(O las consecuencias de tres siglos de dictadura del nominalismo filosófico)

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En un lugar del océano los compases se vuelven locos. En ese lugar estamos. La realidad es un hábito, y todo lo que está pasando consiste en un atentado violento contra el hábito, impuesto desde arriba, y acatado desde abajo en un intento desesperado por salvar los hábitos -«si me porto bien ahora y hago lo que me dicen, todo volverá luego a la normalidad». El atentado tiene como finalidad crear a través de la supresión y reemplazo de los anteriores hábitos, una realidad virtual que parezca real -«nueva normalidad»-, para convencer a las mayorías, a través de ella, de que es normal la imposición de nuevos extremos de control. Es la culminación de la dictadura del nominalismo filosófico que comenzó allá por el siglo XVII. Esa dictadura no es más que la explosión final de un camino que condujo tanto al relativismo más estéril, como a la violencia masiva más viciosa y gigantesca que la humanidad haya conocido -guerras mundiales, experimentos colectivistas. Esta crisis de gobierno, medios y relaciones humanas que ve cualquiera que se tome el trabajo de observar, podría ser no el comienzo del llamado transhumanismo, sino el canto de cisne de toda una era.

Por Aldo Mazzucchelli

0 – De cómo el año 2020-21 es el de una crisis de la noción de realidad, y cómo se le intenta imponer una mitología falsa que pretende estarla cambiando. Y de cómo al fin no funcionará, porque lo real cambiará, pero en sentidos distintos a los que se pretende imponerle desde arriba

Lo que llamamos realidad es, entre otras cosas, un conjunto de hábitos. Los signos de esa realidad los manejamos normalmente en un nivel más profundo y automático que lo que llamamos «nivel consciente». En ese lugar semiconsciente todas las mesas distintas con las que nos enfrentamos en nuestro andar cotidiano por el mundo vienen siempre-ya codificadas, comprendidas y aproximadas como «mesas». Agrego: somos bastante más finos que eso. Sin pensarlo mucho, no ponemos los pies encima de la mesa del restaurant, pero sí encima de la mesa de trabajo en nuestra casa (a veces, al menos). Sabemos por hábito qué es una mesa, cómo se usa, cómo evitarla al andar, cómo aproximarnos a ella, y qué hacer con respecto a ella. 

Esa maraña de perceptos/hábitos/signos que vulgarmente llamamos «la realidad» es algo mediado. Y aunque de infinitas formas nos golpea directamente, cada vez que queremos pensar que tenemos acceso «directo» a ella, ya lo perdimos, pues justamente estamos entonces pensando en ello -es decir, interponiendo signos, a veces incluso palabras- entre eso real que se nos escapa y la sensación de «yo» interno (algo también mediado parcialmente por signos).

Pero la realidad es algo más que esa interposición de signos, y algo muy peculiar. No solo es irremediablemente mediada cuando la queremos hacer objeto de filosofía: también es algo irremediablemente fiel a sí mismo. La realidad puede ser mediada, pero su esencia es dura, y es decir «no». Se nos revela como aquello que no podemos hacer aunque queramos.

En esta paradójica condición de lo que llamamos «la realidad» (es «nuestra» porque la mediamos nosotros con nuestros signos/hábitos, pero no es «nuestra» porque nos plantea sus límites irrevocables, respecto de los cuales nadie puede engañarse demasiado tiempo) es donde reside la revolución (in)humana a la que estamos enfrentados desde hace un año. 

1 De cómo se impone artificialmente una realidad al imponer un cambio de hábitos

Lo peculiar de este año 2020-2021 es el cambio de hábitos, que hace creer en un cambio de realidad. Desde luego que la existencia del virus no es lo que está en principio en discusión, sino la proporcionalidad y adecuación de las medidas impuestas en el mundo. Esta no es una cuestión de matiz: es la esencia de la maniobra en la que estamos y la madre de todas sus consecuencias.

Porque no es cierto que lo fundamental sea un cambio decisivo de la situación sanitaria: lo fundamental es un cambio -forzado por decreto- sobre las mediaciones habituales que manteníamos con la realidad. Al cambiar los hábitos, esos signos con los que mediamos lo real, mucha gente está convencida de que es lo real lo que cambió. Si los hospitales están semi cerrados y alegan una crisis de atención aunque estén semi vacíos, es muy difícil no creer que la crisis de atención es real. Si a ello se agregan algunas fotos fuera de contexto convenientemente subtituladas, nuestro hábito nos dirá, más abajo del nivel consciente, que la realidad hospitalaria cambió en el sentido que se nos ha instruido. Si nunca se nos informa de los números de muerte en horario central, y de pronto sólo se nos informa de esos números en horario central, esos números se percibirán como enormes y decisivos, lo sean o no.

¿Cambiaron de veras, por necesidad natural, los hospitales, o los fallecimientos? Para saberlo, es fundamental no preguntárselo a los creadores de mitologías.

Lo real está intentando ser escamoteado desde arriba. Los cambios a la percepción habitual se han impuesto de dos formas: a través de leyes y decretos, y a través del control de los discursos públicos, creando esas mitologías falsas a escala masiva.

2 De cómo se convence a muchos de que cambió lo real imponiendo decretos

La mediación con la realidad se ha cambiado, decimos, a través de decretos.

Los decretos han sido, por ejemplo, los que adoptaron las organizaciones sanitarias del mundo entero, bajo recomendación de la OMS, que tuvieron como consecuencia comenzar a aplicar políticas de TETRIS (Test, Trace, Isolate: es decir, testear, rastrear contactos, aislar). Los comités científicos en cada país fueron la correa de transmisión de estas políticas. Invocando representar exclusivamente la autoridad de «la Ciencia», explicaron a los políticos lo que estos debían hacer. Y los políticos en su mayoría lo aceptaron, y lo implementaron. Estas medidas se impusieron a los gobiernos, los que las formularon durante el mes de marzo 2020 en decretos legales de distinto tipo. La estrategia TETRIS está apoyada en un único pilar, no científico: el uso indebido y fuera de control del test PCR, que se transformó de una fina herramienta donde lo cuanti y lo cualitativo deben ir de la mano bajo contraste constante con el diagnóstico clínico, a una herramienta desconectada de cualquier observación clínica (test PCR estilo automac), exclusivamente cualitativa (si/no), donde lo cuantitativo se congeló en una escala tal que asegurase un máximo de falsos positivos. El paper que dio un pseudo fundamento «científico» a esta maniobra lo publicó en Alemania el sr. Christian Drosten ya en enero de 2020, fue adoptado y recomendado tempranamente por la OMS, y de ahí en más se generalizó a toda velocidad. Ese paper ha sido pulverizado científicamente, y la revista que lo publicó ha sido humillada ante la comunidad científica informada. Pero la maniobra ya estaba consumada. Sobre esta recomendación inicial se construye luego por diversos agentes de comunicación toda una la mitología global relativa a casos y fallecimientos, respecto a la construcción de los cuales se agregan políticas como la del CDC norteamericano que estimula e implementa la inserción del código COVID19 en los certificados de defunción aplicando una serie de criterios muy laxos– Esa política ha sido luego repetida o tomada como estándar por los sistemas de salud de cada país.

Un segundo conjunto de decretos copiados de país a país que transformó la mediación con la realidad fue la imposición de los encierros, urbi et orbi, sin ninguna razón ni demostración epidemiológica sólida -de hecho, sin ninguna demostración posible, puesto que es imposible generar estudios de cierta calidad sobre los efectos de medidas que nadie sabe exactamente cómo fueron cumplidas, ni con qué extensión se tomaron, respecto de un contagio que nadie puede medir bien. De esa cantidad de ignorancias, la ortodoxia Covid ha sacado la previsible y redundantemente falsa conclusión de que los encierros son «la única herramienta efectiva con la que contamos contra el flagelo del coronavirus». Países como Irlanda, por ejemplo, han vivido una gran mayoría de los últimos doce meses en lockdown total, y sus líderes les avisan que esto seguirá así sin fecha clara de finalización. No solo eso: están viendo de implementar, como lo va haciendo Israel, una «escarapela verde» (green badge) que divida a los ciudadanos en «vacunados» y «no vacunados». Sólo los vacunados podrán acceder a bares, restaurants, teatros y similar. En un horrible gesto de repetición paradójica de la historia, vemos como precisamente Israel ha decidido ahora marcar a sus ciudadanos en dos categorías, como los nazis lo hicieron con el pueblo judío hace 80 años. Lo único que falta es que se creen en Israel -o en Irlanda- ghettos de ciudadanos clase B, los no vacunados.

De hecho, los epidemiólogos que advirtieron del error inicial en todo esto fueron cancelados, denostados, y sus opiniones censuradas de los medios de difusión. Ahora bien, los encierros, los cambios de protocolo de testeo y registro de muertos, y la implementación de escarapelas de ciudadanos «A» y «B», entre otros, son cambios de mediación muy elocuentes. Si mi hábito consiste en interactuar con los demás, y esa interacción es eliminada hasta extremos nunca vistos de un día para el otro, es inevitable que uno piense que «la realidad» es la que ha cambiado. No fue la realidad. La realidad sigue ahí afuera, peligrosa y amorosa como siempre fue. Lo que cambió es lo que usted hace, porque usted cree que debe respetar los decretos de aislamiento, etc. Desde luego, esos decretos vienen con una justificación discursiva, basada en una forma particularmente cruel de la extorsión moral. A los ciudadanos comunes, cuya vida y literalmente el aire que respiramos, depende de la interacción social, se nos impuso no ver ni abrazar a nadie más, y ponerse un trapo en la cara como prueba de que «son solidarios» (digo trapo, porque la mayoría de los tapabocas son nada más que trapos sucios adaptados a la función ilusoria que se les quiere dar). Y también se les impone ahora la vacunación, bajo el mismo argumento de «solidaridad» -aunque ahora el argumento ya ni siquiera funciona formalmente, puesto que si uno se inmuniza contra un patógeno, la inmunidad no cambia en beneficio solidario para el que no se inmuniza, sino para uno mismo. Ah, ¿»inmunidad de rebaño» argumenta ahora usted? Tal vez usted quiera decirnos ahora que la han restaurado, si bien durante todo 2020 se nos repitió que prácticamente no existía y había sido derogada -especialmente en Suecia.

3 El control de la información y los hábitos nuevos destruyeron los ejes políticos del siglo XX. Izquierda y derecha siguen sin existir -no existen hace décadas-, pero ahora de un modo más ostensible

Este tiempo ha puesto en jaque por igual a la izquierda y a la derecha del espectro político en tanto ideologías, puesto que destruyó de una patada sola todos los sistemas de alineación y de pensamiento reflejo que los organizaba. El sistema mental de partidos, y todos sus instrumentos de orientación, forman parte del siglo pasado, el XX, que terminó en febrero de 2020.

No importa cuánto haya cada uno invertido en su ideología anterior: tendrá que reformularla, porque así como está, ya no sirve. No corta más. En resumen: no produce una conceptualidad adecuada al presente.

Los ejes de la ortodoxia Covid intentan que la «izquierda» globalista sea vista como su partido, y la «derecha» antiglobalista como el partido contrario. En realidad uno debería retirar «izquierda» y «derecha» de esa ecuación. Se trata de quienes apoyan y promueven este autoritarismo y aumento de control centralizado, y quienes se oponen a él.

Es por esa confusión terminal «izquierdaderecha» que dirigentes y militantes políticos lucen tan desorientados, y que no hay estrictamente oficialismo ni oposición coherentes.

Los que cultivaban la aparición ante la opinión pública, a ambos lados del espectro, andan dando palos de ciego, creen que tienen enemigos entre gente que en realidad no lo es, y se incomodan porque la supuesta importancia pública y mediática que antes se obtenía repitiendo esquemas de alineación partidaria ha desaparecido. A partir de los ejes de política glocal (global/local) que ha instalado el virus de la corona, a nadie le interesa ya, y por excelentes razones, perder tiempo con los falsos problemas de comité de base o de club partidario disfrazados de «cultura» de los que la cansada intelligentsia doméstica obtenía su repercusión. Siguen haciendo los mismos gestos de acusación y emitiendo los mismos decretos de cancelación en twitter, pero no se dan cuenta de que lo que tuitean ya está muerto hace tiempo.

Muchos no saben si estar a favor o en contra del gobierno. Los políticos que no están bien arriba en sus organizaciones y por tanto pueden no tener la información verdadera a mano, se convierten en actores de los esquemas ideológicos y «fácticos» que se le están haciendo tragar a la mayoría también. 

Los militantes -incluso los militantes que se han constituido en filósofos mediáticos y voluntarios opinadores repentinos, dada la felicísima falta de filósofos de trayectoria que le hagan los mandados a la ortodoxia Covid- siguen recorriendo los hábitos y rutinas que solo saben copiar de lo que hicieron las generaciones anteriores. Se trata de esquemas mentales en desuso, que se intenta resucitar una y otra vez ante la situación inédita.

Politizaron la pandemia según la línea que les bajó el New York Times, el País de Madrid o el Guardian -o, peor, la BBC Mundo en español. Un síntoma de lo que pasa cuando los ejes habituales son barridos por un tsunami global como este: nunca estuvieron tan de acuerdo la izquierda y la derecha. Entre los dos, forman la primera línea de defensa del status quo impuesto a decretazo limpio y a control y censura en el mundo -que no en Uruguay-. A veces uno siente que añoran lo que pasa en otros lugares, y lamentan que en el Uruguay los encierros y la pérdida de trabajo y las exigencias de obligatoriedad no sean más estrictas.

Como ya lo dijo Nicanor Parra hace mucho, «la izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas». Sólo que, esta vez, es posible que eso por una vez pudiera ocurrir. Es por eso que esa fraterna alianza insospechada de, digamos, Olesker con Schipani, puede existir y funcionar -pero solo en una alianza táctica defensiva: la izquierda y la derecha se unen para no ser vencidas por este tsunami destructor de los viejos hábitos y mecánicas argumenticias de izquierda y derecha.

Muchos periodistas representaron este año pasado una variante de lo anterior. Tuvieron que manejar variables demasiado distintas al habitus ideológico y a la ecología mediática en la que se formaron. Ahora tienen que pensar por ejemplo la diferencia entre un gráfico cuya fuente se desconoce divulgado por redes sociales y que les confirma su postura, y otro que es tomado de un artículo científico correctamente referido y verificable; tienen que distinguir, más difícil aun, entre un artículo científico confiable, y uno obviamente trucho. A falta de lectura y pensamiento propio -y valor para enfrentar la ortodoxia a riesgo de sus puestos- el único recurso que queda es repetir lo que sea que diga el GACH, considerándolo, en lugar de un grupo falible de científicos, la voz Única de la Ciencia Oficial. Se los ve repitiendo información que siempre va en una misma dirección y que alimenta una misma narrativa, monolíticamente, como si en lugar de propaganda fuera información -es decir, un suceso del que vale la pena notificarse. 

Además de ello, han erradicado casi completamente de sus medios y programas de horario central a cualquiera que diga lo contrario -especialmente si lo dice fundadamente. Últimamente un par de excepciones sólo confirman la regla. Lo más soprendente es que ahora periodistas e «intelectuales repentinos Covid» están argumentando que en Uruguay «no se le cierra la puerta de los medios a nadie». Todo es tan relativo…

4 De cómo se cambió la mediación con lo real imponiendo nuevos controles discursivos (que no es exactamente lo mismo que censura, sino que ésta es solo una parte de ello). 

Este item puede y debe ser breve: si uno sigue ignorando que hay control discursivo y hay censura en el mundo, uno es -mejor hipótesis- simplemente una persona muy desinformada. Ya hemos dado literalmente decenas o cientos de ejemplos en este espacio desde abril de 2020. Fuera de este espacio, hay miles. El que no quiera verlos, no los verá. Se negará a ir a mirar, o insistirá en que «no es para tanto», o se presentará a sí mismo, para tranquilizarse, el argumento de que «se censuran solo opiniones fascistas de la derecha» o «la censura se justifica debido a la emergencia sanitaria y para salvar vidas», o «son empresas privadas las que censuran y suprimen contenidos, y están en su derecho. Yo soy un liberal y respeto el derecho de las empresas a impedir la entrada a quien quieran, o de BigTech de censurar al prójimo». En el extremo de esta serie argumental están quienes creen que la censura que campea, por ejemplo, en Estados Unidos, y las mentiras repetidas sobre la política yanqui y global durante 2020 (las mentiras son precisamente lo que usted debe creer fue lo cierto), son emitidas por los defensores de la democracia y las libertades.

Hay un punto en que cada uno debe hacer un esfuerzo mínimo por informarse. Mucha gente importante no lo está haciendo. Y como es clásico, cuando otro lo advierte, se enojan. 

5 De cómo todo se borroneará y fracasará al final, y de cómo la gente hará de esta crisis lo que se le antoje en el futuro. Y de la conveniencia o no de un nuevo Nüremberg a los responsables de todo esto en unos años

El sueño húmedo del nominalismo siempre ha sido el control. El nominalista en general piensa que porque le cambia de nombre a las cosas, ha cambiado su esencia, y todo se comportará distinto. Ahora a ese nominalismo amateur le llaman «transhumanismo». Nos han vendido dos mitologías nuevas. Una, que la ciencia está realmente «al borde» de suplantar el alma humana por inteligencia artificial. Ni siquiera saben qué es una cosa y la otra. Confunden un buen traductor automático con un buen escritor de novelas, no se dan cuenta que por más complicado que sea el lenguaje, no es infinito, y por tanto es posible, si se tiene la musculatura de procesamiento necesaria y un corpus suficientemente grande, que la máquina aprenda a repetir -ni siquiera como un sano loro animal, sino como un loro programado por un humano-, los distintos aspectos que se corresponden en el hábito de una lengua y la otra. Y las máquinas, ya hoy, traducen maravillosamente bien (lector escéptico: pruebe DeepL y después me dice. Es gratis). Pero esa inteligencia -como la mucho más estúpida inteligencia adaptada a la vigilancia, que reporta a los policías humanos que la programaron y usan si un rostro o cuerpo determinado está en un espacio o no, o que leen a distancia códigos de barras o señales digitales-, no tiene mucho de inteligente, como tampoco son muy inteligentes las casas inteligentes de hoy. Más inteligentes son los sistemas de automanejo implementados ya en algunas líneas de coches eléctricos. Pero, más o menos, todos ellos son ejemplos de sistemas limitados: por tanto, predecibles y programables. Unos más, otros menos complejos, pero todos pueden ser predichos, y sus posibilidades pueden ser agotadas.

Eso no es inteligencia, sino inteligencia artificial. Precisamente. En cuanto al interfase cerebro-máquina, está relativamente avanzado, pero como los científicos no tienen aun la menor idea acerca de cuál es la esencia de la mente, y como sólo trabajan en su mayoría con la hipótesis dogmática de que todo está en la bioquímica del cerebro físico, es probable que sigan por muchísimo más tiempo del que nos anuncian alimentando la mitología de que están «a punto» de entender la mente.

No es así, pero la mitología de que sí lo están abunda en todos lados, reafirmando un mensaje para mayorías que confirma la ruptura de un nuevo hábito de relación con lo real. En lugar de informar ajustadamente sobre las grandes posibilidades que la IA abre a la humanidad, se la usa como un instrumento cerrado de prestigio que acorrale al ciudadano y le haga creer que no tiene ni libertad en el horizonte, ni opciones para participar en el formateo del interesantísimo futuro tecnológico que en verdad tenemos, como especie, abierto.  

El final de este período de engaño ecuménico puede estar cerca o lejos, no lo sé. Pero sugiero que terminará en una reconciliación masiva con lo real, lo natural, y lo humano, según las formas y líneas en que eso que es realmente humano lo indique. Nada podrán, pese a su poder de engaño, redirección y renombrado, el gran algoritmo ni el big data contra eso. 

Puede que haya un día tribunal de Nüremberg para los criminales contra la humanidad que están impulsando y manteniendo esto, puede que no. En fin, como realista dualista, aviso: la ilusión nominalista de que la realidad se controla por los dos mecanismos principales descritos (emisión de decretos y control discursivo sobre la base de creación de mitologías falsas) es una ilusión más. Esa ilusión no puede triunfar. Se la puede imponer a sangre y fuego, y a mucha gente se le puede hacer creer, con la mezcla de ambos mecanismos, que la realidad es también escamoteable. Pero no lo es. El modo en que ella se encargará de demostrarlo es, justamente, lo que no podemos ni debemos saber.

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