LUIS ALBORNOZ / Al desmontar los “Dos dogmas del empirismo”, Quine (1960, 18-19) había dejado planteada la posibilidad de la dicotomía en la visión conjunta del mundo, entre los indicios empíricos y la conceptuación de los esquemas interpretativos. En este artículo, se examina el análisis de Davidson y la crítica a la dicotomía entre contenidos empíricos “puros” (no interpretados) y esquemas conceptuales interpretativos, que configura lo que llama el “tercer dogma del empirismo lógico”.
FILOSOFÍA
I. Marco histórico-teórico
Desde la “Crítica a la razón pura” (Kant, 1781), había quedado planteado que el conocimiento se construía por una conjunción entre el material empírico (los “sense data” de los empiristas) y un esquema interpretativo (constituido por las formas aprióricas de los conceptos y categorías). Con los “Dos dogmas del empirismo” (Quine, 1950), colapsaban dos dicotomías del empirismo lógico. Por un lado, la separación absoluta entre juicios sintéticos (validados por referencia a lo empírico) y los juicios analíticos o convencionales (validados por la significación de los términos y por la coherencia de las leyes lógicas generalmente aceptadas), sustituida por la tesis de la imbricación entre juicios sintéticos y analíticos integrados en el conjunto de un esquema interpretativo o conceptual. Por otro lado, el criterio atomista-reduccionista de validación de los juicios empíricos, dado por su confrontación “uno por uno” con el “tribunal de la experiencia”, sustituido por el criterio holista de verificación, que confrontaba el conjunto del esquema conceptual (o masas semánticas significativas del mismo en la versión “moderada” del holismo) con dicho tribunal, que en caso de desajuste recíproco, operaba por la máxima de la “mutilación mínima” (corregir o eliminar los juicios periféricos del esquema conceptual, para salvar los juicios centrales del mismo). Lo que quedaba en pie del empirismo lógico luego de Quine, era la dicotomía entre el material empírico “puro” (lo “dado”, es decir los “sense data” de los empiristas recibidos por las sensaciones neuronales) y el esquema interpretativo o conceptual, que en su conjunto podía distinguirse “puro”, es decir, como “contribución neta del hombre” (Quine, 1960, 18-19).
Dicho de otra manera: sobre la base del planteo de Quine, tendríamos entonces que: (a) se diluye la demarcación rígida entre juicios sintéticos (de verificación empírica) y juicios analíticos (aceptados convencionalmente como verdaderos a priori en función de su significado independientemente de cualquier componente empírico) y (b) la imposibilidad del criterio atómico de verificación empírica de juicios aislados, dado que se postula que el valor veritativo de cada juicio se evalúa por su contribución epistémica al esquema conceptual que integran y que es el esquema en su conjunto (o segmentos del mismo en la versión “moderada” del holismo) lo que se confronta con el contenido del “tribunal de la experiencia”. Subsistiría en este planteo un cierto dualismo entre dos componentes: ese “contenido” (los “indicios” de Quine) de experiencia y el esquema conceptual interpretativo (la “conceptuación” de Quine).
Sobre este punto, Sellars (1956, en Vozes, 2008, 44-46) ya había adelantado una crítica de lo que entiende es un “tercer dogma” del empirismo y que estaría aún presente en los planteos de Quine, cuando sostiene que el esquema conceptual debe confrontarse con el “tribunal de la experiencia exógena”. Para Sellars, la experiencia no calificaría como tribunal imparcial que pueda juzgar el valor veritativo de los enunciados del esquema, porque lo que consideramos la “experiencia” no es neutral, sino que está en parte configurada por nuestro propio sistema de creencias (lo que llama el “mito de lo dado”).
Esto lo expresa en un experimento mental respecto del aprendizaje e identificación de los colores, que sintetizo como sigue. En un primer momento (T1) un sujeto tiene una primera impresión con iluminación artificial (I1), que causa una primera creencia (C1), que se expresa en el enunciado “x es verde”. En un segundo momento (T2), en condiciones normales o “circunstancias apropiadas” (en este caso, iluminación natural), tiene una segunda impresión (I2) que causa una segunda creencia (C2) sobre el mismo objeto (x), que se expresa como “x es azul”. En un tercer momento (T3) en las “condiciones originales” (iluminación artificial), se repite I1 perose reprime C1 (el relato “x es verde”), y en su lugarse hace una inferenciaC2 que se corresponde con el enunciado “x es azul”.
Es decir que, en T3 se produce I1, pero se relata (se infiere) C2 sostenida por el aprendizaje de I2 en “condiciones normales”. La conclusión es, que el modo en que las impresiones sensoriales actúan causalmente entre el mundo y las creencias, es también un objeto sobre el cual pueden incidir las creencias que ya tenemos aprendidas (que están en un entramado de relaciones con otras creencias). Una consecuencia de esto sería que el sistema de creencias que se considera conocimiento, no tiene un fundamento empírico directo (las impresiones sensoriales no tienen una significación epistemológica directa), sino que su aspecto cognitivo se basa en su capacidad de relación y auto-corrección con otras razones o creencias, al interior de un sistema relativamente coherente (un esquema conceptual):
“al caracterizar un episodio o un estado como conocimiento, no estamos dando una descripción empírica de ese episodio o estado; (sino que) lo estamos ubicando en el espacio lógico de las razones, capaz de justificarlo que se dice” (Sellars, 2008, 81).
II. La dicotomía esquema (interpretativo)-contenido (empírico)
Este tipo de argumentación fue retomado y profundizado por Donald Davidson, porque el mantenimiento de una dicotomía entre contenidos empíricos “puros” (no interpretados) y un esquema conceptual (interpretativo), implicaría dos consecuencias. Por un lado, sostiene el presupuesto de un acceso cognitivo al mundo no-mediado por interpretaciones (una especie de realismo metafísico directo) y por otro lado, porque habilita que se sostenga que pueden existir esquemas conceptuales totalmente diferentes e incompatibles entre sí respecto a los mismos contenidos empíricos (una especie de relativismo epistemológico). Esto último se insinuaría en las tesis de la in-traducibilidad entre los esquemas interpretativos rivales y la indeterminación de la referencia (Quine) y también (en otra tradición), en la tesis de la inconmensurabilidad de los paradigmas (Kuhn).
Por eso, el análisis de Davidson también se va a articular en dos ejes centrales: (1) la crítica a un residuo del realismo metafísico objetivista (mediante la crítica a la dicotomía entre contenido empírico y esquema conceptual interpretativo) y (2) la crítica al relativismo epistemológico (mediante la crítica a la inconmensurabilidad de los esquemas conceptuales y la argumentación a favor un realismo mediado por la interpretación). En el análisis de su argumentación, se ha propuesto un modo de entender los esquemas conceptuales interpretativos como:
“sistemas de categorías que dan forma a los datos de la sensación, como puntos de vista desde los cuales, individuos o culturas examinan los acontecimientos que se suceden. Ahora bien, sea como fuere que se caractericen los mismos, parecería que estos esquemas conceptuales se hallan incorporados en lenguajes. Porque adoptar la doctrina del esquematismo conceptual, es adoptar la idea de que nuestro lenguaje interpreta el mundo de acuerdo con nuestro esquema. Al menos podemos suponer que quien posee un lenguaje, posee un esquema conceptual. Y podemos suponer además, que la relación entre los lenguajes y los esquemas conceptuales es tal que, cuando los esquemas conceptuales difieren, también lo hacen los lenguajes. Pero hablantes de distintas lenguas, pueden compartir un mismo esquema conceptual a condición de que sus lenguajes sean inter-traducibles. De acuerdo con esto, podemos identificar esquemas conceptuales con conjuntos de lenguajes intertraducibles”. (Caorsi, 2008, 65-66)
Entonces, siguiendo esta línea de interpretación, dada (a) esa identificación entre esquemas conceptuales y conjuntos de lenguajes intertraducibles y (b) que la inter-traducción requiere de una interpretación de los enunciados del lenguaje, nos podemos preguntar por (c) el procedimiento para determinar el significado de todos los enunciados (actuales y potenciales) de un lenguaje, el que a su vez, dependería del significado de las palabras utilizadas.
Según Caorsi, para Davidson en un lenguaje aprendible “debe ser posible dar una explicación constructiva del significado de las oraciones, (lo que implica) una teoría del significado para el lenguaje” (Davidson, 1965, 3). Y para esa teoría del significado, Davidson establece dos requisitos: (a) una perspectiva que tome la función de verdad como una función primitiva del significado, según la cual, conocer el significado de un enunciado, implicaría precisar las condiciones de su valor veritativo (es decir, precisar las condiciones en las que cualquiera de sus enunciados, es verdadero); y (b) una perspectiva holista que implique un rol diferente del principio de constructividad, porque no tenemos modo de acceder al significado de las palabras, si no accedemos primero (parcialmente) al significado de algunos enunciados del lenguaje (es decir, que no podemos tomar como punto de partida el significado de las palabras, sino que debemos tomar como punto de partida, la unidad de la proferencia de enunciados en un fragmento espacio-tiempo dado). Dicho de en sus palabras:
“Frege dijo que una palabra tiene significado en el contexto de una oración; siguiendo esta idea debería haber agregado que sólo en el contexto del lenguaje, una oración (y por lo tanto, una palabra) tiene significado” (Davidson, 1967, 22).
A su vez, esa teoría del significado se apoya en el ejercicio de interpretaciones simultáneas en tres ámbitos: la relación de los enunciados de un lenguaje con el mundo, la relación de los enunciados con los usos compartidos de los hablantes y la relación de los enunciados con sus expresiones componentes. La relación de los enunciados de un lenguaje con el mundo, supondría a su vez algún tipo de teoría de la verdad por correspondencia que en principio resulta problemática, porque si caracterizamos un enunciado como “verdadero” si se corresponde con un hecho del mundo, y a su vez caracterizamos un “hecho” como aquello que se corresponde con un enunciado verdadero, estamos estableciendo una circularidad entre ambos conceptos (hecho y verdadero). Por esa razón, Davidson rechaza una teoría de la verdad por correspondencia directa y propone una teoría de la verdad basada en un criterio de coherencia entre los enunciados de un sistema de lenguaje, bajo el supuesto (i) que a largo plazo y con un amplio rango de compatibilidades, la coherencia tendría una tendencia a generar una correspondencia con el mundo. Este supuesto se basa, en que su teoría del significado no se aplica meramente a los “enunciados” sino a las “creencias” expresadas en enunciados, bajo el supuesto (ii) que la mayor parte de estas creencias deben ser verdaderas para el marco cultural que las profiere, por su necesaria (aunque problemática) referencia al mundo compartido. Este supuesto se basa a su vez, en que las creencias son mayormente causadas por “eventos” (procesos o funciones) del mismo mundo compartido.
Es decir, que en (ii) se parte de una presunción de verdad (una valoración) de una creencia, siempre y cuando, sea coherente con un volumen significativo (otra valoración) de otras creencias (postuladas mayormente como verdaderas) integradas dentro del mismo sistema de lenguaje (o esquema conceptual interpretativo). De este modo, la coherencia sería un criterio de adecuación (interna) para postular (i) una tendencia (en un fragmento temporal suficientemente largo y en un rango de compatibilidades suficientemente extenso) a una correspondencia (externa) con el mundo, en la que lo considerado “verdadero” se usaría como una primitiva para definir el significado de una creencia (expresada en un enunciado). Dado que las creencias son mayormente causadas por eventos del mundo compartido, un conjunto suficientemente amplio de creencias integradas en un sistema relativamente coherente, deberían considerarse como mayormente verdaderas.
Se podría plantear aquí una objeción al aspecto normativo de las creencias-enunciados contenido en estas afirmaciones iniciales, en el sentido siguiente. En la concepción empirista clásica, el presupuesto era que el conjunto de eventos del mundo actúa causalmente sobre los sujetos por medio de la estimulación de sus terminales sensoriales produciendo “sensaciones”, desde las cuales se generan las creencias. Pero dado que las sensaciones son subjetivas y eventualmente diferentes para cada sujeto, no podrían funcionar como justificación válida de las creencias. Y por otra parte, si aceptáramos que nuestros esquemas conceptuales interpretativos son construcciones a partir de esas sensaciones y si tenemos distintas construcciones incompatibles entre sí (respecto del mismo campo de fenómenos), deberíamos (a) aceptar que sólo una de esas construcciones podría ser considerada verdadera o (b) en el caso que cada construcción (teoría) fuera compatible con la mayor parte de las sensaciones, deberíamos aceptar que no tendríamos un criterio meta-sistémico para decidir entre esas construcciones rivales y mutuamente incompatibles (es decir, el relativismo epistemológico). Pero respecto a ese planteo:
“la respuesta que Davidson podría dar a estas objeciones, partiría de la explicitación de dos dualismos que subyacen a las mismas, a saber: el dualismo objetivo-subjetivo y el dualismo contenido no interpretado – esquema conceptual” (Caorsi, 2008, 58).
El primer dualismo (subjetivo-objetivo) sería de raíz cartesiana y consiste en “recurrir a la certeza de los estados internos como única forma de evidencia” (Caorsi, 2008, 59), aislándolas del mundo externo:
“El problema consiste desde luego, en que ningún razonamiento o construcción, permite salvar plausiblemente el abismo creado por esa desconexión. Una vez elegido el punto de partida cartesiano, no es posible decir acerca de la evidencia, de qué es evidencia. Se vislumbran ya amenazantes, el idealismo, las formas reduccionistas del empirismo y el escepticismo” (Davidson, 1992, 56-57. Referenciado por Caorsi, 2008, 59) (la cursiva es mía)
El segundo dualismo (dado-interpretación), sería de raíz kantiana y su afirmación central es que en nuestra experiencia cognitiva:
“hay dos elementos: los datos inmediatos de los sentidos, que se presentan o dan en la mente, y una forma, construcción o interpretación, que representa la actividad del pensamiento” (Caorsi, 2008, 59).
Lo que sostiene Davidson, es que ambos dualismos tienen una raíz común, que sería la concepción de una mente (ya sea en la versión cartesiana, como en la versión empirista) con estados y objetos privados que generan creencias y una relación problemática con los eventos del mundo (es decir, una concepción previa al giro lingüístico, que postula al lenguaje como hecho socialmente compartido y del cual deriva la formación de la “mente”).
En particular, para la concepción empirista clásica, cualquier aprendizaje se basaría en los estímulos sensoriales causados por dichos eventos. En este esquema de aprendizaje, las sensaciones individuales, subjetivas y privadas, permanecerían incognoscibles y eventualmente podrían ser diferentes de un individuo a otro. De modo que en esta concepción, el proceso cognitivo sería una sucesión que empezaría por la presentación del objeto, luego el impacto sensorial subjetivo, luego la creencia y finalmente la palabra. Una sucesión en la que (dirá Davidson), lo único relevante epistémicamente son los extremos de la cadena (el objeto y la palabra), mientras que los eslabones intermedios (sensaciones y creencias) permanecen desconocidos y eventualmente pueden ser diferentes para cada sujeto.
La concepción empirista clásica, que se basaba en una concepción de la mente como “tabula rasa” y cuyos contenidos se formaban individualmente desde la irrupción de los “sense data” primarios en forma desconceptualizada, abre una distancia problemática entre el componente subjetivo (sensaciones y creencias) y el componente objetivo y observable (objetos y palabras). Lo que a su vez, abre la posibilidad de la objeción escéptica, en el sentido, que sólo podemos estar seguros de nuestros estados internos de sensaciones y creencias (inobservables), pero siempre sería problemática la correspondencia entre palabras y objetos (observables).
Esta objeción escéptica sobre el aspecto normativo de las creencias aceptadas, se basa entonces, en cuestionar la relación lógica (de justificación) entre sensaciones-creencias, cuando la relación es meramente cronológica (causal). Una explicación causal de las creencias no es una explicación lógica (una justificación) de las mismas, porque los mecanismos intermedios de las cadenas causales (sensaciones y creencias individuales), permanecen incognoscibles e inobservables (y en la evaluación de Davidson no tienen ninguna relevancia para el significado, la referencia y la justificación del conocimiento). Dada la sucesión causal eventos-sensaciones-creencias-enunciados, para la concepción empirista clásica, la relación de justificación se daría entre las sensaciones (subjetivas) y las creencias que derivan de ellas (pretendidamente objetivas), lo que introduce entonces la posibilidad de la objeción escéptica mencionada.
Por el contrario, en la concepción de Davidson, la relación de justificación no se basaría en la relación sensaciones-creencias, sino que se daría por la relación coherente entre las distintas creencias al interior del sistema que las comprende, cuya fuente última no serían las sensaciones (subjetivas) sino la correspondencia con los eventos del mundo compartido (lo que eliminaría entonces, el dualismo subjetivo-objetivo). Al despojar a los eslabones causales intermedios de su carácter de intermediarios epistémicos, se eliminaría toda referencia a lo subjetivo en la constitución del significado y en la justificación de la creencia. Desde esta respuesta a la cuestión escéptica sobre la normatividad, se puede abordar entonces la crítica a los dos ejes mencionados al principio: el dualismo entre esquema conceptual interpretativo y contenido empírico y la eventual inconmensurabilidad de los esquemas conceptuales.
Con relación al primer eje (dualismo entre esquema conceptual interpretativo y contenido empírico “puro”), lo que sostiene Davidson es que:
“Al eliminar el dualismo subjetivo-objetivo, eliminamos por añadidura el fundamento para el dualismo entre esquema conceptual y contenido no interpretado. La razón de ello es la siguiente: algo puede ser relativo únicamente con relación a otra cosa, pero desde el momento que eliminamos la idea de una irrupción sensorial desconceptualizada, es decir, de los datos ‘puros’ de las sensaciones, nos hemos quedado sin esa ‘otra cosa’ respecto de la cual podría darse el relativismo conceptual” (Caorsi, 2008, 65. Remitiéndose a Davidson, 1974) (las cursivas son mías).
Por otra parte, el dualismo entre esquema conceptual y contenido “puro” (no interpretado), sería la base del segundo eje (el relativismo epistemológico y la eventual inconmensurabilidad de los esquemas), que sostiene: (a) que pueden existir esquemas conceptuales totalmente diferentes e incompatibles respecto al mismo campo de fenómenos y (b) que no tendríamos un criterio de corrección meta-sistémico (que pueda comparar y valorar los distintos esquemas). Este último punto supone a su vez, que no habría posibilidad de traducción entre ellos (la tesis de la inconmensurabilidad o de la in-traducibilidad de los esquemas y la indeterminación de la referencia):
“El relativismo conceptual no sólo requiere que (1) pueda sostenerse el dualismo dado-interpretación o esquema-contenido, sino además que (2) sea posible sostener que existen esquemas conceptuales (totalmente) distintos entre sí. En este sentido, el relativismo conceptual podría criticarse desde dos frentes: (1) por un lado, criticando lo que Davidson denominó el ‘tercer dogma del empirismo’, a saber, el dualismo dado-interpretación, esquema-contenido y por otro lado, (2) atacando la idea de que puede haber esquemas conceptuales (totalmente) diferentes entre sí. El núcleo de las críticas de Davidson al dualismo esquema-contenido, ha sido como acabamos de ver, la imposibilidad de determinar un punto de referencia común (puro, no interpretado, agregado mío) al que cada esquema sería relativo”. (Caorsi, 2008, 65).
Como se expuso anteriormente, el dualismo entre esquema interpretativo y contenido no interpretado, supone en la concepción empirista clásica, una concepción de la mente como “tabula rasa” cuyos contenidos se formarían por la irrupción de estímulos sensoriales no conceptualizados previamente (por la matriz lingüística en la que está inserta y de la que deriva la “mente”). Y la eventual inconmensurabilidad de los esquemas conceptuales, aborda la cuestión que podría denominarse la “objetividad” del esquema conceptual.
Es decir que para Davidson, intra-sistémicamente, al interior de un esquema-lenguaje se postula una teoría de la verdad por coherencia entre las creencias que se expresan en enunciados y que mantienen un vínculo causal con los eventos del mundo a que hacen referencia (con el que a la larga, tienen una tendencia a la correspondencia). Y meta-sistémicamente, la línea argumental de la crítica al relativismo conceptual es que la existencia de esquemas-lenguajes totalmente diferentes (inconmensurables) no sería posible, porque implicaría disponer de un criterio para reconocer una actividad como un lenguaje y a la vez, reconocerla como intraducible.
Esto último, requeriría algo común, neutral y no contaminado por las interpretaciones (el dualismo dado-interpretación), con la que los eventualmente incompatibles esquemas-lenguajes mantengan una relación. Y la eventual descripción de ese “algo común no-contaminado” de interpretación, implicaría necesariamente o la traducibilidad entre los lenguajes (que es lo que se quería negar en la tesis de la inconmensurabilidad) o una noción circular (vacía de contenido) de correspondencia, en la que la noción de “hecho” y de “enunciado verdadero” se remiten mutuamente (un hecho sería lo que se corresponde con un enunciado verdadero y un enunciado verdadero sería lo que se corresponde con un hecho).
III. Comentarios
Entonces, meta-sistémicamente Davidson postula una traducibilidad entre distintos esquemas conceptuales (contra el relativismo epistemológico), porque no se pueden separar totalmente los esquemas-lenguajes diferentes, del mismo mundo compartido sobre el cual se aplican (contra el dualismo esquema-contenido). Los esquemas no pueden ser “totalmente” diferentes, dada su imbricación con el mismo mundo (el conjunto de los eventos), aunque sean percibidos eventualmente con diferentes sensaciones y diferentes creencias iniciales.
En la concepción de Davidson, ese “arbitraje” meta-sistémico estaría dado por lo que denomina la “triangulación epistémica”, producida por la interrelación entre los dos lenguajes-esquemas en referencia a un mundo común. Y ese entrelazamiento o imbricación, no puede resolverse refiriéndose a una instancia última dada por el “tribunal de la experiencia” (como en Quine), porque la misma experiencia está configurada en parte, por el esquema conceptual en el que se da (como en Sellars).
La base de la evidencia empírica que permite conectar significado y verdad, no serían entonces los estímulossensoriales individuales (que podrían ser eventualmente distintos para cada sujeto y en todo caso, son incognoscibles), sino las causas externas de los eventos del mundo común, que mueven a creencias (expresadas en enunciados de un lenguaje particular) y a disposiciones conductuales semejantes, que sería lo que permite que los distintos sistemas de lenguajes, sean inter-traducibles.
En ese sentido de las disposiciones conductuales semejantes, la interpretación y la traducción entre dos lenguajes (la comunicación con contenidos semejantes), no se basaría en el supuesto de la semejanza de significados frente a estímulos sensoriales individuales, sino en la maximización del acuerdo respecto a lo que se considera verdadero. Es decir, que tanto la interpretación del lenguaje propio como la traducción entre dos lenguajes-esquemas diferentes, son derivadas de una primitiva dada por una teoría de la verdad por coherencia interna contenida en cada lenguaje.
Por otro lado, la posibilidad de traducción entre dos lenguajes particulares, supone admitir que los puntos de partida conceptuales de cada uno de ellas son diferentes, pero que en la actividad de la comunicación se van construyendo nuevas reglas lingüísticas y nuevas competencias comunicativas, que aproximen un lenguaje a otro. El intérprete-traductor necesita partir de una teoría de la verdad para su propia lengua como un concepto primitivo. Y a la vez, suponer que los hablantes del lenguaje a traducir, son coherentes, es decir, que siguen sus propios criterios de corrección (las disposiciones conductuales) en la mayoría de sus enunciados y que éstos son mayoritariamente verdaderos según la teoría de la verdad propia del lenguaje del intérprete. Este criterio de “caridad interpretativa” funciona como una guía heurística que dirige al intérprete-traductor en la dirección de interpretar-traducir, de modo que pueda leer algunos de sus propios estándares de verdad, en el patrón de enunciados tenidos por verdaderos por el lenguaje que interpreta-traduce. Y todo esto se basa a su vez, en el postulado que habría en el mundo común, causas externas que provocarían disposiciones conductuales semejantes.
Es decir que como Sellars, Davidson critica la permanencia de un dualismo en Quine entre el esquema conceptual y el contenido empírico “puro” o no-interpretado, que sería él mismo un “tercer dogma” y en la obra citada (1974), cuestiona esa epistemología “naturalizada” de Quine desde dos perspectivas. (a) Por un lado por el factor endógeno, ya que si Quine consideraba que la “soberanía conceptual” estaba limitada sólo causalmente por las impresiones sensibles, esto podría llevar a visiones del mundo que resultasen ininteligibles entre sí (justamente, la tesis de la “indeterminación” de la traducción). Esto sería insostenible para Davidson, porque siempre sería posible una situación de “triangulación epistémica” entre el mundo y las visiones portadoras de creencias coherentes entre sí y básicamente verdaderas, que posibilitaría la “interpretación radical”. (b) Por otro lado, por el factor exógeno (retomando el argumento de Sellars), en el sentido que la experiencia (entendida como impresiones sensibles por los receptores nerviosos):
“no puede (por su misma concepción) constituirse en una base (normativa) para el conocimiento, más allá del alcance de nuestra red de creencias (coherentes)” (Davidson, 1974, incluido en Davidson, 1984, 189).
Es decir que si la “experiencia” se concibiera sólo como la estimulación producida en las terminales sensoriales individuales (eventualmente diferentes entre sí y en todo caso, incognoscibles) y las creencias resultantes (Quine) y no como en parte producida por el mismo sistema de creencias en el que se da (Sellars), entonces no podría ser la base normativa (el “tribunal”) acerca de la verdad o falsedad de las creencias. Concebida así, no funciona la teoría de la verdad por correspondencia directa y debería ser sustituida por una teoría de la verdad por coherencia (bajo el supuesto que a la larga, la coherencia tiende a una correspondencia mediada por la interpretación).
Todo el planteo de Davidson en su conjunto, puede leerse como un esfuerzo por la reconstrucción de un realismo epistemológico (contra el relativismo), que integre una interacción con el mundo mediante unas disposiciones conductuales de índole pragmática (contra un realismo objetivista concebido como mera “copia fiel” y pasiva de la realidad). Esta concepción incluye la crítica del dualismo esquema-contenido tradicional, porque admite que los “sense data” primarios ya están desde el principio “conceptualizados”. Esto último, por un lado elimina el supuesto de una referencia común “pura” (en el sentido, de “no-interpretada”), que sería la base de los esquemas conceptuales “totalmente” distintos, al punto de poder ser “inconmensurables”. Y por otro lado, elimina la posibilidad que la “experiencia” pueda funcionar como “tribunal de la verdad” (en el sentido de Quine), porque esa misma experiencia no sería “pura”, “neutra” o “imparcial”, sino que estaría en parte constituida por un sistema de creencias, cuyo valor de verdad sería justamente, lo que tendría que juzgar.
Por lo tanto, tenemos una imbricación o entrelazamiento entre eventos del mundo que generan impresiones sensoriales ya conceptualizadas y las creencias resultantes que se expresan en un sistema de lenguaje y esquema conceptual determinado (lo que disuelve el dualismo esquema-contenido). Ese sistema se expresa a través de una red mayormente coherente de enunciados, cuyo significado está dado por una teoría de la verdad por correspondencia mediada por la interpretación (por el presupuesto que a la larga, la coherencia tiende a una correspondencia). Entonces, dados dos o más esquemas conceptuales interpretativos o sistemas de lenguaje (que aquí se manejan como equivalentes), esa imbricación está presente en todos ellos y para todos ellos se mantiene el presupuesto que la mayoría de sus enunciados son en principio verdaderos, si están integrados en un sistema coherente (porque se asume una teoría de la verdad por coherencia). Y las disposiciones conductuales semejantes ante los mismos eventos del mundo compartido, hacen viable no sólo el proceso de interpretación al interior de cada esquema conceptual, sino también la traducción meta-sistémica entre esquemas distintos, basada en la “triangulación epistémica” con el mismo mundo compartido. Y esto es lo que haría insostenible la tesis del relativismo epistémico cuyo núcleo, se basa en la tesis de la inconmensurabilidad de distintos esquemas conceptuales.
Referencias Bibliográficas
Sellars, Wilfrid. Empirismo y filosofía de la mente (1956). Editoriais Vozes (Petropolis, 2008).
Quine, Willard. Word and Object. Cambridge University Press (Massachusetts, 1960). Traducción castellana en Palabra y objeto, Editorial Labor (Barcelona, 1968).
Davidson, Donald. “Inquiries into Truth and Interpretation”. Editorial Clarendon Press (Oxford, 1984). Incluye los artículos Theories of Meaning and Learnable Languages (1965), Truth and Meaning (1967), On the very idea of a Conceptual Scheme (1974).
Davidson, Donald. “Mundo, mente y acción”. Editorial Paidós (Madrid, 1992). Incluye artículo The Myth of the Subjective (1992).
Caorsi, Carlos. “Lenguaje, Acción e Interpretación”. Una exposición crítica de la filosofía de Davidson”. (Uruguay, UdelaR, Facultad de Humanidades, 2008).


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