“Feliz de ti, en este calor en que se encabritan
todas las ansias y todos los motivos;
cuando el espíritu que anima al cuerpo apenas,
va sin coca, y no atina a cabestrar
su bruto hacia los Andes
oxidentales de la Eternidad”

Vallejo

TECNOLOGÍA / PENSAMIENTO

El mundo real espera, después de esta pasajera abolición woke de lo real

Por Aldo Mazzucchelli

Consignas típicas de los años sesenta-ochenta: “No al FMI” “Fuera yanquis de América Latina” “Presupuesto digno para la (Universidad/Salud/Educación/Empresas públicas etc etc) “Reforma agraria: La tierra es para quien la trabaje”.

Estas y otras consignas que el lector pueda recordar eran parte de un tipo de política que buscaba operar sobre la así llamada “realidad social”. Se presumía que ésta era un espacio común sobre el cual unos y otros grupos sociales, grupos de interés e individuos podrían incidir. Los demás actores del sistema, en cierto modo fundamental, eran iguales, en cuanto a que actuaban sobre objetos y elementos sociales y materiales comunes, disputándose el poder para transformarlos.

La política de los 2020 es llamativamente distinta.

Las consignas actuales tienen que ver con supuestos objetos y elementos sociales cuya realidad misma es lo que está en disputa. Y el objetivo de la consigna no es incidir tanto sobre los hechos económicos o sociales, como incidir sobre la creencia. Por ejemplo, en la actual movilización de los agricultores europeos, los periódicos masivos controlados por el globalismo cubren esas movilizaciones observando que muchos agricultores son “escépticos del cambio climático”. Según estos periódicos, ello los convierte en “partidarios de la ultraderecha”.

Esto es: lo que está en disputa no es ya si los agricultores tendrán o no mejores precios, sino si los agricultores creen o no en el “cambio climático”, y en el contenido de parias sociales, “ultraderechistas”, que adquieren por esa no creencia.

Lo que los grandes medios consiguen al representar así las cosas es trasladar la lucha al nivel metafísico: “¿crees en la existencia de esta realidad, o no?”. Es una variante contemporánea del auto de fe, y esta ‘nueva’ política es una versión arrabalera y terraja de la vieja cuestión metafísica de siempre. Ni más ni menos que el orden de las ideas -por ridículas que estas ahora sean- retomando el control por sobre el nivel economicista de las consignas.

Si antes pelear por defender la propiedad tradicional de la tierra era, para la izquierda, un elemento “de ultraderecha”, hoy la ultraderecha consiste en discutir una consigna del progresismo global supuestamente apoyada por “la ciencia”.

“Ciencia” que -argumentan los materialistas que siguen viviendo como ayer- consiste ella misma en “las posturas políticas de las grandes corporaciones” que controlan la práctica científica: Big Farma y compañías de productos alimenticios, fertilizantes y agrotóxicos son las más prominentes, todas ellas supuestamente “controladas” por el ogro metafísico materialista por excelencia, que todo lo simplifica: “Blackrock”.

Lo que vemos en los hechos es que “comités científicos” (tanto a nivel universitario como de organismos internacionales) financiados y controlados por estos agentes económicos, legitiman que lo que sea que represente los intereses y políticas de estas corporaciones “es la ciencia”. Es decir, dictan lo que debe ser creído como única realidad. Y quien se oponga hoy a ello, “es de ultraderecha”.

Como sabemos, la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas, para citar otro poeta. Los materialistas dialécticos de anteayer le garantizan a los metafísicos virtualizantes de hoy que la política seguirá siendo vista como cualquier cosa menos como lo que es: una disputa humanística por la representación aceptable de lo real, la cual es la única que puede armonizar intereses terrenales en conflicto con cierta esperanza de legitimidad. En cambio, la mantienen entre la reducción economicista y la virtualización melodramática, bestia pop capaz de engañar a la mayoría subeducada la mayoría del tiempo.

La inversión de la Modernidad

Hay aquí una especie de agudización o extremo del proyecto de la Modenidad, que a su vez representa una inversión. La Modernidad como proyecto creció desde dos focos, uno epistémico y otro moral: rechazo a la “superstición” como conocimiento falso, y rechazo al “entusiasmo fanático”, que pensadores iluministas como Hume veían como causa de la era de guerras de religión que habían desvastado a Europa desde el siglo XVI. Seamos claros: ambas cosas estaban muy cerca. Si uno era protestante (y la locomotora de la Modernidad fue protestante), el catolicismo era a la vez la superstición y el fanatismo. Tanto la revolución francesa como su revisión histórica posterior de izquierda (que convirtieron un baño de sangre que terminó con un emperador imperialista y una sucesión de repúblicas controladas por el dinero) en un supuesto avance socialista incalculable, fueron anticlericales y globalistas -entonces se decía cosmopolitas.

Para aquellos dos males, superstición y fanatismo, se propuso la cura de la ciencia experimental como camino al conocimiento, por un lado; por otro, se promovió una actitud escéptica y cauta respecto de todas las verdades, y se comenzó a ver el conocimiento como una tarea acumulativa que procede por pequeños pasos, en áreas cada vez más especializadas. Conocer era conocer de detalle, dentro de un sistema general cuyos misterios se dejarían, en general, para más adelante. Todo “generalismo” -aquello que siempre fue el objeto de la filosofía y las letras- se fue viendo crecientemente como parte de la superstición.

Para mediados del xix, digamos para cuando Darwin publicó El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida” (1859), el “partido de la ciencia” se había convertido en un elemento ideológico fundamental de cualquier corriente que en ese ámbito moderno pretendiese cumplir con el programa de la Modernidad. Todos los partidos se fueron adhiriendo a una forma u otra de “fe en la ciencia y el progreso”.Todo lo que oliese a religión, a revelación, a visión de conjunto, y a fe en algo no demostrable por medios experimentales/matemáticos, sería crecientemente visto como atraso, conservadurismo y reacción.

Esa es la explicación simple de por qué hoy el progresismo y la izquierda (independientemente de cuales sean sus políticas reales; lo que importa aquí son los símbolos y su memoria viva) aun mandan en la ideología mainstream occidental, y por qué sigue habiendo espacio para llamar “de derecha” (contenido implícito: antimoderno) a cualquier crítica real al sistema occidental moderno: progresismo y globalización son los únicos caminos de pensamiento legítimo, entre los que la modernidad occidental abrió, que aun quedan operativos. También abrió el nacionalismo, pero este camino se adaptaba a organizaciones políticas propias de una tecnología militar y de comunicaciones superada.


Pero, si bien ese fue el rumbo mainstream de la historia de los últimos 250 años, el hombre no pudo convertirse en un ser meramente de detalles: la necesidad de comprender el sentido general de la existencia es demasiado constitutivo, demasiado fuerte, y siempre el programa analítico de la ciencia se enfrentó con este problema. Aquel programa fue progresiva e inevitablemente moviéndose en busca de legitimidad, y la práctica de la ciencia, y de la razón cautelosa, desembocaron en sus contrarios: la práctica de la ciencia mutó en cierta fe colectiva supersticiosa en lo que digan los comités de políticos de túnica; y la razón cautelosa se volvió fanatismo en consignas supuestamente racionales que serían capaces de (re)formular lo real a piacere.

Así es que en la nueva política que vemos, la política woke que surge de estos desplazamientos, hay dos elementos fundamentales a resaltar:

(a) La ciencia, de un conjunto de procedimientos experimentales sobre aspectos discretos y mensurables de lo real, se convirtió en su contrario: una fe supersticiosa, basada en un entusiasmo irracional revelado. En este caso, ya no revelado por Dios y su iglesia, sino por los políticos de túnica y los medios oficiales.

(b) Como consecuencia de lo anterior (la desaparición de la ciencia y su sustitución por la fe en los comités político-científicos o tecnocráticos), los objetos de la política, y sus consignas, dejaron de tomar la realidad social como un conjunto común sobre el cual hacer política y obtener poder: ahora los objetos de la política son artículos de fe: si uno no cree en las consignas y creencias woke (por ejemplo, el “cambio climático”), uno es “de ultraderecha”, y está listo para degradación, sanitización, o eliminación.

En efecto, los actores políticos ya no son fundamentalmente iguales -como sí lo eran a fines del siglo pasado-: hoy solo son seres humanos dignos en la medida en que acepten los dogmas woke. Caso contrario, son “ultraderechistas”, eufemismo para igualarlos históricamente con las versiones oficiales de cualquier ideología derrotada y demonizada que propaga, digamos, la BBC. Este procedimiento es en el fondo lo mismo que era llamarles “herejes” hace siglos: abre camino al aislamiento, a la limpieza étnica y al exterminio.

A diferencia del tipo de consignas que veíamos al comienzo, ya no se discute si tal o cual política beneficia a tal o cual grupo social (aunque los productores rurales movilizados, que están aun viviendo en cierto modo en el mundo real y material, el mundo anterior, lo intenten): lo único que se discute, y lo que los grandes medios y el poder convierten en tema principal, es si un grupo social o individuo cree o no cree en la visión oficial del mundo del globalismo woke.

Esta es una variante del tipo de política que la Inquisición cultivó en el siglo XV español, por ejemplo, donde para limitar la herejía de judíos y otros infieles, había que imponer una visión oficial del mundo. No se discutía la cuestión de la propiedad o los derechos cívicos como tema principal: simplemente se despojaba en primer lugar a grupos determinados de sus derechos cívicos y su propiedad, porque sus creencias y actividades sociales desafiaban la visión del mundo que el poder tenía, y precisaba imponer. No se vivía en una comunidad de iguales que competían por visiones e intereses en conflicto, sino que se determinaba a priori quiénes podrían ser ciudadanos, evaluando para ello su fe en las verdades reveladas desde el poder.

La falsa oposición entre tecnología y crítica

Por supuesto que se puede hacer una lectura estrictamente materialista de todo esto y creer que en realidad toda creencia y cosmovisión es un engaño y una maniobra propagandística, montada por “el poder real” con el fin de robarse la tierra y obtener un control y sumisión total de las poblaciones tanto urbanas como rurales. Esta es la lectura típica del marxismo y el materialismo, así como del economicismo liberal, y puede aplicarse una vez más. En ella, la economía es lo único que hay, y todo se reduce a “seguir el dinero”. Esta lectura tiene un mérito indudable: cuando uno mira quiénes financian los grandes medios y a la política y a los “comités científicos” y a las universidades, uno se encuentra siempre con el gran dinero -sea Big Farma, sean las armas, sean los alimentos, sea el mundo financiero-. Pero esa lectura tiene también un defecto fundamental, que es subestimar el papel de la creencia en el rumbo de la política.

La capacidad de “hacer creer” de la política woke de hoy es lo central. No el dinero. Se podría argumentar incluso que esa capacidad de hacer creer, esa apropiación del futuro, es lo único en lo cual consiste.

No es una política de hechos sociales tanto como es una catequesis. Mejor dicho, un esfuerzo evangelizador que tiene adosado un Santo Oficio, una inquisición que se encarga de censurar. Es cabalmente una religión sin dios, pero llena de preceptos morales -sobre la alimentación, sobre el sexo, sobre reales o supuestas minorías, sobre lo rural reducido a paisaje arcádico-bucólico, sobre la malignidad del ser humano productivo y sobre la santidad de la vida no humana, etc.-. Sus consignas no son como las del siglo pasado, consignas cuyo objetivo es obtener cambios sociales concretos. Eso no lo necesita, pues la sociedad ya funciona como quienes promueven esa política quieren. Lo que necesita, en cambio, es controlar toda visión del mundo que cuestione el actual rumbo que tienen las cosas, de modo de que estas sigan como van. Para ello, se trata de poner todo el énfasis en consignas y objetivos inmateriales, pero que controlen cualquier posible crítica a la sociedad tal como es. Es un movimiento absolutamente conservador. Lo que le aterroriza es el cambio que viene debido a la liberación humana promovida por la tecnología, y su respuesta a ello es elaborar una ideología sobre la tecnología que la idealiza a niveles de divinidad, y a la vez la hace aterrorizante para el hombre común. Es decir, la separa todo lo que puede del hombre realmente existente, y con ello pretende estar creando e imponiendo el famoso y viejo conocido “hombre nuevo”, rebautizado ahora como “transhumano”. Todo ello con fines defensivos y de control.

Que habrá un mundo cyberhumano -que ya está aquí, aparte- es una verdad obvia. Pero el carácter de divinidad que se le está adosando está muy lejos de los hechos, pues los viejos problemas de orientación propios de lo humano, la nueva apertura a cuál es el sentido y qué significa libertad en el nuevo contexto, permanecen intactos tanto como lo estaban en los tiempos prometeicos del Iluminismo, y como lo estuvieron siempre.

Así, en lugar de la crasa política del poder dentro de un mundo percibido como común que fue propia del siglo anterior, hoy tenemos una política de control mental. La clave de bóveda de esta política occidental es el siguiente mensaje: “el mundo real (el de los agricultores, por ejemplo) no existe, y donde exista aun (en el campo, en la industria, en la escritura), es viejo, irrelevante y conservador. Lo que existe y existirá es ‘lo virtual’, esto es, el mundo según lo definamos y lo alcancemos nosotros, los políticos de túnica: el mundo representado en la comunicación, y el mundo operacionalizado en la tecnología.
Tu, humilde ciudadano humano 1.0, no sabes nada, y eres fundamentalmente inviable. La Inteligencia Artificial te pasará por arriba como un tsunami. Dentro de muy poco, todo será distinto, nuevo, y quien no tenga -como nosotros- la sartén tecnovirtual por el mango, o no se adapte a lo que sea que le toque (quien no coma grillos y cucarachas y no se adapte a vivir en un departamento urbano de 25 metros cuadrados con un celular 24 hs y un chip oficial en su vehículo para solo desplazarse y hacer hasta donde la Ciencia permita), no será parte de -como titulaba Darwin- “las razas favorecidas en la lucha por la vida”.

El problema de esa distopía es que es antipolítica, supersticiosa, inviable, irrealista y fanática. Y que el mundo -para desgracia de la crepuscular e invertida modernidad atlántica- es mucho más ancho y diverso que lo que la imagen One World que el fanatismo woke globalista pretende pintar. Hay agricultura, industria, y vida no secuestrada por la tecnología por doquier, tanto en Occidente como en el resto. Que esta vida se vuelva a la vez más tecnologizada y más crítica -ambas cosas a la vez, y nunca una contra la otra- pareciera ser la tarea sana de este tiempo: disputarle la tecnología a los poderes viejos, y liberarla de la ideología manipuladora y controladora que éstos pretenden imponerle.

Los viejos están vendiendo, usando a los ignorantes woke, que tecnología y crítica son opuestos. Es preciso destruir esa creencia para que el futuro no sea lo que los viejos controladores creen que debe ser.


Los síntomas repasados sugieren, como se ha dicho, que la Modernidad como proyecto, en Occidente, ha terminado de invertirse, y hoy es una imagen grotesca de todo aquello que nació para combatir. Mientras la tecnología brilla tanto en donde sale como donde se pone el sol, el Occidente en tanto proyecto y espíritu se parece más al Oxidente del hallazgo palabrero vallejiano, una mezcla de crepúsculo y óxido. Los viejos fantasmas del dogmatismo, la censura, la imposición nominalista para control y la falta completa de cualquier sano escepticismo han vuelto desde el Ancien Régime por su venganza, y están ganando la partida. Allí donde un fragmento de política woke asome la cabeza, uno que sepa mirar ve, simplemente, la imposibilidad de la modernidad oxidental de seguir imponiendo una unilateralidad hiperracionalista e hiperespecializada que se ha llevado al absurdo (el sueño de la Razón produce monstruos, ya dijo Goya), y ante esa imposibilidad, un negacionismo ilusorio (los sueños de poder y victoria militar e ideológica ecuménica que siguen intoxicando al público a través de cada informativo), que ha reemplazado cualquier política de diálogo o negociación.

Los agricultores europeos podrán negociar bajo cuerda y obtener cosas, pero esa negociación y lo que sea que obtengan no será representable como una victoria, pues los marcos representativos del imaginario contemporáneo en Oxidente no incluyen otra cosa que el dogma woke, su reafirmación, o la censura.

Desde luego, esto solo puede terminar con el colapso de todo el proyecto de Modernidad occidental y los Cuatro Jinetes de sus sistemas sociales principales: la democracia debe caer y ser reemplazada por formas de organización local y global que aun no conocemos, pero que deberán basarse en la tecnología y la crítica, y en ciudadanos suficientemente educados como para eliminar los vicios de la “representación” corruptible; el estado tal como lo conocemos debe caer, y liberarse las fuerzas creativas, productivas y comerciales del peso histórico de toda intermediación que sea innecesaria; el establishment científico y académico actual debe caer y encontrar nuevas formas de mantener sus tareas genuinas, para volver a abrir paso a una ciencia sana y no esclava del dinero; y el sistema financiero debe desaparecer y dejar paso a algún tipo de tecnología blockchain sin control centralizado posible.

Hasta que eso no ocurra -y el trabajo de la crítica es siempre apurar a la manifestación de lo nuevo, erosionando lo viejo que lo bloquea-, toda política en Occidente resulta la variante ridícula de una religión sin dios.