Ensayo

Por Emil Cioran

Quien pertenece orgánicamente a una civilización, no sabe identificar la naturaleza del mal que la mina. Su diagnóstico apenas cuenta; el juicio que sobre ella forma, también le concierne; tiene para con ella miramientos nacidos de su egoísmo.
Más desasido, más libre, el recién venido la examina sin cálculos y capta mejor sus desfallecimientos. De ser necesario, aceptará perderse si ella se pierde, comprobar sobre ella y sobre sí, los efectos del fatum. Ni posee ni propone remedios. Como sabe que no es posible cuidar del destino, no se erige en curandero de nadie. Su única ambición es estar a la altura de lo Incurable …

Los países de Occidente hasta ahora se han suscrito, luego de comprobar la acumulación de sus éxitos, a la tesis de la marcha racional de la historia. No es nada extraño puesto que ellos hacían esa historia. En cuanto al progreso no podían degradarlo a mito puesto que se consideraban sus agentes. Les faltaba el sentido de la fatalidad, que al fin comienzan a adquirir, aterrados por el eclipse que los acecha, por la perspectiva de su postración. De sujetos que eran, helos convertidos en objetos: están haciendo su experiencia capital, la de la opresión del tiempo. ¿Qué más necesitan para perder la ilusión de poder modelar su vida? Hasta el presente, esa ilusión, causa de su apogeo, de su admirable megalomanía, los había cerrado para lo irreparable. Hoy están tan conscientes de esto, que miden la estupidez de un espíritu por el grado de su apego a las finalidades de la historia. ¿Puede haber algo más normal desde el momento en que la historia se verifica en otra parte? Nos sacrificamos ante los acontecimientos mientras somos autores de su iniciativa; si nos los infligen, nos desviamos de ellos. Y por menor que sea el recuerdo que conservamos de una antigua supremacía, soñamos todavía con sobresalir, aunque sea gracias al desorden.

Francia, Inglaterra, Alemania, dejaron detrás de sí su período de expansión y de locura. Es el fin de lo insensato, el comienzo de las guerras defensivas. No más aventuras colectivas, no más ciudadanos, sino individuos descoloridos y engañados, todavía prontos a responder a una utopía, siempre que les venga de afuera y que no tengan que tomarse el trabajo de concebirla. Si antes morían por el sin sentido de la gloria, ahora se abandonan a un frenesí reivindicativo. La “felicidad” los tienta; es su último prejuicio, del que extrae su energía ese pecado de optimismo que es el marxismo. Enceguecerse, servir, sacrificarse al ridículo o a la estupidez de una causa, son extravagancias de las cuales ya no son capaces. Cuando una nación comienza a envejecer, se orienta hacia la condición de masa. Aunque disponga de mil Napoleones, igual se rehusará a comprometer su reposo o el ajeno. ¿Cómo aterrorizar a los vecinos o al mundo, cuando los propios reflejos hacen flaquear las piernas? Si todos los pueblos estuvieran en el mismo grado de fosilización, o de cobardía, se entenderían fácilmente; un pacto entre ruines sucedería a la inseguridad… Apostar sobre la desaparición de los apetitos guerreros, creer en la generalización de la decrepitud o del idilio, es ver lejos, demasiado lejos: es la utopía, presbicia de los pueblos envejecidos. Los pueblos jóvenes, a quienes repugna buscar la escapatoria mediante una añagaza, ven las cosas desde el ángulo de la acción; su perspectiva es proporcional a sus empresas. Sacrifican la comodidad a la aventura; la felicidad a la eficacia. Son intolerantes, no admiten en absoluto la legitimidad de las ideas contradictorias, la coexistencia de posiciones antinómicas; sólo quieren aminorar nuestras inquietudes por medio … del terror. Inclinémonos ante la evidencia: una
nación realiza grandes cosas sólo en sus épocas de intolerancia. Imperialismo romano, cruzadas, conquista española, las guerras de la Revolución y del Imperio, y las de nuestro siglo: salvajismo disfrazado de ideal. Lo que cuenta en un pueblo joven no son sus sueños, sino sus reflejos. ¿Adopta una ideología? Ésta aviva su furor, hace valer su fondo bárbaro, y le mantiene despierto. ¿Son los pueblos viejos los que adoptan una? Ella los entumece: es su opio. Sólo les proporciona esa mínima fiebre por la cual pueden creerse en cierto modo vivos: ligero brote ilusorio …

Una civilización existe y se afirma cuando es susceptible de un acto de provocación universal. Se desmorona en cuanto deja de ser un foco de errores y de ficciones. Sus momentos culminantes son momentos temibles durante los cuales prodiga sus fuerzas en vez de almacenarlas. Deseosa de extenuarse, Francia se ha empeñado en prodigar las suyas, y lo ha conseguido ayudada por su orgullo y por su celo agresivo (¿acaso no ha hecho en mil años, más guerras que país alguno?). A pesar de su sentido del equilibrio -sus mismos excesos fueron afortunados- no podía alcanzar la supremacía sin detrimento de su sustancia. Hizo su puntillo de honra del agotarse. Enamorada del escándalo ideológico, de la fórmula,
de la idea explosiva, puso su genio y su vanidad al servicio de todos los acontecimientos sobrevenidos en estos últimos diez siglos… y hela aquí, después de haber sido una primera figura, resignada, temerosa, rumiando pesares o aprehensiones, y descansando de su brillo, de su pasado. Huye de su rostro y tiembla ante el espejo. .. Las arrugas de una nación son tan visibles como las de un individuo.

Cuando se ha hecho una revolución, luego no se desencadena otra tan importante como la primera. Si durante largo tiempo se ha sido árbitro del gusto, una vez perdido el lugar, por nada se intenta reconquistarlo. Cuando se desea el anonimato, fatiga servir de modelo, ser seguido, remedado: ¿por qué mantener todavía un salón para divertir al universo?
Francia conoce demasiado bien esas perogrulladas de la fatiga como para repetírselas. Nación del gesto, nación teatral, amó su representar de igual modo que lo amó su público. Abrumada por su papel, quiere abandonar la escena. Sólo aspira a los decorados del olvido.

Desde que abandonó sus designios de dominación y de conquista, la mina el pesimismo. Éste, azote de las naciones en plena defensiva, devasta su vitalidad; en vez de defenderse, lo toleran, habituándose hasta el punto de no poder prescindir de él. Entre la vida y la muerte, encontrarán siempre espacio suficiente como para escamotear una y otra; para evitarse el vivir, como para evitarse el morir. Si han caído en una catalepsia lúcida y sueñan con un statu-quo eterno, ¿cómo reaccionarán contra la oscuridad que las asedia, contra el avance de opacas civilizaciones?

Si queremos saber qué ha sido de un pueblo, y por qué es ahora indigno de su pasado, nos bastaría examinar las figuras que más huellas dejaron en él. Lo que fue Inglaterra, lo dicen suficientemente los retratos de sus grandes hombres. Produce sobrecogimiento contemplar en la National Gallery, esas cabezas viriles, a veces delicadas, a menudo monstruosas, la energía que de ellas se desprende, la originalidad de sus rasgos, la arrogancia y la solidez de sus miradas. Si luego pensamos en la timidez, en el buen sentido, en la corrección de los ingleses de hoy, comprendemos por qué ya no saben representar Shakespeare, por qué lo deslavazan y lo desvirilizan. Están tan alejados de él como debían estarlo de Esquilo los
griegos tardíos. Nada isabelino queda en ellos: emplean lo que les queda de “carácter” para salvar las apariencias, para mantener la fachada. Siempre se paga caro el haber tomado en serio. la “civilización”, el haberla asimilado demasiado …

¿Quiénes contribuyeron a la formación de un Imperio? Los aventureros, los brutos, los canallas, todos aquellos que no tienen el prejuicio del “hombre”. Al salir de la Edad Media, Inglaterra desbordaba de vida y era triste y feroz: ninguna preocupación de honorabilidad contrariaba su deseo de expansión. Emanaba de ella esa melancolía de la fuerza tan característica de los personajes shakesperianos. Pensemos en Hamlet, ese pirata soñador: sus dudas no embotan sus ardores; nada hay en él de las debilidades de un razonador. ¿Sus escrúpulos? Se los crea como liberación de energía, por el gusto del logro, por la tensión de una voluntad inagotablemente enferma. Nadie fue más liberal, nadie más generoso para con sus propios tormentos, nadie los prodigó tanto. Después de una prueba tan larga de mediocridad, cómo podrían elevarse los ingleses por encima de esas lujuriosas ansiedades? Por lo demás no lo pretenden. Su ideal es el hombre como es debido, al cual se aproximan peligrosamente. He ahí la única nación que en un universo descompuesto, se obstina todavía en tener “estilo”. La ausencia de vulgaridad toma en ella proporciones alarmantes. Todos imitan a todos. Ser alguien constituye un imperativo, hacer bostezar a otro, una ley. A fuerza de distinción y de sosería, el inglés se vuelve cada vez más impenetrable, y desconcierta por el supuesto misterio que se le atribuye, menospreciando lo evidente.

Reaccionando contra su propia heredad, contra sus maneras de antes, el inglés se ha forjado un comportamiento, una norma de conducta que terminó apartándolo de su genio. Abrumado de escrúpulos, minado por la prudencia, concibe la historia a la manera de las solteronas. La modestia se ha abatido sobre él como una enfermedad. ¿Dónde están las demostraciones de descaro y de soberbia, su intolerancia, sus arrogancias de antaño?
El romanticismo fue el último sobresalto de su orgullo. Desde entonces, anulado y virtuoso, deja desmoronarse la herencia de cinismo y de insolencia de la que se le creía tan orgulloso. En vano buscaríamos las huellas del bárbaro que fue; todos sus instintos han sido estrangulados por su decencia. Sus filósofos, en vez de excitarlo y estimular sus instintos, le empujaron hacia el callejón sin salida de la felicidad. Decidido a ser feliz, lo fue. Y su felicidad, exenta de plenitud, de riesgo, de toda sugestión trágica, constituyó la envolvente mediocridad en la que se complacerá para siempre. ¿Nos debe asombrar el que se haya transformado en el personaje amado por el Norte, en un modelo, en un ideal para vikingos descoloridos? Mientras era poderoso, se le detestaba y se le temía; ahora, le comprenden; pronto, le amarán. . . Ya no es una pesadilla para nadie. Se prohíbe a sí mismo el exceso, el delirio, viendo en ellos una aberración o una descortesía. ¡Qué contraste entre sus antiguos desbordes y la prudencia por la que ahora atraviesa! Un pueblo llega a ser normal, sólo a costa de grandes abdicaciones.

“Si el sol y la luna se pusieran a dudar, se apagarían” (Blake). Europa duda desde hace mucho tiempo … Y si su echpse turba, en cambio los americanos y los rusos lo contemplan ya con serenidad, ya con alegría.
América se yergue ante el mundo como un vacío impetuoso” una fatalidad sin contenido. Nada la preparaba para la hegemonía; sin embargo, y aunque con ciertas vacilaciones, tiende a ella. En oposición a otras que debieron pasar por toda una serie de humillaciones y de derrotas hasta ahora sólo ha conocido la esterilidad de una suerte ininterrumpida. Si en el futuro todo le sigue resultando igualmente exitoso, su aparición habrá sido un accidente sin consecuencias. Quienes presiden sus destinos, quienes toman a pecho sus intereses, deberían prepararle días malos; necesita de una prueba de envergadura para no ser mas un monstruo superficial. Quizá no esté lejos esa prueba. Hasta el presente ha vivido fuera del infierno; ahora se dispone a descender hasta él. Encontrará su destino, si lo busca, en la destrucción de todo lo que fue su razón de ser.

En cuanto a Rusia, no es posible examinar su pasado sin sentir un estremecimiento. Pasado sordo, lleno de espera, de ansiedad subterránea, pasado de topos iluminados. La irrupción de rusos hará temblar las naciones; ya han introducido lo absoluto en política, como desafío arrojado a una humanidad roída por las dudas y a la que no vacilaran en dar el golpe de gracia. Si Occidente carece de alma, en Rusia tienen como para regalar. Cercanos a sus orígenes, a este universo afectivo en que el espíritu todavía se adhiere a la tierra, a la sangre, a la carne, sienten lo que piensan; sus verdades, así como sus errores, son sensaciones y estimulantes. En los hechos no piensan: se arrojan, prorrumpen. Están todavía en el estadio en que el intelecto no atenúa ni disuelve las obsesiones, e ignoran los efectos nocivos de la reflexión, como esos excesos de la conciencia en que ésta se torna en factor de desarraigo y de anemia. Por lo tanto pueden zarpar tranquilamente. ¿Deben afrontar algo más que una civilización linfática? No hay nada frente a ellos, nada vivo con que puedan tropezar, ningún obstáculo; ¿no fue uno de los suyos el que empleó, en pleno siglo XIX, la palabra “cementerio” a propósito de Europa? Muy pronto llegarán en masa para visitar los restos.
Los oídos delicados ya perciben sus pasos. ¿Quién podrá oponer a sus supersticiones en marcha, aunque fuera nada más que el simulacro de una certidumbre?

A partir del siglo de las luces, Europa ha minado sin cesar sus ídolos, en nombre de la idea de tolerancia, en la que al menos creía mientras era poderosa, y se batía para defenderla. Sus dudas, incluso, no eran más que convicciones disfrazadas; como atestiguaban su fuerza, se sentía en el derecho de reivindicarlas y de infligírselas a las demás naciones. Actualmente son simplemente síntomas de enervamiento, vagos sobresaltos de un instinto atrofiado.

Al minar sus ídolos, Europa ha minado sus prejuicios. Ahora bien: los prejuicios -ficciones orgánicas de una civilización-, son los que aseguran su duración y conservan su fisonomía. Debe respetar, si no a todos, al menos a aquellos que le son propios y a los cuales, en el pasado, concedió la importancia de un rito. Si los considera como simples convenciones, poco a poco se desprenderá de ellos sin poder reemplazarlos por sus propios medios. ¿Ha rendido culto al capricho, a la libertad, al individuo? Es un conformismo de buena ley. Pero si no sigue plegándose a ellos, capricho, libertad, individuo, se tornarán en letra muerta.

Si queremos mantenernos dentro de la historia desempeñando un buen papel, necesitamos de un mínimo de inconsciencia. Una cosa es actuar, otra, saber que se actúa. Cuando la clarividencia inviste el acto, insinuándose dentro de él, éste se deshace y juntamente el prejuicio, cuya función consiste precisamente en subordinar, someter la conciencia al acto. Quien desenmascara sus ficciones, renuncia a sus resortes internos: por ellos era eficaz, sin ellos no es nada. Y por consiguiente aceptará otras ficciones, que serán negativas ya que no han nacido de sus fondos propios. Ningún ser preocupado por su salud debería sobrepasar cierto grado de lucidez y de análisis. Esto es más cierto si lo aplicamos a una civilización: estará perdida en cuanto denuncie los errores que le permitieron su crecimiento y su apogeo, en cuanto ponga en discusión sus verdades.

Al escepticismo le espera un terrible desenlace cuando, vacío de sus tormentos, se resuelve en ejercicio, juego, parada. A decir verdad, desea ese desenlace, corre hacia él. Porque todo escepticismo que ya no extrae de sus fluctuaciones ninguna verdad activa, la buscará fuera de sí. Que otro corte sus incertidumbres, que otro lo ayude a sucumbir. No sabiendo qué hacer con su libertad, sueña con el verdugo y lo evoca nostálgico. Los que a nada han encontrado respuesta, soportan mejor los efectos de la tiranía que aquellos que se la han encontrado a todo. Por eso los dilettantes alborotan menos al morir que los fanáticos. Durante la Revolución más de un aristócrata afrontó el cadalso con la sonrisa en los labios; cuando les llegó el turno a los jacobinos, subieron al cadalso preocupados y sombríos: morían a nombre de una verdad, de un prejuicio. Cuando hoy día miramos para todos lados, sólo encontramos ersatz de verdad, de prejuicio; aquellos a quienes falta este ersatz, parecen más serenos; pero su sonrisa es maquinal; pobre reflejo elegante de un continente sofocado, de un continente de abismados.

Ni rusos ni americanos estaban bastante maduros ni bastante corrompidos, para merecer el dominio de Europa. Los alemanes, contaminados de otro modo, habrían podido salvaguardar la decadencia de Occidente, prestarle una apariencia de duración, un tinte de futuro. Pero lanzados a la conquista en nombre de un sueño limitado y de una ideología hostil a todos los valores surgidos del Renacimiento, debían cumplir su misión al revés
y estropear todo para siempre.

Occidente no subsistirá en su estado actual por tiempo indefinido: se prepara para su fin, no sin conocer antes un período de sorpresas… Pensemos en lo que fue desde el siglo quinto al décimo. Le espera una crisis bastante más grave. Otro estilo se anunciará, se formarán pueblos nuevos. Por el momento encaramos la perspectiva del caos, al que se resigna ya la mayoría. Invocando la historia con la idea de sucumbir en ella, abdicando en nombre del porvenir, sueñan dada esta necesidad de esperar contra sí, con verse humillados, pisoteados, “salvados” … La antigüedad fue conducida al suicidio que representaba la promesa cristiana, por un sentimiento semejante.

El intelectual fatigado resume las deformidades y los vicios de un mundo a la deriva. No actúa, padece; si se inclina hacia la idea de tolerancia, no le encuentra el excitante que necesita. El terror sí que se lo proporciona, del mismo modo que las doctrinas cuya culminación expresa. ¿Es su primera víctima? No se quejará por ello. Solamente le seduce la fuerza que lo tritura. Querer ser libre significa querer ser él mismo; pero está abrumado de ser él mismo, de caminar en lo incierto, de errar a través de las verdades. “Dadme las cadenas de la Ilusión” exclama, mientras dice adiós a las peregrinaciones del Conocimiento. Por eso se arrojará sin pensar en cualquier mitología que le asegure la protección y la paz del yugo. Declinando el honor de asumir sus propias ansiedades, se comprometerá en empresas que le proporcionarán sensaciones que no podría extraer de sí, de tal modo que el exceso de su lasitud servirá para afirmar las tiranías. El origen de las iglesias, ideologías, policías, debe buscarse, más que en la estupidez de las masas, en el horror que este intelectual almacena hacia su propia lucidez. En nombre de una utopía de tres por cuatro, este aborto se transformará en el sepulturero del intelecto, y persuadido de que está haciendo obra útil, prostituirá la divisa trágica de un solitario: “embruteceos”.
Iconoclasta desconcertado, de vuelta de la paradoja y de la provocación, en busca de la impersonalidad y la rutina, semiposternado, maduro para la falsificación vulgar, abdica de su singularidad y pacta con la turba. Nada queda por derribar, a no ser él mismo, último ídolo a abatir. .. Son sus propios pedazos los que 10 atraen. Mientras los contempla, modela la figura de nuevos dioses o redescubre los antiguos bautizándolos con otro nombre. Como no puede sostener aún la dignidad de ser difícil, como cada vez está menos dispuesto a sopesar las verdades, se satisface con aquellas que le son ofrecidas o que caen en sus manos.
Sub-producto de sí mismo, se arrastra como un blando destructor, ante los altares o ante sus sucedáneos. En el templo o en el meeting, su lugar está allí donde se canta, donde su voz es ahogada, donde ya no se oye a sí mismo. ¿Creencia parodiada? Le importa poco pues sólo aspira a desistir de sí. Su filosofía ha concluido en un ritornello; su orgullo ha naufragado en un Hosanna!

Seamos justos: ¿qué otra cosa podría hacer en la actual situación? El atractivo y la originalidad de Europa, residían en la acuidad de su espíritu crítico, en su escepticismo militante y agresivo; ese escepticismo ya tuvo su época. Y el intelectual, cuyas dudas se han frustrado, busca compensarlas con el dogma. Al llegar a los confines del análisis, le aterra el vacío que descubre; vuelve atrás y trata de aferrarse a la primera certidumbre que encuentra, pero para esa adhesión plena le falta ingenuidad. Fanático sin convicciones, en adelante será sólo un ideólogo, un pensador híbrido, como los hay en todos los períodos de transición. Participante de dos estilos diferentes, es, por la forma de su inteligencia, tributario de aquél que desaparece, y por las ideas que defiende, de aquél que se insinúa. Con el fin de comprenderlo mejor, figurémonos un San Agustín, semiconvertido, flotante e indeciso, que no hubiera tomado del cristianismo más que el odio hacia el mundo antiguo. ¿No estamos en una época simétrica de aquella que vio nacer la Ciudad de Dios? Difícilmente se concebirá un libro más actual. Hoy, como entonces, los espíritus necesitan una verdad simple, una respuesta que los libere de sus interrogantes, un evangelio, una tumba.

Los momentos de refinamiento trasuntan un principio de muerte; nada más frágil que la sutileza. Su abuso conduce a los catecismos, conclusión de los juegos dialécticos, doblegamiento de un intelecto que ya no es asistido por el instinto. La filosofía antigua, embarazada por sus escrúpulos, abrió a pesar suyo la vía al simplismo de los bajos fondos:
pululaban las sectas religiosas y los cultos sucedieron a las escuelas. Una derrota análoga nos amenaza; ya nos ultrajan las ideologías, mitologías degeneradas que van a simplificarnos, a anularnos. No podremos sostener por mucho tiempo el fasto de nuestras contradicciones. Son muchos los que se disponen a venerar cualquier ídolo y a servir cualquier verdad, con tal de que uno y otra les sean infligidos y que no deban cargar con
el esfuerzo de elegir su oprobio o su desastre.

En el mundo futuro, sea cual fuere, los occidentales desempeñarán el papel de los Graeculi en el imperio romano. Buscados y despreciados por el nuevo conquistador, sólo podrán imponerle los malabarismos de su inteligencia o los afeites de su pasado. Ya se destacan en el arte de sobrevivir. Por todas partes vemos síntomas de agotamiento. Alemania dio su medida en la música: ¿cómo creer que vuelva a sobresalir? Ha usado los recursos de su profundidad, como Francia los de su elegancia. Una y otra -y con ellas todo este rincón del mundo- se aprestan a la derrota, la más hermosa desde la antigüedad. Luego vendrá la liquidación: perspectiva no despreciable, plazo cuya duración no podemos calcular, período de facilidad en que cada uno, ante la liberación llegada al fin, se sentirá feliz: habrá dejado atrás las ansias de la espera, y de la esperanza.

La fuerza es contagiosa, pero no lo es menos la flaqueza; tiene sus atractivos a los que no se resiste con facilidad. Cuando los débiles son legión, seducen, aplastan; ¿con qué armas luchar contra un continente de abúlicos? Como además la enfermedad de la voluntad es agradable, la entrega a ella se hace con gusto. Nada más dulce que arrastrarse más acá
de los acontecimientos; y nada más razonable. Pero sin una fuerte dosis de demencia, no hay posibilidad de ninguna iniciativa, ningún empeño, ningún gesto. La razón es el herrumbre de nuestra vitalidad. Quien nos impulsa a la aventura del actuar, es el loco que tenemos en nosotros; él nos invita a respirar y aun nos fuerza a hacerlo; y también es él quien fuerza a nuestra sangre para que se agite por nuestras venas. Si se retira, quedamos solos. No se puede ser normal y vivo al mismo tiempo. Si me mantengo en mi posición vertical y me muevo y me dispongo a llenar el minuto que viene, si, en suma, concibo el futuro, un afortunado tras torno se produce en mi espíritu. Subsisto y actúo en la medida en que no razono, en que ejecuto mis divagaciones. Si me torno sensato, todo me intimida; me deslizo hacia la negación, hacia las fuentes que no se dignan correr, hacia esta postración que la vida debe de haber conocido antes de concebir el movimiento; a fuerza de cobardía alcanzo el fondo de las cosas, arrinconado en un abismo donde nada tengo que hacer pues quedo aislado del devenir. Un individuo, como un pueblo o como un continente, se extingue cuando le repugnan los deseos y los actos desatinados, cuando en vez de arriesgarse y precipitarse hacia el ser, se agazapa dentro de él, atrincherándose: metafísica de la regresión, del más acá, retirada hacia lo primordial. Dentro de este equilibrio, Europa se niega a sí misma, rehusa el recuerdo de sus impertinencias y sus valentonadas, y hasta esa pasión de lo inevitable, último honor de la derrota. Refractaria a toda forma de vida, a todo exceso, delibera, deliberará siempre, aun después de haber dejado de existir: ¿acaso no da ya la impresión de un conciliábulo de espectros?

Recuerdo un pobre tipo que estando todavía en el lecho a una hora avanzada de la mañana, se apostrofaba a sí mismo con tono imperativo, diciendo: “Coraje! Coraje!” La comedia se repetía cotidianamente: se imponía una labor que no podía cumplir. Pero al menos, al actuar contra el fantasma que él era, despreciaba las delicias de su letargo. No se podría decir lo mismo de Europa; después de descubrir con ingentes esfuerzos, el reino del no querer, ahora sabe que su pérdida trasunta un principio de voluptuosidad, del que piensa aprovecharse. La renuncia la colma igual que un vicio. ¿El tiempo sigue adelante? Apenas se inquieta; los demás se ocuparán de ello; ése es su trabajo, y no adivinan qué alivio puede haber en encenagarse en un presente que no conduce a ningún lado …

Vivir aquí es la muerte; allá, el suicidio. ¿Dónde ir? El único lugar del planeta en que la existencia parecía tener un sentido, está conquistado por la gangrena. Todos estos pueblos archicivilizados son nuestros proveedores de desesperación. En efecto, para desesperar basta con mirarlos, observar la actuación de su espíritu y la indigencia de su codicia, amortiguada y casi extinta. Después de pecar tan largo tiempo contra su origen y menospreciar al salvaje, la horda, -su punto de partida-, le es forzoso comprobar que no queda en ellos una sola gota de sangre huna.

¿Dónde se perpetuarán tantas conquistas, adquisiciones, ideas? ¿En Rusia? ¿En América del Norte? Una y otra ya han sacado las consecuencias de lo peor y también de lo mejor de Europa … ¿América Latina? ¿Africa del Sur? ¿Australia? Parece ser que debemos esperar la recuperación de ese lado. Recuperación caricaturesca.
El porvenir pertenece a los suburbios del globo.

Si quisiéramos examinar los éxitos en el orden del espíritu del Renacimiento a nuestros días, no nos detendremos en los de la filosofía, puesto que la filosofía occidental no ha podido superar a la griega, hindú o china. Como máximo se equipara con ellas en ciertos puntos. Como no representa más que una variedad del esfuerzo filosófico general, en rigor se podría prescindir de ella y oponerle las meditaciones de (Çankara, Lao Tse, Platón). No ocurre lo mismo con la música, excusa del mundo moderno, fenómeno sin paralelo en toda otra tradición: ¿dónde encontrar el equivalente de Monteverdi, Bach, Mozart? Por la música Occidente revela su fisonomía y alcanza su profundidad. Si no ha creado una sabiduría ni una metafísica que le sean absolutamente propias, ni incluso una poesía de la que se pueda decir que no tiene parangón, en revancha ha proyectado en sus producciones musicales toda su fuerza original, su sutileza, su misterio y su capacidad de inefable. Amó la razón hasta la perversidad; sin embargo su verdadero genio fue un genio afectivo. ¿No es el mal que más la honra? La hipertrofia del alma …Sin la música, Occidente hubiera producido una civilización común, previsible. .. Beethoven, Schumann, Brahms, exploraron más profundamente los repliegues de la sensibilidad, que un sofista antiguo los del intelecto.

Si Occidente presenta su balance, sólo la música testimoniará que no se ha desperdigado en vano, que tenía algo que perder…
Ocurre a veces que el hombre escapa a las persecuciones del deseo, a la tiranía del instinto de conservación. Halagado por la perspectiva de descaecer, se adhiere a su apatía, se yergue contra sí y llama en su auxilio a su genio maléfico. Atareado, presa de mil actividades que lo perjudican, descubre un dinamismo cuyo atractivo no había sospechado -el dinamismo de la desagregación. Se enorgullece de él: por fin podrá renovarse a sus expensas.

En lo más íntimo de los seres, como de las civilizaciones, habita una energía destructora que le permite desplomarse con cierto brío; exaltación ácida, euforia del aniquilamiento. Al entregarse a ella, sin duda esperan ser curados de esa enfermedad que es la conciencia. En los hechos, todo estado consciente nos abruma, nos extenúa, conspira a nuestro desgaste; cuanto mayor imperio gana sobre nosotros, más quisiéramos reinstaurar la noche que precedió a nuestra vigilia, y hundirnos en la modorra anterior a las maquinaciones, al atentado del Yo. Es la aspiración de los espíritus extenuados, que permite explicar por qué el individuo en ciertas épocas, exasperado al tropezar siempre consigo, al rumiar su diferencia, se vuelve hacia esos tiempos en que por ser uno con el mundo, no se había partido de los demás ni degenerado en hombre. La Historia, como nostalgia y horror de la conciencia, traduce el deseo de un animal enfermizo por cumplir su vocación y simultáneamente el temor de conquistada. Temor justificado: ¡qué desgracia le espera al fin de la aventura! ¿No vivimos en uno de esos momentos en que debemos asistir, sobre un espacio dado, a su última metamorfosis?

Cuando paso revista a los méritos de Europa, me enternezco y veo con desagrado mis palabras malignas; si, por el contrario, enumero sus desfallecimientos, la rabia me sacude. Querría entonces que se descoyuntara lo más pronto posible y que hasta su recuerdo desapareciese. Pero otras veces, al evocar, tanto sus títulos como sus ignominias, no sé de qué lado inclinarme: la amo con disgusto, la amo con ferocidad, y no le perdono haberme reducido a sentimientos entre los cuales no puedo elegir ¡Si al menos pudiera contemplar con indiferencia la delicadeza, los prestigios de sus llagas! Jugando, aspiré a hundirme con ella, y quedé preso en el juego. Quise apropiarme, hacer revivir, perpetuar el secreto de la que fue su gracia y de la que todavía conserva ciertos vestigios. ¡Tiempo perdido! Un hombre de las cavernas enredado entre puntillas.

Europa: mi podredumbre, mi pasión de podredumbre. Si no hubiera adivinado lo irreparable, un vistazo sobre ella hubiera bastado para traerme esta idea y este estremecimiento. Preservándome de lo vago, justifica y atiza mis terrores, y desempeña ante mí la función asignada al cadáver en la meditación del monje. Desde su lecho de muerte, Felipe II llamó a su hijo para decirle: “He aquí donde termina todo, y la monarquía”. A la cabecera de esta Europa, no sé qué voz me advierte: “He aquí donde termina todo, y la civilización”.

Aún podemos recobrarnos, triunfar de la fascinación de lo peor. No todo está perdido: quedan los bárbaros. ¿Por dónde saldrán? No importa. Por el momento, sepamos que su partida no tardará, que aunque se estén preparando para festejar nuestra ruina, meditan sobre los medios necesarios para nuestra recuperación y para poner término a nuestros raciocinios. Humillándonos, pisoteándonos, nos darán suficiente energía para ayudarnos a morir o a renacer. Que vengan a fustigar nuestra palidez, a dar nuevo vigor a nuestras sombras, que nos traigan la savia que nos ha abandonado. Marchitos y exangües, no podemos reaccionar contra la fatalidad; los agonizantes no se coaligan ni se amotinan y hasta sus rebeldías se resuelven en otra parte. Hastiada de durar, de dialogar consigo misma por tanto tiempo, Europa es un vacío hacia el cual tenderá pronto el estremecimiento de las estepas… otro vacío, un vacío nuevo.


Versión castellana de Ida Vitale, publicada en Entregas de la Licorne 5-6, Setiembre de 1955, Montevideo, p. 5-14