenemos los disciplinamientos de la entidad disciplinante llamada FIFA. No se necesita ser un genio para imaginar a qué molino lleva agua la campaña de la FIFA «Say no to racism», o a qué molino lleva agua la campaña a causa del asesinato de Floyd. Un poco más complejo de analizar es el problema de las sanciones y del VAR.

Un jugador de fútbol, sea un niño o sea Maradona, siente el irrefrenable deseo de sacarse la camiseta cuando ha metido un gol venciendo todos los obstáculos. Los niños lo siguen haciendo y ojalá lo sigan haciendo, el jugador, a partir de una no muy lejana decisión de la FIFA, recibirá una tarjeta amarilla ¿Por qué? Acaso ilustre mejor esta respuesta comparar dos sanciones ocurridas en el mundial de Brasil 2014. Por un golpe con los dientes superiores, pues ni siquiera calificó de mordedura, y que no provocó ningún daño al rival, Suárez fue expulsado del campeonato e imposibilitado de pisar una cancha de fútbol por muchos meses. Por un rodillazo aplicado en la columna vertebral de Neymar, lo que provocó una fisura en una vértebra y que se perdiera el resto del mundial, el agresor, cuando mucho, recibió una tarjeta amarilla. Está claro que la gravedad de una y otra sanción no están determinadas por el daño generado al oponente sino por otra cosa. Esa otra cosa es un disciplinar por el lado de reprimir impulsos animales, como el de la mordedura, que refiere además al canibalismo, y como el sacarse la camiseta para mostrar el pecho.

La sombra de la brisa de un roce ya alcanza para cobrar una falta y los jugadores, en un futuro no muy lejano, saldrán a la cancha ataviados como bailarinas de ballet. Es un fútbol descremado acorde con los nuevos tiempos. Un fútbol light, descafeinado, desanimalizado, políticamente correcto.

El tonto dirá, disfrazado de periodista deportivo, pero en rigor fungiendo de eunuco, que este cobrar  como falta la sombra de la más leve brisa es resultado de que ahora hay más cámaras, y sin embargo, el tonto disfrazado de periodista deportivo confunde causas con consecuencias, y nada menos inocente en este asunto del fútbol y la FIFA, que esas cámaras que repiten hasta la obsesión intrascendentes faltas pero no siempre muestran la destreza técnica, ni te muestran el nacimiento de una jugada.

Queda por ver la función del VAR que, con toda evidencia, no ha venido a impartir justicia, sino que ha venido para encubrir la injusticia a partir del eficiente mecanismo del uso de la transparencia para fines perversos. Cuando quieren, acuden al VAR, cuando no quieren, no acuden al VAR. Cuando quieren, te muestran las imágenes, cuando no quieren, no te muestran las imágenes. El mecanismo es así de burdo, y hasta Messi, que no se mete en problemas, lo denunció y fue sancionado. Por lo demás, como decía el amigo George Orwell, «el hermano mayor te vigila». Un gran ojo, o un monstruo con mil ojos, ve “todo” lo que sucede en el terreno de juego y aplica justicia; el terreno de juego, ese rectángulo que simboliza la tierra, la justicia, ese mero ejercicio del Poder.

Volviendo a la incidencia de la cuarentena sobre el fútbol, la Libertadores mostrará si lo que hemos dicho es ajustado a la verdad y acaso, los cuadros argentinos sufran más que los brasileros sus consecuencias. 

Lo cierto es que la cuarentena, una experiencia inédita en la Historia humana, traerá resultados desastrosos que aún no nos animamos a imaginar por un elemental mecanismo psíquico. En ocasiones, la mujer violada no recuerda con exactitud los hechos sucedidos, como si una bruma los cubriera. Debe operar allí un mecanismo psíquico de defensa. Lo mismo debe aplicarse a la actual cuarentena. Nuestra mente se protege del monstruo, cosa que si bien por un lado es buena, por el otro, con toda evidencia, es mala.

No es sólo que la producción mundial se ha ralentizado y el ineluctable proceso de acumulación de capitales se ha disparado a niveles inéditos. El reseteo global en términos geográficos también es global en la geografía del hombre. Cuando sopla un viento helado, no sólo se reseca la tierra, también mueren las flores sensibles.

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