ALDO MAZZUCCHELLI / «En lo que se refiere al lugar, hay bosque en todas partes. Hay bosque en los despoblados y hay bosque en las ciudades. En éstas el emboscado vive escondido o lleva puesta la máscara de una profesión. Hay bosque en el desierto y hay bosque en las espesuras, en el maquis. Hay bosque en la patria lo mismo que lo hay en cualquier otro sitio donde resulte posible oponer resistencia. Y hay bosque ante todo en la retaguardia del enemigo. El emboscado no está sujeto a la ilusión óptica que ve en el agresor a un enemigo nacional. El emboscado conoce los campos de trabajos forzados construidos por el agresor, conoce a los oprimidos, conoce a las minorías que están esperando con impaciencia su hora»

ENSAYO / LECTURAS

«El ser humano se encuentra en el interior de una gran máquina que está pensada para aniquilarlo«

ERNST JÜNGER, La emboscadura

Un tratado de filosofía práctica. Un ensayo sobre la libertad como fenómeno interno a la conciencia. Una crítica a la democracia que el cinismo contemporáneo puede leer con más comodidad que los lectores occidentales de posguerra. Un panfleto antisistema de alta calidad literaria. Estas son algunas de las frases que podrían definir en parte el ensayo (*) que Ernst Jünger (1895-1998) publicó en 1951. 

El autor cumplió 50 años cuando faltaba un mes y poco para terminar la Segunda Guerra Mundial. El año 1944 había perdido a su hijo Ernstel. Los nazis lo habían encarcelado por declarar que a Hitler «habría que colgarlo». Jünger apeló a algunos amigos que aun le quedaban dentro del régimen, y obtuvo que se liberase a su hijo a cambio de que éste se enrolase en el ejército. Fue enviado a Italia, donde murió el primer día en que entró en combate. Los días de posguerra encuentran a Jünger retirado, y ajeno como desde su juventud a todas las facciones del poder político. Los 103 años de su historia vital están llenos de cambios y aventuras. Su destino, en cambio, resulta casi monótono: siempre combatido por la incomprensión y la impotencia moral de «ambos lados». Esquivando amenazas, soportando censuras, intentando comunicar su libertad -que siempre suena como un fenómeno del espíritu, nunca un mecanismo afectable por quienes viven manipulando materiales y sociedades. A ese impulso de libertad interna se lo ha caratulado de «romanticismo». Así se nos ha instruido que tanto el joven Werther como Garibaldi, y tanto Byron como Bakunin son reductibles a romanticismo, una especie de descuento no solicitado que la cultura burguesa les hace. Jünger será el «romántico» hiperlúcido que combate también esa etiqueta («el emboscarse no es ni un acto liberal ni un acto romántico«), y trabaja toda la vida para escribir las formas de su rebeldía ante ella. Desde luego, esto implicó cierto grado de aprendizaje práctico. A los dieciocho años se escapa a Argelia pensando que la Legión Extranjera podría darle el pasaporte para vivir una experiencia africana luego de cumplir el servicio militar básico en la sede de la Legión en ese país. Su padre -un profesor universitario- logra rescatarlo y traerlo a Alemania de nuevo por la fuerza. Ya al año siguiente la Primera Guerra es la nueva oportunidad de salirse de una vez de todo pacto con la vida que su familia le tenía preparada -había acordado con sus padres que terminaría el secundario si estos le pagaban luego una expedición a Kenya para subir al Kilimanjaro. Logró terminar el secundario justo antes de enrolarse, lo que le permite entrar al ejército ya como oficial, y no como soldado.

La guerra en rápida sucesión le muestra lo peor y lo mejor del hombre. Entierra a sus compañeros en fosas comunes, dentro de ataúdes de tabla con el nombre del muerto escrito a lápiz. Luego de una batalla está recorriendo una trinchera y ve por primera vez en persona a un soldado enemigo. Era un inglés acurrucado entre cadáveres y maderones desbaratados. «Apoyé el cañón de mi pistola en la sien de aquel hombre, que estaba paralizado por la angustia, y con la otra mano aferré crispadamente la guerrera de su uniforme. En ella había condecoraciones y distintivos de grado; era un oficial y seguramente había tenido el mando de aquella trinchera. Con un quejido metió la mano en un bolsillo, pero lo que de él sacó no fue un arma, sino una fotografía; me la puso delante de los ojos. Miré la fotografía y en ella vi a aquel hombre de pie en una terraza, rodeado de una numerosa familia.» Jünger decide no ejecutarlo. «Más tarde he considerado que fue una gran ventura lo que hice«. Ya en 1915 es herido, y es herido de nuevo y de nuevo, hasta totalizar siete heridas de guerra. Recibe la Cruz de Hierro y la Orden del Mérito, que son los dos mayores honores que Alemania concede. Termina la guerra y, aun oficial militar, Jünger comienza a publicar. Tormentas de acero, su diario novelado de los años de conflicto, y La lucha como vivencia íntima. En 1923 sale del ejército, y estudia zoología, y estudia filosofía, en Leipzig.  En 1925 se casa, en 1926 nace su primer hijo, el que moriría en Italia. 

Las horribles ideologías del siglo veinte fueron vagabundeadas por un Jünger que nunca se quedó con ninguna de ellas. En los años veinte frecuentó distintos grupos de estudiantes nacionalistas -de los cuales surgiría entre otros el nazismo- y al mismo tiempo que traba amistad con el católico Carl Schmitt, lo hace con el comunista Bertolt Brecht. 

Entre las figuras que crea la obra de Jünger, el trabajador a quien la técnica desarma y oprime es la primera que surge con fuerza en esos años. En 1932, El Trabajador. Dominio y Figura, construye su concepto. «La intención de este libro consiste en hacer visible, más allá de las teorías, más allá de las facciones, más allá de los prejuicios, la figura del Trabajador como una magnitud operativa que ha incidido ya poderosamente en la historia y que está imponiendo las formas de un mundo cambiado». El trabajador es alguien que tiene «una relación nueva con lo elemental, con la libertad y con el poder«, escribe. Lo propio de la burguesia es, para Jünger, «obturar herméticamente el espacio vital para evitar que lo elemental irrumpa en él«. La observación es extraordinaria hoy que ese proceso parece estar tan avanzado.

Jünger ha sido profético. Ha comprendido, ya en la década del 30, la progresión que lleva finalmente, en nuestros días, a un divorcio completo entre ese mundo -al que ni siquiera llamamos ya de burgués- y los elementales condicionantes de la realidad, incluidos tanto el trabajador como la producción. Se los ha alejado de los centros occidentales, se los ha eliminado de la vida de quienes escriben las narrativas de la sociedad occidental presente. En ese futuro, la superación del hombre pinta un mundo reemplazado, absurdo e inhumano, que se vive como deseable; en ese futuro, la virtualidad es la promesa de comodidad, de la que la libertad desaparece como una evocación superflua. El último paso por ahora en esta tragedia es la ideología renovada que ha creado, en la cual esa pérdida patética de libertad individual se vive como liberación y olvido. 

Cuando sube el nazismo, Jünger escribe un libro que algunos piensan es contra el régimen. Lo he recorrido y creo que aspira a algo mayor que eso. Es una obra de estética y de superficie, recargada de belleza sensorial. Desde luego, puede verse en ella -sobre todo con el diario del lunes- un lado alegórico. Pero quizá muchos precisaron hacer de Jünger, dado que no fue un nazi, un antinazi. Pero eso quizá sea todavía caer en la ideología que ha dominado Occidente, y la de sus manejadores financieros, hace ya demasiado tiempo, la que simplifica siempre por los mismos trillos. Para muchos ese libro es su obra maestra. Se llama Sobre los acantilados de mármol, y aparece en 1939. Tiene un ambiente de sueño en el que se describe Marina, una localidad junto al océano y a la vez una especie de paraje rural encantador que parece muy alejado del mar, como entre alemán y siciliano, a la vez tradicional y venusinamente hermoso, donde las viñas crecen. Desde la Puerta del Gallo que da entrada a la ciudad se ven los cercanos acantilados de mármol. «El pueblo que en aquellas tierras cultiva las viñas siempre permanecía fiel a su costumbre y a su ley. Y la riqueza y excelencia de la tierra no había tardado en hacer indulgente a cada régimen, por muy severo que fuera en sus comienzos. Tal es el ascendiente de la belleza sobre la fuerza«. Todo eso, hasta que el Gran Guardabosques liquida ese tiempo y da paso a otro. Sus huestes asesinan cruelmente a los mágicos lagartos que siempre vivieron entre las piedras, cuyas pieles resultaron «altamente codiciadas por las cálidas cortesanas meridionales que el viejo tenía en sus dominios». Los soldados despellejaban vivas a esas «verdes criaturas de ensueño» y las dejaban ir a desplomarse desesperadas desde los acantilados. «Profundo es el odio que en los corazones abyectos arde contra la belleza«. Jünger no habla de los rigores políticos de la guerra, sino de una catástrofe contra la vida sencilla y conectada con el suelo y el lugar, que es algo muy distinto. Desde luego, la opresión liquida esa relación natural originaria. Y en una expedición el protagonista encuentra, algo alejado de Marina, un granero repleto de esqueletos, de cadáveres colgados donde las moscas y los buitres «de erizadas alas» hacen sus fiestas. Conoce entonces el narrador la sede del mal, que estaba cerca pero invisible a la vez. «Estos son los sótanos sobre los cuales se levantan orgullosos los castillos de la tiranía, y sobre los cuales se ve elevarse el incienso de sus fiestas: pestilentes y siniestras cavernas en las que, desde toda la eternidad, la gentuza repudiada por todo el mundo se deleita lúgubremente en mancillar la libertad y la dignidad humana. Entonces se callan las musas y la verdad comienza a vacilar, como una antorcha en medio de una mala ventolera«.

2 Waldgang
Si en 1939 Jünger presagiaba así algo de lo que la nueva guerra traería, en 1951 parece haber alcanzado un espiral muy superior de refinamiento en cuanto a la forma de idear lo que la violencia íntima de la modernidad trae. Construye, aglutinando, una nueva palabra alemana: Waldgang. Tampoco resulta tan extraña. Explica Denes Martos en la presentación de la edición que leo que se trata de la unión de las palabras Wald -«el bosque europeo… de pinos, robles, alerces, abetos, hayas…» y Gang, que «viene del verbo gehen que significa caminar, y es de hecho la sustantivación del mismo; es decir, «el caminar«. «De este modo, Waldgänger es «aquel que camina por el bosque«. Existiendo Emboscarse, y aun El Emboscado, en perfecto castellano, parece totalmente innecesario que Tusquets haya elegido «La emboscadura» que es una palabra oficial (la Academia la admite), malsonante (se parece demasiado a «embocadura»), innecesaria, y que no significa mucho porque casi nadie, casi nunca, la ha usado. Sobre todo, no da con el personaje o concepto que el ensayo construye. 

Lo que el ensayo construye es la dinámica interior que lleva a algunas personas íntimamente libres, a «irse al bosque», a emboscarse, cuando perciben que la sociedad se ha vuelto tiranía, especialmente tiranía compleja, super elaborada, autoportante, ceguera tecnológica. Resulta que hay quienes sienten que «la libertad es existencia, concordancia consciente con la existencia, y es el placer, sentido como destino, de hacerla realidad«, y su «no» tiene que tomar la forma de un apartamiento. 

3 Elegir
Pero el concepto que Jünger elabora es muy refinado, y su elaboración es el análisis de en qué consiste el mal de la modernidad en Occidente. El mal de la modernidad, quiero decir, para ser claro: el mal de la democracia, y el mal del acomodamiento a las concretas formas a que ha llegado la organización del poder sobre la gente en las sociedades occidentales. En 1951, apenas instalada la violenta y paradójica pax americana de la «guerra fría», Jünger comienza observando la dinámica subyacente al fenómeno de la «elección». «Vivimos en unos tiempos en que continuamente están acercándose a nosotros poderes que vienen a hacernos preguntas; a plantearnos cuestiones». Pero «A lo que esos poderes conceden valor no es a nuestra solución, sino a nuestra respuesta a las preguntas que nos hacen». 

Sutilmente, la cuestión fundamental queda planteada desde los primeros párrafos. La dinámica de la encuesta y la elección, el plebiscito y la consulta, la vida social hecha estadística, para tender a supuestas soluciones científicas a los problemas de la gente, quedan reducidas a un ejercicio de sometimiento. Porque lo que importa es quién hace las preguntas, y por qué las preguntas son esas, y no otras. 

4 No
Todo en el libro de Jünger es la anticipación estremecida de un recorrido, que tenía que llevar a donde ha llevado. Al lugar que hoy vemos. Se empezó preguntándole a la gente, pero no para escucharla, sino para legitimar las manipulaciones del poder. La respuesta que la gente iba a dar, en las democracias, a esas preguntas, iba a ser siempre la respuesta obvia. Porque las elecciones son casi siempre absurdas. 

«Cabe suponer que nuestro votante ha sabido resistir, gracias a su capacidad de discernimiento, a la propaganda, a una propaganda prolongada e inequívoca, que con gran habilidad ha ido intensificándose hasta el día mismo de las elecciones. No ha sido fácil la tarea de resistir. A lo anterior se añade que la adhesión que de él se demanda se ha revestido con la modalidad de unas preguntas sumamente respetables; se le invita a participar en unas votaciones en favor de la libertad o en pro de la paz. Ahora bien, ¿quién no ama la paz y la libertad? Habría que ser un monstruo para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal al «no». El votante que emite un voto malo se asemeja al criminal que se aproxima sigilosamente al lugar del delito».

 El votante ha caído en la trampa mucho antes de considerar su voto. Y claro, la trampa no es meramente que se ve obligado a decir sí a la amañada pregunta del poder, o decir un «no» testimonial. Eso no es lo único. Lo más importante es que, al obligársele a participar de la farsa de su propia sujeción, el elector se convierte en el legitimador de su propia pérdida de poder y, a menudo, de dignidad.

Pero existe, observará cualquiera, el decir no. Ese votante por «no», calculadamente minoritario y perdedor, cumple dos funciones. La primera «consiste… en ser esa minoría que otorgaba valor -más aun, realidad- a la mayoría del noventa y ocho por ciento.» Pero además, cumple una segunda función: «se puede estar seguro de que ese dos por ciento aparecerá, también, de acuerdo con las reglas de contabilidad por partida doble, en unos registros diferentes de la estadística electoral. Aparecerá, por ejemplo, en las listas de nombres de los presidios y de los campos de trabajo, o en aquellos lugares donde es Dios el único que cuenta las víctimas«. 

5 Violencia
Aparece entonces esa figura ante su disyuntiva. Votar «no» es simplemente convertirse en un mecanismo testimonial. «Al ser él, el único entre cientos, en poner «no» en la papeleta, lo que hizo con ello fue colaborar con una estadística de la autoridad«.
Pero votar «sí», a su vez, es asentir y fortalecer el juego… ¿O es, quizá, asentir solo aparentemente, cuando en realidad se hace otra cosa? 

«El votante se encuentra en el aprieto siguiente: un poder que por su lado no piensa atenerse a las reglas del juego lo ha invitado a tomar una decisión libre. Es el mismo poder que le exige un juramento, en tanto él mismo vive de perjurar. Lo que el votante hace es, pues, depositar una apuesta buena en una banca fraudulenta. De ahí que nadie pueda reprocharle que no entre en esos problemas y silencie su «no». Tiene derecho a hacerlo, y no sólo por motivos de autoconservación; su conducta puede ser también una manifestación de desprecio a quien tiene el poder, un desprecio que es superior incluso a un «no»»

Ante la totalitarización de la mentira, es decir, ante la democracia plebiscitaria, regida por quien hace la pregunta, la respuesta da igual. Por lo cual, ese no es finalmente el asunto. Viene aquí uno de los giros que hacen más compleja y más real la situación del hombre libre en la modernidad. 

«Entonces, ¿cuál debe ser la conducta de nuestro hombre si deja de utilizar la última posibilidad que se le ha otorgado de exteriorizar su opinión? Al hacer esa pregunta abordamos una ciencia nueva, a saber: la doctrina de la libertad del ser humano enfrentado a una violencia que se ha modificado».

6 ¿Qué hacer?
El irse al bosque, el emmboscarse, el concepto central de este ensayo de Jünger, sería así «el primer paso para salir del mundo vigilado«. Pero debemos evitar la tentación de caer en las nociones de libertad propias del mundo ideológico dominante en el hemisferio occidental, y también en las nociones de dictadura que ese mismo mundo ha construido. «El emboscarse no es ni un acto liberal ni un acto romántico, sino el espacio de juego de pequeñas minorías selectas; éstas saben qué es lo que viene exigido por nuestro tiempo, pero saben también algunas cosas más.»

Negarse no alcanza, aunque es un buen primer paso. El que dice que no abiertamente es un valiente, sin duda. Pero eso aun podría ser pueril, patético, o inútil. El que quiera realmente ser serio en estos temas, debería dar un paso más, porque «el mundo ha cambiado y sigue cambiando, y lo hace por necesidad; pero con ello ha cambiado también la libertad«.  ¿Entonces qué?

7 Minoría
Pues que «los hombres libres son poderosos, aunque constituyen únicamente una minoría pequeñísima«. ¿Mantener la propia libertad es, acaso, un gesto meramente interno entonces? Un buen paso es entender que la noción de «mayoría» es uno de los pilares del engaño. Pero ¿cómo llegaría a entender esto un mundo dominado por el marketing, por la suma de dinero, en donde el número es el éxito, y es, en realidad, todo? ¿Cómo entenderá el empresario, el feriante o el político que conecta números en encuestas con poder sobre vidas ajenas, que esa jerigonza de mayorías y minorías es una basura? En ese marco, «carecería de toda importancia una minoría del uno por ciento«. Pero «tan pronto como uno se sale de la estadística, las cosas cambian en favor de las consideraciones valorativas«.

Ese sujeto que mantiene su no adiamantado dentro, es lo fundamental de esta contextura, que sigue obstinándose aun en 2024 en sus viejos argumentos. «En esas personas singulares se pone de manifiesto que la mera superioridad del poder no es capaz de crear derecho; no es capaz de crearlo ni siquiera allí donde produce también cambios históricos.«

Los efectos que crea esa persona, aparentemente solitaria y minoritaria, son insospechados. No son los vínculos con los «buenos conocidos de antaño», o los de la familia burguesa los que crea, sino unos vínculos más fuertes. «Aquí no se trata de relaciones numéricas, sino de condensaciones ontológicas«. De un «orden diferente, en el cual da igual que la opinión de la persona singular contradiga a la opinión de cien o a la opinión de mil. De la misma manera, su inteligencia, su voluntad, su influjo pueden compensar los de veinte o los de mil«.

8 Pesadilla
El mecanismo en el que Jünger tiene fijo el ojo parece además cumplir perfectamente con las viejas verdades de la dialéctica. Si crece demasiado el número de los sumisos, parejamente comenzará a crecer el de los resistentes. «A medida que va creciendo la adhesión de las masas, también va creciendo la desconfianza respecto de ellas«. Así como en los últimos dos años largos hemos visto que a medida que crecían las mentiras sobre la situación internacional, sobre los fines de las medidas impuestas, sobre las realidades de la guerra, iba creciendo la desconfianza, aun sorda, aun sin palabras, evidente, en más y más gente. La gente se da perfecta cuenta de las mentiras y de las manipulaciones de la propaganda. Solo está esperando que las posibilidades del decir se junten con la verdad, para tirar en un solo día y con un sólo gesto décadas de manipulaciones acumuladas. Y todo ello viene acompañado de mecanismos abyectos, por los cuales el individuo que repudia por miedo su propia libertad se contorsiona para no reconocerlo. 

«Cuanto más se aproxima al cien por cien la cifra de los votos buenos, tanto más crece el número de los sospechosos. Pues cabe suponer que quienes portan en sí la oposición se habrán trasladado de un orden abarcable mediante la estadística a aquel orden invisible que nosotros denominamos el «irse al bosque». Ahora es preciso vigilarlos a todos. El espionaje introduce sus tentáculos en cada bloque de viviendas, en cada domicilio. Intenta penetrar incluso en las familias y alcanza sus máximos triunfos en las autoinculpaciones que contemplamos en los grandes procesos públicos. En ellos vemos al individuo representar el papel de policía de sí mismo; lo vemos cooperar a su propia aniquilación. El individuo no es ya indivisible, como sí lo fue en el mundo liberal. Ahora el Estado lo ha partido en dos mitades: una mitad que es culpable y otra mitad que se autoinculpa.«

Evidente. Cuando el poder siente que no puede engañar más, se endurece y se revela como lo que siempre ha sido. Echa mano a la obviedad y desbarata su propia máscara de racionalidad. Esa es la sorprendente debilidad del poder contemporáneo. Resulta «un espectáculo chocante» presenciar entonces como «unos Estados fuertemente armados, unos Estados que se ufanan de hallarse en posesión de todos los medios de poder«, se vuelven frágiles, vulnerables, y pasan a ser controlados por dementes y por enceguecidos. Se pone de manifiesto también la mentira de la prensa sistémica, la gran prensa y las agencias de noticias, que siempre venden una realidad que no existe, pero que es la que el poder precisa que se venda. 

Y entonces se revela que nadie cree en eso que se le vende, y el Estado debe tomar medidas. «Si las grandes masas fueran tan transparentes como asevera la propaganda, si sus átomos estuvieran tan orientados en una misma dirección, entonces se precisaría una cantidad de policía no mayor que el número de canes que necesita el pastor para cuidar de su rebaño«. Pero están los que, escondidos en el rebaño, comprenden. En el seno del gris rebaño se esconden lobos, es decir: personas que continúan sabiendo lo que es la libertad. Y esos lobos no son sólo fuertes en sí mismos; también existe el peligro de que, cuando amanezca un mal día, contagien sus atributos a la masa de modo que el rebaño se convierta en horda. Tal es la pesadilla que no deja dormir tranquilos a los que tienen el poder».

9 Mediocridad
Jünger parece haberlo anticipado todo, y observa que los seres humanos interiormente más insignificantes, son aquellos que en esta clase de tiempos la política eleva a los puestos más altos del poder. Lejos de que esto mueva a risa o desprecio, debería mover a poner mucha atención. Porque es precisamente esa clase de ambiciosos ontológicamente insignificantes quienes tienen el mayor poder de destrucción. Son las herramientas preferidas del mal y la violencia, que siempre al fin los usará. 

«Lo que en este espectáculo resulta irritante es que en él la mediocridad va asociada a un poder funcional enorme. Estos son los hombres en cuya presencia se ponen a temblar millones de seres humanos; los hombres de cuyas decisiones dependen millones de personas. Y, sin embargo, son los mismos hombres de los cuales es preciso decir que han sido elegidos con un zarpazo infalible por el Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo, si es que queremos contemplar aquí a tal espíritu en uno de sus aspectos posibles: el de un enérgico empresario de demoliciones. Ninguna de esas expropiaciones, socializaciones, electrificaciones, concentraciones de tierras, fraccionamientos y pulverizaciones que se llevan a cabo presupone ni cultura ni carácter; antes al contrario, esas dos cualidades resultan nocivas para el automatismo.«

10 Heroísmo
Justamente, es preciso aquí que el emboscado comprenda que debe dejar de lado el romanticismo, el liberalismo, la ilusión de conexión entre la democracia y la dignidad del individuo. Ese individuo, libre y vivo, es condensado en el concepto del Trabajador. Junto a él, a quien ya se ha presentado en esta reseña, entra el Soldado Desconocido, el Soldado Anónimo. Es el hombre que, desde la primera Guerra Mundial, «toma sobre sí grandes cargas en medio de aniquilaciones mecánicas«. Jünger vio el rol de la tecnología de la destrucción automática como uno de los temas absolutos de estos tiempos. «Esto implica ataques exacerbados contra el nomos y contra el ethos«, remarca. La desigualdad de medios aniquila toda esperanza para los más débiles, y el sufrimiento es tal que «queda excluido lo heroico«.

11 Cacería
Entonces, Jünger lanza otra terrible predicción, estrictamente apegada a la lógica tecnocrática que va describiendo: 

«Desde hace ya mucho está preparada la cacería del ser humano, una batida que no deja escapatoria ninguna; y está preparada por teorías que aspiran a dar una explicación lógica y compacta del mundo, y que corren parejas con el desarrollo tecnológico. Al adversario se lo cerca primero en el campo de la razón y luego también en el campo social. A esto se agrega, llegada la hora, su exterminio. No hay destino más desesperanzado que el caer en un proceso como ése; en un proceso en el cual el derecho se ha convertido en un arma.«

Nada de esto es nuevo. Jünger comprende que el tiempo se aproxima a una gran transformación del mundo, y recuerda que «tales fenómenos han venido dándose desde siempre en la historia humana; podríamos contarlos entre las atrocidades que raras veces faltan cuando se producen grandes cambios.» El proceso de perscución automatizada y tecnológica, el destino quizá peor de quien busque escapar, están descritos en párrafos antológicos. Y «frente a esto, la última esperanza que queda es que el proceso acabe devorándose a sí mismo, como un volcán que ha arrojado toda su lava. 

12 Domesticación
La reflexión ahonda y toma caminos no previsibles al pensamiento superficial, cuando vemos que la libertad solo existe en una relación muy estrecha con la necesidad. Ser libre puede ser visto incluso como la capacidad y el disfrute de, simplemente, cumplir con lo que tenemos enfrente como tarea. En la opresión aparente, hay libertad cuando la tarea es comprendida y aceptada con el más potente nivel de conciencia, uno capaz de lanzarse a asumir cualquier consecuencia que su «cumplir la tarea» implique.

Pero entretanto sólo puede haber dos preocupaciones para el hombre que está amenazado de ese modo: ejecutar el trabajo que le asignan y no desviarse de la norma… Se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no puede tener nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra. Esto presupone, para empezar, que uno no quiera simplemente que no lo esquilen, sino que esté dispuesto a que lo despellejen«

Tal renovación conceptual, ese abandono de las viejas categorías que ante el autodespliegue de la tecnología en el poder resultan anticuadas e imprecisas, es el mismo que seguimos precisando ahora, pues que yo sepa nada de aquello ha sido poderosamente renovado. En cambio, se lo ha dejado caer, se lo ha olvidado en una ignorancia repulsiva. Pues «la tiranía solo puede llegar a ser posible en aquellos sitios donde la libertad se ha domesticado y diluido en un insubstancial concepto de sí misma«.

Y esta dinámica peligrosísima va de la mano con el olvido, tan patente ahora setenta años mas tarde, de la relación con la materia y la producción, que el proyecto actual continuador de lo que Jünger en su tiempo diagnosticó, el proyecto transhumanista, juzga una gran ventaja, y reduce a una absoluta invisibilidad. El ciudadano que surge armónico de ese olvido y esa invisibilización, es a la vez que un ser atemorizado, alguien desprevenido e indefenso.

«Mientras marchen bien las cosas, siempre habrá agua en las tuberías y corriente eléctrica en los enchufes. Cuando la vida y la propiedad están amenazadas, un simple grito de alarma basta para que hagan acto de presencia, como por arte de magia, los bomberos y la policía. El gran peligro está en que el hombre confíe demasiado en las ayudas de otros y, cuando faltan aquéllas, quede desvalido. Todas las comodidades hay que pagarlas. La situación de animal doméstico arrastra consigo la situación de animal de matadero.«

13 Independencia
Cuando el sujeto que enfrenta en su conciencia lúcida este estado de cosas se ve al fin arrinconado, debe tomar una decisión. 

«Es cuando el hombre ha de decidir si da por perdida la partida o si desea continuarla, apoyándose para ello en su fuerza más íntima, en su fuerza propia. En este último caso decidirá irse al bosque, a «emboscarse» …llamamos «Emboscado» a quien, privado de patria por el gran proceso y transformado por él en un individuo aislado, acaba viéndose entregado al aniquilamiento. Este destino podría ser el destino de muchos y aun el de todos — no es posible dejar de añadir, por lo tanto, una precisión y ésta consiste en lo siguiente: el emboscado está decidido a ofrecer resistencia y se propone llevar adelante la lucha; una lucha que acaso carezca de perspectivas. Un emboscado es, pues, quien posee una relación originaria con la libertad. Vista en el plano temporal, esa relación se exterioriza en el hecho de que el emboscado piensa oponerse al automatismo y piensa no sacar la consecuencia ética de éste, a saber, el fatalismo.«

Es «la persona individual sometida a una cacería«, pero «las tres grandes potencias: el arte, la filosofía y la teología» le abren nuevas vías allí donde no hay salida. Esto tiene, desde luego, una expresión digamos literaria. «la palabra autoría es sólo otro nombre para decir «independencia«.

14 Titanic
A partir de aquí el texto se vuelve más descriptivo de las condiciones en que puede producirse el emboscamiento. Se enfrentan un polo del Todo y uno del individuo: «Ambos polos se condicionan mutuamente pues el gran despliegue del poder es por el miedo a lo que vive; y la coacción adquiere especial eficacia en aquellos sitios donde se ha intensificado la sensibilidad» En este punto, Jünger observa que «el arte» -aun- «se ocupa de esta nueva situación«. En 2024, afirmación semejante sería aventurada. El arte parece haber sido engullido por la necesidad.
En cambio, el miedo que «es uno de los síntomas de nuestro tiempo«, está aun con nosotros. La Modernidad tardía es vista aquí como el momento en que se perdió «una gran libertad individual». Dickens es de los primeros que describe las «penurias» por las que se fue pasando en el proceso de perder aquella libertad. Pero el momento que Jünger sugiere, «si quisiéramos elegir una fecha», es el momento «en que se hundió el Titanic«. Aquel 14 de abril de 1912, pues, justo antes de la Gran Guerra, «chocan de frente, con toda violencia, la luz y las sombras: aparecen juntos la hybris del progreso y el pánico, las máximas comodidades y la destrucción, el automatismo y la catástrofe; esta última se presenta como un accidente de tráfico«.

15 Racionalismo
Jünger articula así en su ensayo un motivo que atraviesa su tiempo, y la modernidad occidental entera, hasta desplegarse hoy en lo que uno diría es su fase porno, obscena. Se trata de la estrecha unión entre «el automatismo y el miedo». Se trata de la observación como al pasar del autor, que dice en un momento que habla del desasosiego que causa, dentro de la nueva configuración, «el hecho de que la crueldad amenace con convertirse en un elemento constitutivo, en una institución de las nuevas formaciones de poder, así como el ver entregada inerme a ella la persona singular.Esto tiene varios motivos; el principal es que el pensamiento racional es cruel.»

 El pensamiento racional -o el pensamiento solo racional, al estilo moderno occidental, el objetivismo instrumentalizador, materialista y matematizado-, es cruel.
Su esencia no puede tomar en cuenta los efectos que causa. Pero tampoco quien se entrega sin crítica a la lógica íntima de los intercambios modernos -comunicación, política, economía, relaciones- tomará ya primariamente en cuenta los efectos que eso le causa. 

«De hecho el automatismo y el miedo van estrechamente unidos, desde el momento en que el ser humano coarta sus propias decisiones en beneficio de las facilidades tecnológicas.Éstas procuran numerosas comodidades. Pero también aumenta, y ello de manera necesaria, la pérdida de libertad. La persona singular no está ya en la sociedad como lo está un árbol en el bosque. Antes al contrario, se asemeja al pasajero de una nave que se mueve a una velocidad cada vez mayor. La nave puede llamarse Titanic o puede llamarse también Leviatán. Mientras el tiempo sea bueno y agradables las perspectivas, el pasajero casi no reparará en la situación a que ha ido a parar y que es una situación en que la libertad es menor. Por el contrario, lo que surge es un optimismo, una conciencia de poder generada por la velocidad. Pero las cosas cambian cuando emergen en la superficie islas que escupen fuego o aparecen icebergs. No sólo ocurre entonces que la tecnología se traslada de las confortables comodidades a otros ámbitos, sino que, al mismo tiempo, se hace visible la falta de libertad y eso se pone de manifiesto, ya sea en el triunfo de las fuerzas de los elementos, ya sea en el hecho de que en ese instante quienes ejercen el poder absoluto del mando son las personas singulares que han permanecido fuertes.

La descripción puede sonar tremenda, pero más importante es la pregunta que de ella cae a los pies: «en tanto perdure el automatismo y en tanto, como es previsible, vaya aproximándose cada vez más a su perfección, ¿es acaso posible disminuir el miedo? ¿Sería, pues, posible permanecer en la nave y reservarse la decisión propia? Es decir: ¿sería posible no sólo conservar, sino también fortalecer las raíces que aún siguen ligadas al fondo primordial? Esta es la verdadera cuestión de nuestra existencia.»

La locura del desarrollo automático de las posibilidades objetivas, del «lo hago porque se puede hacerlo», sin más, lleva a destrucciones constantes cuyo único significado parece ser la destrucción misma. «Estamos viendo cómo son desmembradas fincas que durante treinta generaciones han venido dando de comer a propietarios y arrendatarios; desmembradas de una manera que deja en la miseria a todo el mundo.»

Ante este panorama, ante el aparente despliegue desalmado de las posibilidades del cálculo, una y otra vez surge la noción de que estamos frente a un suceso escatológico, una lucha milenarista por el ser mismo del hombre como Criatura libre. Pero para Jünger ese pesimismo no tiene lugar, puesto que lo fundamental de la libertad, es decir de la conciencia, está siempre a salvo, más allá de las maniobras de esa oscuridad.

«Siempre será evidente que la agresión contra él brota necesariamente del más tenebroso de los abismos. También hoy, en unos tiempos en que los conceptos dominantes captan tan sólo la parte superficial del proceso, la gente presiente que se hallan en marcha ataques que no están orientados ni hacia las expropiaciones ni hacia las liquidaciones. En ese presentimiento se apoya la acusación que habla del «asesinato del alma». Sin embargo, únicamente un espíritu ya debilitado puede acuñar una expresión así que desagrada a todos los que poseen una noción de la inmortalidad y de los ordenes que en ella se asientan. En los sitios donde hay inmortalidad, y aun en aquéllos donde sólo está presente la creencia en la inmortalidad, ha de presumirse que existirán también puntos en los que el ser humano no puede ser alcanzado o menoscabado — y mucho menos aniquilado — por ningún poder de la Tierra, ni siquiera por el más grande. Los bosques son santuarios». Las precisiones de Jünger no cesan ante los obstáculos conceptuales. Al hablar de la «persona singular» me refiero al «ser humano», dice el autor, pero «desprovisto del regusto añadido que esa palabra ha ido adquiriendo en el transcurso de los dos últimos siglos. Estamos refiriéndonos a la persona libre, tal como fue creada por Dios.«

«Ese hombre no representa una excepción, no es una minoría selecta. Antes al contrario, se halla oculto en el interior de todos y cada uno de nosotros. Las diferencias que aquí aparecen son únicamente el resultado de la diferencia de grado en que el ser humano haya sido capaz de hacer realidad la libertad que le ha sido otorgada. Para eso es preciso prestarle ayuda — con el pensamiento, con el conocimiento, con la amistad, con el amor».

Jünger escribió todas estas cosas en 1951. Y podría observarse «pero en 1951, ni diez, ni veinte, ni treinta años después, pasó nada extremo. Jünger estaba haciendo alarmismo y jugando una vez más el juego romántico del apocalipsis desde la seguridad de su conciencia hiperculta.

16 Disyuntiva
Pero el tiempo siguió corriendo, y lo que se ha desplegado en Occidente desde 2001, o desde 2008, o desde 2020, podría parecer al observador atento el desarrollo puntual, exacto, de las tendencias que Jünger vislumbra, de las catástrofes categoriales por las que camina como por un campo minado, y de las parejas que regentearon el tiempo de su reflexión -sobre todo, la tan transgenérica tecnología-miedo, dominante hasta el colmo ahora mismo.

Pero Jünger no solo diagnosticó, sino que también quiso «desatar el nudo«. Y para ello, dice, hay que empezar por el miedo. Al miedo no puede extirpárselo por completo, ni tampoco vencérselo reprimiéndolo a un cálculo deliberante con uno mismo, porque eso lo lleva «al interior del ser humano«. En cambio es preciso «reconducir el miedo al diálogo, y entonces también el ser humano puede tomar la palabra«. En el diálogo el hombre «deja de imaginarse que está siendo cazado«.

Ambas perspectivas pueden ser difíciles, pero hay una diferencia fundamental que persiste «aun en medio de la peor de las catástrofes«.

«En el primer caso, el de la luz, el camino va ascendiendo hacia reinos que están en las alturas, hacia la muerte por el sacrificio o hacia el destino de quien sucumbe con las armas en la mano. En el segundo caso, el de las tinieblas, el camino desciende hacia las profundidades de los campos de esclavos y los mataderos donde unos hombres primitivos se asocian criminalmente con la tecnología. En este último caso no hay destino; lo único que hay son números. O bien poseer un destino propio o bien equivaler a un número: ésa es la disyuntiva que hoy nos viene impuesta — ciertamente por la fuerza — a todos y a cada uno de nosotros. Pero el decidirse por lo uno o por lo otro es algo que cada cual ha de hacer por sí solo. La persona singular es hoy exactamente igual de soberana que en cualquier otro período de la historia y aun es probable que sea más fuerte que nunca. Pues a medida que van ganando terreno los grandes poderes colectivos el ser humano va también quedando aislado de sus viejas asociaciones, de aquellas asociaciones que habían crecido de una manera espontánea. De lo único de que el hombre sale garante ahora es de sí mismo. Y es ahora cuando se convierte en el antagonista del Leviatán; más aún: en su dominador, en su vencedor.«

Ahora empezamos a vislumbrar que el miedo está asociado a la trampa de las elecciones impuestas. Que «el proceso electoral se ha transformado en un concierto automático que viene dictaminado por quienes lo organizan. La persona singular puede ser forzada — será forzada — a participar en él. Lo que esta persona ha de saber es que todas las posiciones que pueda llegar a ocupar dentro de ese terreno son igualmente vanas«

Y que el lugar de la libertad es «completamente distinto de la mera oposición; también es diferente del lugar que puede brindar la huída. «Bosque» es el nombre que le hemos dado al lugar de la libertad. En él hay otros medios, unos medios diferentes al «no» que uno escribe en el círculo predispuesto para ello en la papeleta del voto.«

17 Corazón
Del hecho de que sean pocos quienes estén dispuestos a «emboscarse» no se concluye nada importante, pues «de lo que aquí se trata no es de relaciones numéricas. Cuando se incendia un teatro basta una cabeza clara, basta un corazón enérgico para contener el pánico de millares de personas que amenazan con aplastarse unas a otras y que se entregan a una angustia propia de animales.»

18 Ilusiones
La amenaza de la tecnología aliada al miedo no es más que un nuevo error de apreciación de lo que significa la libertad -es decir, la conciencia interna del poder. Este error nos hace creer en la venta de espejuelos que ejerce día y noche la propaganda del poder, sus «potentes ilusiones ópticas«, cuyo objetivo es vender que tiene un poder muy superior al que tiene, para que por el miedo el hombre solitario se retraiga en la anticipación de un destino que se le mercadea inevitable. 

«Sometidos como estamos a la fascinación de potentes ilusiones ópticas, nos hemos habituado a ver en el ser humano un simple grano de arena cuando se lo compara con sus máquinas y con sus aparatos. Ahora bien, los aparatos son, y no dejarán de ser, decorados de teatro colocados por la imaginación inferior. El ser humano es quien ha fabricado tales decorados y él es quien puede desmontarlos o bien darles un sentido nuevo. Es posible hacer saltar las cadenas de la tecnología y el que puede hacerlo es la persona singular.»

Ante la conciencia de esta situación, sin embargo, debemos evitar el escape a una «espiritualidad» sin conexiones humanas. «No podemos limitarnos a conocer en el piso de arriba la verdad y la bondad mientras en el sótano están arrancando la piel a otros seres humanos como nosotros. Eso es algo que no puede hacerse ni aunque uno se encuentre en una posición no sólo bien asegurada, sino también superior; y no puede hacerse porque el sufrimiento inaudito de millones de seres humanos esclavizados es algo que clama al cielo. Todavía permanece en la atmósfera el vaho de los desolladeros. Con meras palabrerías no se eluden esas cosas«.

19 Poderes
El emboscado funciona simplemente como el hombre libre, es decir, íntimamente libre de verdad. Para ello debe cumplir dos condiciones: la primera, «el emboscado no le permite a ningún poder, por muy superior que sea, que le prescriba la ley; ni por la propaganda ni por la violencia.»
En segundo lugar, «el emboscado se propone defenderse. Para ello no sólo utiliza los medios y las ideas propias de su tiempo, sino que a la vez mantiene abierto el acceso a unos poderes que son superiores a los temporales y que nunca podrán ser diluidos en puro movimiento.«

20 Maniobras
No se trata, para nada, de darse a la introspección, ni a la «conquista de puros reinos interiores«. Tampoco debe el emboscado limitarse a «objetivos reales». Lo que se consiga en lo práctico y político siempre vendrá por añadidura. Además en tiempos como estos -y aquellos- el que mejor comprende todo lo que pasa, aunque no lo formule, es el hombre individual común, pues la sabiduría individual siempre supera a cualquier síntesis colectiva o de «opinión pública». «Esto se debe a que continúan estando vivos en ese hombre vestigios de un saber que llegan más hondo que los lugares comunes de la actualidad. De ahí que en congresos y en conferencias se adopten unas resoluciones cuya estupidez y cuya peligrosidad son mucho mayores que las que tendría la sentencia dictada por una persona cualquiera sacada del primer tranvía que pase ante nosotros.»

Es preciso, dice Jünger, prepararse para la catástrofe -sea que venga al fin o no. Cómo se comportaría cada uno en el caso de una catástrofe es «la cuestión más importante» en la que «se incluyen todas las demás«. Y uno debe pensar de antemano sobre ello, y prepararse, lo que «equivale a maniobras militares en el campo del espíritu, a unos ejercicios espirituales«. Además, en la medida en que disminuye el miedo en cada persona individual, disminuye parejamente la posibilidad de una catástrofe. 

21 Miedo
Resulta decisivo el modo como Jünger explica dónde está la raíz del miedo, y cómo desarmarla. Y cómo, desarmada, todo lo demás de los mecanismos coactivos que obligan a la emboscadura quedan definitivamente debilitados. Dice que la nave en la que nos vemos obligados a ir, nuestro Titanic, es «el ser temporal«. Pero que el bosque, en donde si tenemos ventura iremos decididos a emboscarnos, es «el ser supra-temporal«: 

«En esta época nuestra, que es una época nihilista, se acrecienta la ilusión óptica que parece multiplicar las cosas que se mueven, en menoscabo de las cosas que están quietas. En realidad, todos los poderes tecnológicos que hoy se están desplegando son un brillo fugaz que viene de los recintos que guardan los tesoros del Ser. El hombre adquirirá seguridad si logra penetrar, aunque sólo sea por brevísimos instantes, en tales recintos. No sólo perderán entonces su cariz amenazador las cosas temporales, sino que producirán la impresión de estar llenas de sentido.«

22 Acción
De aquí en más el ensayo deviene una descripción de las formas concretas en que se despliega el emboscarse, y el trabajo del emboscado. Hay una oposición que avanza entre la esfera de lo «necesario», donde está «lo técnico, lo típico, lo colectivo«. Frente a ello surge el otro polo, donde opera la persona singular con sus sufrimientos, conocimientos y juicios.» 

Aquí comienza a aclararse definitivamente lo que al principio llama a la perplejidad y parece aporístico. La persona individual, simplemente, debe actuar. Los peligros son claros y son grandes. Y las posibilidades de la libertad individual equivalen también a esa grandeza. Pero las condiciones no son dictadas por la libertad interior sino por la necesidad. Ésta es la que obliga, y la libertad del hombre termina siendo su posibilidad de cumplir con su quehacer en cada coyuntura. «Lo necesario podrá acercarse a nosotros en la modalidad de la coacción, de la enfermedad, del caos e incluso en la modalidad de la muerte — pero en todos los casos desea que lo concibamos como un quehacer. Por lo tanto, la cuestión no puede residir en modificar el trazado del plano del mundo del trabajo. La gran destrucción deja libre, deja más bien al descubierto ese trazado».

Desde luego es posible conciliar el deber y la libertad. Estos solo se presentan como opuestos irreductibles cuando se antepone al quehacer un miedo inexplicable que nos hace creer que la tarea no es, justamente, la que nuestra libertad demanda. «No somos libres de evitar la catástrofe, pero en ella hay libertad«. 

23 Fundación
Cristo, observa Jünger, «es el supremo Fundador«. Su sacrificio es la forma arquetípica de enfrentar el miedo último, la aniquilación, y superarlo. Hay resonancias aquí de la dialéctica hegeliano de amo y esclavo. Tras Cristo, los mártires resultaron «más fuertes que los césares«, y con ellos hubo oleadas de «innumerables seres humanos que han muerto llenos de confianza«. «Las catedrales se derrumban, pero en los corazones subsiste un saber, un patrimonio heredado, que va socavando los palacios de la tiranía del mismo modo que lo hicieron las catacumbas«.
Hacia la conclusión el texto toma estos tonos teológicos, pero nunca hace un análisis histórico de la fe, sino que la pesa y la exhibe en su verdadero rendimiento existencial, y muestra cuál es la lucha entre el emboscado y el poder: es la lucha eterna del amor contra la violencia y el prepo que surgen del miedo: «…nos está permitido tener la seguridad de que la violencia desnuda, ejercida según los modelos antiguos, no puede triunfar a la larga. Aquella sangre introdujo sustancia en la historia y por ello seguimos contando, con toda razón, los años a partir de esa fecha -que es el instante en que gira el tiempo«.

Cristo y Sócrates vuelven a su rol de referencias fundadoras de la libertad en Occidente. La muerte de Sócrates «se cuenta entre los más grandes acontecimientos. El mundo está hecho de tal manera que una y otra vez exigirán sangre los prejuicios, las pasiones; y hemos de saber que esto no cambiará jamás. Los argumentos varían, sin duda; pero la estupidez mantiene eternamente su tribunal«. 

24 Jergas
El límite de la maniobra está en la deshumanización. Hoy le llaman transhumanismo, que adorna ese crimen con un aroma a progreso y futuro. Jünger creía que las iglesias contenían, aun en su tiempo, «un tesoro de bienes que no se ha agotado«. En su defensa citaba «la conducta de los adversarios de las Iglesias, y en primer término, el comportamiento del Estado, que aspira a un poder sin límites«. Al fin, «la Iglesia puede procurar asistencia, pero no puede brindar existencia«. La meta última de esta batalla generalizada y en curso aun hoy, a la que el emboscado se enfrenta, no es la persecución de las iglesias, sino la exterminación de lo humano en el hombre. «Así las cosas, se tratará al ser humano como un ente zoológico y da igual que las teorías dominantes lo incluyan en un orden económico o en un orden de otra especie. Esto lleva primero a los ámbitos del puro utilitarismo y luego a los del bestialismo.»

Todo aquel que quiera revitalizar su humanidad y negarse a ser ingresado en «una categoría político-zoológica», deberá considerar pues el emboscarse. En la civilización, «el desierto crece» como decía Nietzsche. 

Los «sistemas racionalistas y materialistas» que dominan esta progrssión necesaria de la Modernidad deben combatirse con armas ajustadas a ese fin. Debe, dice Jünger, ayudar y dar armas a quienes buscan dar ese combate. Una de sus ideas es recabar en el lenguaje mismo del nihilismo los términos para crear una nueva Orden, una nueva fe. «Así como los misioneros hablan con los indígenas en el idioma de éstos, también resulta recomendable adoptar idéntica conducta en el trato con quienes han sido educados en la jerga de las ciencias«.

25 Manantial
Finalmente, hay una fuente natural que es la que garantiza la renovación de las huestes de emboscados. 

«El emboscado es la persona singular concreta; el hombre que actúa en el caso concreto. Para saber lo que es justo no necesita teorías ni tampoco leyes elucubradas por los juristas de los partidos. El emboscado desciende hasta aquellos manantiales de la moralidad cuyas aguas aún no han sido distribuidas por los canales de las instituciones. Aquí las cosas se tornan sencillas, con tal que en el emboscado continúe vivo lo no-falseado.»

«En la confrontación con el propio yo, con el núcleo inviolable, con la esencia de la cual se nutren los fenómenos temporales e individuales, hemos visto la gran experiencia del bosque. Esa confrontación, que ejerce un influjo tan grande tanto sobre la expulsión del miedo como sobre la curación, posee un rango supremo también en la esfera de la moral. Dicha confrontación conduce a aquel estrato que se halla en la base de todas las realidades sociales y que es común, de una manera primordial, a todos los hombres. Nos lleva al Ser Humano, al ser que constituye la base ubicada por debajo de lo individual; la base de la cual se irradian las individuaciones. No es sólo comunidad lo que hay en esa zona; lo que ahí hay es identidad. Eso es lo que viene sugerido por el símbolo del abrazo. El yo se reconoce en el otro — eso es algo que se desprende de la antiquísima sabiduría que dice «tú eres ése». El otro puede ser el amado, pero puede ser también el hermano, la persona que sufre, el desamparado. Al dispensarle ayuda, el yo se enriquece en lo imperecedero. En esto se corrobora el orden fundamental del mundo».

26 Valor
El torrente que resulta este ensayo de Jünger da lugar a una posibilidad infinita de libertad, la que al constituir la fuente interna de la existencia, no paga tributos a ninguna de sus formas externas, que son todas aproximaciones y formaciones posteriores. Una cabal libertad interna es inaccesible a sus enemigos, y todo ser humano la tiene, más o menos realizada. La tecnología es creación humana y no puede destruir al hombre mismo. Repitamos: «En realidad, todos los poderes tecnológicos que hoy se están desplegando son un brillo fugaz que viene de los recintos que guardan los tesoros del Ser«.
La libertad podría no tomar la forma de una posibilidad de actuar, incluso, sino consistir en un sacrificio y una entrega. Reducirse a un dar. Podría consistir en simplemente tener el valor de decir «no» cuando es el caso -y solo en ese caso-, para que el sí de todos los demás adquiera también su sentido, y dé forma a su aprendizaje. 


JÜNGER, Ernst. Der Waldgang. (Vittorio Klostermann, Frankfurt Am Main, 1951).
Se publicó en castellano como Tratado del Rebelde (Editorial Sur, Buenos Aires, 1963). Luego, como La emboscadura (Tusquets, Barcelona, 1988 y 1993).
La edición digital de 2006 de La Editorial Virtual (que usa ambos títulos) es la que leemos en este caso.

Como regalo de fin de año para el lector de eXtramuros, he aquí el PDF de la edición de La Editorial Virtual. Feliz 2025!

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