ENSAYO

Por Andrés Silva

1.

MIEDO: El autodenominado Homo Sapiens Sapiens, el hombre sabio sabio, el de la metacognición, el «animal racional», al que hasta le rechina compartir reino con el resto de los seres vivos de movimiento autónomo, demuestra una y otra vez no ser un animal racional, sino a lo sumo un «animal emocional que piensa»…

Y esta última distinción la pierde en cuanto se le presionan un par de interruptores de sus circuitos más primitivos: el del miedo y/o el del placer, el sistema de recompensa. En estos casos, es apenas un animal emocional fácilmente manipulable, una criatura con un cerebro límbico que reacciona impulsivamente, y con una especie de lógica retroactiva que justifica lo que la emoción estableció previamente.

De los dos miedos de origen evolutivo que protagonizaron el 2020 y lo que va del 2021, es decir, los dos botoncitos amigdalinos más presionados en este período para anular o minimizar notoriamente el pensamiento crítico y otras cualidades propias de la corteza prefrontal, no me voy a detener en el más obvio, el miedo a la muerte. Quiero reflexionar sobre el temor vinculado a la presión social, que es tanto o más poderoso que el anterior, por su impacto en el individuo y por su efectividad y eficiencia como mecanismo de control. El temor al «qué dirán», a la desaprobación, o peor aún, al «ser juzgado como una amenaza para el colectivo» y por ende resultar expulsado de la tribu, lo venimos arrastrando desde el origen de nuestro tiempos…

Y es lógico que así sea, porque somos seres gregarios, ¡sociales por naturaleza! A esta capacidad y a los estrechos vínculos que construye le debemos no sólo nuestra supervivencia como especie, sino  gran parte de nuestro desarrollo cerebral y nuestra salud mental y física, y sobre todo en lo que refiere a relaciones interpersonales afectivas.

Durante la pandemia, este miedo, sumado a la culpa, ha tenido dos grandes víctimas: 

Por un lado lo han padecido intensamente los estigmatizados «Positivos», e incluso los «Sospechosos»; aquellos que tuvieron contacto con un positivo, o simplemente tuvieron contacto con alguien que fue hisopado y aún no obtuvo el resultado de su PCR, un test que ha sido y sigue siendo mal utilizado en Uruguay y otros tantos países. Al final de mi texto cito las investigaciones, fuentes y hasta advertencias recientes de la OMS al respecto.

Por otro lado, este miedo ha sido el instrumento que coacciona a quienes piensan de manera diferente a la mayoría de las personas de su entorno y se resisten a la “Nueva Normalidad”, un concepto bastante ridículo y contradictorio por cierto. Se logró muchas veces que dejen de actuar en congruencia con sus ideas y que terminen amoldando su comportamiento al del resto.

En la situación actual, lo paradójico de este miedo es que su consecuencia inconsciente más temida es ya la realidad imperante, impulsada por los «protocolos covid»: el ser apartado de los congéneres, el dejar de formar parte del grupo, la soledad involuntaria…

Hoy, en muchos lugares del mundo, la vida transcurre en un escenario de aislamiento, de distancia con el otro  – aún entre miembros de la familia –  de disolución de todos los aglutinantes afectivos: abrazos, besos y hasta sonrisas cubiertas por tapabocas. Aunque parezca mentira hay un desincentivo para la comunicación verbal presencial: «CALLADOS PREVENIMOS EL CONTAGIO. Hablar, cantar y gritar también contagian el Coronavirus!», asegura la nueva campaña del metro en Ciudad de México… 

Pero si algo bueno tiene esta paradoja, es que de alguna manera produce una liberación, una oportunidad para no dejarse doblegar por el miedo a la desaprobación social y  para poder actuar con «responsabilidad» en el más amplio sentido de la palabra.

2.

RESPONSABILIDAD: Cuando uno no es muy adepto al uso de barbijo, no mantiene la distancia social con la gente que aprecia, sigue visitando familiares como lo ha hecho siempre, no vive frotándose alcohol en las manos, se relaciona con desconocidos frecuentemente, no se pliega al monólogo mediático, y discurre por fuera de la «ortodoxia covid», es probable que sea tildado de irresponsable…

Pero si nos remitimos al origen etimológico de la palabra «responsabilidad» (responsum), ésta refiere justamente a la «capacidad de respuesta», y responder es un proceso muy diferente a reaccionar.

La reacción es un reflejo inmediato, impulsivo frente a un estímulo, casi un automatismo. Eso es lo que sucede justamente cuando bajo la influencia del miedo sufrimos un secuestro emocional y actuamos – siguiendo a la manada – sin que medie una instancia reflexiva.

Sin embargo, en el caso de la respuesta de quien tiene esa capacidad y la utiliza, es decir, de quien es «responsable«, entre el estímulo y la acción hay un espacio meditativo, analítico, crítico, y posteriormente, surge una decisión a consciencia de la que uno se hace cargo.

Por lo tanto, el primer paso hacia la responsabilidad es tener plena seguridad de que nuestra postura y comportamiento no derivan de la imitación, del condicionamiento, o del miedo, sino que responden a razones y argumentos propios, que hemos elaborado tras analizar detenidamente la información de «diversas fuentes».

3.

INFORMACIÓN: Fuimos insertos desde la infancia en un sistema educativo que premia la memoria, con un esquema mecanicista en el que “la autoridad” recita o escribe en un pizarrón y el alumno transcribe sin cuestionar, para luego leer una y otra vez, hasta retener por repetición lo que finalmente vomitará en un examen a fin de año. Por ende, no es de extrañar que tendamos a consumir información de manera similar durante nuestra vida adulta…

Prender la tele, agarrar el diario o abrir una red social y tragar sin masticar todo el contenido que de allí emana, para luego predicarlo vehementemente y responder a cualquier cuestionamiento u opinión disidente apelando a argumentos ad verecundiam, es decir, se reafirma el discurso mediático que se basa únicamente en la supuesta autoridad o prestigio del medio, o de las personas que lo difunden (¡magister dixit!).

Personalmente, las figuras incuestionables dueñas de «La Verdad» me suenan más a fanatismos religiosos que a prácticas científicas. La Ciencia (con mayúscula) no es amiga de las verdades absolutas, entre otras cosas porque reconoce su propia historia de «conocimiento provisional», que cada nueva evidencia obliga a revisar para revalidar o sustituir. La Ciencia además sabe de pluralidad, de escuchar todas las voces, de comparar y debatir…

Y yo creo que seamos o no «personas de ciencia», nuestro deber humano, en honor a nuestra enorme porción de neocórtex y sus capacidades, es dudar, cuestionar y cuestionarnos, en lugar de quedarnos de buenas a primeras con un discurso monolítico. También supone el entender que la «comunidad científica» es mucho más amplia que un elenco de cuatro o cinco caras que recorren los canales de televisión, y que la única forma de escuchar otras voces es informarnos proactivamente, aunque nos resulte más incómodo y requiera mayor esfuerzo. 

En definitiva, se trata de hacer nuestras propias búsquedas, de chequear las fuentes, de filtrar, analizar y sacar conclusiones, para construir un pensamiento autónomo que sustente nuestras decisiones e impulse con valentía acciones consecuentes.

“Cuando todos piensan igual, ninguno está pensando” (Walter Lippmann).

4.

DAÑO COLATERAL: Si le disparamos a un enemigo microscópico con misiles nucleares, lo más probable es que éste sobreviva al ataque, y que los efectos de los explosivos  – tanto inmediatos, como a mediano y largo plazo – causen daños mucho mayores que los ocasionados por la acción del «enemigo» en cuestión.

El «enemigo» en este caso es un virus llamado SARS-CoV-2 que puede ocasionar una enfermedad (COVID-19), cuya tasa de letalidad por infección o IFR (infection fatality ratio) se ubica entre el 0,23% y 0,15% promedio mundial; valores que además disminuyen radicalmente en personas menores de 70 años (0,05%).

Los misiles nucleares metafóricos son los protocolos sanitarios desmedidos que invaden intimidades, recortan libertades, destruyen economías y ocasionan enormes grietas sociales.

Y los efectos más evidentes de la explosión, la onda expansiva y la radiación, son los daños psicológicos, emocionales y consecuentemente físicos de la población en general, con énfasis en sus extremos etarios…

¡Niños carentes de contacto físico, que es una necesidad básica, con bozales hasta en la escuela! Se me hace inevitable pensar que «taparles las bocas» refuerza – quiérase o no – un esquema acrítico de interlocutores pasivos. Deben quedarse a dos metros de distancia de sus afectos, y se sienten más apáticos e inseguros. Sienten «al otro» como una amenaza, y acarrean la idea inoculada de que ellos pueden ser los responsables de la muerte de sus abuelos. 

Ancianos confinados en sus casas, o peor aún, en sus habitaciones de centros residenciales y con la prohibición de recibir visitas. Con sus rutinas y hábitos alterados o destruidos; se conoce bien el peso psicológico que tienen estos patrones repetitivos, especialmente en personas mayores. A lo que se suma la significativa reducción o la ausencia total de actividad física.

Miedo, ansiedad, estrés negativo (distrés), depresión, angustia, deterioro cognitivo, aumento del consumo de sustancias psicoactivas… todo esto, que directa o indirectamente mata más que el virus con coronita, no es detectado por los PCR, y por ende no forma parte del contador de moda en los medios… 

Aún sabiendo que un porcentaje enorme de las enfermedades humanas tiene origen emocional o psicosomático, seguimos con este enfoque para nada holístico de la salud, que no sólo separa el aspecto físico del mental, sino que prioriza notoriamente uno sobre el otro.

Así mismo, es curioso que durante este período el resto de las patologías potencialmente mortales, virales y no virales, no solo hayan sido desatendidas o mal atendidas, en muchos casos, sino que desde el punto de vista de la comunicación, hayan desaparecido.

También es curioso que a la luz de los datos que arrojan investigaciones serias, que por cierto no se limitan a las que salen en el noticiero de la noche, continuemos sobredimensionando el riesgo y aplicando medidas que no redundan en una buena relación costo/beneficio para el grueso de la población…

Basta que alguien se tome el trabajo de ver «los números oficiales de casos y muertes atribuidas a COVID-19» en algunos de los países que adoptaron cierres (lockdown) más restrictivos y prolongados, para ver que no existe una correlación comprobable entre estas prácticas y una mejora en las condiciones epidemiológicas. También hay 32 estudios internacionales al respecto, que pueden leerse aquí:  https://bit.ly/3seJahP

Creo sinceramente que, en esta nueva ola de histeria colectiva, lo mejor que podemos hacer es recuperar la calma, apelar a la razón y al pensamiento crítico, para reevaluar el impacto real del virus, en comparación con la incidencia negativa de las medidas sanitarias, tanto en la salud físico-mental, como en los aspectos sociales y económicos, que desde luego también influyen en la primera. Y finalmente, debemos hacernos del coraje necesario para actuar en consecuencia, sobre todo si esto implica ir a contracorriente.

Cierro este ensayo de conclusiones personales, trayendo a colación una experiencia reciente, el salto tándem, no porque tenga relación directa con el tema, sino porque la analogía entre la mente y el paracaídas me resulta apropiada para la ocasión; estas dos herramientas tienen un punto en común: ¡sólo funcionan bien, si se abren! 


pastedGraphic_3.pngDatos y fuentes que diluyen el «discurso de terror» mediático

1. Estamos frente a un virus con un porcentaje de letalidad para nada desorbitarte, más bien todo lo contrario:

#1.1. En setiembre de 2020, la OMS publica el estudio de John P. A. Ioannidis en su Boletín, estimando la IFR (tasa de letalidad de la infección global media), inferida a partir de los datos de seroprevalencia: en un 0,23% general y un «0.05%» para personas menores de 70 años. Fuente: Organización Mundial de la Salud > https://bit.ly/3d3C3EJ

#1.2. El mismo John P. A. Ioannidis, un médico-científico, pionero en meta-investigación y profesor de la universidad de Stanford, publicó recientemente (26 de marzo de 2021) una nueva revisión con datos actualizados, donde se concluye esta vez que hay una IFR general media de 0.15%. Lo que indica una tendencia a la baja de este parámetro, a medida que se acumulan estudios de seroprevalencia. Fuente: Wiley Online Library / European Journal of Clinical Investigation > https://bit.ly/3t9baVC.

#1.3. Los cálculos de la IFR para la influenza o gripe estacional manejan un rango que va del 0.10% al 0,04%. Es decir que a la fecha, tenemos guarismos similares para ambas enfermedades…

Teniendo esto en cuenta y en relación a las medidas sanitarias desproporcionadas que se tomaron en la mayor parte del mundo, están disponibles los artículos, criticas y respuestas de los autores: Simon Thornley (Epidemiología y Bioestadística de la Universidad de Auckland) y Arthur J. Morris (LabPLUS, Hospital de Auckland). Fuente: The BMJ (British Medical Journal) > https://bit.ly/3tassS6.

2. PCR, la fragilidad del “patrón oro” de la pandemia:

Todo el edificio argumental de la pandemia de miedo, está cimentado en un test mal utilizado, que es el indicador directo de los números de «positivos» y «fallecidos» covid que se reportan a diario, que disparan el pánico generalizado y que justifican las medidas restrictivas.

El PCR – reacción en cadena de la polimerasa –  es una técnica de biología molecular que funciona de la siguiente manera: se obtiene una muestra de secreciones del paciente, generalmente a través de un hisopado nasal, a partir de la cual se intenta detectar y amplificar millones de veces un fragmento de material genético o secuencia específica de un determinado patógeno  – en este caso del virus SARS-CoV-2 – para su posterior análisis utilizando técnicas de laboratorio convencionales.

Cuando hablamos de amplificar, nos referimos a hacer una copia del fragmento original, de duplicarlo. Este proceso es exponencial y cada ronda de amplificación se denomina «Ciclo». 

#2.1. En Uruguay (al igual que en otros países) se corren 40 ciclos, cuando el corte «CT» (Cycle Threshold) recomendado es a los 35 ciclos. Si se detecta presencia del virus al correr hasta 35 Ciclos, se dictamina, registra y reporta un «caso Positivo» COVID-19. 

Estos detalles del numero de Ciclos y CT utilizados en nuestro país, fueron proporcionados por el Ministerio de Salud Pública en respuesta a un pedido de información presentado por el Sr. Luis Anastasía el 25 de Noviembre de 2020. Fuente: MSP > https://bit.ly/3uFv76D

Actualmente las investigaciones demuestran que por encima de los 24 Ciclos, no hay cultivo positivo en las muestras, en otras palabras, el virus no se desarrolla. Fuente: IDSA (Infectious Diseases Society of America):  https://bit.ly/327onlX 

¡Esta fuente es citada por el mismo GACH (Grupo Asesor Científico Honorario), que reconoce este hecho, y aún así sostiene que se corran hasta 35 ciclos y sigue recomendando no adjuntar el valor de CT al resultado del test! Se alega, entre otras cosas, que «informar el CT puede generar confusiones al personal de salud en cuanto a las pautas y protocolos a seguir de acuerdo al valor del mismo». Fuente: Presidencia de la República > https://bit.ly/3mBTuzo

Incluso la OMS ha venido agudizando sus advertencias en esta línea a los usuarios de Test PCR; se ha reiterado que el umbral de ciclo (CT) necesario para detectar el virus es «inversamente proporcional» a la carga viral del paciente. A mayor CT, menor carga viral, o sea; menos probabilidades de desarrollar la enfermedad y de contagiar. También advierte que «Los usuarios de Test PCR deben proporcionar el valor de CT». Fuente: OMS > https://bit.ly/3wL4vD4

#2.2. Por otro lado, cuando afirmo que el test fue y es mal utilizado, me refiero a que se implementó como un instrumento de diagnóstico binario, único, cuando en realidad está indicado como una herramienta de «Ayuda para el diagnóstico»… 

«Los proveedores de atención médica deben considerar cualquier resultado en Combinación con: el momento del muestreo, el tipo de muestra, los detalles del ensayo, las observaciones clínicas, el historial del paciente, el estado confirmado de cualquier contacto e información epidemiológica». Todo esto no lo digo yo desde luego, lo dice la Organización Mundial de la Salud. Fuente: OMS > https://bit.ly/3wL4vD4

#2.3. En definitiva, el resultado «positivo» de un PCR con corte a 35 ciclos, en un paciente que no presenta sintomatología característica, está indicando una carga viral mínima o virus inactivo, con una posibilidad casi inexistente de ser infectivo. No está enfermo de COVID-19 y no contagia a nadie. Sin embargo, no se informa el CT y se «encuarentena» de buenas a primeras, con los perjuicios que esto implica a todos los niveles; económico, psicológico, social, etc.

Por supuesto que además, con esta misma configuración en los test, sumamos a la estadística oficial. Si se trata de un paciente saludable, es un «caso confirmado» más. Y si se trata de un paciente terminal, alguien con otra causa primaria y/o una larga lista de comorbilidades, se incluirá COVID-19 en el certificado de defunción y será «un fallecido» más para el parte diario. 

A propósito de esto último, es bueno leer el PDF con la Guía internacional de la OMS para la «Certificación y codificación del COVID-19 como Causa de Muerte». Entre otras indicaciones, en el apartado sobre cómo el personal de salud debe confeccionar el certificado de defunción, dice textualmente: “COVID-19 debe anotarse/registrarse en el certificado médico de causa de muerte para TODOS (y esto lo pone con las cinco letras en mayúscula) los fallecidos donde la enfermedad causó, o se supone que causó o contribuyó a la muerte”. Fuente: OMS > https://bit.ly/3g8fiBk

Las mismas directivas que impulsan esta tendencia a atribuir muertes a COVID-19, fueron comunicadas por el CDC de Estados Unidos al personal médico el 24 de Marzo del 2020. Fuente: CDC (Centers for Disease Control and Prevention): https://bit.ly/2QftfCE

#2.4. Si al fin y al cabo, COVID-19 e influenza (gripe), tienen letalidad por infección similar, población de riesgo similar, mismos síntomas – incluso la «tos seca» ya era patrimonio de la gripe – los mismos métodos de diagnostico recomendados internacionalmente (observación clínica, test de antígenos y «PCR»), las mismas advertencias de saturación hospitalaria, durante los períodos pico de enfermedad, etc. (todo lo que cualquiera puede leer en la ficha informativa de influenza que publicó la OMS en 2018 > https://bit.ly/2PMLmAl), es pertinente preguntarse:

¿Por qué razón hasta 2020 no estábamos hisopando masivamente a la población para detectar «infectados asintomáticos de influenza»? ¿Por qué no estamos haciendo paralelamente Test PCR para detectar influenza en este momento?

¿Qué razón justifica que no se le hagan ambos test a un paciente terminal (RT-PCR para influenza y RT-PCR para COVID-19), para determinar realmente cuál enfermedad favorece el desenlace fatal, cuando sabemos que ambas tienen este potencial en la misma población de riesgo?

En fin, no quiero seguir extendiéndome, pero hay una enorme lista de estudios científicos internacionales, que de a poco van abriéndose camino entre el sensacionalismo mediático y su sesgo informativo. También hay valiosísimos aportes; trabajos de investigación, periodismo y análisis crítico, de figuras nacionales como Aldo Mazzucchelli y Fernando Andacht, que hacen trastabillar la estructura de este edificio pandémico de miedo…

Creo que ya tiene el cartel de «peligro de derrumbe», y de la misma manera que no he colaborado con su construcción desde el principio, tampoco quiero estar adentro cuando se caiga. Por eso, salgo (#Nomequedoencasa), respiro profundo sin mascarillas y abrazo a los que aprecio – una práctica verdaderamente saludable –  charlo en persona, sin pantallas en el medio, y me acerco al otro, que no es enemigo ni amenaza… A fin de cuentas, la vida no tendría mucho sentido de otra manera.

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