ALMA BOLÓN / “Mi último acto político va a ser mi muerte”, dijo con convicción [José Mujica]. “¡Sabés lo que va a ser ese velorio!”, agregó aunque con menos energía que en otras ocasiones.” (1)
PORTADA
Hay pompas fúnebres que preceden y acompañan tan de lejos a la muerte, que se confunden con las pompas mundanas, cuando no con las jabonosas, fugaces como un flash fotográfico, como un clic en un menú electrónico, como un titular mediático. A continuación, la evocación del reciente duelo por José Mujica vuelve sobre su condición de nefasto producto publicitario con fecha de vencimiento.
(1) París, 1885
“A las cinco de la mañana, el gran poeta agoniza.
El Sr. Armand Gouzien, uno de los íntimos de la casa, dijo al redactor del Matin que la muerte se aproxima.
Entre los allegados al maestro, se piensa que sucumbirá en la mañana.
En la calle hay representantes de toda la prensa.
Se espera con una ansiedad que estruja el corazón de los más escépticos, el fatal desenlace.
Despunta el día, ahogado en la gris tristeza de una lluvia fina y penetrante.
La puerta a la que hasta ahora se tocaba en vano, se entreabre. El Sr. Armand Gouzien da la dolorosa noticia.
De un minuto a otro se espera el desenlace fatal.”
Traduzco arriba parte de la crónica sobre la muerte de Victor Hugo que Le Matin publicaba el 22 de mayo de 1885, fecha exacta del fallecimiento del “grand homme”. Con esta coincidencia temporal, el periódico Le Matin estaba contribuyendo a la invención de “la actualidad”; con su fuerte matriz literaria, contribuía a la masiva emoción que producía la agonía del poeta.
Victor Hugo había atravesado el siglo: con 25 años había inspirado una batalla estética y política en la que románticos peludos y clásicos de peluquín se habían agarrado a butacazos en la platea de la Comédie française, cuando el estreno de su pieza Hernani, cinco meses antes de las Tres Gloriosas jornadas que en julio de 1830 derrocaron al último de los Borbones. Veinte años después, en diciembre de 1851, Victor Hugo había escapado de la represión desatada por el golpista Louis-Napoléon y había huido clandestinamente hacia Bruselas con documentos falsos a nombre de un obrero tipógrafo. Desdeñando la amnistía otorgada, Victor Hugo no había vuelto de su exilio hasta que Louis-Napoléon le Petit fuera vencido y la III República declarada. Entre tanto, había abogado incansable y sin éxito por la abolición de la pena de muerte; por la reducción a diez horas (en lugar de dieciséis) de la jornada laboral de los niños; por la libertad de opinión; por la “guerra a los demoledores” del viejo París entregados a la especulación inmobiliaria; por la educación. Y, sobre todo, Victor Hugo había imaginado un conjunto de personajes plebeyos de imperecedera nobleza: Quasimodo, Esmeralda, Jean Valjean, Cosette, Gavroche, Marius, Enjolras… (O de sólida ruindad, como los Thénardier.)
El 31 de mayo de 1885, el cuerpo de Victor Hugo pasó la noche expuesto bajo el Arco de Triunfo, al día siguiente, 2 000 000 de personas fueron el cortejo fúnebre que lo acompañó hasta el Panteón (2). Para entonces, París tenía 2 344 550 habitantes. Entre quienes compusieron ese cortejo perduró la memoria del “coche fúnebre de los pobres”, deseado por Victor Hugo en su testamento: “Dejo cincuenta mil francos a los pobres. Deseo ser conducido al cementerio en el coche fúnebre de estos. Rehúso la oración de cualquier iglesia; pido una plegaria a todas las almas. Creo en Dios”.
(2) Montevideo, 1968
El 14 de agosto de 1968 murió Líber Arce, estudiante universitario, verdulero de oficio y militante político, baleado por la policía dos días antes durante una manifestación estudiantil. De nombre invencible, Líber Arce quedó asociado a la lucha por “el boleto” y por el presupuesto universitario; sin embargo, su condición de militante de la juventud comunista y su trayectoria -tenía 29 años cuando fue asesinado- muestran preocupaciones políticas que superaban las circunstanciales hoy recordadas. Al menos así lo interpretan, por ejemplo, los cineastas Mario Handler, Mario Jacob y Marcos Banchero quienes en su documental “Líber Arce, liberarse” sitúan localmente el asesinato del estudiante como la respuesta criminal que tiene para ofrecer la ex Suiza de América devenida patio trasero del imperio estadounidense, e internacionalmente como la respuesta bélica -el mundo arde- que el imperio asesta a quienes resisten su dominación (3). Semejantemente pueden interpretarse la conmoción social que produjo el asesinato de Líber Arce y la masividad de su sepelio: más allá del boleto estudiantil y del presupuesto universitario, miles de montevideanos vieron en Líber Arce la encarnación de un mandato poético y político que la época estaba volviendo ineludible.
Líber Arce fue velado en el atrio de la Universidad de la República y el rector Óscar Maggiolo estuvo entre quienes cargaron su féretro, mientras una muchedumbre acompañó su cuerpo hasta el cementerio del Buceo. Es difícil conocer con certeza el número de quienes participaron en ese entierro, se estima que hasta un cuarto de millón de personas recorrió el camino hasta el cementerio del Buceo. En quienes estuvimos, quedó el recuerdo de un mar silencioso de personas que avanzaba por la avenida Rivera. Los registros documentales dan cuenta de ese mar compungido y del coche fúnebre que, vacío, acompañaba la marcha a pasos del ataúd cargado al hombro.
Aquella jornada dolorosa, muchos comercios cerraron en señal de duelo y los ómnibus de la empresa de transporte de propiedad municipal Amdet colocaron cintas negras en sus parabrisas. Al pasar el cortejo por las iglesias, estas hicieron sonar sus campanas en señal de duelo. (4)
En el cementerio, el único orador fue el rector Óscar Maggiolo; entre sus palabras, cito estas: “Y este es el mayor homenaje, el más grande homenaje que podemos brindar a este noble compañero caído en la lucha por la autonomía universitaria, por la libertad y por la soberanía de nuestro país”.
(3) Montevideo, 1989
Raúl Sendic murió de enfermedad en París, en abril de 1989; tenía 64 años. Como estudiante universitario había participado en la Feuu e integrado el Partido Socialista, al que representó en 1958 en el Congreso de la Internacional Socialista, en la ciudad de Roma, adonde viajó junto con José Díaz llevando ocho propuestas, todas rechazadas por ese congreso. Entre las ocho estaba el reconocimiento y el apoyo al pueblo palestino. Años después, Raúl Sendic se instaló en Paysandú y comenzó a trabajar como procurador, asesorando a trabajadores; por ese camino fundó Utaa, el sindicato que reunía a los trabajadores de la caña de azúcar artiguenses, a la sazón sometidos, como los trabajadores de los arrozales, a regímenes casi feudales. Por ese entonces fundó el M.L.N. Tupamaros y dio inicio a un movimiento político de lucha clandestina en Uruguay. Capturado por la policía y evadido de la cárcel de Punta Carretas, Raúl Sendic todavía en libertad llegó a participar, para negarse y rechazarlas, en “las conversaciones” entre los militares y los militantes tupamaros presos en los cuarteles.
El 28 de mayo de 1989 una multitud lo acompañó desde la calle Tristán Narvaja hasta el cementerio de La Teja en donde yace. Como lo muestran los registros documentales (5) el cortejo no fue silencioso, sino atravesado por consignas y profesiones de fe, y ocasionalmente por pañuelos palestinos. Tal vez muchos en la multitud que caminó hasta La Teja, en silencio rumiábamos el grito que, apócrifo o veraz, desde que fue capturado y herido gravemente en la Ciudad Vieja en 1972, se atribuye a Raúl Sendic: “Soy el Rufo y no me entrego”.
(4) Montevideo, 2025
José Mujica tuvo una enfermedad y una agonía lo suficientemente largas como para dar comienzo en vida a sus pompas fúnebres. Como durante los últimos veinte años, contó con el apoyo mediático que transmitió sus múltiples despedidas y sus humildes mensajes para la eternidad y el universo.
Sin embargo, en su postrera aparición mediática, algo de una verdad inesperada parece haberse translucido: los números no acompañaron, a pesar de la larga preparación. La cantidad de asistentes al velatorio del miércoles 14 de mayo en el Palacio Legislativo fue considerada como inédita por los entendidos -5000 personas hicieron cola para despedirse de José Mujica-, y se anunció que el jueves 15 el Palacio tenía previsto cerrar sus puertas a las 20:00 pero las mantendría abiertas, a pedido del occiso, en tanto hubiera personas interesadas en ingresar. Sin embargo, el jueves 15, la prensa repetía la noticia de la numerosa concurrencia de la víspera y daba cuenta de que las puertas del Palacio ese jueves se habían cerrado a las 16:30 (6).
La comparación del número de votos recogidos por el MPP en las últimas elecciones o del número de participantes en las marchas del 20 de mayo (este año celebrada a una semana de la muerte de José Mujica y particularmente numerosa), con la concurrencia al homenaje póstumo al ex guerrillero-rehén-filósofo-diputado-senador-ministro-presidente-pobre-videificado consuetudinario-labriego-candidato a candidato al Premio Nobel de la Paz, llama la atención.
Tal vez fuera empacho, tal vez fuera abandono mediático, tal vez fuera que “el traidor no es menester siendo la traición pasada”, tal vez fuera un momento de verdad.
Notas


Comments are closed, but trackbacks and pingbacks are open.