Descalificar para dominar mejor

ENSAYO

La imagen es familiar: en lo alto, gente responsable preocupada por lo racional, lo posible, lo razonable, mientras que los de abajo, constantemente ingratos, imputan a sus dirigentes una serie de malevolencias. Pero ¿acaso la obsesión por el complot no incumbe en primer lugar a los estratos más elevados de la sociedad? Al retomar las ideas del poder, también los periodistas privilegian estas acechanzas.

Por Frédéric Lordon **

Luego de “reforma”, “moderno” y  “software” (“cambiarlo”), “complotismo” está volviéndose el nuevo índice del cretino, el marcador que sin fallar ubica  al candidato. Un orden social cada vez más sublevante para un número creciente de personas necesariamente deja reducidos a sus conservadores a los procedimientos más groseros al intentar contener un cuestionamiento cuyo caudal no para de subir. Se sabe, además, que este orden entra en crisis profunda cuando, vacío de argumentos, para responder solo encuentra descalificaciones.

Como un primer movimiento de pánico, “antisemitismo” fue una de las primicias enrostrada a cualquier crítico del capitalismo o de los medios (1). Pero, aunque más no fuera por el efecto de la onda expansiva, uno no saca de entrada la bomba atómica si solo se trata de apagar un conato de incendio. Por definición, uno no puede entregarse al uso repetido de la munición máxima, salvo que rápido le haga perder cualquier eficacia. Sus utilizaciones tendencialmente grotescas subrayan su ignominia de principio, ya que el procedimiento fatalmente produjo la autodescalificación de la descalificación.

Como supuestamente cubre menos de vergüenza a sus propios utilizadores y como supuestamente está mejor calibrado para el enchastre extensivo, susceptible gracias a esto de ser repatriado al dominio del comentario común y corriente, el “complotismo” se convirtió así en el nuevo lugar común de la idiotez periodística –y de sus sucursales, filósofo irrisorio o sociólogo de turno.

Signo de los tiempos, no hay que invocar tanto la mala fe como el desmoronamiento intelectual de toda una profesión para comprender sus imposibilidades de comprender, y en particular de comprender dos cosas sin embargo bastante simples. Primero, que la única línea en materia de complots consiste en cuidarse de los dos escollos simétricos: ver complots por todos lados o no ver en ningún lado –como si nunca la historia hubiera conocido empresas concertadas y disimuladas. Segundo, que el complotismo, tendencia que obviamente capta todos los hechos de poder como conspiraciones, sobre todo exigiría ser leído como la deriva patológica de un movimiento que busca poner fin a la desposesión, de un esfuerzo de individuos comunes y corrientes para reapropiarse del pensamiento de su situación, del pensamiento del mundo en el que viven, confiscado por gobernantes separados y rodeados de sus expertos –en resumen, un esfuerzo, aquí desviado, pero de todos modos un esfuerzo para salir de la pasividad. “Querer tratar todo a escondidas de los ciudadanos, y querer que a partir de esto los ciudadanos no formulen juicios falsos y no interpreten todo al revés, escribía hace tiempo Spinoza, es el colmo de la estupidez” (2).

Pero hay dos caras en el debate, y si hay lugar para comprender el mecanismo que hace ver complots por todas partes, hay lugar para comprender simétricamente el mecanismo que hace ver anticomplotismo por todos lados. Ahora bien ni le existencia –real- de delirios conspiracionistas ni la intención descalificadora, aunque masiva, dan cuenta enteramente de la obsesión no por los complots, sino por los complotistas –un complotismo anticomplotista, si se quiere… Si esta nueva idea fija prospera tanto es porque también encuentra recursos profundos en las formas de pensamientos espontáneos que obran en un medio: el medio de los dominantes, del que los periodistas, que en los subsuelos ocupan las dependencias de los criados, están embebidos como por un fatal daño por rotura de caños.

La paranoia de los poderosos

Porque sucede que, por construcción, ser un dominante es participar en juegos de poder, estar inmerso en sus luchas, vivir todas sus tensiones, en particular la imperiosa obligación  de la vigilancia, es decir, de la anticipación de las actuaciones adversas, la elaboración de sus propias estrategias y contra estrategias para conservar o desarrollar sus posiciones de poder. En realidad, en sus estratos más altos, la división funcional del trabajo  se encuentra inevitablemente duplicada por una división del poder… y la segunda tiene como propiedad vampirizar a la primera: los hombres de poder, en la empresa como en cualquier institución, se activan menos para servir la función en la que los ubicó la división del trabajo que para proteger las posiciones de las que los dotó la división del poder. Ahora bien, la lógica social del poder es tan fuerte que acceder a una posición, al instante, conduce a considerar la manera de mantenerse en ésta, o se izarse hasta la siguiente. Qué ensueño poder observar las jornadas de un patrón de canal, de un director de periódico, de un cuadro dirigente, de un alto funcionario, de un magistrado o de un mandamás universitario, mirando con el rabillo del ojo hacia un ministerio, para cronometrar, por una especie de taylorismo devuelto al despachante, las partes de su tiempo respectivamente dedicadas a cumplir con su función y a mantener su posición. La patética verdad de las organizaciones puede conducir al extremo, de hecho con frecuencia alcanzado, en el que un dirigente preferirá atentar contra los intereses generales de la institución que tiene a su cargo, si esta es la manera de deshacer una oposición interna inquietante o de obtener el favor decisivo de su soberano –y hay en estas divisiones duales, la del trabajo y la del poder, una fuente demasiado desconocida de la disfuncionalidad esencial de las instituciones. 

La lógica misma del poder, cuya conquista y conservación son inmediatamente asunto de empresa decidida, consagra por construcción a los hombres de poder a que ocupen alternativamente las dos vertientes del complot: ya sea comploteadores, ya sea complotistas. En realidad, el complot es su propio elemento, tanto cuando se atarean armándolo para arribar así a las posiciones ansiadas, como cuando, arribados, por todas partes comienzan a ver complots que podrían sacarlos volando. Uno no imagina hasta qué grado la forma complot impregna el pensamiento de los poderosos, hasta saturarlo enteramente. 

Su mundo mental solo es un gigantesco Kriegspiel. El mapa del teatro de las operaciones está en permanencia ante sus ojos, sus antenas están desplegadas constantemente para enterarse del último movimiento, su energía mental tragada por el pensamiento de un golpe anticipatorio, su tiempo colonizado por el constante trabajo de las alianzas que  tejer o que consolidar. Mucho más que el extravío de algunos simples de espíritu, habitar el mundo violento de los dominantes, mundo de amenazas, de golpes y de desfiles ceremoniales, es el pasaporte más seguro para el complotismo. Lo peor es que, para un hombre de poder, la paranoia no es una patología adventicia: es un deber bien fundado. La pregunta constante del hombre de poder es: “¿Qué está tramándose?”

Al objetivamente vivir en un mundo de complots, los hombres de poder necesariamente desarrollan formas de pensamiento complotistas. La denuncia obsesiva del complotismo, para una amplia mayoría, es la mala consciencia complotista de los dominantes proyectivamente atribuida a los dominados. El primer movimiento de Julien Dray [figura del mitterrandismo], al ver la publicación de fotos de una mujer en burkini [combinación de burka y de bikini] expulsada de la playa por la policía municipal de Niza [gobierno de derecha] en el verano de 2016, fue considerar que se trataba de una puesta en escena destinada a producir clichés de expulsión. Jean-Christophe Cambadélis, espantado con las aventuras nuevayorkesas de su favorito Dominique Strauss-Kahn en 2011, asegura que él “siempre pensó, no en la teoría del complot, sino en la teoría de la trampa” (3) –lo que en efecto es muy diferente. 

Sin duda, hay cierta injusticia en que, de este efecto proyectivo, sean los periodistas o los publicistas, dominados de los dominantes, quienes sin embargo carguen con lo esencial del peso de ridículo. Porque los dominantes mismos rara vez sueltan el fondo de su pensamiento: su salvajismo lo vuelve impresentable, y además siempre son esquemas complotistas particulares que habría que leer como “éste me está armando una cabale” [en el siglo XVII, complot cortesano contra un autor teatral, por ej. Corneille o Racine], o “aquellos me están orquestando un golpe”, etc. Irónicamente, son pues agentes simplemente satélites de los lugares más altos de poder, por lo tanto menos directamente comprometidos con sus paranoias, quienes van a encargarse de que se traguen los esquemas complotistas particulares en el estadio de la generalidad y luego van a verbalizarlos como tales, pero siempre, por supuesto, siguiendo el movimiento de exteriorización que consiste en atribuírselos a la plebe.

Es fatal que la forma de pensamiento complotista entonces pase de aquellos en los que habita en primera instancia a aquellos que cuentan su historia. Primero porque los periodistas políticos se abismaron definitivamente en los “entretelones”, los “arcanos” y las “cartas en la manga”, manera ostentosa de hacer que se sepa que “forman parte”, pero sobre todo perspectiva que comporta necesariamente la forma complot. Segundo porque la frecuentación asidua de sus “temas” se presta idealmente a comunicar y compartir formas elementales del pensamiento, de modo que el inconsciente complotista se volvió el de ellos –el mismo que por otra parte ocurre que pongan directamente en obra en sus propias maniobras institucionales  como forma semi descremada del poder.

Cuando no sucede que se esfuercen por pasar a las filas de los caciques de rango máximo.

El inenarrable Bruno Roger-Petit, que furiosamente negaría cualquier acción concertada en el universo de los medios de comunicación para lograr el triunfo de la candidatura Macron, no por esto dejó de ser oficialmente recompensado por sus (no) servicios prestados. Es entonces muy lógico que no haya parado de denunciar como complotista, antes de ser nombrado portavoz del Eliseo, cualquier lectura de la elección presidencial como sinarquía financiera y mediática: pura cabalgata política. 

De la cruzada anticomplotista a la erradicacion de la fake news, está claro que solo hay un paso. Al punto, por otra parte, que más vale ver dos expresiones diferenciadas de una única y misma tendencia general. Pero ¿cómo situar con mayor precisión un “decodificador” del diario Le Monde.fr [“décodeur” nombra a quienes en la prensa se encargan de identificar para los lectores las “fake news”] en medio de ese paisaje? Todavía está lejos del Eliseo o de Matignon. ¿De dónde le vienen sus propias obsesiones anticomplotistas? No vale la pena considerar aquí hipótesis de contaminación directa: mejor pensar en un “efecto del medio”, más complejo y más difuso. Pero no menos potente, inclusive tal vez lo contrario: tanto más que no puede ser objeto de una percepción simple. Un medio secreta sus formas de pensamiento. La forma de pensamiento mediática, que impregna la atmósfera con todos los pensamientos individuales en ese medio, se establece hoy en la intersección de: (1) la adhesión global al orden social del momento, 2) la hostilidad refleja a cualquier crítica radical de este orden, 3) la reducción a una postura defensiva en un contexto de contestación creciente, y la escasez de contra argumentos serios que solo deja el recurso de la descalificación, 4) la cruzada anticomplotista como motivo particular de la descalificación, propagado por emulación, en las capas bajas del poder mediático, del esquema erradicador desarrollado como mala consciencia proyectiva en las capas altas –un efecto de “derrame” si se quiere, aunque éste sea de otro tipo. En resumen, se empieza oyendo durante años  a los “BHL” [Bernard-Henri Lévy, filósofo televisivo y radiofónico dedicado a aseverar, desde los años 80, que la historia había terminado] y los Jean-Michel Apathie [periodista de origen mitterrandista, tan omnipresente como obsequioso con los sucesivos poderes], y luego por lenta impregnación, uno al final se encuentra con un Samuel Laurent, jefe de la rúbrica “Les décodeurs du Monde.fr”, tanto más pernicioso cuanto uno tiene que vérselas, como dicen en Marsella, con “un inocente”.  

Decididamente, el complotismo es insuficiente para dar cuenta de la obsesión por el complotismo: no se explican “Les décodeurs” por la simple, y supuesta, proliferación de los rayados conspiracionistas. La sensación de ser agredido, el síndrome obsidional de la fortaleza sitiada toman un lugar decisivo en un universo mediático en el que todas las negaciones de ser los auxiliares de un sistema de dominación ahora solo dan más crédito a la cosa. 

Es verdad que, manifestación canónica de la “inocencia”, los periodistas viven en la perfecta inconsciencia subjetiva de su funcionalidad objetiva, en la que su negación adopta todos los tonos de la sinceridad. El hecho sin embargo ahí está y el esquema de reversión, que atribuye al pueblo tendencias paranoicas en realidad omnipresentes en el universo de los dominantes, solo toma más fuerza. A decir verdad, la cosa no data de ahora: cubrir proyectivamente al pueblo sublevado de monstruosidad es una operación vieja como la prensa ancilar –recuérdense las hazañas de la prensa versallesa durante la Comuna o los de la prensa burguesa rusa durante la toma del Palacio de Invierno.  La cruzada mediática contemporánea contra la fake news tendrá dificultades para recubrir que la propia prensa es el lugar más autorizado de puesta en circulación de fake news (4) — ¿esto explicará aquello ? En medio de un océano: Le Monde refiere sin pestañear ni hacer el menor comentario, las palabras, este verano,  de un “ responsable macronista” inquieto : «Los franceses tienen la impresión de que hacemos una política de derecha (5). » Algunos días antes, el Financial Times encontraba al primer ministro Édouard Philippe (6): «Cuando se [le] sugiere que los planes de su gobierno solo comportan medidas de derecha, estalla de risa: “¿Y qué esperaban ustedes?”»


Referencias

Este artículo fue antes publicado con el título : «El complot de los anticomplotistas »

(1Cf. típicamente Nicolas Weill, « Le journalisme au-delà du mépris », Le Monde, 2 de abril de 2004.

(2) Leer « Conspirationnisme, la paille et la poutre », La pompe à phynance, 24 août 2012, et le dossier « Vous avez dit « complot » ? », Le Monde diplomatique, juin 2015.

(3) « Affaire DSK : Cambadélis ne croit pas à “la théorie du complot” », es el título de Le Monde, 28 de noviembre de 2011.

(4) Lire Pierre Rimbert, « Les chauffards du bobard », Le Monde diplomatique, enero de 2017. También, entre otros, « Le voyage en Grèce de Macron raconté par Le Monde ? Tout est faux ! », blog de Yannis Youlountas, 8 de septiembre de 2017.

(5) Solenn de Royer, « Après un mois de juillet difficile, Macron veut reprendre la main », Le Monde, 28 de julio de 2017.

(6) « French centre-right premier says he is at ease with Macron agenda », Financial Times, Londres, 11 de julio de 2017.


*Publicado en Le Monde Diplomatique, octubre de 2017. Traducción de Alma Bolón.

** Économista y filósofo, últimas obras publicadas : Vivre sans ? : Institutions, police, travail, argent…, Paris, La Fabrique, 2019, 250 p. Figures du communisme, Paris, La Fabrique, 2021, 200 p.

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