SALVADOR GÓMEZ / El dadaísmo político trumpista va conquistando una victoria tras otra, al tiempo que contribuye a seguir llevando por vías abismalmente separadas la realidad y la propaganda. El efecto es raro. Corina Machado va a rendir pleitesía a Washington y cede simbólicamente su Nobel de la Paz a Trump (la Academia Sueca, a quien solo un tonto podría prestar atención, ya avisó de todos modos que Machado no está autorizada). Al mismo tiempo que Trump se fotografiaba con Machado, John Ratcliff, el jefe de la CIA, arreglaba las operaciones concretas con Delcy Rodríguez en Caracas. Tal y como lo evaluó eXtramuros y otros medios independientes, pareciera que se confirma que el asunto de la «operación militar de extracción de Maduro» estaba todo combinado de antemano, con la participación de los hermanos Rodríguez
GLOBO
Si usted creyó que la captura de Nicolás Maduro fue un golpe magistral, o una operación militar unilateral, prepárese, porque la realidad supera a la ficción. Según acaba de revelar una exclusiva de The Guardian, la transición en Venezuela no tiene nada de improvisada: Delcy y Jorge Rodríguez ya habían pactado con Washington mucho antes de que los marines pusieran un pie en Caracas.
«Si él se va, nosotros nos quedamos»
Resulta que, mientras Nicolás Maduro rechazaba desafiante las exigencias de Trump en noviembre, la vicepresidenta y su hermano (el cerebro del Parlamento) enviaban mensajes secretos a la Casa Blanca por la puerta de atrás. La premisa era de un pragmatismo brutal: los Rodríguez aseguraron que, si Maduro salía de la ecuación, ellos no solo no opondrían resistencia, sino que garantizarían una transición ordenada y cooperarían con EE. UU.
Ojo al matiz, que es importante para salvar el honor entre «revolucionarios»: ellos dejaron claro que no participarían activamente en un golpe para derrocarlo, pero que una vez que Maduro no estuviera, estarían listos para trabajar con «lo que viniera después». Básicamente, le dijeron al Tío Sam: «Tú encárgate del trabajo sucio, que nosotros limpiamos la casa».
Champán, Ping-Pong y Petróleo: La conexión qatarí
Para tejer esta alianza improbable, hubo una «celestina» de lujo: Qatar. Fuentes aseguran que Delcy mantiene una amistad estrecha con la familia real qatarí (quienes, por cierto, regalaron un jet de 400 millones a Trump, aceitando así las relaciones). A través de estos canales, y con el apoyo de figuras como Marco Rubio —que pasó del escepticismo a ver en Delcy la mejor opción para evitar el caos—, se fraguó el acuerdo.
Y es que Washington parece haber descubierto en Delcy a una figura mucho más interesante que la de una simple burócrata ideológica. La describen como una mujer de trato fácil, amante del buen champán y, curiosamente, una fanática del tenis de mesa (tiene entrenador privado y reta a dignatarios extranjeros a jugar). Pero lo que realmente sedujo a los negociadores estadounidenses no fue su revés, sino su disposición a trabajar con las petroleras norteamericanas. Para los pragmáticos de Trump, Delcy representa una «dictadura conveniente»: control militar, fronteras seguras y flujo de crudo.
Ratcliffe y la confirmación del pacto
Toda esta trama secreta explica perfectamente la visita de John Ratcliffe hace unos días. Cuando el director de la CIA aterrizó en Caracas para reunirse dos horas con la ahora presidenta interina, no fue un encuentro hostil. Fue, en realidad, la validación del acuerdo previo. Ratcliffe fue a asegurarse de que las promesas hechas en secreto (cooperación en seguridad y freno al narcotráfico) se mantuvieran ahora que los Rodríguez tienen el control total.
La ironía final: Machado y la foto
Mientras este drama de realpolitik se consolidaba en Caracas, en Washington se vivía una escena de una ironía mordaz. Donald Trump recibía en la Casa Blanca a María Corina Machado con todos los honores, aceptando incluso su medalla del Nobel. Pero las fotos sonríen y los hechos mandan: mientras Trump se dejaba agasajar por la «líder opositora», su gobierno cimentaba el poder de la vieja guardia chavista reciclada.


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