LECTURAS DE EXTRAMUROS

Degenerado. Ariana Harwicz. Anagrama, Barcelona, 2019

Por José Assandri

El lector debe saber que Ariana Harwicz ya ha publicado otros libros, una trilogía maternal: Matate, amor (2012), La débil mental (2014) y Precoz (2015). Allí escribió sobre una maternidad que no es de shopping, ni tampoco es esa maternidad con la que se trata de embaucar a muchas hembras del planeta para que mantengan la especie. No. Tres cachetadas que buscan hacer ver lo que podría ser el trastorno de tener un hijo para algunas mujeres, los resultados de ciertas maternidades cuando se aparta el decorado edulcorado y mal pintado, ese lado oscuro que ni siquiera es un lado B, porque no es una opción, sino que se trata de todo eso que se intenta ocultar. No es que alcance con este anuncio de una obra previa, simplemente el lector debe estar advertido de que lo que puede decirse sobre su último libro, Degenerado, no es una excepción, menos, una casualidad.  

Degenerado es un libro oscuro. ¿Puede alguien escribir sobre algo oscuro y salir indemne? ¿Puede alguien leer un libro sombrío y salir intacto? Harwicz, cuando su libro salió a las librerías, temió ser linchada. Tal vez era su exageración, pero también es probable que algún lector tenga dificultades para conciliar el sueño o sentirse en paz luego de leer este libro. ¿Cómo escribir y cómo leer lo que dice alguien acusado de haber abusado sexualmente y asesinado a una niña? ¿Es posible escribir y leer sobre eso sin que sea al estilo de una noticia policial que hace de borde a existencias más o menos burguesas, o de aspirantes a formar parte de la burguesía? No. En estos tiempos, hacer hablar a un acusado de abuso sexual, tomar la voz de ese hombre acusado, aunque sea bajo el modo de la ficción, no parece necesario, incluso, puede resultar un exceso. No. Todos creemos que ya sabemos lo que es eso, lo que se puede decir sobre eso, lo que se puede imaginar sobre algo así. El violador, el abusador, el que asesina luego de saciar lo que llamamos bajos instintos, es nuestro monstruo, lo conocemos bien, no necesitamos más que lo que se dice en los informativos, lo que se lee en los diarios, lo que se escucha en la vereda a la hora de hacer las compras. 

Para Harwicz, conocer este monstruo fue investigar sobre la retórica de los que han sido acusados, lo que ellos han dicho, en Argentina y en Francia, cuando han sido aprehendidos, cuando han debido declarar ante la justicia. ¿Qué es lo que dicen en sus descargos y explicaciones? Con esa pregunta Harwicz se aventuró, no sólo más allá de las fantasías que le pudo provocar su propia maternidad, sino que llega a lo que podría parecer más lejano a su experiencia de mujer, es decir, la pregunta por cómo puede ser que un hombre tome violentamente a una mujer o una niña como objeto, sabiendo que también le arrebata la vida, la mate o no. ¿Cuál es la verdad que alberga ese deseo? ¿Qué se esconde detrás de su retórica defensiva?

Pero la ruptura de Harwicz no es sólo con lo que cualquier ciudadano puede suponer que está lejos de la experiencia de una mujer. No. En su escritura, Harwicz, busca romper con el lenguaje tal cual se nos enseña. Inventa palabras (“tabaree”, p. 63), va en contra de la gramática, escribe frases sin sentido. Ir contra el lenguaje sin duda que hace, de la escritura de Harwicz, una escritura de vanguardia. Y si bien podría suponerse que Degenerado es un largo monólogo, más bien parece el resultado de ubicar una cámara en la cabeza del degenerado y registrar todo lo que sucede a su alrededor. Antes que una novela podría ser la descripción de una película. Ni él tiene nombre ni importa, tampoco aparecen identificados aquellos otros personajes que hablan o actúan. Salvo en detalles como algunas comillas, o uso del espacio, la escritura de Harwicz se aleja de lo convencional para que el lector haga el esfuerzo por saber quién habla, por entender qué dice lo que dice el que lo dice. De ese modo, Harwicz implica al lector, lo obliga a comprometerse con su escritura. Lo quiera o no, para poder leer, el lector debe poner de sí mismo, tiene que repetir mentalmente las palabras del degenerado conjugadas según su ubicación temporal.   

El acto 

¿Cuánto cambia una vida en cinco segundos, o en cinco minutos, o en cinco horas, o en cinco semanas después de haber cometido un delito? Porque no importa tanto el tiempo, sino cómo un acto, una vez hecho público, cambia toda la perspectiva de una vida. Como si se tratara de una obra teatral, en torno a un detalle o una pequeña escena, cuando alguien roba, mata o viola, todo gira abruptamente. ¿Qué dicen aquellos que conocieron antes de eso al sujeto? Como en un coro griego, dividido en dos, habrá quienes lo defiendan recordando cada una de las buenas acciones, y quienes estarán convencidos que todo lo que hizo antes no fue más que un modo de ocultar su verdadero ser. 

En una zona rural, que no se identifica bien pero que llegamos a saber que es en Francia, en su pequeña granja, un hombre contempla por la ventana como los vecinos se agolpan y se dividen en dos bandos, a favor y en contra suya, pero todos juntos impiden que pueda salir más allá de su tranquera. Alguien ha reconocido su sombra en el bosque donde ha aparecido una niña negra muerta. Sólo falta que lo venga a buscar la policía. Y cuando llegue la policía, aunque se resista a ser conducido, cuando la justicia determine que debe permanecer en la cárcel, quedará sellado su membrete de degenerado. Porque llegará el extremo de que una mujer, absolutamente extraña, lo visite con el deseo de que él la bese y la acaricie (p. 42). ¿No sería ese el mayor grado de desconocimiento, ser buscado como eso de lo que se lo acusa y contra lo que él se defiende? Y por si le quedaran dudas sobre el peso que tuvieron sus actos, será la cárcel la que confirmará quién era verdaderamente.

Porque todos los reclusos estarán dispuestos recordárselo para siempre, porque será violado, roto y luego cosido en la enfermería, para volver a ser violado una y otra vez (p. 35), como si su existencia solo fuera remedar un mito cercano a Sísifo o Tántalo. Esto se nos ofrece como otra curiosidad sobre la violencia humana, un asesino no será asesinado por haber matado, ni a un ladrón o a un corrupto se le cortará la mano, pero un violador tendrá asegurado como destino la repetición de ese mismo acto que cometió, invirtiendo el lugar del agente, como si el objetivo fuera asegurarse de que allí, sólo allí, está el monstruo. 

De victimario a víctima

¿Qué hace que un hombre mayor viole y mate a una niña negra? En Degenerado, la acusación lleva a que propio acusado pase revista a toda su historia, y que también se pregunte por el funcionamiento del mundo. Como en una suerte de introspección, y al mismo tiempo, una exploración masiva, ese hombre buscó las explicaciones necesarias para hacer frente a la justicia, pero también frente a sí mismo. Como si fuera otro, el degenerado muestra sus desnudeces. Haber sido un niño a quien su madre mandaba a la escuela con los zapatos cambiados, el izquierdo en el lugar del derecho, o, un zapato de su hermano menor en vez de uno propio, ese gesto ya es una señal clara del descuido en el que vivió. Un descuido que se confirma cuando sus propios padres se mudaron a escondidas y cambiaron de apellido, desconociendo en ese movimiento a toda su descendencia.

Y el degenerado encontró una explicación en todo eso: “Algunos padres solo quieren a sus hijos cuando son infantes y todavía mantienen alguna ilusión de que serán alguien, que los podrán salvar, sacar del fango, cuando se dan cuenta de que eso no va a pasar pierden todo interés, incluso los odian por el tiempo que invirtieron durante cuarenta, cincuenta, en el peor de los casos, sesenta años.” (p. 38-39) Como confirmación de ese desconocimiento a repetición, al culminar el libro, en una carta presentada a la justicia, sus progenitores reclaman que los dejen en paz, que no tienen absolutamente nada que ver con los desmadres de quien fue su hijo. ¿Acaso haber sido hijo de esos padres podría ser un atenuante? ¿Es un modo de explicar un delito mostrando que se ha sido víctima de otros?  

De acusado a acusador

Para el degenerado, los que murieron bajo las balas de una kalashnikov en el Bataclan, París, estaban en el momento justo y en el lugar adecuado. Su resentimiento se vuelve evidente en afirmaciones como “Clavar cuatro árboles a la redonda, poner un puesto de verduras bio y génial, dicen los franceses, ¿y es esa la humanidad que nos ofrecen? Comer sano, evitar el cáncer y votar a la izquierda.” (p. 52) Pero no alcanza con los franceses, sino que también apunta más allá: “vaya a saber si el Estado no es cómplice del hecho, si no fue un cohecho, ¿se entiende? El Estado lo dejó hacer…” (p. 70) Porque si para él “el deseo es pederasta”, “el deseo es pedófilo” (pp. 74, 77), es, sobre todo, porque “el poder incentiva todo y después pone cara de idiota, diseñan niños para el abuso y después castigan.” (p. 73) 

Que Harwicz haya comenzado por la investigación para escribir su libro Degenerado establece cierto parentesco con el naturalismo de Émile Zola o de Vicente Blasco Ibáñez. La investigación es el primer paso para poder componer el personaje, y aunque ha transcurrido mucho más que un siglo y medio del naturalismo y ya no se trata de positivismo ni de las ciencias de la naturaleza, ya no es ese sustento de saber, importa reconocer que la palabra “degenerado” fue producto de esa época. Y de esa época un hito fue la publicación, a fines del siglo XIX, del voluminoso libro Degeneración, escrito por Max Nordau. La aplicación de las teorías de los alienistas y sociólogos de la época, las teorías de la degeneración, llevaron a Nordau a diagnosticar clínicamente a los artistas y literatos de la época de “degenerados”. Su convicción fue que la enfermedad y la locura engendraban el arte y la literatura de su tiempo. No fue casual que en cierto tiempo hubiera un “arte degenerado”. Harwicz no recurrió ni a “violador” ni a “abusador” para el título, palabras más contemporáneas. No. Usar la palabra degenerado la entronca con un tiempo anterior. No sólo porque ese tipo de actos persisten en la oscuridad, sino que también, un poco anacrónicamente, usar la palabra degenerado dice que no está todo dicho sobre ese monstruo en su libro. No. El lector deberá hacer su propio balance luego de la lectura. 

Extranjería 

La escritura de Harwicz tiene la factura de alguien extranjera. Emigrada a Francia por su fascinación con el cine francés, inadaptada a esa lengua, más aún, viviendo en un pequeño pueblo casi rural, esa posición de extranjería es la que marca su escritura y la que le dio origen. En ese doble aislamiento, de lenguaje y de lugar, sus libros son escritos desde una exterioridad que le permite ver y decir aquello que no es para nada evidente. Al borde de las escenas, o a ras de tierra, Harwicz escribe sobre las zonas oscuras, busca lo que no se dice y lo que no se ve. Su libro, Degenerado, fue escrito en primera instancia mitad en francés (un mal francés) y en porteño (un mal español). Quedaron huellas de esa escritura, pero también hay huellas de los efectos del estalinismo, de la dictadura argentina de Videla y Scilingo, de las guerras europeas y el racismo, de la guerra fría de los sexos. Su degenerado es hijo de madre judía pero no por eso menos antisemita que algunos de su tiempo; hijo de inmigrantes lituanos, europeo, pero no tanto, al fin, la suya es una extranjería sin nostalgia, es la extranjería de alguien que no tiene un lugar dónde volver, una extranjería sin lugares con los que soñar. Tal vez ciertas monstruosidades solo moran en nidos abandonados.

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