Sobre aspectos de la hegemonía cultural de la izquierda planteados por Diego Andrés Díaz

“Si un hombre que se cree un rey es loco, un rey que se cree un rey no lo es menos.” (Lacan,  Écrits)
“El imperialismo estadounidense es un tigre de papel” (Mao Tse Tung)

ENSAYO

Me propongo discutir aquí algunos puntos de vista sobre la hegemonía cultural de la izquierda planteados por Diego Andrés Díaz en eXtramuros.  Esto no me será fácil, para nada, ya que me identifico con mucho de lo que Diego refiere, lo reconozco por haberlo visto de cerca, tan de cerca como si me hubiera sucedido a mí. Al mismo tiempo, diverjo tan tantísimamente que me gustaría considerar ese doble movimiento. Para esto, recurriré entonces a ciertos lugares de la memoria personal, a un poco de filosofía y a algunas convicciones políticas. 

Por Alma Bolón

1. El lugar de los aires

De los bisabuelos gallegos, napolitanos, calabreses, lombardos o genoveses sé poco; aunque conocí a dos de ellos ignoro sus inclinaciones políticas, si las tuvieron. Mis abuelos, padres, hermana, tíos, primos y cónyuges, en San Fernando-Tigre o en Montevideo, fueron o son anarquistas, comunistas, socialistas, trotskistas, frenteamplistas y tupas, muchos de ellos profesores o maestros, varios vinculados con un hacer cultural desligado de cargos públicos o rentados. Con esto, lejos estoy de extender un certificado de cristiano viejo o de pureza de sangre a nadie, solo evoco un aire de familia que se respiraba, junto con la pizza, la polenta, los hongos, el hinojo, el apio, las habas, el churrasco y los grelos. También, un puñado de anécdotas, la mayoría de las cuales oí de adulta.

Meses antes del golpe de Estado, cuando acababa yo de cumplir los dieciocho años, militares del 9° regimiento de caballería fueron a buscarme a casa, un domingo de madrugada. Pude huir gracias a la astucia y a la presencia de ánimo de Laura, mi hermana hoy muerta y que entonces tenía catorce años. Algún tiempo después, un primo de mi padre, oficial del ejército, quiso consolar y se acercó a mi padre diciéndole cuánto lamentaba lo sucedido conmigo, una hija de su primo querido, la niñita que él había tenido en sus brazos, qué pena, para qué haber huido, “si con unos meses de tacho se arreglaba el asunto”.

Sería un alivio pensar que ese comentario provino de un familiar lejano depravado; pero no, me juego a que el primo estaba compungido con sinceridad, con la misma sinceridad con la que el militar sostenía, desde antes del golpe de Estado, la normalidad de la tortura, sus bondades o por lo menos sus beneficios. Un recuerdo flota en el limbo de mi primerísima infancia, un sábado de verano, una conversación de mis padres con el primo alférez, o lo que entonces fuera, y su despedida: “Si piensan eso, ¿por qué no se van a vivir a Rusia?” 

Seguiré igual apostando a la doble sinceridad del torturador cariñoso, por razones que se hunden en aquel tiempo y en este presente. En aquellos días y en éstos, era claramente identificable algo que se llamaba “la derecha”, materializada en periódicos como El País, en periodistas radiales y televisivos, en políticos profesionales, o en personas que sin ser periodistas ni políticos profesionales coincidían en una serie de lugares comunes: la gente no trabaja porque no quiere; hace falta mano dura para controlar el despiporre; hay pérdida de valores; cada uno es dueño de su destino y responsable de su suerte; hay que respetar los derechos ajenos (entiéndase el derecho a la propiedad); si no hay un patrón las cosas no funcionan; la desigualdad entre las personas es inevitable porque es una ley de la naturaleza; somos un país muy atrasado que necesita del mundo libre/desarrollado/avanzado y de sus valores; la IMM debe controlar para que haya menos puestos de arepas que son una estafa (puro aire) y más de patrióticas tortas fritas; en  su mayoría los delincuentes son irrecuperables y no vale la pena gastar pólvora en chimangos; a los degenerados (violadores, pedófilos, abusadores de menores, etc.) hay que cortarlos en tiritas luego de … (van aquí ingeniosos métodos de atormentar hasta la muerte al prójimo); los sindicatos defienden intereses mezquinos que perjudican a la sociedad entera; al uruguayo no le gusta trabajar y prefiere aprovecharse; los empleados públicos son una manga de inútiles; los que protestan están buscando tener un mártir para poder victimizarse; los docentes se la pasan de vacaciones; venga ya la mano dura, vengan ya los capitales extranjeros, venga ya el orden y el progreso. Alcanza con leer algo de lo que hoy circula en facebook para que el déjà vu agobie, más allá del colorido del pinto de labios de las bocas que profieren estos juicios.  

En junio de 1954, mi madre recibió una carta en papel membretado de la “Asociación de Maestros de Montevideo” y firmada por su presidenta y por su secretario general; se le comunicaba que había sido “eliminada del registro social” de este gremio, por resolución de su Comisión Directiva y de acuerdo con el artículo 14 de los Estatutos, a continuación citado. Este artículo consideraba tres causales de eliminación: “por renuncia presentada por escrito”; “por dejar de abonar tres cuotas consecutivas, sin causa justificada”; por “contrariar los intereses colectivos y morales”. Mi madre ni había renunciado ni había dejado de pagar la cuota gremial. Una carta idéntica recibió entonces Alcira Legaspi, también maestra y militante comunista, esposa de Rodney Arismendi. Mi madre nunca fue miembro del Partido Comunista, aunque sí fue votante y adherente del FIDEL; tampoco tuvo militancia política, solo gremial, pero en una época y en un gremio, maestros de Montevideo, en los que la derecha dominaba tanto como para poder deshacerse, con una carta de una carilla que se limitaba a citar el reglamento, de las agremiadas propensas a “contrariar los intereses colectivos y morales”. Porque es seguro que quien “eliminó” a mi madre y a Alcira Legaspi fue la derecha, es decir, los enemigos de la izquierda, entonces encarnada en una maestra comunista y en otra filocomunista. La carta, obrando en mi poder, me recuerda un episodio de la hegemonía de la derecha en la enseñanza, durante la Guerra Fría. Y también: a comienzos de esa década, Istra Cuncic y Ruben Acasuso, maestros, habían concursado y ganado la efectividad en una escuela rural de Colonia; al poco tiempo, el Inspector Jefe departamental y miembro de la Liga Oriental Anticomunista los acusó de recibir, desde Montevideo, prensa comunista, y de haber proyectado en su escuela cine checo infantil de marionetas, traído de la embajada. Estuvieron sumariados y a medio sueldo durante dos años y medio, hasta que el expediente se archivó. En exacerbada continuidad, durante la dictadura mi madre fue destituida de la Universidad, del Ipa y de Secundaria.

A fines de los años 40, mi padre buscaba trabajo y fue a ver a un director batllista de la IMM, conocido cercano de mis abuelos; el jerarca dijo a mi padre que lamentablemente no podía ayudarlo. Varios decenios más tarde, el hijo del batllista y yo nos conocimos y nos hicimos amigos, sin saber nada del pasado familiar compartido, hasta que un día sí se supo y el por entonces ya jubilado director batllista de la IMM contó a su hijo que antaño le había negado trabajo a mi padre. Cuando mi amigo le preguntó por qué había hecho tal cosa, el padre con sencillez republicana le respondió “porque era comunista”. Agrego que el padre de mi amigo, el director batllista de la IMM, era un señor encantador, que llevado por el aire de la época se avino a ideas y a estilos de vida que le habían sido muy ajenos. Panglossianamente es posible concluir que sucedió lo mejor posible, no quita que también esto es una mínima muestra recordatoria de las prácticas hegemónicas de la derecha.

A mediados de los 80, mi padre me escribió que todo andaba muy bien, que la dictadura iba tocando a su fin, pero que había algo raro, él sentía algo raro, porque por primera vez formaba parte de una mayoría, por primera vez era mayoría. Mi padre se había ido del Partido Comunista a fines de los 50 y aunque había seguido en El Galpón y había estrenado obras, además de dirigir la campaña financiera para la adquisición de la actual sala en 18 de Julio, desde entonces estaba bastante solo. Sus chistes perdonaban poco lo que percibía como idioteces regimentadas; sólo sucedía que sólo él podía criticar a su antiguo amor político: no aceptaba que nadie criticara al PC, sólo a sí mismo se había auto otorgado esa autorización, de la que para nada se privaba y la que para nada compartía con nadie.    

2) El lugar de la humillación

Entonces ¿cuándo empieza una historia? ¿cuál es su año cero? ¿a partir de dónde empieza el comienzo? Las narraciones literarias siempre supieron resolver este punto delicado, convirtiéndose en el modelo de toda narración, convirtiendo una pura arbitrariedad (contar los últimos meses del sitio de Troya o contar cinco de sus diez años; contar la vida del cincuentón Quijote hasta su muerte o contarla desde su juventud, o desde su infancia, o remontarse más lejos y arrancar a contar a partir de la historia de sus padres o de sus abuelos, como hará tanta novela del siglo XIX) en una férrea (a posteriori) necesidad. Cervantes nada cuenta sobre los padres del Quijote, al punto de que la expresión “padres del Quijote” suena extravagante, visto que el relato cervantino supo crear su año cero situado en la madurez del Quijote, y supo volver no necesario cualquier otro asunto previo. En el relato histórico sucede algo semejante, este relato también planta su bandera de partida y llega a la meta, echando oscuridad sobre lo anterior, lo posterior y los laterales, salvo que se proceda aislando fenómenos en términos de causas/consecuencias, en proceder análogo al estudio de la naturaleza y sus leyes. Claro que la historiografía no trata con fenómenos sino con acontecimientos que irrumpen en una trama infinita con la que rompen, a la que perforan.

En cierto modo, el análisis que hace Diego Andrés Díaz procura ignorar que se trata de política, de historia y de acontecimiento, y procede como si se tratara de fenómenos descriptibles con el mismo recorte que imponen las ciencias naturales: aislando manojos de causas y consecuencias. Así, al referirse a los diferentes tipos de réditos que logran los universitarios, intelectuales, periodistas, dirigentes sindicales y artistas que alimentan “la cultura hegemónica de izquierdas que encarna el FA”, el autor hace una descripción psico-sociológica muy convincente, en la que muchos lectores reconoceremos situaciones muy cercanas, en el mundo de la universidad y de las artes, entre otros. Sin embargo, esa descripción está pasando por alto asuntos que no se resuelven en términos de causas y de consecuencias fenomenológicas; contrariamente a lo que parece decir Diego Andrés Díaz, no constituye una ley que, habidas tales prebendas, se produzcan tales hegemonías.       

Esta visión -de tales prebendas materiales y simbólicas, tales hegemonías culturales frenteamplistas- resulta de confundir los años de gobierno del FA con una encarnación de la cultura hegemónica de izquierda. Esto redunda en la defenestración eterna -para atrás y para adelante- de todo lo que signifique “izquierda”, así reducida a una práctica simplemente clientelística, caciquil, que atiende sus boliches para perpetuarse. 

Es esta visión, tan convincente y tan acertada en tantos puntos, la que conviene revisar historizándola y conceptualizándola. Porque sucede que hubo “cultura hegemónica de izquierdas” desde antes de que hubiera gobierno del FA e inclusive desde antes de que hubiera FA. Cuando quienes ocupaban todos los cargos políticos, exceptuando algún diputado o alguna senadora, eran blancos o colorados, había hegemonía de izquierdas sin que hubiera prebendas, si no era, claro está, cierto orgullo por no ser “de derecha”. 

Como muy bien dice Diego Andrés Díaz, el lugar tradicional de la derecha ha sido el de la “humillación” y esto, creo, debe ser analizado con detenimiento, para no incurrir en  un contrasentido, a saber la instauración, para compensar esa humillación, de una especie de “right pride”. (En países de derecha cultural menos vergonzante, como Francia, con sus pensadores y sus revistas, esto fue intentado sin éxito: el último que se propuso reivindicar a viva voz el ser de derecha, fue Nicholas Sarkozy y así le fue, hoy es un cadáver que hace dinero asesorando empresas y que difícilmente resucite en las urnas, por así decirlo. La “right pride” francesa se arraiga y se expresa en una derecha que reivindica el terruño y a sus muertos, a Juana de Arco, la grandeza pasada, la identidad nacional, la colonización como empresa civilizatoria, la preferencia nacional ante el inmigrante pero no ante el extranjero platudo ni ante las decisiones europeístas, la mano dura como principio ordenador, etc. Por su parte, el exitoso eslogan “Make America Great Again”, menos que intentar la deshumillación de la derecha, apela a que se identifique (y se supere) la pérdida de la grandeza nacional con el perdido sueño de bienestar individual de tantos millones de estadounidenses pobres o empobrecidos.

Creo entonces que señalar la hegemonía cultural frenteamplista y la humillación ínsita en la apelación “derecha” para así imaginar su reivindicación es una operación que está condenada al fracaso por ser un contrasentido. Y lo es porque “derecha” es el nombre más frecuente que admiten con discreción (como lo hacen blancos o  colorados) o que reciben con disgusto (como los FA) quienes gobiernan. El lugar de la humillación no está ligado a ser de derecha, sino a ser el lugar abyecto por excelencia: el lugar del mando, de la ilegitimidad disimulada, de la legitimidad fingida, del rey que se cree rey, del que se la cree y predica para que se olvide que es un simple efecto placebo. De ahí que pretender una reivindicación de la “derecha” sea un contrasentido, porque la derecha es la que al encontrarse continuamente en el poder vive de su constante auto reivindicación. Sin duda, hay diferencias de un gobierno a otro, no seré yo quien lo niegue, sin embargo, de manera creciente desde los años ochenta todos los gobiernos se parecen, apenas diferenciados por el carácter de su figura estelar y por la sangre que hacen correr: Thatcher, Reagan, Mitterrand, Bush, dictadores latinoamericanos, los Clinton, Felipe González, Zapatero, Berlusconi, Sanguinetti, Lacalle, Mujica, Sarkozy, Hollande, Macron, Vázquez, etc.: todos diferentes y todos igualmente sometidos al poder de la Bolsa, de los bancos centrales y de las grandes transnacionales; todos abyectos ante el poder que los llevó al trono, todos en el lugar de la abyección, practicándola y exigiéndola de los demás.

Hoy esto es claramente palpable en la desafección y en el escarnio -la humillación- en los que cayeron -luego de años de adulación y de éxtasis amonedados en votos y en silencio- individuos como Tabaré Vázquez o José Mujica con sus cohortes de figurones requetevistos, así como es visible en la especie de virginal simpatía inspirada por “Luis”: quince años de alejamiento gubernamental de blancos y de colorados parecen haberles fabricado un nuevo himen, semejante al que los FA querrían tener rehecho antes de que lleguen las próximas elecciones.

No hay reivindicación posible del orgullo de ser de derecha, porque “derecha” es el nombre de la abyección, del lugar del que se gobierna hoy, sea quien sea (partidos de derecha, partidos de izquierda o partidos independientes, hechos coalición o hechos frente).

El análisis de Diego Andrés Díaz -de tales prebendas, tales hegemonías- deja en la sombra esto que es insoslayable y creciente porque cada vez los presidentes y sus cortejos duran menos, se gastan antes: son use, tire y olvide; no alcanzan la reelección, un solo período y fuera.

Igualmente, dicho análisis omite considerar que, la mayor parte de su historia, la izquierda fue hegemónica en la cultura sin tener prebenda alguna para repartir, solo teniendo trabajo voluntario para exigir y solo ofreciendo un orgullo insondable, el orgullo de ser de izquierda, es decir de pertenecer al lugar desde donde, con las artes (teatro, poesía, novela, cine, foto, dibujo, pintura, grabado, música), se mira sin estima al abyecto. Así fue durante el siglo XX, inclusive durante la dictadura, y así fue que el movimiento teatral independiente, el cineclubismo, los fotógrafos, el club de grabado, los cineastas, Bellas Artes, los talleres de artesanos, los pintores, los dibujantes, los escultores, los cantantes, los instrumentistas y los compositores musicales, los poetas y los escritores integraron una hegemonía cultural de izquierda, es decir, desligada, desentendida, desinteresada de los vínculos con el lugar abyecto, solo atendible como enemigo imperdible. Insisto, había hegemonía y no había prebendas sino un orgulloso sentido de pertenecer al lugar en donde los poderosos (cercanos, propios) son desestimados; las prebendas y el escaso orgullo estaban en el lado derecho. Durante la dictadura, esto prosiguió y se multiplicó; después de la dictadura, la ambición de gobierno municipal y luego nacional fue socavando la situación: artistas e intelectuales siguieron “igual” pero oscilando entre percatarse e ignorar que el lugar era otro. Ahora el prebenderío estaba al alcance de la mano.

(Tal vez la excepción a esto es la universidad, hegemónicamente de izquierda y con su propio lote de prebendas para distribuir internamente. Sin embargo, creo que la universidad exige un análisis particular, ya que su dialéctica del mérito y de la prebenda de ningún modo puede ser atribuida con exclusividad a “la izquierda”. La universidad, desde su invención hace más de ochocientos años, se erigió como institución desligada de los poderes arzobispales y monárquicos, como comunidad autogobernada de profesores y de estudiantes. En Uruguay, este imprescindible cierre sobre sí de quienes se congregan en torno al saber se potencia con la cercanía con otras instituciones también fuertemente jerarquizadas, entregadas al cabildeo y al hermetismo endogámico: las fuerzas armadas, la masonería, la Iglesia, el Partido Comunista, el MLN. Por último, la intromisión descarada del mundo empresarial con su lógica lucrativa en la universidad pública también debe ser tenida en cuenta.)

Entonces, el estado de cosas que describe Diego Andrés Díaz no se corresponde con ningún ser de las cosas, con ningún fenómeno atemporal, con ninguna hegemonía cultural de la izquierda frenteamplista ínsita en su ser, sino con una historia particular, la de una fuerza de oposición desautorizada (FA) que en el momento de su fundación (1971) tuvo un programa de oposición desautorizado pero que devino una fuerza que quiso gobernar a bajo precio, pasando de ser una energía creadora a ser un orden autorizado que gestiona una agenda autorizada con personal autorizado (recuérdese que fue en Washington que Tabaré Vázquez, en 2004, anunció que su ministro de economía sería Danilo Astori, figura transgubernamental de los quince últimos años).

De ahí los lastimosos resultados de un gobierno que con su fuerza cultural hegemónica organiza y promueve manifestaciones culturales “de protesta”, mientras la agenda, la perspectiva y los estilos de trabajo universitarios y artísticos se adecuan a la agenda, a la perspectiva y al estilo de trabajo gubernamental autorizado, como si todo fuera uno. El lugar abyecto, al extenderse por el mundo de la cultura (universitario, artístico, sindical, mediático), coopta, contagia, contamina y anula la razón de ser de artistas, intelectuales, periodistas, sindicalistas y científicos, a saber, intentar pensar por su cuenta, sin más prebenda que el orgulloso placer de hacerlo. Claro que esto es romanticismo puro, sesentismo recalcitrante, bohemia obsolescente; claro que sí, pero ocurrió, pudo ocurrir y, comparado con lo posterior, fue mejor, porque fue movido por el desprecio a lo abyecto y no por el anhelo, cínico o hipócrita, de ser ungido por la abyección.   

Recapitulo: reducir la hegemonía cultural de la izquierda a los últimos quince o veinte años es desacertado con respecto a los largos decenios anteriores, y es desencaminado porque deja sin responder, al detenerse en los mil mecanismos cautivantes de sujeción de los hegemónicos al modelo hegemonizador, una pregunta fundamental: ¿cómo es posible que haya habido hegemonía cultural de izquierda sin que haya habido mecanismos cautivantes, sin prebendas?

Este es, a mi modo de ver, el corazón entero del asunto, su palpitante pregunta.

3) El lugar espiritucida

El franco-brasileño Michael Löwy sostiene la idea de que el Romanticismo fue y sigue siendo la gran fuerza de oposición al capitalismo, su negación insobornable, inclusive cuando el Romanticismo asumió sus formas más reaccionarias y tradicionalistas o cuando se continuó como Surrealismo y otras vanguardias. Claro está que Löwy no percibe el Romanticismo como la exaltación de un yo entregado al lloriqueo, ni menos lo descalifica por su “falta de realismo”, entendiendo por esto la voluntad de no adaptarse a la versión del amo (alias “la realidad”). Muy por el contrario, esa “falta de realismo” achacada es una sensibilidad que disiente de la del capitalismo hegemónico: “el Romanticismo no podría ser reducido a una escuela literaria del siglo XIX, o a una reacción tradicionalista contra la Revolución Francesa -proposiciones muy difundidas en variadas obras de eminentes especialistas en historia literaria o en historia de las ideas políticas-. El Romanticismo es más bien una forma de sensibilidad que irriga todos los campos de la cultura, una visión del mundo que se extiende desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta nuestros días, un cometa cuyo “núcleo” incandescente es la revuelta contra la civilización industrial/capitalista moderna, en nombre de ciertos valores sociales o culturales del pasado. Nostálgico de un paraíso perdido -real o imaginario-, el Romanticismo se opone, con la energía melancólica de la desesperanza, al espíritu cuantificador del universo burgués, a la cosificación mercantil, a la chatura utilitarista y, sobre todo, al desencantamiento del mundo”. 

Así visto, el capitalismo, definido por Löwy como una gran operación de desespiritualización del mundo -cuantificación, cosificación, mercantilización, utilitarismo, desencantamiento del mundo-, genera su contrario, su opuesto asentado en el invaluable valor de lo único, lo singular, lo incontable, lo inútil, lo infinito, lo absoluto, lo insaciable, lo evanescente, lo incapturable. A la positividad triunfante del mundo capitalista, fuerza espiritucida que materializa todas sus utopías, se oponen las prácticas artísticas, intelectuales, científicas y docentes, desasidas del número y de su positividad despótica.

Por esto creo yo que se explica la existencia de hegemonías culturales de izquierda cuando no hay prebendas; también por esto es posible poner en tela de juicio la denominación “hegemonía cultural de izquierda” cuando lo que hay son prebendas. A las prácticas espiritucidas que son el capital y son sostenidas por quienes gobiernan (por definición, la derecha) se oponen las prácticas reespiritualizadoras que es la cultura, floreciente entre quienes no gobiernan (por definición, la izquierda).

Para ir terminando. Así como es difícil llamar “gobiernos de izquierda” a gobiernos que profundizaron políticas económicas capitalistas de entrega (Botnia, Aratirí, Montes del Plata, Regasificadora, UPM 1, UPM2, UPM3?, UPM4?; expansión de zonas francas; extranjerización de la tierra; primarización de la producción por los agronegocios extractivistas; expoliación y contaminación de agua y tierra; bancarización a ultranza; mercantilización de la enseñanza (luego del alivianamiento de los estudios de grado gratuitos, posgrados pagos (y caros) en todas las facultades de Udelar excepto Facultad de Ciencias y Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación); universidades públicas financiadas por empresas privadas extranjeras (Utec); retiro presupuestal público y avance del financiamiento privado (empresarial y en parte onegístico) de proyectos universitarios públicos; lógicas dogmáticamente empresariales en las instituciones cuyo sentido es el saber, etc.), también es difícil llamar “hegemonía cultural de izquierda” a aquellas prácticas culturales ligadas a regímenes de sujeción mediante ventajas, prebendas o privilegios.

Por el contrario, cabe suponer que, en caso de que valiera la pena rescatar en esforzada logomaquia el término “izquierda”, éste debería recaer sobre otras prácticas. Porque en lo que junto con Diego Andrés Díaz hemos estado llamando “la cultura”, fueron muy pocos quienes, cumpliendo con su condición de fuerza negadora del número y de su instrumentalización, se opusieron activamente a lo que no eran políticas de izquierda. Fueron escasos, en “la cultura”,  quienes se opusieron a las prácticas culturales formateadas por la agenda del gobierno, a su vez marcada por organismos y organizaciones internacionales gubernamentales y no gubernamentales. 

En estos años, “la cultura”, salvo escasas excepciones, nada dijo sobre las políticas de derecha del FA; en cambio, se dedicó a celebrar hasta el hartazgo una serie de medidas gubernamentales, sin duda loables (despenalización del aborto, despenalización del comercio de la mariguana, autorización para casarse a personas del mismo sexo, facilitación de cambios de sexo, etc.) pero que fueron la humareda que impidió ver que la (supuesta) batalla “cultural” se suspendía por falta de enemigos ganosos. Porque ante esa agenda de “derechos” una parte de la derecha no frenteamplista protestó por lealtad a sus ideas, pero sin insistir demasiado. ¿Para qué plantear dificultades a un frenteamplismo que estaba haciendo en la economía, la enseñanza, la vivienda y la salud lo que para “la oposición” hubiera sido más difícil hacer? ¿Para qué quedar como unos retrógrados, siendo que su nuevo himen estaba aprontándose para arrebatar votos frenteamplistas en las urnas? Entonces, no hubo batalla cultural ni nada que se le pareciera, ni siquiera cuando Tabaré Vázquez vetó la despenalización del aborto (todas, todos y todes volvieron a votar al vetador), aunque la humareda colorida, las caras pintadas y las declaraciones de guerra a la iglesia del Cordón hicieran creer lo contrario. 

Esa “batalla cultural” que no hubo impidió ver las otras políticas del FA, las que justamente iban en contra de lo que había estado en sus fundamentos.

Salvo contadas excepciones, “la cultura” hizo olvidar que, como no podía ser de otro modo en estas épocas, quien seguía gobernando era la derecha. No ya una derecha miliquera y huraña que prohíbe en nombre de los (supuestos) valores de la familia, sino una derecha fiestera y festejera que echa humo por todos sus orificios en nombre de los (supuestos) derechos de las minorías. Así por ejemplo, esta derecha fiestera y festejera está empeñada en sustituir el idioma español por jirones de jerga (supuestamente) inclusiva, pero es indiferente a la situación recurrentemente señalada desde hace años por docentes y personal de la salud: buena parte de la población montevideana adulta no entiende las palabras que usa la otra parte, palabras como por ejemplo “agua potable” o “domicilio”.

Como traté de mostrar, considerar la cultura hegemónica frenteamplista como “cultura hegemónica de izquierdas” plantea dificultades conceptuales e históricas (políticas) importantes, pero además regala un rótulo que los partidos agradecerán por su alta eficacia electoral, para un lado y para otro, cuando luego sea cuestión de juntar votos para ocupar cargos en los que, gane quien gane, será la derecha quien gobierne.       

4) El lugar vacío

En un excelente artículo cuya lectura recomiendo, Michael Fœssel hace remontar hasta Pascal la célebre afirmación de Lacan acerca de la locura de un rey que creyera que es rey. En Lacan, esto ilustra el carácter imaginario del “yo”: la locura justamente consiste en olvidar ese carácter ilusorio, en suponer que hay algún tipo de fundamento, fuera de la construcción imaginaria. Fœssel muestra que en Pascal el vacío de fundamento del “yo” tiene que ver con la ausencia de legitimidad de quien ocupa el lugar del poder; todo rey es un impostor que se sostiene porque los gobernados confunden poder y signos del poder y porque el propio rey tiende a olvidar su carácter de usurpador, de náufrago cualunque que el mar arrojó en una isla en la que los habitantes justamente estaban en búsqueda de un rey. Pero Pascal, dice Fœssel, ante esa falta de fundamento del poder, no promueve la desobediencia, sino cierta relación irónica de parte de los gobernados, así como cierta memoria de la usurpación originaria, por parte del gobierno.

Desde esta perspectiva, cabe imaginar que “una cultura de izquierda” podría ser aquella que impide el olvido de la falta de legitimidad que hay en el origen, que evita el cierre sobre sí de los poderes, que mantiene abierta la herida del vacío. Trabajo sobre la negatividad, a contrapelo, que abre sobre lo incontable, que interfiere y que distorsiona la voz satisfecha de los que mandan cuando cuentan sus obediencias. En este sentido, muy difícilmente pueda hablarse de “cultura hegemónica de izquierda frenteamplista”. 

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