ENSAYO

Por Mariela Michel

Hace muchísimo tiempo, en una pequeña comarca cerca de Ulm, durante el crudo invierno de 1619 en Alemania, un hombre “se encerró en un cuarto calefaccionado por una estufa y tuvo una visión seguida de sueños (…) El verdadero camino requería tirar abajo todo los sobreentendidos y comenzar desde los fundamentos hacia arriba” (Blackburn, 1999). No fue una visión cualquiera, sino una que inspiró el desarrollo de lo que este hombre consideró la única forma verdadera de encontrar el conocimiento, una visión que marcó el inicio de lo que conocemos como la Era Moderna. A partir del presupuesto de que los sentidos no pueden sino ser engañosos, el pensamiento se celebra, pero al mismo tiempo se desvitaliza, porque se independiza totalmente del ámbito sensorial, emocional o instintivo. Según cuenta la historia de la filosofía, este hombre ilustre no gritó “Eureka”, sino que formuló la siguiente máxima: “Pienso luego Existo”. 

Imagino que muchos lectores, ya conocedores de esta frase que se volvió famosa y que incluso fue tomada de modo rítmico por una murga hace muy pocos carnavales, se preguntarán: ¿qué importancia tiene en este momento de pandemia, en el que estamos preocupados por resolver problemas graves, la reflexión filosófica de un hombre frente a una estufa tantos años atrás? Otros objetarán que la Era Moderna ya hace tiempo quedó atrás, y que todos estos problemas fueron resueltos por el Posmodernismo. Entonces, ¿para qué mencionar aquel dualismo cartesiano que fue superado para siempre? La respuesta a estas preguntas es lo que motiva la escritura de este texto. Luego de escuchar a tantos médicos y científicos en los medios de comunicación este año, me di cuenta de que aún hoy, nos encontramos frente a otro dispositivo, ya no es una estufa, sino un plano polícromo y brillante que se dedica a continuar con la función de anestesiar nuestros cuerpos y desvitalizar la mente que, aislada del clamor vital de las temidas pulsiones y del insumo de los poco confiables órganos sensoriales, no puede sino dejar de pensar. 

Quizás por el hecho de que los sueños quedan a veces indelebles en nuestra memoria, la humanidad no consigue hoy olvidar ese día en el que la marca del dualismo cartesiano se instaló en el pensamiento occidental. Podemos incluso pensar que René Descartes (1596-1650) no era un filósofo cualquiera, a juzgar por la incidencia de sus Meditaciones calefaccionadas, no sería raro que fuese un consejero de los poderes máximos en aquel momento, una suerte de integrante del GACH de esa época. Por eso, no es casual que su consejo estuviera relacionado con la autorización de las disecciones en los ámbitos médicos contra las objeciones de la Iglesia. Según relató de modo jocoso el supervisor de mi tesis de doctorado: “Descartes le entregó el alma a Dios y el cuerpo a los estudiantes de Medicina” (W. Barbosa Gómez).

Esa radical separación mente-alma/cuerpo-materia, que caracteriza el ‘dualismo cartesiano’ entre otras divisiones, le otorgó a la mente la magna tarea de darnos la certeza de la existencia y dejó allí, para siempre, frente a la estufa, un cuerpo inexpresivo, poco confiable, silenciado tal vez por el calorcito generado o, en el presente, por las palabras sedantes de los médicos televisados.

De la separación mente cuerpo a la separación mente cuerpo

¡Pero este texto está desactualizado! dirán muchos lectores conocedores de la historia de la filosofía. Hace tiempo que el posmodernismo dejó atrás aquella antigua idea del ‘fantasma dentro de la máquina’ (Ryle, 1949) y las dicotomías que de allí se desprenden. Y tienen razón esos lectores, ese movimiento que llegó con ímpetu de la mano del famoso giro lingüístico, cambió completamente la forma de concebir nuestra inserción en el mundo. Para no pasar por alto este hecho indiscutible, necesito hacer un demasiado breve resumen de algunos conceptos asociados a este momento histórico. Dichos lectores atentos nos advertirían: No debemos olvidar que todo pensamiento está mediado por signos, y que estos son de naturaleza social. Hace tiempo que dejamos de creer que el conocimiento puede alcanzarse de modo omnipotente por una mente aislada, aunque se encuentre frente a una agradable estufa. Con entusiasmo los autores posmodernos repitieron una y otra vez que el conocimiento es una empresa colectiva de seres inmersos en su cultura. Ya no podemos concebir una mente encerrada en sí misma a la Descartes, sino pensar en seres inmersos en su entorno social. Esta idea es irrebatible, el entusiasmo por haber comprendido la naturaleza social del signo lingüístico es legítimo. Pero oponerse a una idea siempre corre el riesgo de desequilibrar la balanza en sentido contrario. Un excesivo énfasis en el aspecto simbólico de la mediación opacó la incidencia de los otros dos tipos de signos, el ícono y el índice, que son también componentes esenciales de la mediación sígnica (C. S. Peirce). Así, de un modo imperceptible, se volvió a instalar en el corazón del posmodernismo el viejo dualismo cartesiano que se estaba intentando superar. En lugar de ser concebidos como vías de acceso al mundo real y natural, los signos llegaron a ser concebidos como barreras imposibles de atravesar. La perspectiva del Construccionismo Social (Hacking, 1999) creció de modo imparable en los ámbitos académicos, para defender a capa y espada la imposibilidad de cualquier forma de acceso a la realidad, junto con la afirmación de que todo conocimiento no es más que una construcción social que no puede traspasar los límites del lenguaje. 

Ya no estamos ante una mente aislada frente a una estufa, sino ante un conjunto de mentes aisladas que ni siquiera podrían comunicarse de modo confiable entre sí. Si los signos no se conciben como vías de acceso al mundo real y natural, como propone la teoría semiótica triádica (que incluye el ícono, el índice y el símbolo), no hay forma de trascender el estático y paralizante dualismo.  Las teorías construccionistas permutaron la postura autoritaria de un conocimiento certero de la realidad por la mente, por la postura autoritaria de un desconocimiento certero de la realidad. El concepto de ‘mediación’ fue siendo sustituido en los textos académicos por el cada vez más recurrente término ‘construcción’.  Al afirmar que los signos solamente permiten acceder a los productos de nuestra propia mente, esto nuevamente la vuelve omnipotente. Ahora, la mente en su cómoda poltrona está lista para atribuir significados de modo arbitrario a un mundo del que sigue quedando aislada. Y quien dice arbitrario, dice caprichoso. Si no hay ningún aspecto del mundo real o del ámbito corporal que limite la interpretación, la mente puede volver a reinar de modo despótico. El Cogito cartesiano ha sido superado, pero la mente humana sigue condenada al solipsismo.

Quizás si los contemporáneos de Descartes le hubiesen adjudicado la tarea de filosofar a algún campesino de esa región, expuesto al frío y al hambre durante ese mismo invierno, la historia del pensamiento hubiera tenido otro derrotero, y se hubiera evitado aquel indeleble “error de Descartes” (Damasio, 1994). Pero no fue así, por eso, a pesar de los intentos por reconectar la emoción y la cognición, a pesar de los modelos biopsicosociales, se vuelve a sobrevalorar el poder de una mente que, aún si colectiva, se encuentra aislada del mundo real y por eso ni piensa, ni existe.

Mientras tanto en la tranquila comarca de la Nueva Normalidad

Muchos años más tarde, en nuestras ciudades hoy habitadas por seres cuidadosamente aislados, los cuerpos siguen silenciosos, cómodos y a buen recaudo del frío, sentados frente a estridentes y vistosos aparatos audiovisuales. Se los ve convencidos de que, si una construcción arbitraria de la realidad es intercambiable por otra, ni

siquiera vale la pena cambiar muy seguido de canal, y menos aún levantarse para mirar por la ventana.

Es mucho mejor que nuestra mente se deje invadir por la realidad construida por seres en quienes podemos confiar, que se vuelven familiares, porque los vemos todos los días entrar amablemente en la intimidad de nuestros hogares. A través de este recorrido histórico quise fundamentar el argumento de que estamos ante un momento de la humanidad que no es ni ‘nuevo’ ni ‘normal’. No es nueva esta separación mente/cuerpo, que silencia los cuerpos y desvitaliza la mente. La vimos re-instalarse apaciblemente en nuestras vidas el 13 de marzo de 2020, cuando aceptamos con resignación los postulados que la sustentan:

Primera admisión: Admitamos que el cuerpo es asintomático

La afirmación de que puede haber un ‘enfermo asintomático’ desconoce el hecho de que el cuerpo es siempre sintomático. Somos cuerpos siempre sintomáticos en el sentido de que estos emiten signos y síntomas. El cuerpo es sintomático cuando comunica enfermedad y también cuando comunica salud. Para confirmar esto no hay más que recurrir a las páginas de la OMS en las que define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. ¿O tal vez le estamos a dando de nuevo la razón al dualismo, y volvemos a creer que los sentidos nos engañan, y que entonces el bienestar no es bienestar? Si tenemos un resultado positivo de un test muy impreciso como el PCR, se viene abajo la definición de la OMS. Recuerdo haber visto muchos enfermos recuperarse ante mis ojos.  No hay modo de no alegrarse cuando el color empieza a volver a sus mejillas, y la mirada se va tornando más nítida. En esos casos, muchas veces los estudios siguen llegando con resultados numéricos indicadores de enfermedad. Sin embargo, en mi experiencia pasada, siempre había un médico tranquilizador dispuesto a reafirmarnos y dejar de costado con una sonrisa los papeles llenos de cifras para informarnos sobre lo que indudablemente nuestros sentidos ya nos habían revelado, que lo principal es el estado del paciente Una y otra vez, regía el principio del bienestar asociado nada más ni nada menos que a nuestros órganos sensoriales, los del paciente y los de quienes lo mirábamos aliviados. Al repetir el análisis, los resultados siempre se alinearon con lo que ya habíamos percibido a simple vista, o a simple cuerpo. Lo sabíamos apenas entrábamos a la habitación hospitalaria y sentíamos que nos volvió el alma al cuerpo

Segunda admisión: El aislamiento y la distancia social pueden ser nocivas para el bienestar psíquico de adultos y niños, pero beneficiosas para su salud física

Esta afirmación no solamente está anclada en aquella antigua y artificial doctrina dualista, sino que es, desde todo punto de vista, uno de los mayores sinsentidos que se han escuchado en la historia de la humanidad. No puede existir nada que dañe el bienestar psíquico de una persona sin dañar de modo inseparable su bienestar físico. Una vez más, si acudimos a la definición de salud de la OMS, comprobamos que dicha separación es insostenible. La solicitud o exigencia de mantener “distancia social”, que algunos prefieren llamar “distancia física”, así como la de usar un tapabocas que restringe la gestualidad del espacio expresivo por excelencia, desconoce de un plumazo y en nombre de La Ciencia, innumerables descubrimientos de la Neurociencia. La disminución del contacto físico, la mutilación del intercambio gestual y la represión de las emociones es la forma más certera de detener la generación de conexiones neuronales, y, por otro lado, de aumentar la ‘poda’ de circuitos de acuerdo a la ley del ‘úselo o piérdalo’ (use it or lose it). El equilibrio emocional tan delicado y precioso, que tantos esfuerzos nos cuesta mantener, tiene la misión natural de regular las secreciones hormonales, que a su vez regulan el minucioso equilibrio de, nada más ni nada menos que, del complejísimo sistema inmunológico que magistralmente diseñó la naturaleza para nuestra protección vitalicia. 

La normalidad cortada de raíz

No nos confundamos. La normalidad para el ser humano se puede ver en su plenitud, si observamos de cerca a un bebé cuando apenas llega al mundo. ¿Qué es lo que lo impulsa a nacer? ¿Qué es lo que lo impulsa a desarrollarse de ese modo tan felizmente normal y vital? ¿La biología o el entorno? ¿La naturaleza o la cultura?  Esta criatura que los adultos miramos a veces con preocupación, mientras pensamos en todo lo que le tenemos que enseñar, sabe absolutamente todo lo que necesita saber para ser y para disfrutar de su estadía entre nosotros. Lo vemos aprender minuto a minuto de nosotros, y, a veces a pesar de nosotros. El bebé sabe reconocer esa voz dulce que lo recibe y buscar esa sustancia tibia que lo fortifica. Mientras busca instintivamente caricias, miradas y sonrisas, sabe bien que el entorno social es el lugar donde su cuerpo vibrante encuentra los elementos que lo llevan a formarse. Uso la palabra ‘formarse’ en el sentido literal de tomar forma, de tomar una forma material. No hay tal distinción entre mente y materia. El cerebro del recién nacido viene dotado de neuronas, pero aún le faltan muchas conexiones esenciales que se van desarrollando en ese intercambio con el ambiente que lo rodea. Biología y entorno están tan intrincados, que solo muchísimos años de esfuerzo por mantener aquella división dualista pueden llevarnos a desconocer. Apenas abre sus ojos al mundo, el bebé ya sabe lo que muchos sabios y asesores científicos hoy nos están tratando de ocultar: que la sabiduría sobre cómo impulsar nuestro desarrollo individual y colectivo es un valioso don que emerge de modo inseparable de nuestra existencia biológica y que se plenifica en el encuentro con otros, con nuestros semejantes. Uso la palabra ‘semejantes’ para destacar que el saber sobre distintos aspectos puede variar, pero sobre la sabiduría relacionada con lo que necesita cada uno para su desarrollo pleno quien más sabe es el ser en desarrollo, aún si es un bebé recién nacido. 

De la mente encarcelada frente a una estufa a la mente colectiva inmovilizada frente a la pantalla

Pero luego de unos cuantos años de estar instalados en esta cartesiana anormalidad, de algún modo nos convencieron de que la sabiduría no está en seguir la guía del bienestar (salud), como lo hace el bebé recién nacido, sino en esperar que las palabras de algunas mentes privilegiadas, desconocidas – pero indudablemente omniscientes – nos enseñen a no-movernos. Con certeza absoluta, nos aseguran que la muerte está instalada en el aire que respiramos, y que nuestros cuerpos no tienen la vitalidad suficiente como para detenerla. La letanía rítmica con la que estas palabras terroríficas y terroristas nos alarman cotidiana y permanentemente produce en nosotros una suerte de “tetanización del pensamiento” (Andacht, 2020). Estamos ante una experiencia paradojal, un sentimiento de alarma que, en lugar de incitarnos a responder a ella, por su desmesura y permanencia, nos invita a sumergirnos en los sillones y a quedarnos en casa. Alma Bolón (2020) advierte que un excesivo sentimiento de comodidad parece estar amenazando el deseo de autonomía. Pero la autonomía no es una opción, sino un designio que viene desde nuestra existencia biológica que no podemos seguir ignorando. Es necesario entonces recordar, que aquel día inaugural, sentimos por primera vez la guía clara del impulso del instinto vital en el cuerpo aún algo descoordinado. Un cuerpo que solo puede crecer, mientras recita el abecedario del contacto, emite notas corales y mira con fascinación rostros cercanos. Así el bebé humano es por definición el primer negacionista, porque es quien niega con mayor vigor la filosofía del desencuentro físico, social e inhumano.  


Referencias

Andacht, F. (2020) La agridulce y muy ancha grieta del kitsch pandémico. Revista eXtramuros (07.11.20). https://extramurosrevista.com/la-agridulce-y-muy-ancha-grieta-del-kitsch-pandemico/

Blackburn, S. (1999). Think. A compelling introduction to philosophy. Oxford: Oxford University Press.

Bolón, A. (2020). Intervención en “El Uruguay y el mundo ante la nueva normalidad” (1:07:56) Charla pública en la librería Babilonia, 13/11/2020: https://www.youtube.com/watch?v=l7Nh_i4l8_U

Damasio, A. (1994). Descartes’ error. New York: Putnam Publishing.

Hacking, I. (1999). The social construction of what. Cambridge, Mass.: Harvard University Press.

Ryle, G. (1949) The Concept of Mind. London: Hutchinson.

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