ARTE

El siguiente es el fragmento de un texto más extenso que será incluido en el catálogo de la próxima muestra antológica de Manuel Espínola Gómez (1921-2003), en el marco de los festejos por los cien años de su nacimiento. La exposición se llevará a cabo en las instalaciones del Museo Nacional de Artes Visuales.

Por Óscar Larroca

Si bien el arte posterior a la década de 1960 incorpora lo que hasta ese momento era considerado extraestético y pasa a apropiarse de los contextos (a través de las estrategias de creación de significados), es absolutamente improbable que pueda morir cualquier forma de arte antes que la necesidad del individuo de verse reflejado en ella. Recordemos que Espínola trocaba el término arte por el concepto de “ciencia enfáticamente expresivo-testimonial”, cuya labor es la de “construir un mundo de acuerdo con las propias necesidades del género humano”. (Gombrich añadía: “… no hay motivos para temer que los artistas tengan algún día que dejar de revelarnos nuevas facetas de esta experiencia inagotable”). Por lo tanto, es difícil que el hombre abandone la profunda investigación que hace sobre sí, pues solamente dejará de hacerlo cuando renuncie a su necesidad de respuesta existencial. Al mismo tiempo, sobre la afirmación de que todas las artes son mortales, hemos visto que, para Espínola, “no existen las obras definitivamente «descartadas» o desacreditadas”.  

En suma, vale decir que, independientemente de los cantos que pronostican o reclaman esa consigna lapidaria, la necesidad expresivo-testimonial en general y la pintura de caballete en particular no morirán solo porque se pretenda matarlas. Por otro lado, si empleamos el mismo rigor para decir que Hipólito Taine o Konrad Fiedler eran portavoces de una filosofía enmarcada en la Ilustración (con el propósito de descalificar sus pronunciamientos supuestamente obsoletos acerca de la estética), con el mismo criterio podemos sostener que existen conceptos que ya han sido superados por las demostraciones empíricas de Ernst Gombrich, Nelson Goodman o Rudolf Arnheim. Este “revisionismo dinámico” en forma de espiral solo estaría constatando la continua evaporación de toda afirmación imperativa, tal como ocurrió con cada una de las grandes teorías del arte (formalismo, voluntarismo, emocionalismo, intelectualismo, organicismo), que pretendieron ser la teoría verdadera por haber formulado correctamente la naturaleza del arte en una definición real, además de calificar a las otras como falsas. Para Espínola, entonces: “No hay, no existen valores absolutos, indiscutibles. Puede haber, en todo caso, transitoriamente indiscutibles. Puede darse el caso, en alguna forma, de que la propia época habilite para que determinados hallazgos analíticos puedan ser vistos como transitoriamente indiscutibles, sobre todo si coincide todo el mundo en eso. Pero ¿estamos seguros de que esa calidad de cosa indiscutible se proyectará en el tiempo y será capaz de desafiar las épocas futuras, aun inmediatas?”. 

Hemos revisado las objeciones del pintor solisense para con las sentencias categóricas, el encasillamiento de los oficios, la valoración de la técnica, la creación, la mimesis y la espacialidad excluyente. Objeciones que también aplicaba con los debates a propósito del matiz, el color y el tono, la ruptura con las formas anteriores, la denominada pintura-pintura (una “excrecencia conceptual”, declaraba), el arte efímero, “el arte por el arte” (una frase acuñada por el filósofo francés Victor Cousin, derivada de las tesis de Kant según las cuales el arte tenía su propia razón de ser), la artesanía, la arquitectura meramente funcional, el diseño utilitario, el estilo, los ismos, escuelas y movimientos artísticos cerrados; la identidad encarnada en recetas territoriales o consanguíneas y la manipulación arbitraria del vocablo “anacrónico”. Si bien autorizaba cierta apertura a la originalidad, desacreditaba en cambio a la novedad por la novedad en cuanto tal. Desconfiaba sobremanera de las palabras efectismo, contextualismo, gestualismo, mirada transversal, arte emergente y de varias denominaciones post-vanguardistas (la new abstraction, el neo-geo, la escultura commodity, el no-arte, “arte oficialista”, etcétera), en provecho del mero subterfugio conceptual y no de una búsqueda legítima. 

Por el contrario, algunos artistas y curadores posmodernos arguyen que “las nuevas tendencias se diferencian de las anteriores porque las nuevas no trabajan desde la nostalgia ni sobre la expresión, sino sobre la investigación plástica”. Espínola se preguntaba nuevamente qué otra cosa han sido las manifestaciones expresivas desde sus más remotos orígenes, sino un permanente camino de “investigación plástica”. Como mencioné anteriormente, creía profundamente en la eventual validez presente o futura de absolutamente todo lo expresado por la conciencia humana, pero no en el vale todo como soflama epidérmica y demagógica. Epidérmica, porque ese “relativismo” no profundiza en la complejidad del fenómeno; y demagógica, porque provoca efectos contradictorios con la equidad que propone. 

También denostaba los compartimentos pintura y dibujo, ya que consideraba “infantil o ingenuo” erigir antinomias solamente por la composición del medio empleado para la aglutinación de los pigmentos (aceites, ceras, colas, arcillas, etcétera). Integraba los distintos materiales resultantes de su constitución química dentro de un “contínuum técnico”, aseverando que: “No creemos en esas separaciones. Siempre dijimos que quien quisiera definir específicamente qué es dibujo y qué es pintura, etcétera, no llegaría a ofrecer una definición correcta y satisfactoria sobre una de las dos —o más— realidades expresivas que no «sirviera» íntegramente para la otra u otras. Entonces, ¿para qué empeñarse en separarlas mediante un intento de por sí inútil e injustificado y hablar sobre ellas después como si ya estuvieran escindidas?”. 

Sus valoraciones hacia las manifestaciones expresivas podrían resumirse en los siguientes nueve puntos: 

1) continuidad del tiempo y del espacio (negación de lo que “muere” o culmina irrevocablemente);

2) continuidad de la realidad (alegato a favor de una sola realidad, conformada por la realidad física y la experiencia mental);

3) continuidad temporal de la obra física (negación del “arte efímero”);

4) continuidad de la investigación (negación de los límites determinados por la historicidad hacia todo testimonio producido por el hombre de cualquier época y cultura);

5) continuidad de los oficios (valoración horizontal de todas las actividades humanas);

6) continuidad espacial (negación de las características cerradas y absolutas de una dimensión espacial frente a otra);

7) continuidad técnica (negación de la terminología conforme a los materiales empleados —que establecen categorías excluyentes— y vigencia, por lo tanto, de cualquier tipo de caligrafía);

8) continuidad sin interrupciones (estimación de la obra más allá del gesto y del “estilo”);

9) continuidad y profundización de la percepción óptica (negación de la caducidad impuesta por la Academia posmodernista acerca de la mirada estética. Asimismo, agrupa los puntos 3, 5, 6, 7 y 8).

Por otro lado, la estimación del detenimiento o “suspensión del movimiento” —logrado en algunas obras pictóricas— no presupone un obstáculo al concepto de la continuidad (es decir, inmovilidad versus movimiento), dado que “lo propiamente inmóvil” solo puede ser valorado con la presencia del tiempo. Este significa prolongación, continuidad sobre la cual se desplaza e incrementa nuestro examen del mundo circundante. 

Manuel Espínola Gómez. Dibujo de Óscar Larroca (Lápiz polícromo sobre papel – 2005)
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