CONTRARRELATO

Por Martín Aguirre

«¡Espero no empiecen los medios amarillistas a sembrar
pánico por esta rareza!”
Este fue el comentario del prestigioso médico argentino Oscar Cingolani,
investigador de la Universidad Johns Hopkins, tras la noticia de un caso de
supuesta “reinfección” con coronavirus en Hong Kong. ¿Sabe qué? Pasó lo
que temía.
En los días siguientes todos los medios gastaron chorros de tinta alertando
que esta noticia era una cachetada a los que hablaban de que la epidemia se
acabaría cuando suficiente cantidad de gente contrajera el virus. Y otros
especularon con que esto era el fin de la esperanza de una vacuna
salvadora. Si los anticuerpos no protegen, las vacunas no servirían. A poco
que uno lee, ve que esto es todo una exageración. Un caso aislado, un
estudio que aún no se publicó, una mutación como pasa, por ejemplo, con la
gripe. Lo cual no obsta que haya vacunas contra eso.


Todo esto viene a cuento porque esta semana, a invitación de los amigos del
CED, participamos de una charla con el periodista argentino Daniel Hadad,
hablando sobre el rol de los medios en la pandemia. La postura del autor de
estas líneas fue muy crítica al respecto, señalando que hemos subestimado
a los lectores, que hemos agitado el miedo en exceso, que en algunos casos
hemos permitido que se nos use para justificar políticas ineficaces, que
golpeaban libertades y a la economía. Y que cuando pase el tiempo, y
hagamos balance, seguramente nos demos cuenta que muchos de los
efectos más negativos que dejará este triste período de la historia, serán
más atribuibles al pánico generado a nivel de la comunicación, que al daño
causado por el virus.


Usted dirá: “este tipo se volvió loco. ¿No ve lo que está pasando en
Argentina? ¿En Brasil?”. No descartamos lo primero. Pero si tenemos a los
peores de la clase al lado, es fácil perder la perspectiva. Ahora, déjeme
mostrarle algunos datos.


Si mira los informativos, habrá visto hasta el cansancio como la pandemia
crecía imparable en EE.UU., en Brasil, y esta “segunda ola”, que aterroriza a
Europa. Pero si va a los números fríos, verá que hace ya un mes que tanto
en casos, como en muertos, EE.UU. y Brasil vienen en bajada drástica. ¿A
que no vio eso en la TV? Es más, en materia de casos de covid, desde el pico
del 30 de julio, a nivel mundial ya se está dando una caída en las
infecciones. Que si no fuera por India, un llegado tardío al problema, los
números serían todavía mucho más notorios al respecto.
En materia de muertes, es parecido. Sí, en Europa hay un rebrote de
infecciones. Pero si uno mira a España, por ejemplo, en el pico de la
pandemia llegaron a morir mil personas en un día. ¿Sabe cuántos murieron
el viernes? Quince. ¿Justifica los titulares de pánico?


Es más, uno de los roles que tiene que cumplir la prensa, es dar contexto a
la información. Por ejemplo, ayer en todo el mundo se cree que murieron
5.500 personas de COVID-19. Si yo le digo ese número, usted dice “¡wow!,
¡esto es terrible!”. Ahora lo que le falta saber es que por día en el planeta
mueren 150 mil personas por distintas causas. La mayoría (50 mil
aproximadamente) por enfermedades cardiovasculares. Siete mil por
“demencia”. Y lo más parecido al covid son las enfermedades “neonatales”.
¿Acaso esto significa que el virus no sea grave? No, de ninguna manera.
Ahora, ¿se justifican algunas medidas que tienen impacto económico y
psicológico cruento sobre millones de personas? Tal vez en febrero cuando
el tema era nuevo y no se conocía bien la enfermedad. Pero ¿ahora?
Lo peor de esto fue el comentario de un joven periodista al que le transmití
esta inquietud hace unas semanas. “Pasa que si nosotros relativizamos esto,
la gente no se va a cuidar”. ¿Desde cuando el rol de los medios es ser niñera
de la población general? Ahí vemos el daño que ha hecho a esta profesión,
la infiltración de parte de activistas, que llegan no por vocación de trabajar
en ella, sino de cambiar la realidad usándola como medio. Otra
consecuencia indeseable de la debilidad económica que padecen los medios
de prensa en esta transición digital turbulenta.


Ahí está un poco el eje del problema. Lo que la sociedad en general, y los
políticos en particular no terminan de entender, es que la comunicación
global hoy, a partir de la ruptura generada por las plataformas como
Facebook y Google es un verdadero mar revuelto. Donde ganan los
agitadores e inescrupulosos. Donde los que buscan trabajar con
responsabilidad, quedan a la deriva en un ecosistema que privilegia el
escándalo y el miedo. Donde sin medios fuertes que puedan bajar la pelota
y ordenar el debate, las pasiones populares azuzadas desde las redes,
potencian a los políticos “chantas” y a los fanáticos. Esperar que las
plataformas se encarguen solas de regular eso, es una ingenuidad.
Mire, hace dos meses que le reclamamos a Google que “baje” una
publicidad que nos coloca en nuestro sitio web, que usa nuestro logo y a
Suárez o Tabaré Vázquez para engañar gente. Y dicen que no han podido.
¿Es creíble que el todopoderoso Google no pueda con eso? Tómelo como
muestra.

(*) Columna publicada originalmente en El País, Montevideo, 30 de agosto de 2020. Reproducida con permiso expreso del autor.

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