ARTE

En el marco de la exposición RIP (revisar, investigar, proponer), Margaret Whyte destaca en el CCE.

Por Fernando Loustaunau

Al ingresar al Centro Cultural de España (CCE) llama de inmediato la atención una imponente obra de la montevideana Margaret Whyte. Una pieza que literalmente se impone y marca, demarca todo el espacio, trascendiendo incluso del generoso contexto en el que está exhibida. “Ser y no estar”, se denomina, sin embargo.

Tal vez hubiera sido más acorde con la magnitud de la obra, disponerla en el fondo de la sala, suerte de corolario, periplo por el que atraviesa la muestra. Pero en el sitio en el que se encuentra, poluciona positivamente toda la planta baja del centro cultural haciendo su presencia aún más significativa.

Es cierto, MW nos tiene acostumbrados a esas travesuras. Joven orgánica, no escatima en absoluto elementos logrando de todos modos una tan peculiar como inconfundible unidad. 

Cabe la pregunta: ¿dónde se genera el intrincado universo de MW?. Por cierto, se podrá aludir a ámbitos de enseñanza, docentes, a la tradición plástica de la nación, etcétera. Pero, más allá de las conjeturas, hay una huella que le es intransferiblemente propia y que significa un aporte notorio en el panorama de la plástica contemporánea.

Whyte no desconoce el espíritu llamemos experimental, aunque a la hora de decidirse emerge un mundo íntimo, muy suyo. Hija de una modernidad móvil, su obra resume por un lado la tradición que viene, ya dilatadamente, de Duchamp, el pop-art, el body art, los mentados happenings, el hiperrealismo, el land-art, el arte povera, el ecológico y qué se yo. O las corrientes geométricas, neoconcretas, el minimalismo, el uso de los instrumentos de carácter tecno y, claro, el arte conceptual, por armar otra fila india al tono. Whyte se sumerge sin complejos en las técnicas más heterogéneas. Así se desarrollan sutiles formas volumétricas o bien esculturas exentas que nos autorizan a pensar en situaciones infinitas.

En su acervo, claro, no faltan sus ancestros escoceses llegados a aquel Uruguay tierra prometida con consabidas valijas que constituyen el germen de ese bagaje. Así las telas son reminiscencias de esos pasados evocados con técnicas de patchwork. Aparecen inestimables trozos de alguna vez elegantes vestidos, almohadas, alguna vez almohadas, presuntos maniquíes, esculturas blandas, tapices de alguna tapicería de antaño, restos en suma de momentos que emulan los recuerdos de alguien que ha vivido y recuerda. Porque Whyte vive y recuerda.

En ocasiones las obras de MW pueden incluir alusiones al llamado femmage, suerte de collage realizado con elementos de la vida cotidiana de las mujeres. Es un homenaje a la creatividad y la inventiva de las mujeres y, sobre todo, a su ingenio para resolver las más inimaginables situaciones (la mayor parte de las veces sin salir del ámbito doméstico).

Por cierto, MW no nos quiere vender nada que se parezca a la “novedad”. Por favor. Esta, como expectativa recurrente del horizonte artístico, supo animar al llamado arte moderno. También supo ser el objeto (y el objetivo) de las ya obsoletas vanguardias. Ese bregar continuo por esta palabra mágica tenía como fin acaso no implícito la necesidad de que el progreso marcara sus pautas y hasta sus evidencias en el espacio reservado al arte, palabra solemne. Las formas nuevas, o la pretensión de las mismas, llegaron a ser casi una materia imprescindible, una suerte incluso de exigencia, en el arte y sus vasos comunicantes.

Tanto como el mundo moderno no tiene un origen transparente, tampoco lo tiene su final. No sabremos si debemos este gran escándalo cultural a los enciclopedistas, a las revoluciones, sea la francesa o la industrial. O acaso al romanticismo. Hoy nada de eso rige (apenas se mueve), pero tampoco el pasado es anarquía.

Lo que Whyte nos presenta no es inescrutable, sólo que nos obliga a utilizar otros códigos y efectuar una suerte de operación retorno…Un retorno no dramático es necesario, imprescindible diría para poder volver a ver lo visto sabiendo que pasa a ser definitivamente otra cosa. Un viaje hacia la deshistorización de la vida misma. Para pasar luego a ser renovadamente historicistas.

Hija de la crisis más profunda del arte, hija de la desmaterialización del objeto artístico, sus retazos son una respuesta lúcida. Tan lúcida que lejos están de ser simples retazos para consolidarse como piezas inteligentes, estrictamente ensambladas, integradas en la lógica que la propia Whyte supo construir.

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