ENSAYO

“Lúgubre será la mañana en la que al despertarnos ya no estén ahí los leopardos, en la que ya no gorjeen las bandadas de gorriones en los plátanos, no vuelva el gato solitario de sus aventuras nocturnas y los pardillos no emitan su grito de desafío hacia los matorrales que hay más allá del césped; cuando ya no haya alondras en el cielo ni conejos en el monte, cuando los halcones dejen de describir sus giros y las rocas de resonar con el grito de las gaviotas, cuando la diversidad de las especies no iluminen ya el amanecer y se haya borrado la diversidad de los hombres. ¡Si tal es la mañana que nos aguarda, quiera Dios que muera durante el sueño! Y, sin embargo, tal es la mañana que, a sabiendas o no preparamos, vosotros y yo, capitalistas, socialistas, blancos, amarillos y negros. Es la mañana que reclaman profesores y policías, que los filósofos llevan dos siglos exaltando, la mañana de la uniformidad, del reflejo condicionado, del mejor de los mundos, del orden absoluto, de la realidad igualitaria, de lo gris, de la reacción uniforme a unos mismos estímulos, la mañana en que sonará la campana que hará tomar al rebaño el camino del pasto. Es también la mañana por cuyo advenimiento rogamos en nuestras organizaciones sindicales, nuestras granjas colectivas, nuestros concilios eclesiásticos, nuestros sistemas de gobierno, nuestras relaciones entre Estados, nuestras nobles peticiones de un gobierno mundial. Es la mañana a que aspiramos cuando rezamos para que llegue el día en que seamos los mismos siempre. Es la mañana contra cuya venida, lo sepan o no, alzan los jóvenes su protesta. Y es una mañana que esperemos no llegue nunca.”

Robert Ardrey

Por Diego Andrés Díaz

Una de las características centrales del proceso político que acompaña esta Pandemia, es que la emergencia sanitaria representa el típico caso de campo fértil -las “crisis”- para el avance del llamado “centralismo político”. No es este aspecto ni una novedad en la historia de las ideas políticas del mundo, ni esta etapa histórica de la humanidad trae grandes novedades en los aspectos basales de estas corrientes, pero igualmente supone un nuevo desafío para buena parte de las tradiciones filosóficas y políticas en las cuales están ancladas las instituciones, las ideas y las libertades de las sociedades occidentales.

Como la crisis del COVID 19 ha puesto en papel protagónico esta vieja corriente ideológica, me he referido incansablemente -hasta aburrir a mis lectores- desde que salió la revista extramuros: Las propuestas de gestión centralizada en medio de la crisis sanitaria, Poliarquía y libertad frente al peligro del centralismo político, Nada nuevo bajo el sol: cuarentena, renta, centralismo político, por citar algunos donde la temática esta en el centro de la reflexión, han intentado expresar las diferentes aristas donde ciertos discursos sobre la Pandemia y centralismo político conforman un combo indisoluble y potenciado. En el marco de nuestro número aniversario -extramuros revista festeja su primer año de vida- mi idea es dedicar una serie de ensayos a esta temática desde una perspectiva histórica.

También, entender ciertos aspectos centrales de las nuevas propuestas del centralismo político pueden permitirnos comprender algunos procesos actuales y su proyección a futuro. El centralismo político ha significado siempre una de las tendencias más poderosas y persistentes del poder. Abordar esta temática me lleva a analizar elementos inconmensurables, mi idea es tratar de construir una reflexión pertinente con respecto a distintos factores que han jugado un rol histórico relevante en el desarrollo de la tendencia política centralista. Cuando las tendencias políticas a la centralización -como expresión de colectivismo político- y acumulación de poder comienzan a hacerse más notorias y protagonistas, suelen referenciar la necesidad de sus políticas en una serie de ideas que en general no cambian: como forma de enfrentar una crisis, ya sea por guerras, problemas fiscales, ambientales, sanitarios, políticos, o como método de llevar valores y principios “deseables” como ser la igualdad, la libertad, la democracia, la justicia, entre otros. Intentemos abordar alguno de ellos.

¿PORQUÉ ESCRIBIR SOBRE EL CENTRALISMO POLÍTICO?

El concepto «centralismo político» puede sonar algo inexacto o pomposo, así como las diferentes versiones de este mismo concepto: «gobierno mundial», «globalismo», entre otros. Pero más allá de su definición exacta, a lo que nos enfrentamos es al viejo sueño mesiánico de un gobierno único planetario, resultado de la fascinación igualitarista de una parte de la política moderna.

En un artículo verdaderamente imperdible de Dardo Gasparré, el autor señala que la emergencia de la pandemia ha vuelto a poner en el tapete lo que parecían cuestiones del siglo XX. «El impacto de las muertes con un diagnóstico unificado en los certificados de defunción: COVID-19, un truco ideológico propio del relato del materialismo dialéctico, y sobre todo la parálisis ocasionada con o sin justificativo en el sistema cuasiglobal pergeñado para combatirlo, hace que ese debate aparezca como más urgente, dramático y obligatorio, y repone en el plano de la discusión un tema que ya estaba zanjado.«. Esta advertencia clara sobre el verdadero sentido de los fenómenos políticos que subyacen al problema sanitario, son señalados por Gasparré sin eufemismos, al advertir que más allá de la propaganda de encubrimiento, hay que dejar atrás los eufemismos que «los propandemia han usado con profusión» porque lo que está en el centro del debate, «la verdadera discusión es de nuevo entre el socialismo, comunismo, marxismo, progresismo o como se le quiera llamar a los movimientos de reparto y cancelación, y el capitalismo.

Esta enfática advertencia se presenta más que pertinente en estas épocas de crisis y confusión general, donde se escuchan voces históricas que abrazaron confesadamente las ideas del colectivismo, del igualitarismo, del socialismo y del estatismo, que ahora intentan vender en todo foro un relato donde esta avanzada del centralismo político -otro de sus hijos predilectos- a «difuminado» los valores y que es una imposición del «capitalismo», reviviendo buena parte de la monserga Galeanista para encubrir que, en verdad, siempre han sido los promotores de las ideas que se imponen a nivel mundial a fuerza de los relatos delirantes sobre «gobierno mundial», «encierros policíacos», «rentas básicas», «calentamiento global», entre otros. Existe una vieja izquierda que se quedó fuera del reparto de premios de sus compañeros ideológicos que trata de explicarnos que este auge totalitario nada tiene que ver con sus ideales llenos de intervencionismo. No nos engañan: los que hasta hace bien poco idolizaban los gulags, las dictaduras socialistas y la religión del estado, no van a vendernos que esta avanzada del poder político y su anhelo de uniformizarnos en una especie de dictadura del proletariado global -al decir de Gasparré- donde el gran hermano estatal globalizado promete repartirnos una ración igualada y segura a cambio de nuestra libertad y propiedad, no tiene nada que ver con sus ideologías. Quieren hacernos el cuento que este estado mundial en proceso no es una nueva versión de sus viejos y autoritarios sueños de un Komitern, en el siglo XXI.

Desentrañar las bases filosóficas e ideológicas del centralismo político, y analizar su periplo histórico es fundamental para intentar comprender esta nueva etapa de expansión del poder político de los estados y los gobiernos globales. como bien señala Erik von Kuehnelt-Leddihn, estas ideas se basan en el concepto de «Monolitismo dinámico», donde el estado, las organizaciones y las personas se convierten en uno.»…La uniformidad se recalca como la utopía izquierdista, el paraíso en el que todo el mundo es igual, la envidia ha desaparecido, y el enemigo ha muerto, vive fuera del reino, o ha sido totalmente humillado. La izquierda aborrece las diferencias, las desviaciones, las estratificaciones. La palabra “uno” es su símbolo: un lenguaje, una raza, una clase, una ideología, un mismo ritual, un único tipo de escuela, una ley para todo el mundo, una bandera, un escudo, un centralizado estado mundial...».

IMPUESTOS Y CENTRALISMO POLÍTICO. 

Hace unas semanas fue noticia en todos los portales de información global y nacional: la administración de Joe Biden propone un “impuesto mínimo global” para las multinacionales.  Según consigna la BBC, este impuesto permitiría “homogeneizar -obsesión fundamental del globalismo y su centralismo político- el sistema tributario internacional, evitando que las corporaciones cambien sus operaciones de un país a otro en busca de mayores ventajas.”, con la intención de que los gobiernos “aumenten su recaudación fiscal”. “…Las conversaciones para crear un impuesto global mínimo comenzaron en 2013 bajo el liderazgo de la OCDE” explica este medio, señalando que sus propulsores ven en esta herramienta una forma de terminar con los llamados “paraísos fiscales” y llevar a un futuro “más igualitario del sistema internacional”. Esta última frase condensa el programa histórico del centralismo político: sistema internacional único, igualado, homogeneizado, controlado.

El uso de sistemas fiscales extendidos ha sido históricamente una de las fuentes de financiación y control más efectivas que han encontrado los centralistas para expandir sus dominios, compitiendo con el uso de las guerras, las crisis humanitarias, los sistemas educativos o los proyectos culturales, sean estos basados en creencias, ideologías, religiones.

Cuando uno empieza a investigar la relación entre sistemas fiscales y poder político en la Historia, puede advertirse con facilidad que su relación es simbiótica, casi automática. La rebeldía frente a los impuestos, aranceles y tasas, especialmente a los llamados por los romanos como “impuestos indignantes” -o “impuestos ruinosos” por John Adams- se pierde en la noche de los tiempos. El origen histórico del poder político incluso está referida a la capacidad de sustraer rentas a la fuerza -ya dedicaremos un ensayo a ese punto, mas adelante- y recorre todas las sociedades, todas las civilizaciones, las épocas y las formas de gobierno.

Temidos y odiados, los impuestos han jugado un rol fundamental en la historia de la humanidad, y nos sorprendería enormemente el nivel de pasividad y sumisión con respecto a su implementación que tenemos las sociedades modernas frente a las anteriores. Ello nos deberá llevar, indefectiblemente, a comprender como es que el poder político legitima su capacidad fiscal, y, en última instancia, su poder político. Así también, buena parte de los valores fundacionales de nuestras sociedades -como los conceptos de libertad y de independencia- tienen su génesis en la descripción de las luchas que ciudades y pueblos iniciaron para enfrentar impuestos abusivos o falta de representación política frente a la presión fiscal del poder central.

El poder político y su capacidad de sustraer rentas de los sectores productivos que gobierna es parte de la historia de las Civilizaciones. En ese sentido, la palabra “impuesto” no ha logrado despojarse del estigma que supone el acto en sí mismo: algo impuesto es algo que no se encuentra en el panorama de decisiones voluntarias del sujeto que es víctima de esa imposición. En otras lenguas, la idea de exacción le incorpora mayor dramatismo porque evidencia otra de sus características: el carácter coactivo del impuesto. El parecido evidente que tiene un recaudador de impuestos y un ladrón ha sido recogido por la literatura y la cultura popular, hasta el hartazgo, y vale recordar que un impuesto no es una deuda, por el simple hecho de que los impuestos se adeudan porque un gobierno ordena que se pague. Es decir, un impuesto es cuando un gobierno ordena que individuos deben entregarle dinero, propiedad o servicios, sin pagar por ellos.

Igualmente, este ensayo no trata sobre la historia o naturaleza de los impuestos, sino sobre su rol en la conformación y crecimiento del poder político centralizado. Cuando uno recorre la historia de las civilizaciones antiguas y sus vaivenes políticos, sus auges y decadencias, puede advertir que en todos los casos –Egipto antiguo, China, la Hélade o Roma- las políticas impositivas tuvieron un rol fundamental en el desarrollo de las mismas. Detrás de la historia de luchas que protagonizaron los persas con las polis griegas está el anhelo del enorme y poderoso Imperio Persa en obtener de las rebeldes ciudad-estado de la Hélade nuevos tributos. Las exigencias centrales que tenían los emisarios persas del rey Darío sobre los griegos a fines del siglo V antes de Cristo eran necesariamente tributarias, y las polis griegas unieron esfuerzos para realizar una verdadera rebelión fiscal frente al poder centralizado del Imperio Persa.

La poliarquía griega tenía también su basamento en el singular modelo impositivo de sus polis: así como su poder político estuvo por siglos basado en la descentralización, el sistema impositivo se asentaba en el mismo principio. En este, los ciudadanos eran divididos en grupos de cien integrantes. El modelo estaba sustentado en la capacidad de disciplinarse de cada uno de estos grupos. Tenían un presidente a cargo y dos suplentes, que a partir de una declaración jurada de bienes y una tasación general, debían pagar los tributos de todos los miembros, y después cobrar a los demás, de forma diligente y efectiva. Este proceso era realizado sin la participación de un agente del gobierno, y buscaba que se mantuviese honrado mediante una auditoría constante entre sus integrantes.

Pero no hay que retraerse a la Antigua Grecia para observar que la Historia Política de Occidente y la Historia Fiscal se relacionan estrechamente. El proceso que vivieron las sociedades occidentales en los últimos mil años puede darnos una pista bastante amplia sobre el proceso de centralización del poder, y, el uso de la capacidad impositiva como mecanismo de su promoción.

A partir del siglo XI Europa va a vivir un período de expansión económica y prosperidad creciente. La actividad comercial se expande, las relaciones económicas con Oriente crean un circuito poderoso -las rutas comerciales-, la vida urbana florece, las ferias se multiplican en todo el viejo continente, las ligas comerciales se desarrollan, la logística y los instrumentos financieros se diversifican y se vuelven cada vez más sofisticados, la cultura florece a la par del crecimiento demográfico y técnico. Hay dos procesos políticos que son bastante significativos con respecto a la relación del poder político y los impuestos: el francés y el inglés.

Cuando se inicia este período, el rey de Francia no tiene mayor poder político que el que ostenta cualquier señor de menor talla en el Reino. Los contratos feudales otorgaban libertad de impuestos a la mayoría de los nobles y los reyes franceses respetaban estos contratos y no se atreverían a instituir un exactio inaudita (un impuesto inaudito) por la sencilla razón que no tenían medios militares para imponerse. En los siglos venideros Francia será el campo de batalla donde el centralismo político de sus reyes se enfrentará a la poliarquía general del mundo francés basada en un complejo sistema de señoríos, territorios feudales y ciudades libres.

El período histórico que se conoce como “Absolutismo” y que se referencia en ocasiones como “Antiguo Régimen”, es el centro de esta etapa de centralización política basada en la capacidad del gobernante de lograr, de forma efectiva, el monopolio jurisdiccional de la violencia junto al monopolio fiscal. Lo que mucha gente llama “Edad Media” es en realidad época moderna, ilustración, y es la época del absolutismo, del estado centralizado y del poder despótico del rey. La revolución francesa es el resultado evidente e inevitable de esa etapa, simplemente le pone el moño al centralismo estatal, el estado nación, el soberanismo, y el monopolio fiscal del Estado, sea este monárquico, republicano o revolucionario.

El término “antiguo régimen” se utiliza como referencia al “régimen” que nace en Francia entre el primer Valois y el último Borbón, siglos XVI, XVII y XVIII. Y el “antiguo régimen”, es, como dice Pierre Gouber, el “nuevo régimen”. Puede rastrearse alguna especie de origen de este proceso en el reinado de Felipe el Hermoso, y sus intentos de adquirir mayor capacidad recaudatoria. En su afán expulsó a los judíos e incautó su riqueza, así como aplicó el mismo tratamiento a los banqueros franceses y al Papa. Ante la negativa de éste último y sus amenazas de excomunión no dudo en enviar unos matones a secuestrarlo y obligarlo a vivir en territorio francés y facilitar así el derecho a gravar crecientemente los bienes de la Iglesia (el hacerse de los bienes de la Iglesia, sean estos bienes culturales, educativos, simbólicos, administrativos y económicos, será una obsesión del centralismo político).

En Francia el poder de los señores entró en declive debido a sus continuas guerras, y así, también se debilitó su capacidad de mantener alejado al rey de su afán centralista. El modelo político declinante del feudalismo medieval, y su carácter de poliarquía, de poder fragmentado, repartido entre los diferentes nobles, donde el rey es un primus inter pares (primero entre sus pares), había generado una importante competencia fiscal entre los distintos territorios. Este factor era especialmente beneficioso para las ciudades libres de Europa Occidental, situación marcadamente clara para las incipientes industrias textiles en las zonas de Valonia, el Flandes o Lorena. Los señores feudales son, verdaderamente, las figuras de poder en sus tierras, y en ellas mandan los ejércitos del señor y rigen las disposiciones locales, los tribunales provinciales, los aranceles, y la vida de las provincias tiene una marcada independencia con respecto al rey.

Una de las características de la concepción del poder político de este período en Francia y en otras zonas de Europa Occidental (norte de Italia, Holanda, Bélgica, Occidente de Alemania, Zonas de Europa Central y Escandinavia, zonas de España) como bien señala Françoise Xavier-Guerra, radica que la singularidad del poder político “…es un mundo en el que faltan distinciones esenciales en nuestra manera de pensar y de expresarnos, como la que opone Estado y sociedad civil; el termino Estado brilla por su ausencia y, en cambio, la preocupación por el “gobierno” es central y omnipresente. Pero el “gobierno” no es monopolio de las autoridades regias, sino que está ampliamente distribuido y compartido entre los diferentes cuerpos que componen la “republica…”.  En este sentido, el anhelo centralista del rey -y su potencial interés por lograr ejercer el monopolio fiscal en el reino- deberá enfrentarse a un complejo tejido de poderes en competencia y jurisdiccionalidades múltiples, donde el gobierno no remite de por sí a una función propia del rey o de sus agentes, sino a una función de carácter general, que se aplica a múltiples campos, organizaciones, y que todas tienen capacidad competitiva a nivel jurisdiccional, tanto sea legal, como fiscal.

El proceso de concentración de poder de los distintos regentes y reyes de Francia -especialmente el ciclo inaugurado por el Cardenal Richelieu y que tendrá a Luis XIV como su figura más notoria- marcaran la homogenización de los sistemas tributarios en el reino de Francia. Todo el período de guerras entre el poder central del rey y los poderes locales de los nobles y las ciudades autonómicas, conocido en parte como “la Fronda”, tuvo como corolario el creciente monopolio fiscal del estado francés, en detrimento de los campesinos y no tanto de los señores. El absolutismo construirá un poder centralizado y único en el reino, que le dará el monopolio de la fuerza a partir de la construcción de un ejército rentado, disciplinado y la aparición de una administración especializada que será la encargada de gobernar las provincias. Los reyes absolutos justificaron su poder centralizado (frente a la fragmentación e las ciudades libres y los principados) a través de Dios, como hizo Bossuet en Francia. Fue cuestión de tiempo que esa legitimidad divina cambiara, de Dios a la nación o soberanía nacional. Allí nace la idea de nación, como un «ente» homogéneo y unificado, que paga impuestos a un solo poder.

 Si Francia vivió un proceso histórico donde la descentralización política mantenía a raya la voracidad fiscal del rey, y esto fue debilitándose paulatinamente hasta que este logro el monopolio, el ejemplo inglés nos brinda el proceso inverso, en cierta medida.

De todas las revoluciones modernas, no existe una que este más íntimamente relacionada al combate del centralismo político y la expansión impositiva del gobernante que la de los EE.UU. La combinación efectiva entre anhelo de centralismo político de la corona británica y expansión impositiva logró no solo desarrollar un deseo de independencia de las díscolas y poco unidas colonias británicas del norte de América, sino que representó un ejemplo exitoso de construcción política descentralizada en su federalismo. Si existe una fecha de nacimiento para el afán independentista de las trece colonias es su rechazo visceral sobre los impuestos en la llamada “Ley del Timbre”. Una vieja práctica de los habitantes de las colonias era maltratar a los recaudadores de impuestos británicos echándoles encima brea y plumas. Este acto salvaje no cambio cuando los recaudadores de impuestos eran norteamericanos, a partir de 1776, dando la pauta que la aversión a los impuestos sin representación política estaba en la raíz de la cultura popular.

El celo con que se han enfrentado a la capacidad federal de crear impuestos -celo que es menor al que suelen esgrimir orgullosamente los libertarios norteamericanos- logró dilatar el movimiento centralista del Estado y ha permitido que esta nación mantenga en su historia importantes niveles de autonomía local. Como señala Murray Rothbard, “el nuevo gobierno federal formado sobre los Artículos de la Confederación no podía exigir ningún impuesto del público, y cualquier extensión fundamental de sus poderes requería el consentimiento unánime de todos los gobiernos estatales. Por sobre todo, el poder militar y bélico del gobierno nacional estaba constreñido y era pasible de sospecha, ya que los libertarios del siglo XVIII consideraban que la guerra, los ejércitos permanentes y el militarismo habían sido durante mucho tiempo el método principal de acrecentamiento del poder del Estado”. Tuvieron que predominar las corrientes pietistas post-milenaristas y su obsesión con el “gran gobierno”, ya en el siglo XX, para que empezara a diluirse lentamente la cultura del rechazo al Estado Federal creciente e interventor, tanto a la interna como a la externa de la Unión.

Los estados modernos han agudizado la inteligencia para lograr recaudar mayores niveles de impuestos, y que estos no desencadenen rebeliones de todo tipo y asesinato de recaudadores de impuestos -actitudes típicas en toda la Historia- apostando a varios factores que soslayen esta actividad: seguramente el que más efectividad ha demostrado es la combinación de tercerizar su recaudación en los empresarios, vender impuestos como otra cosa -las pensiones son un ejemplo formidable- y expandir la idea -absolutamente falsa- que los gravámenes recaerán en otro que no seremos nosotros – generalmente “los ricos”-. Un ejemplo histórico bien claro de la combinación entre centralismo político y expansión fiscal lo representa el sistema moderno de Pensiones, obra de Bismarck y su necesidad de financiar el novel y poderoso estado alemán en el siglo XIX. El nacimiento de los sistemas de pensiones en Occidente es quizás, el ejemplo concluyente de la relación entre aumento del control político por parte de los estados -una de las tantas formas del centralismo- y creación de un poderoso impuesto que no es percibido como tal.

Luego de la unificación de Alemania, las necesidades financieras del nuevo estado y su creciente burocracia necesitaba de una importante inyección de ingresos en sus arcas. El Canciller Otto von Bismarck fue una de las piezas claves en la creación del impuesto jubilatorio o las “pensiones” modernas. En su origen, el modelo era sumamente efectivo: 30 millones de trabajadores alemanes a pagar y unos pocos a cobrar, ya que inicialmente la edad para recibir pensiones en Alemania era de 65 años en un país que tenía como esperanza de vida una cantidad similar de años.

En los países occidentales, los creadores de los sistemas de pensiones surgen de gobiernos fuertemente intervencionistas y económicamente expansivos: Mussolini en Italia, Franco en España, Roosevelt en EE. UU. son los hacedores de los sistemas de pensiones en sus respectivos países. Los sistemas de pensiones suelen ser presentados como la “cara buena del estado”, y siempre que se implementó no existe, en general, rechazo al modelo.  Además, aparentan ser algo ajeno, diferente, al bloque duro del estado.

El modelo inicial de Bismarck significó que el Imperio Alemán tuviese acceso a fondos frescos resultado del superávit del aporte de millones de trabajadores aportando y algunos miles cobrando. Estos aportes, en parte, era gastados en ese momento, y en otra parte nutrían un fondo de reserva que era destinado a comprar deuda pública, volviendo a las mismas manos.
El sistema prevé generalmente que los ingresos por impuesto jubilatorio son gastados en ese momento. Fue durante años un impuesto enormemente lucrativo, y necesariamente financio el crecimiento de las burocracias estatales entre fines del siglo XIX y gran parte del siglo XX.

Vale aclarar que el sistema de pensiones tradicional es un impuesto de alta recaudación. Los beneficios económicos del sistema ya están gastados y las pensiones del futuro se pagarán con los ingresos futuros, aunque se venda con retórica de ser un «seguro».
Los Amish, secta anabaptista de los EE.UU., tienen prohibido asegurarse por religión bajo la consigna que “Dios proveerá”. Esta comunidad acepta los impuestos obedientemente -“a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del cesar”- pero se niega a contratar seguros, según sus creencias religiosas. La comunidad Amish entablo una serie de juicios al Estado porque se negaban a pagar los “aportes de pensiones” porque era presentado como un «seguro», y eso iba contra su religión. En el juicio se demostró frente al gobierno que no era un seguro, que era un impuesto, y finalmente lo pagaron.

La retórica de las pensiones está pensada para transmitir a las personas una lógica de seguridad, de seguro a futuro. Funciona como una promesa de pago sin ninguna claridad sobre cuanto se cobrará, cuando y como, ya que los sistemas han cambiado en el recorrido histórico varias veces, y además, están definidas las condiciones unilateralmente por el prestador. Es además, una promesa de prestación por parte del estado, que es absolutamente solventado por el trabajador. Los “aportes” del empleador se encuentran en el costo planificado del trabajador, y como se divide este costo es irrelevante. NO ES PERCIBIDO COMO UN IMPUESTO, SINO COMO UN AHORRO, siendo que no hay nada ahorrado, el Estado dará lo que hay, si es que hay (sino se dará papel devaluado). Ida May Fuller, primer pensionista norteamericana, pago 20 dólares de cotización y cobro 20.000 dólares. Al principio, como existía un enorme excedente, se permitían el lujo de dar grandes beneficios para prestigiar el sistema y venderlo como algo bueno. De esa fama vive hoy el sistema de pensiones.

Con el tiempo -y luego que esos fondos colapsaran- se transformó en una herramienta de política redistributiva, ya que todos los fondos tienen niveles de intervención, topes y jubilaciones máximas. Esta circunstancia -la quiebra de los fondos de Pensión tradicionales- llevó a que los estados, en su afán de ingresos, crearan fondos mixtos de ahorro privado, que en general tienen cláusulas de obligatoriedad de “invertir” en deuda pública.

La búsqueda de nuevas formas de tributación -como el impuesto global referido al principio- se enmarca en una de las tantas formas que tiene el poder político de tendencia centralizada de expandir su control. El sistema de pensiones, como el sistema de “renta básica” -otra de las vedettes de la pandemia- actúan en la lógica de atarnos de forma dependiente a los estados y a los gobernantes. El centralismo político -sea este del estado-nación, de ordenes regionales o de un gobierno mundial-, necesita de herramientas de financiación para sostener sus mecanismos de intermediación con los ciudadanos, para crear dependencia.

Estas estructuras, junto a la educación estatal, son la columna vertebral de la replicación del estatismo.

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