ENSAYO

Cuenta de muertos en los noticieros de televisión, en todas las redes sociales, en los sitos de noticias, en las radios, en los sitios de los principales periódicos del mundo. Pura pornografía. Pornografía permanente.

Por Mauro Baptista Vedia
Abril 15, 2020

El covid 19 o coronavirus y cuarentena total, recomendada por la OMS, surgen para el gran público casi al mismo tempo. Cuando los medios de comunicación nos informan sobre este nuevo virus que apareció en China también nos cuentan sobre como este país aisló toda una región, imponiendo a su población rígidas reglas de aislamiento social.
Viernes 14 de Marzo de 2020.“Olá Mauro, tudo bem? Vamos passar um fim de semana na praia na casa de uma amiga? A mãe dela se instalou na casa de praia e foi fazer a quarentena?”

Vivo en Sao Paulo desde los años 90, donde trabajo con cine y teatro. Antes viví en Rio de Janeiro, donde fui periodista. La invitación a pasar un fin de semana en una casa de playa fue el primero efecto concreto del virus en mi vida. Un fin de semana estirado que parecía ser parte de una de las películas de la última fase de  Woody, algo estilo Matchpoint. Sin embargo, poco imaginaba que mi cotidiano iría a mutar rápidamente, de una comedia de costumbres para algo más obscuro y dramático. 

Yo experimenté el covid-19 y la gran alarma lanzada por la OMS y medios de comunicación simultáneamente. No me acuerdo de una fase cool de información sobre el tal corona-virus. El tono siempre fue hot, urgente, al rojo vivo, algo como el cine catástrofe de los años setenta. Y poco después, una gran novedad, hija de internet: la cuenta en tiempo real del número de muertos, en todo el mundo, país por país. Cuenta de muertos en los noticieros de televisión, en todas las redes sociales, en los sitos de noticias, en las radios, en los sitios de los principales periódicos del mundo. Pura pornografía. Pornografía permanente. En nuestros computadores, Pero sobre todo en nuestros celulares inteligentes. Antes de ir a dormir, al despertar, mientras estamos en el baño, al almorzar, al hablar con nuestra familia, uno mira a su aparato, y ve, en e la cuenta en tiempo real del número de muertos. Muy sano. Qué lindo como ver como la humanidad se preocupa por sus integrantes.

Prensa, OMS, Covid -19, discursos de seudocientíficos hablando de algo de lo cual la mayoría de la gente (nosotros) no tiene ni idea. Un virus que es nuevo, amenazador y desconocido, un enemigo invisible. El enemigo de todo el planeta. Y yo que pensé que iban a ser los extra-terrestres. La tal cuenta en tiempo real del número de muertos generó un sólo efecto: miedo, mucho miedo. Miedo y , en muchos casos, pánico.

Delante de este panorama, antes de que en Brasil y en varios otros lugares se hubiera polarizado y dicotomizado el tema, lo primero que atiné a pensar fue algo así: “este virus es debe o puede ser peligroso. Pero la forma como es abordado por la OMS y los medios de comunicación no cierra. Acá falta lógica. Faltan datos coherentes. Y la solución del encierro global de la población como única solución me rompe… me rechina.  Si bien el contagio es muy rápido, la letalidad es muy baja. Y es obvio que la cuarentena va llevar a la miseria a mucha gente que vive al día, en la economía informal, y a arruinar los pequeños y medianos negocios, las empresas familiares, algunos de los cuales llevaron el esfuerzo de varias generaciones”.

El viejo combate entre el gran capital y el trabajo, o entre el gran capital y los capitales chicos, entre lo global y lo local.

Domingo 15 de Marzo. En la casa de playa. Litoral norte del estado de São Paulo. Me despierto de una siesta, hábito poco común en los brasileños. Todos los integrantes de la casa, Laura, mi actual pareja incluida, habían estado mirando los noticieros de la televisión. El clima es de alarma. El hermano mayor de la familia me habla en un buen castellano.

“Mauro, nos vamos a quedar aquí en la playa, aislados, en cuarentena. Vos y Laura, claro, están invitados. Laura es ya parte de nuestra familia. Acá nos quedamos lo mínimo un mes, talvez dos. A São Paulo no volvemos.”

Agradezco, pero respondo que tengo que volver a São Paulo, por diversos compromisos.  También para ocuparme de dos gatas que tengo, herencia de mi último casamiento, detalle que evito mencionar. Noto también que no traje ni ropa, ni mi notebook, ni algunos libros, como para quedarme un mes, o dos. Tampoco conozco bien a la familia, amiga de mi pareja. O sea que agradezco la enorme hospitalidad y generosidad, pero decido volver a mi hogar, un apartamento en la zona central de Sao Paulo,  muy cerca de dos hospitales, algo acorde con los tiempos, con dos de los principales cementerios de la ciudad a pocas cuadras.

Laura y yo salimos a caminar por la playa para conversar y calmarnos un poco. Lamento que no sea una película de Hollywood y que no estemos en Malibú, hablando de amor, sino conversando de algo parecido a una guerra. Después de mucha charla, los dos decidimos volver a São Paulo, pasar dos días en la ciudad y después ir a una casa en el campo, interior de São Paulo que tienen los padres de Laura. No sé si en dos días puedo solucionar mis cosas, argumento. Tengo miedo, me responde Laura. No tanto por mí, pero por mi única hija. Mirá si se contagia en el edificio? No sé lo que decir. Al otro día, me despierto y le digo que se quede con su hija en la playa, donde va a estar mucho mejor que encerrada en su apartamento. Yo vuelvo para São Paulo. Vamos conversando.

Vuelvo al virus. A comienzos de marzo, había unos tres, cuatro mil muertos, en un planeta habitado por más de siete mil millones. La única solución que los medios de comunicación y la OMS proclaman es la cuarentena. Argumentan que como no hay vacuna para el nuevo virus hay que aplanar la famosa curva para que no colapsen los hospitales. Observo que en la televisión no hay ningún debate, ningunas explicaciones con fundamentos, cero contextualización de las noticas, poco o ningún espacio para un virus del que poco se sabe. En la prensa escrita hay más espacio, pero aún así veo que el 95% por ciento de los artículos repiten las recomendaciones de la OMS: la necesidad de aplanar la curva, con el aislamiento social, y la recomendación de que todos los países hagan una cuarentena. Recibo un audio del médico argentino Pablo Goldsmith que me envía mi amigo  Enrique. Leo prensa de varias partes del mundo (Brasil, Argentina, Estados Unidos, Uruguay y España, fundamentalmente), investigo en internet, y sumado a los muros de algunos colegas en facebook (Aldo Mazzuchelli), más la columna de Sarthou, tengo acceso a más material y a otras opiniones.

Llamo a mi pareja, Laura, que se quedó en la playa. Está muy asustada por la situación. Piensa en prolongar indefinidamente su estadía en la playa. Tiene una hija de cinco años. Tiembla, naturalmente, sólo de pensar en la hipótesis de que su hija contraiga el virus. Teme también, que por el colapso de salud anunciado para abril, ella no tenga lugar en el hospital si cae enferma. Le digo que por su edad, algo más de 40 años, talvez no tenga síntomas. Discutimos. Ella me dice que yo no quiero reconocer el problema. Yo argumento que no voy a caer en la trampa de sentir miedo. Hace unos años tuve una complicación seria de salud y el miedo que tuve me generó otra complicación. En lugar de una cirugía, fueron dos. La relación, que ya tiene casi un año, se estremece.

 “olá Mauro. Querido, sabe aquele texto teu de teatro que eu ia montar? Vamos deixar para depois? Estou fechada aqui na minha casa, tendo que demitir funcionários. Já perdi 30 por cento dos meus clientes.

Claro Katia, querida. Se cuida. Falamos depois que tudo isto passar.”

La obra es un texto original mío que pensaba montar este primer semestre. Tres actores, una pareja, y un sicoanalista uruguayo. La actriz principal iba a asumir la producción del espectáculo. Su principal ingreso son unas tres locales de enseñanza de inglés, una franquía. Se me cae otro proyecto. Existirá el teatro, arte tan importante en Sao Paulo, cultural y socialmente, después de esa crisis? Trabajo en eso desde el 2007 y es una de las principales razones que tengo para seguir en esta ciudad. 

Sigo pensando que la alarma, el miedo y el pánico generalizado y el argumento humanista no bastan para justificar una cuarentena que tendrá terribles consecuencias sociales y económicas, y que sobre todo, perjudicará a una enorme e masa de trabajadores. Me parece que falta aprovechar esta crisis para discutir la salud pública y privada en Brasil. Y compararla con otros países. Ver lo que funciona y lo que no funciona. Vivo en Brasil hace treinta años y sé que mueren aquí más de sesenta mil personas por año, producto de la violencia (crimen, asesinatos de la policía). Toda muerte es una pequeña tragedia. Cada vida importa. Pero también sé que la muerte es algo inexorable y que forma parte de la vida. Leo en el muro de Aldo que todos los días mueren 150 mil personas por día en el mundo.

 “olá, hoje, quarta-feira, acredito vai ser nosso último encontro do grupo de Meditação e Oração. O governo vai proibir todos os eventos, inclusive as reuniões religiosas. O curso sobre Esoterismo e estudo de Religiões também vai ser fechado.

“Sério?”

“Sim, nós queríamos evitar a presença de pessoas de mais de 60 anos, o grupo de risco, mas não tem o que fazer.

“Entendo”.

“Vamos igual fazer cada um na sua casa nossas meditações e orações.”

“Claro.”

“Isto será un test de nossas forças internas.”

Hace años participo de un grupo de meditación y de oración, con otras noventa personas. También soy alumno de un curso de Esoterismo y estudio de las religiones. Frecuento casas espíritas, participo de encuentros de meditación, estudio el chamanismo. Cosas que cambiaron mi vida desde hace unos años. Vivir en Brasil de una forma totalmente atea y racionalista, como yo lo hacía, es un desperdicio. El desarrollo de una espiritualidad abierta y sincrética, sus aplicaciones en sicoterapias alternativas y medicinas holísticas, son  talvez de las mejores cosas de vivir en São Paulo. Un lugar donde la espiritualidad afro-brasileña convive con las culturas indígenas y encuentra la filosofía oriental, en una ciudad con parte importante de sus habitantes de origen japonés. En el grupo de Meditación y Oración, hace tiempo que, alertados por la Astrología, esperábamos un 2020 terrible, de mucho dolor y de muchos cambios. Lo que yo no esperaba era que el alcance de la crisis fuera tan amplio al punto de trastornar completamente mi vida. Nunca pensé que de repente iba a perder mi libertad de ir y venir a donde fuere, de ir a un bar, a restaurant, a un cine, al teatro, a cafés, panaderías, ferias orgánicas. Todos estos lugares están cerrados. Jamás pensé ser vigilado por mi celular, como ya pasa en el Estado de Sao Paulo, donde se rastrea a los celulares para saber cuantas personas siguen las recomendaciones de encierro. Esto es constitucional?

La cara externa de mi lado Herman Hesse/ Alan Watts de São Paulo, sufre una derrota. Prohibición del derecho de reunión. Prohibición de ceremonias religiosas o espirituales. Prohibición de frecuentar cursos libres. Limitaciones serias de lugares a donde ir.

El viernes 18 de marzo hice mi último paseo al barrio oriental de Liberdade. Voy una vez por semana, otra costumbre que adopté para humanizar mi vida en São Paulo. Siempre en el subterráneo. Esta vez llevo alcohol gel y tengo mucho cuidado en el subte.  Me equilibro en el vagón, con las piernas bien abiertas, para no agarrar los soportes. Tengo algo de temor de desplomar mis 95 quilos arriba de una mujer.

Llego a la plaza. El barrio está abarrotado, como siempre. En esos paseos, acostumbro comprar cosas como tofu, jengibre y otras cosas orientales, en tiendas de la comunidad japonesa. A veces pago también un masaje rápido de shiatsu. Almuerzo en un restaurant de comida japonesa caliente, barata y popular, lleno de olor a frituras. Como un maravilloso y barato pollo al ajedrez. Termino el paseo en un café con decoración que hace acordar a Nueva York, donde hay unos postres de inspiración nipona que valen el paseo. Me vuelvo preocupado, limpiándome las manos una y otra vez, sin sospechar que será la última vez que vaya al barrio en mucho tempo. Pienso ahora que escribo estas líneas, como harán para sobrevivir ahora los vendedores de comida ambulante, los mendigos, los vendedores de flores en la calle, los empleados de las tiendas, restaurants, cafés, la tienda de productos de Umbanda y Candomblé, las cocineras de comida bahiana callejera, las adivinadoras de tu destino.

Cuando vuelvo a mi casa, veo en mi email que el club deportivo y social que frecuento recién cerró sus puertas totalmente. Primero fue la sauna, dos días después las clases en ambientes cerrados, después la piscina, ahora el todo el club. Pienso en las razones que justifican no poder caminar entre sus árboles, darse un chapuzón en la piscina. Antiguo club inglés decadente, un lugar que me recuerda al Rio de la Plata, es otro oasis importante en mi vida cotidiana que me costó mucho construir que cae fulminado por las medidas de aislamiento social. La meditación, el curso sobre esoterismo, las saunas casi diarias, las clases de yoga, eran piezas fundamentales para disminuir el estrés, poder dormir bien, tener una salud mínimamente razonable. Eran también lugar de encuentro de gente conocida, de amigos.

Las medidas de aislamiento social para combatir el Covid-19 impiden cualquier tipo de reunión, clases, cursos, eventos. La libertad de libre asociación, cultural, deportiva, religiosa, dejan de existir, supuestamente temporariamente. Recién leo que una “gente” de la revista Science dice que esto puede o debe seguir hasta 2022.

En estas últimas cuatro semanas he alternado entre la duda, el miedo, la rabia, la confusión, el rechazo, la tristeza, frente a este fenómeno del covid-19 y su tratamiento mediático. Fue muy difícil ver en la televisión una explicación racional, calma, lógica. Algo que explicase que la cuarentena era necesaria para que no hubiese demasiados casos de internaciones y que, al no haber camas y lugares en las UTIS, hubiese un genocidio. Mi pareja Laura, me  dice para ver una entrevista en vídeo a Ciro Gomes en su página del Facebook.  Apoyado en las previsiones del Imperial Collegue, Ciro me convence de la gravedad de la situación y cita cifras y contextos. Sigo sin oír o ver en la prensa comparaciones entre un país y otro, explicando que en realidad esto es casi un test sobre la salud pública de cada país. En ese sentido, mi país de origen, Uruguay, es un ejemplo de un sistema de salud que funciona. Ya Brasil, presenta una realidad bastante heterogénea. Desde 1988, Brasil tiene un sistema único de salud pública, que atiende una población de 210 millones de habitantes, con buenos resultados. Pero demasiados seguros de salud privados con poco control estatal. Esta crisis trae al debate que este sistema de salud está sufriendo, desde hace algunos años, fuertes cortes en su presupuesto. No sólo en el gobierno de Bolsonaro o el gobierno de Temer, sino desde el segundo gobierno de Dilma Roussef. Dilma, la presidenta que fue injustamente destituida por la misma prensa que catapultó a Bolsonaro y que ahora se opone a cualquier cosa que el actual presidente diga o haga. Descubro que las previsiones de número de víctimas del Imperial C. fueron revisadas para abajo por la misma institución. Ya no hablan de hasta dos millones de muertos en Estados Unidos y uno en Brasil, sino de entre 20 y 500 mil muertos en Estados Unidos. Vuelvo a cuestionar la cuarentena.

Llega el fin de semana. Me encierro en mi apartamento. Veo mi agenda y constato que la muestra sobre Fellini en un conocido cine a precios muy baratos que pensaba frecuentar también cae. El teatro que frecuento hace anos, donde he dirigido varias obra cortas, hecho amigos y conocido gente interesante, un refugio al anonimato de la gran ciudad, también cierra. Me pregunto cómo sus dueños, que pagan un alquiler caro y que están siempre al borde de cerrar, harán para sobrevivir y no cerrar el teatro. Varias obras bajan de cartel. Lo mismo otros tantos cursos de actuación, dramaturgia y guión, ofrecidos en el teatro. También ahí yo planificaba dar un curso, por julio o agosto. 

Sábado 21 de Marzo. Audio de whattsap. “Olá, Vedia, tudo bem? Escuta, vamos repensar o curso de interpretação para atores que você ia ministrar durante dois fim de semana em abril? Vamos pensar em Maio ou Junho?”

Me parece mejor, por lo que veo, en Abril será imposible, respondo, en portugués. Se caía un curso en lugar que es una referencia en São Paulo. Un curso que estoy preparando hace seis meses. Y que me iba a pagar las cuentas de un par de meses e iba a derivar a otro curso, que uniría clases de actuación con el montaje de una obra original, realizada en proceso creativo de colaboración colectiva con los alumnos. Trabajo para todo el segundo semestre de 2020.

Cuanto más leo, más patético me parece en general el papel de los medios de comunicación y del periodismo, con excepciones. El gran destaque son los noticieros de la televisión. Grotescos. Lo único que hacen es sembrar el pánico, expandir el terror, generar un miedo incalculable. Repiten una y otra vez las mismas ideas básicas, los mismos números, los mismos datos inconsistentes, las mismas frases destinadas a crear el terror. “En Italia se escoge quien vive y quien muere”. Cuantas veces escuchamos esta frase? Y de nuevo, la cuenta morbosa de cuantos muertos por dia, en Italia, en España, en Estados Unidos.

Aclaro. No soy médico. Pero fui periodista. De algunos medios importantes, como la Agencia France Press, agencia UPI, CBS/Telenoticias, Radio Sarandi. Hice notas free lance para CNN, radios de Méjico, UPI. 

Me quedo en São Paulo, solo, con mis libros. Decido ver muchas películas y series en streaming. Veo series y films hasta altas horas de la madrugada. Me levanto después del mediodía. Empiezo a comunicarme con video llamadas con amigos y con mi pareja. Después de tres días encerrado, no aguanto más y salgo a caminar media hora por día en una avenida rodeada de árboles. Llevo siempre alcohol en gel. Me siento un fuera de la ley. Mi panadería favorita donde un par de veces por semana tomo un café y leo el diario sentado en una mesa, esta casi cerrada. Puede vender pan y cosas para llevarse. Pido un café para llevar y lo tomo en un vaso de plástico, sintiéndome una mezcla de transgresor con un idiota.

Me parece obvio que hay claro por parte de la OMS una estrategia de generar el pánico para después proponer automáticamente una solución que hubiera sido inimaginable meses atrás: la cárcel domiciliaria de gran parte de la población mundial, la renuncia a todas las libertades y a la vida en sociedad. Los medios de comunicación se suben al carro y descubren que sus ratings aumentan alucinadamente durante esta crisis. Cuánto durará esta pesadilla?

Primera semana de encierro. Sao Paulo está desierta. Es una ciudad fantasma. La maratón de series, películas, la lectura diversa de libros en papel y en libro digital, provocan un aumento exagerado de mi actividad mental. Empiezo a tener insomnio. Oscilo entre la rabia y la tristeza, la indignación y la melancolía. Dejo de sentir a mi cuerpo. Sólo soy mente. Decido entonces salir media hora a caminar en plena hora del sol. El panorama mejora algo. Llamo a Laura. Le digo que no aguanto más. Que o vamos a la casa de los padres al interior o me voy a Uruguay, de alguna forma. Le digo que la voy a buscar en la casa de playa. Ella me dice que es un disparate porque son tres horas de ida y otras tres de vuelta, ya que en la casa no me van a dejar entrar porque están en cuarentena. Digo que no me importa. Me pide un par de días para pensarlo. 

Un trabajo importante para el segundo semestre de 2020 queda en suspenso. Todo lo que es administrativo o no anda o anda a paso tortuga porque la gente no sale de sus casas. Pienso que o sale para agosto o talvez se atrase un semestre. Toda la gente que trabaja con cultura y o educación teme que ahora casi todo se paralice debido al Covid-19. Que los fondos de cultura y de educación sufran todavía más cortes por parte del gobierno con la excusa de la lucha en el combate al enemigo único. Sigo alternando entre la confusión, la indignación, la duda, el miedo, la rabia y una cierta depresión.

Segunda semana. Dejo de ver noticieros de televisión. Sigo viendo series y películas, en general todas comedias, para combatir el ambiente de pesadilla planetaria. Termino cinco temporadas de una serie espectacular, una comedia, que era un oasis en este vacío cotidiano bajoneante. Laura me llama. Semana que viene ella va de la playa a su casa en el interior, sin pasar por Sao Paulo. Me pide que haga compras en el supermercado. Y que vaya a su apartamento y le lleve dos valijas de ropas. No quiere pasar por Sao Paulo porque tiene miedo de contaminarse. Me dice que me lleve mis dos gatas a la casa de campo. Decido transformar mi rabia en acción. Paso los próximos cinco días llenando la camioneta de provisiones, haciendo compras con extremo cuidado, con alcohol gel, manteniendo dos metros de distancia con las personas. La falta de televisión mejora mi estado mental y emocional.

Martes 7 de Abril.  Salgo de mi apartamento dirección de la pequeña ciudad de San Roque, interior de Sao Paulo. La camioneta llena de valijas y compras de supermercado. Llevo una maleta chica con mi computador y una decena de libros, más el libro digital. El plan es aislarnos por lo menos dos meses. Me reencuentro con Laura y su hija, después de tres semanas sin vernos. Hace meses que estamos juntos. El Covid-19 y la cuarentena amenazó separarnos. No lo logró. Aquí salgo a caminar, retomo el contacto con la naturaleza, y leo muchísimo. Mi poder de concentración vuelve. Retomo con fuerza las meditaciones y oraciones. Estoy más en paz. Ahora no alterno entre duda, rabia y tristeza.  Ahora tengo más calma. E indignación. Sigo sin ver televisión.

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