ENSAYO

En el plano de elaborar algunas reflexiones sobre una posible historia del poder estatal en occidente, una hipótesis pertinente podría radicar en intentar encontrar las continuidades en estos procesos de transformaciones entre los diferentes sectores sociales.

Por Diego Andrés Díaz

En general, los abordajes sobre las clases sociales y su relación con el poder del estado, en la modernidad, se han centrado en el concepto de ruptura, es decir, desde un enfoque donde los procesos de transformación, en algún plano, tienen un momento “radical” donde la nueva clase dominante ajusta cuentas con la vieja, que pierde su poder. En el plano de elaborar algunas reflexiones sobre una posible historia del poder estatal en occidente, una hipótesis pertinente podría radicar en intentar encontrar las continuidades en estos procesos de transformaciones entre los diferentes sectores sociales.

¿Era la nobleza una “casta” en occidente? Entiéndase casta un orden absolutamente cerrado y hereditario. Sería extremadamente difícil sostener que la nobleza europea represente un sistema de castas típico. Las castas nunca lo son en su origen, tienden a serlo a medida que logran desarticular y controlar los factores que las pusieron a ellas mismas al comando. Por ejemplo, una Banda de guerreros, luego de dominar un territorio, puede erigirse a largo plazo en una casta. La cuestión es que, en Europa occidental, difícilmente pueda sostenerse que son castas absolutas.

Caetano Mosca sostiene que la historia del poder es la historia de la muerte y renovación de las “aristocracias”, que estas viven procesos de renovación constante, y en general, los procesos revolucionarios tienen la característica de representar ejemplos de renovación aristocrática violenta y no de “aristocidio” o exterminio de esa clase como entidad. Simplemente es ocupada por otros.

Es interesante plantearse que se debate cuando se analizan los procesos revolucionarios, sobre todo el francés y el inglés, en occidente. Allí, en general, las dificultades parecen radicar más en la comprensión de continuidades, que quedan en un segundo plano frente a “quiebres” o enfrentamientos de clase (“aristocracia-burguesía”, “oligarquía-pueblo”) que parecen ser más atractivos y poderosos. Examinemos pues algunos puntos de este debate.

¿Porque la revolución francesa logra salir indemne de su impronta absolutista, igualitarista y logra zafar del legado histórico de una de sus aristas más evidentes: el representar una versión radical de la tendencia constante del poder político de aumentar su poder, sus potestades y su legitimidad?

Quizás se deba a que colisionan, en el análisis de las relaciones entre estamentos y clases, en última instancia, aspectos coyunturales y epocales que no permiten ver los factores estructurales, las continuidades manifiestas entre la aristocracia del “antiguo régimen” y la aristocracia “burguesa”. Esta continuidad no solo puede advertirse en esencia (es decir, continuidad como grupo que conserva altos grados de libertad alejados de las garras del poder absoluto y hace de contrapeso) sino en su dimensión histórica, es decir, en la real y concreta red que une y entremezcla a ciertos nobles con ciertos burgueses, haciendo imposible diferenciarlos en la medida que su carácter diferenciador es de naturaleza disímil: la “aristocracia de sangre” y la “aristocracia del dinero”, por utilizar dos conceptos vulgares y totalizantes, no son contradictorios y mucho menos, antitéticos.

Esta dificultad de diálogo entre estos dos mundos parte de cierta relación de desconfianza entre estos dos ámbitos, fruto del proceso de renovación de esta aristocracia. Allí habría que señalar dos elementos por lo menos, a tener en cuenta: que esos procesos están dramáticamente impactados por las realidades materiales, de forma no determinista pero si concluyente, modificando así sin retorno las “causas” por las cuales una élite lo es; y que los procesos de renovación de las aristocracias siempre son complejas y traumáticas, están condicionadas por, cómo referí, a las razones materiales de su imposición como tales (predominio militar, predominio propietario, capacidad de alianzas, predominio comercial, predominio financiero, predominio industrial, conocimiento) y además tienden a ser procesos inestables en donde el peligro de realizarse de forma demasiado veloz o demasiado lento trae consecuencias. El caso inglés quizás sea un ejemplo de proceso más armónico que el francés.

Un proceso de renovación de las aristocracias demasiado lento enquista en las aristocracias actores artificiales en las mismas que lo distorsionan y petrifican, elemento sustantivo para lo que Toynbee señala como “pérdida de la capacidad de mimesis de las élites”, es decir, de la perdida de la capacidad de estas de lograr en la población el deseo de aceptar, valorar e imitar las respuestas que brinda ante lo desafíos. Por otro lado, un proceso extremadamente devastador, un “aristocidio” barre poderes alternativos en competencia con el Estado centralizado, el entramado poliárquico necesario para frenar la tendencia del poder a volverse absoluto y total.

Entre este “orgullo plebeyo” de los burgueses y capitalistas originales y la “nostalgia idealizada” de la aristocracia patricia, entre esta dialéctica socio-política se disuelve quizás lo sustancial del legado social de estos sectores en la historia moderna de occidente: las sociedades donde no existen o pierden la capacidad de contar con aristocracias, tienen menores posibilidades de escapar por mucho tiempo a un gobierno absoluto. En la medida que perviven “contra poderes” -y la aristocracia es uno- el poder absoluto del estado encuentra dificultades para avanzar.


El debate de las clases sociales, en su significación histórica, recobra fuerza en estos últimos años a partir de la influencia creciente de las ideas contrarias al avance del Estado y su poder. Lo más llamativo y popular dentro de una tendencia de larga tradición quizás sea el libertarianismo, pero la idea de contraposición absoluta entre estado -o más específicamente “estado moderno”- y sociedad es extremadamente antigua. Los teóricos del origen predatorio y violento del estado -Ibn Jaldun es un ejemplo evidente de su antigüedad-, pasando por la contraposición radical entre sociedad cristiana y Estado, la idea de la manifestación ilegítima, liberticida e indeseable del Estado coexisten dentro diferentes tradiciones en occidente como la cristiana, reaccionaria, conservadora y liberal. Incluso dentro de la de las izquierdas.

El debate sobre las clases sociales es importante y está presente, en la argumentación teórica con respecto a los procesos históricos, a la interna de las diferentes miradas críticas del estado que hoy se manifiestan. Voy a dar dos ejemplos de este debate.

Para cualquier persona de “sensibilidad” conservadora o reaccionaria, la detallada descripción de las consecuencias sociales de la “victoria burguesa” sobre la sociedad tradicional que realiza Marx en el “manifiesto comunista” están lejos de ser falsedades o inventos. Esta idea se basa no solo en la descripción de profundos cambios sociales -que Marx atribuye a una clase- sino también a consecuencias no generalizables a todo lugar y momento y una prosa emocional muy fina que apela a una añoranza de una idealizada vida tradicional, más cargada de valores e ideales que de rentabilidades y productividades. Marx une sin matices capitalismo con “burguesía” como una clase contraria a cualquier tipo de aristocracia, y con el nacimiento del estado moderno. Le endilga al capitalismo -quizás no tanto él como sus seguidores- cosas que poco tienen que ver con su victoria, en especial las características y consecuencias sociales que elige resultado de la victoria de la burguesía.

Como el capitalismo es triunfante, todo lo que surge epocalmente parece ser “suyo”. Y buena parte de ello no solo no es suyo, sino su contrario.

Ahondemos un poco en el proceso diferencial entre la aristocracia -No la nobleza, la aristocracia en el sentido conceptual del término- inglesa y la francesa. Los ingleses lograron sortear, a partir de su desarrollo material e ideológico -es decir, a la versión coordinada y pujante de “capitalismo”- el problema del desarrollo y predominio del estado absolutista porque crearon algo autónomo, que creará diversos contrapesos, frente a la tendencia constante del Estado a crecer. Esto, analizado en el proceso general, les evitó necesitar del plebeyismo ideológico de los franceses, extremadamente igualitarista y centralizante, es decir, estatizante. Los hizo “libres” en una medida aceptable. No necesitaron de forjar una lógica estatista para desmembrar una “sociedad tradicional” que solo existía en la ley, en los privilegios.

En el caso francés, el proceso de “aristocidio” fue minando los contrapesos de resistencia al poder central del estado francés desde el absolutismo monárquico. Este pasaje de Furet en Pensar la Revolución es bastante interesante al respecto: “Así como toda sociedad aristocrática tiende al gobierno local, toda sociedad democrática tiende al gobierno centralizado. En una primera etapa, esta arranca el gobierno local a la aristocracia, pero se muestra demasiado débil, demasiado dividida como para ejercerlo personalmente; se lo ofrece entonces al rey, denominador común de sus intereses y de su debilidad…”

Los ingleses no necesitaron ni de una ni de otra, porque el vacío de poder no era tal -mantuvieron cierta independencia frente al poder central- y además los cambios en el origen de los factores de promoción aristocrática fueron más profundos y prematuros. Especialmente en la expansión de los resultados de las revoluciones agrícolas y técnicas que están en el origen del “capitalismo inglés”. En el caso francés el proceso es diferente, tanto en las características de su sistema político como económico, y por ello, la invocación francesa a la democracia de masas le va a costar el lastre de una “religión estatalista” visible en Robespierre, en Napoleón, en la restauración. La “religión estatalista” se va a llevar puesto, en este aspecto, al catolicismo tradicionalista, dando nacimiento a una ideología totalmente contradictoria y contraproducente para los intereses de la religión católica en occidente: el Nacional-catolicismo. Sobre ese tema volveré en otro momento.

En ese sentido, Marx le endilga a la burguesía -para endilgársela al “capitalismo”- consecuencias sociales que no lo tienen como protagonista. La “crítica” capitalista es en muchos sentidos, una crítica a la sintomatología derivada del nacimiento del estado moderno. La crítica apasionada a la “sociedad burguesa” de la primera etapa del “Manifiesto Comunista” suena para ciertas sensibilidades, muy acertada y muy heroica, pero es robada del malestar de un reaccionarismo popular.

Las posibilidades materiales que desencadenan las prácticas capitalistas engendran condiciones materiales a ser usufructuadas por sectores sociales en su disputa política, no necesariamente engendran “ideología capitalista”, automática.

Esta cuestión sobre el enfrentamiento simbólico entre “aristocracia-burguesía” va a atravesar, por ejemplo, la mirada conservadora sobre los procesos sociales, divorciando de forma algo artificial los cambios materiales (objetivos y vividos en el plano de una realidad temporal y geográfica) de los cambios sociales (presentados en un perfil más abstracta e intemporal) donde se soslaya un elemento mucho más relevante a nivel histórico que el enojo conservador del fin de la sociedad tradicional, en manos de la “sociedad burguesa”: el origen y naturaleza aristocrática y “tradicional” de la mayor parte de los “valores burgueses”. La mayor parte de estos “valores”, así también actitudes y prácticas, son valores originariamente nobles, “aristocráticos”, tanto en su manifestación práctica como en el origen conceptual e ideológico de los mismos -pienso, por ejemplo, en la actitud sobre la preferencia temporal de las diferentes aristocracias occidentales, sean estas nobles o burguesas- y otros van transformándose y democratizándose a mayores sectores en la medida que la nueva realidad material que los hace posibles. Es decir, se expanden y cambian por obra de las posibilidades del capitalismo, y no por una nueva ideología burguesa.

Tiendo a ser muy escéptico sobre la idea que la “sociedad burguesa” es la victoria de los valores del “comerciante”, del “mercader” exclusivamente, en contraposición a la del “guerrero y el sacerdote”, acusación típica de la nobleza “a la polaca”, de buena parte del conservadurismo occidental y, posteriormente, del nacionalismo de derechas, que traerá consecuencias y generalizaciones sumamente nefastas.

En mayor o menor medida, la aristocracia inglesa, francesa, alemana, es noble y burguesa a la vez. Y no porque en un proceso evolutivo “salte” de un estado a otro a partir de la adquisición de una serie de habilidades o características, sino que en sí lo que cambia es el escenario material y social en donde se manifiestan sus características, y estos se tornar, en general, sin retorno. Los límites de su “legado cultural” son bastante difusos, e incluso, ficticios. Y buena parte de esa división artificial entre el legado cultural aristocrático y el de las diversas formas de lo “burgues”, es un “afrancesamiento” ideológico que tenemos, porque los franceses aplebeyaron su discurso, debido a la especificidad de su proceso histórico.

Así, buena parte de la sensibilidad conservadora y reaccionaria acusara a la “burguesía” de implantar una cultura que, en sí, no le es ajena. Con el derrumbe jurídico del Antiguo Régimen perdió en la ley su lugar, pero la cultura burguesa es tan heredera de lo “noble” como de lo “mercantil”: El legado cultural de la aristocracia vive en los valores “burgueses” más que en cualquier otra cultura de “clase” occidental. En el Manifiesto Comunista, Marx parece utiliza malestar reaccionario para soliviantar espíritus tradicionales, quizás porque es lo que mayormente hay entre el campesinado devenido en obrero de su época.

Existe una tendencia a no considerar y despreciar la importancia en el proceso histórico de Europa occidental de la ideología estatista, de la tendencia al estado a volverse absoluto. Si observamos el salto material de Europa, proto capitalista, entre el siglo XI y XVI (obviando la crisis del siglo XIV) en todos los aspectos (producción, técnica, demografía, riqueza), configurado en una época mayormente “feudal”, no encontramos aquí un centralismo mayor a las épocas que vendrán después.

La consolidación de las practicas económicas que hoy se denominan “capitalistas” -y que, acertadamente, Caroll Quigly denomina como “ideología europea”- y que representan una construcción ideológica y una práctica social, serán la base de los cambios institucionales y políticos del futuro europeo, y en consecuencia, occidental.  Este proceso de cambio en las formas de entender y ejecutar las actividades económicas y sociales, esta herramienta material nueva, a la larga podría ser utilizada por los reyes para consolidar su poder. Es decir, que la relación es contraria a lo que los propagandistas de la ideología estatista promueven. No es el poder político-estatal en tendencia centralizada el que impulsa los cambios tecnológicos y materiales, sino que son los cambios tecnológicos y materiales a disposición del poder del estado en tendencia a centralizarse el que los utiliza para la consolidación, allí donde puede y vence, de su predominio absolutista.

Más alimento, más gente, más dinero y más armas -especialmente las armas de fuego- significó mayor capacidad bélica de control sobre una población demasiado “dispersa” en la perspectiva del poder estatal. El éxito del absolutismo francés, por ejemplo, radico en que los ejércitos del rey fueron dominantes sobre la población y poderes locales, y sobre su capacidad de defenderse. Allí el poder del estado se acrecentó hasta volverse “absoluto”. La erradicación de los contrapesos de poder al estado centralizado se debió a que este usufructuó la técnica a su favor. No que impulsó la técnica a desarrollarse.

Es interesante en este punto, la mirada que plantea Carol Quigly con respecto a la incidencia de las armas en la relación sociedad-poder, o quizás más específicamente descentralización política- centralización política. En este sentido, este autor -que aparece en nuestra revista en una inédita traducción al español- sostiene que “en 1830 la democracia estaba expandiéndose rápidamente por Europa y América. En ese momento, el desarrollo de las armas llegó a un punto en que los gobiernos no podían conseguir armas que fuesen mucho más eficientes que las que podía obtener cualquier individuo. Más aun, los individuos podían obtener buenas armas, porque tenían un estándar de vida suficientemente alto como para comprarlas (como resultado de la revolución agrícola), y porque tales armas eran baratas (como resultado de la revolución industrial). Para 1930 (y mucho más para 1950) el desarrollo de las armas había avanzado hasta el punto que los gobiernos podían obtener armas más eficaces (bombas, tanques, lanzallamas, gases venenosos, etc.) que las que podían obtener los individuos. ) Cuando la técnica y la riqueza dio otro salto cualitativo, los individuos lograron emparejar las Armas con los estados. Así los Yankees pudieron sacarse de encima a los ingleses. Es una época de fragmentación del poder en muchos lugares…” La relación entre acceso expandido y monopolio técnico de la violencia y proceso de concentración del poder parece tener un rol importante en la conformación de los estados modernos y la naturaleza del poder estatal. Si extendemos el razonamiento de este autor, podemos comprender que, con el siguiente empuje técnico, las armas se volvieron generalmente inalcanzables para los ciudadanos, y la relación bélica estado- sociedad del volvió a disparar, volviendo el estado a dominar. Es la época de las guerras mundiales.


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