ENSAYO

Por Fernando De Lucca

Me ha visitado la idea de imaginar un mundo humano en el que no se sabe nada a priori. Es más, me he permitido pensar en una “psicología del no saber anticipado”. Seguramente intentaré desarrollar en breve de que se trata esta “nueva” psicología –más vieja que el big bang y des respetada por los eruditos.

Para ello comenzaré por un cuento.

En el barrio éramos varios conocidos y algunos amigos. Estoy hablando de mis ocho o nueve años. Pegado a mi casa se había mudado una familia con sus tres hijos. Dos de ellos eran bastante más grandes que nosotros y el más chico era de nuestra edad. Él era rubio, “sobreviviente de hermanos mayores” y curiosamente nosotros éramos hijos primeros, a lo sumo teníamos algún hermano o hermana chica. Este muchacho era un buen jugador de football y hábil en otros deportes, lo cual lo hizo muy popular rápidamente junto a su carácter agresivo y espontáneo. Andar en bicicleta era una de las actividades preferidas de la barra, y yo era bueno en velocidad y habilidades “circenses”, también era bastante ingenuo por esos tiempos; luego empeoré.

No era este vecino de mi mayor agrado y yo no lo era tampoco para él.

Como éramos unos niños eso no importaba mucho y en cierta forma coexistíamos todos juntos y con todo. Si había algo fuera de lo común que en realidad era lo común, o sea alguna peleíta o discusión por lo injusto de alguna situación, se arreglaba con unas horas de reclusión en casa y nada más. Parecía que la vida nunca podría volver a ser tranquila del todo después de la llegada del vecino. Por supuesto que todo esto fue generando un quiebre entre nosotros y comenzaron a alinearse los amigos del rubio y los que no. Bueno, “los que no” éramos dos y para ser honesto el otro en cualquier momento se plegaba a la mayoría. Reconozco hoy que era insoportable no ser del club.

También había otros lujos como por ejemplo que en el grupo del rubio, no todos eran aceptados y ya; él se encargaba de reciclar a su gente testeando sus habilidades y en especial la lealtad.

Un buen día el rubio organizó una carrera de bicicletas para saber quién iba a pertenecer a su barra de amigos y quién no.

Lo había hecho como un profesional del deporte. Organizo tandas de “corredores” que iban siendo parte de un ranking y la final se corría entre los tres mejores. Yo había llegado hasta allí simplemente por el hecho de estar testeando mis propias capacidades de conducción y velocidad aunque me incomodaba mucho lo que estábamos haciendo. “Competir para él” por un lugar en su club privado. 

El rubio por supuesto había puesto las reglas. 

Solo el que ganaba en cada serie de tres, sería incorporado. A su vez había series de ganadores que competirían por la final. Y mi espíritu competitivo de niño de 8 años me llevo a aceptar el desafío. Nos pasamos toda la tarde en la vereda y la largada y la llegada eran en frente de la casa de uno de mis mejores amigos.

Ya entrada la tarde, finalmente quedamos los tres más veloces.

Estábamos frente a la final y a mí lo único que me importaba era llegar primero. 

¡Largamos!

Era la vuelta manzana, éramos tres competidores y la peor bicicleta era la mía.

Y allí es donde recuerdo por primera vez como se detiene el tiempo.

Veo que voy segundo durante los primeros metros y luego ya estoy primero en la subida, el lugar más difícil. Paso en frente a mi casa y era un honor estar siendo el que pasa en ese puesto por ahí. Primera curva y ya le había sacado una buena ventaja a mis otros dos rivales. Uno era amigo y el otro un compañero poco conocido. 

Segunda curva. 

Y allí me doy cuenta de que no podría jamás pertenecer a aquel grupo “selecto” de amigos. ¿Entonces debía perder? A lo sumo un segundo puesto podría hacer conciliar el  hecho de no ser aceptado y no perder completamente la dignidad.

Se para el tiempo; literalmente.

Aparece mi padre y mi abuelo en mi mente y en mis oídos. Empezamos a dialogar.

Mientras sigo pedaleando con todas mis fuerzas siento mi cuerpo separarse de mis pensamientos. Mi conciencia se daba clara cuenta de que esto estaba pasando y me parecía hasta natural.

Hablo con ellos y nace la idea de que no tenía por qué perder así como no tenía por qué ser parte de este juego manipulador y autocrático.

¡Por tanto debía hacer algo inesperado! 

¿Pero cómo haría?

Llegaba a la tercera curva y allí comenzaba una bajada donde los otros podrían alcanzarme. Mi bicicleta era de un rodado bastante menor al de los otros y no tenía cambios. La cubierta trasera estaba algo descentrada y el manillar muy bajo. El asiento estaba roto y ya había alcanzado la altura máxima para subirlo y poder así pedalear mejor. Frenos mal. ¡Para peor era color verde! Desteñida por el sol y con algunos rincones de óxido.

Me la habían comprado usada y…ah, ahora recuerdo su marca: Donicelli.

Bueno, en la bajada y a una velocidad exagerada para lo que podía resistir, comienza a aparecer la idea de lo que hacer. Mis padres siempre me habían enseñado valores de honestidad y trabajo, también de soledad y dolor. 

A su vez, las películas de cine y algunas “seriales” de aquella época de los 60´, contagiaban la osadía de héroes anónimos y recios, casi indómitos que “hacían el bien” solo porque dentro de su ser “parecía” no existir opción de hacer otra cosa, allí se daban media vuelta para desaparecer con la tarea cumplida y seguir así de incógnito. Era importante también ser honrado (iluso) y aceptar que siendo “perdedor”, uno podía conectar su conciencia más plena en relación al “bien” -los últimos serán los primeros. Una moralidad casi ingenua que agradezco hoy tener intacta en algún rincón de mi corazón. 

También tenía sentimientos de orgullo y ambición que me hacían actuar sin tener mucha conciencia de donde iba y de las posibles consecuencias de actos a veces casi temerarios, precipitados, alocados. 

Mi abuelo y mi papá eran según mis recuerdos un poco así, siempre desde la renuncia y el sacrificio.

Bueno, seguía en la bajada aumentando la velocidad mientras todo esto –me lo crean o no- estaba pasando en mi mente. 

Entonces y de improviso se infiltro un pensamiento terminante. La conclusión final, indiscutible: debía continuar con la carrera e intentar ganar y al llegar seguir de largo hacia mi casa sin parar y así dejar al grupo y especialmente al rubio perplejo. ¡Yupiii!

Luego vería con el correr de los días, que podría ocurrir. 

No tener idea de lo que fuera a pasar me excitaba mucho y dejaba abierta una ventana hacia lo desconocido. De todas formas, a esas alturas ya nada era muy interesante desde la llegada del rubio; en realidad nada tenía mucha diversión. Tanta predictibilidad era aburrida y con el aburrimiento venía la furia.

¡Cuarta curva!

Volví a estar en el tiempo normal.

Seguí pedaleando preguntándome como había doblado con la velocidad que venía pues la curva era de más de noventa grados.

Venía primero y veía ya la meta. Allí estaban todos mis compañeros de barrio. Algunos los conocía desde hacía algunos años y otros eran casi nuevos. Allí estaba el rubio para ver quien llegaba primero. Supuse que se iba a desilusionar –je je.

Pasé por la meta y seguí de largo en un impulso apasionado y a toda velocidad.

Entré en mi casa con una maniobra aún más exagerada. Yo seguía en la carrera. Pase por la puerta y seguí hacia el fondo. Paré debajo de un eucaliptus que había en un rincón del fondo que estaba en obras. Me baje de mi bicicleta vieja y fea que en ese momento era la mejor de todas. Me senté. No era para descansar. Era para vivir el asombro de lo que había hecho. 

Nunca lo hubiera hecho sin mi abuelo y mi papá. 

Nunca lo olvidé.  

FIN

Veamos, entonces, ¿por dónde empezar?

Podría decir que los seres humanos nos metemos en “aventuras” de las cuales salimos indudablemente con más experiencia acerca de las cosas. No necesariamente sabemos más, aunque según como haya sido lo que vivimos y como lo resolvimos vamos haciendo un camino que nos conducirá a posibles vidas que conducirán a la alegría o a la tristeza, a la escasez o a la abundancia. En realidad la abundancia interior de un ser humano lleva a la alegría y eso provoca un peculiar orden en su vida. Así también no hay necesariamente alegría por el hecho de ser el líder o el primero o el dominante. Lo más claro es que cuando alguien se le ocurre como ha de ser su vida, impone en general este concepto a otros. Si a su vez este “alguien” es un dogmático cacique que no es otra cosa que un minusválido en busca de confirmación, la cosa se complica pues no solo es una artimaña psicológica de su ego históricamente herido, sino que sus imposiciones carecen de la gracia de la vida en sí misma.   

Observamos diariamente como los padres hacemos esto con nuestras hijas e hijos, y de allí en más va a todos los sectores de la sociedad. 

Pero aún hay más. Que les parece hablar un poco de la culpa. La culpa es un sentimiento-pensamiento intenso. Da la sensación sin filosofar demasiado, que la culpa es algo que experimentamos en la medida de que planificamos una acción que daña de alguna manera a otro u otros. Sin embargo es colocada como sentimiento prevalente ante toda acción egoica que no esté dentro de determinadas normas, principios, políticas que rigen de manera –y vean bien-, oficialmente aceptadas como verdades incuestionables por mayorías dominantes. El castigo ante la culpa es el aislamiento tan temido, pues tiene por detrás la idea de la soledad que por el simple hecho de nombrarla ya da escalofríos.  

La culpa es en general, una vivencia interna donde se pierde capacidad de elección y por tanto de libertad y espacio para actuar. La culpa es una maravillosa máquina de rédito social. Cuando no tiene que ver con un plan de acción para dañar –culpa real-, es una forma ideológica para crear autómatas que van a portarse bien –léase, hacer lo que dice alguien o algo que está siempre por encima del resto. Curiosamente observamos que a más culpa, más avidez. Y por las dudas si alguien no me entiende veamos el informativo de la noche y estará más claro. 

Muy bien y ¿qué vamos a hacer con esto? Bueno, llego el momento de la benevolencia. Uyyyy, ¡que concepto! Claro….este es un concepto que nos hicieron creer que solo pertenece a dios o los que están cerca de dios. Entonces los sinónimos humanos de benevolencia como antídoto de la culpa que son por ejemplo, la generosidad, la indulgencia, el altruismo, la bondad, la templanza nos parecen inalcanzables por ser pecadores de algo que nunca imaginamos siquiera de que se trata.

La avidez de ser y tener esta alegría benevolente es vista como algo quimérico. Por verlo de esta manera, calmamos nuestra avidez con la idea de poseer algo también quimérico: el dominio y el poder. La posesión ya es complicada, ahora, el poder lo es más. No necesariamente es una mala palabra, el problema es cuando está asociada a nuestras carencias egoico-históricas. La abundancia parece crear un poder más abarcativo mientras que cuando este se emparenta con la carencia crea algo más radical en el cumplimiento de sus objetivos. El Eneagrama –del cual hablaré más adelante-, nos instruye de que la envidia, uno de los pecados egoicos capitales no es querer dañar necesariamente a otro para quedarse con lo que considero debe ser mío sino que es un sentimiento profundo de carencia en el cual siempre me siento menos que el otro. Pero, ¿qué es tan importante para crear todo este dolor humano del cual venimos hablando?: la falta de amor o por lo menos la idea de ello. Entonces cual sería el principio básico y fundamental de la orientación de la conciencia: volver a recibir amor –para los más benévolos- o conquistarlo por la fuerza para los que se sienten carentes.

La “psicología del no saber anticipado” es una buena forma de entender al ser ser humano. Lo humano es algo a alcanzar. Y parece que se logra a través de la abundancia -o la carencia- de amor. Simplemente esto; e ir viendo que le pasa a cada uno sin ideas preestablecidas de cómo debe medirse la salud. Saber lisa y llanamente que todos queremos vivir con alegría y esto, ha de alcanzarse por la vía de poder ser conscientes de “ser y estar” en un mundo compartido. El hecho de estar junto a otros, pares humanos, plantas y animales y objetos inanimados es en sí mismo el aprendizaje que hemos de tener y no mucho más. 

Espero poder continuar y tal vez concluir este ensayo con la próxima entrega. 

Allí veremos que tiene esto que ver con la conciencia y la responsabilidad.

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