Arte

El artista conocido como Tsuguharu Foujita (1886-1988) fue una figura esencial en el arte surgido de la París de la primera mitad del siglo XX.

Por Fernando Loustaunau

Formalmente todo comenzó el 27 de noviembre de 1886 con el nacimiento de Foujita en Tokio. Acontece en los albores de la llamada era Meiji durante la cual Japón pasa de ser un país semi feudal e ingresa de pleno en la era moderna. Claro, el pintor en cuestión no es necesariamente un arquetipo de su tiempo: formado en un ámbito burgués – aunque a la japonesa -, sabrá discernir tempranamente sobre las complejidades de su cultura y será de los primeros en absorber formas de la otredad. En verdad, absorber e imprimir al mismo tiempo, desde sus ya legendarias tintas japonesas en más.

Graduado en arte y música en su ciudad, emigra en 1913 a la entonces insoslayable París y de golpe y porrazo se topa con Picasso. Su fascinación con la ciudad, entonces santo y seña de la occidentalidad, le deslumbró de inmediato. En un comienzo fue copista del Louvre, trabajo que le permitió ahondar en los recursos técnicos de los artistas de este otro lado del mundo. Lejos de ser un vil imitador, Foujita entendió las formas eclécticas en el arte, ingresando en una suerte de hibridación que, a su manera, no desdeñaba del impresionismo ni del simbolismo.

En 1917 acontece su primera exhibición en la Galería Chéron, vendiendo toda la obra expuesta en cuestión de días. Había nacido una estrella. Por encargo de la galería, acaso por sugerencia de Picasso, empezó a realizar acuarelas a diario. No le hacía asco a la tarea, pero nada le atraía tanto como pintar mujeres lo bastante desnudas. Ah, y gatos, siempre sus omnipresentes gatos. Entre las musas más o menos frecuentes se hallaba la gran Kikí (seudónimo de Alice Prin), signo máximo de Montparnasse y compañera de varias de aquellas celebridades de entonces.

Este año se cumplen exactos cien años de Reclining Nude with Toile de Jouy, obra en el que Kikí exhibe, generosa, su particular anatomía en sugerente entorno. La obra fue todo un tema en el Salón de Otoño parisino en 1922. Para algunos un punto de inflexión en la carrera, y hasta la fama, del gran artista llegado de Tokio. Poco después es nombrado miembro de la Academia de Artes de su ciudad y recibe la Legión de Honor francesa. Paulatinamente se convierte en una figura conocida por el gran público, llegando su influencia al no siempre apreciado mundo de la moda y sus vericuetos.

Sabido es que la gloria suele no perdurar y algo al tono, ya que aludimos a la moda, le pasó al japonés. Abandonó París y recorrió el mundo. Pero su internacionalismo no fue óbice para que volviera a su Japón natal, apoyando nada menos que al ejército imperial. Acaso su costado más oscuro.

Por fin vuelve un tanto cabizbajo a la París de sus amores en 1950, con otra de sus varias mujeres. Tendrá su nuevo cuarto de hora o no tanto, ya convertido a la religión cristiana (y con el nombre Léonard), tal vez como entrega espiritual plena a la cultura de ese occidente que tanto le inspiró. Termina sus días en la siempre aconsejable Suiza, precisamente en Zurich, en 1988. El mito sigue.

Mantuvo contactos con dos uruguayas de sus días parisinos: Susana Soca y Emma Risso Platero (esta última desde 1955 ocupando funciones diplomáticas en la propia Tokio). También entabló amistad con el pintor compatriota Carlos Aliseris. Este solía acompañar a Soca al atelier de Picasso mientras el español la pintaba, siendo posible  que también en algunos de esos encuentros coincidieran con Foujita). Por su parte, Aliseris fue padre de la también pintora Raquel Aliseris, excelente artista que no ha recibido aún el reconocimiento merecido. Por fortuna, buenos augurios llegan de Brasil. Algunas de las obras de Raquel, tal su “Patos pequineses”, y el tratamiento del pincel a mano alzada, permiten inferir que el aura de Foujita se plasma en el arte de la uruguaya.

Raquel Aliseris. «Patos pequineses». Colección MNAV

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