ALDO MAZZUCCHELLI / Los «Archivos Epstein», de los que se ha publicado por parte del Departamento de Justicia de la administración Trump un nuevo conjunto de unos 3.000.000 de piezas entre correos electrónicos, documentos, fotos y material audiovisual, vuelve a mostrar al mundo los manejos del estado profundo, de forma esta vez tan caótica como poco confiable en materia de autenticidad.
El poder en las sociedades occidentales, a través de su mainstream de prensa y medios, ha estado construyendo la ‘sociedad’, esa abstracción manipulada, como un conjunto de reglas morales que el poder, por su misma naturaleza, no debe ni puede cumplir. La ‘sociedad’, reproducida en la miríada de comentarios masivos en, por ejemplo, redes sociales, refuerza ese modelo, y gira exclusivamente alrededor de la condena moral de terceros como un hamster en su ruedita. Es un juego de engaños y abstracciones del que sería preciso salir, pero el énfasis contemporáneo en imágenes y temáticas ‘políticas y sociales’ abstractas, que refuerzan -como en el caso de los archivos Epstein- una inexistente ‘moral colectiva’ según las modernas categorías, solo puede alejar de esa salida.
PORTADA
Jeffrey Epstein no es lo que parece. Los medios masivos y el sistema político en Estados Unidos intenta resumirlo a un pedófilo perverso, y poderes indefinibles han terminado -supuestamente- con su vida mientras estaba preso, a fines del año 2019. El mecanismo de construcción de su imagen, una vez que esto se volvió algo así como una obligación pública -a partir de 2006, sobre todo- fue dar en ese discurso del pedófilo, en base a una serie de testimonios de chicas que alegaron haber sido abusadas por Epstein, y que organizadas detrás del abogado Bradley Edwards, reclamaban compensación financiera del millonario. El juicio se volvió muy complejo, hubo evidente influencia «desde arriba» sobre Alexander Acosta y Barry Krischer, los fiscales implicados, etc. etc. Epstein cumplió tiempo en prisión en 2008 y 2009, y luego fue detenido por segunda vez en julio de 2019, y en menos de un mes aparecía -supuestamente- muerto en su celda. Hay numerosas teorías al respecto, y cualquiera puede imaginarlas aun sin que se diga una palabra más.
Desde entonces, innumerables usos del archivo Epstein se han conocido. Sectores políticos e individuos en Estados Unidos, Inglaterra, y en todas partes, han metido mano al archivo e intentado hacerlo decir lo que les conviene, sea que el archivo lo diga o no. Y en estos días, la política Epstein se metió en el Super Bowl con un mensaje transmitido en el momento de mayor audiencia que vuelve a apelar a la cuestión de la violencia sexual y la solidaridad con «las víctimas», y que inmediatamente fue amplificado por la plana mayor del partido Demócrata. Se supone que el total tiene más de 6.000.000 de documentos, con lo que la administración Trump ha revelado -con este nuevo gran paquete suelto en febrero, quizá para alejar el escándalo de las próximas elecciones de medio término- solo la mitad o algo así. Todo puede ser, pero la maraña es tal que termina adormeciendo la interpretación posible, y la verosimilitud de todo y cualquier cosa que se diga.
Las preguntas, obviamente, son unas cuantas. ¿Cómo es que un don nadie -sin familia destacada ni educación formal- como Epstein, que mintió al comienzo sobre su nivel de estudios -nunca terminó ni siquiera los cuatro años de college-, entró igual e hizo meteórica carrera en la financiera Bear Stearns, donde llegó a ser un «limited partner» a los 27 años? ¿Cómo exactamente es que Epstein llegó muy joven, en los años 90, a ser miembro de la Comisión Trilateral de David Rockefeller, donde los demás eran todos o ex presidentes, o premios Nobel, o similares? Él lo explica diciendo que conoció a David R. y que éste admiró su capacidad para las manipulaciones financieras y de fondos, con lo que primero ingresó a la dirección de la Rockefeller University, y de ahí dio el salto a la Trilateral (y al Council on Foreign Relations, cosa que raramente se menciona). Puede ser. El párrafo de CV de Epstein, cuando le tocó asistir a la primera reunión de la Trilateral en Japón, en lugar de enumerar títulos y logros como los de los demás, decía: «Un buen tipo».
¿Cómo es que Epstein obtuvo el dinero que ostentaba? Se menciona su temprana conexión con Les Wexner, uno de los magnates comerciales más grandes del mundo, que le llegó a dar a Epstein un poder total y formal de manejo sobre su fortuna. Se mencionan también negocios de Epstein con instrumentos financieros vinculados a los derivativos que generaron la catástrofe de 2008, algo que Epstein (a diferencia de su vínculo con Wexner) niega de plano.
¿Cómo es que Epstein, aun siendo rico como llegó a ser, estuvo tanto tiempo en el centro de personas de tal nivel de influencia? Una cosa es tener dinero, y otra es tener tal centralidad en la telaraña del más alto poder. Y no solo en el mundo político o financiero, sino en el científico y cultural, que es lo más sugestivo -y quizá hable bastante sobre la escasa cualidad de «independencia intelectual» de tales intelectuales-. Noam Chomsky, Steven Pinker, Deepak Chopra, Marvin Minsky… ellos y otros han sido asiduos corresponsales, se podría decir sin problema amigos, de Epstein, durante años. Woody Allen mismo es mencionado a menudo, en el contexto de juntarse a tomar algo en NY. Es probable que la fama de «genio financiero» de Epstein haya atraído a muchos de los mencionados. Menos probable es ligar a estos personajes con viajes de turismo sexual a la isla: las interacciones que he podido revisar en su larga lista de correos van por otro lado. Unas pocas son conversaciones conceptuales, digamos intelectuales, a veces interesantes (por ejemplo con Peter Thiel). Muchas otras son comentarios políticos breves. Y quizá la mayoría consisten en tejer conexiones con beneficio financiero.
Esas grandes preguntas, y muchísimas otras, no son fáciles de contestar si no se recurre a alguna forma de «iniciación» de Epstein, es decir, a que lo hayan «puesto» allí, en el centro de muchas cosas, con el fin de que cumpla determinadas funciones. Allí su suegro Robert Maxwell, su pareja Ghislaine Maxwell, y un puñado de personajes de alto nivel del lobby judío en Estados Unidos, aparecen como el lazo obvio. La conexión estrecha y continua con alguien tan importante como Ehud Barak tiende a confirmar esto, sin demostrarlo tampoco. De allí surge la hipótesis de que en realidad Epstein operó como un activo -sino un agente formal- de la inteligencia israelí (o, también, podría hipotetizarse, de alguien que quiere saber desde dentro lo que hace la inteligencia y el lobby israelí) dentro de las más altas esferas de poder. La cantidad de nombres de la comunidad judía de más influencia en Estados Unidos es abrumadora en los círculos de contactos de Epstein, y los temas y el enfoque geopolítico que aparece leyendo los mensajes y documentos apunta en la misma dirección. En todo caso, aun si esto fuese así, la influencia financiera y de la inteligencia israelí en la política norteamericana no debería representar ninguna novedad hoy día.
La obligación de transgredir
La forma crasa del poder, el poder del dinero y el control de recursos materiales, precisa transgredir para reconocerse tal. Esto es un mecanismo viejo como la humanidad, y también pertenece al orden de nuestro tiempo. En una entrevista con Steve Bannon, Epstein dice confiar en la existencia del alma. Esto parece mostrar que el orden de la cosmovisión occidental permite que todo entre sin conflictos dentro -tanto la creencia espiritual como una acumulación obscena de dinero y poder, y también la experimentación sexual sin límites, digamos. Se trata de una tendencia oficial a estas sociedades, siendo la lógica de funcionamiento por defecto en un Occidente lanzado desde su inicio histórico en una ruta hacia el cientifismo y el materialismo. La ausencia de fe (en el sentido no solo positivo de esperanza en un orden futuro, sino de limitación que previene al menos ciertas transgresiones) genera miedo, el miedo figura un mundo hecho de escasez, la escasez lleva a organizarse y luchar en torno a recursos finitos. La desesperación ante la interior ausencia de fe lleva a formar grupos cerrados de acceso exclusivo, donde los iniciados se sientan más seguros respecto de los recursos, y donde los demás puedan encontrar un espejo donde reflejar su deseo de ser superiores a los demás. Es una compensación triste, pero humanamente común. Los archivos Epstein no dicen mucho realmente interesante en materia de comprobación de grandes teorías. Revelan sí –como lo muestra el análisis de Aaron Good en esta misma edición– que lo que siempre se ha sabido lo seguimos sabiendo. Solo que ahora aparecieron, en un entorno hiper-manipulado, más indicios. No estamos diciendo que no hay nada en absoluto que pueda conocerse leyendo los archivos, sino que todo eso pasará a engrosar los detalles de una complejidad que es, justamente, lo que siempre se busca interpretar, y lo que es más difícil de dilucidar. Y que está a merced de las más groseras simplificaciones, o de los discursos de moralina en boga por parte del poder actual, como veremos enseguida al analizar el mecanismo mediático desbocado en todas partes por estos días.
El gran escándalo «Epstein», pues, no descansa ahí en las ‘tremendas revelaciones’, sino en los esfuerzos que hacen los medios -no solo y no tanto los ‘mainstream’, sino ahora también lamentablemente los alternativos, que han mordido anzuelo, línea y caña- por intentar «demostrar» cosas des-leyendo o sobre-leyendo lo publicado. Y sobre todo, por seguir intentando pasar un relato moral colectivo, sobre lo que ‘la sociedad’ supuestamente debería ser, y supuestamente no es. Al pasar un mensaje moral sobre ‘la sociedad’, muestran que siguen confiando en una reforma ‘colectiva’, en lugar de promover el cultivo de la autoridad interior individual, la educación en serio, y el conocerse a sí mismo. En ese sentido, en la medida en que también los medios alternativos acepten jugar el juego de «mejorar el mundo» en abstracto, seguiremos siendo esclavos de la misma lógica que, al final, lleva al centralismo, a cualquier forma de ingeniería social, y en último término al mundo Epstein y su lógica, patentemente visible en todos los detalles de lo que los archivos revelan.
Todo esto debería llevarnos a preguntar por la naturaleza del poder y su impacto moral en la sociedad, que es el escrutinio que raramente se hace, ocultándolo bajo frases hechas, y que deberá ocuparnos un poco a continuación.
Ulises y la sabiduría discrecional del poder
El poder terrenal, aunque ocasionalmente cumple la ley cuando le conviene, está por definición encima de la ley. Esto se puede resumir en dos argumentos: uno, el poder es genéticamente anterior a la ley; y dos, el poder es el único que puede hacer que la ley pase, de letra muerta, a realidad efectiva. El poder creó la ley. La ley es un texto hijo del poder, y que supuestamente refleja alguna forma más o menos abstracta de acuerdo. Si nadie tiene poder para aplicarla, no es nada. De modo que la ley depende del poder, pero el poder -en última instancia- no depende de la ley. Esto es fácil de ver en los tiempos de excepción, cuando la ley se suspende. ¿Quién la suspende? El poder. Se llama «estado de excepción» o se llama «golpe de estado» o se llama «ley de la selva», o se llama de otras formas. Lo que es interesante es que en ese momento hay una especie de desnuda transparencia, inexistente en los tiempos normales en que, supuestamente, reina «el imperio de la ley». El «imperio de la ley» es una forma inteligente en que el poder se vuelve aparentemente no coactivo, sino que parece ser el fruto de un masivo acuerdo. Ese acuerdo, naturalmente, es ilusorio, en el sentido de que, si hay alguna situación que amenace de veras al poder, el poder operará para mostrar que el acuerdo es ilusorio, violándolo a piacere sin que nada pueda oponerse -salvo en el caso en que otro poder más grande, sea revolucionario o sea externo al ámbito del poder en cuestión, se lleve puesto al poder.
Pero que ese acuerdo sea ilusorio no lo hace menos inteligente. El modelo de esto -el poder creando voluntariamente una ley que lo limita- podría ser la escena, en la Odisea, en que Odiseo decide atarse al mástil, por propia voluntad, para no caer presa de las tentaciones al atravesar el estrecho entre Escilla y Caribdis. Odiseo instruyó a sus marinos a que se tapasen con cera los oídos para no sucumbir ellos mismos, mientras que él, el poder, deseoso de escuchar de todos modos el célebremente hermoso hasta lo irresistible canto de las sirenas (la invitación a los excesos del poder respecto de la ley, digamos, por ejemplo), se aseguró de no cometer errores fácticos, pidiendo a sus hombres que lo amarrasen al mástil. El detalle: Odiseo tuvo la sabiduría de operar para autolimitarse. Algo que el poder sabe hacer, pero no siempre tiene por qué hacer, porque tiene también el poder del exceso, la hübris, y aun el de dirigirse empecinadamente a la catástrofe. Es decir: aun la sabiduría es discrecional para el poder.
Si todo lo anterior está correctamente expuesto, no parece muy difícil concluir en que la única prueba real del poder, es la transgresión impune. La transgresión ritual, incorporada a los ritos de acceso a niveles de poder, es la forma tradicional que este hecho esencial del poder ha tomado. Es la transgresión de la ley la que reconcilia a cierto tipo de poder terrenal con su naturaleza. Ritos de pasaje, sociedades secretas y logias, cultos mistéricos antiguos, formas esotéricas de manipulación, todo esto son las formas que esta realidad ha tomado.
Creo que el ‘soberano’ ha sido definido por Carl Schmitt -aunque no tengo aquí la cita- como «aquel que maneja las excepciones». Esto es, el poder no sólo ha creado la ley, sino que es quien puede manejar las excepciones. Una vez más, la ley es ley para todos los demás, pero no para el poderoso.
Cada tanto, el poder se divierte educando un poco más a la gente, a la cual educa por la seducción, la coacción, y la fuerza, 24/7, con el fin de que no se le ocurra ir realmente contra el poder. Una de las formas en que el poder se afianza, es por la vía de permitir a todo el resto que se sienta moralmente superior al poder. En tiempos normales, cuando la ley reina, el poder permite que la gente se sienta superior al poder comentando y pasándose chismes sobre la supuestamente constante depravación de la realeza, la nobleza, y los ricos. Existe un género mediático muy popular en toda época, que cumple con esa noble función social de mantener a todo el mundo en caja, dándoles la comidilla para que sigan sintiéndose muy superiores -interiormente- al poder. Son las revistas de celebridades, naturalmente; los programas sobre celebridades, y a escala global, por ejemplo, los archivos Epstein.
Pero claro, la alegoría de Odiseo tiene otra lectura. El lector mismo es tan poderoso como cualquiera para no dejarse atrapar en los encantos engañosos y los espejismos que vende todo el tiempo la comunicación del poder. Puede elegir atarse a su propio mástil, pasar escuchando los cantos de sirena que le venden superioridad moral a cambio de negar o simplificar, y aprender y crecer al tiempo que pasa sin daños.
En el Occidente moderno, al menos, los medios masivos han sido las grandes herramientas de educación moral de la sociedad. Han comunicado modelos de orden, y alertas sobre la transgresión. Debido a la naturaleza esencial del poder -a nivel social, el poder es la capacidad de transgredir y estar genéticamente por encima de la ley, y de ser impune, porque debería punirse a sí mismo-, las señales de transgresión que el poder comunica a través de sus medios de información son señales educativas. ‘Usted no puede ni debe atreverse a hacer esto. Pero es cosa sabida que nosotros sí podemos, si quisiéramos’.
El poder moderno, fundamentalmente público y mediático, comunica así cuáles son los límites a la plebe, a la que mantiene ordenada en un simulacro de decencia, que corresponde al carácter socialmente perjudicial de la transgresión cuando quien la comete es un cualquiera. Si Hillary Clinton participa en ceremonias satánicas que incluyen sacrificios humanos, digamos, eso es una prueba de que ella es más poderosa que nadie. Pero si un don nadie es atrapado en una ceremonia así, será linchado en el acto, como corresponde a una sociedad decente.
Buscando confirmaciones que raramente aparecen
Si uno se asoma y lee realmente los intercambios publicados en los «archivos Epstein» (la historia judicial del caso nos dice que hay más, que no vemos), al fin uno ve acaso algunos indicios indirectos del sexópata y el chantajista, al tiempo que se encuentra ocasionalmente con un personaje social competente, eventualmente gracioso, capaz de discutir con Peter Thiel sobre la naturaleza filosófica y social del engaño, o con el matrimonio Chomsky sobre las angustias metafísicas del lingüista. Ve obviamente al financista que hace negocios y recibe dinero, ofrece conexiones, programa transferencias, supervisa inversiones, aconseja compañías, lo ve conectando ciertos personajes de altísimo perfil, como Sultan Ahmed Bin Sulayem en Dubai y Ehud Barak en Israel, entre otros.
He recorrido durante más de una semana los archivos Epstein, con bastante aburrimiento, buscando las supuestas grandes comprobaciones, grandes delitos, y grandes conspiraciones de las que me informa la prensa «alternativa», que es la única que me interesa consumir hoy por hoy.
He notado un par de fenómenos descorazonadores.
Uno, si alguien en la prensa alternativa tiene a priori una teoría general sobre, digamos por ejemplo, el ‘poder global único’, o ‘la dictadura de la tecnocracia’, o cualquier tontería por el estilo, y encuentra que uno de los nombres importantes para su teoría, llamémosle el señor X, está en los archivos Epstein, enseguida inventa que la conexión entre Epstein y el señor X es la demostración de toda su teoría. Lamento decir que eso es amateur, y que ninguna conexión de Epstein demuestra casi nada.
Luego, está el caso de la prensa general y masiva, liviana y berreta, que organiza por ejemplo un segmento de 10′ en un canal de aire para comentar que en el año 2006 Jeffrey Epstein le mandó dinero al peluquero de los putones mediáticos rioplatenses, Roberto Giordano. So what? Epstein puede haber venido a Punta del Este, Epstein puede haberle quedado debiendo 600, o 1800 dólares, a Giordano, por una infinidad de causas nimias, o puede haberle pago en adelanto, para él o para quien sea, cualquier cosa que Giordano estaba en condiciones de facilitar. Eso es, exactamente, nada. La cholulez rioplatense se excita pensando que por fin la tocó un leve roce bancario de un famoso en serio, como Jeffrey Epstein. Pero bueno, eso siempre ha sido así.
Podría ilustrar lo que digo tomando brevemente un solo ejemplo, y hay otros similares. Me refiero a la tan comentada conexión Jeffrey Epstein – Elon Musk. De la mera mención de una relación Epstein – Musk, los que han hecho de su vida una cruzada contra los supuestos demonios de la «tecnocracia de Silicon Valley» concluyen que todos sus miedos han quedado confirmados, y la unión dinero-tecnología garantiza desde aquí que la IA se usará para robarle el alma a los niños, darle la inmortalidad a los gerontes, e inmovilizar al resto en «ciudades de 15′». Sin embargo, aun del análisis más simple de esa correspondencia no sale nada de lo anterior. Aclaro de antemano que no sé si estos son todos los correos entre Musk y Epstein, pero sí sé que los demás no lo saben tampoco, porque estos son los únicos que han sido revelados, y que cualquiera que lo desee puede conocer. Y una vez recorridas a vuelo de pájaro y a menudo en detalle las 1426 menciones a la palabra «Musk», debo decir que solo encuentro una posible instancia en que Musk habría viajado a la isla. Solo que lo hizo, en un boom anticlimático, acompañado de su ex-mujer y futura mujer, Talulah Riley (justo habrían ido en el tiempo en que estaban formalmente divorciados por primera vez, a fines de 2012 -se divorciaron a comienzos de 2013 y se casaron de nuevo a comienzos de 2014). Musk dice que quiere que haya alguna «fiesta salvaje» -en esa y otra ocasión, alegando que está demasiado cansado de trabajar-. Pero ese viaje es tan aburrido que luego Musk rechaza un segundo que le ofrece Epstein, y sobre el que intermitentemente giran sus intercambios -generalmente sobre fin de año-, que son brevísimos, hasta sus últimos mensajes. Entre medio, hay conversaciones nocturnas breves sobre el exceso de trabajo de Musk y sus disquisiciones sobre la cantidad de sueño, hay intentos de Epstein de conectarlo al «dinero de NY» en una conferencia, que Musk rechaza, hay muchas veces malhumor de Musk que le contesta con monosílabos, y hay hasta algún rebote del correo de Epstein cuando Musk ha cambiado su dirección, harto de spam y de mensajes que no le interesan.
Básicamente, eso es todo, en lo que está visible. Si alguien ha visto a Musk en escándalos sexuales con menores, debería exhibir las pruebas. Pero he notado que nadie lo hace. No tengo especial interés en defender a Musk, sino que tengo interés en observar que el caso Epstein es una nueva bola de nieve mediática que solo confirma lo que mucha gente cree saber, o sospechar sobre los «ricos y famosos». Que eso que sospechan es trivial, y no muy distinto de lo que todo el mundo conoce que es la vida de muchos no muy ricos, y totalmente no famosos. Y, sobre todo, que uno de los mecanismos principales en juego es el mecanismo de la ética vicaria, o por proxy. ¿Cuál es la intención de esos millones de comentarios en redes sobre Epstein y sobre quienes alguna vez cruzaron un email con él? ¿No podrían ser, tal vez, una variante de la habladuría, cuya finalidad es sentirse superior por un segundo a los criticados?
La condición a-moral ilimitada
Cada tanto, el poder, decíamos, decide en tiempos a-normales, como los que vivimos, ir un poco más lejos en sus labores educativas. Pero no es que «el poder decide» sea una frase que remita a algún tipo de asamblea. El poder tiene, igual que todas las lógicas discursivas que funcionan y dan sentido al mundo en determinado tiempo, un funcionamiento cabalmente automático. Su lógica interna es pregnante y los actores involucrados la interpretan y la siguen sin pensarlo. Los detentadores del poder van tomando decisiones, y éstas son armónicas con el tiempo.
Por ejemplo, ante la eventualidad de que uno de los miembros del grupo sea abordado por la policía, y sus actividades ilegales -sexo con menores, prostitución infantil- lo lleven a la cárcel, el caso al volverse de alto perfil permite que la sociedad se mire en su espejo. Y entonces el poder actúa: por un lado establecen la barrera sanitaria con el paria. Ahora resulta que nadie conoció a Epstein, nadie fue su amigo, nadie fue a la islita, nadie hizo negocios, todos los que lo promovieron se equivocaron, etc. Hay muchos ejemplos públicos de esto -de Wexner a Musk y a Steven Hoffenberg, convicto por haber corrido el mayor esquema Ponzi en la historia del mundo, y que fuera en esos años, luego de la salida de Bear Stearns, el mentor de Epstein-. Por otro lado, se elabora una narrativa que, a la vez que blinde al poder de cualquier daño mayor, tenga también fuerza e interés, aunque siempre dentro de los tópicos de consumo masivo. Y que, a la vez, deje alguna moraleja para que ‘la sociedad’ aprenda a seguir bien quietita en la caja, en lo posible sintiéndose moralmente superior. Ese es el funcionamiento automático del poder. No hace falta ninguna agencia de publicidad: todo el mundo es grande y sabe lo que hace.
Precisamente aquí, al notificarse de estas cosas, es donde podría entrar en juego algo importante: nadie tiene por qué caer una y otra vez en la misma jugada. Pero, salvo que una persona tenga códigos morales firmes desde pequeño, integrados en su personalidad, y mantenidos por el contacto más o menos asiduo con una comunidad que los anime, es posible que predomine en su conducta una especie de moral colectiva, que es justo lo que el poder desea. Y en los tiempos actuales de Occidente, donde ‘la sociedad’ en general ofrece solo el código moral de la utilidad, la competencia, y la superación de los demás o éxito, no ofreciendo en cambio ningún límite efectivo, lo que Epstein muestra es cómo se comportaría mucha gente si tuviese los medios para hacerlo. Que no lo hagan no demuestra que no lo harían, y la avidez con la cual escucho a tanta gente hoy deplorar en piloto automático la inmoralidad de Jeffrey Epstein y el modo como «las elites lo controlan todo» no deja de ser un comentario prediseñado para ser llenado infinidad de veces, sin ninguna consecuencia.
La perversidad es más eficaz cuando se oculta en lo visible
Los «archivos de Epstein» son, así, sobre todo, un fenómeno mediático. Los medios adictos al milenarismo reinante intentan encontrar en esos archivos pruebas de conspiraciones sin fin, de la obvia decadencia de Occidente que muchas veces hemos exhibido aquí sin necesidad de mirar por ninguna cerradura, o de la conexión suprema entre «las elites» y el «satanismo».
Pero si uno recorre los archivos, uno no encuentra eso. O al menos yo no lo he encontrado Por tanto, y hasta prueba irrefutable en contrario, lo que se ve en el fenómeno mediático «los archivos Epstein» es la reconfirmación de lo que todo el mundo sabe y es evidente.
Al intentar encontrar en Epstein la «prueba final» de nosequé, creo que se comete un error, En esos archivos no hay nada que no esté ya instalado como archisabido. Y ese es, precisamente, el núcleo de la perversidad. La perversidad, en este caso, acaso esté como una bacteria ya en ‘la sociedad’, acechando, y por mecanismos simbólicos estemos, en medio de la decadencia, intentando atribuirla a un pequeño grupo. Como si se la pudiese aislar para atacarla con los anticuerpos de la sanidad civilizatoria, que últimamente casi nunca comparece. Jeffrey Epstein aparece de estos correos y documentos como un hombre rico dentro de un país donde viven los más ricos, un hombre «de mundo» que cultivó toda clase de vínculos con otros hombres importantes, un adicto al sexo -como otros son adictos al poder, a alguna droga en especial, o a pasarse el día activando con su pulgar historias estúpidas sin fin en Instagram-, un posible agente del Mossad, o ligado a él por su mujer Ghislaine Maxwell… Es decir, Epstein es el estereotipo del rico pervertido y transgresor que todo el mundo quiere confirmar que existe. ¿Para qué, exactamente?
Ya que la mencionamos, veamos brevemente otra pieza estereotípica: la familia Maxwell. El vínculo con Epstein es su pareja, Ghislaine, la hija de Robert Maxwell, un tipo importante en la conexión Gran Bretaña-Rusia, un judío checoslovaco (nacido Ján Ludvík Hyman Binyamin Hoch) que hizo fortuna en Londres en la dirección de medios de comunicación, fue político y asesor del poder allí, luego de haber luchado contra los nazis en su tierra natal, y del cual el ex oficial de inteligencia israelí Ari Ben-Menashe confirmó que era un asset del Mossad. En su funeral, llevado a cabo en el Monte de los Olivos en Israel luego de su muerte en alta mar, estaba presente la plana mayor de la inteligencia israelí, e Ytzak Shamir, el Primer Ministro, afirmó en su discurso ese día que Maxwell había hecho «más por Israel de lo que puede contarse ahora«.
Lo más significativo, aparte de ello, es el estilo de vida de Maxwell, que corresponde a una exhibición de lujo poco común. Los londinenses lo conocían por ello, por su uso del helicóptero para todo, por su lujoso yate, con el cual viajaba por todo el mundo, y en el cual murió en un último viaje a Canarias. Presumiblemente, una noche mientras meaba al mar, cayó o lo empujaron de la borda en medio de la noche, y recién se descubrió su ausencia mucho después. Se ahogó, su cuerpo fue recuperado, y eso fue todo. En un correo de Epstein se menciona que Robert Maxwell había estado por esos tiempos apretando a gente muy importante para que le diesen dinero para salvar sus empresas -las que después de su muerte también se hundieron, igual que él. Maxwell, según Epstein, estaba chantajeando a esos otros poderosos con revelar cosas que no se debían revelar. Se ve que es una costumbre de la familia. Y Ghislaine Maxwell, su hija -el yate de Maxwell se llamaba Lady Ghislaine por ella- hoy está convicta por haber sido intermediaria en conseguir y dirigir a las chicas de Jeffrey Epstein, su pareja durante muchos años.
¿Y? Eso no es lo invisible: eso es exactamente todo lo que la mayoría esperaría encontrar, y respondería si se le interroga, respecto de lo que imagina sobre la vida oculta de la riqueza extrema. Por eso digo: esto es lo que forma parte de la esencia del Occidente contemporáneo, a vista, paciencia, y consumo de ‘la sociedad’ y las redes sociales.

Eso si: el Pizzagate era todo verdad
Dicho sea de paso, y como nota de color: los archivos revelados tienen muchas menciones a «pizza». ¿Recuerda usted el escándalo de la pizza, el llamado Pizzagate, a raíz de una de las únicas fuentes realmente independientes y serias sobre los chanchullos del poder (casi lo opuesto de los Archivos Epstein), que es Wikileaks? Bien, en aquel tiempo la gente que leyó los correos de John Podesta, asesor de Hillary (publicados completos y sin tachaduras, como debe ser), se sorprendió de las constantes referencias a «pizza» y «jugo de uva». Los grandes medios, controlados por el deep state tanto entonces como ahora, reaccionaron con una histeria notable, acusaron a cualquiera que sostuviese «teorías conspirativas» sobre esas palabras, y sobre cierta pizzería en Washington DC mencionada repetidamente, que era propiedad de un tipo turbio vinculado a orgías y ceremonias de las que supuestamente participaba Hillary Clinton, entre otros. Todo aquello terminó, mediáticamente hablando, el día que el típico «loco solitario» entró en la pizzería, disparó con una ametralladora (felizmente no mató a nadie), fue apresado de inmediato por la policía, y como era de esperar declaró que lo habían motivado «las teorías conspirativas» que difundían los medios con «discursos de odio» (léase, los que en ese entonces habían accedido y leído Wikileaks). Con ese gesto conveniente de un nuevo loco solitario, la ‘sociedad’ quedó convencida que todos los del Pizzagate eran unos dementes conspiranoicos alineados a Putin.
Pero ¿sabe qué? Al aparecer los emails de Epstein, resulta que lo del uso de la palabra pizza es totalmente cierto. Es una especie de palabra clave, o algo así, para referir probablemente a prostitutas, las que Epstein enviaba como servicio a tal y a cual. Está por todos lados en los archivos. Hay más de 800 menciones, en los contextos más inverosímiles. Piense: ¿cuántas veces usted sintió el deseo irreprimible de agradecerle a un amigo que no fabrica pizza, por una pizza que usted se comió el día antes? Por otro lado, entiendo el celo de los editores, pero ¿si lo que se manda es pizza, cuál es la necesidad de ocultar tan celosamente el nombre de remitente y receptor?

Cinco ejemplos de los cientos de mensajes sobre «pizza»
Detalle final: el tipo que entró a ametralladora limpia en la pizzería de DC acaba de ser asesinado por la policía estos días en Atlanta, o algo así. Cosas que pasan.
La imposibilidad de una crítica moral inmanente a ‘la sociedad’
Entonces, la mugre está, siempre estuvo, todo el mundo lo sabe, y es estructural. En lugar de sacar a relucir toda clase de detalles sobre lo que supuestamente se revela en los archivos Epstein sobre satanismo -insisto que no me consta, y nadie ha exhibido ante mis ojos pruebas en contrario-, y usar eso para demostrar -como si no hubiese argumentos mucho mejores para hacerlo- que Occidente está en una fase de decadencia aguda, lo que me parece que corresponde es analizar la maniobra de los archivos Epstein en su nivel más antropológico, y creo que espiritualmente más profundo. Dios no está ausente de Occidente, salvo que Occidente ha decidido ignorarlo, y construir un camino propio, evitando hasta el extremo a Dios. Según la cosmovisión del materialismo y el cientifismo que nos ha traído hasta aquí, la única Ley es la que el individuo mismo desee auto-imponerse, salvo las leyes biológicas y de la naturaleza. Contra estas, por tanto, el individuo moderno se ha lanzado con todas sus fuerzas y su a menudo ridícula, pero pertinaz inteligencia. Ya lo hizo uno de los primeros ultraliberales sexuales autoconscientes, el Marquis de Sade, que -un poco como Epstein- pagó con cárcel sus investigaciones en la permutación completa de todas las variantes sexuales concebibles, y proclamó en frases fundacionales la necesidad de torturar a la naturaleza y transgredirla de todos los modos posibles. El individuo moderno ha concebido la naturaleza no como su mejor garantía de poder, sino como su enemiga jurada, porque la naturaleza es obviamente cosa de Dios, y Dios era el límite odiado, el límite a superar.
Heredera de Sade, la sociedad moderna occidental ha venido a concluir en que la moral no tiene límites. Y es cierto: en una organización abstracta donde el poder y el control de recursos escasos y símbolos masivos es el juego único, que la moral no tiene límites es la única realidad.
Una comunidad -la palabra/concepto de referencia podría ser Gemeinschaft, como acuñó hace más de un siglo Ferdinand Tönnies-, es un conjunto orgánico de personas que deben estar genuinamente unidas, sea por parentesco, tradición o espacio compartido. Es decir, no podemos tomar ninguna sociedad moderna, asociaciones impersonales, formales y basadas en el interés propio (para usar el término correspondiente de Tönnies, Gesselschaft) y pretender que puedan tener algún tipo de «ética» común. Por tanto, si en ‘la sociedad’ pudo haber alguna vez -como creo que hubo, en tiempos menos decadentes- límites efectivos, estos son puestos allí siempre por las familias, las iglesias, las comunidades de toda clase. Solo ellas los han puesto y mantenido, y son las únicas que podrían hacerlo, porque la ética es siempre una cuestión de cercanías, y por tanto una cuestión de escala. La comunidad de escala humana puede vivirse con una ética real. La ‘sociedad’ en cambio, la escala urbana, la escala de megalópolis, la sociedad solo cognoscible en estadística, la sociedad cuyo mercado es suficiente como para que los ricos hagan mucho dinero teniendo medios de prensa que moralizan en el vacío con el fin de controlar, solo pueden tener un simulacro de moral, y solo conocen en sí el anonimato, la no rendición de cuentas, y la ausencia de límites. Las redes sociales, esos supermedios de la última decadencia, son una vidriera para la hipocresía y el fingimiento de la moral. Cuanto más alto grita alguien su virtud, más perezoso será acaso para recabarla en su interior. Sustituye sus hechos por la denuncia de abstracciones ajenas.
La sociedad tiene los límites de la ley, que a menudo no deberían cumplirse, porque son los límites que el poder ha decidido que los demás cumplan. Cualquier crítica radical solo puede ser crítica del poder, y esa crítica solo puede ejercerse en nombre de entidades trascendentes. Guste o no, un Dios -autoevidente y no demostrable- es el único límite al poder terrenal. Si eso se deja de lado, todo es un juego, recto o siniestro, de poder, el cual tiene como premisa excluir la aceptación, y excluir el perdón. La paradoja final es terrible: el poder impone sus límites a los demás al manejar las excepciones, y eso hace parecer que el poder no tiene límites. Sin embargo, el límite del poder es, precisamente, la obligación de participar en la transgresión para autenticarse como poder.
A niveles adolescentes, esto es bien conocido. Si alguien no hace algo excepcional -y a menudo violento para otros y desagradable-, no puede ser parte del grupo que manda. En la mafia, es obviamente así, y todo el mundo también lo sabe. No sé quién le hizo creer a las sociedades -salvo los periódicos y los canales de televisión- que el poder político y económico no es mayoritariamente una mafia, y no se comporta como tal. Hay excepciones. Hay miembros de «las elites», gente con poder aquí o allá, que defienden valores profundamente sentidos, valores dignos y positivos para los demás. Hay o hubo empresarios cargados de verdadera responsabilidad social, que dedicaron y dedican parte significativa de su dinero y esfuerzo a hacerle el bien a los demás. Nadie puede dudar de eso. Otros, en cambio, son satánicos porque han aceptado la limitación de cometer las transgresiones más horrorosas, con tal de ser aceptados en niveles regenteados por los que antes cometieron los mismos horrores para llegar.
Desde luego que hay diferentes tipos de poder. Cuando usé «poder» aquí me refería al tipo de poder simbolizado por el personaje Epstein -no abro juicio sobre la persona en su realidad consciente, pues sobre ello no sabemos ni sabremos nada. Aquí estamos hablando del «poder terrenal» vinculado al dinero y al control de los recursos disponibles. Existe poder de otras clases. Poder de talento artístico, poder de carisma personal, poder de comunicar, poder de pensamiento, poder espiritual, poder de sanación, poder de convencimiento, y muchos otros por el estilo. Y el más importante, creo, poder sobre uno mismo, poder de autocorrección y de redireccionamiento. Estos otros poderes se mueven en niveles distintos, más sutiles, y son todos superiores al poder craso del dinero y la violencia. Si un medio de comunicación persiste en existir, en mi opinión es solo para reformular una y otra vez este concepto, que no se refiere a lo que pasa en sociedad: lo único interesante de los archivos Epstein es algo que carece de relación con los archivos Epstein. Se trata de la propia conciencia de usted y de cada quien, su capacidad de entender y respetar límites a lo que usted hace y decide, que en consulta con su propia conciencia usted considera lo correcto, y sobre lo que usted siempre sabrá todo, y los demás nunca sabremos nada.
Todo lo demás es el teatro del poder intentando convencer a ‘la sociedad’ -concepto vacío compuesto por innumerables ausencias efectivas- de lo que es «norma» y lo que es «transgresión», dado que son ellos, los poderosos de desesperación, los que están atados como Prometeo a su roca, mientras les come el hígado la obligación de transgredir para seguir manteniendo sus supuestos privilegios. La modernidad llegando a su fase transhumanista se ha propuesto la inmortalidad física como proyecto y no como utopía. Solo una conciencia desesperada puede haberse subido a ese tren de someterse a transfusiones de sangre para mantener la juventud eterna, tomar químicos para probar su senil capacidad gimnástica sexual con jovencitos, someterse a carísimas y asquerosas cirugías de todo tipo para intentar sostener un cuerpo enfermo y sucio que se les derrite, convencer a los más jóvenes no ya de tener sexo -eso no sería nada- sino de automutilarse para afirmar su autopercepción egoica contra la naturaleza. Y otros patetismos semejantes. Les bastaría con recordar su origen para abandonar esa locura. Pero evidentemente, los viejos del Pizzagate, los que sabemos están en esas fiestas, no pueden hacerlo. Solo queda mirar para otro lado.

