ENSAYO

Por Fernando De Lucca

Otro cuento. Un recuerdo que tengo tiene relación con la muerte. No es trágico… ¡tranquilos!

Venía en mi bicicleta verde desteñida como lo hacía en general; jugando a que era una moto o incluso un auto. Esta vez le había enganchado a la horquilla trasera un cartón de los ravioles agarrado con palillos que “tomaba prestados” de mi madre y que en general devolvía en menor cantidad y casi desguazados. El cartón se sacudía con los rayos y hacía un ruido como de motor de moto con escape semi libre. Es lindo explicar con cierto detalle estas prácticas pues son parte de los juegos de aquellos años donde lo artesanal era simplemente lo que había que hacer para divertirse y pasar un lindo tiempo. Había que elegir el cartón; no podía ser ni muy grueso y duro ni muy fino y flexible. Tenía que ser intermedio y colocado con palillos para ropa de madera; aquellos con la bisagrita de alambre duro pues los de plástico se aflojaban con la primera pedaleada. A veces un plástico duro servía pero el sonido era sordo y aburrido. El cartón de caja de zapatos era el ideal pero tan escaso que solo era posible cuando una tía renovaba su ropa en los cambios de estación. Ahora imaginen si la caja de zapatos era verde y combinaba con el color de la bici. La tapa negra igual servía. Bueno, resumiendo, la caja de zapatos era un regalo único.

Siguiendo con el relato, los vecinos no opinaban como nosotros. El ruido realmente era genial y sobre todo alto. Ni hablar si éramos una horda de “motociclistas” al estilo “busco mi destino” que daba vueltas manzana. Nadie se animaba a ir por la calle a no ser para cruzar de vereda a vereda después de algún rezongo. Lo que sencillamente hacíamos era ir a molestar a otra manzana y después volver con la inocencia recuperada. 

En uno de esos momentos bicimotociclísticos, yo andaba solo. Las bajadas, donde la velocidad podía aumentar, el ruido se transformaba en excitante y casi ensordecedor previo chequeo de “palillos en su lugar”. Me tiro por la bajada y se me escapa uno de las gomitas de la zapata del freno de adelante que era el único que funcionaba. Seguramente en mis reparaciones lo había colocado al revés.

Alcanzo una velocidad donde tampoco podía frenar con los zapatos contra el piso ni contra la rueda.

Estoy llegando a la esquina que recuerdo tenía mucho pasto y luego la calle que era muy transitada. 

Allí siento la sensación de que puedo morir…y la claridad espontánea de que solo puedo entregarme a lo que estaba pasando.

Comenzaban mis nueve años y le estaba empezando a dar valor a mis genitales. Realmente pensé en ese momento en golpearme los testículos. Era un dolor recientemente conocido… el football. 

Me tiro al pasto y dejo que siga la bicicleta sola. Mientras caigo como “el llanero solitario” de su caballo Silver, veo que la bicicleta cruza parte de la calle y allí queda. Yo estaba bien, con las rodillas verdes del pasto y sangrando de un codo. Fui a buscar la bicicleta corriendo. No había pasado ningún auto u ómnibus hasta entonces. 

Me monte de vuelta en la “chiva” luego de centrar el manillar. 

Me fui a curar las heridas a casa, intentando hacer como que nada hubiese pasado. Me lave las rodillas que continuaban verdes y me limpie el codo con agua y jabón como mamá me había enseñado. 

No sé porque era una especie de falta grave lastimarse con los juegos o los deportes, pero así era. Me aparecía una imagen con mi madre o mi tía desaprobando el estar herido aunque ocupándose de curarme con cariño. Seguramente una rara forma de cuidarse para ser aprobado…interesante ¿no?

Me fui a descansar al eucaliptus del fondo de la casa. 

Estaba sorprendido de mi sentimiento de entrega a la fatalidad, a lo irremediable, a la tragedia. Nunca antes había sentido algo así.

Aún hoy, en los comienzos de mi tercera edad, es inspirador. 

Lo he recordado todos estos años.

A este cuento, lo podríamos llamar: “la entrega”.

Bueno, si consideramos este cuento como siguiendo al anterior (parte 1), podría decir que se trata de enseñanzas incuestionables y amplias que han hecho de mi ser, aquel que soy.

Es importante en la vida recapitular.

¿Qué quiero expresar con esta palabra? ¿Recapitulación?

Nuestra vida está orientada por algunos pocos patrones de conducta y por un puñado de ideas que podemos llamar “matrices”. Tenemos formas propias para expresar sentimientos y sensaciones básicas como por ejemplo el miedo, el amor, el dolor, la alegría, etc… El “bien y el mal” también están atravesados por acontecimientos y experiencias primarias que activan estas matrices mismas en la relación con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. Esto es algo creado en una compleja relación de hechos donde lo personal, el estilo de carácter que hemos creado sin casi darnos cuenta y los aspectos de familia, educación y sociedad son fundamentales. Somos creadores individuales de nuestro ser, sin embargo se nos ocurrió algo más: influir en la vida de otros en vez de enriquecernos con la diversidad de las construcciones propias y de nuestros pares. Esto no es novedad aunque siempre es importante recordarlo. 

La influencia de unos sobre otros es una manera rústica –aunque puede ser también sutil- de agresión por el simple hecho de impedir el proceso de individuación, la manera natural y espontáneo de ser y como si fuera poco lo anterior, un atentado contra la libertad en todas sus manifestaciones. No podemos olvidar que cada uno de nosotros necesita encontrarse con su propia condición de ser humano y esto se logra siempre a través de maneras en las cuales lo que se obtiene de “afuera” permite que lo de “adentro” lo organice y viceversa.

Si hay verdades oficiales e incuestionables –como por ejemplo el concepto de inconsciente- pocos serán los que intenten concebir lo psíquico desde otro lugar. Si hay verdades incuestionables como el rosado para las mujeres y el celeste para los hombres todo aquel que se enfrente a estos patrones será excluido. Esto por suerte va siendo algo ya superado o por lo menos en vías de serlo, sin embargo siempre la sociedad se encarga de generar nuevas verdades acerca de cómo debemos vivir.

Cada época necesita de rehenes –muchos– para satisfacer necesidades que en general son de unos pocos repletos de ansias por perpetuar sus propios caprichos. Y digo caprichos pues claramente lo obtenido por medio de esta manipulación, especulación e intromisión de pocos en relación a los muchos, no aporta nada interesante a los efectos de la evolución humana. La revolución tecnológica nos ha permitido creer que todo se puede por el simple hecho de “sentirlo así”. La tecnología ha permitido infinidad de cosas pero no ha generado ni más alegría ni más distensión. Con el eterno cuento de que simplifica la vida, se ha complejizado la vida aún más. Disculpe el lector por escribir sobre lo que ya saben; solo que voy a decir algo ahora que no todo el mundo ve. Lo que ocurre psicológicamente hablando con todo esto es: un profundo  malestar por no poder más elegir la vida que uno desea ya que el sistema es tan global y excluyente que sencillamente no hay posibilidad. Un joven de 24 años me comenta hace unos días que él considera que pertenece a la última generación de aquellos que tuvieron experiencias de vida sin estar “conectados” a “algo” que nos dice como nos debemos divertir. Otra joven de 29 me dice que no sabe bien lo que le pasa pero se siente triste y manifiesta su incapacidad en determinar la causa. Otro adulto joven de 33 años se siente adormecido y prefiere no pensar en ello ni en nada mientras transcurre su vida sin más. Esto siempre ocurrió como algo ocasional mientras que hoy es masivo. El deseo por tanto de VIVIR está en riesgo. Es hora de recurrir a enseñanzas antiguas. Antiguas en origen y reconfiguradas para responder a situaciones presente. La meditación es una de ellas y la actitud socrática de preguntarse quién uno es, es otra. Vivir sintiendo el presente y desapegarse de parte de lo que nos esclaviza es importante también. Pero por sobre todo dialogar; dialogar con las diferencias y no necesariamente anularlas. Aceptar lo que nos globaliza, termina haciéndonos sentir aburridos, desmotivados y paralizados. Lo que sí podemos aceptar es la profunda vivencia de no saber. 

El no saber a priori es una forma de vivir el vacío.

El vacío es fértil en la medida en que nos hagamos preguntas realmente nuevas, pues las repuestas que surgen de allí transformarán lo vivido por nosotros hasta ahora e influirán en nuestro estado anímico. Recapitular es saber cómo es y hacia donde me dirijo en mi vida pues tendré que volver hacia atrás y ver lo que hice para ser así. Por otro lado he de tener una postura respecto a mi conciencia y mi impermanencia. 

Hablaré en la próxima entrega –parte III- de la formación del vacío fértil y de la suspensión momentánea del saber cómo manera de vivir, especialmente en este año peculiar siglo 21.

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